domingo, 7 de junio de 2026

La inquisición modernista

¿Puede existir dentro de la Iglesia una inquisición que ya no defiende la fe, sino que la combate? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli describe cómo, tras el Concilio Vaticano II, ciertos sectores modernistas aprovecharon el clima de optimismo y diálogo para organizar un poder paralelo, disfrazado de apertura y pluralismo, pero en realidad hostil al Magisterio. ¿No es inquietante que hoy se ejerza una coerción psicológica contra los fieles que permanecen unidos al Papa y al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, que le representa? ¿Qué significa que algunos obispos y cardenales se conviertan, quizá sin saberlo, en instrumentos del enemigo de la fe? ¿Podrá resistir la Iglesia a esta nueva inquisición modernista, arrogante y prepotente, que pretende sustituir la voz del Papa por un falso magisterio? ¿No es hora de sostener con valentía al Vicario de Cristo, aun a costa de la persecución, para escapar a la masacre y confiar en que Dios frustrará este designio satánico? [En la imagen: fragmento de una ilustración de "Crónica del Mundo", de Rudolf von Ems, de mediados del siglo XIV, conservado e la Biblioteca Universitaria y Estatal de Fulda].

La inquisición modernista

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 4 de noviembre de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/linquisizione-modernista-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Si nos fijamos en la historia de la Iglesia de estos últimos cincuenta años, es ahora posible advertir un gradual y sistemático fortalecimiento en el interior de la Iglesia de la corriente modernista, cuyas finalidades son cada vez más claras, y que esta corriente, por lo demás, ahora se expresa abiertamente, sintiéndose a estas alturas segura de poder dominar a la Iglesia y reducirla a sus objetivos.
Todo ha comenzado, como se ha comprobado ahora a partir de estudios históricos recientes, con la infiltración de elementos cripto-modernistas bien organizados a nivel mundial, sobre todo entre los peritos del Concilio Vaticano II, personajes que en su mayoría habían sido censurados por el vigilante papa Pío XII, pero que bajo el pontificado del beato Juan XXIII, engañando al mismo Papa, tuvieron, mediante oscuras y astutas maniobras, la posibilidad de colaborar oficialmente en las labores del Concilio.
Se ha tratado de una verdadera y propia venganza del nunca adormecido modernismo, que en su momento había sido condenado por el papa san Pío X. Esta vez pensó que había llegado su momento aprovechando el hecho de que uno de los propósitos principales del Concilio, por expresa declaración del papa Juan, era el de un encuentro con la modernidad.
Obviamente, el Papa entendía tal proyecto como un encuentro crítico, sobre la base del precedente inmutable patrimonio de la doctrina católica, teniendo en cuenta los errores ya condenados. A la luz de tal sacro e intangible patrimonio se debía hacer obra de cribado sabio, prudente y valiente, para asumir lo positivo y rechazar lo negativo, así como el organismo sano, cuando se alimenta asume lo que lo nutre y evacua los elementos inútiles o dañosos.
Naturalmente, los modernistas del Concilio tuvieron que actuar con suma circunspección, para evitar ser descubiertos, pero varias veces tuvieron la audacia de proponer abiertamente sus planes, cosa que naturalmente suscitó la oposición de los miembros más sabios y equilibrados de la asamblea conciliar, por lo que que estos planes fueron frustrados. Y al fin y al cabo, ¿cómo podría ser de otra manera, dada la presencia en el aula conciliar de la luz del Espíritu Santo?
Así sucedió que los modernistas terminaron por dar una contribución positiva sin que les haya sido posible hacer desviar, como les hubiera gustado, la barca de Pedro, pero permitiendo al Concilio Vaticano II ese enfoque típicamente progresista o, por así decirlo, sanamente progresista, que ha sido uno de sus méritos principales y por el cual ha permanecido en la historia: hacer avanzar a la Iglesia en el conocimiento de la verdad y en el desarrollo de la santidad, algo por lo demás obligatorio para todo buen católico, guiado por Cristo "a la plenitud de la verdad". El Concilio nos enseña así a ser modernos, pero al mismo tiempo nos preserva precisamente con una sana modernidad de las diabólicas trampas del modernismo.
Pero, ¿qué ha sucedido después del Concilio? Las cosas son ahora conocidas por todos: estos modernistas, que entonces se hacían llamar a sí mismos "progresistas" para darse una etiqueta aceptable, comenzaron gradualmente, aunque todavía cautelosamente, pero con extrema determinación, a salir al descubierto, aprovechando un clima de ingenuo optimismo que se había extendido en el episcopado, convencido en general de que había llegado la era del diálogo y de la conciliación de la Iglesia con el mundo moderno. Por esta razón se bajaron las defensas y quien aún recordaba la necesidad de vigilar y estar atento al error, comenzó a ser visto o como un fastidioso "profeta de calamidades" o como un atrasado, superado por la historia y detenido en el preconcilio, cerrado al soplo del Espíritu Santo, que ya habría iniciado un "nuevo Pentecostés".
En tal modo, gradualmente pero irresistiblemente, en gran parte por causa de una falta de discernimiento y como consecuencia de una falta de intervención por parte del episcopado, temeroso de ser considerado como retrógrado o reaccionario, ha comenzado a crearse una especie de iglesia en la Iglesia, en cuanto que, si en el inmediato postconcilio se ha dado la famosa "contestación" o desprejuiciada "protesta" de la juventud desenfrenada, de individuales sacerdotes que huían hacia el matrimonio, religiosos estrafalarios y ruidosos, y teólogos rebeldes, sobre todo en las así llamadas "comunidades de base", un fenómeno bárbaro que despertó unánime desaprobación por su evidente inmundicia, hasta que se llegó incluso al terrorismo rojo de los años '70, y a partir de los años '80 los modernistas cambiaron de táctica.
Mantuvieron en sustancia los principios revolucionarios y subversivos que habían animado el '68, pero, a fin de atraer la estima del episcopado y de los católicos normales, comenzaron a fingir una engañosa moderación con afectado desprecio por los extremistas, pero en realidad reforzando una acción subversiva, ahora más insidiosa y peligrosa, de demolición y falsificación de la Iglesia católica con la intención de sustituirla por una falsa "iglesia" de marca gnóstica y masónica, como he denunciado en un precedente artículo aparecido en este sitio.
De esta manera, el modernismo comenzó a infiltrarse, no solo en el bajo clero, entre los religiosos y entre la gente, sino también en los ambientes de la cultura católica, sobre todo entre los teólogos y los exegetas, y finalmente, en años recientes, entre Obispos y Cardenales. El objetivo de los modernistas, ya declarado por el famoso padre Ernesto Buonaiuti de la época del papa san Pío X, era y es el de "convertir a Roma". Se repite el diseño de antiguos herejes, como por ejemplo el de Giordano Bruno, que llegó a Italia desde el extranjero con la intención de convencer al Papa de sus teorías. Así se ha creado esa especie de "magisterio paralelo" del cual hablaba el papa Paulo VI: sustituir a los obispos por los teólogos y los exegetas, según una perspectiva, por lo demás, de origen protestante.
Hoy un Giordano Bruno probablemente enseñaría con alguna precaución, objeto de alguna sorpresa pero no tanto, en alguna Facultad Pontificia, o sería invitado a hablar en el programa Cortile dei Gentili. Pero luego a él le fue como le fue y, como Dominicano que soy, su cofrade, debo decir sinceramente que me disgusta.
Hoy los modernistas, que han alcanzado posiciones de poder un poco por todas partes, se sienten en el deber de ejercer también ellos, como alternativa a la Congregación para la Doctrina de la Fe, considerada hoy por ellos superada y preconciliar, un poder coercitivo que a sus ojos refleja verdaderamente la voluntad de Dios y la voz del Espíritu Santo.
En tal modo, y a estas alturas, muchos de nosotros, católicos, fieles al Magisterio y al Papa, comenzamos a pagar el precio, pues ha iniciado una nueva inquisición que, si ya no dispone de instrumentos físicos de tortura, no obstante se vale de las artes psicológicas más refinadas para difamar, calumniar, marginar y destruir moralmente a aquellos pobres católicos que no desean más que servir a Cristo y a las almas, en la fidelidad a la verdadera Iglesia y al Papa y seguir contando con la ayuda y la eficacia de la Congregación para la Doctrina de la fe.
Entre la Congregación para la Doctrina de la Fe y la inquisición modernista existen semejanzas, pero son más grandes las diferencias, y de hecho los contrastes son, digamos, más radicales: entrambas se proponen defender una doctrina; entrambas, si es necesario, recurren a la coerción. Sin embargo, mientras la CDF defiende la fe contra la herejía, la inquisición modernista defiende la herejía contra la fe. En cuanto a los métodos disciplinares, la diferencia radica en el hecho de que mientras la CDF goza de la plenitud del derecho y, por lo tanto, actúa abiertamente, a la luz del sol, en el respeto de las normas aprobadas por la Iglesia, la inquisición modernista carece de fundamento jurídico, y a causa de esto no duda en recurrir a la violencia y a medidas injustas, aunque al mismo tiempo los modernistas se enorgullecen de ser los hombres del diálogo, del pluralismo y de la apertura a la diversidad.
Así que ahora sucede que la fuerza adversa más temible a la que tiene que hacer frente la Congregación para la Doctrina de la Fe es este contra-poder modernista, que se vale de estructuras internas a la propia Iglesia. Esta es la estructura más peligrosa que es necesario abatir a fin de que el Pueblo de Dios sea protegido de la herejía y la Congregación para la Doctrina de la Fe pueda desarrollar eficazmente su propia labor.
Ciertamente, parece estar enfrentando una lucha desigual. Los poderes demoníacos están desenfrenados, con la propagación de "doctrinas diabólicas" y demonios disfrazados de ángeles de la luz (2 Corintios 11,14). Como muchos no creen en la existencia del demonio, faltan las defensas, por lo cual se convierten, quizás sin darse cuenta, en los instrumentos de Satanás, aunque se trate de Obispos o Cardenales. Solo el Papa resiste, y no podría ser de otra manera, pero sus verdaderos colaboradores son pocos: un puñado de héroes asediados por fuerzas que parecen prevalecer.
El sueño de los modernistas es el mismo que aquel de Giordano Bruno y de Ernesto Bonaiuti: poder convencer (es decir, engañar) al Papa. Pero este designio satánico (como cuando el demonio intentó hacer caer a Cristo), designio que es el máximo plan de la impiedad, del sacrilegio y de la ilusión, será frustrado por Dios, si ellos persisten, con un terrible castigo. Nosotros también estamos cerca del Vicario de Cristo, hoy sufriendo por la traición de algunos de sus propios colaboradores, sostengámoslo, obedezcámoslo a cualquier precio por encima de cualquier superior que nos ordene lo contrario o nos dé un mal ejemplo, y escaparemos a la masacre.
Los modernistas son arrogantes, prepotentes, seguros de sí mismos: ¡ay de quienes los desobedecen, porque impregnados a veces de doctrinas idealístico-panteístas, se consideran o la divinidad o en todo caso una aparición ("teofanía") de la misma divinidad, sujeto de la "mirada divina", como en Hegel o en Severino, mientras que para ellos el Papa, el Magisterio de la Iglesia y la Congregación para la Doctrina de la Fe cuentan como el dos de triunfo, vale decir, nada. ¿Pero acaso este estado de cosas está destinado a durar mucho tiempo? ¿Acaso el Dios del Cielo se limita solo a mirar o se ha olvidado de su Iglesia, del grito de los pobres y de los oprimidos y de la salvación de la humanidad?

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 4 de noviembre de 2012

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum in Ecclesia exsistat inquisitio modernistica quae Magisterio vero opponatur

Ad hoc sic procediturVidetur quod non exsistat talis inquisitio modernistica.
1. Quia Ecclesia, Spiritu Sancto assistente, non potest ab haeresi interna ita dominari ut constituatur potestas parallela. Hoc affirmare esset negare indefectibilitatem Ecclesiae et fideles in diffidentiam inducere.
2. Praeterea modernistae se exhibent ut homines dialogi, pluralismi et apertionis. Non igitur videntur ullam coercitionem exercere, sed tantum quaerere spatium libertatis cogitandi intra Ecclesiam, quod legitimum videri posset in contextu diversitatis.
3. Item, Congregatio pro Doctrina Fidei auctoritatem legitimam et plenam servat ad orthodoxiam defendendam. Non videtur possibile ut coetus theologorum vel praelatorum eam substituere aut efficaciter opponere possit, cum careant fundamento iuridico et mandato divino.

Sed contra est Apostolus, qui monet diabolum transfigurari in angelum lucis (2 Cor 11,14), et quod in novissimis temporibus disseminabuntur doctrinae daemoniorum. Papa sanctus Pius X modernismum ut omnium haeresum synopsim damnavit. Papa Paulus VI locutus est de “magisterio parallelo” quod episcopos per theologos et exegetas substituere intendebat.

Respondeo dicendum quod in Ecclesia exsistit inquisitio modernistica, non instrumentis corporalibus tormentorum utens, sed artibus psychologicis subtilibus, quae diffamat, calumniat, marginalizat et moraliter destruit fideles qui cum Papa et Congregatione pro Doctrina Fidei manent. Haec potestas parallela se ostendit defensorem diversitatis et dialogi, sed revera haeresim contra fidem tuetur. Iuridico fundamento caret et ad iniustas ac violentas mensuras recurrit, dum Congregatio palam et legitimo iure agit.
Somnium modernistarum est Papam persuadere, sicut olim Giordano Bruno et Ernestus Buonaiuti conati sunt; sed hoc consilium satanicum a Deo terribili supplicio frustretur. Hodie Papa resistit, licet paucis fidelibus sociis circumdatus, et catholici eum sustinere ac oboedire debemus omni pretio, etiam contra superiores male exemplum praebentes. Arrogantia modernistarum, qui se quasi divinitatem aut theophaniam reputant, non indefinenter praevalebit, quia Deus Ecclesiam suam nec clamorem pauperum et oppressorum relinquit.

Ad primum dicendum quod indefectibilitas Ecclesiae non excludit praesentiam haeresum internarum, sed praestat ut numquam contra eam praevaleant.
Ad secundum dicendum quod dialogus modernistarum apparens fallax est, quia sub larva pluralismi coercitionem psychologicam contra fideles exercent.
Ad tertium dicendum quod, etsi Congregatio auctoritatem legitimam servet, potestas parallela modernistica minam realem constituit, et ideo necesse est eam resistere et detegere, ut fides efficaciter defendatur.
   
JG

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