lunes, 2 de marzo de 2026

El padre Tomas Tyn y el lefebvrismo

¿No es acaso uno de los mayores peligros de la Iglesia actual la falsa contraposición entre lefebvrianos y modernistas, que reducen el ser católico a facciones ideológicas? ¿No deberíamos recordar que el católico, como tal, está por encima de partidos y etiquetas, siendo simplemente universal? En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo el padre Tomas Tyn, fiel al Magisterio y profundamente tomista, fue tradicionalista en el sentido legítimo, pero nunca lefebvriano, y cómo su pensamiento ilumina la verdadera noción de Tradición como progreso en la comprensión de la Palabra de Dios. ¿No es urgente liberar su figura de las calumnias que lo quisieron encasillar y dar nuevo impulso a su causa de beatificación? ¿No es tiempo de reconocer que la auténtica teología, sea tradicional o innovadora, debe servir siempre a la comunión y a la verdad? La vida y doctrina de Tomas Tyn aparecen como un testimonio luminoso para reconciliar tendencias opuestas y devolver a la Iglesia su fuerza evangelizadora..

El padre Tomas Tyn y el lefebvrismo

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 7 de septiembre de 2015 en la revista telemática L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/padre-tomas-tyn-e-il-lefebvrismo/)

A menudo nos decimos que necesitamos buenos teólogos, en una situación como la actual, en la cual los mayores daños a las almas y a la Iglesia son causados precisamente por los malos teólogos. Sin embargo, es tan fuerte, seductor e insidioso el influjo y el poder de estos teólogos, que incluso el buen católico, que ama la verdad y no desea más que seguir el Evangelio, la sana doctrina y el Magisterio de la Iglesia, encuentra dificultad o es fácilmente engañado en el conocimiento de los correctos criterios de juicio, de discernimiento y de valoración para saber reconocer a los teólogos válidos y distinguirlos de los impostores, de los mercachifles y de los teologastros o, como diría Cristo, de los falsos profetas y de los lobos disfrazados de corderos.
Aún así, conocer estos criterios no debería ser demasiado difícil. Puesto que todos debemos y podemos ser salvos, pues Dios, en los modos más diversos, no niega a ningún hombre de buena voluntad el conocimiento de la verdad salvífica. Benedicto XVI supo decir que, para distinguir a los buenos teólogos de los malos, es necesario confrontarlos con el Catecismo, donde encontramos las verdades fundamentales de la fe. De hecho, hoy los errores de ciertos teólogos son de tal manera groseros y garrafales, que no se limitan como en el pasado a sutiles sofismas nacidos de disquisiciones de escuela, donde entonces, al fin de cuentas, eran cosas que entendían solo los capacitados para el oficio y eran simples opiniones de escuela, que no ponían en discusión el dogma por todos tranquilamente aceptado, sino que hoy los errores afectan a todas las verdades fundamentales de la fe, desde los atributos divinos a la Santísima Trinidad, a los dogmas de la creación, de la existencia de los ángeles, de la constitución del hombre, del paraíso terrenal y del pecado original, de la gracia, de la virginidad de María, de la Encarnación, de la Redención, de la Resurrección de Cristo, hasta la liturgia, la moral natural y sobrenatural, la naturaleza de la Iglesia, el origen y los fines de la Iglesia, la escatología, el valor de los milagros y de las profecías, de la misma fe, de la Tradición, de la Escritura y del Magisterio de la Iglesia. No se salva nada y todo es puesto en discusión, todo es puesto en duda o negado o falsificado.
Los pocos teólogos competentes, doctos, sabios, equilibrados, valientes y fieles al Magisterio, son fácilmente marginados, difamados, ignorados o incluso perseguidos por un poder modernista o rahneriano que ahora se ha establecido y consolidado en los ambientes académicos y desde la autoridad eclesiástica, de tal manera que está hoy operante una inquisición modernista tanto e incluso más vigilante y dura que aquella inquisición romana de la época de San Pío X y de monseñor Umberto Benigni contra los modernistas de aquel entonces, menos peligrosos que los de hoy, con la diferencia de que si un pobre padre Lagrange o el padre Juan Arintero o el cardenal Andrea Carlo Ferrari fueron sospechados injustamente de modernismo por parte de los ortodoxos conservadores, hoy los ortodoxos, incluso moderadamente progresistas, como los maritainianos, son vejados, acosados y perseguidos por parte de los modernistas.
Al dominico padre Tomas Tyn le ha golpeado la misma suerte. Docente en los años ochenta en el Estudio Teológico dominicano de Bologna, teólogo docto, celoso, valiente, generoso, tomista, ferviente y fidelísimo al Magisterio de la Iglesia, ponía en guardia con mucha energía y extraordinaria riqueza de argumentaciones contra los errores serpenteantes tanto en el campo doctrinal como en el de la moral: sobre todo modernistas, laicistas, relativistas, comunistas, existencialistas, protestantes, idealistas y panteístas.
El padre Tomas sentía un particular interés por los valores de la tradición católica, advertía la misión de recordarlos a quienes los habían olvidado o descuidado, en aquel clima de entonces, clima de descriteriado rechazo del pasado, que, como bien sabemos, caracterizó esos años agitados, que quedaron en nuestra memoria como período de la "contestación", durante el cual, bajo el pretexto de la renovación conciliar, muchos neciamente abandonaban o cambiaban valores sagrados e inmutables, que debían haber sido conservados. En aquellos mismos años, por otra parte, para complicar las cosas surgió un movimiento de católicos por iniciativa de monseñor Marcel Lefèbvre, quien consideraba erróneamente que las nuevas doctrinas del Concilio estaban infectadas de modernismo, racionalismo, iluminismo, antropocentrismo, liberalismo e indiferentismo. El Concilio, por lo tanto, según Lefèbvre, había roto con la Sagrada Tradición, proponiendo novedades dañosas, que ya habían sido condenadas por el Magisterio preconciliar. Por consiguiente, según él, la Iglesia, con el Concilio, se había desviado de la verdad y era necesario que hiciera su retorno a ella rechazando como falsas esas doctrinas. Entre las novedades por él condenadas, Lefèbvre ponía también la Misa reformada promulgada por Paulo VI, sosteniendo que la única Misa válida, la "Misa de siempre", como la llaman los lefebvrianos, era la precedente, de San Pío V: para ello era necesario desechar inmediatamente la nueva Misa y retornar a la antigua.
El padre Tomas aceptó con docilidad la nueva Misa del Concilio, tanto que todos los días la celebraba, tanto en el convento, como los domingos en la parroquia de Santiago extramuros en Bologna, donde prestó servicio durante 14 años, desde 1976 a 1989. Murió el 1 de enero de 1990, con apenas 39 años de edad.
No ocultaba su admiración por la Misa tridentina, de la cual exaltó su belleza en una larga carta, que escribiera en 1985 al entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger, quien le complació enviándole una significativa respuesta, en la cual él declaraba su conformidad ¹. Esto constituye ciertamente la condición que permitió en cierto momento, en el mismo año, al cardenal Giacomo Biffi, arzobispo de Bologna, hacer que el prior del convento boloñés pidiera al padre Tomas Tyn celebrar semanalmente en el convento en forma privada la Misa Tridentina para un grupo de fieles, que anteriormente se habían dirigido al Cardenal, lo que el padre Tyn hizo hasta que dejó Bologna en 1989 afectado de una enfermedad, que lo condujo a la muerte.
El padre Tomas fue un tradicionalista, pero en el sentido loable de la palabra, en cuanto atención preferencial a los valores de la tradición, más que a los valores de lo nuevo o del progreso. Ya su simpatía por la Misa Tridentina puede hacernos conjeturar una cosa de tal género. Sin embargo, el padre Tyn no tenía nada que ver con el tradicionalismo lefebvriano, aunque algunos, sobre todo del ambiente modernista o despreciativo de la tradición, desinformados, por interés o en mala fe, lo habían confundido con un lefebvriano.
En efecto, ¿en qué consiste el lefebvrismo? Pues bien, en la convicción de que con el Concilio Vaticano II la Iglesia, infectada o contagiada por el modernismo, ha enseñado, bajo pretexto de la "pastoralidad", doctrinas falsas sobre sí misma y dañosas acerca de la relación con el mundo moderno, fallando en su responsabilidad de guardiana de la sagrada Tradición. Los lefebvrianos reconocen la validez y legitimidad del Concilio, pero, aunque de hecho el Concilio emana doctrinas, que ellos rechazan como falsas, lo consideran solamente pastoral y, dado que en la pastoral la Iglesia no es infalible, creen que enseñe doctrinas erradas o que puede estar erradas. Los lefebvrianos no ven en el Concilio un testigo, sino un traidor de la Tradición. No comprenden que el Concilio ha traído un progreso en la Tradición, de modo conforme a cuanto el mismo Concilio enseña sobre la Tradición, donde dice que ella "progresa" y "crece" en el conocimiento de las verdades reveladas, que ella nos transmite ², contenidas también en la Sagrada Escritura, por lo cual ella es explicitación y complemento de cuanto está contenido en la Sagrada Escritura, ambas como si formaran una sola cosa ("in unum coalescunt"), una sola Palabra de Dios, fuentes de la divina Revelación custodiada e interpretada infaliblemente por el Magisterio de la Iglesia.
Nada hay de estas ideas lefebvrianas en el padre Tomas, que si, como he dicho, muestra una particular atención por la Tradición, no tiene ninguna dificultad en verla confirmada, continuada y avanzada en las enseñanzas del Concilio y del siguiente Magisterio de la Iglesia. El padre Tomas, al contrario de los lefebvrianos que pretenden encontrar errores en las doctrinas del Concilio, nunca jamás se atrevió a dirigir ninguna crítica a las doctrinas del Concilio, sino que sólo las elogia, aunque precisando que deben ser debidamente interpretadas y poniendo en guardia contra las malas interpretaciones o instrumentalizaciones operadas por los modernistas.
El padre Tomas, fuerte en su fe solidísima y teológicamente bien fundamentada, se da cuenta perfectamente con aguda lucidez y fino discernimiento de tomista, reaccionando con extrema oportunidad y energía, y una crítica inexorable, de la indisciplina, de las imposturas y de las desviaciones teológicas, que pululan en sus tiempos, las cuales encubren deslealmente sus engaños con la autoridad del Concilio, y se cuida bien de no dejarse engañar por la calumnia de los lefebvrianos, que quisieran encontrar la causa de esas desviaciones en el propio Concilio.
El padre Tomas, con esa su franqueza y parresía, con su distribuir a manos llenas el agua de la sabiduría y con su batalla contra los falsarios y enemigos de la fe, "piedra de tropiezo" (Rom 9,33) y "roca de escándalo" (1 Pe 2,8), no podía dejar de crear en torno a sí dos campos opuestos, uno armado contra otro: por una parte, una multitud de admiradores y devotos, no solo creyentes, sino también gente sencilla y de buena voluntad, a los cuáles él también guiaba y ayudaba con su caridad sacerdotal y su alta prudencia pastoral, sobre todo entre los pobres y los humildes, pero también en todos los ambientes sociales -llegaba a todas partes con su intensísima actividad apostólica-; y el progresivo adensarse de las nubes de tormenta de aquellos, sobre todo en los ambientes culturales de izquierda pero también de derecha, modernistas, fariseos, masones, comunistas, protestantes, arribistas, oportunistas, etc., cada vez más irritados por sus palabras de fuego que punzaban las conciencias de todos ellos. Pero la tempestad debía estallar después de la muerte.
Un tema fundamental de la especulación tyniana es el de la libertad ³, que debe estar fundada sobre la verdad, regulada por la ley moral, sobre todo por la caridad, libertad como dominio de la persona sobre sus propios actos, libertad como principio de justicia, libertad como primado de la persona sobre el bien común y, por tanto, rechazo de todo totalitarismo de derecha o de izquierda, pero también y sobre todo, como diría san Agustín, "libertad bajo la gracia".
En esto podríamos hacer una conexión entre Tyn y el padre Giorgio Callegari, dominico de origen veneciano, quien a fines de la década de 1960 en Brasil, junto con otros, luchó y sufrió por la liberación de las clases populares de un régimen tiránico, que hipócritamente se llamaba católico y veía el comunismo en el mero hecho de luchar por la justicia social.
El padre Tomas, en cambio, conocía el rostro cruel e inhumano del comunismo, por lo que él también luchó y sufrió por la libertad, y mientras el padre Callegari, calumniosamente acusado de ser comunista, luchaba por el cambio de las condiciones sociales, la lucha del padre Tomas Tyn, confundido por un fascista y un lefebvriano, fue la de desenmascarar las raíces hegelianas de los totalitarismos de derecha y de izquierda, últimos vástagos de aquel inmanentismo luterano que, después de haber arrebatado el Evangelio a la Iglesia, y haberlo entregado en manos del Estado, sentaba las bases para esas deificaciones del Estado, que en el siglo XX serían reveladas en el nazismo y en el comunismo.
Dos dominicos unidos en el mismo ideal de la verdad, de la justicia y de la libertad, aunque tan diferentes por el recíproco contraste de los climas sociales e históricos en los que vivieron. El padre Tyn debe ser liberado de la etiqueta de lefebvriano que le impusieron los modernistas, mientras que el padre Callegari de la de comunista que le ensillaron los ricos. La fama de santidad debe siempre abrirse camino a través de los malentendidos, las calumnias y las mentiras que quisieran detener el avance imparable de los testigos del Evangelio.
Subsecuentemente, en los primeros años del 2000, Dios ha concedido a la Iglesia un gran regalo de su gracia a fin de hacer resplandecer aún más en beneficio de toda la Iglesia, esa luz que el padre Tomas ya había derramado durante su vida terrena entre aquellos a los que él había conocido, familiares, fieles de la Iglesia de Bologna y de otros lugares, cofrades, penitentes, amigos y enemigos, personas de toda clase y condición, creyentes y no creyentes, especialmente sufrientes y sedientos de verdad, de justicia, de libertad y de santidad.
Así los dominicos checos, a principios del 2000, se hicieron promotores de la Causa de Beatificación del padre Tyn, no sólo por su fama de santidad allí alcanzada, sino también, y fue lo decisivo, por la sobreañadida noticia o descubrimiento del voto que él había hecho al momento de su ordenación sacerdotal en 1975 y mantenido por él en secreto, de ofrecer su vida bajo la protección de la Virgen por la liberación de su patria de la opresión comunista. Ahora bien, Dios quería que el padre Tomas muriera precisamente el 1° de enero de 1990, al final de una breve y dolorosísima enfermedad, cuando el presidente de la República, Vaclav Havel, inauguró el nuevo gobierno en medio del regocijo de toda la nación. En aquella ocasión, habiendo ya públicamente a saber del voto del padre Tomas, fue inmediatamente elevado a la categoría de héroe nacional, tanto es así que esa misma Televisión del Estado que hasta unos meses antes era un órgano del partido comunista, exaltó el heroico testimonio del padre Tyn.
El pensamiento del Siervo de Dios se puede calificar ante todo como genuinamente, inequívocamente y totalmente católico y más precisamente tomista, dada su absoluta adhesión a la doctrina de la fe, interpretada, enseñada y custodiada por el Magisterio de la Iglesia. En tal modo, como reitera a menudo su estudioso Gianni Battisti ⁴, es posible encontrar en el pensamiento de Tyn qué significa exactamente ese ser católico, tal como es definido por la Iglesia Católica ⁵, nombre que hoy es llevado a equívoco, malinterpretado, instrumentalizado, falsificado y maltratado de mil modos creando una enorme confusión, daño a las almas y descrédito del nombre católico, con el que se hace pasar todo tipo de imposturas y de herejía. Pero nada impide que, queriendo ulteriormente precisar este catolicismo de Tyn, él pueda ser calificado como "tradicionalista". Sin embargo, es sobre este punto que han surgido y se han desatado los más odiosos, obstinados y nefastos equívocos y malignidades contra el teólogo, dado que algunos católicos, vinculados al lefebvrismo, han intentado, aunque en vano, hacer del padre Tomas uno de los ellos; mientras que otros, de orientación modernista y son la mayoría, además de disponer en la Iglesia de un fuerte poder, intentan desacreditar al padre Tomas presentándolo o haciéndolo pasar como lefebvriano o filolefebvriano. Pero la operación deshonesta de estos últimos consiste en el hecho de que ellos condenan en bloque como "tradicionalista" a todo aquel que no sea modernista o "progresista", como ellos, para darse una patente de legitimidad, se autoproclaman, confundiendo en un único apelativo deshonroso el tradicionalismo legítimo, como es precisamente el de Tyn, con el tradicionalismo cismático de los lefebvrianos.
No obstante los reiterados intentos de los testigos y actores del proceso de beatificación abierto en Bologna en 2006 por el cardenal Carlo Caffarra, de arrancar estas hierbas venenosas, se han alineado entre el pueblo y los fieles, hasta el punto de poner obstáculos a la continuación del proceso, cuya fase diocesana estaba casi terminada, por lo cual el material testimonial estaba casi listo para ser enviado a Roma a la Congregación para las Causas de los Santos a fin de conducirlo a término. Así, parece urgente una intervención de las autoridades competentes y de todos los devotos del Siervo de Dios para dar a la Causa un nuevo impulso, considerando que la sublime doctrina y el brillante ejemplo del padre Tyn, por su equilibrio, su coraje y su sabiduría, podría desarrollar un rol preciosísimo en la difusión de la verdad, en la refutación de los errores, en la promoción de las buenas costumbres en los individuos y en la sociedad, en el favorecer la justicia y la comunión eclesiales y en el hacer obra de paz, reconciliando a las partes adversas, de derecha e izquierda, que hoy, con su fanática presunción e intransigencia, están destrozando a la Iglesia y la paralizan en su tarea de evangelización del mundo.
Lo sumamente deseable es, por lo tanto, que la Causa de Tyn pueda progresar por una valiente y decisiva intervención de sus seguidores, de sus devotos, de sus discípulos y de los estudiosos del padre Tyn, esparcidos en Italia, en República Checa y en el mundo, desde Alemania a Francia, España, Estados Unidos, Austria, Suiza, Filipinas, Hungría, Eslovenia, México, Brasil, Argentina, Albania, Malta. Esta contraposición de fuerzas es uno de los signos más macroscópicos de los problemas más graves de la Iglesia actual, es decir, la absolutización e ideologización de los dos partidos opuestos de los lefebvrianos y de los modernistas, quienes, arrogándose del Papa la función de censores de la Iglesia, se condenan y se excluyen entre sí, como si se tratara de separar a los impíos de los justos. No hay duda de que estas categorías tienen valor, siendo usadas por la Biblia misma, la cual sin embargo no las usa en absoluto en ese sentido mezquinamente faccioso y sesgado, sino solo en relación a la obediencia o desobediencia a Dios, donde en los casos individuales es prudente abstenerse del juzgar. Pero el problema que nos aflige es la necedad con la cual estas dos categorías vienen a ser usadas por estos dos partidos, que las reducen a su visión parcial, unilateral y facciosa. Tales categorías tienen sentido solo en relación a quien sirve a Dios y a quien lo odia; cosa no fácil de juzgar en los casos individuales. De ahí la necedad y la temeridad de usarlas únicamente en referencia al propio partido, además de esto comprometido por ideas equivocadas y heterodoxas.
El católico como tal, como bien lo ha destacado mons. Antonio Livi en L'Isola di Patmos ⁶, no es ni progresista ni tradicional, sino simplemente católico sin adjetivos; está por encima de los partidos. "Católico" quiere decir "universal": ¿qué católico sería alguien que es parcial? Salvo que no se trate de especificaciones que no tienen que ver con las verdades de fe, sino que añaden a lo católico algo accidental, como sería por ejemplo distinguir al católico francés del italiano o el católico joven del católico adulto. En cambio, reducir, como hacen lefebvrianos y modernistas, el ser católico a las estrechas dimensiones de su corriente, es ofender la sacralidad y la universalidad del nombre católico. No hay ningún problema en calificarse como tradicionalista o progresista: es del todo lícito y normal, siempre que esto ocurra dentro del lecho de la ortodoxia y de la comunión con la Iglesia y el Sumo Pontífice, como expresiones accidentales, modales y contingentes de legítimos diversos modos de vivir el propio catolicismo, en el respeto y en la colaboración con la tendencia opuesta, dado que de por sí la una y la otra tendencia están hechas para integrarse recíprocamente y juntas servir a la Iglesia.
Otra cosa a tener en cuenta. Los contenidos de la teología están sujetos a lo largo de la historia a una continua profundización y clarificación, gracias a la investigación del teólogo. Para ello existe una teología tradicional, que expresa y comenta los datos ya adquiridos, por ejemplo, por los grandes maestros como Tomás de Aquino; y una teología nueva o innovadora, que presenta los resultados de las investigaciones más recientes, a menudo solo opinables o hipotéticas, por lo tanto discutibles, y que también pueden estar erradas. El teólogo, en principio, tiene esta doble tarea: comentar los datos tradicionales, ya adquiridos, quizás exponiéndolos con un lenguaje moderno; y dedicarse a la búsqueda o investigación o a la formulación de nuevas teorías o interpretaciones, naturalmente sobre la sólida base de las ya adquiridas. El teólogo más interesado en el progreso, podría ser llamado "progresista", pero que nada tiene que ver con "modernista", que es una forma falsa de hacer progresar y modernizar la teología.
El padre Tomas prefirió dedicarse a la exposición de las doctrinas tradicionales, sin que por ello él despreciara en absoluto las nuevas, que se presentaban como desarrollo o explicitación de las doctrinas del Concilio. A ellas, en efecto, les prestó atención y no ha dejado de hacer él mismo nuevas contribuciones, por ejemplo, al progreso de la metafísica o a la doctrina de la gracia y de la libertad en relación con la psicología. En todo caso y en el sentido antes mencionado, se le puede calificar como teólogo tradicionalista, calificación de la cual él era consciente y de la cual se enorgullecía.
Revisar con el padre Tyn los contenidos de la Tradición, tal como nos son dejados y emergen del Magisterio de la Iglesia, partiendo de la tradición apostólica hasta el Magisterio del papa Francisco, es un ejercicio saludable de ortodoxia católica, que corrige el concepto lefebvriano de tradición, bloqueado en la época del Concilio, mostrando cómo el progreso postconciliar en el conocimiento de la Palabra de Dios, bajo la guía de la Iglesia, es la experiencia más auténtica hoy de la Sagrada Tradición.

P. Giovanni Cavalcoli,
Varazze, 7 de septiembre de 2015

Notas

¹ La correspondencia entre el padre Tyn y el Cardenal está publicada en este mismo blog aquí. (JG)
² Constitución dogmática Dei Verbum, n. 8.
³ Cf. la antología de sus escritos sobre la libertad en La liberazione della libertà, editado por G.Cavalcoli, Edizioni Fede & Cultura, Verona 2008.
⁴ Cf. Prestazione a T.Tyn, La Forza della verità. Lezioni di teologia, Diffusione Editoriale Umbilicus Italiae, Rieti 2012.
⁵ Véase el Catecismo de la Iglesia Católica.
⁶ Véase aquí.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum lefebvrismus sit compatibilis cum vera Traditione catholica

Ad hoc sic procediturVidetur quod lefebvrismus sit compatibilis cum Traditione.
1. Quia affirmat se defendere veritates traditionales contra modernismum.
2. Praeterea, quidam dicunt Concilium Vaticanum II doctrinas falsas vel nocivas docuisse, et ideo necessarium esse ad Traditionem priorem reverti.
3. Item, videri posset quod pater Thomas Tyn, propter admirationem Missae tridentinae et curam Traditionis, ideas lefebvrianas participaverit.
4. Denique, cum hodie Ecclesia inter progressistas et traditionalistas divisa sit, videretur legitimum esse se identificare cum uno ex his partibus ad fidem defendendam.

Sed contra est quod Traditio, secundum Concilium Vaticanum II, progreditur et crescit in cognitione veritatum revelatarum, cum Scriptura unam constituens Verbum Dei, a Magisterio custoditum. Ergo lefebvrismus, qui in Concilio perfidiam Traditionis videt, non est compatibilis cum vera Traditione catholica.

Respondeo dicendum quod cogitatio patris Thomae Tyn fuit indubitanter catholica et thomistica, fidelis Magisterio et Traditioni. Ipse cum docilitate novam Missam Concilii accepit, quam cotidie celebravit, licet pulchritudinem Missae tridentinae admiratus sit, nec umquam doctrinas Concilii reprehendit, sed eas laudavit, monens tantum de pravis interpretationibus modernistarum.
Lefebvrismus consistit in opinione quod Concilium doctrinas falsas et nocivas tradiderit, Traditionem prodens. Pater Thomas Tyn autem, sicut omnis catholicus authenticus, in Concilio confirmationem et progressum Traditionis videbat, et calumniam reiciebat eorum qui eum lefebvrianum fingere volebant. Ipsius oppositio semper fuit contra errores doctrinales et morales, non contra Concilium.
Catholicus, ut talis, non est nec progressista nec traditionalista sensu factionis, sed simpliciter catholicus, universalis, supra factiones. Pater Thomas Tyn fuit traditionalista sensu legitimo, attentus valoribus Traditionis, sed numquam lefebvrianus. Ipsius doctrina et exemplum possunt munus pretiosum implere in veritatis propagatione, errorum refutatione, iustitiae et communionis ecclesialis promotionem, atque reconciliationem tendentiarum oppositarum.

Ad primum dicendum quod lefebvrismus Traditionem non defendit, sed eam in praeterito congelat et legitimum progressum sub ductu Ecclesiae reicit.
Ad secundum dicendum quod Concilium doctrinas falsas non docuit, sed Traditionem evolvit, quod pater Thomas agnovit et defendit.
Ad tertium dicendum quod admiratio Missae tridentinae lefebvrismum non implicat, quia pater Thomas semper novam Missam celebravit et Concilium plene accepit.
Ad quartum dicendum quod se identificare cum factionibus progressistarum vel lefebvrianorum est reductio facciosa esse catholici, qui debet esse universalis et Magisterio fidelis, sine adiectivis factionalibus.
   
JG

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