miércoles, 1 de julio de 2026

El patio de los gentiles

Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, que con agrado traducimos para los lectores de habla hispana, aborda con firmeza el problema de la confusión entre la dignidad de las personas y la supuesta dignidad de las ideas. ¿Es legítimo poner en el mismo plano la fe y la incredulidad, el teísmo y el ateísmo, como si fueran opciones equivalentes? ¿No es acaso relativismo afirmar que las convicciones del creyente y del ateo tienen igual valor? ¿Qué sentido tiene un diálogo que, en lugar de conducir a la verdad, se convierte en un intercambio superficial de fórmulas piadosas y cortesías equívocas? ¿No debería el diálogo ser más bien como el encuentro entre médico y paciente, donde lo que está en juego es la salvación? Este texto del eximio teólogo dominico nos invita a reflexionar sobre la necesidad de un diálogo serio, claro y responsable, que no diluya la verdad en el error, sino que guíe con caridad y firmeza hacia el conocimiento de Dios. [En la imagen: el cardenal Gianfranco Ravasi].

El patio de los gentiles

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 27 de febrero de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/il-cortile-dei-gentili-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Pucci Cipriani refiere en un artículo reciente en este sitio que el cardenal Gianfranco Ravasi había dado como objetivo para su famoso "Cortile dei Gentili" el de ser el "laboratorio de un diálogo de igual dignidad entre ateos y creyentes que purifique las actitudes profundas de ambos frente a Dios y la fe".
Ahora bien, me parece que aquí el Cardenal confunde la dignidad de las personas con la dignidad de las ideas. Es obvio que todas las personas, creyentes o ateos, tienen la misma dignidad de personas como seres dotados de razón, igualmente llamados a la salvación, pero esto no quiere decir en absoluto que las ideas de los creyentes tengan "igual dignidad" que las ideas de los ateos. Esto es un grave prejuicio relativista hoy lamentablemente muy difundido y maravilla mucho encontrarlo en boca de un Purpurado al cual muchos actualmente nombran como un deseable nuevo Pontífice.
De hecho, desde hace más de dos siglos, con el afirmarse del derecho a la libertad de conciencia y de religión en su versión liberal-iluminista favorable al indiferentismo y a la relativización de todas las religiones, efecto, este, del subjetivismo y particularismo protestantes, se ha difundido en la cultura de hoy y en ciertos ambientes católicos "avanzados" la idea de que la convicción en la existencia de Dios y por tanto la fe cristiana no son un saber objetivo con derecho de ser por todos aceptado y públicamente reconocido, sino una simple opinión más o menos particular o subjetiva entre otras opiniones incluso opuestas, incluyendo la irreligiosidad y el ateísmo, de igual dignidad, igualmente respetables y legalmente reconocidas por la sociedad civil y por el Estado.
Ahora bien, aquí debemos hacer una importante distinción por una parte entre el derecho civil a la libertad religiosa y por otra parte el valor objetivo de la religión como virtud natural, incluyendo la idea de la existencia de Dios así como la religión sobrenatural, es decir, la fe cristiana. Ante el Estado moderno, laico y pluralista, nacido de la colaboración de creyentes y no-creyentes (véase por ejemplo los Estados Unidos, Francia o nuestra Constitución Italiana), toda religión o idea religiosa son legítimas y admitidas, católica o no católica, comprendido el mismo agnosticismo religioso, salvado el respeto a las normas fundamentales de la convivencia civil establecidas por la Carta Constitucional y por los derechos universales del hombre (véase la ONU). Tal principio es reconocido también por el Concilio Vaticano II (declaración Dignitatis humanae).
Pero la cuestión en sí misma del valor de la religión y en este caso de la idea de la existencia de Dios, es decir, la cuestión del teísmo o del monoteísmo, no puede en absoluto ser restringida u homologada a este ámbito, que no entra propiamente en la especificidad del problema mismo, sino que su solución corresponde a la Iglesia, fuera y por encima de los términos reservados a la competencia del Estado y de la sociedad civil. En efecto, aquí tenemos el otro esencial término de la distinción antes enunciada y es el valor de la religión, esta vez no en relación al bien del Estado, sino a la salvación de la humanidad, y por tanto de competencia de la Iglesia.
Es éste no el punto de vista del Estado que en definitiva no tiene autoridad para determinar lo verdadero en términos de religión y sobre todo de religiones reveladas como es el catolicismo, sino que es el punto de vista del mismo catolicismo. Desde tal punto de vista es evidente para todo católico que teísmo o ateísmo, fe o incredulidad no son dos opiniones entrambas legítimas como las demás, dos optional donde cada uno puede elegir lo que prefiera sin ninguna consecuencia importante, por positiva o negativa que sea, respecto a la elección hecha.
Por otra parte, los valores verdaderos, según una visión liberal-indiferentista, estarían en otra parte: residirían en la simple posibilidad de ser libres y de pensar lo que se quiera independientemente de reglas o valores religiosos "no negociables", que no existen, siendo la verdad no un dato objetivo y universal sino sólo el efecto de una decisión subjetiva voluntarista (el cogito-volo cartesiano del cual habla Cornelio Fabro).
En cambio, es necesario recordar que teísmo y ateísmo no son en absoluto ideas de "igual dignidad", sino que es necesario decir con toda la fuerza posible, también sobre la base de la importante enseñanza del Concilio Vaticano II, que mientras el teísmo está fundado sobre incontrovertibles pruebas racionales, el ateísmo es "uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo", por lo tanto de ningún modo fundado en razón, aun cuando el Concilio Vaticano II, con gran magnanimidad y sabiduría pastoral, exhorta a indagar, estudiar y comprender cuáles pueden ser los motivos profundos, ciertamente irracionales pero aún así siempre motivos, que "se esconden en la mente de los ateos", no para dejar a los ateos en sus ideas torcidas, sino al contrario para poderles ayudar a corregirse, a arrepentirse y a aceptar de todo corazón con convicción las razones irrefutables y certísimas que, a la inversa, conducen a la mente humana a saber que Dios existe, para luego poder extraer las vitales consecuencias morales que de tal certeza se derivan a los fines de la salvación.
El grave riesgo de un cierto diálogo entre creyentes y no creyentes o entre católicos y no católicos es hoy el de un dialogar chapucero inconcluyente, el de un dar vueltas o de irse por las ramas, acompañando todo con estereotipadas y trilladas fórmulas piadosas de circunstancia ("oremos por la unidad") ¹, bajo el pretexto de resaltar lo que nos une o tal vez para hacernos simpáticos, olvidando que un acuerdo no fundado sobre comunes compartidas verdades no sólo no tiene ningún valor sino que es perjudicial para entrambos dialogantes a los fines de una correcta y sana vida moral.
Por eso es necesario decir a claras letras que el diálogo que el creyente debe llevar adelante con el ateo, si por una parte debe captar comunes valores o verdades racionales sobre la base del hecho de que el uno y el otro son seres racionales, por otra parte, tal diálogo requiere por parte del creyente que en los debidos modos, tiempos y circunstancias -opportune et importune- él, con convincentes argumentaciones, fino tacto y auténtico testimonio de caridad, sepa guiar al no creyente o al ateo al conocimiento de Dios en vista de una relación con Dios que pueda ser fructuosa y útil para su salvación, mientras que por otra parte requiere en el no creyente la renuncia a todo orgullo y una sincera apertura a la verdad.
Lo que necesita ser purificado, por lo tanto, no es el convencimiento del teísta en cuanto tal, sino el del ateo. De hecho, la actitud del ateo, más que "purificarse" (como si fuera algo sustancialmente bueno que tenga impurezas que eliminar), debería simplemente ser suprimida y sustituida por la fe en Dios. Sería como hablar de la purificación de una enfermedad: la enfermedad debe ser curada y basta, para vivir.
Ciertamente esto no significa que cualquier error no tenga una parte de verdad que puede ser recuperada, pero el ateísmo en cuanto tal es un error que como tal debe ser simplemente rechazado: no hay aspectos positivos que recuperar, sino tal vez la necesidad de un absoluto, con la característica de que en el ateísmo lo absoluto es el hombre en lugar de Dios, pero el ateo, sin embargo, al menos en sus declaraciones, rechaza toda idea de absoluto, precisamente porque le recuerda y le reclama la idea de Dios.
El convencimiento teísta, al contrario, si bien accidentalmente puede ser purificado en sujetos no suficientemente preparados, es sustancialmente un pensamiento purificador. Por tanto, el hablar de una "purificación" de entrambas convicciones, aunque sea orientándolas hacia Dios, pone sin discreción sobre el mismo plano la verdad y el error, la fe y la incredulidad, cosa que no tiene ningún sentido y refleja una mentalidad doble, la cual, para hablar con el Evangelio, quisiera servir a dos señores, en contra del mandato perentorio de Cristo: "Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no; el resto pertenece al diablo".
El diálogo teísmo-ateísmo no es un intercambio de ideas entre amigos a la par, con sonrisas, palmadas en la espalda y elogios recíprocos, sino que debe ser comparado con la relación médico (teísta) - paciente (ateo), por más humillante que esto pueda parecer para el ateo. Pero si el ateo no se considera pasible de ser corregido, el diálogo deviene inútil y una pérdida de tiempo. Ciertamente, no debe faltar la cordialidad, pero sobre todo no debe faltar la seriedad, sinceridad y el sentido de responsabilidad. No se puede excluir a priori la posibilidad del choque, si está en juego la verdad. Mejor es la franqueza que una cortesía equívoca y falsa.
Por lo demás, si el creyente debe ser caritativo, comprensivo y tolerante hacia el no-creyente, la fe del creyente no puede ser una equilibrismo o un malabarismo, como se expresó infelizmente también el cardenal Martini, entre el creer y el no-creer, entre el sí y el no, sino que debe ser actitud clara, firme y decidida de adhesión a la verdad de la Palabra de Dios a cualquier costo, incluso si fuera el de la propia vida. La fe de los mártires ciertamente no es aquella que pretendía el cardenal Martini.
La verdadera fe que nos enseña el Evangelio es la base de un diálogo proficuo entre creyente caritativo y no-creyente honesto, que no es jugar a las escondidas donde nos podemos permitir saltar alegremente como inconscientes entre un movimiento y otro, mientras en el mencionado diálogo la puesta en juego es demasiado alta para que nos podamos dar el lujo de poner en peligro la propia alma y la de quien nos escucha.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 27 de febrero de 2013

Notas

¹ Probablemente el Espíritu Santo sugiera secretamente a estos ecumenistas y dialogantes excursionistas, exhibicionistas, confusionistas e inconcluyentes: "¡Póngase a trabajar para corregir errores y herejías, y Yo me manifestaré vivo! ¡No lloren que me da escalofríos! ¡Basta con las salamerías y los desfiles de disfraces y empiecen a hacerlo en serio!".

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum dialogus inter fideles et atheos debeat aequalem dignitatem utriusque convictionis agnoscere

Ad hoc sic procediturVidetur quod dialogus inter fideles et atheos debeat aequalem dignitatem utriusque convictionis agnoscere.
1. Quia dialogus aequalis dignitatis inter fideles et atheos pacem et mutuam comprehensionem fovet. Si ambo in eodem plano se recognoscunt, vitatur contentio et unitas promovetur.
2. Praeterea, videtur quod sic, quia Status modernus, pluralisticus et laicus libertatem conscientiae et religionis agnoscit, omnes convictiones tamquam aequaliter legitimas admittens. Si Ecclesia cum mundo colloqui vult, hunc aequalitatis principium assumere debet.
3. Item, videtur quod sic, quia respectus diversitatis exigit ut opiniones fidelium et atheorum tamquam aequaliter validae tractentur. Aliter dialogus in impositionem verteretur et credibilitatem amitteret.

Sed contra est quod dicitur in Evangelio: Sit autem sermo vester, est est, non non; quod amplius est, a malo est. Apostolus docet fidem esse obedientiam veritati revelatae. Concilium Vaticanum II affirmat atheismum unum ex gravissimis huius temporis phaenomenis. Sanctus Pius X damnavit modernismum tamquam compendium omnium haereseon.

Respondeo dicendum quod dignitas personarum est aequalis, non autem dignitas opinionum. Theismus innititur rationibus inconcussis et certissimis, atheismus vero caret fundamento rationis et est error gravis. Unde non potest dici aequalis dignitas inter fidem et incredulitatem.
Dialogus inter fidelem et atheum debet quidem agnoscere valores communes, quatenus ambo sunt rationales, sed finis eius est ducere non fidelem ad cognitionem Dei, per rationes convincentes, prudentiam et testimonium caritatis. Periculum dialogi male dispositi est ut fiat superficialis commutatio, cum formulis piissimis et urbanitatibus ambiguas, quae veritatem et errorem in eodem plano ponunt. Dialogus verus requirit sinceritatem, gravitatem et responsabilitatem, etiam cum possibilitate conflictus, quia salus animarum in discrimine est.
Purificandum non est convincere fidelis, sed atheus. Attitudo atheistica non est simpliciter depuranda, sed corrigenda et fide Dei substituenda. Convictio theistica, e contra, est substantialiter purificans. Fides fidelis debet esse clara, firma et decisa, sicut martyrum, non aequilibrismus ambiguus inter credere et non credere. Vera fides est fundamentum dialogi fructuosi, qui non ludificat veritatem nec eam in discrimen ponit, sed salutem interlocutoris quaerit.  

Ad primum dicendum quod pax et mutua comprehensio non obtinentur ponendo veritatem et errorem in eodem plano, sed ducendos cum caritate ad veritatis agnitionem.
Ad secundum dicendum quod Status libertatem conscientiae agnoscit, sed auctoritatem ad determinandum quid sit verum in religione non habet; haec competit Ecclesiae.
Ad tertium dicendum quod respectus diversitatis non implicat aequalem dignitatem opinionum, quia veritas est obiectiva et universalis, et error est respuendus.
   
JG

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