¿Quién es el Dios que hace posible la creación? ¿Qué significa que Él es Ipsum Esse, el Ser subsistente, distinto de todo ente limitado? ¿Por qué la metafísica es indispensable para comprender la diferencia entre lo esencial y lo accidental, entre el caos y el orden, entre el ser por participación y el Ser por esencia? En esta quinta entrega, el padre Giovanni Cavalcoli nos conduce desde el relato bíblico de la creación hasta la reflexión más alta sobre el misterio de Dios, purísimo Espíritu y Persona, mostrando cómo solo Él puede sostener el peso del ser y crear de la nada. Una meditación que ilumina la fe y abre el camino hacia un ecumenismo verdadero, fundado en la claridad de la razón y la certeza de la Revelación. [En la imagen: fragmento de "Jesucristo Pantocrator", mosaico de la deesis en Hagia Sophia, Estambul].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 12 de marzo de 2026
La Metafísica de Jesús (5/)
La metafísica de Jesús
Quinta Parte
(Traducción al español de la quinta parte de esta serie de artículos del padre Giovanni Cavalcoli, con extractos de su libro de 2014 titulado Gesu Cristo Fondamento del Mondo. Esta quinta entrega (o cuarta según el ordenamiento publicado en el original italiano) fue publicada el 29 de enero de 2026: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-metafisica-di-gesu-4.html)
Presento a los lectores un fragmento sobre la creación, tomado de un libro que publiqué en 2014, dedicado a ilustrar algo que hasta ahora nunca se había pensado y es presentar lo que podría llamarse "la metafísica de Jesús".
Del libro de 2014, publicado por las Edizioni de L’Isola di Patmos, Roma:
Giovanni Cavalcoli: «Jesucristo fundamento del mundo:
inicio, centro y fin último de nuestro humanismo integral»
El concepto de Cristo fundamento del mundo encierra las alturas más sublimes del santo Padre y Doctor de la Iglesia Agustín, obispo de Hipona: el Christus totus. Como repetirá de hecho el Sumo Pontífice Benedicto XVI en el curso de su ministerio apostólico: Cristo no es una parte de la experiencia humana, sino nuestra totalidad. Él es el inicio, el centro y el fin último de nuestro humanismo integral. Y fue precisamente sobre estas premisas teológicas que el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger, publicando por disposición del santo Pontífice Juan Pablo II la exhortación Dominus Iesus, reafirmó esta totalidad, en abierta contraposición a un ecumenismo mal entendido y a un diálogo interreligioso mal entendido, pero sobre todo en contraposición al relativismo.
Capítulo VII, 3. La creación
a. El Dios que hace posible la creación
Jesús en varias ocasiones recuerda que el mundo ha sido creado por Dios. Recuerda la creación del hombre y de la mujer: “Desde el principio de la creación los hizo varón y mujer” (Mc 10,6). En la oración sacerdotal del capítulo 17 de Juan, Jesús hace referencia a su preexistencia divina respecto al mundo, tema del cual ya he hablado (Jn 17,5; 17,24).
Como es sabido, la doctrina según la cual un Dios único y uno, trascendente, sabio y omnipotente ha creado todo de la nada, es característica exclusiva de la Biblia entre todas las demás religiones antiguas de la humanidad y denota un altísimo sentido metafísico, es decir, del ser y de la nada, del ser infinito (Dios) y del ser finito (mundo), de la materia (el “abismo” o las “aguas”) y del espíritu. Como señala la Biblia de Jerusalén en Gn 1,1, “la creación está expresada por el verbo bará, que en la Biblia está reservado a la acción creadora de Dios, distinta de la acción productora del hombre”. Esta última se expresa con el verbo asá.
Jesús enseña esta inmensa diferencia entre el hacer humano y el hacer divino, entre las posibilidades del hombre y las de Dios, con imágenes extremadamente sencillas, como cuando, por ejemplo, invita a confiar en la divina Providencia, recordando la limitación de nuestras posibilidades y la sabiduría creadora y providente divina:
“Mirad los cuervos: no siembran ni cosechan, no tienen despensa ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves! ¿Quién de vosotros, por mucho que se afane, puede añadir una sola hora a su vida? Si, pues, no tenéis poder ni siquiera para lo más pequeño, ¿por qué os afanáis por lo demás? Mirad los lirios, cómo crecen: no hilan ni tejen; y, sin embargo, os digo que ni Salomón, con toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Si, pues, Dios viste así la hierba del campo, que hoy existe y mañana se arroja al horno, ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe!” (Lc 12,24-28; cf. Mt 6,26-30).
Es interesante notar que aquí Cristo construye un razonamiento metafísico que aplica el principio de causalidad según la analogía de proporcionalidad: la criatura depende del Creador y cuanto más alta es (el hombre), tanto mayor es el cuidado que Dios tiene de ella.
Jesús excluye, sin embargo, que el hombre pueda tener un poder creador, cuando pronuncia estas sencillas palabras, que hoy pueden parecernos un poco ingenuas, pero que en realidad deben entenderse en sentido metafísico: “No tienes poder para volver blanco o negro un solo cabello” (Mt 5,36); y “¿quién puede añadir siquiera una hora a su vida?” (Mt 6,27; Lc 12,25-26).
En otras circunstancias Jesús alude, aunque en forma negativa, al hecho de que lo que el hombre hace lo puede hacer solo como causa segunda causada por la causa primera, ella sola creadora: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5).
Es interesante esta semejanza del producir humano con el crear divino, ambos efecto de inteligencia y voluntad, con la diferencia de que mientras el hombre modela, ordena o transforma una materia presupuesta, Dios crea también esa materia. La Biblia, en verdad, no usa este término, sino el equivalente de “tierra”: también la tierra, además del cielo, que representa el espíritu, ha sido creada.
La tierra aparece, pues, al inicio como “informe”. Dios le da forma de modo semejante a como, según Aristóteles, el espíritu (nous) da forma (morphé) a la materia (hylé). La tierra está “desierta”, precisamente porque aún carece de forma. Se introduce luego el concepto del “abismo” (heb. tehóm), que en el fondo puede reconducirse también a la materia o al espacio, concepto que aparecerá muchas veces con diversos significados, incluso espirituales, en la Escritura, hasta ser usado por el mismo Jesús (Mt 18,6; Mc 9,42; Lc 16,26; 17,2).
El abismo, siempre según el relato de la creación, está de por sí “cubierto por las tinieblas”, justamente como la materia, la cual es hecha inteligible por la forma, aquí expresada con la imagen de la “luz”. También las “aguas” son símbolo de la materia primordial, sobre la cual “aletea el espíritu”: claro signo de la primacía del espíritu sobre la materia.
Nada, por tanto, en la Biblia, de la idea de un caos primitivo al cual la divinidad se limitaría a imponer orden. En la Biblia, más aún, no existe en absoluto, como en las antiguas cosmogonías y teogonías paganas, el concepto de un Caos absoluto, originario, ilimitado, tenebroso e irracional, del cual procederían los dioses, los hombres y el mundo. Eventualmente el caos puede compararse con el abismo bíblico; sin embargo, también este ha sido creado por Dios (Sal 96,4; Prov 8,24).
Jesús no se detiene a explicar qué es la creación. Supone bien conocida y pacífica la noción, ni jamás se dan discusiones suyas con otros sobre este tema, tan clara era la cosa para todos. Sobre esta doctrina de capital importancia, Jesús no hace sino reconfirmar la enseñanza veterotestamentaria, salvo para presentar su obra redentora como “nueva creación”, siguiendo la doctrina de los profetas. En referencia al futuro mundo nuevo de los resucitados, Jesús, dirigiéndose a los apóstoles, les promete: “En la nueva creación os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel” (Mt 19,28; Mc 10,29; Lc 18,29; 22,30).
Veremos ahora, en cambio, a propósito de la creación, que si por un lado su noción fue posteriormente profundizada por los teólogos, por otro no faltaron errores y malentendidos.
La metafísica, por su parte, al buscar con el método de la analogía el ente más ente o máximamente ente, o, como decía Platón, to pantelós on, el ente que sea ente totalmente ente o ente bajo todo aspecto, se eleva del ente al ser, del ente en acto de ser al mismo acto de ser subsistente, es decir, del ente cuya esencia limita su ser al Ente cuya esencia es su ser.
El primero tiene el ser por participación; el segundo no “tiene” el ser, sino que “es” el Ser, no en el sentido del ser común o universal, lógico o metafísico, sino en el sentido de que es el ser por esencia, por lo cual en este Ente singularísimo, único entre todos los demás, su esencia es la de ser. Por esto Él dijo de Sí a Moisés: “Yo Soy el Que Es” (Ex 3,14). Por esto Santo Tomás lo llama Ipsum Esse per se subsistens.
El metafísico comienza considerando el ente que participa del ser por esencia, es decir, aquel ente cuyo acto de ser está limitado por su esencia, la cual, por tanto, es un poder-ser-tal, de modo que su ser es ese determinado ser-tal. Si yo soy Giovanni, es porque mi esencia es poder-ser-Giovanni. Así, mi ser actualiza mi esencia.
La esencia del ente real es una potencia limitada de ser, actualizada por su ser, de modo que el ente es aquello que tiene una esencia que restringe a sí el ser, que de por sí significa infinitud. Si la esencia fuese infinita, el ser sería infinito; pero entonces ese ente tendría como esencia el ser infinito: esto coincidiría con la esencia de ese ente. Y este es Dios.
Conviene notar que la esencia como tal no significa necesariamente la esencia de un ente real, sino que significa simplemente algo pensable, aunque no tenga correspondencia en la realidad, como todos los entes de razón. Para que se encuentre en la realidad, es necesario que el ente que tiene esa esencia posea el acto de ser.
Pero la infinitud de la ratio essendi es real solo en el Ser infinito, es decir, en aquel Ente en el cual la ratio infinitatis del ser se realiza efectivamente, porque está en acto todo lo que el ser puede ser. Todo lo posible y lo pensable, en Dios está en acto, es Dios. Lo cual no excluye en Dios un posible creable no actuado o actuado fuera de Dios; y esto es el mundo. Es, por tanto, importantísimo no confundir lo que dice el concepto de ser con la realidad del Ser infinito.
De lo contrario, Dios, en vez de existir en Sí fuera de nosotros como realidad objetiva, delante de nosotros como un Tú, en nosotros como Causa, por encima de nosotros como Señor e independientemente de nosotros como Absoluto, se convierte en un ente de razón, un ídolo de nuestra mente, un dios, para expresarnos con la Escritura, “hecho por mano de hombre” (cf. Is 10,10).
Así, el metafísico pasa del accidente a la sustancia, de la sustancia material a la sustancia espiritual finita y de esta a la Sustancia espiritual infinita, que es precisamente este Ipsum Esse, Dios.
El Ipsum Esse no es un ser neutro, vago, indeterminado o impersonal; no es, como dice la filosofía india, “nirguna”, es decir, carente de atributos, porque esta sería la mejor manera de confundirlo con el mundo.
Al contrario, Dios, el Ipsum Esse, es purísimo Espíritu y, por tanto, Persona, más aún, Tres Personas ¹. Si ya es espíritu el ángel y el alma del hombre, cuya comprensión del ser es limitada, con mucha mayor razón será Espíritu el Ente que conoce y comprende toda la inmensa extensión del ser y cada ser singular.
Dios, además, no es abstractamente el “ser”, sino que, en cuanto Esse subsistens, es un Ente, un Sujeto muy preciso, un Ser singularísimo, determinadísimo, inconfundible, reconocible entre cualquier otro ser, aunque sea sumamente misterioso (Is 45,15) y ame ocultarse. Él es uno e idéntico a sí mismo, inmutable, fiel, único, nadie como Él, solo Él existe así y no hay otro. ¡Cuántas veces lo repite la Escritura! Y este es el monoteísmo, como dice Jesús a Satanás: “Adora al Señor tu Dios y a Él solo da culto” (Mt 4,10).
Que la infinita esencia de los atributos divinos, comenzando por el ser, como hemos visto, supere infinitamente nuestra finita capacidad de comprensión, esto nadie lo negará, tanto que Dios, en cierto modo, se nos aparece como un Desconocido ². Pero ello no impide a la metafísica, a la teología y a la misma fe establecer dichos atributos con modestia pero con certeza, como prenda de nuestra salvación.
El intelecto humano está abierto al conocimiento del Infinito y, en cierto modo, aunque muy imperfectamente, lo alcanza gracias al concepto de Dios; pero es claro que el modo de conocer no puede sino reflejar, como también en el ángel, la finitud del ser creado.
Jesús sabe bien cómo, en el ámbito del contacto con Dios, el hombre puede presentar peticiones excesivas, sin saber siquiera lo que pide, como de hecho Jesús dice a los hijos de Zebedeo: “No sabéis lo que pedís” (Mt 20,22).
Es claro que solo un Dios trascendente puede ser origen y causa, y gobierna las cosas y al hombre no simplemente como un dios pagano o incluso como el Motor inmóvil de Aristóteles, en definitiva una Causa primera y un Fin último de los movimientos de la naturaleza, pero que no parece interesarse del hombre y mucho menos del hombre pecador.
En cambio, solo el Dios que nos propone la Biblia como Ipsum Esse es capaz, por así decir, de soportar el peso del ser, dando origen al mismo ser de las cosas, es decir, creándolas de la nada. Solo un Dios que domina todo el ser puede, con su omnipotencia, sacar de la nada o hacer existir todo lo que quiere.
P. Giovanni Cavalcoli
Extracto del libro de 2014:
Notas
¹ Hay que tener cuidado de no confundir la personalidad divina como el Dios Único dotado de intelecto y voluntad con la Persona en el sentido trinitario. La persona divina, en el primer sentido, se demuestra mediante la metafísica y la teología natural; en el segundo sentido, sin embargo, es objeto de la Revelación.
² Véase la excelente obra del Padre Jean-Hervé Nicolas, OP, Dieu connu comme inconnu. Essai d'une critique de la connaissance théologique, Desclée de Brouwer, Paris 1966.
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