¿Existe realmente un “espacio neutral” para hablar de Dios? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado en el año 2012, plantea con fuerza la cuestión de si la razón humana puede ser el terreno común donde creyentes y no creyentes se encuentren sin caer en indiferentismo. ¿No es absurdo pensar que el Papa promueva la duda o la igualdad entre ateos y creyentes? ¿No es más bien la razón, iluminada por la fe, el campo de juego donde se libra la verdadera confrontación sobre Dios? ¿Podemos demostrar racionalmente su existencia, como enseña la Escritura y la Iglesia, o debemos resignarnos al agnosticismo que degrada al hombre al nivel de las bestias? ¿Será el encuentro de Asís un signo de que el problema de Dios sigue vivo y que la conciencia de cada uno, en su soledad con Dios, es el verdadero árbitro del partido? [En la imagen: fragmento de "Triunfo de Santo Tomás de Aquino sobre los herejes", fresco del siglo XV, obra de Filippino Lippi, pintado en la Capilla Carafa de la basílica de Santa Maria sopra Minerva en Roma, Italia].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
domingo, 7 de junio de 2026
La confrontación sobre Dios
La confrontación sobre Dios
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 30 de septiembre de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/il-confronto-su-dio-di-pgiovanni-cavalcoli-op/)
¿Se puede hablar de un "espacio neutral", obviamente espacio intelectual y no espacio físico, sobre el cual confrontarnos, cada uno a sus anchas y en el respeto del derecho de cada uno, sobre el gravísimo problema de la existencia y de la esencia de Dios? ¿Se puede conocer a Dios, o bien Dios permanece desconocido?
Se ha hablado a propósito del próximo encuentro de Asís presidido por el cardenal Ravasi y que contará, entre muchos ilustres invitados, también con la presencia del Presidente de la República Giorgio Napolitano, para tratar del arduo problema de la cognoscibilidad o de la incognoscibilidad de Dios.
¿Cuál podría ser ese espacio neutral, ese "campo de juego", donde las dos escuadras -los creyentes y los no-creyentes o, si se quiere, los que tienen dudas y los que están ciertos- podrían jugar sin que los fanáticos hinchas influyan o condicionen a uno o a otro equipo? Los católicos parecerían ser los favoritos, dado que el campo de juego -no queremos decir, esperamos, el campo de batalla- será el Santuario universalmente amado y conocido del Poverello de Asís.
¿Los católicos jugamos en casa, de locales? ¿Nuestros hinchas influirán o condicionarán el partido a nuestro favor? No lo sé. Hay quienes creen que partimos en desventaja. No quiero entrar en esta cuestión. Quiero abandonar este tono algo irónico y jovial, inconveniente a la gravedad del evento y hablar seriamente.
Retomemos, por lo tanto, la pregunta: ¿cuál puede ser ese "espacio neutral", expresión que incluso viene atribuída al Papa precisamente para esta ocasión? A primera vista, se podría tener la impresión de que significara una invitación a abstenerse del pronunciarse, a no tomar posición. Pero si se trata del Papa, no podemos ciertamente interpretarlo en este sentido. Sería absurdo y ridículo ver en el Santo Padre, aquel que por mandato de Cristo nos confirma en la fe, un promotor del abstencionismo o de la duda o de la igualdad de condición del ateo y del creyente o, peor aún, de la indiferencia ante el problema de Dios, cualquiera sea la solución que se diera.
¿Qué cosa, en cambio, puede querer decir el Papa con esta expresión, suponiendo que verdaderamente la haya pronunciado? Muy simple: se trata del terreno de la razón. Bien sabemos cuánto insiste el Papa en la importancia de la sana razón, de la cual es necesario "ampliar los espacios", para dar lugar a Dios.
Este es el campo de juego sobre el cual todos podemos y debemos jugar. Sobre este terreno debería tener lugar el diálogo y la confrontación, la argumentación y, si queremos, también la refutación, la pregunta y la respuesta, la duda y la certeza, la búsqueda y el descubrimiento, el interrogante al cual se puede responder y aquel al cual no se puede responder.
Todos, excepto los menores y los enfermos mentales, ejercitamos la razón. Ciertamente que se la puede usar bien y se la puede usar mal. Pero todos tenemos la posibilidad de usarla bien, al menos en sus principios y en sus evidencias fundamentales, como por ejemplo la noción de la verdad o de la realidad, el principio de no-contradicción, de causalidad o de finalidad. Cuando pensamos, hablamos o nos comunicamos, no podemos evitar usar estos principios.
Diferente es el problema de Dios. Su existencia y su esencia no son tan inmediatamente y universalmente conocidas o evidentes como lo son la existencia de nuestra nariz o de la persona o de la casa que está frente a mí. Sin embargo, como enseña la Iglesia sobre la base de la Sagrada Escritura (Sab 13,5; Rom 1,20), y lo reafirma el Concilio Vaticano II después de lo afirmado por el Concilio Vaticano I, la razón humana puede demostrar la existencia de Dios, lo que significa que la razón humana no puede demostrar lo contrario, como los ateos erróneamente creen.
Tampoco el agnosticismo es racionalmente justificable (prescindiendo de la buena o mala fe del agnóstico), porque supone una razón frustrada en sus principios fundamentales, lo que significaría la pura y simple negación de la razón y la degradación del hombre (animal racional) a nivel de las bestias.
Hoy, sin embargo, pocos están dispuestos a seguir llamándose ateos, aunque quizás algunos rechacen la palabra pero mantienen el concepto. Muchos prefieren llamarse "humanistas seculares", casi se diría que con ello quieren decir: hombres en búsqueda. ¿Los podemos conectar con nosotros, los católicos? De algunos considero que sí. ¿Para qué propósito? Para conducirlos a Cristo, naturalmente, con la ayuda del Espíritu Santo y no, ciertamente, para entregarse a un reunirse y un parlotear hasta el infinito, en un "diálogo" equívoco e inconcluyente.
Según el Evangelio, en efecto, todos debemos hacer las cuentas con Dios en Cristo, por lo tanto todos, explícita o implícitamente, consciente o inconscientemente, temáticamente o atemáticamente, sabemos que Dios existe. San Juan dice que el Logos ilumina a todo hombre. De hecho, todos están llamados a la salvación. Pero Cristo es el Salvador de todos. Por eso todos pueden entrar en contacto con Cristo (no está dicho que todos de hecho entren), quizá sólo en lo íntimo de su conciencia, incluso sin haber conocido a la Iglesia visible.
Indudablemente, en Asís será imposible afrontar el problema de Dios de manera profunda y especializada, también porque hoy desgraciadamente hay mucha ignorancia incluso entre nosotros los católicos en cuanto a la metafísica, que sería indispensable para esclarecer con verdadera y sólida fundamentación la gran cuestión. Pero no importa. Este impresionante confluir de tantas personalidades me hace pensar, y de ello los católicos no podemos sino alegrarnos, en una señal de que el problema de Dios sigue siendo todavía muy vivo.
¿Seremos capaces de estar a la altura de las circunstancias? ¿Seremos capaces de albergar en nuestro pequeño campo de juego de la razón (obviamente apoyada y sostenida por la gran luz de la fe), siendo árbitro el Poverello (junto al cardenal Ravasi en el trasfondo) y al Papa en las gradas, un equipo de variados adversarios cuyo capitán no es otro que Napolitano? ¿Quién ganará el partido? La conciencia de cada uno, en su soledad con Dios.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 28 de septiembre de 2012
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum ratio humana possit esse commune spatium ad confrontationem de Deo
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod ratio humana non possit esse tale spatium.
1. Quia Deus non est immediate evidens sicut res sensibiles, et ideo ratio eius existentiam demonstrare non potest. Unde agnosticismus videtur esse positio magis coherens, quia limites rationis agnoscit et vitat affirmationes sine fundamento.
2. Praeterea athei tenent rationem posse demonstrare contrarium, scilicet quod Deus non existit. Secundum eos, spatium rationis non est neutrum, sed iam praeconditum impossibilitate cognoscendi Deum, et omnis conatus dialogi esset illusorius.
3. Item, dialogus inter credentes et non credentes circa Deum impossibilis videtur, quia primi ex fide procedunt et secundi ex negatione. Non esset commune spatium confrontationis, sed irreductibilis conflictus positionum, quod omnem conventum inutilem redderet.
Sed contra est Sacra Scriptura, quae docet quod a creatione mundi invisibilia Dei per rationem humanam conspiciuntur (Sap 13,5; Rom 1,20). Concilium Vaticanum I definivit Deum posse cognosci cum certitudine per lumen naturale rationis, et Concilium Vaticanum II hanc doctrinam confirmavit. Sanctus Ioannes dicit quod Logos illuminat omnem hominem.
Respondeo dicendum quod ratio humana, quamvis limitata, potest esse commune spatium ad confrontationem de Deo, quia possidet principia universalia sicut non-contradictionis, causalitatis et finalitatis, quibus omnes homines utuntur cum cogitant et dialogant. Quamvis Deus non sit immediate evidens sicut res sensibiles, ratio potest demonstrare eius existentiam, nec potest demonstrare contrarium. Agnosticismus rationaliter non est iustificabilis, quia ponit rationem frustratam in principiis fundamentalibus, quod esset negatio ipsius rationis et degradatio hominis ad statum bestiarum.
Ergo spatium neutrum de quo loquimur non est abstinentia nec indifferentia, sed campus rationis, fide sustentatus et dilatatus. In hoc campo dari potest dialogus, argumentatio, quaestio et responsio, inquisitio et inventio. Humanistae saeculares, etsi nomen atheorum recusent, possunt cum catholicis in hoc campo coniungi, non ad dialogum inconclusum, sed ad ducendos ad Christum auxilio Spiritus Sancti. Conscientia uniuscuiusque, in solitudine cum Deo, est verus arbiter certaminis.
Ad primum dicendum quod ratio, etsi non habeat immediatam evidentiam Dei, potest demonstrare eius existentiam, et ideo agnosticismus non iustificatur.
Ad secundum dicendum quod ratio non potest demonstrare Dei non existentiam, et atheismus est error qui contradicit principiis fundamentalibus rationis.
Ad tertium dicendum quod dialogus possibilis est in campo rationis, quia omnes homines in ea participant, et fides rationem non destruit, sed illuminat et ad plenitudinem in Christo ducit.
JG
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