Una buena ocasión para reflexionar sobre el verdadero sentido del diálogo en la Iglesia y la tentación modernista de convertirlo en un fin en sí mismo. ¿Qué valor tiene un diálogo que desprecia a los católicos fieles al Magisterio? ¿No es el modernismo una falsa actualización que somete el Evangelio al pensamiento moderno? ¿Podemos olvidar que Cristo dialogó con fariseos y doctores de la ley sin rebajar la verdad, hasta el sacrificio de su vida? ¿No es el verdadero diálogo el que combina mansedumbre y firmeza, como el cordero y el león? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos desafía a distinguir entre el respeto a las personas y la condena del error, aprendiendo de Cristo el arte de dialogar sin traicionar la fe. [En la imagen: fragmento de "Nicodemo visitando a Jesús", óleo sobre lienzo, 1899, obra de Henry Ossawa Tanner, conservado en la Pennsylvania Academy of Fine Arts, Philadelphia].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 10 de julio de 2026
El diálogo con los modernistas
El diálogo con los modernistas
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 16 de agosto de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/il-dialogo-con-i-modernisti-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
Los modernistas se glorían de realizar un diálogo en todo ámbito: con los protestantes, los ortodoxos orientales, los musulmanes, los judíos, los budistas, los hinduistas, los laicistas, los masones, los comunistas, los ateos, y cualesquiera otros. Pero habría que preguntarse cuán dispuestos están a dialogar con los católicos que quieren vivir en plenitud su comunión eclesial y acogen con confianza e integralmente toda la enseñanza del Magisterio de la Iglesia desde el Concilio de Jerusalén hasta el Concilio Vaticano II, o bien con aquellos católicos que, en nombre de la Tradición, encuentran dificultad en aceptar las enseñanzas del Vaticano II.
Recordemos brevemente qué es el actual modernismo. El modernismo es una continuación no declarada pero real del modernismo condenado por san Pío X, con la diferencia de que el modernismo de hoy está afectado por mayores influjos del pensamiento moderno, pero su esencia sigue siendo la misma, es decir, la voluntad de asumir el pensamiento moderno en todo, haciéndolo criterio para aceptar del Evangelio lo que le es conforme y rechazando lo que le es contrario, en lugar de hacer como debería hacer un buen católico y la Iglesia misma ordena hacer: asumir de la modernidad lo que es conforme al Evangelio y rechazar lo contrario.
El modernismo contemporáneo es un intento fallido de modernizar o actualizar o hacer progresar o renovar la vida cristiana sobre la base de una falsa interpretación, precisamente modernista, de las doctrinas y de las directrices prácticas y pastorales del Concilio Vaticano II.
No cabe duda de que en la medida en que el modernismo contiene verdaderas instancias de progreso y de renovación, debe ser acogido sin reservas. Esta ha sido y es la actitud de quienes, como por ejemplo Maritain, Gilson, Congar, Palazzini, Chenu, Labourdette, Parente, Spiazzi, Boccanegra, Daniélou, Guitton, Jolivet, Galot, Guardini y otros, los cuales merecen el nombre de "progresistas" en el buen sentido, que no debe confundirse con el apelativo de "modernistas".
Además, el modernismo, como todas las enfermedades del espíritu, presenta diversos niveles de cualidad, según la convicción y la extensión con las cuales se es sometido o drogado por los errores de la modernidad, haciendo al mismo tiempo resistencia a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia. En muchos, sin embargo, se encuentran simplemente rastros de modernismo; pocos o poquísimos (y son los más peligrosos) están gravemente contagiados, hábiles maestros y divulgadores del error, peligrosos porque como lobos travestidos de cordero, seducen a muchos, sobre todo si ocupan puestos de poder.
Dialogar con los lobos no es fácil. Sin embargo, Cristo envía a sus corderos en medio de ellos y da instrucciones sobre cómo comportarse: "Sencillos como las palomas, prudentes como las serpientes". Es necesario aprender de san Francisco de Asís que ha dialogado con el lobo. Los pastores deberían advertir al rebaño de la llegada del lobo, pero por desgracia raramente lo hacen, y de hecho huyen, de modo que el lobo despedaza a las ovejas.
Es difícil dialogar sobre todo con aquellos modernistas más cultos, astutos y ambiciosos, que están arraigados en el error, ultraconvencidos de estar en lo correcto y ocupan puestos de poder o están revestidos de encargos académicos, rodeados de un vasto séquito de fieles discípulos. Si se les insta al diálogo, aunque se les reconozcan aspectos válidos, haciéndoles presente incluso con garbo y razonadas motivaciones su oposición a la doctrina católica, fácilmente no responden o se indignan.
Consideran a sus adversarios con total desprecio, ni siquiera merecedores de ser tomados en consideración, no importa si de varios modos se refieran al Magisterio de la Iglesia o incluso son representantes del Magisterio, hasta llegar al Papa mismo. Tampoco se defienden con argumentos, porque no los tienen, sino con la calumnia y la mentira. No sienten que tengan que justificar su prepotencia, porque piensan que ella sea suficiente para obtener lo que quieren.
Y si se trata de superiores, ellos intentan imponer el silencio a los objetores y pasan al insulto o a la difamación. En algunos casos hay verdaderas y propias persecuciones. En los ambientes académicos, los docentes fieles al Magisterio son ignorados, marginados y calumniados. Se busca disuadir a los jóvenes de integrarse a su escuela. Aquellos que intentan ser sus discípulos son intimidados o amenazados. La Santa Sede y los buenos obispos tienen dificultades para gobernar la situación.
Desde hace muchos años la Iglesia nos enseña el arte del diálogo. El propio Concilio Vaticano II es un gran maestro del diálogo. La Santa Sede, siguiendo la reforma promovida por este Concilio, ha instituido, como sabemos, diversos organismos a varios niveles institucionalmente dedicados al diálogo con todos los componentes de la humana sociedad, con las culturas y con las religiones. Famosa ha seguido siendo la gran encíclica Ecclesiam Suam de Paulo VI, de 1964, por él publicada mientras aún estaba en marcha el Concilio.
Desde entonces muchos han sido o han sido propuestos como maestros del diálogo, con notable éxito. Sus nombres son conocidísimos y no es el caso citarlos, ni por otra parte pretendo desconocer sus méritos. Pero, queriendo hacer un balance de las décadas de su actividad, habría que preguntarse cuántos entre ellos, con cuánta prudencia, corrección y evangélica eficacia, han desarrollado o desarrollan esta delicadísima actividad, preñada de consecuencias sumamente serias para el bien de las almas, sea que se trate de conducirlas a la verdad, sea que haya que temer por su salvación.
Me pregunto en qué medida ellos han pensado en ese eminentísimo y divino ejemplo de dialogante que es el mismo nuestro Señor Jesucristo. En efecto, parece que el diálogo sea un descubrimiento de la Iglesia moderna. Indudablemente ella nos da nuevas indicaciones, idóneas para que nosotros podamos divulgar mejor el Evangelio y obrar por la salvación de las almas.
¿Pero dónde encontrar un mejor Maestro, dónde encontramos mayormente todos los aspectos del diálogo, todos sus matices, toda su apertura, todos sus métodos, sus secretos, sus fines, sus motivos, sus actitudes, sus tonos, sus formas, sino en las enseñanzas y en la conducta de Nuestro Señor? ¿Acaso deberíamos ser nosotros hoy los que enseñemos a Cristo como se dialoga? He aquí la presunción de los modernistas.
¿Se puede decir que Cristo no haya sabido dialogar con los fariseos, con los doctores de la ley, con los sumos sacerdotes? Ciertamente Jesús en sus inicios atrajo a las multitudes, pero sabemos cómo terminó luego su vida terrena. Él no concibió el diálogo como fin en sí mismo ni como modo de atraer simplemente a las multitudes complaciendo sus gustos.
Nadie mejor que Él conocía las universales necesidades, fines y derechos de los hombres y era capaz de satisfacerlos. Pero no ha tenido temor de ponerse en contraste con todos y con los propios líderes, cuando estaba en juego el honor de Dios y el bien del hombre, el bien de aquellos mismos que lo contrastaban. ¿Jesús modificó su predicación y su diálogo para no tener dificultades? De ninguna manera. Ha seguido hasta su muerte, hasta el sacrificio de su propia vida. Este es el verdadero diálogo.
Ha sabido dialogar con sus propios enemigos, ciertamente con un tono que no ha usado para con los pecadores arrepentidos, para con los pequeños, para con los pobres, para con los que sufren, para con los humildes. Es precisamente de esta ductilidad de Cristo (cordero y león) que debemos aprender: a no apagar la mecha humeante y no romper la caña partida, sino al mismo tiempo coraje y firmeza contra quien se rebela a Dios y se muestra enemigo del hombre.
Los modernistas no son el modernismo. Por lo tanto, se debe condenar el error pero tener respeto por las personas. Con ellos es necesario tener una gran paciencia y esperar a que pase la borrachera y su resaca, confiando en la ayuda del Señor, también porque ciertamente muchos no se dan cuenta de su error, dado que es difundido por los líderes.
Algunos de ellos, los más comprometidos, indudablemente son intratables: si se intenta hacerles observaciones, te comen la cara, como se suele decir. Quien los critica, pasa a ser un sacrílego entre sus partidarios, reo de lesa majestad o un idiota irrecuperable, aunque fuera doctor en teología.
Sin embargo, en principio, pueden, debidamente abordados y también gracias a la intercesión de los Santos ¹, arrepentirse y darse cuenta de su error, valorando las instancias positivas. Son hermanos también ellos llamados a la salvación y, más aún, a la santidad, partícipes de la común humanidad que une a todos los hombres, y se consideran y son discípulos de Cristo. Estamos juntos en la Iglesia, sujetos al mismo Vicario de Cristo.
Es importante buscar el diálogo también con ellos, estén o no estén constituidos en autoridad, y esto con confianza, paciencia, mansedumbre, desinterés, competencia, humildad, esperanza, insistencia, caridad, firmeza, en la certeza de que no se trabaja en vano, sino para construir el Reino de Dios.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 16 de agosto de 2013
Notas
¹ Por ejemplo el Siervo de Dios Padre Tomas Tyn, para citar un caso bien conocido por mí.
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum modus quo modernistae intellegunt dialogum sit conformis vero spiritui christiano
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod modus quo modernistae intellegunt dialogum sit conformis vero spiritui christiano.
1. Quia modernistae promovent dialogum cum omnibus religionibus et doctrinis, quod videtur signum aperturae et universalitatis. Si Ecclesia huic dialogo renuntiaret, accusaretur intolerantiae et clausurae erga mundum modernum.
2. Praeterea, quia dialogus acceptationis omnium quae modernitas proponit censeri potest ut forma aggiornamenti, necessaria ne Ecclesia maneat in praeterito. Si hic modus dialogandi reiciatur, periculum est ne amittatur contactus cum cultura hodierna et ne Ecclesia fiat irrelevans.
3. Item, quia dialogus qui vitat doctrinales confrontationes videtur pacem et unitatem servare, vitando divisiones et conflictus intra Ecclesiam. Si error aperte indicetur, periculum est ne oriatur tensio et ruptura quae communionem laedat.
4. Denique, quia Christus ipse cum omnibus dialogavit, etiam cum adversariis, et multitudines attraxit. Ergo modus modernus dialogandi, qui omnibus placet, videtur conformis eius exemplo, cum missio Ecclesiae sit attrahere et neminem perdere.
Sed contra est quod Dominus dixit: Oportet obedire Deo magis quam hominibus (Act 5,29). Apostolus Paulus restitit Petro cum veritas Evangelii in periculo esset (Gal 2,11). Franciscus Assisiensis dialogavit cum lupo, sed non destitit monere gregem. Concilium Vaticanum II, in encyclica Ecclesiam Suam a Paulo VI edita, docet dialogum semper subordinationem exigere veritati revelatae et saluti animarum.
Respondeo dicendum quod modus quo modernistae intellegunt dialogum non est conformis vero spiritui christiano. Illi enim concipiunt dialogum ut indiscriminatam acceptationem omnium quae modernitas proponit, facientes ex cogitatione moderna criterium ad Evangelium recipiendum vel reiciendum. At vero dialogus consistit in assumendo ex modernitate quod Evangelio congruit et reiciendo quod contrarium est.
Dialogus non est finis per se nec medium ad multitudines placendas, sed instrumentum ad veritatem et salutem ducendas. Christus ipse praedicationem suam non mutavit ad difficultates vitandas, sed perseveravit usque ad mortem. Verus dialogus requirit mansuetudinem erga humiles et firmitatem contra inimicos Dei.
Praeterea multi modernistae non plene sunt conscii erroris sui, quia diffunditur per duces potentes. Quidam graviter infecti sunt et periculosi, quia multos seducunt specie mansuetudinis; alii tantum vestigia modernismi ostendunt et possunt corrigi patientia et caritate. Dialogus cum eis debet esse perseverans, fidens auxilio Domini, et exercendus cum humilitate, spe et firmitate, in certitudine quod non frustra laboratur, sed ad Regnum Dei aedificandum.
Modus modernistarum dialogum intellegendi, qui contemnit catholicos fideles Magisterio et ad calumniam atque diffamationem confugit contra contradicentes, non est conformis Evangelio. Verus dialogus requirit reverentiam personarum, patientiam et caritatem, sed etiam firmitatem contra errorem, sequendo exemplum Christi qui scivit esse agnus et leo.
Ad primum dicendum quod apertura universalis est bona, sed non potest significare indiscriminatam acceptationem. Dialogus debet discernere inter ea quae Evangelio congruunt et ea quae contraria sunt.
Ad secundum dicendum quod verum aggiornamentum consistit in renovatione vitae christianae in fidelitate Magisterio, non in subiectione Evangelii cogitationi modernae.
Ad tertium dicendum quod pax et unitas non obtinentur occultando errorem, sed corrigendo eum cum caritate et firmitate. Communio ecclesialis roboratur in veritate, non in complacentia.
Ad quartum dicendum quod Christus quidem cum omnibus dialogavit, sed numquam veritatem deseruit nec multitudinibus in eorum cupiditatibus placuit. Dialogus eius fuit via salutis, etiam pretio vitae suae.
JG
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