¿Hasta dónde puede llegar la paradoja de que dentro de la misma Iglesia se denigre al propio catolicismo? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, escrito en 2012, denuncia un fenómeno inédito: modernistas que, desde puestos oficiales, corrompen la definición de lo que significa ser católico y persiguen a los fieles ortodoxos como si fueran culpables de “desobediencia”. ¿No estamos asistiendo a una nueva inquisición que castiga la ortodoxia en lugar de la herejía? ¿Qué consecuencias tiene que Roma aparezca como un general sin ejército, aislado y debilitado por la falta de apoyo episcopal? ¿Podrá la Iglesia liberarse de esta inmundicia que desfigura el rostro de la Esposa de Cristo? ¿No es hora de que los obispos despierten y defiendan con valentía la identidad inalterable de la Iglesia fundada por Cristo? [En la imagen: fragmento de "Arresto de Cristo" o "El beso de Judas", fresco pintado entre 1304 y 1306, obra de Giotto, en la Capilla de los Scrovegni, Padua, Italia].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 5 de junio de 2026
La denigración del catolicismo
La denigración del catolicismo
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 20 de noviembre de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-denigrazione-del-cattolicesimo-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
En el seno de la Iglesia católica está avanzando un fenómeno que es desconcertante, con dimensiones que nunca antes habían existido en toda la historia de la Iglesia, en cuanto utiliza fuerzas oficiales de la Iglesia misma: la denigración del propio catolicismo hecha con diversos métodos y modalidades que a continuación abordaré y trataré de describir, insinuando luego brevemente cómo nos podemos liberar de esta "inmundicia" ¹ que está desfigurando horriblemente el rostro de la Esposa de Cristo.
Todo ha partido, como ahora se sabe, de la gravísima incomprensión de las enseñanzas conciliares por obra de un renacido modernismo enmascarado de "progresismo" y no reprimido suficientemente desde sus inicios, incluso a veces elogiado, por el mismo episcopado, excluida comprensiblemente Roma, la cual, sin embargo, se encuentra aislada e ineficaz en sus numerosísimas intervenciones magisteriales debido a la falta de apoyo del propio episcopado.
Un general sin ejército puede hacer muy poco. Ésta es la tragedia de la Iglesia de hoy. Hasta que los obispos no se decidan a cumplir con su deber obedeciendo al Papa y al Magisterio con coraje y sabiduría, la situación empeorará de más en más y los modernistas aumentarán su arrogancia y su prepotencia, así como su prestigio entre una masa enorme de católicos hoy completamente desconcertados y engañados por sus imposturas.
Los modernistas hacen de todo para presentar a los verdaderos católicos bajo un aspecto odioso, aislándolos, difamándolos y desacreditándolos, incluso si se trata del Papa, de cardenales o de obispos o de sacerdotes o de religiosos o de teólogos o de fieles dignísimos. Hasta ahora, los modernistas han usado sobre todo una intimidación meramente psicológica. Pero, dado que han aumentado el poder en muchos puestos, intervienen abiertamente con verdaderos y propios medios coercitivos y opresivos, para impedir a los católicos hacerse oír y denunciar las herejías del modernismo, precisamente aquellos católicos que iluminan y consuelan a los fieles y advierten y corrigen a los que se han dejado enredar por el error.
Presento en unos pocos puntos el camino seguido por los modernistas.
En primer lugar (y este es un tema que ya he tenido la oportunidad de tratar en este sitio) corrompiendo la recta definición de "catolicismo" dada por el único órgano competente para darla, es decir, el Magisterio de la Iglesia católica. Tal definición se recaba sobre todo de ese autorizadísimo documento oficial que es el Catecismo de la Iglesia Católica, el cual continúa y al mismo tiempo desarrolla otros importantísimos documentos del mismo género de los siglos pasados, como el famoso Catecismo del Concilio de Trento o el Catecismo de San Pío X o, para citar un documento más reciente, el "Credo de Paulo VI" publicado en 1968.
Los modernistas se esfuerzan por todos los medios para que el término "católico" sea lo más sincretista, confuso y contradictorio posible, insertando en él los atributos más arbitrarios y contrarios al verdadero catolicismo, para así privar a los fieles de un criterio claro, objetivo y seguro de evaluación y discernimiento que permita distinguir lo que es católico de lo que no lo es.
Ciertos modernistas, es decir, los más extremistas o impulsados, no tienen la desfachatez de llamarse "católicos", sino que se presentan simplemente como "cristianos", considerando por lo demás al catolicismo como una denominación sectaria o "confesional", mientras que para ellos ser "cristianos" es signo de una mayor apertura y disponibilidad al diálogo. Otros en cambio, como Vito Mancuso, afirman "permanecer para siempre en la Iglesia católica", no obstante haber escrito un libro de enorme éxito en el que afirma rechazar al menos cuatro dogmas de la Iglesia católica. Así también es por muchos considerado como "católico", Karl Rahner, en cuyo pensamiento se han individuado muchas herejías ².
En segundo lugar, los modernistas han creado dos figuras de "católico" en oposición entre sí no según el criterio más obvio del católico bueno y del malo, criterio del que ellos se burlan considerándolo infantil, "maniqueo" y abstracto, sino según dos categorías artificiosas (estas sí abstractas y maniqueas) por ellos inventadas o derivadas de la política, tales como: "católico de izquierda" (correspondiente al bueno) y "católico de derecha" (que es el malo), o bien derivadas de la ideología iluminista-masónica del siglo XIX: católico "progresista", "avanzado" o "maduro" o "adulto" (el bueno) y católico conservador, superado, reaccionario o tradicionalista (el malo), sin contar toda una ulterior variopinta serie de otros adjetivos, bien conocidos y que no es aquí el lugar para elencar. Se trata de atributos sin ningún fundamento moral, evangélico y eclesial, sino recolectados aquí y allá desde otras corrientes o ideologías, como el marxismo, el liberalismo, el islamismo, el protestantismo, la política sin escrúpulos, etc.
Naturalmente, los modernistas, careciendo, por la propia naturaleza de su ideología, de auténticas referencias, fundamentadas, teóricas, serias y objetivas, dado que ellos mismos predican el relativismo y el evolucionismo conceptual, y fundan su "teología" en un modo de pensar que no es verdadero pensamiento sino emotividad irracional compuesta de slogans, clichés, frases hechas y tópicos o lugares comunes, no tienen ningún argumento serio para descalificar a los verdaderos católicos y para sostener su posición.
Por consiguiente, no se atreven a recurrir a las categorías normales de lo verdadero y de lo falso ³, de lo ortodoxo y de lo herético, sino más bien a la oposición entre "lo que es de hoy" ("verdadero") y "lo que era de ayer" ( "falso"), o bien: "preconciliar" ("falso") y "postconciliar" ("verdadero") y ese tipo de tonterías, buscando ante todo suscitar con esos slogans burdas emociones que sean tales como para provocar simpatía y admiración hacia lo modernista, así como antipatía, repugnancia y desprecio por lo retrógrado "tradicionalista lefebvriano".
Para los modernistas, esos católicos que denuncian la dramaticidad de la situación actual de la Iglesia, son esos molestos y quejosos "profetas de calamidades", de los cuales tomó distancia el papa Juan, y la Virgen, que en Medjugorje nos advierte del riesgo del castigo divino, es simplemente una inoportuna, que haría bien en quedarse en el cielo sin venir a la tierra a romper los huevos de la canasta.
Al contrario, según el cardenal Martini, "jamás la Iglesia ha ido tan bien como hoy", sólo para declarar pocos meses después, antes de presentarse al juicio divino, que "la Iglesia está retrasada 200 años". Entonces, ¿cuál Iglesia? La de Benedicto XVI, naturalmente, mientras que la suya está perfectamente, vale decir, está a la altura de los tiempos, y guía a la humanidad hacia los "magníficos y progresistas destinos", por usar las célebres palabras de Ginestra, de Giacomo Leopardi.
Para los modernistas, los verdaderos católicos "no son evolutivos", son personas rígidas, cerradas en áridas fórmulas, firmes en las ideas del preconcilio, no comprenden qué es el progreso. Y ciertamente los verdaderos católicos no aceptan el falso progreso de marca iluminista y hegeliana de los modernistas embanderados contra el verdadero progreso, que es el del Espíritu de Cristo que conduce a su Iglesia a la plenitud de la verdad.
Para los modernistas, los verdaderos católicos son "demasiado polémicos", simplemente porque denuncian sus herejías. Los modernistas, sí, en cambio son personas mansas, abiertas, comprensivas, dialogantes, flexibles y dúctiles, sin espíritu inquisitorial, sin exclusivismos y sin presunción de "poseer la verdad". Sin embargo, si algún buen católico se atreve a refutar esta su hipocresía, viene a ser tratado, como se dice en Bologna, "a pesce in faccia", como si le abofeteara un pez muerto en su cara.
Con el reciente aumento de su poder, por el que han alcanzado muchos cargos en la Iglesia, los modernistas ya no se limitan a dejar hacer a sus "compañeros de partido", permitiendo las críticas por parte de los verdaderos católicos. Por el contrario, comienzan a perseguir a aquellos pocos católicos, que son fieles a Roma, con diversos pretextos, acompañados por una campaña denigratoria. Un pretexto que actualmente se está afirmando, tal como para convertirlo el desafortunado objeto del público desprecio, es el de la "desobediencia".
En efecto, se viene a ser castigado sólo porque se prefiere obedecer a Dios o a la Iglesia antes que al "legítimo superior", precisamente este superior de 1968, que desde los años del seminario se ha jactado de pertenecer a los "católicos del disenso", rebeldes al Magisterio de la Iglesia y al Papa, y ahora como superior, creyéndose dios en la tierra, continúa "su disenso", con esta diferencia: que a quien se atreva a desobedecerle a él, se le cae encima sorpresivamente. Al Papa se puede desobedecer como se quiera, sin que suceda nada, de hecho se reciben aplausos del mundo. Pero quien desobedece al superior modernista, se la juega por su cuenta. Ha nacido, como he dicho en un reciente artículo, una nueva inquisición: mientras aquella inquisición de antes castigaba la herejía, la de hoy castiga la ortodoxia.
¿Qué hacer? Es necesario que los obispos despierten. Es necesario que Roma los exhorte a la obediencia, a la colaboración y al valiente y oportuno cumplimiento de su deber. Es necesario liberar los seminarios y los estudiantados religiosos de los maestros y de los propagadores de herejías. Suele suceder que hay jóvenes de buena voluntad con una buena base católica, que quieren ser sacerdotes o religiosos, pero que, una vez ingresados en el seminario o en el estudiantado, se ven obligados con sutiles amenazas psicológicas, y quizás con grave crisis de conciencia, a adaptarse a la usanza modernista, si quieren avanzar en sus estudios y agradar a sus superiores, a veces al propio obispo. Este gravísimo escándalo ha durado desde hace décadas, por lo que ahora tenemos toda una generación de obispos modernistas formados en la escuela de Rahner, Schillebeeckx y la más bella compañía.
Todos los obispos, sin embargo, son siempre obispos, pues: tu es sacerdos in aeternum secundum ordinum Melchizedec. Por eso, a pesar de todo, si queremos ser católicos, debemos seguir teniendo absoluta confianza en nuestros obispos, ciertamente no tanto en el individual obispo o en el grupo de obispos, sino en cuanto en unión con el Papa, fuera incluso un individual obispo aislado entre los demás.
Por lo demás, es necesario que los obispos vigilen más sobre la formación de sus seminaristas e intervengan a tiempo, porque es bien sabido que si estos sujetos se convierten en sacerdotes o incluso en teólogos famosos con ideas torcidas, después ya no hay nada que hacer. Si después estos aquí se convierten en obispos o superiores, la desgracia es todavía peor. Cuanto más ascienden en la jerarquía, más aumenta la calamidad para todo el pueblo de Dios.
Nuestro Señor Jesucristo ciertamente tiene paciencia; sin embargo, en cuanto Fundador y custodio de la Iglesia Católica, a la cual ha garantizado hasta el fin del mundo la asistencia infalible del Espíritu Santo que guía al Sucesor de Pedro junto con el Episcopado unido a él, no podrá tolerar la tentativa de los modernistas de falsificar y deformar la estructura esencial de la Iglesia, la cual, como vivo organismo, ciertamente progresa en la historia, pero conservando inalterada la propia identidad.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 20 de noviembre de 2012
Notas
¹ El padre Cavalcoli, al usar el término "inmundicia" ("sporcizia" en el original italiano) se remite al mismo término usado por el cardenal Joseph Ratzinger, el viernes santo de 2005. JG
² Véase mi libro Karl Rahner. Il Concilio tradito, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2009, II edición 2011.
³ Un gran teólogo de hoy que con franqueza y competencia examina las teologías contemporáneas sobre la base del criterio de lo verdadero y de lo falso, es mons. Antonio Livi con su libro Vera e falsa teologia. Come distinguere l’autentica “scienza della fede” da un’equivoca “filosofia religiosa”, Casa Editrice Leonardo da Vinci, Roma 2012.
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum modernismus possit catholicismum redefinire et orthodoxiam supplere
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod modernismus possit catholicismum redefinire.
1. Nam quidam affirmant vocabulum catholicum latius et syncretistice aperiendum esse, ita ut attributa contraria et arbitraria includantur, ad favendum dialogo et aperturae. Sic definitio a Magisterio data sectaria vel confessionalis reputaretur, et verus catholicismus in christianismum genericum dilueretur.
2. Praeterea, modernistae categorias artificiosas instituerunt, ut catholicum sinistrum et dextrum, vel progressivum et traditionalistam, distinctionem inter verum et falsum substituentes oppositione inter praecounciliarium et postconciliarium. Secundum hanc sententiam, novum verum esset et antiquum falsum, unde fidelium catholicorum emarginatio iustificaretur.
3. Item, cum modernistae multos in Ecclesia honores adepti sint, videtur quod eorum auctoritas sit accipienda, etiam cum orthodoxos catholicos sub praetextu inoboedientiae persequuntur. Dicitur enim nova inquisitio non haeresim punire, sed orthodoxiam, et qui superioribus modernistis resistit, poenis exponitur.
Sed contra est Scriptura, quae docet Christum Ecclesiam ut Sponsam suam instituisse et eius assistentiam usque ad finem mundi promisisse. Apostolus Paulus monet sanam doctrinam servandam et novitates vitandas quae fidem corrumpunt. Thomas docet veritatem revelatam immutabilem esse et Ecclesiam in historia progredi identitatem essentialem servando. Magisterium affirmat Catechismum Ecclesiae Catholicae, in continuatione cum Tridentino et cum sancto Pio X, authenticam catholicismi definitionem praebere, quam nulla ideologia supplere potest.
Respondeo dicendum quod modernismus catholicismum redefinire neque orthodoxiam supplere potest, quia identitas Ecclesiae a Christo fundatae in sua essentia inalterata permanet. Ars modernistarum definitionem catholicismi corrumpendi, categorias ideologicas fingendi et fideles orthodoxos persequendi est deformitas quae vultum Sponsae Christi deturpat. Ecclesia vera in historia proficit, sed identitatem suam intactam servat, in doctrina, sacramentis, traditione apostolica et communione cum Papa fundata.
Ergo necesse est episcopos excitari et orthodoxiam fortiter defendere, seminaria a magistris modernistis liberare et rectam futurorum sacerdotum formationem curare. Spiritus Sanctus Ecclesiam dirigit nec sinet modernistas eius structuram essentialem falsificare. Fiducia in episcopos servanda est, non tam in singulos, sed in eos qui cum Papa coniuncti sunt, quia in hac communione assistentia divina praestatur.
Ad primum dicendum quod apertura syncretistica vera apertura non est, sed corruptio identitatis catholicae, quae fideles criteriis certis discernendi privat.
Ad secundum dicendum quod categoriae ideologicae distinctionem inter verum et falsum non supplent, et verus progressus est Spiritus Christi, non illuminismus vel hegelianismus.
Ad tertium dicendum quod auctoritas superiorum modernistarum persecutionem orthodoxiae non iustificat, sed requirit ut episcopi et fideles doctrinam veram defendant in oboedientia Papae et Magisterio.
JG
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