¿Qué es realmente la soberbia? ¿Es un impulso de grandeza legítimo o la raíz más profunda de la rebelión contra Dios? Esta primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli analiza cómo el mundo pagano oscilaba entre admirar la soberbia como nobleza y condenarla como "hybris", mientras que la sabiduría bíblica la define como negativa y opuesta a la humildad. La soberbia es, en esencia, la negativa a someterse a la verdad, un autoengaño que convierte al hombre en su propio ídolo y lo empuja a la arrogancia y a la jactancia. ¿No es acaso más peligrosa la soberbia refinada de los intelectuales que la grosera de los ignorantes? Este texto del docto teólogo dominico nos invita a reflexionar sobre cómo este vicio, disfrazado de cultura y prestigio, puede convertirse en la más grave apología contra Dios y en camino de perdición. [En la imagen: fragmento de "Soberbia", mosaico bizantino de la Basílica Notre-Dame de Fourvière, Lyon, cripta, sección del altar].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 31 de agosto de 2026
La apología de la soberbia (1/2)
La apología de la soberbia
Primera Parte
(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el 11 de junio de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/lapologia-della-suberbia/)
"Cualquiera que hace el mal odia la luz y no sale a la luz
para que sus obras no sean reveladas" (Jn 3,20)
"Nadie puede poner otro fundamento
diferente del que ya existe" (1 Cor 3,11)
La cuestión de la soberbia
La soberbia es ya conocida por los sabios paganos, quienes la han representado con el mito de Narciso, de Ícaro, de Prometeo y de los Titanes. En la literatura griega hay muchos personajes soberbios, fanfarrones y jactanciosos, mirados con admiración, como ciertos héroes homéricos. La soberbia también se dice en griego yperefanìa, vocablo compuesto que implica la idea de mostrarse superior a lo que se es realmente. A esa idea corresponde el latín superbia. En uno y en otro caso el significado del término es ambiguo: puede significar, sí, el vicio, pero también puede tener el sentido positivo de superarse a sí mismo, magnificencia, noble sentir, sentido del honor, lo cual nos hace comprender cómo el mundo pagano no tuviera las ideas claras sobre este punto tan importante del actuar humano.
Ha sido necesaria la sabiduría judeo-cristiana para dar a la soberbia un significado negativo, ligado a la desobediencia a Dios, oponiéndola a la humildad y distinguiéndola de la justa aspiración del hombre a la superación de las propias límitaciones, a la grandeza y a la ascensión a Dios. No se trata de una tendencia a lo sobrenatural, que por eso mismo lo anularía, sino simplemente de una necesidad de perfección. Jesús en el Evangelio de Marcos (Mc 7,22) condena sin medios términos la soberbia (yperefanìa). Con todo, Grecia, con Aristóteles y con Antígona, nos ha dejado también estupendos ejemplos de humildad, que es el remedio a la soberbia, recordándonos cómo nuestro pensamiento debe ser sometido a lo real -el famoso realismo aristotélico- y nuestra voluntad debe aceptar humildemente la ley moral natural no escrita, sino impresa en la conciencia.
La soberbia en Grecia es llamada también hybris, expresión que significa un pensar que va más allá de los límites de lo lícito, aquello que en sentido etimológico es arrogancia, desmesura, o sea el tras-cogitare, una conciencia de sí que va más allá de lo que es lícito pensar de sí. La soberbia tiene por tanto una sustancial y fundamental referencia al yo y precisamente a la autoconciencia, a la conciencia de la propia inteligencia y de la propia dignidad espiritual.
La esencia de la soberbia
La soberbia es sustancialmente y originariamente la negativa a someterse a la verdad, a la verdad sobre sí mismo y sobre Dios. Esto aparece claro en el relato bíblico del pecado original. Por extraño que pueda parecer para una criatura como el hombre, hecha para encontrar en la verdad su felicidad, siguen siendo verdaderas las amargas palabras de Cristo: "Los hombres han preferido las tinieblas a la luz" (Jn 3,19). Y la causa de esto no es sino la soberbia, triste herencia del pecado original. Por lo tanto, ella es un pecado del pensamiento sobre sí mismo; es una consideración de sí y de la propia dignidad o grandeza, que no está en los límites de lo verdadero y de lo correcto, no está regulada por lo real o por el ser, no reconoce los límites de la propia esencia creatural, sino que hace de hecho que el sujeto tenga de sí mismo una consideración y una estima superior a ello que él efectivamente es. Esto es lo que se llama presunción.
Difícilmente la cultura liberal contemporánea comprende y acepta que pueda haber un pensar culpable y censurable, que se pueda pecar en el pensamiento, convencida de que el pensar como tal pueda crear lo verdadero como le parece y le place, a su antojo, ebria como ella está de una falsa libertad de pensamiento, ignorando que el pensamiento es verdaderamente libre y sano, cuando se somete a la verdad objetiva y a la realidad externa, independiente del yo o del pensamiento, creado por Dios y no por el hombre. La soberbia es una forma de auto-engaño con la cual el soberbio trata luego de engañar y fascinar a los demás haciéndoles creer que él es lo que, en su delirio, él se imagina que es. La soberbia produce así arrogancia y jactancia, propias de quienes tienen siempre necesidad de tener a alguien a su alrededor a su servicio, ser el centro de la atención, hablar con pedantería a los otros aún sin ser interrogados, de sus dotes excepcionales y de sus grandes empresas, superiores a las de muchos otros.
Entre el panteísta que cree ser el Yo absoluto y el demente que se cree Napoleón, la diferencia radica en el hecho de que ciertos ambientes académicos creen al primero y lo consideran un genio, mientras que se compadecen del segundo considerándolo, correctamente, un sujeto necesitado de cuidados. Pero no se dan cuenta de que el elemento propulsor fundamental de la actitud de entrambos es el mismo: una soberbia sutil, inteligente y refinada, alimentada por largos estudios filosófico-teológicos, en el teólogo o en el docente universitario, perfecto fariseo; y una soberbia burda, grosera y ridícula en el segundo. Pero quizás el primero necesitaría más cuidados, remediando su soberbia con un sincero arrepentimiento y el ejercicio de la humildad, que hace alcanzar aquella verdadera grandeza, que la soberbia promete de modo falaz.
La soberbia es a menudo el vicio de los intelectuales y de las personas cultas, refinadas, controladas, corteses, intelectualmente dotadas, tituladas. Pero precisamente aquí radica la insidia, el escollo, la trampa y el problema: que ellos, en último análisis y en modo especial, caen en esa abominable categoría de "ricos", de los cuales habla Cristo, egoístas y explotadores, ambiciosos y codiciosos y en el fondo impíos y candidatos a la condenación. Es grave no emplear las propias riquezas materiales para ayudar a los pobres; pero es aún más grave la apología de la soberbia, que hace derrochar las propias riquezas espirituales y empuja a las almas a rebelarse contra Dios y a ir al infierno.
El pecado de soberbia
¿Pero cómo engaña el soberbio? ¿Como actúa? ¿De qué modo? ¿Por cuáles caminos? ¿Bajo cuáles pretextos? ¿Con cuáles sofismas y astucias? El soberbio se apoya sobre nuestra innata necesidad de grandeza y de autoafirmación, por ejemplo la certeza de la verdad y la seguridad de hacer el bien. Todas cosas dignas en si mismas y más que legitimas, dones y mandatos que nos vienen de Dios. El soberbio nos engaña dándonos a entender de diversos modos que nuestro yo o la humanidad vale y puede mucho más que a primera vista empíricamente parece. Se esfuerza por demostrar que no estamos sometidos a nadie, sino que somos origen y regla de nosotros mismos.
No se trata de reconocer una realidad fuera de nosotros e independiente de nosotros, sino que somos nosotros quienes establecemos lo real y nosotros mismos con nuestro pensamiento y nuestra voluntad, ya que lo real no es otro que nuestro pensar: el ser es el ser pensado, esse est percipi. No existe un principio o fundamento del saber y del actuar objetivo y cierto, uno para todos; sino que cada uno de nosotros es libre de establecer el principio que prefiera.
Para el soberbio el mundo no es un mundo en sí, que deba ser explicado por una causa distinta a nosotros mismos. El mundo es nuestro mundo, es lo que nosotros pensamos y queremos que sea mundo. El mundo es efecto de nuestro pensamiento y de nuestra acción. No se trata del simple hecho de que nosotros conozcamos lo que hacemos, según el célebre lema de Gian Battista Vico, verum est ipsum factum, sino de la pretensión impía de precisamente el propio mismo ser.
Indudablemente, las personas mezquinas, con objetivos limitados, incapaces de abstracciones intelectuales, que viven cada día en medio de tantos apuros o banalidades o inmersos en los vicios carnales, dotadas de un cierto crudo realismo, están en cierto modo al reparo de creer en las manías de grandeza y en los sueños locos de los soberbios, que prometen tomar conciencia de ser Dios o el Absoluto, en el cual tal vez ni siquiera creen, para alcanzar un saber absoluto o una libertad sin límites y una omnipotencia, que al hombre carnal no le interesan ni juzga posibles, contentándose, para usar una frase de Sartre, con nourritures terrestres. Estas personas indudablemente pecan, pero no de modo tan grave y responsable como los soberbios, tanto por la materia del pecado de los soberbios, que toca más de cerca la vida espiritual y el destino eterno del hombre, como por el hecho de que el pecado de soberbia implica una claridad de conciencia, un cálculo astuto y un libre arbitrio, que no existen tan perfectamente en los pecados carnales, los cuales, aunque puedan ser graves, son frecuentemente efecto más de debilidad o impulso pasional que de malicia, dado que a menudo tienen sus orígenes ocasionales en una mala educación recibida, en ambientes moralmente degradados, en situaciones de miseria o de abandono, o con antecedentes psíquicamente anómalos o deficitarios.
La soberbia, más difundida en los ambientes cultos y en los grupos elevados, orgullosos de sus cualidades, prestigio social y riquezas, civiles y eclesiásticos, puede valerse de refinados envoltorios culturales y pretextos ideológicos, extraídos con gran habilidad de diversas filosofías y religiones, en particular de aquellas tradiciones gnóstico-idealista-panteístas, eventualmente ocultistas o esotéricas, que en Occidente inician con Parménides y en India con el Vedanta. El yo se engaña de ser el aparecer o avatar o "momento" sensible del Absoluto, de modo que al final no tiene que dar cuenta a nadie de sus actos, todo le está concedido y llegaría a la más absoluta perversión moral, si normalmente no fuera frenado por las comunes normas de la convivencia civil y eclesial, no ciertamente por íntima convicción, sino por pura conveniencia, que le permite obtener posiciones de primer plano y pasar por hombre sabio y muy respetable.
A la impiedad, al rechazo de lo trascendente y de honrar a Dios, a la auto-divinización, a la magia y a la rebelión a Dios, la religión cristiana sustituye la humilde confianza, la escucha fiel de la Palabra de Dios y de la comunidad eclesial, la devoción, la adoración, la alabanza y la contemplación. A la prepotencia hacia el prójimo, a la sed de dominio, al egoísmo, al egocentrismo, a la explotación de los demás, a la hipocresía, a la arrogancia, a la altivez, a la altanería, a la opresión del débil, al desprecio o escarnio ofensivo de los demás, al implacable orgullo que no perdona, a la susceptibilidad, a la impaciencia, a la terquedad, a la venganza, a la codicia, odiosas propiedades y consecuencias de la soberbia en las relaciones con los demás, la ética cristiana sustituye la humildad, la mansedumbre, la dulzura, la indulgencia, la misericordia, la cordialidad, la gratitud, el espíritu de sacrificio, la dedicación generosa, el espíritu de servicio, la disponibilidad, la docilidad, la sociabilidad, la solidaridad, la apertura y la sencillez de corazón, el amor desinteresado.
El soberbio concibe intencionalmente pensamientos que hacen aparecer plausible la soberbia o incitan a la soberbia bajo engañosos y seductores pretextos para cubrir o justificar las propias acciones, ocultando el mal que piensa y que hace. Pero no está dicho que cualquiera que conciba esos pensamientos, sobre todo si los aprende de otros, o fuera incluso el mismo autor, sea un soberbio y por lo tanto tenga culpa. De hecho, puede suceder que uno los conciba sin darse cuenta de la gravedad de lo que piensa o de sus consecuencias, o permanezca engañado creyendo haber hecho un gran descubrimiento para el bien de la humanidad. En tal caso sus pensamientos siguen siendo objetivamente dañinos y peligrosos, pero quien los formula o los acepta en buena fe permanece inocente.
Incluso en los Santos o en dignos hombres como por ejemplo un san Anselmo, un Duns Scoto, un Eckhart, un Cusano, un Suarez, un Rosmini, existen principios o doctrinas que, sobre todo si son llevados a sus extremas consecuencias, son gravemente erróneos; pero esto no impide que estos eximios autores permanezcan moralmente irreprensibles. Pecarían aquellos que aceptaran estos pensamientos con malicia, para satisfacer su soberbia o sus pasiones. Por lo demás, no está dicho en absoluto que todos los errores sirvan para fomentar la soberbia, ya que también hay otros seis vicios capitales, que esperan tener sus apologistas.
Fin de la Primera Parte (1/2)
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 10 de junio de 2015
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum superbia sit legitima aspiratio ad magnitudinem
vel negativa subiciendi se veritati
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod superbia sit legitima aspiratio ad magnitudinem.
1. Quia sapientes gentilium eam repraesentaverunt ut magnificentiam, nobilem sensum et honorem, quod videtur ostendere eam esse virtutem et non vitium. In litteratura Graeca heroës superbi et iactantes laudantur, quod videtur confirmare argumentum.
2. Praeterea, cultura liberalis hodierna tenet cogitationem esse liberam et creatricem veritatis, ita ut non possit esse culpabilis nec peccaminosa. Hoc argumentum videtur solidum, quia innititur opinioni quod ipsum cogitare constituat reale.
3. Item, superbia videri potest impulsus ad superationem propriarum limitationum et ad ascensionem ad Deum, quod in se dignum et legitimum est. Hoc argumentum videtur persuasivum, quia respondet necessitati humanae perfectionis.
4. Denique, multi intellectuales et culti, refiniti et praeclari, nituntur super superbiam tamquam motorem studiorum et operum suorum, et reputantur sapientes et honorabiles. Hoc argumentum videtur forte, quia superbia se praebet tamquam fons progressus culturalis et socialis.
Sed contra est quod Christus dicit: “Homines dilexerunt magis tenebras quam lucem” (Io 3,19). Item, Evangelium Marci sine medio termino condemnat superbiam (Mc 7,22). Et Aristoteles monet cogitationem subiciendam esse reali, dum lex moralis naturalis in conscientia impressa humilitatem requirit.
Respondeo dicendum quod superbia est substantialiter et originaliter negativa subiciendi se veritati, tam de se ipso quam de Deo. Est peccatum cogitationis, consideratio sui quae excedit limites veri et recti, non regulata per reale nec per ens, nec agnoscit propriam conditionem creaturalem. Superbia est auto‑illusio quae ducit ad arrogantiam et iactantiam, et quae se dissimulat ut magnitudo culturalis vel spiritualis, sed revera est rebellio contra Deum et hereditas peccati originalis. Parit arrogantiam, pedanteriam et necessitatem dominandi, et fit vitium proprium intellectualium et divitum, qui divitias spirituales suas disperdunt et animas ad damnationem impellunt. Vera magnitudo per humilitatem attingitur, quae cogitationem subicit reali et voluntatem legi morali naturali, et quae aperit hominem ad gratiam et contemplationem Dei.
Ad primum ergo dicendum quod mundus gentilium confudit superbiam cum legitima aspiratione. Sapientia iudaeo‑christiana dedit verum sensum negativum superbiae, distinguens eam a legitima aspiratione ad perfectionem.
Ad secundum dicendum cum maiori subtilitate: cogitatio non est libera cum veritatem ad libitum fingit, sed cum se subicit veritati obiectivae a Deo creatae. Cultura liberalis hodierna decipitur falsa libertate cogitationis, quae revera est servitus ego.
Ad tertium dicendum cum extensione: aspiratio ad magnitudinem et ad ascensionem ad Deum est legitima, sed superbia eam corrumpit quia non agnoscit limites creaturae et praesumit esse quod non est. Humilitas vero ducit ad veram magnitudinem, quia accipit legem moralem naturalem et dependentiam a Deo.
Ad quartum dicendum breviter: intellectuales qui nituntur super superbiam possunt videri sapientes, sed revera cadunt in categoriam divitum egoistarum et oppressorium, ad damnationem destinatorum. Apologia superbiae est gravior quam abusus divitiarum materialium, quia disperdit divitias spirituales et animas ad rebellionem contra Deum impellit.
JG
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