sábado, 6 de junio de 2026

María ministra de la Providencia

¿Hasta dónde llega el misterio de María como ministra de la Providencia? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo la Virgen, Madre de la Iglesia, participa singularmente en la acción salvífica de Dios, obteniendo de Cristo todas las gracias necesarias para los hombres. ¿No es acaso un escándalo para la razón que una sola creatura pueda atender personalmente a millones de almas en sus necesidades más íntimas? ¿No corre el riesgo la piedad mariana de caer en exageraciones idolátricas si se olvida que María no sustituye a la Providencia, sino que es su más alta manifestación? ¿No deberíamos redescubrir que la verdadera grandeza de María está en conducirnos siempre a la voluntad de su Hijo? ¿Queremos una devoción que la convierta en diosa, o una fe que la reconozca como la más sublime mediadora de la gracia? [En la imagen: fragmento de "La Visitación", óleo sobre lienzo, 1517, obra de Rafael Sanzio, Museo del Prado, Madrid, España].

María ministra de la Providencia

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en la revista La Madonna di Fontanellato de enero-febrero de 2014, n.1, pp.8-9. Versión original en italiano: https://www.santuariofontanellato.com/wp-content/uploads/2019/02/gen-febbr-rivista01.pdf)

Dios actúa en el mundo para su salvación sirviéndose del ministerio de sus santos y ante todo de María Santísima. Por tanto, Él los hace partícipes de su acción poderosa, diversificada e ilimitada, naturalmente siempre en relación con los límites de las creaturas y de sus acciones propias. Entre todas estas santas creaturas al servicio de Dios para la salvación de la humanidad emerge la Madre de Dios, la Bienaventurada Virgen María, la cual ejerce una maternidad, como hubo de proclamarlo Paulo VI al final del Concilio Vaticano II, sobre toda la Iglesia, hasta tal punto que Ella fue llamada por él "Madre de la Iglesia". La maternidad que María ejerce respecto a la Iglesia es evidente consecuencia de su ser Madre del Verbo Encarnado. Según la exégesis de los Padres, Cristo mismo desde la cruz encomendando a Juan a María Santísima, en Juan confía toda la humanidad al cuidado de María.
Otra consideración que se hace sobre la maternidad de María como Madre nuestra es el hecho de que Ella, como Madre de Cristo, Fundador de la Iglesia, viene a extender indirectamente su ser Madre de Cristo en una maternidad ejercida hacia todos los discípulos del Señor. Sin embargo, si el ser Madre de Dios es un misterio de fe que no ahorra las dificultades por nuestra razón, el ser Madre de la Iglesia es un misterio no menos arduo para los límites de nuestra humana capacidad de comprensión e imaginación. De hecho, ¿cómo  imaginar el ministerio de salvación de una creatura por muy nobilísima que sea como María que se ocupe de la salvación de toda la humanidad en una relación personal y directa con las individuales personas?
Se trata de una cosa que excede a todas nuestras normales categorías y experiencias humanas. Hoy en día, habituados a las familias de tres hijos, nos cuesta mucho imaginar cómo hacían las madres de antaño para cuidar a doce hijos; imaginamos a la maestra o a la hermana religiosa que tenga treinta alumnos; pero ¿como hace una creatura para ocuparse simultáneamente, y directamente de millones y millones de seres humanos en todo el mundo? Ciertamente el presidente Obama gobierna los Estados Unidos, el Papa gobierna a toda la Iglesia: pero a través de una infinidad de colaboradores. Pero María ¿cómo hace ella por sí sola para comunicarse contemporáneamente con tanta gente y, aún más, para comunicarse en lo más íntimo de la conciencia de cada uno? ¿Y además para una acción eficaz de salvación eterna? ¿No basta para esto la divina Providencia? ¿Es María un doble de la Providencia?
Y sin embargo, la fe no nos habla de manera diferente: María obtiene personalmente y directamente de Cristo con la oración, desde cuando la Iglesia ha sido fundada, todas las gracias necesarias para la salvación de todos los hombres, y es llamada tradicionalmente por eso omnipotentia supplex, así que es imposible salvarse si no nos dirigimos a ella a fin de que nos obtenga de su Hijo estas gracias, como dice Dante: "Quien quiere gracia y a ti no recurre, quiere volar sin alas". Por el contrario, los otros santos tienen un poder intercesor limitado a particulares ámbitos del tiempo y de la humanidad.
La piedad católica admite la existencia de muchos modos de dirigirnos a Dios para nuestra salvación: ante todo a la Santísima Trinidad, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Tratándose de Dios mismo, podemos dirigimos a las Tres Personas directamente: al Espíritu para que nos haga conocer a Cristo, a Cristo para que nos conduzca al Padre o interceda por nosotros ante el Padre.
María nos media la relación con la Santísima Trinidad, pero también existen mediaciones inferiores, como las de los otros Santos y por debajo de estos, las de los santos ángeles. Finalmente en esta tierra tenemos la mediación de la Iglesia terrena y de nuestros pastores.
Esta actividad de intercesión de María es así delineada por el Concilio Vaticano II: "Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada" ¹. María toma cuidado simultáneamente, e indefectiblemente, de cada uno y de todos, trabaja por la salvación de todos, llama a todos a Cristo, escucha a todos, habla a todos. Ella, por su maternal solicitud, como dice Dante, "al dimandar precorre" ², pero no siempre escucha a todos, porque no siempre todos, quizás sin saberlo o en buena fe, le piden a Dios lo que les es verdaderamente útil para su salvación.
Es como una mamá buena pero no débil, la cual, por el bien de su pequeño que no entiende, no le concede todo lo que se le viene a la mente, a costa incluso de dejarlo llorar por un tiempo, pero haciéndole entender más tarde que era mejor así.
Indudablemente, se hace muy difícil comprender cómo una sola creatura, por muy noble que sea como María, pueda ocuparse simultáneamente y personalmente de multitudes interminables de sus devotos, de pobres, de los que sufren, de los pecadores necesitados de consuelo o de conversión, y cómo Ella sea capaz de escuchar a todos, sus oraciones, sus peticiones, sus confidencias, sus preocupaciones, sus llantos, sus lamentos y las súplicas de todos.
Estamos obligados a hipotetizar una participación inimaginable, singularísima y riquísima de la actividad propia de la Providencia, participación ciertamente siempre de modo humano, es decir, no de eficiencia sino de cálculo humano ³ y de intercesión, y sin embargo se trata de un recordar y un tener presente a la propia mirada amorosa y al propio corazón de madre las situaciones, las necesidades, las súplicas, las lágrimas, las exigencias, los sufrimientos, las necesidades, las esperanzas, los proyectos de cada uno de nosotros, con mirada particularmente atenta a las almas más necesitadas de la divina misericordia, en la tierra y en el purgatorio.
Este hecho maravilloso e increíble, que está garantizado sólo por la fe, si no es bien interpretado, puede dar lugar a graves malentendidos, a indiscretos fanatismos o piadosas ilusiones, llevando a concebir a María casi como una Diosa o un sustituto de la Providencia o de la Palabra de Dios, o a actitudes casi idolátricas, más propias del antiguo politeísmo pagano que de la costumbre y de la fe cristianas, una especie de paralelo en realidad inconcebible y blasfemo de la divina Providencia, la cual sola por su esencia  -y aquí no hay dificultad para concebir la cosa- tiene la posibilidad y el oficio supremo de ocuparse hasta de los más mínimos detalles de la existencia de todas las creaturas, estando ella misma en cuanto efecto de la acción divina, enraizada en aquel Dios que precisamente es el creador de todas las cosas. Y sin embargo, la Iglesia y la piedad mariana tradicional y universal desde siempre no tienen dudas sobre esta facultad de María, que por lo demás amplía al máximo las facultades de intercesión y de mediación que tienen también todos los demás santos del paraíso del cielo.
El puesto de María en la piedad cristiana no es de fácil interpretación y, por tanto, tampoco de fácil realización. Se va desde la aridez protestante, que ve en María nada más que una pobre aunque piadosa criatura, un personaje entre muchos del contexto social en el cual ha vivido Cristo, aunque sea siempre su madre, a las exageraciones de un devocionismo popular que ve en María casi una divinidad perdiendo de vista su función mediadora respecto a Dios y a Cristo, como si la relación con María fuera un fin en sí misma, sin que María represente la superior voluntad de Dios. La Virgen misma estaría disgustada por un semejante fanatismo no iluminado, que falsifica el verdadero sentido católico de la piedad mariana.
María no pretende en absoluto ponerse en el lugar de la divina Providencia con iniciativas que no reflejan fielmente la voluntad del Hijo, sino que, por el contrario, es la más sublime de las manifestaciones de la Providencia, nos la hace comprender, nos la hace gustar, nos conduce a disfrutar la divina Providencia, porque Ella misma es el efecto más alto en todo lo creado de esta Providencia salvífica universal.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, enero de 2014

Notas

¹ Constitución dogmática Lumen gentium, n.62.
² Cf. Paraíso, Canto 33.
³ Esto lleva a María en sus apariciones a formar frases, proposiciones, peticiones, exhortaciones, propuestas, dar órdenes y a veces incluso severas amenazas.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum Maria exerceat ministerium universale Providentiae ad salutem hominum

Ad hoc sic procediturVidetur quod Maria non exerceat tale ministerium.
1. Quia solus Deus, ut Providentia infinita, potest personaliter singulis hominibus in omni tempore et loco providere. Attribuere creaturae tantum potestatem idolatricum esset et proprium polytheismi, quasi Maria esset divinitas aut duplex Providentiae.
2. Praeterea ratio humana concipere non potest quomodo una sola creatura simul attendere possit ad milliones hominum, audiendo eorum preces, confessiones et intimas necessitates. Hoc excedit categorias experientiae nostrae et impossibile videtur.
3. Item, Christus est solus mediator inter Deum et homines, et intercessio sanctorum limitata est. Ergo non videtur necessarium nec possibile Mariam habere potestatem universalem intercessionis, cum sufficiat mediato Christi et Ecclesiae.

Sed contra est Sacra Scriptura, quae docet Christum Mariam toti humanitati commendasse in persona Ioannis sub cruce. Patres interpretantur Mariam esse Matrem omnium discipulorum Christi. Concilium Vaticanum II affirmat quod amore materno curat fratres Filii sui dum peregrinantur in terra. Traditio eam vocat omnipotentiam supplicem, et poeta testatur: qui vult gratiam et ad te non recurrit, vult sine alis volare.

Respondeo dicendum quod Maria exercet ministerium universale Providentiae, non ut substituta Dei, sed ut participatio singularissima in actione salutifera Filii sui. Ipsa personaliter a Christo impetrat omnes gratias necessarias ad salutem hominum, et maternitas eius spiritualis ad totam Ecclesiam se extendit. Quamvis ratio humana non comprehendat quomodo creatura multitudinibus interminabilibus assistat, fides tamen nos certiores facit Mariam, propter intimam unionem cum Christo et plenitudinem gratiae sibi collatam, efficaciter pro omnibus intercedere posse. Actio eius non est efficientia divina, sed intercessio materna, quae Providentiam repraesentat et manifestat.
Ergo Maria non intendit locum Providentiae occupare, sed est eius altissima manifestatio in creato. Ipsa nos ad voluntatem Filii ducit, nos facit gustare Providentiam divinam et eam intellegere. Ministerium eius non est idolatricum nec autonomum, sed subordinatum et dependens a Christo, unico mediatore. Ecclesia ab initio hanc facultatem Mariae agnovit, quae intercessionem sanctorum et angelorum ad summum amplificat.  

Ad primum dicendum quod attribuere Mariae ministerium universale idolatria non est, quia potestas eius est participatio Providentiae Dei, non substitutio.
Ad secundum dicendum quod impossibilitas rationalis fide superatur, quae agnoscit in Maria gratiam singularissimam quae ei concedit omnibus hominibus in necessitate spirituali assistere.
Ad tertium dicendum quod mediato Christi non minuitur, sed manifestatur in mediatione materna Mariae, quae semper ad voluntatem Filii et ad salutem ab eo praebitam nos ducit.
   
JG

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