jueves, 5 de febrero de 2026

La tradición contra el Papa

¿Puede existir verdadera fidelidad a la Tradición cuando se la invoca contra el Papa y el Magisterio vivo de la Iglesia? ¿No es acaso una ilusión peligrosa creer que la verdad revelada puede custodiarse al margen de Pedro, como si la infalibilidad estuviera en manos de teólogos o grupos aislados? En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli desenmascara la falacia lefebvrista y muestra cómo su postura repite, con otro disfraz, el mismo error de Lutero y de los modernistas: pretender juzgar la Iglesia desde fuera de la comunión. La Tradición no es un museo congelado, sino un organismo vivo que crece bajo la guía del Espíritu Santo, y quien rompe con Pedro rompe con esa vida. [En la imagen: fragmento de "Entrega de las llaves a San Pedro", pintura al fresco, 1480, obra de Pietro Perugino, ubicado en la Capilla Sixtina, en el Vaticano].

(El artículo original, en lengua italiana, fue publicado por el padre Giovanni Cavalcoli
en el blog Riscossa Cristiana, el 2 de marzo de 2011: https://www.ricognizioni.it/la-tradizione-contro-il-papa-di-pgiovanni-cavalcoliop/)

La tradición contra el Papa

Para nosotros los católicos, como sabemos, el contenido del mensaje del Evangelio, que nos enseñó en un tiempo oralmente Nuestro Señor Jesucristo y fue entregado a los apóstoles y sus sucesores para que fuese predicado en todo el mundo, fue puesto por escrito en su conjunto, ya desde los primerísimos tiempos del cristianismo, y he aquí que tenemos los escritos del Nuevo Testamento como cumplimiento del Antiguo Testamento, mientras que otras verdades, no sin relación con la Sagrada Escritura, fueron conservadas mediante la enseñanza oral, y esto constituye la Sagrada Tradición apostólica, llamada más brevemente "Tradición", parte de la cual después sucesivamente en el curso de los siglos fue puesta por escrito, sin que por eso fuese confundida con los textos de la Sagrada Escritura.
Para nosotros los católicos, el conocimiento infalible de los datos revelados, mediado por la Escritura y la Tradición, está ulteriormente mediado por el Magisterio de la Iglesia, continuador de la enseñanza de los Apóstoles, bajo la guía del Sucesor de Pedro, el Papa. Vale decir que el Magisterio viviente y oral de la Iglesia tiene la función, atribuida por Cristo mismo con la asistencia infalible del Espíritu Santo, de transmitir, conservar, enseñar, interpretar, explicar, aclarar, explicitar y desarrollar los datos de la Tradición y de la Escritura.
Las verdades reveladas entregadas por Cristo de una vez y para siempre a los Apóstoles son en sí mismas inmutables porque son divinas ("cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán") y por esto deben conservarse intactas durante siglos con absoluta fidelidad. Pero al mismo tiempo, este patrimonio de infinita sabiduría es conocido siempre mejor por la Iglesia a lo largo de los siglos hasta el fin del mundo y de los tiempos, gracias a la ayuda del Espíritu Santo, el cual "renueva todas las cosas" y por expresa declaración de Cristo, tiene el objetivo de conducir a la Iglesia "a la plenitud de la verdad".
Una tentación que se ha verificado en la historia del cristianismo y a la cual  desafortunadamente muchos han sucumbido, ha sido la de crearse la convicción gratuita e infundada de que para saber infaliblemente lo que Cristo nos ha enseñado no se tiene necesidad de adherirse a las enseñanzas o a la interpretación del Magisterio viviente y actual (por ejemplo el de un Concilio), sino que es suficiente ponerse en contacto directo y personal con la Escritura o con la Tradición. El primero ha sido el error de Lutero y hoy de los modernistas, sobre todo en el campo exegético; el segundo es el error de los lefebvrianos.
El famoso, perspicaz y erudito sociólogo católico Massimo Introvigne, en un artículo reciente, ha observado con razón que los modernistas, protestantes y lefebvrianos, así como en otros aspectos se hallan en oposición entre sí, sin embargo llegan a tener en contra del Magisterio del Sumo Pontífice, sobre todo de los Pontífices del postconcilio, la misma postura contraria al verdadero catolicismo, con la diferencia de que, mientras los protestantes desde siempre han declarado abiertamente su oposición al catolicismo, los modernistas fingen ser católicos, pero en realidad son protestantes, y los lefebvrianos, extrañamente, quieren considerarse católicos y por añadidura paladines de la ortodoxia católica incluso de mejor manera que los Papas del postconcilio y que las doctrinas del Concilio Vaticano II, a los que se les acusa de haber falseado o abandonado la "Tradición".
Los lefebvrianos no se dan cuenta de que cada uno de los Concilios es testigo de la Tradición, pero de un estado suyo más avanzado, en base al cual se juzgan las fases precedentes y no al revés. Los lefebvrianos actúan como quienes -y pido disculpas por el parangón material pero creo que nos da la idea- quieren juzgar el valor de un automóvil de la última exposición de Turín a la luz de un automóvil de 1930.
Por lo tanto, sucede que así como los protestantes pretenden juzgar las enseñanzas de los Papas a la luz de un contacto directo y subjetivo con la Escritura, encontrando en los Papas una infinidad de errores, de modo similar los lefebvrianos pretenden juzgar las enseñanzas del Magisterio posterior a 1962 (como ha observado el mismo Benedicto XVI) a la luz de un contacto inmediato e igualmente subjetivo con la Tradición, también creyendo encontrar en el Concilio y en los Papas del postconcilio una falsificación de ciertos datos de la Tradición.
Ahora bien, los protestantes, los modernistas y los lefebvrianos no se dan cuenta de que con esta postura suya, aún cuando se encuentran entre ellos doctos teólogos e incluso doctísimos, terminan pretendiendo invocar para sí mismos ese don de infalibilidad que Cristo no les ha garantizado ni a los teólogos, ni a los exegetas ni a los historiadores de la Iglesia, sino solo a los Obispos, sucesores de los Apóstoles, unidos con el Papa y bajo la guía del Papa.
Por consiguiente, la tesis se ha difundido ya sea entre los lefebvrianos como entre los modernistas, según la cual tesis las enseñanzas del Concilio Vaticano II constituirían una ruptura con las del Magisterio precedente, los primeros para lamentarlo, y los segundos para alegrarse, los unos para devaluar tanto como se pueda la autoridad dogmática del Concilio, los segundos para hacer del Concilio una especie de compendio total del cristianismo, excluyendo todas las enseñanzas precedentes, los primeros endureciendo y restringiendo la Tradición al preconcilio, los segundos negando valor a la Tradición.
De hecho, la Tradición en el sentido católico, si bien puede ser comparada, por su solidez y certeza, a la "roca" como Pedro es la "roca", sin embargo, no tiene la inercia de la roca o la rigidez de un cuerpo muerto, porque ella, como lo comprendió bien el beato John Henry Newman, en cuanto producto del espíritu, es un ser viviente, que conserva ciertamente su identidad, pero al mismo tiempo crece, se profundiza y se desarrolla, incluso si es cierto que la comparación con un ser viviente no es del todo apropiada, porque una proposición nueva y más avanzada de la Tradición no sustituye a la precedente, tal como la edad adulta en el viviente sustituye a la juventud, sino que se agrega a la precedente, la cual sigue siendo válida y vinculante, como por ejemplo la Cristología del Vaticano II es ciertamente más avanzada que la de Calcedonia, pero ésta aún hoy sigue siendo válida en su enseñanza inmutable.
La impresión de la ruptura pueden tenerla más los historiadores del Concilio, pero no los teólogos, y si tuvieran que tenerla también estos, constituiría un hecho grave, porque significaría que no pueden ver la continuidad por debajo del progreso.
De hecho, mientras es normal para el teólogo prestar mayor atención a las fórmulas definitivas o definitorias y, por lo tanto, fijas, a las que arriban las discusiones conciliares, el historiador, por su naturaleza ligada a la sucesión de los eventos, es llevado a mirar con mayor atención la evolución de los debates que luego conducen a conclusiones doctrinales finales y oficiales, las únicas que son válidas desde el punto de vista de la fe.
Por esto, el historiador que examina las etapas o eventos en el curso de la elaboración de los documentos conciliares no puede sino constatar los efectivos contrastes, también en el campo doctrinal, que han surgido durante las labores del Concilio entre conservadores y progresistas, sobre todo entre aquellos conservadores que se escandalizaron irrazonablemente de las novedades, y aquellos progresistas que tendían hacia el modernismo.
Excepto que el historiador, sobre todo si es católico, no puede dejar de tomar nota de las conclusiones a las cuales han arribado los debates conciliares, conclusiones donde los contrastes han desaparecido y conclusiones que aparecen en los textos doctrinales oficiales, textos que la Iglesia considera definitivos e irreformables, que es como decir: "infalibles".
Y aquí, tras un atento examen, no existen contradicciones con el pasado. De hecho, en el campo doctrinal o dogmático un Concilio, de acuerdo con la misma fe católica, tratando de materia de fe, no puede romper con el pasado, no puede cambiar sentencia, no puede expresar sentencias erróneas o revisables. Un Concilio aclara un dato precedente, no lo cambia, porque cambiar querría decir oscurecer y falsificar. Lo que para un católico sincero es impensable y para el historiador honesto no es constatable.
En cuanto al teólogo, si bien puede serle útil saber de parte del historiador cómo se ha llegado a las conclusiones canonizadas en los textos oficiales para una mejor interpretación de los textos mismos, sin embargo debe ser sumamente cuidadoso, sobre todo si es católico, de querer encontrar en los textos oficiales doctrinales rastros de aquellas incoherencias o imperfecciones que el historiador constata con facilidad en el material que le viene proporcionado por la historia de los debates conciliares precedentes. Así como el historiador no puede dar mayor importancia doctrinal a los precedentes contradictorios debatidos respecto a las conclusiones a las cuales ha arribado el Concilio con la votación regular.
En cuanto a los lefebvrianos, para sustraerse a este deber de aceptar las doctrinas del Concilio, apelan a pretextos tanto engañosos como inconsistentes. Son sobre todo dos: 1) se dice que el Concilio es solo pastoral y no doctrinal; 2) se afirma que en el Concilio no se han definido nuevos dogmas y que, por lo tanto, sus doctrinas no son infalibles. Entonces, en conclusión -ellos dicen- podemos corregir al Papa y al Concilio en la base a la "tradición".
Esto se responde diciendo que no es cierto que las enseñanzas del Concilio sean solo pastorales, sino que se dan, como han afirmado muchas veces los Papas del postconcilio, también enseñanzas doctrinales, como tales infalibles, ya que para que se de una doctrina infalible -o sea absoluta y perennemente verdadera- no es necesario, como la Iglesia misma enseña (Instrucción "Ad tuendam fidem" de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 1998), que el Magisterio declare explícita o solemnemente que una proposición dada es de fe, sino que es suficiente que de hecho se trate de materia de fe. Este pronunciamiento viene calificado por la mencionada Instrucción como "definitivo" e "irreformable", que es como decir infalible.
En el Concilio Vaticano II se dan indudablemente también enseñanzas de tipo pastoral, que de hecho son la gran mayoría. En este campo la Iglesia no es infalible y, como la misma historia del dogma lo muestra en los hechos, la infalibilidad del Magisterio, en cuanto a ello nunca se ha desmentido (diga lo que diga Hans Küng), del mismo modo el historiador de la Iglesia puede demostrar fácilmente como en el campo pastoral la Iglesia ha cometido errores, que luego han debido ser corregidos. Y en este sentido, un Concilio posterior corrige los errores pastorales cometidos por el precedente.
Por lo tanto, no está prohibido detectar errores pastorales en el Concilio Vaticano II, que eventualmente podrán ser corregidos por un próximo Concilio. Pero pretender, tal vez con el pretexto del progreso dogmático, que el Magisterio no tenga una doctrina fija e inmutable o que en el curso de la historia cambia su opinión en términos de fe o dogma o que puede errar o corregir errores cometidos, es una tesis absolutamente falsa que puede ser desmentida por los historiadores honestos y perspicaces, sobre todo si son católicos, ya que el católico sabe por fe que la Iglesia en términos de doctrina, no obstante cierta apariencia en contrario, no puede equivocarse, incluso si esta certeza puede y debe ser respaldada y confirmada por la historia.
   
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 28 de febrero de 2011

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Anexo

He aquí mi transcripción de este artículo del padre Cavalcoli sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
   
Articulus unicus

Utrum Traditio possit invocari contra Magisterium Papae et Conciliorum

Ad hoc sic procediturVidetur quod Traditio possit invocari contra Magisterium Papae et Conciliorum.
1. Traditio enim est prior et certior quam recentiores doctrinas, et ideo potest esse criterium ad iudicandum Magisterium hodiernum.
2. Praeterea, Concilium Vaticanum II novos dogmata non definivit; unde eius doctrinas non esse infallibiles, et posse corrigi nomine Traditionis.
3. Item, Magisterium postconciliarium introduxisse videtur novitates contrarias Traditioni, quod resistentiam et correctionem iustificaret ab iis qui se custodes fidei existimant.

Sed contra est notum quod Christus Petro et Apostolis, non autem theologis solitariis neque coetibus particularibus, commisit charisma infallibilitatis in fidei transmissione. Ecclesia docet Magisterium Papae et Episcoporum cum Papa legitimum et definitivum esse Scripturae et Traditionis interpretem.

Respondeo dicendum quod Traditio vera non est massa rigida nec museum tempore congelatum, sed est corpus vivum quod identitatem suam servat et simul proficit sub assistentia Spiritus Sancti. Revelatio semel et in perpetuum Apostolis tradita est, sed eius intellectus per saecula profundius cognoscitur. Magisterium Ecclesiae, sub ductu Papae, habet officium custodiendi, interpretandi et evolvendi Traditionem, sine proditione vel alteratione.
Unde impossibile est ut Papa vel Concilium oecumenicum cum et sub Papa in materia fidei Traditioni contradicat; immo eam explicant et ditant. Apparens ruptura quam quidam opinantur non est realis, sed provenit ex lectione partiali vel subiectiva. Historici quidem possunt tensionum vestigia in praeparatoriis disputationibus conciliaribus invenire, sed illae tensiones solvuntur in formulis finalibus, quae sola vincula fidei constituunt.
Error autem eorum qui Traditionem contra Papam invocant consistit in usurpatione charismatis infallibilitatis, quod Christus nec theologis nec exegetis nec historicis concessit, sed soli Petro. Sic protestantes, modernistae et lefebvristae in eadem tentatione cadunt: immediate ad Scripturam vel Traditionem accedere sine mediatione Magisterii, et inde Ecclesiam iudicare. Haec autem positio est illusoria et necessario ad communionis rupturam ducit.

Ad primum dicendum quod Traditio est viva transmissio Veritatis quam Christus Apostolis revelavit et cuius custodiam Petro eiusque successoribus commisit. Sine auctoritate Petri et episcoporum in communione cum Petro, traditio fit criterium subiectivum, arbitrariis interpretationibus expositum. Praeterea, traditio viva implicat melius cognitionem veritatis revelatae per tempus; unde Magisterium hodiernum est regula omnium priorum Traditionis statuum.
Ad secundum dicendum quod non est necessarium ut dogma sollemniter definiatur ut sit infallibile. Sufficit quod de materia fidei agatur, et tunc doctrina est definitiva et irreformabilis. Vaticanum II huiusmodi doctrinas continet, licet etiam doctrinas pastorales proponat quae infallibilitate non gaudent. Hae posteriores a futuro Concilio corrigi possunt, sed numquam doctrinae fidei.
Ad tertium dicendum quod apparentia novitatum Vaticani II non sunt proditiones, sed legitimi progressus. Cristologia Vaticani II, verbi gratia, est magis provecta quam illa Calcedoniae, sed eam nec substituit nec contradicit. Continuatio in fundamento manet, quamvis forma ditetur. Qui hanc continuationem non videt confundit progressum cum ruptura, et sic negare terminat assistentiam Spiritus Sancti Ecclesiae.
   
J.A.G.

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