domingo, 19 de julio de 2026

La Vida eterna

La vida eterna: ¿tesoro escondido o ilusión piadosa? ¿Qué significa realmente “conquistar la vida eterna” como exhorta san Pablo? ¿Es la vida eterna un bien inteligible, metafísico y sobrenatural, que supera toda imaginación humana? ¿Cómo se conjugan las imágenes del Reino de Dios, la visión beatífica y la resurrección de los cuerpos en esta promesa suprema? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli explora con profundidad bíblica y teológica el misterio de la vida eterna, mostrando que todo en la existencia cristiana debe ordenarse a este fin último, y que perderla es la mayor desgracia imaginable.

La Vida eterna

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en la revista La Madonna di Fontanellato, septiembre-octubre de 2014, n.5, pp.5-7. Versión original en italiano: https://www.santuariofontanellato.com/wp-content/uploads/2019/02/Sett-Ott-2014-05.pdf)

"Conquista la Vida eterna" (1 Tim 6,12)

Como sabemos, la vida eterna, según la doctrina cristiana, es la prospectiva final, ultraterrena, insuperable, del camino cristiano, es el premio celestial que Cristo asegura a sus discípulos. Se presenta, por lo tanto, como aquello que el cristiano desea supremamente, aquello por lo cual gasta toda su vida, ese "tesoro" escondido en un campo, para usar las palabras mismas de Cristo, para adquirir el cual alguien vende todo y compra ese campo.
Todo, por lo tanto, debe ser ordenado a la vida eterna, ella debe ser conquistada a costa de cualquier esfuerzo, fatiga, renuncia o sacrificio. Fracasar o perderla es la máxima desgracia que se pueda imaginar: es la condenación eterna. ¿Pero qué es la vida eterna?
Nada puede ser deseado de tal modo si no es conocido con certeza en su atrayente y nos gustaría decir casi irresistible belleza. Ella es el Bien por excelencia, por encima de todos los demás bienes. ¿Pero cómo saber qué es? ¿Quién nos lo enseña? Cristo mismo en el Evangelio y, en su seguimiento, sobre todo san Pablo y san Juan.
El deseo de vivir, el amor por la vida, el propagar la vida es ya una necesidad natural de todo viviente, comenzando por los grados mínimos de la vida, desde las plantas hasta la vida del espíritu. Tal aspiración o deseo inextinguible se recoge ya en el Antiguo Testamento, el cual concibe a Dios mismo como Dios de la vida, como Vida infinita y eterna, creador, dador y promotor de la vida.
Dios, respecto a sus criaturas vivientes, sobre todo el hombre, no quiere otra cosa sino que vivan y gocen la vida. Por eso todos los mandamientos divinos son mandamientos de vida. Sin embargo, existen condiciones precisas y determinadas leyes de la vida, que Dios mismo ha establecido para que los vivientes vivan bien y sean felices. Son sus mandamientos. Por eso el hombre vive una vida feliz solo si obedece los mandamientos divinos.
El pecado no es otra cosa sino odio por la vida, corrupción y destrucción de la vida y vida en todos los niveles, vegetativo, sensitivo, espiritual. Y por lo tanto implica la desobediencia a la ley divina. De este modo, si el vivir es efecto de la buena acción o de la obra buena, la muerte es efecto y castigo del pecado. El pecado no suprime el alma, que ontológicamente es inmortal, sino que le quita la vida de gracia, y en tal sentido se habla de pecado "mortal". En este sentido, se puede decir que quien está privado de la gracia, en estado de pecado mortal, está vivo físicamente, pero muerto espiritualmente.
En cuanto a Dios, Quien es el autor, la fuente y el legislador de la vida, es evidente que el máximo de la felicidad estará aquí abajo en el obedecer a Dios y en el cielo en el unirse a Dios y en el fruir de Él como Sumo Bien. Cuanto más el hombre se nutre de la gracia divina, más se eleva su vida espiritual, se fortalece, se perfecciona, se enriquece y le da alegría.
El hombre sabe naturalmente que tiene un alma espiritual y por lo tanto inmortal, capaz de vivir para siempre, eternamente. Y sabe también que tiene un cuerpo mortal. El alma es más importante que el cuerpo: es principio de la vida de todo el sujeto. Y es lo que da al hombre su esencia específica. En efecto, los otros vivientes inferiores también tienen un alma, pero solo el alma espiritual cualifica al ser humano. El alma, por consiguiente, mediante el intelecto y la voluntad, guía al cuerpo y a todo el hombre hacia su fin último, mientras que el cuerpo no está hecho para guiar el alma, sino para ser gobernado por ella. Es gracias al alma y no al cuerpo que el hombre puede obedecer a Dios y por tanto mantenerse en la vida física y espiritual y huir de las fuerzas hostiles a la vida.
Partiendo de esta inclinación del hombre a una vida que continúe después de la muerte y del deseo natural que el hombre tiene de un bien absoluto, infinito y eterno, Cristo propone al hombre una bienaventuranza perenne después de la muerte en el disfrute de la inmensa bondad divina, propia del Padre Celestial. Esta es la vida eterna. Ella es presentada con acentuaciones diversas por Cristo, por san Juan y por san Pablo. El Cristo de los Sinópticos prefiere hablar del "Reino de Dios" o "Reino de los cielos" o "Casa del Padre", que vienen presentados con diversos símbolos, como por ejemplo el de la "viña", del "banquete", de las "bodas", de la "moneda", del "árbol", del "tesoro", del grano de mostaza, de la levadura en la masa, de un bellísimo jardín ("paraíso").
En cambio san Juan en su Evangelio, en sus Cartas y en el Apocalipsis, presenta a Cristo que habla explícitamente varias veces de "vida eterna" o simplemente de "Vida" por excelencia, asociada al amor por Dios y por el prójimo; habla de una Jerusalén celestial y sobre todo de la visión inmediata en el cielo de la esencia divina, aquella que luego la teología llamará "visión beatífica" y que la Escritura llama "ver cara a cara".
En cuanto a san Pablo, la beatitud consiste en la vida futura del "hombre espiritual", en el ver a Dios "cara a cara" (1 Cor 13,12) y en la vida en Cristo bajo el régimen del Espíritu. Desde la vida presente es posible gozar de las "primicias" (Rm 8,23) y de la "caparra" (2 Cor 5,5) del Espíritu.
Vuelve la pregunta: ¿entonces qué es la vida eterna? Es un bien de tal manera grande, que va más allá de cualquiera de nuestras mejores suposiciones, imaginaciones y expectativas. Por eso, la Biblia dice: "Aquellas cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni entraron jamás en el corazón del hombre, estas cosas ha preparado Dios para aquellos que lo aman" (1 Cor 2,9, cf. Is 64,3).
Indudablemente, se trata de un bien invisible al sentido y de un camino supra-físico, puramente espiritual e inteligible, similar al de los ángeles. Se trata de algo puramente inteligible, podríamos decir metafísico, no solo, sino también sobrenatural, infinitamente trascendente a las capacidades y los límites de la razón, aunque san Agustín habla de una mens capax Dei, o sea del hecho que, aunque nuestra mente sea limitada y en esta vida seamos pecadores y hostiles a Dios, advertimos en nuestro fondo que estamos hechos para Él.
Gozar por tanto en el paraíso de la visión de Dios, será como tomar un vaso de agua de un océano. Esto sacia nuestra sed, pero está claro que el agua del océano supera infinitamente ese poco de agua que a nosotros nos basta para saciar la sed. De aquí el famoso dicho agustino "inquietum cor nostrum, donec requiescat in Te". Por eso san Pablo dice que el "hombre carnal" (cf. 1 Cor 3,1), es decir, apegado como un animal a las cosas del sentido, no entiende nada de las cosas del Espíritu, son para él necedad, pero precisamente la vida eterna es eminentemente don del Espíritu y para que nosotros la entendamos, aunque se algo, para gustarla y hacerla la alegría y el sentido de nuestra vida, es necesario ser hombres espirituales, es decir, como dice Pablo, movidos por el Espíritu Santo. 
De todos modos, si queremos entender algo y Dios no desea otra cosa que esto, dado que al fin y al cabo se trata del sumo bien al cual Él quiere destinarnos, es posible captar alguna tenue luz mediante el método de la analogía y de la participación, además del uso de símbolos, signos, imágenes, comparaciones, metáforas y parábolas, como nos sugiere la Escritura.
En efecto, hay que tener en cuenta también el hecho de que, aunque la vida eterna sea algo esencialmente espiritual y suprasensible, en la felicidad última preparada por Dios para el hombre está también la perspectiva de la resurrección del cuerpo y de los "nuevos cielos y nueva tierra". La vida eterna inicia ya desde aquí abajo con la posesión de la gracia santificante y el ejercicio de las virtudes cristianas, y normalmente esta vida sobrenatural crece hasta alcanzar el culmen precisamente en la visión beatífica.
Por tanto, es posible hacernos alguna idea de esta gloria, que nos espera desde la vida presente reflexionando sobre una experiencia cristiana auténtica, convencida, fervorosa y rica en buenas obras. La eternidad es propiamente un atributo divino y, al límite, coincide con Dios mismo. Ella significa que el Ser divino es de tal manera perfecto y unitario, rico en Sí mismo de todas las perfecciones, que no tiene un desenvolvimiento que lleve en Él a algún cambio, sino que Él permanece absolutamente idéntico a sí mismo (cf. Sgo 1,17; Mal 3,6).
Por consiguiente el Ser divino está todo concentrado y recogido en un único punto ontológico sin dimensiones, un mismo instante absoluto sin un antes y sin un después, que contiene en sí virtualmente toda duración y toda temporalidad, mientras todo el tiempo, pasado, presente y futuro está en Él presente, en cuanto lo ha creado. Por lo tanto, cuando Cristo nos promete la vida eterna, no significa evidentemente la promesa de llegar a ser Dios o de llegar a ser eternos, lo que sería un absurdo panteísmo, sino que quiere referirse al hecho de la plenitud final de aquella participación en la vida divina que es la gracia santificante.
Por esto, el alma separada en la existencia ultraterrena, aunque ya no esté sujeta a la duración temporal, estando privada del cuerpo sometido al tiempo, no por esto no posee ninguna duración, que es en cambio la duración de las sustancias espirituales y que se llama "eviternidad". Por esto es errada y más bien herética la teoría de algunos, los cuales sostienen que, al estar el alma fuera del tiempo, ella reasumiría su cuerpo y estaría sujeta al juicio universal inmediatamente después de la muerte.
En cambio, la fe enseña claramente que también las almas de los difuntos, junto con nosotros en la tierra, estamos a la espera de la Parusía y de la resurrección de los muertos al final del mundo, como reza el Credo mismo: "expecto resurrectionem mortuorum".

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, septiembre de 2014


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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum vita aeterna sit finis supremus hominis

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod vita aeterna non sit finis supremus hominis.
1. Quia homo naturaliter quaerit bona sensibilia sicut sanitatem, voluptatem et divitias, quae videntur esse magis immediata et necessaria ad felicitatem. Si haec bona satisfaciunt necessitatibus eius, videretur quod non opus est aspirare ad vitam ultraterrenam.
2. Praeterea, anima humana, quamvis spiritualis, corpori mortali coniungitur. Ergo putari posset quod eius destinatio non est vita aeterna, sed duratio limitata, et mors finem imponit toti existentiae.
3. Item, quidam tenent vitam aeternam esse illusionem, quia nemo potest certo cognoscere quid post mortem contingat. Si cognosci non potest, non potest esse obiectum desiderii supremi.
4. Denique, putari posset quod felicitas hominis consistit in vita terrena bene ordinata, in obedientia mandatorum et in pace sociali, sine necessitate vitae ultraterrenae.

Sed contra est quod Scriptura docet: Christus ipse promittit vitam aeternam discipulis suis, dicens eam esse thesaurum absconditum pro quo expedit omnia vendere. Ioannes loquitur de visione Dei facie ad faciem et de Ierusalem caelesti. Paulus dicit hominem spiritualem vivere in Christo sub regimine Spiritus et expectare gloriam futuram. Augustinus docet cor hominis inquietum esse donec requiescat in Deo. Concilium Vaticanum I in constitutione Dei Filius declarat nullum errorem esse posse in magisterio ordinario, quod veritatem de vita aeterna docet.

Respondeo dicendum quod vita aeterna est finis supremus hominis. Ipsa est bonum per excellentiam, omnibus aliis bonis superius, et constituit plenitudinem finalem participationis in vita divina quae est gratia sanctificans. Homo, a Deo creatus ut vivens spiritualis, naturaliter inclinatur ad bonum absolutum, infinitum et aeternum. Christus proponit homini beatitudinem perennem post mortem in fruitione bonitatis divinae. Vita aeterna proponitur ut Regnum Dei, ut visio beatifica, ut gloria futura hominis spiritualis.
Peccatum est odium vitae, corruptio et destructio vitae in omnibus gradibus, et ducit ad mortem spiritualem. Obedientia Deo et possessio gratiae sanctificantis elevant vitam hominis et dirigunt ad felicitatem aeternam. Aeternitas est attributum divinum, et vita aeterna consistit in participatione illius plenitudinis divinae sine hoc quod homo fiat Deus, sed manens creatura gratia elevata. Anima separata, quamvis extra tempus, possidet durationem propriam substantiarum spiritualium, quae vocatur eviternitas, et expectat resurrectionem corporum in fine temporum.
Ergo vita aeterna est finis supremus hominis, et tota existentia christiana ordinari debet ad eam adipiscendam, dum amissio eius est maxima miseria imaginabilis.

Ad primum dicendum quod bona sensibilia sunt media, non fines ultimi, et ordinari debent ad vitam aeternam.
Ad secundum dicendum quod, quamvis corpus sit mortale, anima spiritualis est immortalis et destinata ad vitam aeternam, una cum futura resurrectione corporis.
Ad tertium dicendum quod vita aeterna non est illusio, sed promissio divina a Christo revelata et fide confirmata, et quamvis rationem superet, cognosci potest per analogiam et participationem.
Ad quartum dicendum quod felicitas terrena est imperfecta et transitoria, et sola vita aeterna constituit plenitudinem definitivam hominis, sicut Scriptura et traditio Ecclesiae docent.
   
JG

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