En la visión hegeliana, la muerte es un momento necesario en la dialéctica divina y, en definitiva, Hegel llega a divinizar la negatividad y el pecado. ¿No es acaso blasfemo concebir la muerte como atributo de Dios y el mal como parte de su esencia? ¿Qué consecuencias tiene pensar que el pecado de Adán fue un bien y que la serpiente dijo la verdad? ¿No conduce esta lógica a un cristianismo invertido, donde la redención se convierte en magia y el demonio es perdonado como aspecto de la divinidad? ¿No es peligrosa esta exaltación morbosa de la muerte, que incluso algunos teólogos modernos han retomado, olvidando que Cristo aceptó la cruz no por atracción hacia la muerte, sino para liberarnos de ella? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a desenmascarar la gnosis hegeliana y a reafirmar la fe en el Dios de la vida, que vence el mal y la muerte para conducirnos a la salvación eterna.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
domingo, 12 de julio de 2026
Hegel apologista de la muerte
Hegel apologista de la muerte
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 23 de junio de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/hegel-apologeta-della-morte-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
En su esclarecedor artículo "Da Lutero a Hegel. Il cammino germanico della falsa gnosi" ¹, aparecido recientemente en este sitio, el Prof. Vassallo, refiriéndose a estudios hegelianos contemporáneos, ha mostrado cómo la filosofía de Hegel, con la intención de dar una sistematización teorética del cristianismo luterano por él explícitamente profesado, termina por extremizar en modo gnóstico la cristología luterana de la redención, elaborando un concepto de la muerte de Dios como momento dialéctico "negativo" interno a la misma esencia de Dios estructurada triádicamente según los bien conocidos tres momentos del en sí (an sich) como posición de sí; de la oposición de sí para sí u "objetivación" (für sich) y del retorno a sí como reconciliación de sí con sí (an sich für sich).
Este poder de lo "negativo" que actúa en lo interno de la misma divinidad y tiene expresión en la conducta humana, está representado místicamente según Hegel por la figura del demonio, que aparece desde el inicio de la historia bíblica bajo la imagen de la "serpiente". Hegel no acepta la doctrina católica del diablo, pero sin embargo, con su habitual método gnóstico-racionalista, ve en el demonio de la Escritura el símbolo del momento "negativo" de la dialéctica, por el cual Dios, después de haberse opuesto sí a sí, se recupera a sí a cambio del otro -es decir, el demonio- para sí. También aquí se puede notar en Hegel una reacción racionalista respecto a la obsesiva demonología luterana.
El momento de la negación juega en la tesis de Hegel un rol esencial también en cristología. El hombre Cristo, según Hegel, haciendo propio el pecado de Adán (este tema de Cristo pecador ya existe en Lutero), representa también el momento negativo del devenir dialéctico de Dios en la historia, en cuanto Dios se niega a sí mismo en Cristo para reencontrarse a sí mismo en Cristo. Dios por tanto tiene tres opositores: el demonio, el hombre y Cristo, todos ligados a la muerte; pero estas tres figuras de lo negativo conducen por sí mismas a lo positivo.
Sin embargo, mientras para Lutero la muerte de Cristo sigue siendo todavía católicamente no la muerte de Dios sino la muerte de un hombre y además Lutero mantiene la tradicional interpretación de esta muerte como hecho histórico contingente efecto de la libre voluntad amorosa del Redentor, en Hegel la arrogancia racionalista llega al punto de pretender ver en la muerte de Cristo una verdadera y propia necesidad lógica o racional ligada a su concepción dialéctica del ser y en especial modo del "Espíritu".
De tal modo la muerte en Hegel ya no aparece como algo en sí mismo abominable, efecto del pecado entendido como acto del libre arbitrio en oposición a la voluntad de un Dios de la vida, absolutamente bueno e incondicionadamente fautor de la vida, sino que con el pretexto de que Cristo Dios ha asumido la muerte para reconciliarnos con Dios ², Hegel hace una exaltación de la muerte, que él representa con el término lógico "negatividad" ³ como momento necesario del progresar del Espíritu y del devenir mismo de Dios pasando a través de la muerte.
La muerte, por lo tanto, es intrínseca a Dios y es un atributo divino. De ahí la divinización de la muerte, la cual ciertamente está en oposición dialéctica a la vida. Pero como la dialéctica para Hegel es la ley de lo real, si no existiera la muerte la dialéctica no funcionaría, por lo cual lo real quedaría anulado.
Pero esta apoteosis de la muerte en Hegel supone a su vez una concepción del pecado original, causa primordial de la muerte, no como acto de corrupción de la vida humana sino por el contrario como momento en el cual el hombre en el paraíso terrenal, saliendo de un "estado de inocencia" que Hegel entiende no como altísima perfección, sino como condición "animal" de inconsciencia, ha descubierto, bajo el impulso de la serpiente, la autoconciencia, ha tomado conciencia de sí y ha ejercitado su propio libre arbitrio y su propia "responsabilidad" reconociendo el bien y el mal y alcanzando esa "libertad" que lo ha elevado al nivel mismo de la divinidad, por lo cual, siempre según Hegel, la serpiente genesíaca, prometiendo a nuestros progenitores que se habrían de divinizar comiendo del fruto prohibido, no les habría mentido, sino que les habría dicho la verdad, tanto que Dios mismo, después del pecado, habría reconocido que el hombre se ha elevado a la altura de la divinidad. Y Hegel cita en apoyo de esta tesis suya las palabras de Dios: "He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros en el conocimiento del bien y del mal" (Gén 3,22) ⁴.
Hegel no se da cuenta de que aquí Dios ironiza, dado que Adán con su desobediencia no había en realidad adquirido ninguna divinización, sino que había caído en una trágica miseria que transmitirá a todos sus descendientes y que sólo Dios podrá quitar mediante la obra de la redención.
Para Hegel, Adán, que no se ha limitado a un conocimiento informativo sino que, tras la promesa de la serpiente, ha alcanzado un conocimiento fundativo del bien y del mal propio de la divinidad, se ha elevado al nivel de la vida divina precisamente pecando e introduciendo la muerte en el mundo.
Pero el así llamado "pecado" de Adán en realidad no ha sido un verdadero pecado, es decir, Adán en sustancia, aunque realizando el mal, ha hecho bien, porque para Hegel el mal mismo es necesario para la afirmación del bien. En efecto, para Hegel no existe un bien absoluto e incontaminado privado de mal o sin ningún contacto con el mal. El mal también está en Dios, porque la oposición bien-mal, como la oposición ser-nada y la oposición verdadero-falso, para Hegel son necesarias para la existencia de la dialéctica, que, como he dicho, según él es la ley de la realidad.
Se diría que en Hegel exista una especie de impía racionalización de la famosa "felix culpa" que la Iglesia canta el Viernes Santo. Hegel tenía un especial interés por el Viernes Santo ⁵, que para él era el símbolo de la dialéctica divina.
El hecho de que en la historia de la salvación, según el relato bíblico, Dios haya utilizado el pecado de Adán para darnos al Salvador, Hegel lo interpreta como acontecimiento "especulativo", es decir, como necesidad lógica: es la realización del mal lo que obtiene la justicia, porque para Hegel el cumplimiento del "mal" no es entonces un verdadero mal, porque no es otra cosa que la escisión del Yo divino en sí mismo, por la cual el Yo opone un mundo externo a sí y se lo reapropia como suyo.
Siguiendo aquí los antiguos mitos gnósticos, y convencido de tocar el vértice de la "Razón", Hegel considera la creación, que es en realidad un sublime acto metafísico, un mito pueril y entiende el origen del mundo como un proceso lógico-necesario por el cual Dios originariamente uno pero "abstracto", se "autodetermina", se divide en sí mismo (como en lógica lo individual divide lo universal) en las oposiciones y en la multiplicidad y se concretiza como mundo y como historia.
Hegel interpreta la Encarnación del Verbo en este sentido, por lo cual para él Dios no sería Dios si no se hiciera hombre. En todo caso, el relato del pecado original, para Hegel, no tiene nada de histórico y representa sólo la dialéctica hombre-Dios que se resuelve en la dialéctica divina en lo interno de la misma esencia divina, porque Dios es a la vez Dios y hombre. En efecto, así es como Hegel interpreta el misterio de la Encarnación ⁶.
Aquí efectivamente Hegel agrava la visión luterana de la Encarnación donde Lutero dice que lo que le importa en Dios no es su esencia ⁷, sino el hecho de que en Cristo está su Salvador, por lo cual en tal sentido tampoco Lutero sabe concebir un Dios que no sea Cristo. En Lutero hay aquí una instancia mística no alejada del catolicismo. En Hegel en cambio subentra una presunción gnóstica de demostrar lo que está por encima de la razón.
Por eso en Hegel Dios se afirma o se "recupera" a sí mismo como viviente precisamente negándose a sí mismo en la muerte. Por eso Cristo salva al hombre en cuanto Dios mismo en Cristo muere y resucita. Sin embargo, no resucita después de la muerte sino en la muerte. Pero esto, más allá de cualquier apariencia ligada al lenguaje descontrolado de Lutero, va mucho más allá del luterano pecca fortiter et crede firmius. Hegel, extremizando también aquí a Lutero, olvida el consejo de san Pablo que nos prohíbe hacer el mal para obtener un bien.
Por lo tanto, en Hegel el pecado o la supresión de la vida, que él llama "negatividad" como si se tratara de una simple operación lógica, no es un acto humano malo perdonado o perdonable por Dios, sino que es acto de Dios mismo que, para ser "consciente de sí" se escinde y opone sí a sí, como la muerte se opone a la vida para ser a su vez vencida por la vida. Pero el círculo se cierra porque el inicio coincide con el final y por tanto el ciclo vuelve a empezar.
A decir verdad, esta circularidad representa bien la absolutidad divina, pero el problema es que Hegel entiende tal circularidad también como proceso histórico, como "devenir" de Dios, por lo cual de aquí nace la típica concepción hegeliana de la historia, que une el conservadurismo (Dios es siempre eso) al espíritu revolucionario (el devenir de Dios).
Hegel no se da cuenta de que este conflicto en lo interno de Dios es simplemente absurdo y blasfemo, muy lejos de cualquier visión racional de la naturaleza divina, sino de lo más irracional que se pueda imaginar acerca de este delicadísimo tema. Por eso justamente Kroner ha definido el sistema hegeliano como el más irracional de toda la historia de la filosofía.
Pero he aquí que al mismo tiempo también ha sido llamado "panlogismo" por ese su optimismo de la "reconciliación" de la divinidad con sí misma y por tanto de todo con todo. Incluso el demonio es perdonado por Dios -aquí me viene a la mente Orígenes- porque, al fin y al cabo, es un aspecto de la misma divinidad. Sin embargo, en Hegel también la alegría se tiñe de melancolía, porque el mal, el sufrimiento y la muerte siguen siendo siempre ingredientes necesarios de la dialéctica del Absoluto.
En el prefacio de la Fenomenología del Espíritu ⁸, Hegel afirma que la "vida del Espíritu" implica que lo "accidental, separado del propio ámbito, lo que está ligado y es real sólo en su conexión con otro, adquiere su propia existencia determinada. Todo esto es el inmenso poder de lo negativo; ello es la energía del pensar, del puro Yo" (p.26).
Para Hegel, el espíritu está valientemente al lado de la muerte, permanece junto a ella y "mantiene firme el mortuum […] No se horroriza ante la muerte, reacio a la destrucción, sino que soporta la muerte y en ella se mantiene. El espíritu gana su verdad sólo a condición rencontrarse en la más absoluta devastación. […] El espíritu es esta fuerza sólo porque sabe mirar lo negativo y permaneciendo junto a él. Este afirmarse permaneciendo junto a lo negativo es la mágica fuerza que convierte lo negativo en el ser" (p.26).
El espíritu, según Hegel, tiene en sí un poder que se desprende de él y a él se contrapone, pero para luego volver a él y recrear la simplicidad y la quietud originarias. Es esta misma fuerza negativa la que provoca la recomposición de la unidad primitiva. Se trata de una descripción no privada de correspondencia a lo real; pero lo que es del todo inaceptable es la aplicación que Hegel hace de esta dialéctica a la misma esencia divina y por tanto a la cristología.
Es necesario reconocer en Hegel la validez de este espíritu que afronta la muerte y no le tiene temor; sin embargo, este hecho de que el espíritu no tiene "horror" a la muerte y se complace en "permanecer" o "detenerse" junto a la muerte, tiene algo morboso e inaceptable. Parece encontrar un gusto por la muerte en sí misma; y esto ciertamente no es el signo de un buen espíritu. El espíritu bueno soporta la muerte sí, ¡pero para vencerla! "Huid del mal con horror", nos ordena el Apóstol.
Una cosa a notar en este "inmenso poder de lo negativo" es el hecho de que aquí Hegel no hace referencia al sacrificio de Cristo, sino que se le escapa la siguiente expresión: "mágico poder de lo negativo". La salvación del hombre, por tanto, no es fruto de la redención sino de la magia. Algo de este tipo ya encontramos en Giordano Bruno, de quien Hegel tenía mucha admiración.
Han quedado famosas las palabras del Nolano al final de uno de sus tratados acerca de la magia: "Quien quiera conocer los máximos secretos de la naturaleza, debe preocuparse por contemplar los mínimos y máximos los contrarios y opuestos: qué profunda magia es extraer lo contrario después de haber encontrado el punto de la unión".
Adán en el paraíso terrenal, en la interpretación de Hegel, conocía el bien, el "punto de unión", pero, impulsado por la "negatividad", ha querido quitarle a Dios la función de legislador y sustituirse a Él. Así, según Hegel, Adán ha devenido Dios. Pero un Dios contra Dios. He aquí pues que Dios, para reconciliarse con Sí mismo, ha puesto otra decisiva negatividad: la muerte de Cristo, por la cual Dios, muerto en Cristo, se recuperó a Sí mismo en la resurrección de Cristo.
Por lo tanto, debemos decir con toda franqueza que los cristólogos católicos que hoy condescienden al dolorismo hegeliano del Dios que sufre, se aliena y muere, deberían recordar que este drama interior a la esencia divina en Hegel no es más que la consecuencia lógica de un Dios que es causa del mal y del pecado, ya que la pena es consecuencia del pecado.
Si estos cristólogos fueran coherentes como Hegel, no deberían quedarse a mitad de camino, tal vez retenidos por el temor a exagerar, sino que deberían asumir también las premisas hegelianas. O si, por el contrario, para ellos estas premisas no son válidas, entonces deberían renunciar a las consecuencias, sin quedar pendulando entre el error y la verdad. Cristo nos pide que nuestro lenguaje sea sí, sí; no, no; el resto pertenece al diablo.
A tal propósito de la cuestión de la muerte existe un gran equívoco, de larga data, pero duro de morir. Es verdad que el cristiano ama en cierto modo el sufrimiento, sabiendo que es en esta vida ineliminable y que de él viene la salvación. Pero no se trata de amar el sufrimiento como tal, lo que sería un signo de demencia o de perversión moral.
El cristiano ama el sufrimiento, o para decirlo mejor, lo acepta serenamente con fortaleza no en cuanto sufrimiento, sino en cuanto hecho propio por Cristo hombre, el cual, por amor a nosotros, salva al mundo en cuanto, como Dios de la vida, impasible, omnipotente e inmortal, con su divino poder remite los pecados y salva de la muerte.
En cambio, parece advertirse este gusto morboso por la muerte como valor en sí, en Rahner, para el cual la muerte como tal correspondería a la plenitud de la vida y a la elección suprema y definitiva por la libertad, por tanto al momento de la salvación. Rahner de hecho niega que exista un "después" de la muerte, con el pretexto de que en el más allá el tiempo no existe, por lo cual todo se resuelve en el momento mismo de la muerte.
La muerte no es vista como hecho físico de la separación del cuerpo del alma que continúa existiendo separadamente del cuerpo (inmortalidad del alma), sino que viene cargada de un valor "espiritual". La muerte, dice él, es "un acto espiritual-personal del hombre mismo" ⁹. La muerte "es por su naturaleza el cumplimiento personal de sí" (ibid.). La muerte "debe ser entendida como acto del hombre desde lo interno y, bien entendido, precisamente la muerte misma, no sólo como una toma de posición del hombre frente a ella, que permanece fuera de ella" (ibid.). Por lo tanto la muerte no recibe valor de un acto extrínseco a ella, el cual puede ser precisamente una intención expiatoria o redentora (¡éste es el significado cristiano de la muerte!), sino que tiene valor en sí misma como muerte.
"En la muerte el alma alcanza el cumplimiento de su personal autogeneración [...] La muerte debe ser, por tanto [...] un activo conducirse-a-cumplimiento, generación creciente y comprobante del resultado de toda una vida y total tomarse-en-posesión de la persona, es un haberse-realizado-a-sí-mismo y plenitud de la realidad personal actuada libremente" (p.30). En otro lugar, Rahner sostiene que con la muerte el hombre muere enteramente, alma y cuerpo, y al mismo tiempo resucita, pero no hay espacio aquí para citar los pasajes ¹⁰.
Rahner no dice aquí ni una palabra sobre la visión beatífica como premio celestial y como estado de la plenitud final del camino del espíritu humano, estado del alma separada consecuente a la muerte, en espera de la resurrección en la Parusía, de hecho más bien niega la existencia de un alma separada porque el hombre resucita inmediatamente todo entero. Por otra parte, es evidente aquí cómo la muerte está morbosamente y absurdamente apreciada en sí misma y no como momento en el cual el creyente puede unirse a la cruz salvífica de Cristo, el cual ciertamente ha aceptado la muerte, pero no porque de por sí sea atrayente -Él ha sudado sangre ante la perspectiva de tener que morir-, sino en cuanto que por voluntad del Padre celestial, Él ha expiado sobre la cruz nuestros pecados, no para que permanezcamos eternamente en la muerte, sino a fin de que fuéramos liberados de ella para siempre.
El profesor Vassallo señala luego acertadamente en su artículo cómo ante estas lúgubres y blasfemas fantasías nuestro pensamiento se vuelve hacia la actual incapacidad generalizada en muchos de respetar y defender la vida o de renunciar a bajos niveles de vida (por ejemplo, el placer sexual) para alcanzar o proteger lod más elevados. Sucede que la gente se rinde pronto ante el poder de las fuerzas de la muerte, no se cree lo suficiente en la vida. El "inmenso poder de lo negativo" parece superior a Dios: ciertamente una cristología hegeliana no es de las mejores para hacernos resistir a las fuerzas del pecado, del sufrimiento, de la muerte y de Satanás y para vencer la buena batalla para alcanzar la vida eterna.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 23 de junio de 2013
Notas
² Cfr. mi estudio La dialettica nella Cristologia di Hegel, en Sacra Doctrina, 6, 1997, pp. 87-140.
³ El demonio en Hegel es el símbolo mítico de la "negatividad", momento esencial de la dialéctica, presente también en Dios y piedra angular de todo el sistema hegeliano. Sorprende por lo tanto muchísimo el título del libro, por otra parte empeñoso, de Vito Mancuso, Hegel teologo e l’imperdonabile assenza del "Principe di questo mondo", Piemme 1996.
⁴ Esta interpretación delirante del pecado original se encuentra expuesta en dos pasajes de los escritos de Hegel: en las Lezioni sulla filosofia della religione, Zanichelli, Bologna 1973, vol.I, pp.357-371 y en las Lezioni sulla storia della filosofia, I, La Nuova Italia , Firenze 1995, p.122.
⁵ Véase el estudio empeñoso y bien documentado de Emilio Brito SJ, La Christologie de Hegel, ediciones Verbum Crucis, Beauchesne, París, 1983.
⁶ Es hoy bien conocida la influencia de Hegel en la actual cristología católica. Esto comenzó con Küng y el mayor exponente de esta tendencia filo-hegeliana es Rahner. Al final de este artículo daré un ejemplo de esta dependencia de Rahner frente a Hegel sobre este tema de la muerte. Expongo este proceso en mis dos volúmenes: Il Mistero dell’Incarnazione del Verbo, ESD, Bologna 2003 e Il mistero della Redenzione, ESD, Bologna 2004.
⁷ En cambio, recordemos que el papa Benedicto XII en 1336 ha definido dogmáticamente que la bienaventuranza celestial consiste en la visión inmediata de la esencia divina, lo que obviamente no excluye la visión de Cristo, sino que simplemente quiere recordar que la Encarnación no ha sido un proceso metafísico con lo cual Dios se ha convertido en Dios, ya que Dios habría podido existir también sin la Encarnación, siendo ésta un acto de gratuito amor y no la consecuencia del devenir de Dios. El Dios conocido por la sola razón es ya el verdadero Dios, aún prescindiendo de nuestro saber de que se ha encarnado. Musulmanes y Judíos ya conocen al verdadero Dios, aunque no sepan que se ha encarnado. Conociendo a Cristo nosotros conocemos mejor a ese Dios del cual sabemos ya la existencia con nuestra razón. Pero sabemos cómo trata Lutero a la razón. Aquí Hegel reacciona y cae en el exceso opuesto del racionalismo gnóstico.
⁸ La Nuova Italia, Firenze, 1988.
⁹ Sulla teologia della morte, Morcelliana, Brescia 1972, p.29.
¹⁰ Se los puede encontrar en mi libro Karl Rahner. Il Concilio tradito, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2009.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum mors sit intelligenda ut attributum divinum necessarium vel ut consequentia peccati
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod mors sit intelligenda ut attributum divinum necessarium et non ut consequentia peccati.
1. Quia Hegel affirmat mortem intrinsecam esse Deo et sine ea dialecticam non posse operari, unde reale annullaretur. Si dialectica est lex realis, mors videtur esse conditio indispensabilis existentiae.
2. Praeterea, peccatum Adae, secundum Hegel, non fuit verum peccatum, sed inventio autocognitionis et elevatio ad gradum divinitatis. Serpens, promittens divinizationem, veritatem dixisse videtur, et Deus ipse agnovisse hominem ad altitudinem divinam elevatum.
3. Item, Christus peccatum portans repraesentat momentum negativum dialecticae, et mors eius esset necessitas logica Spiritus. Sic redemptio non esset actus liber amoris, sed processus rationalis inevitabilis.
4. Denique, spiritus, secundum Hegel, veritatem suam acquirit manendo iuxta mortem et se affirmando in negativo. Hoc ostenderet mortem esse vim positivam et reconciliatricem, et malum ipsum necessarium ad affirmationem boni.
Sed contra est quod Sacra Scriptura dicit: novissimus inimicus destruetur mors (1 Cor 15,26). Apostolus Paulus docet: stipendium peccati mors est, gratia autem Dei vita aeterna in Christo Iesu Domino nostro (Rom 6,23). Thomas Aquinas affirmat Deum esse vitam subsistentem et malum non posse attribui essentiae divinae. Magisterium commemorat Christum mortem accepisse non quia ipsa esset necessaria, sed ut eam vinceret et nos liberaret.
Respondeo dicendum quod mors non est attributum divinum nec momentum necessarium dialecticae Dei, sed est consequentia peccati, a Christo in cruce et resurrectione victa. Exaltatio hegeliana mortis ut negativitatis necessariae est gnosis rationalistica quae confundit malum cum bono et redemptione magiam facit.
Narratio biblica ostendit Adam, disobedientia sua, non divinizationem adeptum, sed miseriam incurrisse, mortemque posteris transmisisse. Serpens non veritatem dixit, sed decepit. Mors non est plenitudo vitae, sed ruptio ordinis a Deo voliti. Christus, mortem accipiens, non eam divinizavit, sed vicit, ostendens misericordiam divinam non impotentiam esse, sed virtutem quae salvat.
Cogitatio hegeliana, mortem introducens in essentiam divinam, cadit in absurdum et blasphemiam, quia Deum facit causam mali et peccati. Circularitas quam describit, ad historiam applicata, producit visionem contradictoriam Dei qui idem semper est et simul fit. Vera doctrina docet Deum immutabilem esse et historiam gubernari providentia eius, non processu dialectico intrinseco essentiae.
Ergo visio hegeliana mortis ut attributi divini est contraria fidei et rationi, dum doctrina christiana docet Deum vitam absolutam esse et mortem in Christo victam.
Ad primum dicendum quod dialectica non requirit mortem ut conditionem realis; mors est inimicus a Christo victus, non fundamentum existentiae.
Ad secundum dicendum quod peccatum Adae non hominem elevavit, sed deiecit, et sola redemptio eum restituit. Serpens mentitus est et homo in miseriam cecidit.
Ad tertium dicendum quod mors Christi non fuit necessitas logica, sed actus liber amoris ad nos salvandos. Redemptio non est deductio rationalis, sed donum gratuitum.
Ad quartum dicendum quod spiritus veritatem suam non acquirit manendo in morte, sed vincendo mortem per vitam aeternam in Deo. Manere in negativo est morbosum et falsum; victoria super negativum est vera salus.
JG
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