sábado, 6 de junio de 2026

El Concilio Vaticano II y la Escuela de Bologna

¿Es posible que la historia del Concilio Vaticano II haya sido manipulada para presentar una “ruptura” en la continuidad doctrinal de la Iglesia? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli analiza críticamente la interpretación de la Escuela de Bologna, que reduce el Concilio a un mero acontecimiento y relativiza sus decisiones normativas. ¿No es más cierto que el sentido del Concilio de nuestro tiempo se encuentra en sus constituciones dogmáticas, asistidas por el Espíritu Santo, y no en los debates contingentes de su desarrollo? ¿Qué valor tiene la historia si se usa para debilitar la autoridad del Magisterio? ¿No deberíamos recordar que la Iglesia progresa en la historia, pero conserva inmutable su identidad, y que su camino, aunque arduo y dramático, está siempre guiado hacia la plenitud de la verdad? ¿Queremos una Iglesia fundada en la moda de lo actual o en la certeza de lo eterno?

El Concilio Vaticano II y la Escuela de Bologna

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 16 de diciembre de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/il-concilio-vaticano-ii-e-la-scuola-di-bologna-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Bien sabemos cuán importantes son los estudios históricos sobre los Concilios Ecuménicos y, en particular, hoy, los estudios sobre los orígenes, el desarrollo, las circunstancias y las conclusiones del Concilio Vaticano II. Entre estos estudios, ciertamente el más amplio, documentado y famoso, es la historia del Concilio en cinco volúmenes elaborada por la Escuela de Bologna dirigida por Giuseppe Alberigo, emanación del riquísimo Centro de Documentación para las Ciencias Religiosas fundado por el cardenal Giacomo Lercaro, Arzobispo de Bologna, uno de los Padres del Concilio, y Giuseppe Dossetti, que fue un importante perito del Concilio.
Obra notable, de fama internacional, también por la cantidad de cualificados colaboradores, dirigida por Alberigo, ha sido reeditada y revisada recientemente. La obra ha suscitado una notable discusión entre los estudiosos, como siempre ocurre, algunos favorables, otros con tendencia crítica. Entre estos últimos emergen las intervenciones del ilustre historiador cercano a la Santa Sede, el obispo Agostino Marchetto, el cual, aun apreciando los méritos y valores de la obra, sin embargo le ha dirigido una crítica que pone en luz una interpretación del Concilio como la que el Pontífice ¹ ha llamado "exégesis de ruptura": el Concilio propondría la imagen de una nueva Iglesia, finalmente y verdaderamente evangélica, liberada de la larga "era constantiniana" de una Iglesia tradicional esclerotizada y consignada al dogma; propone en cambio una nueva imagen de la Iglesia profética, ecuménica y pneumática, de "comunión y kerygma", ligada al carácter de "acontecimiento" del Concilio mismo, por lo cual la novedad escatológica ("nuevo Pentecostés") del acontecimiento mismo superaría y anularía la continuidad con la precedente dogmática enviciada en una escolástica que ya ha tenido su tiempo.
De hecho, en la última edición, Alberigo, en la presentación de la obra, sale con un discurso como el siguiente: "Cada vez es más actual reconocer la prioridad del acontecimiento conciliar también respecto a sus decisiones, que no pueden ser leídas como abstractos dictados normativos, sino como expresión y prolongación del acontecimiento mismo" ².
Notemos ante todo cómo Alberigo no dice: "es siempre más justo o debido", sino "es siempre más actual", lo que podría parecer a primera vista que él se limite a una simple constatación de hecho; pero en realidad el tono de la expresión deja entender la actitud típicamente historicista-modernista de identificar lo verdadero con lo actual o con lo moderno, como si no fuera lo verdadero lo que debiera evaluar lo actual, sino que fuera lo actual lo que determinara lo verdadero. Para esta mentalidad, hoy muy difundida, si algo es actual, sobre todo si es compartido por una mayoría o por la clase dominante, es necesariamente verdadero o en todo caso debe asumirse para no parecer superados o anticuados.
Pero aparte de este partir Alberigo con el pie equivocado, se pueden hacer otras observaciones a su discurso, que aparece evidentemente, así puesto en la introducción, como discurso programático y criterio inspirador de toda la obra misma. De ahí el interés que ello suscita y la importancia de evaluarlo críticamente.
Por tanto, observemos en primer lugar que es sin duda lícito, desde un punto de vista histórico como es aquel desde el cual, al fin y al cabo, se ubica Alberigo, hablar de una "prioridad del acontecimiento" sobre las decisiones finales, en cuanto que está claro que el acontecimiento del Concilio contiene hechos, actas, comportamientos, debates, contextos, situaciones, circunstancias que van más allá de las simples decisiones finales que también forman parte del acontecimiento. ³
Sin embargo, debe tenerse presente que las enseñanzas del Concilio, contenidas en las actas oficiales conclusivas, que tienen el valor de Magisterio solemne y extraordinario, sobre todo las enseñanzas dogmáticas, dan, al menos a los ojos del teólogo y del fiel, el sentido de fondo y la razón de ser esenciales del acontecimiento del Concilio, en cuanto él se ha reunido precisamente para tomar las decisiones, que luego habrían de ser aquellas determinadas decisiones que todos conocemos.
Por lo tanto, si desde el punto de vista histórico, el acontecimiento, con la riqueza de sus elementos o factores, prevalece sobre el simple hecho o dato de los documentos finales, estos últimos, desde el punto de vista teológico-dogmático, presentan para los fieles y para la Iglesia misma el interés decisivo y principal respecto a cuanto ha acontecido durante las labores del Concilio, sin que por ello estén privados de interés o de incidencia sobre las mismas conclusiones todas las demás noticias pacientemente y científicamente recogidas por el historiador sobre aquellos que fueron los trabajos del Concilio, sus orígenes, sus vicisitudes, su desarrollo, su duración, sus fases, cuántos y quiénes han tomado parte en él, su recepción, los hechos principales que lo siguieron y las causas históricas e ideales que llevaron a su convocatoria.
Es claro que el conocimiento de todos esos elementos históricos es de innegable ayuda para comprender mejor el sentido y alcance de las decisiones finales, aunque la tarea de su interpretación definitiva le compete siempre al Magisterio de la Iglesia.
En cambio, aquello que no se puede aceptar en el discurso de Alberigo es el tono despreciativo con el cual él habla de "abstractos dictados normativos", creyendo que los ha dejado fuera de juego simplemente calificándolos nominalistamente como "abstractos". Abstrahentium non est mendacium, decían sabiamente los lógicos escolásticos. El abstraer es función natural del pensamiento humano, lo importante es abstraer bien y no hipostasiar las abstracciones como lo hacía Platón.
Todo concepto, incluso el del historiador, obligado más que otros a mirar lo concreto, es algo abstracto. Indudablemente, también las normas prácticas deben ser lo más concretas posible, pero tampoco ellas pueden ser expresadas sino en conceptos. Además de esto, las normas generales de la moral, incluida la ética cristiana, y las doctrinas especulativas, como por ejemplo el dogma, son por su naturaleza todavía más abstractas, pero esto no deroga para nada su verdad y, por lo tanto, su obligatoriedad.
Es evidente que las decisiones del Concilio derivan de hechos precedentes o están al término de hechos, actas y debates que les han precedido, y por tanto podemos aceptar que ellas sean, como dice Alberigo, su "prolongación". En cambio, en cuanto a la cualificación por él dada a las decisiones de ser simple "expresión" del acontecimiento, es necesario entendernos. Ellas, ciertamente, como he dicho, forman parte del conjunto del acontecimiento conciliar, tanto como para darle el sentido inteligible: un Concilio, como es bien sabido, se reúne no tanto para crear "acontecimientos" (para ello va bien también el teatro o un espectáculo televisivo o un partido de fútbol), sino para tomar, bajo la asistencia del Espíritu Santo, y sobre la base de la Revelación divina, las decisiones muy serias y a menudo inmutables, aun cuando estas obviamente, una vez tomadas, sean indudablemente "acontecimientos".
Sin embargo, es necesario decir con claridad, sobre todo como católicos, que las enseñanzas del Concilio, sobre todo las doctrinales-dogmáticas, son, sí ciertamente, "expresión" del acontecimiento del Concilio, pero lo son precisamente en cuanto decisiones normativas obligantes y vinculantes de las conciencias de los fieles o en nombre de la autoridad de la Iglesia o en nombre de la misma fe, aun cuando, como es bien sabido, el Concilio no contiene dogmas definidos o en fórmula definitoria, lo que no quiere decir que no contenga doctrinas verdaderas y definitivas, en tal sentido infalibles.
Por eso, por cuanto se refiere a un Concilio, es ciertamente importante saber lo que ha sucedido, pero, en orden a una recta vida cristiana, es importante saber lo que ha querido enseñar. Por eso, todavía hoy por hoy, problema primario respecto al Concilio, sobre todo para el común fiel, no es tanto conocer detalladamente la sucesión enormemente compleja de los acontecimientos de su desarrollo, sino sobre todo la recta interpretación de sus documentos con el auxilio indispensable del Magisterio de la Iglesia.
Por lo tanto, no tiene ningún sentido, como hace Alberigo, contraponer la normatividad de las decisiones conciliares, debilitándola casi hasta el punto de excluirla, al hecho de que hayan sido un "acontecimiento" contingente y pasado, como para quererlas invalidar, relativizar o disolver en la multiplicidad heterogénea y a veces -digámoslo con plena verdad- contradictoria de los debates y de las discusiones que tuvieron lugar durante las labores del Concilio, con el pretexto de relatar científicamente y exhaustivamente todo cuanto ha acontecido durante aquellos trabajos.
Ciertamente el historiador serio debe informarnos sobre todo esto, pero no con la pretensión de invertir el orden natural de los valores, dando más importancia a aquellos eventos que se han verificado durante las labores, donde emergen evidentes los límites y las debilidades humanas, respecto a las conclusiones, acerca de las cuales el católico no duda en cambio de la asistencia del Espíritu Santo que las vuelve infalibles, si bien no en sus contenidos pastorales-disciplinarios-organizativos, que pueden ser revisados o cambiados o incluso abrogados, sí ciertamente en aquellos contenidos doctrinales-teológicos-dogmáticos.
Es necesario, por tanto, recordar con fuerza contra Alberigo que aquellos eventos del Concilio que han conducido a la formulación de las decisiones finales, muy lejos de dar sentido y casi justificación a las mencionadas decisiones, son ellos mismos los que extraen su razón de ser y el sentido de la dirección que los ha conducido de tales decisiones, no habiendo sido ellos nada más que el esbozo, la preparación y la germinación de esas decisiones.
Nada quita que en aquellos proyectos no realizados o mejor elaborados se encuentren elementos o ponencias o sugerencias útiles que no fueron tomadas en consideración y que en cambio podrían incluso ser aprobadas o canonizadas en un Concilio posterior. Los estudiosos, examinando los esquemas preparatorios o las propuestas que tuvieron lugar en el aula durante el desarrollo de ciertos Concilios, como por ejemplo el Vaticano I o el mismo Vaticano II, han rastreado interesantes propuestas que no fueron aceptadas en los documentos finales, pero que nada impide hoy que vengan a ser tenidas en cuenta por su sabiduría y por el provecho que se pudiera sacar para resolver o iluminar problemas y situaciones del presente.
La dinámica de un Concilio se asemeja al surgimiento y a la maduración de un organismo viviente: el filósofo que quiere definir, por ejemplo, los caracteres esenciales de la naturaleza humana, los considera en el adulto y no en las fases precedentes del desarrollo, que pueden ser las el embrión, el niño o el joven, aun cuando obviamente estas fases son extremadamente interesantes y forman parte de las ciencias humanas.
Pero, como decía el sabio Aristóteles, es a partir de la consideración del acto que se comprende el pasaje de la potencia al acto, si bien es cierto que en el curso de este pasaje se puede prever cómo irán las cosas. El historiador tiene una función suya indispensable en las ciencias humanas, pero, cuando se plantea la pregunta acerca de la naturaleza de los valores humanos universales y fundamentales, no puede tener la pretensión de dar mayor importancia a los hechos contingentes o al madurar de los valores, que a la realización final de los mismos valores.
Así, el historiador de la Iglesia ciertamente debe hacernos conocer los dinamismos, los hechos y los mismos contrastes que subsecuentemente conducen a la maduración o explicitación de ciertas doctrinas o directivas prácticas establecidas por el Magisterio de la Iglesia, pero no está en absoluto autorizado, so pena de la deformación de su trabajo de historiador, a dar mayor importancia, con el pretexto de la riqueza existencial e irrepetible del evento, al acontecimiento mismo respecto a ese definitivo y decisivo acontecimiento intelectual y moral que es la formulación definitiva de las doctrinas y de decisiones morales de la Iglesia, poniendo en discusión y entredicho su obligatoriedad ante la conciencia del creyente, casi como si el creyente pudiera encontrar una norma superior en el entrecruzamiento a veces confuso y contradictorio, aunque "concreto", de los acontecimientos precedentes.
Similarmente, puede ser interesante saber cuáles proyectos o planos habían sido realizados antes del definitivo que ha conducido a la construcción de un edificio, pero es evidente que quien quiera describir, digamos, para el turista o para el catastro del Municipio, el mencionado edificio tal como ha resultado y ahora se presenta, no tiene necesidad de referirse a los proyectos y planos anteriores, sino solamente al proyecto final.
Así, análogamente, en la construcción de aquella casa de Dios que es la Iglesia, opera ciertamente el hombre con sus intentos, sus incertezas, sus propias miserias y contradicciones, pero luego el creyente sabe que al final quien construye la casa no es el hombre, sino que es Dios, como dice el Salmo: "Si el Señor no construye la casa, en vano se fatigan los albañiles" (Sal 127,1), y estos albañiles somos todos nosotros, desde el joven catequista de una parroquia rural hasta el al Sumo Pontífice, ya que es cierto que el Concilio debe ser guiado y sancionado por él, pero ni siquiera el Papa, cuando convoca un Concilio, sabe exactamente lo que saldrá de él, aunque es seguro que el poder de sancionar las decisiones del Concilio está en sus manos, gracias al carisma del Espíritu Santo.
A este respecto, los historiadores ahora han aclarado, por ejemplo, que la idea originaria de Juan XXIII era simplemente aquella que consistía en que la Iglesia propusiera el inmutable mensaje evangélico al mundo moderno en un lenguaje moderno. En tal sentido, el Concilio debía ser sólo "pastoral".
En cambio, fue Pablo VI, inteligencia más fina y más inclinada a la especulación doctrinal (admirador de grandes pensadores como san Agustín, Pascal, Guitton, Maritain y Journet) a diferencia del papa Roncalli, que venía de la carrera diplomática, quien tuvo la idea de añadir a ese enfoque pastoral, una orientación dogmático-doctrinal (sobre todo la profundización del misterio de la Iglesia), de lo cual surgieron entonces las cuatro grandiosas "Constituciones dogmáticas", las cuales, si bien no contienen nuevos dogmas definidos, ciertamente esclarecen y explicitan muchas verdades de fe en perfecta línea (¿cómo podría ser de otra manera?) con la Escritura y la Tradición.
Una cosa importante que nos enseñan los historiadores, contra el apriorismo abstracto de los idealistas y de los racionalistas, es que el saber humano y por lo tanto también el saber dogmático de la Iglesia no salen de nuestra cabeza repentina e imprevistamente confeccionados o "a priori" como Minerva de la cabeza de Júpiter, sino que surgen de humildísimos orígenes empíricos superando una originaria total ignorancia ("tabula rasa"); es el resultado de una evolución, de una educación, de un aprendizaje y de ardua conquista que se alcanza casi siempre fatigosamente y arriesgadamente, con humildad y tenacidad, después de vanos intentos, errores y caídas.
El camino de la Iglesia no ignora en absoluto este complejo conjunto de acontecimientos, a veces dolorosos, por no decir dramáticos. El divino Fundador de la Iglesia la ha querido así, pero al mismo tiempo le ha dado una luz y una fuerza invencible que la conduce infaliblemente a la plenitud final de la verdad, y todos aquellos que quieren vivir en la Iglesia, aunque con sus límites y defectos, terminan sin embargo por vencer todo obstáculo y participan de su misma invencible infalibilidad.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 16 de diciembre de 2012

Notas

¹ El padre Cavalcoli se está refiriendo aquí al papa Benedicto XVI. JG
² Storia del Concilio Vaticano II, dirigida por Giuseppe Alberigo, Edizioni Peeters, Levun e Il Mulino, Bologna, 2012, vol.I, p.10.
³ Curiosamente, otro historiador, el profesor Roberto de Mattei, ubicado en el polo ideológico opuesto al del historicismo de la Escuela de Bologna, al interpretar lo ocurrido en el Concilio Vaticano II también se pone en este mismo punto de vista de la "prioridad del acontecimiento", del Concilio entendido ante todo como acontecimiento. Paradójicamente así, tanto los historiadores modernistas de la Escuela de Bologna, como el mencionado historiador filolefebvriano, concuerdan en ello, porque anteponen su propia ideología interpretativa al Magisterio de la Iglesia, expresado en los documentos finales del Concilio. Y así, el neomodernismo y el lefebvrismo concuerdan en interpretar al Vaticano II en sentido de ruptura con la Tradición. JG

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum Concilium Vaticanum II interpretari debeat ut eventus historicus vel ut doctrina normativa

Ad hoc sic procediturVidetur quod Concilium Vaticanum II interpretari debeat ut eventus historicus.
1. Nam non pauci tenent quod id quod est actuale est verum, et Concilium, ut eventus irrepetibilis, praeeminet decisionibus normativis, quae videntur merae sanctiones abstractae, incapaces exprimere vitalem divitias eventus. Sic Ecclesia novam aetatem inaugurasse putatur, liberatam a traditione dogmatica et scholastica, et Concilium magis videretur novus Pentecostes qui continuationem cum praeterito abolit.
2. Praeterea dicitur decisiones conciliares nihil aliud esse nisi expressionem eventus, cuius valor relativizandus est in multiplicitate disputationum et proiectorum praecedentium, ubi melius apparent tensiones et vitalitas Ecclesiae. Secundum hanc sententiam, eventus ipse praevaleret super conclusiones, et historicus maiorem pondus tribuere deberet factis contingentibus quam decisionibus finalibus.
3. Item, existimatur indoles pastoralis Concilii, a Ioanne XXIII volita, praevalere super quamlibet doctrinalem directionem, ita ut constitutiones dogmaticae vim obligandi non habeant, sed sint simplices propositiones mutationi apertae, incapaces conscientias fidelium obligandi.

Sed contra est Sacra Scriptura, quae docet Spiritum Sanctum Ecclesiam ad plenitudinem veritatis perducere. Apostolus Paulus monet sanam doctrinam servandam et novitates vitandas quae fidem corrumpunt. Thomas docet veritatem revelatam immutabilem esse et progressum consistere in explicitatione eorum quae iam in Revelatione continentur. Magisterium affirmat constitutiones dogmaticas Vaticani II, in continuatione cum Tridentino et cum sancto Pio X, multas veritates fidei elucidare et explicare, perfecte secundum Scripturam et Traditionem.

Respondeo dicendum quod Concilium Vaticanum II non debet interpretari ut merus eventus historicus, sed ut doctrina normativa Ecclesiae. Praelatio eventus super decisiones est error historicisticus qui verum cum actuali identificat. Decisiones conciliares, quamvis ex disputationibus et proiectorum processibus natae, sunt actus finalis Spiritu Sancto assistitus, et ideo constituunt doctrinam authenticam et conscientias fidelium obligantem. Contemptus dictaminum normativorum quia abstracta videntur ignorat quod omnis veritas universalis in conceptibus exprimitur, et quod recta abstractio est conditio veritatis.
Ergo Concilium, quamvis pastorale in intentione originaria, sub ductu Pauli VI etiam doctrinale factum est, dando constitutiones dogmaticas quae, etsi novos dogmas non definierunt, multas veritates fidei explicaverunt et clarificaverunt. Ecclesia in historia proficit, sed identitatem immutatam servat, et arduus ac dramaticus conciliorum processus certitudinem decisionum finalium non infirmat, quae sunt expressio assistentiae divinae. Historicus potest et debet facta, disputationes et proiectiones colligere, sed non est auctoritate praeditus ut eis maiorem pondus tribuat quam decisionibus normativis, quae doctrinam authenticam Ecclesiae definiunt.

Ad primum dicendum quod actuale verum non constituit, sed verum actuale iudicat; ideo decisiones normativae Concilii praeeminent eventui.
Ad secundum dicendum quod disputationes et proiectiones sunt praeparatio et germinatio decisionum, sed eas supplere vel relativizare non possunt, cum sensum suum ex conclusionibus finalibus accipiant.
Ad tertium dicendum quod indoles pastoralis Concilii doctrinalem valorem non excludit, et constitutiones dogmaticae, etsi non definitoriae, continent doctrinas veras et infallibiles in continuatione cum Traditione.
   
JG

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