El debate sobre los títulos marianos, y en particular sobre el de corredentora, exige un tratamiento riguroso desde la metafísica de la participación y la analogía del ente. ¿Cómo entender la colaboración de María en la obra redentora sin caer en el panteísmo ni en la confusión con la unicidad de Cristo? ¿Qué valor tienen las letanías tradicionales que atribuyen a la Virgen títulos de resonancia cristológica, como Causa nostrae laetitiae o Refugium peccatorum? La reciente Declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha reavivado una cuestión que la teología y la mariología católica han afrontado durante siglos con profundidad y fidelidad al Magisterio. El padre Giovanni Cavalcoli ofrece en este breve artículo una reflexión clara y erudita sobre el significado analógico de los títulos marianos, mostrando cómo, lejos de disminuir el primado de Cristo, expresan la riqueza de la devoción y la participación de los fieles en la obra de la gracia. Invitamos al lector a leer atentamente este texto, que ilumina con precisión tomista y sensibilidad pastoral un tema de gran actualidad e importancia para la vida de la Iglesia.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 8 de mayo de 2026
El significado analógico de los títulos marianos en las letanías del Rosario
El significado analógico de los títulos marianos en las letanías del Rosario
(Traducción del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su blog el 8 de mayo de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-significato-analogico-dei-titoli.html)
Como saben los devotos de la Beata Virgen María, el mes de mayo está particularmente dedicado a Ella con el ejercicio de la práctica del Rosario. La iniciativa de tal práctica, según lo que nos llega de una venerable tradición, debe remontarse a algunos novicios dominicos italianos del siglo XV, los cuales, para honrar dignamente a la Santísima Madre de Dios y expresar su viva devoción y ardiente afecto por Ella, tuvieron la idea de inspirarse en el uso de los jóvenes de entonces de hacer don de una corona de rosas a su amada en el mes de mayo.
Pensaron entonces en asumir aquella práctica con una feliz transposición simbólica, dándole un significado místico y llamando así por similitud «Rosario» a la recitación de 150 Ave Maria en honor y alabanza de la Beata Virgen. En el siglo XVI se añadieron luego las letanías llamadas «lauretanas», porque esta práctica había tenido inicio en la Santa Casa de la Madonna en Loreto. Los Dominicos añadieron después a esta serie de invocaciones litánicas otra colección ideada por ellos de 100 letanías.
La cuestión que deseo afrontar en este artículo es la del vínculo entre los títulos marianos y los cristológicos. Esta cuestión ha emergido de manera viva y comprometida con ocasión de la reciente Declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe Mater populi fidelis, que ha declarado «impropio» el uso del título de corredentora, por temor de que este detraiga de la unicidad de la obra redentora divina de Cristo y ponga a María a la par de Cristo.
Naturalmente la Declaración no hace una cuestión de verdad, sino de lenguaje. Decir «impropio» no significa falso. Ni esto sería concebible, dado que el uso del título de corredentora, surgido en el siglo XV, ha sido aprobado por la Iglesia, ilustrado por mariólogos, usado por muchos Santos, no excluidos algunos Papas. Sería ridículo e impensable suponer que hoy la Iglesia se haya dado cuenta de haberse equivocado durante seis siglos en materia dogmática cual es la que concierne a los títulos marianos.
En verdad no es que de inmediato el título de corredentora no se muestre problemático. Aquel «co» suscita la idea de una colaboración o compartición en pie de igualdad en una obra divina que, en cuanto tal, no puede haber sido cumplida sino por Dios solo.
Pero precisamente aquí está la característica de la vida del cristiano, hijo de Dios, imagen de Cristo, en poder participar, en virtud de la gracia, en la misma obra del Redentor, hasta el punto de convertirse él mismo, permaneciendo criatura limitada y pecadora, en redentor de sí mismo y del prójimo. Cuando San Pablo dice que nosotros somos «colaboradores» de Cristo, no quiere decir otra cosa que esto.
Pero para entender esto, es necesario poner en juego la noción metafísica de participación y usar el método de la analogía del ente. En efecto, los atributos divinos y los títulos cristológicos, gracias al misterio de la Encarnación, aunque en sí mismos divinos y por tanto sobrehumanos, se han convertido, en el cristianismo, en valores analógicos y participativos. Dios, Ente supremo, se convierte en el sumo analogado de una multiplicidad de analogados inferiores, es decir, nosotros los cristianos. Además, Dios, Ser por esencia, es participado por una multiplicidad de entes, los cristianos, los cuales poseen el ser divino por participación, lo cual no es otra cosa que la vida de la gracia santificante.
En el cristianismo el hombre en gracia, y gracias a Cristo, permaneciendo hombre, frágil, mortal y pecador, participa de diversos modos y grados en la vida divina asumiendo una vida sobrenatural, la vida de la gracia, semejante a la vida misma de Dios. Este es el milagro del cristianismo. El riesgo, en este punto, para la mística cristiana, es el de, tomados por el entusiasmo, exaltar tanto esta simbiosis entre Dios y el hombre, que se desborde en el panteísmo, como por ejemplo le sucedió a Escoto Eriúgena, y a Eckhart y a Hegel.
Si en efecto, con el pretexto de que la redención es obra divina, nos hacemos un concepto unívoco de Redención, no analógico y no participativo, como en cambio es el de San Pablo, de San Juan y de San Pedro, no entendemos nada de este concepto, y se comprende en cambio la posición de Lutero, que, del todo ajeno a la noción analógica y participativa del ente, niega al cristiano la posibilidad de colaborar activamente, mediante el sacrificio de sí y el sacrificio de la Misa, en la obra redentora de Cristo y, por consecuencia, niega a la Virgen María cualquier título que pueda hacer pensar, como el de corredentora y otros semejantes ¹, en una su excelsa e insuperable colaboración o participación en la obra redentora con el pretexto de que Cristo es el único Redentor. Esto significa entonces que el cristiano como tal es un corredentor. La diferencia entre el cristiano común y María no está en el hecho de que María sea corredentora y el cristiano no lo sea, sino en que María es corredentora en el grado máximo alcanzable por una simple criatura.
¿Queremos pensar que los mariólogos católicos desde hace seis siglos, a menudo expertos en metafísica y en teología tomista, hayan sido tan ingenuos y desprevenidos como para no darse cuenta de las posibles dificultades hermenéuticas que puede ofrecer este título mariano y no hayan sido capaces de remediar esas dificultades? Para informar al lector al respecto, le aconsejo leer la doctísima exposición histórico‑doctrinal del ilustre mariólogo servita Padre Gabriele Roschini en su Summa Mariologiae ².
En efecto, el grave problema que se plantea es el de entender el título de corredentora de modo que el concepto no divinice a Nuestra Señora ³ y no detraiga de la soberana unicidad de la obra redentora de Cristo poniendo a María a la par de Cristo. El concepto en su correcta interpretación, tal que resuelva toda dificultad, está bien explicado, además de por Roschini, también por la Enciclopedia Cattolica, en la voz correspondiente, a la cual remito.
En realidad en las letanías lauretanas como en las dominicanas hay algunos títulos que hacen surgir el mismo problema que suscita el título de corredentora. Pongamos algunos ejemplos: Causa nostrae laetitiae, Ianua caeli, Salus infirmorum, Refugium peccatorum, Consolatrix afflictorum.
De modo semejante, en lo que respecta a las letanías dominicanas, María es invocada con títulos como: escala de Dios, puerta del paraíso, nuestra verdadera esperanza, fuente de dulzura, nuestra resurrección, nuestra verdadera salvación, nuestra abogada, disipadora de las tinieblas de la noche eterna, canceladora de la sentencia de nuestra condena, nuestra recompensa, consoladora de los que a ti recurren, rescate de todos los perdidos, alegría de Israel, liberadora de nosotros pecadores. ¿Son exageraciones? No, basta entenderlos con el criterio que he dicho, así como debe entenderse el título de corredentora.
Si alguien objetara: ¿no son acaso todos estos títulos cristológicos? ¿Con qué derecho los atribuimos a María? Yo respondería: ¿por qué tantas discusiones sobre el título de corredentora, mientras que el Dicasterio para la Doctrina de la Fe no tiene nada que objetar respecto de estos títulos, usados desde hace siglos cada día por una infinidad de devotos de María esparcidos por el mundo?
En efecto, estos títulos, debidamente aclarados, como el de corredentora, no derogan en absoluto el primado divino de Cristo, sino que expresan de modo enfático, que es el lenguaje del amor, nuestra devoción a María. Por otra parte nos preguntamos: si es impropio llamar a María con el título de corredentora, ¿entonces es impropio llamarla con estos títulos?
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 7 de mayo de 2026
Notas
¹ Que aparecen en las letanías lauretanas y en las dominicanas.
² Editrice Ancora, Milán 1942, vol. II, pars prima, pp. 297‑479.
³ En una especie de panteísmo mariológico o idolatría mariana.
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum titulus Corredemptricis et alii similes possint attribui Virgini Mariae
sine detrimento unitatis operis redemptivi Christi
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod titulus Corredemptricis et alii similes non possint attribui Virgini Mariae sine detrimento unitatis operis redemptivi Christi.
1. Quia nomen Corredemptricis suggerit aequalem cooperationem in opere divino, quod ex sua natura solus Deus efficere potest. Si talis titulus admittatur, periculum est ne Virgo divinizetur et aequari Christo ponatur.
2. Praeterea, redemptio est actus unicus et exclusivus Redemptoris. Si Mariae vel christianis concedatur titulus Corredemptorum, confunditur causalitas efficiens Dei cum participatione creaturarum, quod violat principium non‑contradictionis.
3. Item, usus titulorum Marianorum resonantiae christologicae, ut porta caeli vel salus infirmorum, posset inducere fideles in errorem, quasi Maria substituat vel communicet propriam functionem Christi.
Sed contra est quod Apostolus docet christianos esse cooperatores Christi in opere salutis. Traditio Ecclesiae a saeculo XV usum tituli Corredemptricis approbavit, mariologia illustravit, in litanias inseruit et in devotione sanctorum ac populi christiani sustentavit. Scriptura ipsa loquitur de cooperatione fidelium in opere Dei, sicut cum dicitur nos esse cooperatores veritatis.
Respondeo dicendum quod tituli Marianorum intelliguntur secundum analogiam entis et notionem metaphysicam participationis. Attributa divina et tituli christologici, per mysterium Incarnationis, fiunt valores analogici et participativi. Deus, Ens per essentiam, participatur a christianis, qui divinum esse per participationem possident, quod est vita gratiae sanctificantis. Sic christianus, filius Dei et imago Christi, participat in opere Redemptoris et potest dici redemptor sui ipsius et proximi.
Titulus Corredemptricis, Mariae applicatus, non significat aequalitatem cum Christo, sed eminentem participationem in eius opere. Maria, per singularem unionem cum Filio, attingit summum gradum cooperationis possibilem creaturae. Ideo invocatur titulis ut causa nostrae laetitiae, porta caeli, refugium peccatorum, consolatio afflictorum, scala Dei, fons dulcedinis, vera spes nostra, resurrectio nostra, salus nostra, advocata nostra, dissipatrix tenebrarum noctis aeternae, cancellatrix sententiae damnationis nostrae, redemptio omnium perditorum, laetitia Israel et liberatrix peccatorum. Hi tituli, longe ab exaggerationibus, exprimunt sermone amoris participationem Mariae in opere Christi.
Error oritur cum titulus univoce interpretatur, quasi Virgo eandem causalitatem efficientem cum Christo communicet. Sed analogice intellectus, titulus exprimit liberam et amantem cooperationem Matris Dei in redemptione, sine divinizatione nec diminutione unitatis Redemptoris.
Ergo tituli Marianorum, etiam qui christologici videntur, ut Corredemptrix, non sunt improprii nec falsi, sed sunt expressiones analogicae amoris et participationis in opere divino. Longe ab aequatione Mariae cum Christo, manifestant magnitudinem gratiae et communionem sanctorum in oeconomia salutis.
Ad primum ergo dicendum quod titulus non implicat aequalitatem, sed participationem analogicam.
Ad secundum dicendum quod causalitas efficiens soli Deo competit, sed creaturae per analogiam participant in opere divino, sicut Scriptura docet.
Ad tertium dicendum quod tituli Marianorum resonantiae christologicae fideles non confundunt, si analogice et participative intelligantur, sicut traditio Ecclesiae fecit.
JG
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