jueves, 12 de marzo de 2026

La Metafísica de Jesús (6/)

¿Qué significa permanecer fieles a la Palabra que no pasa y, al mismo tiempo, avanzar hacia una comprensión más profunda de la verdad? ¿Por qué Cavalcoli denuncia que tanto el modernismo evolucionista como el tradicionalismo inmovilista traicionan estas dos actitudes fundamentales del espíritu? En esta sexta entrega, el padre Giovanni Cavalcoli nos invita a contemplar la historia desde la mirada de Dios, donde la metafísica ilumina la temporalidad y la fe abre el camino hacia la vida eterna. Una reflexión que desenmascara el materialismo disfrazado de espiritualismo y reafirma que solo permaneciendo y avanzando se construye el verdadero Reino de Dios en la historia. [En la imagen: detalle del "Pantocràtor de Taüll", fresco transferido al lienzo, 1123, del ábside  de la Iglesia de Sant Climent de Taüll, Cataluña, ahora en el Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona].

La metafísica de Jesús

Sexta Parte

(Traducción al español de la sexta parte de esta serie de artículos del padre Giovanni Cavalcoli, con extractos de su libro de 2014 titulado Gesu Cristo Fondamento del Mondo. Esta sexta entrega (o quinta según el ordenamiento publicado en el original italiano) fue publicada el 9 de marzo de 2026: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-metafisica-di-gesu-5.html)

Presento a los lectores un fragmento sobre el tiempo, tomado de un libro que publiqué en 2014, dedicado a ilustrar algo que hasta ahora nunca se había pensado y es presentar lo que podría llamarse "la metafísica de Jesús". Propongo "Jesús Eterno Señor del tiempo", cap. VI, 5d.

Del libro de 2014, publicado por las Edizioni de L’Isola di Patmos, Roma:  

Giovanni Cavalcoli: «Jesucristo fundamento del mundo:
inicio, centro y fin último de nuestro humanismo integral»

El concepto de Cristo fundamento del mundo encierra las alturas más sublimes del santo Padre y Doctor de la Iglesia Agustín, obispo de Hipona: el Christus totus. Como repetirá de hecho el Sumo Pontífice Benedicto XVI en el curso de su ministerio apostólico: Cristo no es una parte de la experiencia humana, sino nuestra totalidad. Él es el inicio, el centro y el fin último de nuestro humanismo integral. Y fue precisamente sobre estas premisas teológicas que el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger, publicando por disposición del santo Pontífice Juan Pablo II la exhortación Dominus Iesus, reafirmó esta totalidad, en abierta contraposición a un ecumenismo mal entendido y a un diálogo interreligioso mal entendido, pero sobre todo en contraposición al relativismo.

Capítulo VI, 6 d. Jesús, Eterno Señor del tiempo

La eternidad es una categoría metafísica de gran importancia, porque pertenece a los niveles más altos del ser, mientras que el tiempo corresponde más a la cosmología y, por tanto, a una categoría limitada del ser. La naturalidad con la que Jesús habla de lo eterno nos hace comprender claramente otro aspecto de su sabiduría metafísica, aunque —ya lo sabemos— Él no nos da una definición, sino que habla de ello solo en relación con el destino eterno del hombre, de bienaventuranza o de condenación.
Jesús, además, remitiéndose al Antiguo Testamento, tiene una visión del curso y del sentido de la historia y de los “tiempos”, como Él dice, mucho más amplia y profunda que la que puede resultar de las simples investigaciones y memorias del hombre, porque considera la historia, sobre todo la del hombre, con la misma mirada de Dios, que la ha creado y providencialmente la guía hacia su fin, que es Él mismo.
La visión que Jesús tiene de la historia, desde el inicio hasta el fin y, por tanto, de todo el curso del tiempo en el cual ella acontece y por el cual es abarcada, presupone una profunda visión metafísica de la relación entre lo eterno y lo temporal. Sobre ella se funda y de ella toma inspiración como criterio para la valoración de los hechos y para dirigir la acción humana y el destino de los pueblos, especialmente Israel, hacia un buen fin, es decir, la resurrección final.
En particular, Jesús da un significado al tiempo entendiéndolo como historia de la salvación ¹ guiada por el acontecimiento de la Redención, de tal modo que toda la historia, iniciada con la creación, después del pecado de Adán, converge hacia Cristo y parte de Cristo crucificado para llegar a Cristo glorioso en la tierra de los resucitados al final del mundo. De este modo Cristo domina todo el curso de la historia, unifica su sentido global en la eternidad de su Persona, que la funda, la guía y la sostiene: Christus heri, hodie et cras.
Jesús, por tanto, nos hace comprender que la historia es el desarrollo del plan del Padre, el cual ha querido el mundo en la luz del Hijo para manifestar al hombre su bondad y glorificar al Hijo como Señor del mundo y como restituidor del mundo al Padre mediante la obra de la Redención y la victoria sobre Satanás. De aquí comprendemos el dicho de los Cartujos: Stat Crux, dum volvitur orbis.
Esta conjunción en Jesús de la mirada metafísica con la percepción del valor y del significado de la historia se funda en el hecho de que Él une la visión del ser, sobre todo del Ipsum Esse, con el tiempo ² y, por tanto, con el devenir y con las acciones y pasiones del hombre. Jesús contempla la historia como historia de sufrimiento causada por el pecado y ha venido para inaugurar una nueva historia, libre del pecado y de la muerte, que es el Reino de Dios, que comienza ya ahora con la Iglesia.
De este modo, en la mente y en la voluntad de Cristo se da un paso del todo lógico, natural, consecuente y riguroso de la sabiduría metafísica a la prudencia moral. La razón especulativa, por extensión, se convierte en práctica y, de la consideración de las causas primeras y de los fines últimos, pasa a la determinación y dirección de los actos concretos de la vida cotidiana en la luz de Dios y de su plan de salvación.
La visión que Jesús tiene de la historia no tiene nada que ver con el historicismo relativista y evolucionista de quienes no admiten valores o conceptos permanentes, o absolutizan el tiempo, o niegan una eternidad que trasciende el tiempo, o los encajan dialécticamente entre sí terminando por confundirlos, como sucede en la dialéctica hegeliana.
Por esto, el proyecto de una “teología narrativa”, elaborado por algunos, requiere precisas puntualizaciones. Es más que lícito, incluso obligatorio, narrar o relatar lo que Cristo dijo e hizo como hombre, dejando entrever su divinidad, y es claro que de ello brota una teología. Sin embargo, este conocimiento en sí mismo no es todavía propiamente teología, sino historia. Y no sería lícito reducir la teología a historia, sin caer en el relativismo historicista.
No hay duda de que existen intervenciones de Dios en la historia, que cambian el curso de los tiempos y manifiestan su omnipotencia y su misericordia. Cristo es la Intervención o, como se gusta decir hoy —aunque con cierta impropiedad—, es el Evento ³ por excelencia. Ciertamente es lícito hablar de “lo que Dios ha hecho” en Cristo. Es el mismo lenguaje de la Escritura. Sin embargo, sabemos también que ella a veces se expresa de modo metafórico o antropomórfico, que debe ser rectamente interpretado, para no convertir a Dios en un burdo *deus ex machina* de las antiguas comedias romanas.
Las intervenciones de Dios en la historia, los magnalia Dei, propiamente, no son lo que Dios “ha hecho”, sino lo que Dios “hace”, porque su Esencia eterna se identifica con su acción, y Él no conoce muchas acciones, sino que todas se resuelven en su única Esencia. Dichas intervenciones, en cambio, son los efectos temporales de su obrar eterno.
Se comprende entonces que estos intervenciones, por más que se refieran a Dios, son solo hechos históricos, como tales objeto de la historia sagrada y no de la teología, la cual considera a Dios como tal y no los efectos de su acción en la historia, aunque sean la vida y las obras de Cristo. No se trata entonces de narrar, sino de considerar, argumentar silogísticamente, deducir, demostrar especulativamente, todas las operaciones, en suma, que corresponden al intelecto especulativo y, por tanto, a la metafísica.
Se trata ciertamente de narrar lo que Cristo hizo y lo que Cristo dijo. Pero la investigación sobre sus palabras y sobre su doctrina —debería ser evidente— ya no es narración, sino ejercicio del intelecto especulativo: y esta es la verdadera teología, llamada precisamente tradicionalmente “especulativa”. Incluso Hegel, que es el fundador del historicismo, quiso mantener la instancia especulativa: ¡no dejemos que nos la arrebate precisamente él!
Pero, al mismo tiempo, Jesús no es tampoco un altivo gnóstico, que en nombre de una abstracta “eternidad”, afectando una sublime audacia especulativa, mira desde lo alto con desprecio la concreción de la temporalidad y de las imágenes ligadas a ella, abandonándola al mundo de las apariencias, de la fantasía y de la mitología, como simple representación simbólica de lo “Eterno”, del cual serían el “aparecer”.
 La concepción que Jesús tiene de la historia está igualmente lejos de la concepción cíclica pagana o de la dialéctica hegeliana, según las cuales no existe un verdadero avance o un verdadero progreso, sino que todo vuelve siempre al inicio a causa de un eterno conflicto entre las fuerzas que mueven la historia, un poco como sucede en la playa del mar, donde la ola que llega vence relativamente a la ola precedente, pero al final es vencida por el agua de esta que retrocede y a su vez, después de haber vencido, es vencida por la siguiente. En la metafísica de Jesús el movimiento circular no concierne a la historia interna del mundo, sino a su relación con Dios, del cual procede como criatura y al cual está llamada a volver si quiere salvarse.
En el proyecto de Jesús el Reino de Dios se afirma, crece y se expande en el mundo y en la historia gracias a dos actitudes fundamentales del espíritu, de profundo significado metafísico y moral: permanecer y avanzar. Es necesario ser sólidamente y firmemente fieles a la Palabra que no pasa, pero al mismo tiempo profundizar en su verdad y hacerla fructificar. Los embates de este mundo y los asaltos de Satanás atacan al discípulo, pero si tiene su casa fundada sobre la roca, se estrellan contra ella.
Es necesario, por tanto, avanzar hacia un conocimiento cada vez mejor de la verdad, hacia nuevas conquistas y hacia un aumento de la virtud en la fidelidad al Evangelio, evitando la tentación de un estéril retorno al pasado, que en realidad no es fidelidad a la Palabra que no pasa, sino retroceder, volver atrás, obstinarse en posiciones superadas, querer conservar lo que ya no sirve, es rutina perezosa, es miedo de afrontar lo nuevo y lo imprevisto, como el mismo Jesús nos advierte: “Nadie que pone la mano en el arado y luego mira atrás es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). Nada, pues, en Jesús de esas actitudes, hoy por desgracia frecuentes, del modernismo evolucionista como del tradicionalismo inmovilista.
Ciertamente, de la metafísica de Jesús, como de cualquier metafísica normal, no se pueden obtener o deducir inmediatamente las directrices concretas de la acción en el tiempo. Sin embargo, dado que el objeto de la metafísica es el ser, que comprende también el ser moral, es decir, el bien o el fin, y por tanto implícitamente también el deber y el acto moral, y dado que el ente en su analogía comprende también el ente singular y concreto, que es precisamente el ente real, y dado que la acción está justamente en lo concreto, he aquí que la sabiduría metafísica abarca también, aunque solo implícita y virtualmente, la dirección de los actos humanos.
Y tal es precisamente la metafísica de Jesús. Por lo cual, entre sus sentencias especulativas y teológicas y entre sus enseñanzas morales no podemos evidentemente encontrar cómo se repara un ordenador o cómo se instala la electricidad en una casa, pero sí encontramos las razones últimas, teológicas, para realizar estas operaciones, de modo que, en definitiva, incluso un técnico informático o un electricista pueden poner en práctica los valores de la metafísica, valiéndose —se entiende— quizá inconscientemente o implícitamente, de las debidas mediaciones, por las cuales la metafísica funda la antropología, esta funda la moral y la moral finalmente, gracias a la virtud de la prudencia, guía el obrar concreto.
Tenemos como una especie de escala de Jacob, por la cual, mediante una serie de peldaños, del cielo se desciende a la tierra y de la tierra se puede subir al cielo. En efecto, aquellos que se burlan de la metafísica por la ausencia de aplicaciones prácticas caen bajo la condena que Jesús lanza contra quienes, encerrados en las cosas de aquí abajo, no saben mirar a las de arriba.
Todo esto está ligado al primado de la metafísica sobre la historia y, por tanto, de lo eterno sobre el tiempo. La tendencia moderna a resolver la realidad en la historia —el llamado “historicismo”— querría invertir la relación, sustituyendo el tiempo por lo eterno y la historia por la metafísica, juzgada como una vana palabrería, incapaz de incidir en la realidad y de tener utilidad práctica. Ella refleja, diría Santiago, una “sabiduría terrena, carnal y diabólica” (St 3,15), que antepone la imaginación al intelecto y las pasiones a la voluntad, embotando la conciencia moral y reduciendo al hombre al nivel de la bestia. Sería necesario que estos, con la humildad del Salmista, dijeran a Dios: “He sido ante Ti como una bestia” (Sal 73,22).
Pero existe también una valoración exagerada de la metafísica, de tipo gnóstico, como la de Emanuele Severino, una forma de idealismo panteísta, para el cual lo Eterno es tan importante que solo Él existe; el tiempo, el espacio, el devenir, el mundo material no existen. Todo es Eterno: por tanto, también esas cosas son eternas. El ser es el ser pensado; no hay ser material fuera del pensamiento, sino que la materia es la materia pensada, como en Berkeley: esse est percipi. Entonces, como ya decía Gentile, todo es pensamiento, incluso la materia.
Pero he aquí la inversión: si la materia es pensamiento, entonces el pensamiento es materia, y estamos de nuevo en el materialismo. Jesús acusa a los fariseos de ser materialistas. Pero probablemente, en sus intenciones, eran gnósticos: estaban convencidos de conocer a Dios mejor que Jesús y se mostraban como austeros espiritualistas. Pero en realidad —he aquí su hipocresía— eran materialistas.
Jesús ciertamente nos guía hacia lo Eterno, pero no hacia el de Severino: es el Dios eterno creador del mundo, y por tanto de la materia, del espacio y del tiempo. El mundo, para Jesús, no es una aparición de lo Eterno, como la aparición de una cosa es esa misma cosa en cuanto nos aparece. El mundo, ciertamente, es un signo de Dios, es obra de Dios; el hombre es creado a imagen de Dios, pero todo ello es realmente distinto de Dios.
La alta metafísica es aquella que ve las cosas temporales y las realidades de este mundo en la luz de lo Eterno, en última instancia en la luz de Dios, o, podríamos decir, con la mirada de Dios: ver las cosas desde lo alto, como Dios las ve, es decir, en relación con lo Eterno o, como decía Spinoza —aunque en un marco panteísta—, sub specie aeternitatis.
Esta expresión, sin embargo, debe explicarse con prudencia, para no caer en peligrosos equívocos. No significa que las cosas tengan un aspecto de eternidad o incluso que sean eternas, porque esto sería panteísmo, sino que significa que deben ser vistas en relación con la Eternidad y en cuanto ideadas, queridas y gobernadas por lo Eterno.
Es claro que esta era exactamente la mirada de Jesús sobre el ser, sobre las cosas, sobre el hombre, sobre el mundo. El punto de vista de Dios y el humano no se excluyen en absoluto, siempre que la mirada humana no sea ciega a la de Dios. En cambio, valorar las cosas en base a la sabiduría humana, que culmina en la metafísica, prepara el juzgarlas a la luz de Dios, que es la luz de la fe.
Esto, por tanto, obviamente no significa poder poseer la misma ciencia de Dios ni tampoco ver las cosas como eternas. Ellas, en verdad, lo son solo en cuanto ideadas por Dios y, por tanto, virtualmente contenidas en su Esencia. Pero en sí mismas, fuera de Dios, son temporales, y así las ve Dios como las vemos nosotros, aunque de modo infinitamente más perfecto.
Este situarse en el punto de vista de Dios, que por medio del Hijo revela el pensamiento del Padre y sus designios de amor y de salvación, es para Jesús la “vida eterna”, que comienza con el ejercicio de la fe, con creer en el Hijo y en aquellos que el Hijo ha enviado, es decir, la Iglesia.
Esta vida, en verdad, en sí misma, es la misma vida de Dios, es Dios mismo (cf. “el Padre tiene la vida en sí” Jn 5,25). Es la vida que se vive en el “cielo”, naturalmente no en el sentido astronómico, aunque contemplado en el vocabulario de Jesús, sino en el sentido espiritual que hemos visto: el mundo divino, donde habitan Dios y los ángeles santos. Ese “cielo” del cual Jesús viene y al cual vuelve llevándonos consigo. En el tiempo, en cambio, se vive la vida terrena.

P. Giovanni Cavalcoli
Extracto del libro de 2014:

Notas

¹ Cf Oscar Cullmann, Cristo e il tempo. La concezione del tempo e della storia nel Cristianesimo primitivo (1946), Bologna 1965, 1990, 2005.
² El famoso libro de Heidegger Ser y tiempo pudo haber sido la ocasión para una seria investigación metafísica sobre la relación de Dios con el tiempo; en cambio, se pierde miserablemente en los meandros y en el laberinto inconcluyente de un “ser” (Seyn) meramente terreno y finito, que es el “ser-para-la-muerte” (Sein zum Tode), más allá del cual no hay sino la nada. Una vigorosa respuesta al nihilismo heideggeriano vino de Edith Stein (Santa Teresa Benedicta de la Cruz) con su obra Endliches und ewiges Sein (escrito en 1937), publicada póstumamente: Herder Verlag, Friburgo de Brisgovia, 1950. En ella Stein demuestra la necesidad de admitir un ser eterno como fundamento de lo finito. No puede dejar de hacernos reflexionar el contraste entre Heidegger, sostenedor del nazismo e inscrito en el Partido Nacionalsocialista hasta 1945, y la Mártir Carmelita, muerta en Auschwitz en 1942. ¿Cuál es la relación entre las dos elecciones de vida y el respectivo pensamiento filosófico de estos dos autores? El pensamiento refleja la vida y la vida refleja el pensamiento. Haría falta, si no se ha hecho ya en algún lugar, un estudio profundo, sobre buenas bases teóricas, acerca de este contraste, que ilumina el sentido de la cultura filosófica del siglo pasado y del presente.
³ Mejor sería decir: el acontecimiento o advenimiento de Cristo, como se expresa el lenguaje teológico y litúrgico tradicional.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.