lunes, 2 de marzo de 2026

Descuidando el mandamiento de Dios, vosotros observáis la tradición de los hombres (1/3)

La primera entrega del nuevo artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado hoy mismo en su blog, nos invita a mirar de frente el problema de la Tradición: ¿qué significa realmente ser fiel a ella?, ¿cómo distinguir entre la Tradición divina y las costumbres humanas que Jesús denunció?, ¿puede el apego sincero a lo antiguo convertirse en un retroceso disfrazado de fidelidad?, ¿no será más bien la verdadera Tradición la que obliga a avanzar cuando la Iglesia, con autoridad, manifiesta aspectos nuevos de la Revelación? Con preguntas incisivas y ejemplos históricos, Cavalcoli abre un debate que toca el corazón mismo de la fe católica y de su camino en la modernidad. [En la imagen: una fotografía de la actual cúpula lefebvriana que ha decidido mantener su situación cismática].

Descuidando el mandamiento de Dios, vosotros observáis la tradición de los hombres

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, cuya primera parte se ha publicado el 2 de marzo de 2026 en su blog. Artículo original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/trascurando-il-comandamento-di-dio-voi.html)

Mantened las tradiciones que habéis aprendido (II Ts 2,14)

El sentido de la polémica de Jesús sobre la tradición

Sabemos cómo hoy en la Iglesia, sobre todo a partir del inmediato postconcilio, existe un movimiento de católicos llamados «tradicionalistas», los cuales, presentándose como defensores de lo que llaman «Tradición», pretenden rechazar las nuevas doctrinas del Concilio Vaticano II y llegan a acusar de herejía a la enseñanza de los Papas del postconcilio, en cuanto exegetas del Concilio.
Este fenómeno cismático muestra claramente que la cuestión de la naturaleza y del valor de la tradición católica es una cuestión muy seria. El problema no es tanto el de admitir la legitimidad de una tradición cristiana. También los luteranos a su modo la admiten. El problema es aclarar cuál es el concepto correcto de Tradición católica y cuáles son sus contenidos, sus monumentos, su autoridad, sus fuentes, sus funciones y sus razones.
El problema es aclarar qué relación hay entre Revelación, Escritura, Tradición y Magisterio de la Iglesia. ¿Las verdades de fe, es decir, los contenidos de la Revelación, están todas en la Escritura o hay también otras que son objeto de la Tradición? ¿Biblia y Tradición se distinguen como lo escrito se distingue de lo no escrito o de lo oral, o bien como se distinguen las dos partes de un conjunto de verdades?
¿El Magisterio de la Iglesia es necesario para conocer la verdad de la Revelación o el simple fiel puede prescindir de él o puede criticarlo? ¿Para ser buenos cristianos basta seguir la Escritura? ¿O basta seguir el Magisterio de la Iglesia? ¿Basta seguir la Tradición? ¿El cristiano, para saber qué ha enseñado Cristo, es decir, para conocer los contenidos de la Revelación o las verdades de fe, debe acoger Escritura y Tradición en la interpretación de la Iglesia o, recurriendo directamente a la Biblia o a la Tradición, valiéndose quizá de un exegeta, puede juzgar o criticar en base a ellas las enseñanzas de la Iglesia? ¿La infalibilidad en el conocimiento de la Palabra de Dios pertenece a la Iglesia o al creyente individual? Además, también es cuestión de preguntarse si no se debe distinguir un tradicionalismo cismático y disolvente de un tradicionalismo legítimo y constructivo. Intentemos en este artículo decir una palabra sobre estos argumentos.

Concepto general de tradición

Comencemos explicando la palabra. Tradición, en general, como dice la palabra latina trans-dicere, decir-a través, o trans-do, tradere, dar-a través, y de modo semejante el término griego pará-dosis, donar en sucesión, transmitir, significa al mismo tiempo el acto de transmitir, tradere, y aquello que es transmitido, traditum.
El acto de la tradición es dejar o pasar en entrega a una persona fiel y capaz un depósito, un legado, un patrimonio, una herencia, una colección de valores permanentes sobre todo doctrinales, culturales, prácticos o morales, para que, bien custodiados, sean transmitidos íntegros e intactos a los posteriores y a las generaciones futuras para su bien y su progreso cultural, moral y espiritual.
Aquello que es transmitido, el contenido o depósito de la tradición, puede ser, como en el caso de la tradición cristiana, un conjunto de valores que se suponen incorruptibles o al menos duraderos o permanentes, no consumibles por el tiempo y diversificados en el espacio, pero inmutables y universales, siempre actuales (doctrinas o costumbres), que, una vez descubiertos, fundados, instituidos, establecidos, iniciados o comenzados, permaneciendo este patrimonio el mismo, es conservado íntegro, entregado, comunicado, transmitido o pasado de uno a otro en sucesión temporal, para que, con la tarea de conocer y utilizar siempre mejor esos valores, las generaciones futuras puedan gozar y aprovechar esos valores como lo han hecho las pasadas.
El patrimonio de una tradición, dada su preciosidad, debe ser conservado y custodiado íntegro, intacto y entero; sin añadir, cambiar o quitar nada y, si es necesario, también defendido y reivindicado. Los objetos que están en la casa de Carducci en Bologna no pueden ser aumentados, salvo nuevos descubrimientos o nuevos donativos, ni pueden ser disminuidos, y deben ser conservados tal como son.
Ahora bien, este patrimonio o depósito o colección de datos o de valores (nociones y leyes prácticas), sistemáticamente ordenados en un cuerpo doctrinal, puede ser simplemente un conjunto de valores humanos, por tanto no necesariamente universales, imperecederos o inmutables, o bien puede ser un conjunto de verdades divinas reveladas.
Si este patrimonio es una doctrina científica, filosófica o sapiencial, puede ser enriquecido y aumentado deduciendo consecuencias de lo que contiene, puede ser siempre mejor conocido, puede ser corregido en sus errores, puede ser hecho fructificar, pero no debe ser disminuido ni acrecentado ni enriquecido en sus contenidos, supuesto que se trate de algo acabado, esencial y perenne. La tradición platónica puede ser explicada, explicitada, desarrollada, enriquecida, pero no se deben disminuir sus valores esenciales, ni se pueden añadir otros a los establecidos por Platón.
La tradición, bajo dos puntos de vista distintos, es al mismo tiempo estable y permanente o incluso inmutable, como en el caso de la tradición cristiana, pero es en cierto modo mutable. No cambia el traditum. Cambia necesariamente y obligatoriamente en el tiempo, en la historia y en el espacio el tradere, precisamente para asegurar la fidelidad al traditum, porque, sobre todo cuando se trata de un patrimonio de gran valor doctrinal y moral, como en el caso de la tradición cristiana, el tradere cambia en el sentido de que, con el avance de las investigaciones y el pasar del tiempo, gracias a un mejor conocimiento del traditum, se descubren aspectos nuevos, que hasta entonces habían permanecido ocultos o solo implícitos. Esto obliga a cambiar no ciertamente los objetos, sino el modo de darlos a conocer.
Además, una única tradición, como la cristiana, con la difusión del cristianismo en el mundo, viene a diversificarse en su modo de expresarse en una pluralidad de formas particulares, que asumen los valores propios de las regiones donde la común tradición se difunde. Este es el fenómeno de la llamada inculturación.
En este sentido se puede decir que la tradición cristiana de hoy no es ya la de ayer, no porque haya cambiado el sentido del traditum, sino porque ha cambiado el modo del tradere, precisamente con el fin de expresar mejor lo que se ha encontrado en el traditum. Si el modo con el cual la Iglesia presenta hoy el traditum estuviera en contraste con el de los siglos pasados, querría decir que la Iglesia ha traicionado la Tradición y ya no es fiel a Cristo, cosa evidentemente imposible; o si pensáramos algo semejante, querría decir que en nosotros ha desaparecido la fe católica, aunque continuemos llamándonos católicos. Ridículo e impío sería, además, si nosotros, con la idea de conocer el traditum mejor que la Iglesia, planteáramos la pretensión de corregir a la Iglesia y de devolverla a la fidelidad al traditum.

Objeto de la tradición cristiana

Objeto de la tradición en general son también contenidos de tipo religioso, moral o teológico. De este modo todas las culturas y las religiones tienen sus tradiciones. Así el pueblo o comunidad de Israel (Qahal Israel), bajo la guía de Moisés, es depositario, gracias a la Sagrada Escritura, de la Revelación que Dios ha hecho de Sí mismo y de su Ley a este pueblo, pero a través de Israel, también para toda la humanidad.
Cristo, como Él mismo afirma, no ha venido a desmentir esta tradición, sino a completar sus contenidos, hasta llevarla a plenitud con el anuncio del Evangelio, aunque con su venida algunas prácticas o leyes positivas hebreas hayan perdido razón de ser en cuanto eran sólo prefigurativas o preparatorias de su venida.
Con la venida de Cristo y la fundación de la Iglesia, la Tradición veterotestamentaria se ha enriquecido y explicitado con la fundación apostólica de la Tradición neotestamentaria cristiana, registrada en los escritos del Nuevo Testamento, registro escrito de la Revelación hecha por Cristo, Revelación cuyos contenidos comenzaron a ser objeto, además de los escritos neotestamentarios, también de la Tradición apostólica, continuada y explicada de viva voz y por escrito por las enseñanzas de los Papas y de los Concilios, así como de los Obispos unidos a ellos en la comunión eclesial, hasta hoy.
En el curso de los siglos el patrimonio de la Revelación entregado de viva voz por Cristo a la predicación apostólica y eclesial ha sido por la Iglesia en parte puesto por escrito en los escritos del Nuevo Testamento y en parte se ha convertido en objeto de la Tradición escrita y oral de la Iglesia, siendo posteriormente explicitado, aclarado, ordenado, precisado, dogmatizado, sistematizado e interpretado bajo la supervisión de los Papas y de los Concilios, por la grandiosa obra de los Santos Padres, de los Santos Doctores de la Iglesia y finalmente de los teólogos hasta nuestros días.
Si la palabra tradición significa al mismo tiempo el tradere y el traditum, la tradición cristiana como traditum es la recopilación, colección o patrimonio de las verdades de fe o verdades reveladas y, como tradere, es el acto mismo con el cual el creyente transmite o entrega a los catecúmenos o a los posteriores este patrimonio o esta colección de verdades, llamado «símbolo de la fe», a aquel que está dispuesto a creer en él y a ponerlo en práctica en su vida.
Esta recopilación de proposiciones o verdades de fe constituye la síntesis de todas las principales verdades que son objeto de la fe cristiana. Esta recopilación sintética y resumida se llama «símbolo de la fe». La palabra «símbolo» es muy significativa. Ella viene del griego syn-ballo, pongo junto, hago corresponder o concordar, uno, sintetizo.
La palabra implica la unión, la comunión, el consenso, el acuerdo y la concordia de todos en torno a una misma recopilación comprobada, precisa, inmutable y certísima de verdades divinas reveladas. Al término de la proclamación del Credo en la Misa el pueblo responde con la palabra «amén», que en hebreo es como decir: confirmo, doy mi asentimiento, consiento, concuerdo, está bien así, esto es verdadero.
Originariamente, en la época romana, el símbolo es un distintivo, un signo de reconocimiento, una ficha, un carnet diríamos nosotros. Posteriormente, en clima eclesial, adquiere el sentido de recopilación o colección breve, sistemática, completa y ordenada de las principales verdades de fe: Dios creador, la Encarnación, la Trinidad y la Iglesia.
Con una ulterior traslación de significado —y llegamos al significado actual— el símbolo es algo artificial, convencional e intuitivo que representa o remite a otra cosa importante, significada por el símbolo; por ejemplo, la tricolor es el símbolo de Italia.
El símbolo de la fe es lo que comúnmente el católico llama Credo o Profesión de fe, que es proclamado por el pueblo y por el sacerdote celebrante en las Misas dominicales. El número de los artículos del Credo ha aumentado en el curso de los siglos no porque aumenten las verdades de fe, sino porque son mejor conocidas, de modo que, también para evitar equívocos o malentendidos, la Iglesia realiza nuevas precisiones o distinciones conceptuales, que hacen comprender mejor, de manera inequívoca, el verdadero significado de las verdades reveladas tanto de la Tradición como de la Escritura.
En el curso de la historia de la Iglesia siempre han existido o han surgido doctrinas, creencias, usos o comportamientos comúnmente acogidos o acreditados entre teólogos, pastores y fieles, cosas que parecían tomadas de la Escritura o de la Tradición, pero que la Iglesia no había confirmado. Si tales creencias se revelaban bien fundadas, la Iglesia las confirma con su infalible autoridad, hasta poder hacerlas elevarse al nivel de dogmas definidos.
Congar ¹ describe con precisión y con su habitual enorme erudición la antigua ceremonia litúrgica de la llamada redditio symboli relativa a la celebración del Bautismo de adultos, un rito solemne, en el cual y por el cual el catecúmeno, ya terminada su iniciación o instrucción mistagógica o catequética acerca de los misterios de la fe, se comprometía solemnemente a acogerlos y a vivirlos con absoluta fidelidad por toda la vida, delante del sacerdote y de la comunidad reunida en el Domingo de Pasión precedente a la Pascua.

Verdadera y falsa tradición divina

Jesús no reprocha a los fariseos por seguir una tradición, sino por seguir una tradición equivocada, es decir, una tradición simplemente humana, inventada por ellos para intereses económicos y de prestigio, un conjunto improvisado o aprendido de usos e ideas arbitrarias, quizá tomadas de supersticiones paganas, incapaz de comprender y aceptar la verdadera tradición divina, que ya estaba expresada en el Antiguo Testamento. Aquello que Jesús llama «mandamiento de Dios» no es otra cosa que el verdadero dato tradicional revelado en la Escritura.
De esto comprendemos cómo el celo por la tradición divina puede ser malentendido y no estar iluminado, y que puede hacer caer en lo que con tono de reproche llamamos conservadurismo, tradicionalismo, pasadismo o indietrismo. De esto la Iglesia reprocha a los lefebvrianos, exhortándolos a corregir su concepto de tradición, acogiendo las sanas novedades que han surgido de la reforma conciliar ². Con ocasión del reciente encuentro del cardenal Fernández con Don Pagliarani, Superior de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, creo que puede ser de alguna utilidad ofrecer a los lectores algunas consideraciones sobre este tema no fácil de fe católica.
Veremos, sin embargo, más adelante cómo puede existir legítimamente una especial propensión por la Tradición y por las costumbres católicas tradicionales, que nada tiene de reprochable, sino que puede constituir una válida contribución a la vida eclesial, con tal de que no se aparte de la sana doctrina y de la comunión con el Romano Pontífice.
De las palabras de Nuestro Señor que he citado en el título de este artículo, vemos cómo puede existir un modo sólo humano, un modo insincero y retrógrado de considerar la Sagrada Tradición, asociado a una oposición irrazonable a las sanas novedades, un modo que en cuanto tal no es adecuado para comprenderla, porque para poder entender verdaderamente los contenidos de la Tradición, es necesario aceptar la interpretación y la explicación que da de ella el Magisterio de la Iglesia. Los datos de la Tradición, en efecto, son verdades de fe, son contenidos de la divina Revelación que son oficialmente e infaliblemente interpretados por la doctrina de la Iglesia y por el Magisterio de los Papas ³.
Los datos de la Tradición, por tanto, no pueden ser, sin la mediación del Magisterio vivo y actual de la Iglesia, como creen los lefebvrianos, verdades divinas accesibles inmediatamente como puntos de referencia o criterios de juicio a la luz de los cuales sea posible o lícito al simple fiel juzgar o rechazar como falsas las enseñanzas doctrinales de los Papas o de los Concilios ecuménicos.
Ciertamente, el dato revelado en sí mismo, es decir, la palabra de Cristo, está por encima del Magisterio, que por tanto es solo intérprete y mediador del significado de esta palabra. Sin embargo, el simple fiel o incluso un solo Obispo o una asamblea de Obispos no pueden presumir de conocer el dato tradicional mejor que el Magisterio, hasta el punto de poder eventualmente reprochar al Magisterio haber abandonado o falseado el dato de la Tradición.
Este fue el error de Mons. Marcel Lefebvre. Fue algo extraño porque evidentemente, aunque Obispo, quiso hacerse paladín de la Sagrada Tradición según él traicionada por el Concilio Vaticano II, mostrando con ello mismo no tener una idea correcta de la Sagrada Tradición en su relación con el Magisterio de la Iglesia en el cambio de los tiempos.
El error de Lefebvre se asemeja al de Miguel Cerulario, que provocó el cisma de Occidente al rechazar la inserción hecha por la Iglesia del Filioque en el Credo, acusando a Roma de haber añadido en el siglo VIII, posteriormente al Concilio de Toledo III (Denz. 470), con el Credo Niceno-Constantinopolitano, algo al contenido de la Revelación ya suficientemente expresado en el Credo Niceno, es decir, en el Símbolo de los Apóstoles.
Cerulario no comprendió que el Filioque no estaba en oposición a la Tradición, sino que era una legítima explicitación de ella. De hecho, el Filioque ya había sido definido, como he dicho, en el Concilio Toledano III del 589 (Denz. 470) ⁴. De este modo, así como los Ortodoxos, con su desobediencia al Papa en 1054, permanecieron detenidos en aquella fase de explicitación de la Tradición que correspondía a esa fecha, así también los lefebvrianos, rebelándose contra san Juan XXIII y contra las doctrinas del Concilio, han permanecido detenidos en aquella fase del desarrollo de la Tradición que correspondía al término del pontificado de Pío XII. En este punto podemos de algún modo comprender el gesto de Alessandro Gnocchi, el cual, dejando a los lefebvrianos, pasó incluso a la Ortodoxia.  

Tradición divina y tradición humana

Parece paradójico, pero es necesario decir que Mons. Lefebvre, a pesar de su celo religioso, mostró en definitiva que relativizaba aquella Tradición que en su pensamiento consideraba absoluta. En efecto, por no haber percibido el aspecto evolutivo de la Tradición divina, precisamente apelando a su divinidad, quedó privado de la verdadera percepción de ese aspecto y, contra sus buenas intenciones, terminó por desacralizar la Tradición al rebajarla, habría dicho Cristo, a «tradición de hombres». Probablemente sin querer y, sin embargo, objetivamente introdujo su visión personal errada de la Tradición en lo que es la verdadera concepción católica de la Tradición. Por esto sus seguidores son justamente llamados «lefebvrianos», aunque ellos crean ser más que nunca católicos, quizá más que el Papa.
En efecto, en la Iglesia existen aspectos humanos de la Tradición, en la liturgia como en todas las demás formas de vida cristiana, que tarde o temprano cumplen su tiempo, de modo que, si nos aferramos a esas formas y las convertimos en absolutos, se transforman en aquellas «tradiciones de hombres» contra las cuales se pronuncia Jesús.
Quien, en efecto, se detiene como en modelo absoluto en una fase histórica superada de la Tradición indicada por la Iglesia —como aquella, para entendernos, preconciliar, como hizo Lefebvre— muestra en sustancia objetivamente, aunque más allá de sus intenciones, que permanece aferrado no a un pasado aún vivo, sino a un pasado ya muerto. En efecto, el dato tradicional vinculante no es el que la Iglesia nos presentaba ayer, sino el que nos presenta hoy. Y quien no sabe comprender esta identidad en el devenir, no sabe cuál es verdaderamente la Sagrada Tradición.
Esto no quita que sea la misma Iglesia en ciertos tiempos la que ralentice el impulso hacia lo nuevo o se adormezca en tradiciones superadas. La Iglesia de Pío XII tenía necesidad de asumir cuanto de válido existía en la modernidad y el Concilio ha satisfecho esa necesidad ⁵. El marasmo ⁶ que en la Iglesia ha surgido después del Concilio se debe al hecho de que la modernización promovida por el Concilio ha sido estropeada por un impresionante resurgimiento del modernismo, más fascinante y seductor que el de los tiempos de san Pío X, un modernismo de tal astucia que ha logrado, con sus artes diabólicas, penetrar y obtener crédito precisamente allí donde debía ser desenmascarado y refutado. Me refiero a los mismos organismos directivos centrales de la Iglesia, como el Episcopado y las instituciones escolásticas y educativas, culturales y académicas.
Este éxito de los modernistas había sido ya de algún modo previsto por Ernesto Buonaiuti, modernista de los tiempos de san Pío X, el cual llegó a incitar a los modernistas en estos términos: «nosotros debemos persuadir a la misma Roma de la bondad de nuestras ideas». Naturalmente no lograron persuadir al Papa, pero lo aislaron de sus colaboradores. El caso más clamoroso de esta trama diabólica fue la dimisión de Benedicto XVI, que se encontró en tal impotencia que ya no se sintió capaz de gobernar la Iglesia.
Lo que ha sido especialmente corrompido por este movimiento nefasto ha sido la formación sacerdotal y la formación teológica. Los Papas se han encontrado privados del poder de remediar esta situación por haber perdido la colaboración de aquellos mismos que habrían debido ayudarlos en la obra de la verdadera aplicación del Concilio, así como en la corrección y purificación de los costumbres corrompidas por los modernistas. Estando así las cosas, resulta en cierto modo comprensible la reacción de los lefebvrianos.
Su defecto ha sido el de no comprender el valor de la reforma conciliar, de no entender que el verdadero remedio al modernismo es precisamente el Concilio, con aquel haber sabido sustraer a los modernistas sus mismas armas, acogiendo cuanto de válido había en sus propuestas, dándoles la justa satisfacción sin consentir en lo falso propuesto por ellos.
Sin embargo, ha sucedido que los modernistas, nada convencidos por esta operación de la Iglesia hacia ellos, han insistido obstinadamente en su programa, de modo tal que el drama de hoy es, por una parte, encontrarnos sujetos a la arrogancia modernista —aquella que Benedicto XVI llamaba «dictadura del relativismo» y el Papa Francisco «el dominio del pensamiento único». Nos encontramos por una parte oprimidos por un falso progreso que en realidad es modernismo y, por otra, por un llamado a la tradición que, como el de los lefebvrianos, en realidad es un paso atrás en el camino que se debe recorrer para alcanzar la meta.
Deseamos a los lefebvrianos que repitan la experiencia de san Pablo, cuando se dio cuenta de que la Tradición inaugurada por Cristo, es decir, la predicación apostólica del Evangelio, no estaba en absoluto en contraste con lo que él llama la «tradición de los padres», sino que era su cumplimiento. Puedan los lefebvrianos comprender un día que es la misma firmeza del apego a la Tradición, es la fidelidad a la inmutable Tradición, la que obliga a dar un paso adelante, cuando, como ha sucedido con el Concilio, la Tradición misma, por autoridad de la Iglesia, nos manifiesta un aspecto nuevo, más profundo y más iluminador de la divina Revelación.

Fin de la Primera Parte (1/3)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 24 de febrero de 2026

Notas

¹ La Tradizione e le tradizioni, Edizioni Paoline, Roma, 1965, 26-43.
² Un ejemplo de las ideas de los lefebvrianos lo tenemos en el libro del mismo Mons. Lefebvre, Vi ho trasmesso quello che ho ricevuto. Tradizione perenne e futuro della Chiesa, Sugarco Edizioni, Milano 2010; véase también Alessandro Gnocchi-Mario Palmaro, Rapporto sulla Tradizione. A colloquio col successore di n Mons. Lefebvre, Edizioni Cantagalli, Siena 2010.
³ No sólo en las rarísimas ocasiones en las cuales el Papa define solemnemente un nuevo dogma, sino todas las veces que se reúne un Concilio ecuménico o que un Papa enseña como Sucesor de Pedro («ex cathedra Petri») a toda la Iglesia en materia de fe o de moral, aunque no tenga intención de definir. Pero esto no significa que lo que dice no sea definitivo e irreformable. Es verdadero y siempre permanecerá verdadero. Véase la Nota doctrinal ilustrativa de la CDF a la Carta apostólica Ad tuendam fidem de san Juan Pablo II del 18 de mayo de 1998. El sustraerse a la adhesión a las doctrinas del Concilio como hacen los lefebvrianos con el pretexto de que en el Concilio no hay definiciones dogmáticas es un vano expediente para rechazar el Concilio. No es en absoluto verdadero que el Concilio sea solo pastoral, sino que, como ha dicho Benedicto XVI precisamente a los lefebvrianos, es también doctrinal. Bastaría el hecho de que hay dos «Constituciones dogmáticas», mientras que san Pablo VI ha dicho que ha sido un Concilio que ha tratado de la naturaleza de la Iglesia. Ahora bien, es evidente que la doctrina de la Iglesia toca también la eclesiología.
⁴ Por lo demás sabemos cómo la Iglesia dispensa, por un motivo prudencial, a los católicos de rito oriental de citar el Filioque en el Credo. El error de los Ortodoxos es creer que el Filioque sea herético. Por este motivo ellos todavía rehúsan someterse al Papa porque lo consideran herético. El hecho, entonces, de que san Pablo VI y Atenágoras hayan quitado las respectivas excomuniones no significa que Constantinopla acoja el primado del Romano Pontífice. De hecho, los católicos en los países donde la Ortodoxia es religión de Estado, como en Rusia, están todavía sujetos a discriminación. Por esto hay que pensar que la actual hostilidad de Rusia hacia Ucrania tiene entre sus causas no secundarias el odio al catolicismo. Como es sabido, los ortodoxos ucranianos filorrusos han aprobado la invasión rusa interpretándola como afirmación de la Ortodoxia contra el corrupto catolicismo occidental.
⁵ Durante el pontificado de Pío XII surgió el movimiento de la llamada «théologie nouvelle», que, de modo semejante a los modernistas de los tiempos de san Pío X, reconocían la necesidad de un progreso, pero se dejaba influenciar por el protestantismo y el idealismo. Pío XII correctamente intervino con la encíclica Humani Generis, pero no se sintió capaz de convocar un Concilio. Este coraje lo tuvo san Juan XXIII. Por otra parte, ni siquiera a los mismos reformadores, como por ejemplo de Lubac, Congar y Maritain, se les ocurrió pedir al Papa que convocara un Concilio. En aquellos años Rahner proyectaba un catolicismo de sello incluso hegeliano con su libro Oyentes de la palabra, y sorprende cómo Pío XII haya subestimado el peligro. Él tenía mucha estima por los Jesuitas, pero los Jesuitas alemanes probablemente se aprovecharon de su confianza para ocultarle lo que estaba sucediendo. Es interesante cómo el rahneriano Lehmann, luego Cardenal, miembro de la mafia de San Galo, observa complacido cómo Rahner logró ocultarse a los ojos de Pío XII.
⁶ Muchos estudiosos de alto nivel en estos sesenta años han analizado los daños hechos por una falsa aplicación del Concilio de sello modernista, como por ejemplo Von Hildebrand, Maritain, Guitton, Daniélou, Von Balthasar, Fabro, los cardenales Parente, Siri y Biffi.

_________________________

Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Quaestio: Negligentes mandatum Dei propter observationem traditionis hominum

Articulus primus

Utrum Traditio catholica sit patrimonium divinum vivum
quod fidelitatem Magisterio exigit et non immobilitatem humanam

Ad hoc sic procediturVidetur quod Traditio catholica non sit patrimonium divinum vivum quod fidelitatem Magisterio exigat.
1. Quia quidam dicunt sufficere Scripturam sequi, cum in ea contineantur data Revelationis.
2. Quia videtur quod fidelis possit per se iudicare de contentis Traditionis sine Magisterio, cum verbum Christi sit supra omnem mediationem.
3. Quia videtur quod Traditio consistat in servando intactas formas praeteritas, sine admittendis mutationibus, cum traditum debeat manere immutabile.  
4. Quia videtur quod novitates Concilii Vaticani II contradicant Traditioni, cum inducant aspectus qui antea non erant expliciti.

Sed contra, Sanctus Irenaeus docet veram doctrinam servari in successione apostolica et extra eam nullam esse veritatis cautionem. Sanctus Augustinus affirmat Ecclesiam universalem fideliter servare et transmittere quod ab Apostolis accepit. Concilium Vaticanum II declarat Traditionem et Scripturam unum sacrum depositum Verbi Dei constituere, Ecclesiae commissum, cuius Magisterium authentice interpretatur.

Respondeo dicendum quod Traditio catholica est simul tradere et traditum: actus transmissionis et patrimonium transmissum. Ut patrimonium, est collectio veritatum divinarum revelatarum, immutabilium et universalium; ut actus, est viva traditio quae in decursu historiae diversificatur in formas culturales et explicatur in novos aspectus, sine essentiae corruptione. Unde Traditio hodierna non differt in contento a praeterita, sed in modo tradendi. Fidelis non potest praesumere se melius quam Ecclesia cognoscere datum traditum nec Magisterium corrigere, quia infallibilitas in interpretatione Verbi Dei Ecclesiae competit et non individuo. Error eorum qui absolutizant unam historicae Traditionis phase, sicut lefebvriani, consistit in demittendo Traditionem divinam ad traditionem hominum, immobilizando quod natura est vivum et fecundum. Concilium Vaticanum II ostendit fidelitatem Traditioni exigere ut gradum ulteriorem faciamus, manifestando novos et profundiores aspectus Revelationis.

Ad primum dicendum quod Scriptura non exhaurit contenta Revelationis, cum etiam Traditio apostolica ea transmittat et Magisterium interpretetur.
Ad secundum dicendum quod, licet verbum Christi sit supra Magisterium, fidelis non potest praesumere se melius quam Ecclesia cognoscere, quia Magisterium est legitimus eius interpres.
Ad tertium dicendum quod immutabile est patrimonium transmissum, non formae historicae transmissionis, quae mutantur ad melius exprimendum idem contentum.
Ad quartum dicendum quod novitates conciliares non contradicunt Traditioni, sed eam explicant et ditant, ostendendo eius vivum characterem et capacitatem novas circumstantias illuminandi.

JG

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