lunes, 9 de febrero de 2026

La esposa de Lutero

Un aspecto apenas mencionado en los diálogos ecuménicos es la esposa de Lutero, Catalina von Bora, ex monja y madre de cinco hijos. ¿Por qué este silencio sobre su figura y sobre la dimensión conyugal del reformador? ¿No revela acaso una tensión entre la teología existencial y la vida concreta del teólogo? ¿Qué significa que el protestantismo careciera durante siglos de una tradición femenina espiritual comparable a la católica? ¿No es llamativo que la intemperancia sexual de Lutero se eleve a principio general, con consecuencias que llegan hasta la antropología moderna de la procreación? El padre Cavalcoli invita a mirar de frente este tema incómodo, sin escándalo ni curiosidad morbosa, para preguntarnos: ¿qué nos dice hoy la unión de Lutero y Catalina sobre la relación entre fe, matrimonio y vocación religiosa? [En la imagen: fragmento de los retratos de Martín Lutero y Catalina de Bora, su esposa, en óleos sobre lienzo, de alrededor de 1528, obras de Lucas Cranach el Viejo en 1528, conservados en la colección de la Iglesia de St. Anne, Augsburg, el retrato de Lutero, y en el Minneapolis Institute of Art, el retrato de Catalina].

La esposa de Lutero

(Traducción literal y fiel al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 29 de Diciembre de 2010. Artículo original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-moglie-di-lutero-di-pgiovanni-cavalcoliop/)

Me parece un hecho un tanto curioso que en el clima actual de diálogo, intenso y en todos los ámbitos, con los luteranos, y con el generalizado interés que existe por la temática del sexo y de la familia, no aparezca nunca, al menos en las publicaciones corrientes, ni de parte católica ni de parte protestante, la cuestión de la esposa de Lutero, la ex monja Catalina Von Bora, que le dio cinco hijos, de los cuales, por lo demás, no se habla nunca.
Se me podría quizás objetar que el interés prevalente por Lutero se refiere a su doctrina teológica y no tanto a su vida privada y menos aún a su vida conyugal y familiar. Sin embargo, no sé cuánto vale esta objeción, considerando por otra parte la misma concepción moderna de hacer teología y de la misma teología, por la cual, sobre todo en la orientación existencialista -y el protestantismo no está lejos del existencialismo- se concibe la teología y el teologar como hechos existenciales del individual teólogo, como vida y expresión de su vida. Por otra parte, se sabe lo normal que es para los teólogos y los pastores protestantes tener familia.
Se diría que sobre este importante aspecto de la vida de Lutero, que de ninguna manera es extraño a su concepción teológico-moral del sexo, de la mujer, del matrimonio, del pecado y de la justificación, se haya extendido como un velo no se sabe si es por pudor o por desagrado o por embarazosa indiferencia, cuando en cambio creo que se trata de un aspecto muy importante de la vida de Lutero, estrechamente ligado a su pensamiento, aspecto que por tanto convendría resaltar y debería ser objeto de un amplio y franco debate ecuménico, alejado de cualquier mentalidad escandalosa o, peor aún, de morbosa curiosidad, que nada tienen que ver con el clima de sereno encuentro que actualmente debe gobernar el mencionado diálogo ecuménico.
Pero aquello que está vinculado a este silencio sobre la situación conyugal de Lutero y sobre la figura de Catalina es indudablemente la ausencia, en los primeros siglos del luteranismo, de significativas figuras femeninas y de una contribución femenina importante en el campo de la espiritualidad y de la teología protestante, cuando en cambio se sabe cómo la literatura espiritual y mística femenina católica, nacida en el siglo XIII y precisamente en Alemania, ha continuado luego en el catolicismo, con grandes figuras de Santas mujeres, incluso nombradas Doctoras de la Iglesia, incluso hasta nuestros días, mientras que una significativa literatura religiosa protestante femenina es sólo de fecha muy reciente.
En cuanto al propio Lutero, obviamente, como hombre -y aquí comparto el tradicional juicio sobre Lutero- no puedo alabar la conocida tendencia a la intemperancia que caracterizaba la actitud de Lutero hacia el sexo, y como católico veo con dolor el hecho de que él haya traicionado los votos monásticos y, además, uniéndose a una mujer que también fue infiel a dichos votos, aunque en suma, luego Lutero fuera un esposo fiel y un padre solícito.
Como es bien conocido por la historia, Lutero plantea la gran dificultad, por no decir insuperable dificultad, de controlar la propia tempestuosa sexualidad en la condición del hombre consecuente a la caída original. Probablemente cegado por la pasión, cierra los ojos ante la espléndida historia de la práctica religiosa del voto de castidad y todos los ejemplos de castidad de los esposos cristianos, aunque en su tiempo tuvo ante sus ojos una generalizada situación de corrupción. Como señaló el gran historiador dominico padre Enrico Denifle en su famoso estudio sobre Lutero a principios del siglo pasado, Lutero denigra la práctica de la castidad consagrada como si se tratara de una frustración inhumana, de modo no muy diferente a la calumnia que Freud le llegará a lanzar en el siglo XX.
Lutero no sabe apreciar cuánto en la historia de la santidad cristiana la castidad ha favorecido todas las virtudes, las obras de la caridad y toda acción auténticamente reformadora, así como la imitación de Cristo y de la Santísima Virgen María, y toda una literatura de alto valor teológico, ascético, moral y espiritual fundada en una auténtica adhesión a la Sagrada Escritura, cuyo mensaje, como se sabe, él quería reconocer, garantizar y difundir.
Lutero no se equivoca al ver en el relato del Génesis de la creación del varón y la mujer y su unión una enseñanza antropológica y moral más radical y fundamental que aquella sublime de Cristo, que invita a los que quieran seguirlo a "hacerse eunucos por el reino de los cielos", una exhortación hecha a algunos más fervorosos, que sin embargo está ligada únicamente al plan de la Redención, el cual, dada la condición actual de naturaleza caída, tiene al fin de cuentas sólo la razón de medio privilegiado a fin de restaurar en su plenitud el plan original de la creación.
Se equivoca, sin embargo, Lutero al ver la práctica de los votos como un mero discutible, por no decir nefasto uso de la Iglesia Romana y no en cambio como un principio de perfección que se remonta a Cristo; sin embargo, no se equivoca al ver la mayor fundamentalidad de la relación varón-mujer proyectada por el Génesis.
La limitación de Lutero, por lo demás propia de la Iglesia de su tiempo, fue la de no tener en cuenta que la perspectiva final, la perspectiva escatológica de la Redención no es la pareja procreadora, sino la simple unión de pareja o mejor la reconciliación del varón con la mujer, después de la "división" provocada por el pecado, una unión escatológica, símbolo de la unión de Cristo con la Iglesia.
Lutero ha partido de la citada visión limitada, de la cual, en "retrospectiva", no podemos culparlo, porque la antropología sexual aún no tenía muy claro el permanecer en la resurrección de la pareja varón-mujer, como en cambio aparecerá claro en el siglo XX con las enseñanzas del papa Juan Pablo II ¹.
Si queremos hablar de culpa o al menos de error, ese ha sido la homologación que él hizo entre la necesidad sexual-procreadora y las necesidades fisiológicas del individuo, cuya satisfacción garantiza la subsistencia física. De tal modo Lutero, ciertamente sin imaginarlo, está en el origen de la visión antropológica que está en la base de la fecundación artificial que concibe la procreación como derecho absoluto de la persona, a ser satisfecho por cualquier medio.
Se puede pensar con algunos que esta invencible necesidad sexual, donde por otra parte la mujer resulta sobre todo instrumentalizada, es el signo de que Lutero no había tenido una verdadera vocación monástica, por cuanto, como señaló el propio Juan Pablo II, aunque haya sido un alma profundamente religiosa, también es cierto que no fue propio de un alma verdaderamente religiosa la idea que le vino de abolir la Santa Misa. Su insensatez fue, como he dicho, la de elevar su caso personal a principio general con la pretensión de fundarlo sobre la Biblia.
¡Cuántos casos hemos tenido en las últimas décadas de sacerdotes y religiosos que, con el permiso de la autoridad eclesiástica, han sido dispensados de los votos o del celibato! Pero muchos de ellos ciertamente no han pretendido plantear su drama como ley general de la Iglesia, la cual, por lo demás probablemente en el futuro podría aprobar un sacerdocio uxorado, pero con condiciones muy diferentes, y manteniendo siempre una especial estima por el celibatario.
En cuanto a los votos religiosos, es evidente que su supresión suprimiría automáticamente el estado religioso como tal. Y de hecho se sabe cómo Lutero fuera contrario al estado religioso, no llegando a encontrar su fundamento evangélico.
Si, en cambio, Lutero, como otros piensan, hubiera recibido una verdadera vocación religiosa, entonces está claro que la ruptura de los votos no pudo haber sido sin culpa, porque, como atestigua la experiencia de siempre, si uno hace voto a razón vista y con la autenticación de la autoridad de la Iglesia, Dios después no le niega la gracia de poder observarlo durante toda su vida. Y la culpa de Lutero se acrecienta, considerando a cuántos religiosos y sacerdotes, incluidos los fieles comunes, él ha engañado con sus sofismas pseudo-bíblicos, alejándolos de la práctica de la castidad.

¹ Las comento en mi libro La coppia consacrata, Edizioni VivereIn, Monopoli (BA), 2008. 
   
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 29 de diciembre de 2010

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