Hace quince años, el padre Giovanni Cavalcoli escribía una carta abierta a la Fraternidad San Pío X, misiva que hoy resulta de suma actualidad. En ella, el docto teólogo dominico abordaba con franqueza y respeto el delicado tema de la relación entre la Tradición y el Magisterio postconciliar. ¿Puede un católico rechazar las enseñanzas del Vaticano II sin caer en el mismo método de los protestantes? ¿Es legítimo restringir la infalibilidad a las definiciones solemnes, dejando en duda el resto de la doctrina conciliar? ¿No será más bien que el Concilio ha explicitado y profundizado la misma verdad inmutable de la fe, en continuidad con la Tradición? Cavalcoli denuncia la rigidez que confunde fidelidad con inmovilismo, advierte contra el modernismo que falsea el Concilio, y propone un camino de reconciliación: acoger un sano progresismo junto a un sano tradicionalismo, en obediencia al Magisterio vivo de la Iglesia.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 9 de febrero de 2026
Carta a la Fraternidad San Pío X
Carta a la Fraternidad San Pío X
(Artículo publicado en el blog Riscossa Cristiana el día 11 de abril de 2011: https://www.ricognizioni.it/lettera-alla-fraternita-san-pio-x-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
Estimados hermanos de la Comunidad San Pío X,
Aclaro ante todo que el título de vuestra Fraternidad -San Pío X- me inspira un profundo respeto por este gran Papa, en quien veo, aunque en un contexto histórico diferente, un modelo actualísimo también para los Pontífices de nuestro tiempo.
En segundo lugar, me ha llamado la atención la seriedad del compromiso que ustedes han asumido en vuestro discurso hacia mí, elaborado con ese estilo de controversia digna y argumentada, que se encuentra en la tradición de los antiguos Padres de mi Orden y que para mí mismo siempre me he propuesto como modelo de la discusión teológica, un estilo a menudo lamentablemente perdido en los debates de nuestro tiempo, que tienden a banalizarse en el plano de los argumentos ad hominem, o son víctimas de la sofística, por no mencionar cuando se cae en el nivel del insulto, del engaño o del sarcasmo.
He leído en vuestro sitio su respuesta ¹ a mi artículo aparecido recientemente en Riscossa Cristiana ², en el que formulo objeciones a vuestro modo de posicionarse frente a las doctrinas del Concilio Vaticano II, que ustedes juzgan no infalibles y por lo tanto equivocadas o cuanto menos facultativas, opcionales, optativas. Aprovecho, una vez más, la posibilidad concedida por Riscossa Cristiana, que gentil y generosamente hospeda también este nuestro debate, para replicar a vuestras posiciones.
Inmediatamente digo que no estoy de acuerdo en muchos puntos de vuestro escrito, pero esto no quita mi admiración por el tono del escrito en sí. Y quizás esto sea lo más importante, porque cuando falta la caridad, de nada sirve la verdad.
Respondo, como suele ser costumbre en estos casos, per partes. Comienzo con vuestra crítica al hecho de que he comparado vuestro modo de usar la Tradición con respecto a las doctrinas conciliares, al modo con el cual los protestantes rechazan el Magisterio de la Iglesia. Ustedes dicen que la comparación no se sostiene, porque ustedes, a diferencia de los protestantes, aceptan el Magisterio de la Iglesia, mientras que ellos lo rechazan en bloque.
Es cierto, lo reconozco, he sido exagerado, tanto más porque sé con cuanto celo ustedes rechazan los errores de los protestantes que lamentablemente hoy están reviviendo en el modernismo postconciliar. Sin embargo, permítame insistir en este punto: ustedes aceptan este Magisterio sólo hasta el Concilio excluido, porque consideran que el Magisterio del Concilio y el del período postconciliar no es infalible y ha enseñado falsedades que niegan la Tradición.
Y hacen esto no aceptando dócilmente y confiadamente ese desarrollo de la Tradición que es enseñado por el Concilio en continuidad con la precedente fase de la Tradición, como su explicitación y explicación, sino permitiéndose considerar la Tradición directamente, por cuenta vuestra, sin usar la mediación de la Tradición que les da el Magisterio del Vaticano II.
¿No es este el mismo método que usan los protestantes para rechazar el Magisterio, con la única diferencia de que mientras ellos pretenden estar basados en la Biblia, ustedes pretenden estar basados en la Tradición? Sin embargo, estoy de acuerdo en que ustedes están mucho más cercanos a Roma que ellos, porque al menos acogen la Tradición y todo el Magisterio infalible hasta el Concilio Vaticano II (excluído), mientras ellos rechazan todo esto.
Lo que les falta a ustedes es la aceptación del desarrollo de la Tradición operado por el Concilio Vaticano II, es decir, aquellas "doctrinas del Concilio", que el Santo Padre ³ les invita a abrazar para estar en plena comunión con la Iglesia Católica.
En cuanto a nuestro deber como católicos de permanecer con el Magisterio actual de la Iglesia conservando -"custodiar el depósito"- y venerando el del pasado, que en todo caso sigue siendo verdadero e inmutable, no nos hemos entendido. Ustedes hacen una cuestión de tiempo, como si yo estuviera usando como criterio de verdad el simple tiempo presente en el cual hoy el Magisterio nos habla con su viviente voz (Tradición oral).
Pero yo no estoy haciendo cuestión de tiempo sino de verdad, en el sentido de que el modo con el cual hoy, gracias a las enseñanzas del Concilio, conocemos la Palabra de Dios, la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición, es mejor y más verdadero que aquel del preconcilio. Conocemos mejor y más a fondo la misma inmutable verdad de fe consignada de una vez y para siempre por Cristo a su Iglesia. Existe un crecimiento en la verdad, hacia la plenitud de la verdad, un conocimiento cada vez mejor de la misma, idéntica e inmutable verdad.
Enseñanza actual no quiere decir simplemente una enseñanza pronunciada ahora, sino que quiere decir explicitación o mejor conocimiento de una enseñanza pasada, la cual contenía implicite virtualiter lo que ahora ha sido explicitado.
La categoría de la actualidad que he usado no se refiere tanto al tiempo, al hoy, sino a un acto cognoscitivo o a un hecho epistemológico: se trata de un conocimiento mejor que aquel conocimiento pasado, teniendo ambos por objeto la misma verdad de fe eodem sensu eademque sententia.
Quien en este sentido permanece firme y rígido en el pasado y se niega a progresar (he aquí el sano progresismo), resiste al Espíritu Santo, que conduce a la plenitud de la verdad, y ya que por hipótesis se trata de un progreso en materia de fe, viene la consecuencia de que quien no quiera reconocer este nuevo conocimiento, cae en la herejía, si la herejía es rechazo de una verdad de fe. Aquellos que, por ejemplo, no han aceptado el dogma calcedonense pero permanecieron firmes con Nicea, han rechazado la profesión de fe de Calcedonia y, por lo tanto, por eso mismo han caído en la herejía. Plena ortodoxia, por lo tanto, no es la aceptación de una verdad de fe, sino la aceptación de esta verdad en el grado de explicitación que ha sido actuado, implementado, por la Iglesia de nuestro tiempo.
No debemos confundir la solidez en la fe, la conservación del depósito o la fidelidad al dato revelado -deberes sacrosantos- con la rigidez de quien no quiere avanzar, con la negativa a caminar y a abrirse a cuanto la Iglesia nos hace conocer de nuevo respecto a cuanto conocíamos antes, porque esto nuevo no es ruptura con lo antiguo, sino que está en continuidad con él, no es negación o desmentido, sino mejor comprensión de cuanto ya sabíamos, inmutable en sí mismo porque es Palabra de Dios.
Ustedes me dirán: esta tesis de la continuidad es una simple afirmación. ¿Pero cómo la demuestras? Nosotros tenemos la clara impresión de lo contrario. Pues bien, queridos hermanos, me estoy preparando, junto con amigos teólogos, para escribir un libro, si Dios me lo permite, en el que quiero precisamente demostrar esta continuidad en relación con algunos puntos importantes que se han debatido desde hace cincuenta años. Como católicos debemos creer a los Papas del postconcilio que nos recuerdan esta continuidad. Como teólogos la debemos demostrar a los escépticos o a aquellos a quienes les parece lo contrario.
Por otra parte, reconozco que en tanta cantidad de documentos emanados por el Concilio Vaticano II y con un lenguaje no siempre preciso y unívoco, desprovisto de cánones como siempre se han usado en los precedentes Concilios, no es fácil orientarse para discernir donde el Concilio trata de aquellas materias de fe o próximas a la fe acerca de las cuales el Concilio no puede errar ni enseñarnos lo falso. Personalmente considero que hay pocas proposiciones que presenten un carácter de novedad y para ser creídas por fe.
El Papa os ha invitado a acoger las "doctrinas del Concilio". Les hago una propuesta: a través de sus representantes que están tratando con la Santa Sede para que puedan ser readmitidos, como ciertamente ustedes lo desean y como lo desea el Papa, a la plena comunión con Roma, pregunten ustedes al Santo Padre: Santidad, nos invita a acoger las doctrinas del Concilio. Pues bien, estamos dispuestos. Pero dinos cuáles.
Considerando, por otra parte, que en el Concilio Vaticano II existen doctrinas dogmáticas y doctrinas pastorales, es claro para todos que no todas las doctrinas del Concilio son infalibles o de fe, y que no se nos ha impedido considerar que determinadas disposiciones o indicaciones pastorales son incorrectas. Y a esto se debe atribuir una de las causas de la crisis actual, no a las doctrinas dogmáticas del Concilio, que son sanas, saludables, y que han hecho avanzar el conocimiento del dato revelado de la Escritura y de la Tradición.
En cuanto a la cuestión de la infalibilidad del Magisterio de la Iglesia y, por lo tanto, del Concilio, ustedes citan aquella forma de infalibilidad que corresponde al dogma solemnemente definido. Ahora bien, es verdad que en el Concilio Vaticano II no existen proposiciones de este género; sin embargo, existen algunas que tocan materia de fe o próxima a la fe, las cuales también son infalibles, aunque no sean dogmas definidos.
Por esto vuestra tesis, según la cual "no todas las proposiciones (incluso de contenido dogmático) contenidas en las actas de un Concilio Ecuménico gozan de infalibilidad, sino sólo aquellas para las cuales resulta clara e indudable la voluntad de definir y obligar a la Iglesia Universal en materia de fe y costumbres", no corresponde a la verdad. En realidad, como se enseña en la Instrucción Ad Tuendam Fidem ⁴ que ya les he mencionado, pueden existir doctrinas en materia de fe o próxima a la fe que gozan de la cualificación de infalibilidad, aunque no se trate de dogmas definidos.
En efecto, el citado documento añade, en el canon 750 del nuevo Código de Derecho Canónico, al primer párrafo que trata de las doctrinas solemnemente definidas, un segundo párrafo que trata todavía de verdad de fe, pero sin intención de definir, y sin embargo, tratándose de materia de fe, todavía se habla de doctrina "infalible".
Pues bien, es este género de doctrinas el que está presente en el Concilio Vaticano II y no simplemente como repetición de doctrina ya enseñada, sino como nuevas enseñanzas en el sentido de explicitaciones de doctrinas ya definidas.
Por ejemplo, la famosa tesis de que "la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica", como ya ha explicado un reciente documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es una enseñanza nueva, pero que no debe considerarse falsa o en contraste con la enseñanza tradicional, para la cual la Iglesia de Cristo es la Iglesia católica.
El Concilio se sitúa desde el punto de vista de la existencia concreta de la Iglesia y considera como elementos de Iglesia a los que se encuentran también fuera de sus confines habitables, cosa que no desmiente sino que confirma el primado del catolicismo sobre todas las demás religiones; mientras que la definición precedente considera la esencia supra-temporal de la Iglesia en su divina perfección, prescindiendo de otras formaciones religiosas que en formas inferiores participan de algún modo por semejanza de aquella divina perfección.
Y es posible demostrar la verdad de este tema. Por lo demás, tratándose aquí de verdad de fe tradicional, es impensable que un Concilio ecuménico, pronunciándose sobre esta materia, aunque en una nueva forma, pueda enseñarnos lo falso, es impensable que pueda desviarnos, sacarnos del camino, o de todos modos enseñar algo no coherente con cuanto la Iglesia ha enseñado en precedencia, porque eso querría decir que la Iglesia está traicionando su misión y por lo tanto cuando Cristo le prometió asistirla hasta el fin del mundo, la ha engañado, cosa evidentemente absurda y blasfema para un católico de solo imaginarla.
Dice en efecto, la Ad Tuendam Fidem a propósito de los dos párrafos del can. 750: "El magisterio de la Iglesia enseña una doctrina para ser creída divinamente revelada (1° párrafo) o para ser considerada en manera definitiva (2° párrafo), con un acto definitorio o bien no definitorio… En el caso de un acto no definitorio, viene enseñada infaliblemente una doctrina del magisterio ordinario y universal" (las enseñanzas del Concilio). "…Esta doctrina puede ser confirmada o reafirmada por el Romano Pontífice, incluso sin recurrir a una definición solemne... En consecuencia, cuando sobre una doctrina no existe juicio en la forma solemne de una definición, pero esta doctrina, perteneciente al patrimonio del depositum fidei, es enseñada por el magisterio ordinario y universal" (como sucede hoy para las enseñanzas del Concilio)... "ella entonces debe entenderse como propuesta infaliblemente", n.9.
No es verdad que el Concilio no impone doctrinas y no condena errores; sólo que lo hace con un lenguaje simplemente declarativo o expositivo, en la forma descrita por el segundo párrafo y no en la forma descrita por el primero, por lo cual, en base al dictado del segundo párrafo, esas enseñanzas del Concilio continúan poseyendo la nota de infalibilidad.
Ustedes plantean correctamente los requisitos para la infalibilidad de las definiciones solemnes, pero descuidan o ignoran que todos esos requisitos, como resulta por la Ad Tuendam Fidem, no son necesarios para la infalibilidad de las doctrinas dogmáticas de segundo grado o no definidas, que en cualquier caso el documento llama "definitivas", pero, para la infalibilidad de este nivel inferior, es suficiente que se trate del Magisterio de la Iglesia, Pontificio o conciliar, que enseña o desarrolla temas contenidos en el depósito revelado, se trate de Escritura o se trate de Tradición, se trate o no se trate de dogmas ya definidos.
Ustedes, en cambio, hacen un salto indebido: del hecho de que el Concilio no define nuevos dogmas (y esto es cierto), ustedes concluyen que las nuevas doctrinas dogmáticas del Concilio no son infalibles y, por lo tanto, son falsas por el solo hecho de que no gozan de aquel tipo de infalibilidad que es propio de las doctrinas definidas o dogmas declarados como tales.
En cambio, para que haya doctrina infalible, siempre como resulta de la Ad Tuendam Fidem, no es necesario que un Magisterio conciliar tenga o manifieste explícitamente la intención de definir, sino que es suficiente que defina de hecho incluso sin declararlo formalmente: lo que cuenta es que trate materia de fe, es decir, que enseñe verdades de fe, las cuales esclarezcan o expliciten dogmas ya definidos o textos de la Escritura o datos de la Tradición. Y eso es exactamente lo que ha hecho el Concilio Vaticano II.
Por esto ustedes dan un salto absolutamente ilegítimo cuando, restringiendo el concepto de infalibilidad a las solas definiciones explícitamente solemnes, que ocurren rarísimamente, ustedes afirman que "las enseñanzas del Papa y de los obispos en materia de fe no son siempre infalibles" y que "en línea de principio, aunque sea excepcionalmente y en tiempos de crisis gravísima, no es imposible que caigan en error incluso en materia de fe".
Y por lo demás también ustedes dicen que "ninguna enseñanza del Concilio Vaticano II puede ser definida 'infalible' ('in sensu diviso'): ni a título de una definición solemne y extraordinaria (faltando la intención expresa), ni a título del Magisterio Universal Ordinario (porque en el caso de un Concilio la Iglesia docente no está 'dispersa' en todo el mundo, característica específica del Magisterio Universal Ordinario, y sobre todo las novedades profesadas en el Concilio carecen de la universalidad vertical, es decir, temporal, necesaria para un verdadero Magisterio ordinario que no es más que un eco de la Tradición), y ni siquiera en los puntos en los cuales retoma las enseñanzas de los otros Concilios o de la Tradición (en este caso las enseñanzas son 'absoluta y definitivamente verdaderas', pero no 'infalibles' si no 'in sensu composito')", y por lo tanto que es posible que "haya errores de este tipo en los textos del Concilio y en el 'Magisterio' posterior ya que no ha sido ejercido el privilegio de la infalibilidad no estando presentes todas las condiciones requeridas".
Noto que, siempre de cuanto se desprende de la Ad Tuendam Fidem, el Magisterio de segundo grado no es sic et simpliciter solo aquel de los obispos esparcidos por el mundo, sino que también puede ser el de los obispos en cuanto, después de un Concilio, aunque dispersos en todo el mundo, enseñan aquello que el Concilio en forma extraordinaria, pero no necesariamente con voluntad de definir, ha enseñado en materia de fe, sumando nuevas visiones a cuanto ya se sabía.
Digo entonces que ustedes no se dan cuenta que con vuestra interpretación de la infalibilidad se excluye o niega, se cierra el acceso, se impide de modo definitivo, la adquisición de un inmenso patrimonio de doctrina segura y de fe, que no se encuentra sólo en el Vaticano II, sino en toda la historia de la Tradición y de nuevo, quizás sin que se den cuenta, vuelven ustedes a acercarse a los protestantes, con la sola diferencia de que mientras ellos declaran falibles cualquier proposición del Magisterio, ustedes consideran infalibles sólo los dogmas definidos y no también -como en cambio la Iglesia les pide considerar- las proposiciones simplemente declarativas privadas de la explícita voluntad definitoria.
Para saber qué es de fe y qué no es de fe, no es necesaria la forma o el modo más o menos solemne o las declaraciones explícitas de parte de la Iglesia, sino que basta verificar que sea la Iglesia la que habla y que nos habla de lo que Cristo nos enseña o lo que ella ha deducido dogmáticamente de las enseñanzas de Cristo valiéndose de la Escritura y de la Tradición. Las definiciones solemnes y extraordinarias están hechas para los duros de orejas o para contrarrestar la oposición de los herejes o para aclarar precedentes enseñanzas. ⁵
No cambia el contenido ni la certeza de fe con respecto a las simples declaraciones, sino simplemente el modo de enseñarlo. Que Nuestra Señora fuera Inmaculada, la Iglesia lo sabía ya desde antes, solo que con la definición dogmática ha querido proclamarlo con el máximo de la solemnidad y con el máximo de la publicidad.
Pero para los discípulos del Señor, confiados en la sabiduría y en la autoridad de la Santa Madre Iglesia, no es necesario que ella, cuando expone la doctrina católica, alce su voz, toque la trompeta o refuerce su discurso con especial énfasis, sino que es suficiente que ella hable. Intelligenti pauca. Lo importante es tener orejas. Quien exige demasiadas condiciones para la infalibilidad muestra una desconfianza que no se aviene a la santa simplicidad del verdadero creyente, una vez que él ha comprendido que se trata de materia de fe o de Palabra de Dios.
Y para dirimir la aparente contradicción entre el antes y el después, no debe confiarse presuntuosamente en el propio juicio, sino pedir humilde y confiadamente a la Madre que les explique, más allá de la aparente contradicción, la continuidad y a los teólogos que la demuestren, por lo cual estos no deben oscurecer lo que ya es oscuro o, peor aún, ser a su vez desconfiados. Los teólogos no deben crear ni agravar las dudas, sino resolverlas, de lo contrario ponen en peligro la fe del pueblo de Dios y conducen a la desobediencia al Magisterio.
Lo nuevo del Concilio Vaticano II no les debe perturbar ni escandalizar. Vuestra Madre no los ha traicionado, sino, como hacen las madres con sus pequeños niños que a veces se empantanan y no quieren caminar o por desconfianza en la madre o por miedo a lo nuevo, vuestra Madre en el Concilio les pide que procedan hacia adelante y, como dice el Señor, que miren que "la mies ya está dorada para la cosecha" (Jn 4,35).
Quien os engaña y crea confusión y divisiones no es la Santa Madre, "columna y fundamento de la verdad", semper idem, como decía el gran e incomprendido cardenal Alfredo Ottaviani, sino que son ciertos hijos degenerados, traidores, saqueadores, ambiciosos, falseadores, falsificadores y no intérpretes del Concilio, inspirados por el diablo -¿cómo es, con tanto, que no se dan cuenta?- cuyo nombre es: modernistas. Llamémoslos por su nombre.
Llamarlos "progresistas" es un favor que a ellos les hacemos, es un escudo que a ellos les viene cómodo y detrás del cual indebidamente se han venido protegiendo durante cuarenta años, aprovechándose de un apelativo que en sí mismo es lícito y honesto. Después de todo, progresar es un deber para todos. En cambio, es hora de que se quiten la máscara y que los pongamos de manifiesto por aquello que son. Oremos por su conversión y, como dice el Apóstol, "el que crea estar en pie, tenga cuidado de no caer" (I Co 10,12).
Con respeto y cordialidad fraterna.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 9 de abril de 2011
Notas
¹ Cf. http://www.sanpiox.it/public/, al parecer hoy desaparecido, y el link en Riscossa Cristiana: https://www.sanpiox.it/archivio/attualita/333-risposta-a-padre-cavalcoli (JG)
² En este enlace: https://www.ricognizioni.it/risposta-a-padre-cavalcoli-della-fraternita-san-pio-x/, que remite a un artículo que ya hemos traducido en este mismo blog, véase aquí: https://cuestiones-disputadas.blogspot.com/2026/02/la-tradicion-contra-el-papa.html#more (JG)
³ El padre Cavalcoli se refiere al papa Benedicto XVI, recordando aquella advertencia que el Papa, en 2009, al levantar las excomuniones a los cuatro obispos que habían sido consagrados en 1988, les decía, acerca de que se mantendrían en situación cismática mientras no aceptaran las nuevas doctrinas enseñadas por el Concilio Vaticano II. (JG)
⁵ Los lefebvrianos, reduciendo la infalibilidad del Papa y del Concilio ecuménico a las definiciones solemnes y extraordinarias, contradicen lo que también enseña la constitución Dei Filius del Concilio Vaticano I, en el capítulo III sobre la fe. Allí se enseña que no sólo el juicio solemne (extraordinario) de la Iglesia, sino también su magisterio ordinario y universal, gozan de infalibilidad. Expresa: "Además, con fe divina y católica deben creerse todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o transmitida, y que son propuestas por la Iglesia, ya sea mediante juicio solemne, ya sea por su magisterio ordinario y universal, como divinamente reveladas." Texto oficial en latín: «Porro fide divina et catholica ea omnia credenda sunt, quae in verbo Dei scripto vel tradito continentur, et ab Ecclesiae sive solemni judicio sive ordinario et universali magisterio tamquam divinitus revelata credenda proponuntur.» (Denzinger 3011). Este pasaje es clave porque fundamenta que el magisterio ordinario y universal —cuando enseña de modo constante y unánime en todo el mundo sobre materias de fe y costumbres— también es infalible, no sólo las definiciones solemnes y extraordinarias de los concilios o del Papa.
Por lo demás, no falta esta misma enseñanza en el Catecismo de la Iglesia Católica: «El grado supremo de la participación en la autoridad de Cristo está asegurado por el carisma de la infalibilidad. Esta se extiende a todo el depósito de la revelación divina (cf LG 25); se extiende también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser salvaguardadas, expuestas u observadas (cf Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium ecclesiae, 3).» (n.2035). (JG)
__________
Anexo
He aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum doctrinae Concilii Vaticani II sint infallibiles et obligatoriae pro catholico,
in continuatione cum Traditione
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod doctrinae Concilii Vaticani II non sint infallibiles nec obligatoriae pro catholico, in continuatione cum Traditione.
1. Quia Concilium nullos dogmas sollemnes et explicitos definivit, unde eius doctrinae infallibilitate carent.
2. Praeterea, novitates conciliares universalitate temporali carent et errores continere possunt, sicut affirmant nonnulli sodales Fraternitatis Sancti Pii X.
3. Item, Magisterium postconciliarium ambiguum et confusum fuit, unde dubia oriuntur de eius auctoritate et credibilitate.
Sed contra est quod Papa Benedictus XVI lefebvrianos invitavit ad doctrinas Concilii accipiendas tamquam condicionem plenae communionis. Praeterea, Epistola Ad Tuendam Fidem docet etiam doctrinas non definitae, sed in materia fidei, esse infallibiles. Denique notum est Ecclesiam, columnam et fundamentum veritatis, non posse falsum docere in materia fidei.
Respondeo dicendum quod distinguendum est inter definitiones sollemnes et doctrinas infallibiles secundi gradus. Concilium Vaticanum II, etsi novos dogmas explicite definire noluit, tamen veritates fidei docuit et doctrinas iam in Scriptura et Traditione contentas explicuit. Unde eius doctrinae notam infallibilitatis obtinent, quatenus Magisterium ordinarium et universale sunt.
Restringere infallibilitatem ad solas definitiones sollemnes est error, qui impedit agnitionem amplissimi patrimonii doctrinae certa et fidei. Certitudo fidei non pendet a forma sollemni, sed a hoc quod Ecclesia in materia fidei docet. Sic Concilium, cum affirmat Ecclesiam Christi subsistere in Ecclesia catholica, doctrinam praecedentem non contradicit, sed profundius explicat ex prospectu existentiae concretae Ecclesiae.
Reicere has doctrinas idem est ac negare legitimum progressionem Traditionis et resistere Spiritui Sancto, qui Ecclesiam ad plenitudinem veritatis ducit. Rigiditas quae progredi recusat in haeresim cadit, sicut factum est cum illi qui Calcedoniam reiecerunt et in Nicaea permanserunt.
Ergo catholicus doctrinas Concilii tamquam infallibiles et in continuatione cum Traditione accipere debet, ut in plena communione cum Ecclesia permaneat.
Ad primum dicendum quod infallibilitas non restringitur ad definitiones sollemnes, sed etiam invenitur in doctrinis fidei quas Magisterium ordinarium et universale docet.
Ad secundum dicendum quod novitates conciliares non sunt errores, sed explicitationes eiusdem veritatis fidei, et eorum universalitas manifestatur in doctrina episcoporum cum Papa communione.
Ad tertium dicendum quod ambiguitates sermonis substantiam doctrinalem non tangunt, quae vera et infallibilis manet; ad theologos pertinet continuitatem demonstrare et dubia dissolvere, non augere. JG
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