lunes, 2 de febrero de 2026

Reflexiones sobre el fundamentalismo

El padre Giovanni Cavalcoli ofrece en este extenso artículo una reflexión sobre el llamado “fundamentalismo”, mostrando cómo el término ha sido manipulado por los modernistas para descalificar a los católicos fieles al Magisterio, mientras que en su origen designaba una exégesis rígida y acrítica nacida en el protestantismo. A través de un recorrido histórico y doctrinal, el autor distingue entre la fidelidad auténtica al fundamento —Cristo, piedra angular de la Iglesia— y el fundamentalismo como deformación fanática, subrayando la necesidad de un discernimiento cuidadoso en el uso de esta palabra, para no confundir la verdadera tradición con un conservadurismo estéril ni con un insulto modernista. [En la imagen: fragmento de "Cristo Pantocrátor", el icono más antiguo conocido de Cristo Pantocrátor, encaustico sobre panel, del siglo VI, conservado en el Monasterio de Santa Catalina, en Monte Sinaí, Egipto].

Reflexiones sobre el fundamentalismo:
Los modernistas intentan presentar al Sumo Pontífice como si fuera uno de ellos

(El artículo original, en lengua italiana, fue publicado por el padre Giovanni Cavalcoli
en el blog L'Isola di Patmos, el 20 de enero de 2016:

Cada tanto en la literatura y en la publicística católicas, aparece todavía hoy la observación o la acusación de "fundamentalismo", como defecto moral o religioso, así como un método exegético obsoleto. Tal acusación suele ser lanzada frecuentemente contra ambientes atrasados y estancados, por parte de aquellos católicos que quieren ser avanzados y fieles a la Iglesia de nuestro tiempo.
Este término viene usado también por los modernistas, para denotar con desprecio a los católicos firmes y sólidos en sus convicciones, combativos, apegados al dogma y enemigos de las herejías. Pueden ser católicos ya sea más orientados a lo tradicional, como el Siervo de Dios padre Tomas Tyn, o bien más abiertos al progreso, como Jacques Maritain. Son objeto de estos ataques también los discípulos del arzobispo Marcel Lefebvre.
En boca de los modernistas, sucede así que incluso los buenos católicos vienen acusados de fundamentalismo, y son agrupados junto a los lefebvrianos, porque los unos y los otros admiten la eternidad y la inmutabilidad de la verdad, a diferencia de los modernistas, los cuales, como ya señalaba con indignación san Pío X escribiendo: "Son verdaderamente ciegos y guías de ciegos, los que, hinchados con el soberbio nombre de ciencia, deliran hasta el punto de pervertir el eterno concepto de verdad" (Pascendi Dominici Gregis, n.20).
Del término "fundamentalismo" se han posesionado de tal modo los modernistas, para oponerse no sólo a los lefebvrianos, sino también a todos los buenos católicos, fieles al Papa, al Concilio Vaticano II y al Magisterio de la Iglesia. Para el modernista, la acusación de fundamentalismo es infamante, descalificante y es una condena sin apelación.
Se dialoga con el ateo, con el musulmán, con el comunista, con el mafioso, con el masón, con el budista, pero no, sin embargo, con el fundamentalista. Los modernistas no han dudado en acusar descaradamente de fundamentalismo incluso a los Papas del post-concilio, hasta llegar a un gran Papa y teólogo progresista como Benedicto XVI, quien sin embargo nos ha recordado la existencia de "valores no negociables". Por lo cual todavía sigue siendo un fundamentalista.
Con el Papa actual ¹, los modernistas han cambiado de táctica. Habiendo visto que los insultos y las burlas no sirven para corregir a los Papas, ahora ellos recurren a una igualmente descarada adulación, para presentar al Papa como uno de los suyos, aprovechando algunos de sus gestos, acciones o palabras, que pueden prestarse al equívoco o ser malinterpretados, mientras que el Papa no parece preocuparse en remover los malentendidos, por lo que las malas interpretaciones se extienden inmediatamente por todo el mundo, con la consecuencia de que se está profundizando el surco que divide a los modernistas de los lefebvrianos.
Sería necesario que el Papa ² trabajara más por la reconciliación en la Iglesia. Nadie más que él tiene de Dios la capacidad, la autoridad y el poder en la tierra para recomponer la unidad, salvaguardar la unidad, defender la unidad, favorecer y promover la unidad. Uno de los propósitos del Concilio Vaticano II ha sido el de reconstruir la concordia entre los hermanos divididos y separados. En cambio, después de cincuenta años de ecumenismo y de iniciativas pastorales, no sólo no se ha restablecido la unidad entre los cristianos, sino que la Iglesia nunca ha estado tan dividida en su interior. La concordia se encuentra sobre la base de la unidad de la fe en Cristo. Él es la "piedra angular" (Ef 2,20: 1 Pe 2,6-7), la "roca" (1 Cor 10,4), el "fundamento" (2 Tim 2,19), sobre el cual es necesario fundarse (cf. Col 2,7) y es necesario construir.
Corresponde pues supremamente a Pedro (Mt 16,18), es decir, al Papa, "poner el fundamento" (1 Cor 3,10-11), para que los discípulos del Señor estén "fundados en la fe" (Col 1,23). Compete al Papa llamar a sí, es decir, a Cristo, a los hijos dispersos y a los hombres extraviados en las sombras de la muerte. Nadie puede sustituirse a él. En efecto, "cuando los cimientos se tambalean, ¿qué puede hacer el justo?" (Sal 11,2). Si el Papa no interviene, ¿quién puede sustituirlo? ¿Mons. Lefebvre? ¿Lutero? ¿Rahner?1
El Papa es también el buen pastor que va en busca de la oveja perdida, teniendo compasión por las multitudes extraviadas y sin pastor, conduce el rebaño a pastos fértiles y lo defiende de los lobos. Como Vicario de Cristo, el Papa está en el fundamento de la Iglesia, es punto de apoyo fundamental. Cuando los cimientos son sacudidos, como hoy, por los poderes satánicos; a él le corresponde, con la fuerza del Espíritu Santo, fortalecer los cimientos y defender a la Iglesia de las potencias del mal.
En mi opinión, el Santo Padre es demasiado severo hacia los tradicionalistas y demasiado indulgente hacia los modernistas. De tal modo, carece de esa imparcialidad, que a él le conviene como gozne y punto de apoyo de la comunión eclesial, y que le permitiría obrar eficazmente, como le corresponde, por un acercamiento entre las dos tendencias, vinculando entre sí las cualidades propias de cada una: la tradición de los tradicionalistas y el progreso de los modernistas. De tal modo se realizaría, en la unidad católica, la felicísima fórmula de Benedicto XVI: "Progreso en la continuidad".
"Fundamentalismo", de por sí, es una hermosa palabra, que significa amor por el fundamento. Un firme y seguro fundamento es muy importante en la vida y en el pensamiento. Tenemos necesidad de apoyarnos sobre un fundamento. Todos los grandes filósofos siempre han buscado el principio o el fundamento del ser, del pensar y del actuar. Sin embargo, es necesario que este fundamento sea auténtico y muy distinto de aquello que no lo es o que ya no lo es. Aquí se plantea un problema, ligado al origen histórico del término. De hecho, el término designa originariamente una secta protestante americana, nacida en el siglo XIX, la cual veía ciertamente en la Biblia el fundamento revelado de la doctrina y de la moral, el "fundamento de la fe", pero con una actitud rígida, ingenua, acrítica y a-histórica, lo cual llevó a considerar como Palabra de Dios y como principios morales absolutos, también muchas ideas, instituciones, usanzas, leyes, superadas; o bien nombres, hechos o relatos de la Escritura, privados de fundamento histórico o de confiabilidad científica.
Los fundamentalistas se dieron cuenta de que la Biblia constituye para la vida y la salvación un valor fundamental, universal, permanente, esencial e irrenunciable. Esto lo buscaron ellos en la Biblia y, en el fondo, con razón. Pero exageraron en el absolutizar también muchas formas expresivas, modos de pensar, contextos históricos, situaciones humanas, sistemas políticos, prácticas judiciales, mentalidades, usos locales, concepciones primitivas, genealogías, tradiciones y prejuicios populares, formas artísticas, mitos arcaicos, noticias geográficas, símbolos religiosos, que en realidad nada tenían que ver con la divina Revelación, sino que eran sólo el signo y la impronta contingente y caduca del autor humano, del cual Dios se servía para comunicar su Verdad. Ellos entraron en polémica con aquellos exegetas protestantes liberales y racionalistas, que usaban las nuevas ciencias bíblicas para poner en duda, relativizar o negar aquellos dogmas católicos, que Lutero había conservado, como la Trinidad, la Encarnación, los milagros de Cristo, la Redención expiatoria, la existencia del demonio, la resurrección, el fin del mundo y el juicio universal. La misma exégesis católica del pasado, se podría decir desde los primeros siglos, no estuvo exenta, hasta el Concilio Vaticano II, de esta tendencia, que hoy llamamos "fundamentalista". Por eso, tal modo de comentar la Escritura era considerada "tradicional" y, por tanto, intocable.
El fenómeno modernista de los tiempos de san Pío X planteó entre sus instancias la de una renovación de la exégesis bíblica, que se inspirara en los progresos cumplidos por las ciencias bíblicas en la Alemania del siglo XIX. Pero el problema era que estos progresos eran utilizados o bien en el interés del protestantismo o bien para reforzar el racionalismo; por lo cual los modernistas no supieron separar esos métodos exegéticos de las concepciones erróneas, a las cuales estaban vinculados. De ahí la condena de la propuesta modernista, que debe entenderse, sin embargo, no en cuanto referida a las nuevas ciencias bíblicas, sino en cuanto invalidada, como señala san Pío X, por una "crítica agnóstica, inmanentista, evolucionista" (cf. Pascendi, n.66).
En esta situación tan difícil e intrincada, sin embargo, se distinguió por iniciativa, coraje, perseverancia y sabiduría, el docto y santo exégeta dominico francés, el Siervo de Dios padre Marie-Joseph Lagrange, fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalén. Lagrange tomó como modelo de comentaristas de la Biblia a los Padres, los Doctores y a santo Tomás para el aspecto espiritual y dogmático, y a los modernos métodos histórico-críticos, para el aspecto científico. A él debemos, pues, la enmienda de la propuesta modernista, en modo de hacerla compatible con la doctrina de la fe, de manera que la exégesis católica podía iniciar, en una no fácil relación con la Comisión Bíblica, fundada por san Pío X, una prudente asunción de los métodos exegéticos modernos, sin el riesgo de incurrir en los errores. Sin embargo, sólo con el Concilio Vaticano II, en particular en la Constitución Dogmática Dei Verbum, la Iglesia ha aceptado plenamente el proyecto del padre Lagrange y ha satisfecho a cuanto de aceptable había en la instancia de los modernistas, evitando las contaminaciones protestantes y racionalistas. Al mismo tiempo, se ha comenzado a llamar "fundamentalismo" a la actitud de permanecer, en ciertas partes, de la antigua exégesis ³.
De tal modo la Iglesia ha demostrado una vez más la compatibilidad de la ciencia con la fe. A decir verdad, también los exégetas liberales, con su enfoque científico de la Escritura, querían demostrar lo mismo, contra el propio Lutero, notoriamente convencido de que la razón se opone a la fe. Sólo que los protestantes liberales estaban infectados por una concepción kantiana, positivista e historicista de la razón y de la ciencia, y este grave lastre les llevó a desconocer o a malinterpretar o a ignorar los fundamentos divinos de la fe, que estaban en el corazón de los fundamentalistas, pero sobre todo de la misma Iglesia católica, mucho mejor dotada que los fundamentalistas en términos de tradición, y de sabiduría filosófica y teológica.
El fundamentalismo era en el fondo un reclamo a la Sagrada Tradición, en sí correcto. Pero, al no ser guiado e iluminado por el Magisterio de la Iglesia, supremo e infalible custodio de la Tradición, acabó en un conservadurismo bloqueado y estéril. El fundamentalismo es una forma de tradicionalismo diferente del tradicionalismo lefebvriano y del tyniano ⁴. Se trata, sustancialmente, de un movimiento protestante, con los defectos característicos del protestantismo. Por el contrario, el lefebvrismo es un movimiento católico ⁵, aunque hostil al Concilio Vaticano II y no en plena comunión con la Iglesia. En cambio, el tradicionalismo del padre Tyn respeta el sentido correcto de la tradición con una plena obediencia a las doctrinas del Concilio Vaticano II.
Otro factor del ímpetu, que bordea en la agresividad, del fundamentalismo, es un valor en sí auténtico, pero impostado o mal vivido, y es la férrea convicción de que todos deben abrazar, por amor o por fuerza, nuestra fe, siendo eso cierto. Este principio es particularmente acentuado en el Islam, menos evidente en el hinduismo, en el budismo y en el judaísmo.
El cristianismo, en cambio, acompaña sabiamente una articulada, delicada y certera obra de persuasión con la advertencia caritativa del castigo divino ultraterreno en caso de rechazo. Por su arrogancia y rigidez, que tiende al fanatismo, el fundamentalismo empuja, en su conducta hacia los adversarios, a actos de violencia y de intolerancia, que pueden llegar, en casos extremos, por ejemplo en el Islamismo, hasta el terrorismo.
El fundamentalismo, lamentablemente presente también en la Iglesia, genera consecuencias lamentables en el campo moral, en las relaciones y en la convivencia civil y eclesial. Si por una parte mantiene indudables valores fundamentales, como por ejemplo la piedad religiosa, el amor a la Biblia, la liturgia, la honestidad, la familia, el compromiso social y laboral, sin embargo, por la otra, estando el fundamentalista convencido de tener siempre a Dios con él o de su parte -error, éste, típico del protestantismo y de todos los herejes-, es llevado a sostener sus ideas, quizás puramente discutibles o incluso equivocadas, siempre de modo absolutista, perentorio, agresivo, sin admitir objeciones y sordo a cualquier refutación. Confunde con la rigidez la fidelidad a la verdad y confunde la ductilidad por el ceder al error. Para él, lo diferente no es un valor a respetar, sino un enemigo a combatir. No acepta la incerteza y siempre quiere dar muestra de la máxima seguridad. De hecho, está convencido de que su palabra coincide con la misma Palabra de Dios, así como en la Biblia, bajo el pretexto de la inerrancia, no distingue la verdadera Palabra de Dios de los límites y de los errores del hagiógrafo. El fundamentalista está del lado del bien; quien lo contradiga está del lado del mal. Y así como entre mal y bien no hay mediación, acaba por despreciar, como personas incoherentes, oportunistas y dobles, no sólo al adversario abierto, es decir, al modernista, sino también a las personas benévolas, pacíficas y sabias que, sabiendo que in medio stat virtus y por tanto rechazando los opuestos extremismos, se mantienen, aunque sean objeto de desprecio por parte de los extremos, en una posición intermedia o de síntesis, como mediadores de paz, promotores de diálogo y de conexiones, y fautores de conciliante equilibrio.
Por lo demás, el esquema mental del modernista es el mismo, aunque sea de signo opuesto; él está del lado del bien; cualquiera que sea antimodernista, sea con el Concilio o contra el Concilio, no importa, está del lado del mal. Por lo tanto, tampoco el modernista reconoce entre él y el lefebvrismo ninguna formación eclesial mediadora, fiel al Magisterio, como es la de los verdaderos católicos.
A causa del resurgir del modernismo después del Concilio, el término "fundamentalismo" ha comenzado a tener dos sentidos: uno, para significar este permanecer de la antigua exégesis, un rancio tradicionalismo, duro y agresivo. Y este es el lenguaje que encontramos en el Magisterio. Esta acepción del término la encontramos, por ejemplo, en un documento de la Comisión Bíblica de 1993, "La interpretación de la Biblia en la Iglesia", el cual dedica un párrafo al tema (pp. 62-65). Se trata, en sustancia, como se dice en la p.100, de una "confusión de lo humano con lo divino, por la cual se consideran como verdad revelada también los aspectos contingentes de las expresiones humanas". Lo encontramos, por ejemplo, en estas palabras del Papa en la entrevista del 30 de noviembre de 2015 concedida durante el vuelo que le trajo de África a Roma:
"Los católicos tenemos algunos, no algunos, muchos, que creen tener la verdad absoluta y siguen adelante ensuciando a los demás con la calumnia, con la difamación, y hacen mal, hacen mal. ¡Y esto lo digo porque es mi Iglesia, también nosotros, todos nosotros! Y se debe combatir. El fundamentalismo religioso no es religioso. ¿Por qué? Porque falta Dios. Es idólatra, como es idólatra el dinero. Hacer política en el sentido de convencer a esta gente que tiene esta tendencia, es una política que debemos hacer nosotros los líderes religiosos. Pero el fundamentalismo, que siempre acaba en una tragedia o en crímenes, es algo malo, pero hay algo de eso en todas las religiones".
El otro sentido es el que ya he explicado, usado por los modernistas para atacar al anti-modernismo propio tanto de católicos como de lefebvrianos. A partir de estas consideraciones vemos cómo el término "fundamentalismo" ha devenido ambiguo. El sentido en el cual lo usa el Papa no es el que usan los modernistas, para atacar a católicos y lefebvrianos. Es posible que los modernistas crean que el Papa use el término en el mismo sentido que ellos. ¡Pobres ilusos! Y no pensemos con los lefebvrianos que el Papa sea un modernista. Mantengamos el corazón en paz: es un Papa "católico".
Por lo tanto, es necesario prestar mucha atención y ser muy cuidadosos en el uso del término y en el discernir, cuando lo oímos pronunciar por otros, para no tomar gato por liebre en una temática tan importante de nuestra vida de fe y eclesial.
   
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 19 de enero de 2016
   
Notas

¹ N. del T.: En este artículo del 2016, el padre Cavalcoli se refiere obviamente al papa Francisco. 
² N. del T.: Nuevamente, se está refiriendo al papa Francisco (de aquí en más no lo volveré a advertir, por lo que el lector deberá recordar que éste es un artículo del año 2016). 
³ N. del T.: También esta tendencia a "permanecer en la antigua exégesis" o fundamentalismo bíblico sigue vivo en algunos sectores pasadistas del catolicismo. Por ejemplo, en una reciente conferencia del padre Christian Ferraro (a la que me referí en este blog aquí), el sacerdote argentino -un tomista que sigue a la letra los textos de Tomás de Aquino, a la manera del escolasticismo decadente del siglo XIX- insistió en indicar a Moisés como autor directo del Pentateuco, rechazando de plano, por ejemplo, las conclusiones de la actual exégesis histórico-crítica que hablan de las diversas corrientes literarias que han dado origen a los primeros cinco libros de la Biblia.
⁴ Véase mi libro: Tomas Tyn. Un tradizionalista post conciliare, Ediciones Fede&Cultura, Verona 2007.
⁵ N. del T.: Tenga en cuenta el lector el sentido analógico con el que el padre Cavalcoli califica de "movimiento católico" al lefebvrismo, o sea en el sentido de no plena comunión con la Iglesia católica. Los Papas, desde san Paulo VI han señalado claramente la naturaleza cismática del lefebvrismo, que sigue permaneciendo en tal condición en la actualidad (como el padre Cavalcoli también lo ha señalado y explicado en repetidas ocasiones).

__________

Anexo

He aquí mi transcripción de este artículo del padre Cavalcoli sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
   
Articulus unicus

Utrum fundamentalismus debeat censeri defectus in vita Ecclesiae

Ad hoc sic procediturVidetur quod fundamentalismus non debeat censeri defectus.
1. Quia conservat valores authenticos, sicut pietatem religiosam, amorem Sacrae Scripturae, liturgiam, honestatem, familiam et studium socialem atque laboris.
2. Praeterea, est reclamatum ad Sacram Traditionem, quod in se est iustum et rectum.
3. Item, opponitur relativismo modernistico et defendit veritatem absolutam, quod est proprium fidei catholicae.

Sed contra est quod Commissio Biblica anno 1993 dicit fundamentalismum esse confusionem humani cum divino, per quam etiam aspectus contingentes expressionum humanarum tamquam veritas revelata habentur.

Respondeo dicendum quod fundamentalismus, in suo origine protestantico, fuit exegesis rigida, ingenua, acrítica et a-historica, quae absolutizavit elementa caduca Scripturae et confudit humana cum divinis, reputans tamquam veritatem revelatam etiam aspectus contingentes expressionum humanarum. Fuit conservatismus impeditus et sterilis, incapax distinguendi inter Verbum Dei et limites hagiographi, et qui propter arrogantiam et rigiditatem tendebat ad fanatismum, usque ad violentiam et intolerantiam.
Tamen, in fundo fuit reclamatum ad Sacram Traditionem, quod in se rectum erat, quia intendebat affirmare Bibliam esse pro vita et salute valorem fundamentalem, universalem, permanentem, essentialem et irrenuntiabilem. Conservavit valores authenticos, sicut pietatem religiosam, amorem Scripturae, liturgiam, honestatem, familiam, studium sociale et laboris. Sed quia non fuit directus nec illuminatus a Magisterio Ecclesiae, supremo et infallibili custode Traditionis, devenit in traditionalismum durum et aggressivum, incapax dialogi et synthesis, persuasus se semper habere Deum ex parte sua et verbum suum coincidere cum ipso Verbo Dei.
Praeterea, modernistae manipularunt vocabulum ad detrahendum catholicis Magisterio fidelibus, eos cum lefebvrianis aggregantes et accusantes de rigiditate, quia sustinent aeternitatem et immutabilitatem veritatis. Sic fundamentalismus factus est vocabulum ambiguum: ex una parte designat errorem exegeticum et fanatismum protestanticum; ex alia parte adhibetur ut insultus contra veros catholicos. Ergo, quamvis conservet aliquos valores, fundamentalismus debet censeri defectus, quia confundit fidelitatem ad fundamentum cum rigiditate fanatica et caret ductu Magisterii. Vera fidelitas ad fundamentum, quod est Christus lapis angularis, est virtus et necessitas, sed non debet confundi cum fundamentalismo.

Ad primum ergo dicendum quod illi valores sunt boni, sed fundamentalismus eos rigide et fanaticiter vivit, amittens eorum authenticitatem et naturam christianam.
Ad secundum dicendum quod reclamatum ad Sacram Traditionem est rectum, sed sine Magisterio infallibili ut duce, quod adiuvat distinguere Traditionem immutabilem a variis traditionibus humanis contingentibus et mutabilibus, convertitur in conservatismum sterilem.
Ad tertium dicendum quod defensio veritatis absolutae est propria fidei, sed fundamentalismus eam confundit cum opinionibus humanis, confundens Traditionem cum traditionibus, et eam imponit per violentiam, quod est contrarium spiritui christiano. 
   
J.A.G.

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