sábado, 2 de mayo de 2026

Curso de Escatología. Capítulo 6: La perdición después de la muerte

¿El infierno es un mito arcaico o una verdad revelada que interpela nuestra libertad? ¿Qué sentido tiene negar la existencia de la condenación eterna, cuando la Escritura y la Tradición la presentan como consecuencia lógica de la rebelión contra Dios? ¿No es más razonable reconocer que en el instante de la muerte el alma se enfrenta al Absoluto y fija irrevocablemente su destino, ya sea en comunión con Dios o en la soberbia de sí misma? ¿Qué consecuencias trae el buenismo moderno que asegura que todos se salvan, contradiciendo la enseñanza constante de la Iglesia? El sexto capítulo de este breve curso de escatología del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a redescubrir el misterio del infierno como lugar trascendental de perdición, donde la pena eterna no es un castigo arbitrario, sino la elección definitiva de quien rechaza la misericordia y absolutiza su propia voluntad. [En la imagen: fragmento inferior de "El Juicio Final", fresco realizado entre 1536-1541, obra de Miguel Ángel, conservado en la Capilla Sixtina, Ciudad del Vaticano].

Curso de Escatología
Capítulo 6: La perdición después de la muerte

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 11 de octubre de 2011 en el blog de Riscossa Cristiana. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/corso-di-escatologia-di-p-giovanni-cavalcoli-op-sesto-capitolo-la-perdizione-dopo-la-morte/)

Continuamos nuestro pequeño curso de escatología. En esta lección tratamos acerca de la condición de las almas después de la muerte, es decir, aquellas que mueren en estado de pecado mortal y que por ello caen o precipitan para siempre en un lugar tenebroso y misterioso, fuera de este mundo, representado como "más allá abajo", y que tradicionalmente es llamado "infierno", precisamente del latín infernum, que significa "subterráneo", o bien el abismo, el barranco oscuro, báratro, que debe entenderse sin embargo no en sentido físico, como si se tratara de estratos geológicos o de cavernas debajo de la superficie terrestre, sino en sentido metafórico, así como por ejemplo decimos de una persona que ha "caído en lo bajo", queriendo decir que ha perdido su dignidad o que ha caído de una buena condición.
Una oscura percepción de la posibilidad de que el alma después de la muerte descienda a una misteriosa región oscura y triste, caracterizada por una existencia sombría y de aflicción, se la encuentra entre las variadas religiones ya desde la antigüedad. Pensemos por ejemplo en la religión de los griegos, con su mito del Hades, del Tártaro o del Érebo. Pensemos en la religión romana, que está influenciada por estos mitos griegos, y que contempla la existencia de los inferi (inframundos) o del infernum.
Sin embargo, en el mundo pagano esta triste y tenebrosa situación del más allá no se ve tanto como un castigo por los pecados cometidos en el más acá, sino ante todo como un destino común a todos, incluso a los buenos, salvo unas pocas excepciones rarísimas reservadas a los héroes -pensemos en el Parnaso o en el Olimpo- personajes que después de la muerte alcanzaron una condición divina. Pensemos por ejemplo en los emperadores romanos.
El mundo pagano occidental siente oscuramente que la existencia humana no es del todo destruida con la muerte; algo sigue vivo -non omnis moriar, dice el poeta Horacio-; pero como el pagano está muy apegado a la vida presente, ya que sólo en ella se puede ser feliz, he aquí que el hecho de dejarla por un mundo ultraterreno incorpóreo, privado de goces físicos, del cual, por lo demás, nada se sabe, es motivo de tristeza y por eso tal lugar es considerado como un mundo triste. Sus habitantes extrañan la vida presente, pero no pueden retornar.
Es sólo en la filosofía de la India -brahmanismo y budismo- que el alma de cualquiera, sobre todo del sabio, y no solo de unos pocos privilegiados, siendo ya de por sí divina, existiendo ab aeterno, después de una serie de purificaciones y de prácticas ascéticas y rituales (o sea el shamshara, es decir, una serie de reencarnaciones), puede alcanzar la bienaventuranza (nirvana) dejando para siempre la vil corporeidad y fundiéndose así en el Absoluto, Brahman o bien la Nada, del modo como la gota se disuelve en el océano. Pero incluso aquí existe, para quienes no cumplen el karma, o sea la justicia, una eterna perdición, ligada para siempre a la corporeidad que es el principio del mal.
Algo de este género se da también en la antigua visión zoroástrica y maniquea, aunque con un panteísmo menos acentuado. En Platón hay algún rastro de esto, pero con la clara percepción de la trascendencia divina y por lo tanto de la distinción entre el alma (nus) y el Bien divino (Agathón). Pero incluso en Platón existe el premio y el castigo después de la muerte. Doctrina similar en Aristóteles, aunque tiene más que Platón la percepción de la bondad del cuerpo y comprende mejor que el mal proviene de la voluntad.
Por el contrario, la Sagrada Escritura concibe el más allá, ya sea feliz o bien infeliz, en estrecha relación con el concepto de justicia y de pecado, entendidos como actos respectivamente conformes o no conformes a la ley divina, de un Dios único y trascendente, el cual promete a los buenos una resurrección bienaventurada y a los malvados amenaza con una condenación eterna. Aquí están respectivamente el cielo y el infierno.
Es necesario, por otra parte, distinguir los inframundos del Antiguo Testamento (hebreo shéol) del infierno (griego hades) del Nuevo Testamento. En uno y en otro caso se da un castigo después de la muerte, pero, mientras que los inframundos del Antiguo Testamento reciben a todos los difuntos, tanto a los justos como a los injustos, el infierno neotestamentario, inaugurado por el advenimiento de Cristo, es el lugar reservado a aquellos que desobedecen a Cristo, mientras los inframundos dejan de existir, en cuanto Cristo, después de la resurrección, ha descendido a los inframundos, liberando a las almas de los justos, vale decir, a aquellos que esperaban al Mesías, y conduciéndolos consigo al cielo, mientras que aquellos que no habían querido esperar en el Mesías se precipitaron en el infierno.
Por otra parte, una característica del infierno bíblico es el hecho de que en él no caen sólo aquellas criaturas humanas a las cuales he mencionado anteriormente, sino que también precipitan los ángeles rebeldes en los orígenes de la creación, como enseña san Pedro: "Dios no perdonó a los ángeles que habían pecado, sino que les precipitó en los abismos tenebrosos del infierno (tártaros), reservándolos para el juicio" (2 Pe 2,4).
Según la fe católica, el castigo infernal no es propiamente la consecuencia de un acto positivo por parte de Dios, a la manera de un juez humano que condena al reo, aunque la Sagrada Escritura se exprese metafóricamente de este modo, sino, como la Biblia dice claramente en otros lugares, la perdición infernal es lógica y estricta consecuencia de la misma rebelión del hombre a Dios, que en cambio quiere que todos se salven y da a todos la posibilidad de salvarse. Por eso, el infierno es exclusivamente una justa consecuencia de la culpa de quien se condena. En modo similar, a manera de comparación, se podría decir que la muerte -el infierno- es la consecuencia de la asunción de un veneno -el pecado.
Dios ofrece a todos la posibilidad de salvarse, pero, al mismo tiempo, habiendo dotado al hombre de libre albedrío, lo deja libre de hacer su elección, o por Dios o contra Dios, o por la obediencia o por la desobediencia, con las consecuencias relacionadas: o el premio o el castigo. Ciertamente el pecador rechaza el castigo infernal y, sin embargo, está de tal modo apegado a su propia voluntad que prefiere ir al infierno lejos de Dios, antes que estar con Dios en el cielo.
La pena infernal, como se sabe por la fe, es eterna. Y esto es lógico, en cuanto el hombre está hecho para lo eterno y para lo absoluto. No puede escapar a este destino y por lo demás ni siquiera lo quiere. La única alternativa que se le ofrece, y aquí radica su elección, es una eternidad bienaventurada en comunión con Dios -el cielo- o una eternidad infeliz -y esto es el infierno.
Todos los hombres, explícitamente o implícitamente, claramente u oscuramente, como se desprende de la Escritura, saben que en punto de muerte deben responder a Dios por sus acciones para recibir o el premio o el castigo. Por consiguiente, también aquellos que se profesan ateos o en cualquier caso no cristianos no están por ello excusados de no tener en cuenta en la propia vida esta alternativa. Nadie puede escapar del tribunal de Cristo, desde el origen de la humanidad hasta el fin del mundo, sea cual sea el pueblo, la cultura o la religión o no-religión a la cual pertenezca.
La elección de nuestro destino después de la muerte, como bien sabemos por la fe, es irrevocable, se trate del infierno como del paraíso. Algunos se preguntan por qué motivo eso. Podríamos dar la siguiente explicación. En la vida presente nosotros podemos tener con Dios una buena y una mala relación, y también alternar estas actitudes en cuanto nuestro intelecto no ve a Dios inmediatamente, sino solo a través de las criaturas. Así, el creyente sabe por fe que Dios es su felicidad absoluta, pero no lo experimenta.
En cambio, en punto de muerte, Dios, en Cristo, se manifiesta a todos inmediatamente y claramente, como el verdadero Absoluto, más allá del cual no existen otras alternativas válidas. De hecho, en este punto el alma hace su elección absoluta, por lo cual no busca nada más de lo que elige en ese momento, se trate del paraíso o del infierno.
Esto significa que la condición de nuestro libre albedrío en punto de muerte cambia completamente, porque si en la vida terrena, faltando la visión beatífica, incluso los buenos siempre tienen la posibilidad de pecar, es decir, de cambiar la elección de su voluntad, en este punto de muerte la necesidad que existe en todos nosotros de lo absoluto no podrá no encontrar una salida definitiva en todos, en cuanto que todos, frente al Absoluto divino, no podrán sino responder en modo definitivo a la propuesta definitiva y última que viene de Cristo. Por lo cual en este momento nuestra voluntad sólo tiene dos alternativas, ambas absolutas: o absolutizarse a sí misma o elegir para siempre a Aquel que es el verdadero Absoluto. En el primer caso se va al infierno, en el segundo al cielo.
Otro punto a considerar. Hoy en día, está extendida también entre los católicos la creencia de que todos nos salvamos. Pero eso no es cierto en absoluto. He desarrollado este tema en mi opúsculo L’inferno esiste. La verità negata (Ediciones Fede&Cultura, Verona 2010). Es cierto que a lo largo de la historia la Iglesia conoce siempre mejor el poder y el horizonte de la divina Misericordia, por lo cual cada tanto entiende descubrir a Dios menos severo de lo que se pensaba.
De modo especial, el Concilio Vaticano II nos ha hecho comprender como nunca la grandeza de esta misericordia. Pero el propio Concilio nos recuerda, con toda la Tradición, que Dios también es justo y que existe el infierno. Por eso, la tesis buenista según la cual todos se salvan es en realidad una tesis modernista que no tiene ningún fundamento en la enseñanza del Concilio y ha sido negada varias veces en el pasado por la Iglesia.
Por lo tanto, sigue siendo cierto que no todos se salvan. Esta verdad de fe debemos entenderla como saludable advertencia, para tener horror por el pecado y concebir un sano temor de Dios que nos mantiene en el camino de la salvación. Por tanto, están en peligro de condenarse precisamente quienes presuntuosamente, como ya nos lo advertía el Concilio de Trento, tomando apoyo de modo erróneo sobre la divina Misericordia, creen salvarse sin mérito continuando libremente en el pecado o comportándose según sus propios caprichos.
Como demuestro en mi libro, la existencia de los condenados resulta claramente de las mismas enseñanzas de Nuestro Señor, el cual, a propósito de la eterna condenación, se pronuncia en varias circunstancias con tres tipos diversos de proposiciones: a veces afirma categóricamente el hecho de la condenación como algo que sucederá en el futuro ("uno será tomado, el otro será dejado"); a veces se limita a dar una seria advertencia o un fuerte llamado ("¡moriréis en vuestros pecados!"); y otras veces se expresa en modo condicional ("si quieres la vida, observa los mandamientos").
Recordemos por otra parte que la doctrina tradicional es la de la existencia del fuego del infierno. Ya he hablado de este fuego ultraterreno a propósito del purgatorio y, por tanto, remito al lector a la lección dedicada al purgatorio.
En cuanto a la idea del infierno como "lugar", esta también es una doctrina próxima a la fe. Es clarísima la referencia que hace el mismo Jesús en el Evangelio. Evidentemente, no se puede pensar en un lugar en el espacio de este mundo. Sin embargo, el Evangelio hace entender que es verdaderamente un lugar -podríamos llamarlo "lugar trascendental"- por más misterioso y casi indefinible que sea, como por lo demás es un "lugar" el paraíso y el purgatorio.
En efecto, también es necesario considerar el hecho de que, al menos en lo que respecta al cielo y al infierno, se debe hablar de un lugar y no simplemente de un estado del alma, considerando el dogma de la resurrección, que implica la corporeidad con la existencia de un mundo material, cosas que evidentemente se encuentran en un lugar y ocupan un espacio, aún cuando debemos reconocer que imaginar en el más allá cosas de tal género sigue siendo muy difícil para nosotros. Después de todo, no nos corresponde a nosotros crear estas cosas, sino a la omnipotente sabiduría divina, que sabe lo que hace y es esa esfera del ser, para decirlo con el divino Poeta, "dove si puote ciò che si vuole. E più non dimandare".

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 11 de octubre de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum perditio post mortem consistat in inferno

Ad hoc sic procediturVidetur quod perditio post mortem non consistat in inferno.
1. Quia quidam tenent infernum esse mythum archaicum, proprium religionum antiquarum sicut Hades Graecorum vel shèol Hebraeorum, et non pertinere ad revelationem christianam. Hoc videtur validum, quia innititur comparationi historicae et absentiae probationum empiricarum, proponens doctrinam tamquam superstitem culturalem magis quam veritatem revelatam.
2. Praeterea quidam affirmant Deum, cum sit misericors, non posse permittere damnationem aeternam, et omnes salvari. Hoc videtur fundatum, quia agnoscit infinitam bonitatem divinam et videtur congruum cum idea redemptionis universalis, innitens modernae visioni misericordiae.
3. Item quidam putant poenam aeternam contradicere libertati humanae, quia homo semper posset poenitere, etiam post mortem. Hoc videtur convincens, quia innititur possibilitati mutationis voluntatis et ideae quod libertas numquam definitive figatur.
4. Denique quidam tenent infernum non esse locum realem, sed solum statum psychologicum angustiae, et ideo non existere tamquam realitatem obiectivam. Hoc videtur solidum, quia vitat imaginari spatium ultraterrenum difficile concipiendum et reducit doctrinam ad metaphoram spiritualem.

Sed contra est quod Scriptura dicit: “Deus angelis peccantibus non pepercit, sed in tartarum caliginis praecipitavit eos” (2 Pet 2,4). Evangelium docet: “Unus assumetur, et alter relinquetur” (Mt 24,40). Concilium Tridentinum monet contra praesumptionem salutis. Traditio Patrum affirmat misericordiam divinam iustitiam non tollere, sed perficere.

Respondeo dicendum quod perditio post mortem consistit in inferno. Anima quae in peccato mortali moritur, misericordiam Dei recusans, irrevocabiliter figitur in propria voluntate et ab Absoluto separatur in aeternum. In ipso momento mortis Deus in Christo se manifeste ostendit ut verum Absolutum, et anima facit electionem ultimam: aut se ipsam absolutizat aut Deum eligit. In primo casu vadit ad infernum, in secundo ad caelum. Infernum non est poena arbitraria a Deo imposita, sed consequens logica rebellionis hominis, qui propriam voluntatem praeponit communioni cum Deo. Poena infernalis est aeterna, quia homo ad absolutum creatus est et electio eius in perpetuum figitur. Infernum est locus transcendentalis, mysteriosus et realis, ubi iustitia divina impletur et ubi etiam angeli rebelles praecipitati sunt. Doctrina Ecclesiae respuit modernum bonismum qui omnes salvos esse affirmat, quia contradicit constantem Scripturae et Traditionis doctrinam. Existentia damnatorum clare resultat ex verbis Christi, qui de damnatione loquitur modo categorico, exhortativo et conditionaliter. Sic servatur timor Dei salutaris et horror peccati, qui nos in via salutis conservant.
In summa, perditio post mortem consistit in inferno, loco transcendenti poenae aeternae, consequente logice et definitive ex libera hominis electione Deum recusantis et voluntatem propriam absolutizantis.

Ad primum dicendum quod infernum non est mythus archaicus, sed veritas revelata, a Christo et Traditione confirmata, quamvis religiones antiquae imperfectas habuerint intuitiones.
Ad secundum dicendum quod misericordia Dei infinita est, sed iustitiam non tollit, et ideo damnatio aeterna est pro iis qui gratiam definitive recusant.
Ad tertium dicendum quod in vita praesenti voluntas mutari potest, sed in momento mortis, coram Absoluto, electio irrevocabiliter figitur, et ideo perditio est aeterna.
Ad quartum dicendum quod infernum est vere locus transcendentalis, non solum status psychologicus, sicut Evangelium et dogma resurrectionis docent, quod implicat corporeitatem et existentiam mundi materialis in altera vita. 
   
JG

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