La misericordia divina se prolonga más allá de la muerte en un "fuego" que no condena, sino que purifica y salva. ¿Qué sentido tiene negar el purgatorio, cuando la tradición bíblica y la enseñanza de la Iglesia lo confirman como lugar de esperanza y de intercesión? ¿No es más razonable aceptar que la pena purgante, aunque severa, se acompaña de la certeza de la salvación y de la dulce espera del Esposo? ¿Qué consecuencias trae olvidar que la historia de la Iglesia se extiende también al más allá, con las almas del purgatorio que oran por nosotros y que pueden incluso manifestarse para pedir auxilio? El quinto capítulo de este breve curso de escatología del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a redescubrir la eviternidad como duración propia de las almas, el fuego purgante como energía de justicia y misericordia, la penitencia cotidiana como preparación para la visión de Dios, y la comunión de los santos como vínculo que une cielo, tierra y purgatorio en camino hacia la Parusía. [En la imagen: fragmento inferior de "El Juicio Final", óleo sobre lienzo, 1611-1614, obra de Francisco Pacheco, perteneciente a la colección del Museo Goya de Castres].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
sábado, 2 de mayo de 2026
Curso de Escatología. Capítulo 5: La purificación después de la muerte
Curso de Escatología
Capítulo 5: La purificación después de la muerte
(Traducción del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 6 de octubre de 2011 en el blog Riscossa Cristiana. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/corso-di-escatologia-di-p-giovanni-cavalcoli-op-quinto-capitolo-la-purificazione-dopo-la-morte/)
En nuestro pequeño curso de escatología tratamos hoy de un tema que concierne a una posible condición de nuestra alma después de la muerte. Al momento de la muerte, según la fe cristiana, se abren dos fundamentales posibilidades y nos toca a cada uno obrar la elección: o bien la perfecta y plena comunión con Dios en la bienaventurada contemplación de su Rostro, debidamente purificados de todo pecado, lo que tradicionalmente es llamado el "paraíso"; y esta es la salvación eterna; o bien la rebelión orgullosa, decidida y definitiva a Dios y contra su ley, el rechazo a arrepentirse de los pecados y, por tanto, el rechazo consciente y voluntario de su misericordia, para fijarse obstinadamente para siempre en la propia perversa voluntad, lo que es llamado el "infierno"; y esta es la perdición eterna. La pena eterna no es sino una consecuencia lógica de tal elección.
Evidentemente, quienes son condenados no lo son por amor de la pena eterna, cosa psicológicamente absurda, sino que lo son sólo por satisfacer su ilimitada soberbia, por la cual, considerándose absoluta y divinamente libre, el réprobo prefiere su voluntad a la de Dios. Y para satisfacer su soberbia, el condenado también acepta la pena del infierno. El condenado razona así: mejor libre en el infierno que esclavo de Dios en el cielo. Naturalmente, le dejamos que se quede él con su concepto de libertad…
Dicho esto, debemos sin embargo precisar que la obtención de la salvación después de la muerte puede presentar dos aspectos o bien una alternativa: o la obtención del paraíso, es decir, de la eterna bienaventuranza que nace de la perfección final de la caridad y de la visión inmediata de la esencia del Dios trinitario; o bien el llegar a un misterioso lugar ultraterreno de purificación, lugar en el cual el alma se demora durante una determinada duración de tiempo, mejor llamado "eviternidad", tanto cuanto sea necesario para que el alma, debidamente purificada, pague su deuda y sea vuelta digna de alcanzar el cielo. Esto es el purgatorio.
Ya hay referencias al purgatorio en el Antiguo Testamento (2 Mac 12,46), pero también especialmente en el Nuevo (Mt 12,31 y 1 Cor 3, 13-15). Esta verdad de fe fue confirmada más tarde por los Concilios de Florencia (1439-1442) y de Trento. La encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica (nn.1030-1032). Lamentablemente es una verdad que ha sido negada por los protestantes y también hoy es posible encontrar dudas o incluso negaciones entre los católicos o quienes se profesan tales. Un error hoy en día difundido es que todos nos salvamos y que, de hecho, resucitamos inmediatamente después de la muerte, por lo cual no existe ni infierno ni purgatorio.
El Concilio de Florencia enseña, por su parte, que las almas del purgatorio pueden ser ayudadas a expiar su pena mediante sufragios de diversa índole, como la celebración de la Misa, la oración y la limosna. Entre estas prácticas se enumeran las indulgencias, que son beneficios espirituales concedidos por la autoridad eclesiástica, que consisten en el acortamiento o en la total anulación de la pena del purgatorio mediante el cumplimiento por parte de los fieles de algunas prácticas piadosas, beneficios obtenidos recabando los méritos de Cristo y de todos los santos.
La práctica de las indulgencias no es sino un aspecto secundario, pero no privado de utilidad e importancia, del dinamismo de la Redención, por la cual precisamente nosotros, como Iglesia, en el cumplimiento de las buenas obras, nos valemos de la energía purificadora y santificadora que nos viene de los méritos de la santísima Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. En tal modo, la obra de salvación cumplida por el cristiano no está contenida solo dentro de los límites de la humanidad terrena, sino que también se extiende a esa parte de la humanidad que se encuentra en el purgatorio. Y, como ha dicho Nuestra Señora a los pastorcitos de Fátima, existen almas en el purgatorio que tienen mayor necesidad de la divina misericordia, también porque quizás se trata de almas olvidadas por las cuales nadie reza. Por lo tanto, como nos sugiere la Santísima Madre de Dios, es una buena práctica la de pensar en ellos de un modo especial.
Estas prácticas piadosas, con el beneplácito de la divina providencia, pueden acortar la duración de la pena hasta llegar a eliminarla por completo. Sin embargo, las almas purgantes están sustancialmente salvas y santas, por lo cual, según una tradición piadosa, ellas oran por nosotros y pueden interceder por nosotros, porque ya son sustancialmente gratas a Dios y están seguras de su próxima bienaventuranza.
San Pablo menciona una pena de "fuego", que de algún modo puede ser asimilada a la pena del infierno, aunque si bien ésta castiga una impiedad irrevocable y es el sello de la condenación eterna, la pena del purgatorio, como se ha dicho, es purificadora y sólo temporal, mientras que debemos creer que aunque también es severa, sigue siendo mucho menos dura que la pena del fuego del infernal.
La pena del purgatorio, sin embargo, aunque severa, es mitigada con la certeza absoluta que tiene el alma purgante de estar salvada y, por lo tanto, con la dulcísima espera del encuentro con el divino Esposo. Algunos hoy, siguiendo las ideas de Lutero, quisieran tener una certeza similar de su propia salvación. En cambio, el Concilio de Trento nos advierte de la esencial importancia de cultivar, junto con la esperanza de la salvación, también un saludable temor, que es aquel que nos hace cautelosos y vigilantes, y nos da esa sagacidad que sirve para evitar las fascinantes tentaciones y las sutiles insidias de las falsas doctrinas, para avanzar con seguridad por el camino de la verdad y de la caridad. Este es el modo verdadero de tener la paz en esta vida y de encontrar una segura esperanza, impidiéndonos ser chitrulos presuntuosos, que creen poder confiar en la divina misericordia sin hacer obras de penitencia y continuar pecando libremente.
Por otra parte, debe pensarse que aquellos que estuvieran en el purgatorio en el momento de la Parusía de Cristo y debieran descontar una pena cuya duración excedería el momento de la misma Venida, dado que con esta Venida cesa el purgatorio y las cuentas se cierran, estas almas verían su pena acortada en modo de terminar en cualquier caso con el momento de la Parusía. Ahora bien, sin embargo, para que sea respetada la justicia, podemos razonablemente creer que la intensidad de la pena deberá aumentar proporcionadamente a la duración que se ve acortada. Sería como alguien que -permítanme la comparación- en lugar de pagar a plazos, paga todo de una vez.
El modo como, entonces, un alma pueda sufrir del fuego y de qué tipo sea el fuego del purgatorio o del infierno, son cuestiones que los fieles siempre se han planteado, pero cuya respuesta no es ciertamente fácil, dado que sobre estos puntos no tenemos claras explicaciones en la Sagrada Escritura ni seguros pronunciamientos del Magisterio de la Iglesia, que se limita a hablar de "fuego", sin explicarnos en qué consista ese fuego, y cómo pueda atormentar al espíritu. Indudablemente el símbolo del fuego es muy significativo para representar un terrible sufrimiento y por lo tanto una pena muy severa.
Pero en torno a este "fuego" se acumulan las preguntas. Por ejemplo: ¿cómo actúa? ¿Cuál es exactamente su naturaleza y configuración? ¿Quién lo alimenta? ¿De qué emana? ¿Qué efectos produce? La iconografía tradicional se las arregla rápidamente, representándolo igual a como es el fuego de aquí abajo. Pero el teólogo quisiera aclaraciones que en cambio los pintores no pueden darle. Obviamente, aquí no tenemos espacio para intentar una respuesta.
Sin embargo, en la visión católica tradicional, parece tratarse de un verdadero fuego, aunque no idéntico a aquel que comúnmente conocemos, sino tan solo similar, como si esta sustancia física pudiera actuar y actuase en dos niveles: uno, terreno, que es el que cae bajo nuestra experiencia, y otro ultraterreno, que es aquel que se actúa en el infierno y en el purgatorio. Cabe señalar que en la tradición católica incluso los demonios padecen el fuego del infierno, aunque se trata, como las almas de los difuntos, de puros espíritus.
La dificultad de concebir un espíritu que padezca la influencia de una sustancia física como el fuego está dada por el hecho de que, según cuanto nos dice nuestra experiencia, nuestro espíritu sí puede ser advertido de un insulto físico -y precisamente en esto consiste el verdadero y propio sufrimiento-; pero esto ocurre solo por la mediación de los sentidos. En cambio, en el caso del purgatorio, el alma, que está privada del cuerpo (es decir, la llamada "alma separada") sufre directamente de un agente físico o análogo a un agente físico.
Pero quizás el punto radica precisamente aquí: que el fuego del purgatorio no es idéntico al fuego como lo experimentamos en esta tierra, sino que tiene algo superior, posee, según la voluntad de la justicia divina, que en el caso del purgatorio es también misericordia, una energía especial capaz precisamente de atormentar el espíritu con finalidades purificadoras, de manera similar (y esta es una comparación que encontramos en el mismo san Pablo) a la función purificadora del fuego en relación al oro, fuego que libera al oro de las escorias y lo hace brillar en toda su belleza. Algo similar es lo que obra el fuego del purgatorio.
El alma purgante posee ya toda la belleza del alma santa; pero esta belleza está escondida, por así decirlo, bajo una capa de escorias, de inmundicia, consecuencia de los pecados cometidos en la vida. Pues bien, el fuego purificador, gradualmente, en el curso de una cierta duración eviterna, libera el alma de esta basura hasta que, totalmente limpia, es digna de presentarse en el trono del Altísimo para disfrutar eternamente de la visión beatífica.
Expliquemos ahora, entonces, el uso del término "eviterno", o bien "eviternidad". Se trata de un concepto tradicional, que hoy lamentablemente ha sido muchas veces olvidado, incluso por los teólogos, con graves daños para una adecuada y ortodoxa escatología. Es necesario, por lo tanto, recuperar este concepto. La eviternidad es una duración que se sitúa en el medio entre la infinita duración de la eternidad propia de Dios y la finita duración temporal propia de las realidades corpóreas, incluido el hombre.
La eviternidad es la duración de aquellas que son las sustancias espirituales finitas en el mundo ultraterreno, se trate tanto de las almas de los difuntos como de los ángeles (ángeles santos o ángeles caídos). La eviternidad tiene un inicio, pero no tiene fin. El hecho de que la sustancia espiritual finita no tenga cuerpo no quiere decir que no tenga una duración propia, que de algún modo puede ser medida de manera similar a la duración temporal. Esto nos permite hablar de penas del purgatorio más o menos largas.
La duración eviterna implica en el sujeto espiritual, en modo similar al de la duración temporal, una sucesión de actos voluntarios o eventos, los cuales, aunque ahora ajenos a la actividad meritoria, que es relativa, para los seres humanos, sólo a la vida presente, no por eso no son productivos también en relación al mundo de los vivos.
Esto nos explica la actividad de intercesión de los santos del cielo y de las mismas almas purgantes, así como las expresiones de ciertos santos, como por ejemplo santa Teresita del Niño Jesús, que prometió, antes de la muerte, "pasar a su cielo" para hacer llover gracias -o, como ella se expresaba, "pétalos de rosa"- sobre la tierra, o santo Domingo de Guzmán, el Fundador de la Orden de los Predicadores (Dominicos), quien de modo similar dijo que en el cielo trabajaría más eficazmente para su Orden de lo que había podido hacerlo en la tierra.
Por lo demás, también es de suponer que al menos una parte de aquellos sufrimientos purificadores sea dedicada a reparar culpas cometidas hacia el prójimo durante la vida mortal, mientras que podemos estar ciertos de que el alma purgante al mismo tiempo reza por aquellas personas hacia las cuales durante la vida ha comprometido con sus males, de los cuales se ha arrepentido, pero cuya pena aún no se ha descontado por completo.
De modo que así como existe una historia aquí abajo, existe también análogamente una historia en el más allá, ya se trate del cielo, del purgatorio o del infierno. La historia de la Iglesia no es sólo una historia de aquí abajo, sino que es también una historia de la Iglesia celestial y de la del purgatorio. Esto quizás a veces lo olvidemos. Toda la Iglesia, como un solo cuerpo, está en camino hacia la Parusía y Cristo vendrá tanto por la Iglesia terrena como para la ultraterrena.
De este modo, por ejemplo, según el testimonio creíble de muchos y también a partir de mi experiencia personal, las almas del purgatorio, con permiso divino, pueden excepcionalmente aparecer entre nosotros para pedir oraciones por el descanso eterno de su alma. Esta convicción es tan tradicional y antigua en el pueblo cristiano que también existe la expresión popular del "alma en pena" para expresar una persona angustiada que deambula entre nosotros.
En el purgatorio se descuentan o se cumplen aquellas penas temporales que son debidas por los pecados veniales y que han quedado en suspenso al momento de la muerte. Es necesario equilibrar las cuentas. Estas penas normalmente deberían descontarse aquí abajo mediante la penitencia y la aceptación de las pruebas de la vida, en modo de volar así inmediatamente al cielo en el momento de la muerte.
Pero si somos indolentes o descuidados en el hacer esta obra de justicia, de purificación y de preparación, y sin embargo estamos en gracia de Dios, entonces, para poder ser admitidos a la eterna bienaventuranza, tenemos necesidad de un período previo de purificación, más o menos largo, dependiendo de la entidad de los pecados que hemos cometido. De hecho, para acudir a una cena de bodas, si actualmente estamos en blue-jeans y camiseta, es necesario primero ponernos las vestimentas adecuadas.
En efecto, mientras la pena del pecado mortal es el infierno, pena que se nos quita cuando nosotros confesamos un pecado de ese tipo, la pena del pecado venial, siendo sólo temporal, se presta para ser descontada aquí abajo, cosa que es posible, y que es necesario hacer, al menos en principio. Pero si aquí no la descontamos, entonces tendremos que descontarla en el más allá y con mayor severidad, al menos según la opinión de los teólogos.
De ahí la oportunidad de cargar cada día nuestra cruz, como por lo demás nos prescribe Nuestro Señor, y de hacer a menudo penitencia, de modo de eliminar cada día la escoria de los pecados veniales, los cuales son frecuentes e inevitables incluso en los santos, en modo similar a como cuidamos cada día nuestra higiene personal, para mantenernos siempre puros y limpios, y poder tener relaciones agradables a nuestro prójimo y a Dios, purísimo Espíritu. Ahora bien, si tenemos cuidado de presentarnos decorosamente ante los demás, ¿cuánto más cuidado deberíamos tener en presentarnos con dignidad delante de Aquel que nos ha creado, nos ha redimido con su sangre y se nos ha dado a Sí mismo, así como nos ha dado a nuestros hermanos y todo cuanto de más bello existe en la creación?
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 6 de octubre de 2011
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum purificatio post mortem consistat in purgatorio
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod purificatio post mortem non consistat in purgatorio.
1. Quia quidam tenent omnes homines statim post mortem salvari, nulla poena temporali indigentes, cum Christus omnes redemerit. Hoc videtur validum, quia affirmat universalitatem redemptionis et vitat notionem doloris ultraterreni, proponens misericordiam divinam tamquam incompatibilem cum omni poena.
2. Praeterea quidam negant purgatorium, quia in Scriptura solum de caelo et inferno fit mentio, non autem de tertio statu. Hoc videtur fundatum, quia innititur literalitati biblicae et absentiae expressae mentionis purgatorii.
3. Item quidam putant ignem non posse afficere animam separatam, quia spiritus non potest pati ex substantia physica. Hoc videtur convincens, quia experientia ostendit dolorem corporalem solum per mediationem sensuum fieri, quos anima separata non habet.
4. Denique quidam tenent poenas veniales statim in morte tolli, nulla purificatione indigentes, quia Deus est misericors et non exigeret ulterius dolorem. Hoc videtur solidum, quia agnoscit bonitatem divinam et fragilitatem humanam, et videtur congruum cum idea mortis ut liberationis.
Sed contra est quod Scriptura dicit: “Unusquisque opus probabitur igne” (1 Cor 3,13). Liber Machabaeorum docet esse sanctum et salutare pro defunctis orare (2 Mac 12,46). Concilium Florentinum affirmat animas purgatorii suffragiis fidelium iuvandas. Concilium Tridentinum docet necessitatem poenitentiae et monet contra praesumptionem salutis. Traditio patrum commemorat misericordiam Dei iustitiam non abolere, sed perficere.
Respondeo dicendum quod purificatio post mortem consistit in purgatorio. Anima quae in gratia moritur, sed cum debitis peccati venialis, purificari debet ut ad visionem Dei admittatur. Haec purificatio fit in duratione aeviterna, distincta ab aeternitate Dei et temporalitate mundi, propria substantiarum spiritualium. Ignis purgatorii, quamvis non idem sit ac ignis terrestris, est energia specialis iustitiae et misericordiae quae spiritum torquet et purificat, similis igni qui aurum a scoriis purgat. Poena est gravis, sed mitigatur certitudine salutis et dulci expectatione Sponsi. Animae purgantes, iam substantialiter sanctae, pro nobis orant et intercedunt, et suffragiis Ecclesiae iuvantur: oratione, Missa, eleemosyna et indulgentiis. Purificatio implet poenas temporales debitas peccatis venialibus, quae in vita per poenitentiam et probationes expiari deberent, sed si hic non expiantur, in futuro cum maiori severitate expiantur. Sic servatur iustitia divina et anima praeparatur ut digne se sistat ante Deum. Aeviternitas permittit loqui de durationibus longioribus vel brevioribus purificationis, et communio sanctorum extendit opus Ecclesiae etiam ad aliam vitam. Sic historia Ecclesiae non solum ad terram limitatur, sed etiam ad Ecclesiam caelestem et purgatorii, omnes simul in itinere ad Parusiam.
In summa, purificatio post mortem consistit in purgatorio, poena temporali et purificatoria in aeviternitate, per ignem spiritualem qui animam a scoriis peccati venialis purgat, suffragiis Ecclesiae adiutam, donec digna fiat ad visionem beatificam.
Ad primum dicendum quod redemptio Christi est universalis, sed requirit cooperationem hominis et purificationem debitorum temporalium, quae non statim tolluntur, sed in iustitia expiari debent.
Ad secundum dicendum quod Scriptura purgatorium insinuat, ut in 2 Mac 12,46 et 1 Cor 3,13‑15, et traditio id confirmavit in Conciliis et Catechismo.
Ad tertium dicendum quod ignis purgatorii non est idem ac ignis physicus, sed energia spiritualis quae animam directe purificat secundum voluntatem iustitiae et misericordiae divinae, et agit analogice ad ignem qui aurum purificat.
Ad quartum dicendum quod misericordia Dei iustitiam non tollit, et ideo poenae veniales expiandae sunt, sive in vita praesenti sive in futura, ut anima pura se sistat ante Dominum.
JG
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