viernes, 13 de marzo de 2026

Maritain y el Cardenal Siri

¿Puede la Iglesia encontrar unidad en medio de las tensiones entre tradición y progreso? ¿No es revelador que dos figuras tan distintas como Jacques Maritain y Giuseppe Siri, cada uno desde su propio horizonte, hayan compartido la misma fidelidad al Papa y al Concilio Vaticano II? En este breve artículo, el padre Giovanni Cavalcoli examina las convergencias y contrastes entre el filósofo laico y el cardenal, mostrando cómo el primero defendió un humanismo integral abierto al diálogo con la modernidad, mientras el segundo denunció los excesos progresistas y reclamó la lectura del Concilio “de rodillas”. ¿No es paradójico que Maritain, acusado de modernismo, haya sido uno de los más lúcidos críticos del modernismo postconciliar? ¿No es significativo que Siri, considerado reaccionario, haya mostrado sensibilidad hacia los trabajadores y su justicia social? Una reflexión que invita a ver en ambos campeones de la fe un ejemplo de virtud cristiana y un llamado a superar las divisiones que todavía hoy desgarran a la Iglesia.

Maritain y el Cardenal Siri

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 29 de enero de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/maritain-e-il-cardinale-siri-di-p-giovanni-cavalcoli/)

En el momento actual de la cultura católica, en el que es necesario por una parte más que nunca la unión de las fuerzas y, por otra parte, hacer claridad sobre lo que quiere decir ser católico, creo que  puede ser útil e interesante una brevísima comparación entre las dos grandes y conocidas figuras de Jacques Maritain y del cardenal Giuseppe Siri, aunque este tema requeriría un tratamiento mucho más amplio de lo que podría ser este breve artículo.
El interés de recordar a estos dos eminentes representantes del mundo católico viene dado no solo por la importancia de los personajes en sí mismos y por la vasta influencia que han tenido sobre todo en la segunda mitad del siglo pasado en la teología, la filosofía, las costumbres, la vida eclesial y en particular sobre el compromiso de los católicos en la vida social y política, sino que también está dado en relación con su actitud hacia el Concilio Vaticano II y su interpretación, cuestión hoy que sigue muy viva, a pesar de los cuarenta y cinco años que han pasado desde el cierre de la gran asamblea eclesial.
Las dos ilustres figuras de las que hablamos están unidas por un común y profundo amor por la Iglesia y por la fidelidad al Sumo Pontífice, por un gran apego a la verdad católica respaldado por una vasta cultura filosófico-teológica anclada en la escuela de santo Tomás de Aquino y en la gran Tradición eclesial, en un constante compromiso por la difusión y la defensa de la verdad, y en una conducta de vida ejemplar, animada por una fe profunda, en la puesta en práctica generosa de los dones recibidos de Dios, el apostolado intelectual al servicio de la Iglesia y de la humanidad en el laico Jacques Maritain, la guía iluminada e iluminadora de una gran diócesis italiana en el Príncipe de Santa Romana Iglesia, intrépido sostenedor y defensor de la Esposa de Cristo, en la confrontación arriesgada y a veces penosa contra las poderosas fuerzas de la modernidad.
Dejando a un lado estos dos factores de unidad, por lo demás fundamentales, entre estas dos personalidades, son evidentes también las diferencias y, digamos aún, también un cierto contraste, de no siempre fácil evaluación y discernimiento, un contraste que ha podido suscitar muchísimas discusiones y creo que también excesivas polémicas. Uno y otro personajes por otra parte no solo nunca han sido objeto de censura por parte de la Iglesia, sino que siempre han disfrutado de la estima y aprobación de los Sumos Pontífices: Maritain, notoriamente admirado por Pablo VI, quien le entregó al término del Concilio, el mensaje conciliar a los intelectuales; en cuanto a Juan Pablo II, el santo Pontífice en 1982 escribió una carta de alabanza al filósofo francés dirigida al prof. Lazzati en ocasión de un congreso sobre Maritain organizado por la Universidad católica de Milán y en la encíclica Fides et Ratio presenta a Maritain como maestro entre otros eminentes representantes de la cultura cristiana.
En cuanto al cardenal Siri, sabemos los seguidores que él ha tenido dentro de la Iglesia, tanto que, después de la muerte de Pablo VI, poco faltó para que fuera elegido Papa, si él, debido a su modestia, no hubiera renunciado a la propuesta de los Cardenales.
Las diferencias entre estas dos figuras se dicen pronto: se encuadran en esa oposición que, madurada en el catolicismo desde la época de san Pío X entre conservadores y progresistas, salió a plena luz durante las labores del Concilio Vaticano II, para continuar hasta hoy en eventos alternos que si por una parte registran una confrontación recíprocamente respetuosa como ha sucedido entre Maritain y Siri, por otra, desafortunadamente, la confrontación ha degenerado en el choque, que ha llevado a una y otra parte a asumir posturas sectarias y cismáticas por no decir heréticas, saliendo de los legítimos límites de una sana dialéctica entre posiciones recíprocamente complementarias.
Me refiero a los partidos opuestos de los lefebvrianos y de los modernistas, que todavía hoy crean serias dificultades para la serena y constructiva vida eclesial, un gravísimo problema que todos los verdaderos católicos esperan que cuanto antes posible sea resuelto, porque se está prolongando demasiado tiempo con serios daños para las almas y graves obstáculos para la verdadera implementación del Concilio Vaticano II.
También entre las dos tendencias a las que pertenecían Maritain y Siri hubo recíprocos malentendidos, pero no ciertamente como ha sucedido y está sucediendo entre modernistas y lefebvrianos. Maritain veía en los tradicionalistas una oposición exagerada a la modernidad, una oposición que tuvo como consecuencia en la vida eclesial y en el compromiso temporal de los católicos una excesiva renuencia respecto a la colaboración con fuerzas políticas no católicas.
Siri, por su parte, más atento que Maritain al valor de la tradición, veía no sin alguna razón en el progresismo católico, y en particular en Maritain, una participación excesiva en el diálogo con la modernidad, con el riesgo de enfatizar tanto la autonomía de lo temporal, como para hacerlo casi un polo por sí mismo separado de la esfera superior de los valores sobrenaturales y últimos de la vida del cristiano.
El Cardenal expresa esta preocupación en su famoso libro de 1980: Getsemaní, dedicado a la denuncia de la tendencia modernista verificada después del Concilio, libro en el cual a una justa crítica a Karl Rahner y a Henri de Lubac, acompaña también una crítica a Maritain, donde de modo inverso a mi juicio Siri no muestra haber comprendido verdaderamente al filósofo francés, acusándolo del mencionado dualismo, cuando, en cambio, por mi extenso conocimiento del pensamiento maritainiano, no tendría ninguna dificultad en demostrar (cosa imposible en la brevedad de este artículo) que Maritain, a la luz del pensamiento tomista y de las enseñanzas sociales de la Iglesia, en las cuales él se fundaba, nos enseña precisamente el modo de evitar ese nefasto dualismo y realizar un "humanismo integral", en el cual el compromiso católico por el bien común temporal esté perfectamente ordenado al logro de las finalidades sobrenaturales de la vida cristiana.
Un elemento que une a Maritain y Siri es haber entendido y apreciado el verdadero sentido del mensaje conciliar, Maritain en la clave de un sano progresismo respetuoso de la tradición, Siri desde el punto de vista de un sano tradicionalismo abierto al progreso, pero hermanados ambos en la común cristalina fe católica y plena comunión con la Iglesia.
El cardenal Siri, quien según algunos pasaba por ser un reaccionario contrario al "espíritu del Concilio", decía que "los documentos del Concilio debían leerse de rodillas", mientras que para Maritain el mensaje conciliar era "el verdadero fuego nuevo". Mientras que Maritain, quien aparecía a algunos como "modernista", los mismos que acusaban y acusan al Concilio de "modernismo", fue en cambio el que en Le Paysan de la Garonne de 1966 previó el resurgimiento del modernismo, el modernismo falso intérprete del Concilio, y que lanzó un lúcido ataque contra el modernismo de hoy, que ni siquiera se encuentra entre los más agresivos tradicionalistas.
Naturalmente es posible encontrar defectos tanto en uno como en otro personaje, pero que no afectan la genuinidad de su fe católica y la generosidad valiente de su servicio a la Iglesia, a la cultura y a la sociedad en el campo de la justicia y de la paz.
El dialogante Maritain escribió una crítica rigurosa del comunismo. El anticomunista Siri al final de su vida mostró una sensibilidad extraordinaria a los problemas de la clase trabajadora, al punto de atraerse su estima y su reconocimiento. Queremos ver a estos dos campeones de la fe y ejemplos de virtud cristiana interceder desde el cielo por la paz de la Iglesia hoy torturada por las divisiones y a la búsqueda de la verdadera interpretación e implementación del gran Concilio Vaticano II.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 29 de enero de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum coexistentia, apparenter opposita, inter traditionem et progressum in Ecclesia
sit contraria unitati catholicae vel non

Ad hoc sic procediturVidetur quod coexistentia, apparenter opposita, inter traditionem et progressum in Ecclesia sit contraria unitati catholicae.
1. Quia graves divisiones produxit, sicut inter lefebvrianos et modernistas.
2. Praeterea, videri posset quod traditionalismus nimis exaggerat in reiectione modernitatis, impediens catholicorum cooperationem cum viribus politicis non catholicis.
3. Item, progressismus periculum habet ita extollendi autonomiam temporalis, ut eam separet a valoribus supernaturalibus vitae christianae.
4. Denique, differentiae inter figuras sicut Maritain et Siri ostenderent traditionem et progressum esse irreconciliabiles et ad sectarias positiones ducere.

Sed contra dicit Concilium Vaticanum Secundum in constitutione pastorali Gaudium et Spes quod Ecclesia, suae missioni fidelis, potest et debet inire dialogum cum mundo hodierno, traditione recepta non relicta. Ergo traditio et progressus non sunt contrarii, sed complementarii in vita Ecclesiae.

Respondeo dicendum quod oppositio inter traditionem et progressum non est contraria unitati catholicae, dummodo intra fines fidelitatis erga Papam et Concilium contineatur. Tensionem inter conservativos et progressivos, quae iam a tempore sancti Pii X exstitit, posse esse sanam dialecticam, si ut complementarietas intellegatur et non ut ruptura.
Maritain videbat in traditionalistis exaggeratam oppositionem ad modernitatem, quae impediebat catholicorum temporale officium. Siri autem animadvertit in progressismo periculum dualismi, separantis temporale a supernaturali. Nihilominus ambo eandem fidem crystallinam et communionem cum Ecclesia servabant, alter ex sano progressismo traditioni reverente, alter ex sano traditionalismo progressui aperto.
Philosophus Gallicus defendit humanismum integrale, in quo officium catholicum pro bono communi temporali ordinatur ad fines supernaturales vitae christianae. Cardinalis Italicus excessus modernistarum denuntiavit et sensum eximium ostendit circa quaestiones classis operariae. Ambo, cum virtutibus et defectibus suis, fuerunt campiones fidei et exempla servitii Ecclesiae et societati.  

Ad primum dicendum quod divisiones sectariae lefebvrianorum et modernistarum non repraesentant legitimam tensionem inter traditionem et progressum, sed eius degenerationem.
Ad secundum dicendum quod exaggerata reiectio modernitatis non respondet vero traditionalismo, qui potest dialogum inire sine fidei amissione.
Ad tertium dicendum quod authenticus progressismus non separat temporale a supernaturali, sed utrumque componit in humanismo integrali.
Ad quartum dicendum quod differentiae inter Maritain et Siri non fuerunt ruptura, sed prospectus complementarii, ambo in communione cum Ecclesia et fideles Concilio.
   
JG

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