jueves, 26 de marzo de 2026

¿Podemos construir una máquina pensante?

¿No estaremos confundiendo la sutileza de la física cuántica con la grandeza del espíritu? ¿Puede el conocimiento, la conciencia y la libertad nacer de un simple dispositivo material? ¿No es ilusorio pensar que el efecto pueda superar a su causa y que una máquina pueda alcanzar lo eterno y lo absoluto? ¿No deberíamos volver a la sabiduría aristotélico-tomista, que distingue con claridad entre lo contingente y lo necesario, entre lo material y lo espiritual? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli denuncia la falacia de atribuir pensamiento a las máquinas y recuerda que sólo Dios da la forma sustancial al viviente, mientras que el hombre, con su técnica, no puede crear espíritu ni conciencia.

¿Podemos construir una máquina pensante?

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el 24 de febrero de 2024. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/possiamo-costruire-una-macchina-pensante.html)

Más inteligente que el hombre

En Avvenire apareció el pasado 16 de febrero un artículo de Vincenzo Ambriola titulado "Arriva l’intelligenza artificiale generale. Ma sarà capace di “pensare”?" ². Y resume el discurso en estos términos: "La nueva frontera de la tecnología es desarrollar máquinas capaces no sólo de realizar tareas definidas sino de aplicar esquemas de resolución a cualquier situación. Como lo hace el hombre".
En el texto del artículo explica qué entiende por "inteligencia artificial general". Ella sería "la extensión de la inteligencia artificial a niveles propios de los humanos. No se trata de una inteligencia 'estricta', capaz, por ejemplo, de jugar al ajedrez o de reconocer imágenes, sino de aplicar esquemas de resolución de problemas a cualquier situación".
Se trataría, en definitiva, de construir "una máquina super-inteligente, capaz de 'superar con creces todas las actividades intelectuales de cualquier ser humano dotado de cualquier tipo de inteligencia'...".
Al respecto, el autor del artículo señala que ya existe una "inteligencia artificial generativa capaz de dialogar como un ser humano". "Se trata -continúa el articulista- de una máquina que, a buen título, puede ser considerada intelectualmente superior a los humanos". En conclusión se pregunta: "¿Debemos creer que algún día las máquinas serán capaces de pensar? Es difícil de responder, porque el progreso tecnológico siempre apunta hacia objetivos lejanos y aparentemente inalcanzables".
Debemos decir que la respuesta a la pregunta de Ambriola en realidad no es difícil, si sólo reflexionamos en el hecho de que el concepto mismo de "máquina pensante" es contradictorio. En efecto, el conocimiento, con la consiguiente conciencia, racionalidad, voluntad y el lenguaje de la comunicación humana, son actividades por su esencia inmateriales, y por tanto no pueden ser el efecto de una máquina construida por el hombre, la cual pertenece al mundo material, hoy estudiado desde la física cuántica.
El conocimiento intelectual, el pensamiento, la conciencia, el razonar, la voluntad, el libre albedrío y el lenguaje conceptual, pertenecen a un plano de la realidad, el plano del alma o del espíritu, inmensamente superior y más poderoso que el plano material.
Por otra parte, la actividad cognoscitiva ya en los animales y aún más en el hombre no es una actividad transitiva, física, cuántica y material, que emana del agente hacia lo externo en el espacio y en el tiempo, sino que es una actividad inmanente al sujeto, por la cual el agente refleja y actúa y vuelve a sí mismo -he aquí la conciencia-, entra en sí mismo, es transparente a sí mismo, lo cual es absolutamente imposible para los cuerpos y para las sustancias químicas o materiales, que no pueden penetrar dentro de sí mismas, debido a la impenetrabilidad de la materia, sino sólo proyectarse hacia afuera, hacia un objeto o término externo.
En cambio, el conocer alcanza y contacta, sí, con el objeto externo, pero luego se apropia de él inmaterialmente e intencionalmente, lo internaliza no en su materialidad, cosa que en todo caso pertenece a la actividad nutricional, sino que lo hace suyo mediante una representación inmaterial, una imagen o un concepto. Por eso Aristóteles decía que no es la piedra lo que está en el alma, sino la imagen de la piedra.
Ahora bien, todo este interiorismo es absolutamente ajeno a la actividad física o fisiológica de las entidades materiales también vivientes, aunque fueran incluso las neurológicas, subatómicas o electromagnéticas del cerebro humano.
Por tanto, la idea de que una máquina pueda conocer, tener conciencia y pensar surge de una idea falsa idea del conocimiento y del lenguaje, que no están hechos de materia, ni siquiera de materia sutil o subatómica, sino que son inmateriales e intencionales y, en el hombre, son espirituales, actos que por su superioridad a los actos físicos considerados por la física cuántica, no pueden absolutamente ser causados por el cerebro, que es sólo la condición material de posibilidad de los actos cognitivos, esto ya en los propios animales, cuya alma es, sí, extensa y dependiente de la materia, y mucho menos en el hombre, cuya alma inextensa, aunque actúa en todo el cuerpo, es capaz de subsistir por sí después de la muerte independientemente del cuerpo, es decir, es puramente espiritual.
La física cuántica ha llegado a conocer, niveles ontológicos infinitesimales y bajísimos de la materia, una materia sutilísima (software) no inmediatamente perceptible por nuestros sentidos, que están en la base de la física galileana, que tiene por objetos a los cuerpos y a las energías que caen inmediatamente bajo nuestros sentidos (hardware), la llamada "física clásica".
Que la física cuántica haya llegado a descubrir la similitud entre los determinismos neurológico-biológicos infraatómicos del cerebro y los determinismos infra-atómicos de la naturaleza física, es un hecho entusiasmante que testimonia la sabiduría ordenadora del Creador que ha querido esta maravillosa correspondencia, que debe conducirnos a comprender mejor el plan divino sobre el hombre, señor de lo creado, que con su genio, a imitación del divino Artista, está llamado a perfeccionar la obra de la naturaleza con las producciones de la técnica para enriquecer su propia vida espiritual e incrementar la comunión entre los hombres y no ciertamente para que se le suba a la cabeza el creer poder sustituirse a Dios.
Pero imaginar ser capaces de producir una máquina a la cual delegar la tarea de guiarnos hacia nuestra felicidad es la más absurda de las imaginaciones dignas de una mente perversa en medio de la locura.
Es cierto que la física cuántica, que ha sabido proyectar su mirada sobre el mundo misterioso, complicadísimo y fascinante, de la micromateria, con energías aterradoras pero también inmensamente prometedoras, un mundo enrarecido, electrizado, impalpable, imponderable y esquivo, donde la probabilidad sustituye a lo cierto, lo casual parece sustituir lo causado, el desorden parece sustituir al orden, lo determinado parece indeterminado, lo contingente parece sustituir lo necesario, pues bien, este mundo considerado por la física cuántica puede dar la impresión de ser espiritual, mundo de la conciencia y del pensamiento.
De aquí ha nacido la ilusión de haber cruzado hoy los límites de la materia para haber entrado en el dominio ilimitado del espíritu absoluto y de la conciencia absoluta. De ahí surgió la idea de poder proyectar máquinas que funcionen de modo similar al cerebro humano, con las prestaciones potentísimas, prodigiosas e inimaginables.
Pero las cosas no son así en absoluto. Estamos siempre en el horizonte de lo material, de lo físico y de lo cuantitativo. Debemos estar atentos y tener cuidado de que no se nos suba a la cabeza. Si nuestros sentidos no alcanzan inmediatamente el objeto físico, y lo alcanzan mediatamente y lo miden mediatamente nuestros instrumentos de investigación, no hemos en absoluto alcanzado el mundo del espíritu, por más que este mundo pueda asemejarse a él por su sutileza.
El hecho incontrovertible y racionalmente demostrable sigue siendo siempre el hecho de que el conocimiento no puede ser el efecto de la actividad de un simple cuerpo físico o energía física o cuántica o de una máquina o de un dispositivo ideado y construido por el hombre, todas cosas pertenecientes a la finitud y contingencia del ser material.
La actividad cognoscitiva supera las fuerzas y las posibilidades de estos entes o fuerzas materiales, cuyos efectos no pueden sino ser materiales, dado que el efecto no puede ser superior a la causa, efectos o cosas cuyo horizonte es sólo el del devenir, el de lo sensible, de lo cuantificable, de lo mensurable, de lo finito, de lo contingente, de lo generable y corruptible, y no pueden elevarse al nivel de la intencionalidad propia del conocer y del querer, que barren el horizonte de lo puramente inteligible, del ser, de lo espiritual, de lo necesario, de lo universal, de lo eterno, de lo supratemporal y supra-espacial, de lo infinito y de lo absoluto.
En cambio, el conocer, es un efecto de un ente viviente, que supera al no-viviente sensible, material y cuántico; y no basta que sea viviente de vida vegetativa, como las plantas, sino que es necesario que esté animado al menos por un alma sensitiva, como lo animal y mejor aún si está animado por un alma espiritual y racional como el hombre. El hombre puede construir la máquina, pero no puede construir el viviente: lo puede sólo generar mediante la actividad sexual. No puede dar la forma sustancial a la materia prima: esto compete sólo a Dios creador.
La actividad tecnológica del hombre se limita a transformar químicamente o mecánicamente elementos, a ensamblar racionalmente sustancias parciales en un único conjunto o dispositivo o aparato, a dar diferentes orientaciones a flujos o energías naturales, a agregar artificialmente orden o formas o modificaciones accidentales a materiales o sustancias naturales.
El hombre puede generar al hombre, pero no puede construirlo, porque él con la técnica sólo puede dar una forma o un orden o una estructuración accidental a una sustancia natural a él presupuesta, que no le corresponde a él sino a Dios traer al ser desde la nada, porque el hombre puede crear obras de arte, pero no puede crear entes de la naturaleza o del cosmos.
A la aplicación operativa y técnica de la física cuántica debemos la invención y la construcción de esas maravillosas máquinas que son los computer y aquella que impropiamente viene llamada "inteligencia artificial", expresión equívoca que tiende a hacernos confundir lo espiritual con lo material, cuando habría sido mejor conservar la expresión precedente de "calculadora electrónica", que es una denominación verdaderamente apropiada.
La falsa impresión de que la física cuántica pueda demostrar que la máquina pueda estar dotada de conciencia, que la conciencia pueda tener origen de la máquina, e incluso que la máquina puede pensar y realizar actos de conciencia y de intelecto, como algunos creen, la falsa idea de que la física cuántica pueda demostrar la inmortalidad del alma, supone ciertamente una idea materialista del alma.
Intentemos comprender con humildad y sin presunción lo que es verdaderamente el alma, sus potencias y sus recursos, sus aspiraciones y sus necesidades, su profundidad y sus alturas, su mundo, sus virtudes, sus vértices, sus conquistas y sus alegrías, su alimento y su Señor, y no nos perderemos en callejones ciegos, sin salida, que no conducen a ninguna parte.
Maravilla encontrar un artículo tan descorazonador y de tan bajo nivel intelectual en el único diario católico nacional avalado por la Conferencia Episcopal Italiana, un artículo dedicado a temas tan importantes como la dignidad del intelecto, del pensamiento, de la conciencia, de la voluntad, y de la libertad humanas, y del lenguaje en relación a los valores morales y a la finalidad ética de la producción tecnológica, cuando hubiéramos esperado, en temas que tocan tan de cerca el sentido último de la vida humana, de la comunicación humana y del obrar técnico, escuchar, no digo el aporte que nos viene de la Revelación, sino al menos el eco de la doctrina psicológica y tecnológica aristotélico-tomista ya consolidada desde el Medioevo tras los dogmas antropológicos de los Concilios medievales.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 17 de febrero de 2024

Notas

¹ Los anteriores artículos del padre Giovanni Cavalcoli acerca de la cuestión de la inteligencia artificial, que han sido traducidos al español en este blog, han sido los siguientes: Sobre la cuestión de la inteligencia artificialEl software de computadora y el cerebro humanoIdeas delirantes sobre la inteligencia artificial y Noticia espectacular: la máquina puede poseer la autoconciencia.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum homo possit construere machinam cogitantem

Ad hoc sic procediturVidetur quod homo possit construere machinam cogitantem.
1. Quia physica quantica invenit gradus infinitesimales materiae qui videntur spirituales, ubi indeterminatum substituit determinatum, unde concepta est idea machinorum projiciendorum quae similiter operentur ac cerebrum humanum.
2. Praeterea iam exstant machinae generativae capaces colloqui sicut homo, quod videtur dare impressionem quod possint reputari intellectualiter superiores hominibus.
3. Item, progressus technologicus semper tendit ad fines remotos et inaccessibiles, et ideo non potest excludi quin aliquando machinae cogitare incipiant.

Sed contra dicit Aristoteles quod non est lapis qui est in anima, sed imago lapidis. Ergo cognitio est actus immaterialis et intentionalis, nec potest procedere a materia nec a machina ab homine constructa.

Respondeo dicendum quod ipsum conceptum machinae cogitantis est contradictorium. Cognitio, conscientia, rationalitas, voluntas et lingua sunt operationes per essentiam immateriales, et ideo non possunt esse effectus corporis physici, energiae quanticae vel instrumenti ab homine excogitati. Actio cognoscitiva transcendit vires et possibilitates entium materialium, quorum effectus non possunt nisi materiales esse, cum effectus non possit esse superior causa.
Cognoscere est actus entis viventis, animati anima sensitiva vel spirituali, nec sufficit vita vegetativa plantarum nec actio physica vel quantica corporum. Homo potest construere machinam, sed non potest construere viventem, quia solus Deus potest dare formam substantialem materiae primae. Ars humana limitatur ad transformanda elementa chemice vel mechanice, ad componenda partialia in unum, ad ordinanda vel accidentalia mutanda, sed non potest creare spiritum nec conscientiam. Falsa impressio quod physica quantica demonstret machinam posse habere conscientiam supponit ideam materialisticam animae.
Cognitio intellectualis pertinet ad ordinem animae, immensum superiorem ordine materiali. Illusio attribuendi cogitationem machinis nascitur ex confusione inter spirituale et materiale. Propter quod absurdum est imaginari machinam posse nos ducere ad felicitatem, cum solus spiritus humanus, a Deo creatus, sit capax cognoscendi, volendi et amandi.

Ad primum ergo dicendum quod physica quantica, licet invenerit gradus infinitesimales materiae, semper manet in horizonte materiali, physico et quantificabili, nec attingit mundum spiritus.
Ad secundum dicendum quod hoc quod machina possit colloqui sicut homo non significat quod cogitet, quia lingua humana est fructus conscientiae et intentionalitatis spiritualis, dum lingua machinae est solum calculus et programmatio.
Ad tertium dicendum quod progressus technologicus non potest transcendere limites materiae, et ideo non potest producere actus spirituales sicut cognitionem et voluntatem, quae ad animam pertinent et non ad artem.

J.G.

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