lunes, 9 de febrero de 2026

Por un sano tradicionalismo

Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a reflexionar sobre el verdadero sentido del “tradicionalismo” en la Iglesia. ¿Qué quiso decir san Pío X al afirmar que el católico no puede sino ser tradicionalista? ¿Y qué condenaba exactamente el papa Francisco cuando criticaba cierto “tradicionalismo”? ¿Se trata de una oposición real entre ambos pontífices o más bien de una aparente distancia que se disipa al precisar los términos? Cavalcoli nos recuerda que la Sagrada Tradición, inseparable de la Escritura y custodiada por el Magisterio, no puede confundirse con un inmovilismo rígido que petrifica lo perenne. ¿No será que necesitamos hoy un sano tradicionalismo, capaz de dialogar fecundamente con un sano progresismo, para que la Iglesia avance en fidelidad y renovación? [En la imagen: fragmento del retrato de Pío X, óleo sobre lienzo de Pedro Subercaseaux, hacia 1903, conservado en los Museos del Vaticano].

Por un sano tradicionalismo

(Artículo publicado en el blog de L’Isola di Patmos, el 7 de febrero de 2015: https://isoladipatmos.com/per-un-sano-tradizionalismo/) 

Sigue siendo famosa la frase de san Pío X, que decía, aunque en una conversación privada y no en un documento oficial, que el católico no puede sino ser tradicionalista. Si lo comparamos con el ataque a los "tradicionalistas" hecho por el papa Bergoglio en su discurso en el reciente sínodo de obispos sobre la familia ¹, nos parece que ha corrido mucha agua bajo los puentes en el Magisterio pontificio. Y en cambio, más allá de las legítimas o discutibles preferencias u opiniones personales de los dos Papas, debemos hacer algunas precisiones, al final de las cuales, espero, nos demos cuenta de que la distancia, por no decir la oposición, no es tan grande como a primera vista podría parecer.
En efecto, preguntémonos qué querían decir aquí los dos Papas al hablar de "amor a la tradición". ¿Cuál tradición? ¿Tradición en qué sentido? "Amor" ¿cómo y cuánto? Debería resultar inmediatamente evidente, para el católico instruido y atento a los hechos eclesiales de hoy, que el término "tradición" se entiende en dos sentidos diversos, a tal punto que, aclarando los respectivos significados del mismo término, podríamos estar seguros de que los dos Papas se habrían dado la razón el uno al otro. De hecho, mientras Pío X se refería claramente a la Sagrada Tradición, la cual, junto con la Escritura, es fuente de la divina Revelación, custodiada e infaliblemente interpretada por el Magisterio de la Iglesia, el papa Francisco evidentemente ha condenado un cierto "tradicionalismo" que, malinterpretando la Sagrada Tradición, o tomándola como pretexto, niega la infalibilidad o la verdad, o se atreve a acusar de error o de posibilidad de error al Magisterio doctrinal del Concilio Vaticano II y, en consecuencia, al Magisterio que se refiere a él, de los sucesivos Papas, hasta llegar al presente felizmente reinante.
Si pensamos en la Sagrada Tradición, es obvio que el católico no puede ser sino un tradicionalista. En efecto, se puede decir en cierto modo que todo el contenido de la doctrina de la fe es objeto de la tradición apostólica, según el Nuevo Testamento, entendida al mismo tiempo como un acto del transmitir o del predicar de viva voz, tradere (Rm 6,17; 1 Cor 11,23; 15,3; 2 Tm 2,2; Jd 3), y contenido de la predicación, traditum (1 Cor 11,2; 2 Ts 2,15; 1 Tm 6,20). En efecto, nuestro Señor Jesucristo no ha dicho a los apóstoles "escribid" o, como haría un maestro de escuela: "tomen apuntes", sino: "predicad", y además a viva voz, hasta el fin de los siglos, ya que entonces no existían los modernos medios técnicos de comunicación oral. Sin embargo, el anuncio de la Palabra de Dios a viva voz, no obstante la existencia hoy de refinados y potentísimos medios de comunicación, sigue siendo siempre de primordial importancia, que podríamos decir casi sacramental.
Piénsese en la homilía del sacerdote en la Santa Misa o en las palabras del confesor en el desarrollo de la confesión. Transmiten una especial gracia de luz ligada al sacramento, aunque se trate de un sacerdote sin títulos académicos, como un san Juan María Vianney o un san Pio da Pietrelcina. Por eso la Iglesia nos dice que la Misa escuchada en TV, como si de un simple espectáculo se tratara, no tiene el mismo valor espiritual que aquella escuchada en la presencia física del celebrante y ni siquiera es posible confesar por teléfono, así como telefoneamos al médico para pedirle una opinión o una ayuda.
Es del todo comprensible, por otra parte, que los mismos apóstoles, para conservar una mejor memoria, hayan después pensado en poner o hacer poner por escrito las palabras del Señor. Y así ha nacido el Nuevo Testamento, o bien la Escritura, que se ha añadido a la del Antiguo Testamento, nacido del mismo modo, aunque no faltan circunstancias en las cuales Dios mismo manda escribir (por ejemplo Dt 6,9; 11,20). También en el libro del Apocalipsis el Señor manda escribir (Ap 19,9; 21,5).
Sin embargo, la orden de Cristo de predicar y, por lo tanto, de transmitir a viva voz, sigue siendo siempre válida. En efecto, es el Magisterio divinamente asistido por el Espíritu Santo, Magisterio que, por orden de Cristo, tiene la tarea de conservar, de interpretar y de explicitar infaliblemente los datos tanto de la Tradición como de la Escritura: "Quien os escucha a vosotros, a mí me escucha" (Lc 10,16). Se equivocó, por lo tanto, Lutero, al querer interpretar la Escritura sin tener en cuenta la mediación de la Iglesia y se equivocó monseñor Marcel Lefèbvre al querer interpretar la Tradición sin tener en cuenta aquellos desarrollos que fueron aportados por el Concilio Vaticano II.
Es ciertamente a este tipo de tradicionalismo al que el Papa se ha referido en su discurso al sínodo. Sin embargo, debemos decir que no todo tradicionalismo está equivocado. En efecto, nada ni nadie nos impide concebir un sano tradicionalismo, el cual, sin rechazar en absoluto las nuevas doctrinas del Concilio correctamente interpretadas, manifiesta un especial interés por tradiciones preconciliares todavía válidas, sobre todo si están vinculadas a la inmutabilidad del dogma, las cuales podrían ser retomadas y revalorizadas con utilidad para la Iglesia de nuestro tiempo.
Los lefebvrianos confunden con el modernismo -que también está presente en el catolicismo de hoy- ese sano progresismo en la doctrina y en la vida cristiana, que ha sido promovido por el Concilio, que puede hacernos hablar de un sano progresismo, como por ejemplo el de un Maritain, de un Spiazzi, de un Ratzinger y de un Congar, junto a un sano tradicionalismo, como ha sido el del Siervo de Dios Padre Tomas Tyn, a quien he dedicado una biografía, publicada en 2007 por Fede&Cultura: "Padre Tomas Tyn. Un tradizionalista postconciliare" ², un título aparentemente extraño, que no ha sido comprendido por todos, que había estudiado con la máxima atención y del que no me arrepiento en absoluto. Significa que un sano tradicionalismo no incomoda en absoluto en la Iglesia del postconcilio, sino que, recordando y conservando lo que no puede morir ni cambiar, hace una contribución válida e indispensable al bien de la Iglesia, en reciprocidad con un sano progresismo, que brota de lo que no pasa; mientras, a la inversa, un mal tradicionalismo detiene el camino de la historia, no comprende el valor de lo nuevo, momifica lo perenne, confunde lo inmutable con el inmovilismo, la firmeza con la rigidez, lo sólido con lo petrificado, el conservar con el conservadurismo, la fidelidad con lo obsoleto, el progreso con la subversión y, por estar detenido en el pasado, no es capaz de captar los valores y los problemas del presente y las esperanzas del futuro.
Deseamos al Santo Padre, que se encuentra en medio del amargo conflicto entre modernistas y lefebvrianos, que pueda trabajar eficazmente, con la intercesión de María Reina de la Paz, por la reconciliación entre estos dos partidos contrarios, que están destrozando la Iglesia, para que la tradición y el progreso puedan trabajar juntos obedientemente por una sana renovación y una sana modernidad expandiendo la Iglesia hacia horizontes cada vez más amplios de justicia y de paz.

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 7 de febrero de 2015

Notas

¹ El padre Cavalcoli se refiere a la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, bajo el tema "Jesucristo revela el misterio y la vocación de la familia", que se desarrolló del 4 al 25 de octubre de 2015. (JG)
² Habiendo hecho la traducción completa a la lengua española del mencionado opúsculo, literal y fiel al pensamiento del padre Giovanni Cavalcoli, puedo atestiguar que sin duda ninguna se trata de un libro excelente de la Casa editorial Fede&Cultura, actualísimo también para el momento presente que se vive en la Iglesia. (JG)

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Anexo

He aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
   
Articulus unicus

Utrum catholicus hodiernus possit adhaerere traditionalismo
sine contradictione Magisterii postconciliaris

Ad hoc sic procediturVidetur quod catholicus hodiernus non possit adhaerere traditionalismo sine contradictione Magisterii postconciliaris.
1. Quia traditionalismus damnatus est a papa Francisco, qui eum in Synodo de familia anno 2015 reprehendit.
2. Praeterea, Concilium Vaticanum II videtur rupturam efficere cum quibusdam formis praeconciliaribus, unde earum conservatio esset impedimentum renovationis.
3. Item, traditionalismus plerumque coniungitur cum rigiditate, immobilismo et recusatione Magisterii praesentis, sicut patet in schismaticis lefebvrianis.

Sed contra est quod dixit sanctus Pius X: “Catholicus non potest nisi esse traditionalista.” Item Apostolus: “Tradidi quod et accepi” (1 Cor 15,3). Denique Dominus noster Iesus Christus: “Qui vos audit, me audit” (Lc 10,16).

Respondeo dicendum quod distinguendum est inter traditionalismum sanum et traditionalismum corruptum.
Traditionalismus, prout significat adhaesionem ad Sacram Traditionem, constitutivus est identitatis catholicae. Haec Traditio, una cum Scriptura, est fons Revelationis divinae et commissa est Magisterio ad custodiendum et infallibiliter interpretandum. Difficultas oritur cum Traditio viva confunditur cum traditionalismo rigido, qui perennitatem petrificat, legitimum progressum doctrinalem negat et Magisterium conciliare recusat.
Papa Francisco damnavit illum “malum traditionalismum” qui Concilium Vaticanum II et Pontifices posteriores erroris accusat. Hoc tamen non importat damnationem ipsius Traditionis, neque negationem traditionalismi sani, qui, procul ab impedimento progressus, eum potius complet. Hic traditionalismus sanus servat quod mori aut mutari non potest, et potest revalorizare elementa praeconciliaria adhuc valida, praesertim quae cum immutabilitate dogmatis coniunguntur.
Transmissio oralis manet essentialis, quasi sacramentalis, ut in homilia vel confessione. Praedicatio viva, a Christo praecepta, non est substituta instrumentis technicis modernis. Magisterium, Spiritu Sancto assistente, interpretatur Scripturam et Traditionem, et progressionem harmonicam eorum tuetur.
Traditionalismus sanus non impedit Ecclesiam postconciliariam, sed potius confert ad eius renovationem. In reciproca cum sano progressismo, potest Ecclesiam dilatare ad latiores iustitiae et pacis prospectus. Reconciliatio inter modernistas et lefebvrianos requirit hanc fecundam synthesen inter fidelitatem et novitatem.

Ad primum dicendum quod papa Francisco non damnat Traditionem, sed eius deformationem in traditionalismo Magisterium negante.
Ad secundum dicendum quod Concilium non frangit Traditionem, sed eam legitime evolvit; conservatio elementorum validorum praeteritorum non est impedimentum, sed complementum.
Ad tertium dicendum quod lefebvrianismus repraesentat malum traditionalismum, sed non excludit possibilitatem traditionalismi sani, qui valorem Concilii et Magisterii praesentis agnoscit. 
   
JG

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