Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, escrito a fines de 2013, aborda con agudeza la sorprendente referencia del Papa Francisco al modernismo en su diálogo con Scalfari, y abre un horizonte nuevo para la pastoral de la Iglesia. ¿Qué significa que el Papa hable de modernismo en clave positiva, cuando durante un siglo fue considerado la suma de todas las herejías? ¿No es acaso un giro audaz que invita a descubrir lo que hay de verdadero incluso en los errores más peligrosos? ¿Cómo distinguir entre la legítima apertura a la cultura moderna y la infiltración de un falso progresismo que se disfraza de diálogo? ¿No es el tema de la conciencia, tan ligado al yo cartesiano, una de las trampas más seductoras del modernismo? El texto nos desafía a afrontar con serenidad y responsabilidad la cuestión, siguiendo el ejemplo de Cristo que no apaga la mecha humeante, pero sin ceder jamás en los puntos de la fe. [En la imagen: fragmento de "Visita de Nicodemo a Jesús", óleo sobre lienzo, 1880, John La Farge, conservado en el Smithsonian American Art Museum, Washington].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
sábado, 11 de julio de 2026
Diálogo con el modernismo
Diálogo con el modernismo
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 13 de octubre de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/dialogo-col-modernismo-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
Ya he comentado algunos aspectos de la nueva entrevista concedida por el Papa a Scalfari en Casa Santa Marta y había prometido tocar otros dos puntos que surgieron en ese encuentro: la cuestión del modernismo y la de la conciencia.
La agencia de noticias ZENIT del pasado 1° de octubre reporta, entre las palabras del Papa, una interesantísima referencia al "modernismo", que en cambio no aparece en el texto publicado por Repubblica el mismo día y por L'Osservatore Romano del 2 de octubre, donde en su lugar aparece la expresión "cultura moderna", que es otra cosa, aunque no sin relación con el fenómeno del modernismo, que es una aproximación herética a la cultura moderna en su momento condenada, como es sabido, por san Pío X, mientras que los Papas del postconcilio siempre -salvo rarísimas excepciones- han evitado usar la palabra "modernismo", cargada de dramáticas resonancias, y han hecho presente muchas veces cómo la confrontación crítica con la cultura moderna es un impelente deber de la Iglesia de hoy, estimulada en esto por el Concilio Vaticano II.
El problema de la ausencia o presencia de la palabra "modernismo" aparece al interior de un pasaje de las palabras del Papa reportado de manera diferente en las fuentes citadas. Presento las dos versiones paralelas (ZENIT y Repubblica-OR), que no son del todo iguales; pero es difícil saber cuál es la fuente fiel. También se entiende que ambos pretenden referirse al mismo tramo de la entrevista porque, más allá de las evidentes semejanzas, en los dos casos la última frase es incluso la misma, como podemos ver:
La versión de Repubblica y de L’Osservatore Romano: "I padri conciliari sapevano che aprire alla cultura moderna significava ecumenismo religioso e dialogo con i non credenti. Dopo di allora fu fatto molto poco in quella direzione. Io ho l’umiltà e l’ambizione di volerlo fare".
La versión de ZENIT: "Si rinvigorisce allora l’invito dei padri conciliari ad aprirsi al modernismo, nel senso di proseguire sulla via dell’ecumenismo religioso e del dialogo con i non credenti. Dopo il Vaticano II fu fatto molto poco in quella direzione. Io ho l’umiltà e l’ambizione di volerlo fare".
¿Cómo se explica esta diferencia? ¿Qué ha dicho verdaderamente el Papa? Yo aquí, asumiendo toda la responsabilidad y con modestia, planteo una hipótesis, que aplica un principio bien conocido por los críticos: la llamada lectio difficilior: precisamente la lectura más difícil e insólita es la que tiene mayor probabilidad de ser el verdadero pensamiento del Autor, porque supone en el oyente la aptitud para recibir cuanto de nuevo le ha llegado del orador: en efecto, la novedad despierta la atención en quien escucha y por tanto estimula más a registrarla, que no las cosas bien sabidas o de carácter ordinario. Por eso la noticia de una novedad sorprendente es más creíble que aquella que informa de cosas habituales o descontadas.
Por eso me parece más creíble el texto de ZENIT que no el de las otras dos fuentes, las cuales, por el embarazo que puede suscitar la palabra "modernismo", pueden haber considerado oportuno prescindir de ella sustituyéndola por la más innocua y descontada de "cultura moderna", por la ventaja que puede venir para el actual modernismo, el cual por evidentes motivos, prefiere mantenerse oculto y siempre ha tenido interés en no reconocerse como tal, prefiriendo la autodenominación de "progresismo", palabra mucho menos comprometida y más bien halagadora, y que tanto éxito le ha procurado.
Ahora bien, no se puede excluir una fuerte presencia modernista en Repubblica y, por otra parte, basándome en indicios en mi posesión, me atrevería a plantear la hipótesis de una infiltración modernista moderada incluso en L'Osservatore Romano.
Sin embargo, lo que puede jugar a favor del texto de Repubblica-OR es que el articulista de ZENIT parece referirse solo ad sensum y pone entre comillas solo algunas expresiones del Papa, mientras que la palabra "modernismo" está fuera: lo que puede hacer pensar en una inexactitud del articulista o en una interpretación suya arbitraria de las palabras del Papa, cosas que lamentablemente a veces les suceden a los periodistas.
Sin embargo, si el Papa no ha pronunciado esa palabra, quedaría finísima la interpretación del articulista, porque capta de modo extraordinariamente inteligente el enfoque pastoral del actual Papa, lanzado a una formidable empresa de recuperación mediante el diálogo con cuanto de válido exista en la cultura moderna y por lo tanto en el mismo modernismo, el cual, por más que sea una herejía, sin embargo, como siempre ocurre en las mismas herejías ¹, no está privado de un aspecto de verdad, que es precisamente el intento, aunque fallido, de asumir en el catolicismo los aspectos válidos del mundo moderno.
¿Qué interés podrían haber tenido los modernistas en evitar la referencia al modernismo? El Papa había hecho una jugada habilísima y sorprendente al citarlo y en el modo con el cual lo había citado: un modo respetuoso que obviamente no podría olvidar a san Pío X. Esto no había sucedido con los precedentes Papas del postconcilio, los cuales, aquellas poquísimas veces que habían citado el modernismo, lo habían hecho en el sentido negativo de san Pío X. Pero este Papa, lo sabemos, no deja de sorprendernos. Análogamente, este Papa ha citado positivamente a la teología de la liberación, pero sin olvidar la condena pronunciada por el beato Juan Pablo II.
Esta vez la referencia al modernismo, si es auténtica, es simplemente fabulosa y denota un imprevisto y genial giro en la pastoral del Papado hacia este peligrosísimo fenómeno, verdadera desgracia de la Iglesia de hoy, fenómeno del cual ya Maritain, seguido más tarde por muchos otros estudiosos, se había dado cuenta en 1966 y contra el cual había puesto en guardia, problema que los Papas hasta ahora no han llegado a resolver. Se había adoptado la medida de no hablar de ello, sin apreciables resultados. Ahora el papa Bergoglio pone sus cartas sobre la mesa y aunque no hubiera pronunciado la palabra, su línea ya está clara, que ZENIT ha entendido muy bien, quisiera decir proféticamente.
El papa Francisco ha comenzado, por cuanto parece, a abordar el enorme problema del modernismo con su estilo característico del diálogo. Como san Francisco, el papa Bergoglio es capaz de dialogar también con los lobos, esos lobos que han estado devastando el redil de Cristo durante décadas, porque los pastores mercenarios han huido, por no hablar de los pastores que se han convertido en lobos, esos lobos que han asustado incluso al papa Benedicto, el cual ya al comienzo de su pontificado había pedido oraciones para que no tuviera miedo de los lobos. ¿No han sido suficientes las oraciones o nos encontramos ante un misterioso plan de la Providencia que quiere vencer a los fuertes con la fuerza de los débiles? Recordemos la victoria del Crucificado. Recordemos el Magnificat. Ciertamente, el cristiano es un cordero en medio de los lobos, pero, como decía el cardenal Biffi, ¡"pobres lobos"!
De todos modos, hasta los santos pueden huir en retirada estratégica: ¿acaso el mismo Jesús no escapó aquella vez en que lo querían arrojar montaña abajo en su querida Nazaret? (Cf. Lc 4,16-30). Si luego son expulsados o renuncian, esto no habla en contra de su coraje, al contrario, es una consecuencia de su valentía. El papa Bergoglio no quiere pastores apegados al dinero, sino sólo apegados al rebaño de Cristo. Más que oler al dinero, tienen que oler a ovejas.
Una de las insidias más peligrosas y fascinantes que vienen del modernismo, una trampa "moderna", es la temática del yo y de la conciencia. Al respecto Maritain, refiriéndose a la cultura moderna, hablaba del "advenimiento del yo". Y de hecho Scalfari no se desmiente hablando del yo cartesiano, principio del inmanentismo moderno, ese yo cartesiano, como lo refiere el mismo Scalfari, que le hizo perder la fe. Pero también habría podido citar a Lutero.
El papa Bergoglio ha retornado al tema de la conciencia con expresiones que aparentemente huelen a relativismo y subjetivismo, pero que, bien entendidas, están en perfecta línea con el realismo y la objetividad de los valores tradicionalmente enseñados por la Iglesia.
Dice Scalfari al Papa: "Usted, Santidad, ya lo había escrito en la carta que me envió. La conciencia es autónoma, había dicho, y cada uno debe obedecer a su propia conciencia. Creo que ello sea uno de los pasajes más valientes dicho por un Papa".
Responde el Papa: "Y lo repito aquí. Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe optar por seguir el Bien y combatir el Mal tal como él los concibe. Bastaría esto para mejorar el mundo".
Observo que decir que cada uno tiene su propia idea del bien y debe seguirla, no excluye que exista una idea universal y objetiva del bien, que sin embargo debe ser aplicada y concretizada en cada uno de los casos según el legítimo punto de vista y las propias de cada uno.
Por otra parte, debería ser evidente que cuando el Papa dice que es necesario seguir la propia conciencia, hace referencia a la conciencia en buena fe, la cual, aunque sea objetivamente errónea sin saberlo, sigue siendo inocente y debe ser seguida, como reconoce el mismo santo Tomás ².
Esto es lo que ha querido decir el Papa y nada más. Él ya se ha pronunciado contra el subjetivismo, que es en cambio la pretensión del sujeto o yo individual de ser el principio primero y absoluto de la conducta propia o de los otros. El cogito cartesiano, caro a Scalfari, es principio de subjetivismo. Esto hace que desaparezca la noción de bien común, en la que tanto insiste el Papa, crea un bellum omnium contra omnes, surge el homo homini lupus de Hobbes, y al final se niega la existencia de Dios -el yo en el puesto de Dios- como supremo y sabio ordenador de la conducta moral.
Es claro por consiguiente que la "autonomía" de la conciencia, de tipo cartesiano, de la cual habla Scalfari, no coincide en absoluto con la autonomía tal como la entiende el papa Bergoglio, autonomía que evidentemente no es absoluta, sino que ocupa cristianamente un espacio limitado de acción y de iniciativa que le ha sido concedido por el Creador.
El Papa no entra en la cuestión de una concepción correcta o incorrecta del bien, determinable en base a un criterio objetivo y universal. Él simplemente supone la percepción del bien y sostiene libertad por parte de cada uno para realizarlo según el propio punto de vista, las propias preferencias y las propias posibilidades, que difieren de individuo a individuo.
A la pregunta de Scalfari si concibe una "única idea del bien", el Papa se da cuenta de que Scalfari no hace una pregunta metafísica sobre la esencia universal del bien, sino que entra en la cuestión práctica político-moral de si es legítima una pluralidad de concepciones del bien.
El Papa responde hábilmente reconociendo sin dificultad la existencia y la legitimidad de esta pluralidad según la modalidad antes expresada. Como he dicho, el papa Bergoglio deja en la sombra, pero no excluye en absoluto, la universalidad metafísica del Bien, y por tanto la unicidad del Bien divino, gran legado de Platón, fundamento del monoteísmo, y la consecuente objetividad de la ley moral, constante enseñanza de la Iglesia, ni niega por tanto -¿cómo podría hacerlo?- un Bien supremo que sea el Bien único para todos, aunque disfrutado y gozado en modo diverso por cada uno.
Característica del bien, sin embargo, es la concreción y la singularidad, a diferencia de la verdad, que es siempre universal y abstracta, como ya señalaba Aristóteles. Esto lo decía con la máxima claridad santo Tomás, campeón de la universalidad, pero supremo realista. Una moral o un gobierno eclesial o político que, en nombre de un falso universalismo o de una falsa unidad (piénsese en el comunismo), desconociera esta autonomía o libertad de la conciencia de los individuos, serían desastrosos para la salvación del hombre y el bien de la comunidad. Esto es lo que sobreentiende el Papa.
Conclusión. Hasta ahora, al término modernismo se le ha dado un sentido totalmente negativo, más o menos acentuado. San Pío X, como es sabido, la llamaba la "suma de todas las herejías". De ahí un cierto halo de desagrado y de tensión que circunda desde hace un siglo a esta fatídica palabra, que se ha convertido en una especie de tabú también por el triste recuerdo de los excesos cometidos con celo indiscreto y a veces cruel en el obrar la represión del dañoso y traumático fenómeno. Hoy los modernistas se resarcen contra los católicos de las vejaciones sufridas por sus antecesores, con la diferencia de que si antes estos eran castigados por los católicos, hoy son los pobres católicos los que sufren bajo los golpes de los herejes.
El papa Francisco, con su evangélica simplicidad, pone sus cartas sobre la mesa y nos invita a afrontar serenamente la grave cuestión con sentido de responsabilidad: recogemos su input en la estela del Concilio y del principio del diálogo, sin por esto olvidar la errores condenados desde san Pío X.
Es necesario encontrar lo positivo incluso en los fenómenos más aberrantes, siguiendo el ejemplo de Cristo que no rompe la caña partida y no apaga la mecha aún humeante o, si se quiere, mutatis mutandis, siguiendo el ejemplo de los gatos, los cuales encuentran algo bueno para comer incluso en el basurero de las inmundicias. Algo de este tipo ha hecho el Papa con la teología de la liberación.
Estoy convencido de que los modernistas se están dando cuenta del giro que están tomando las cosas y están tratando de ponerse a cubierto con una autodefensa impropia y afanosa, pero creo que ya sea demasiado tarde para ellos. Se les ofrece el camino del diálogo, pero deberán tener presente que el Papa no puede ceder en puntos de la fe. A estas alturas parece ya decidido a sacar de la Iglesia esa "inmundicia" de la que hablaba el papa Benedicto, y a conducirla por el camino de ese verdadero progreso de la vida cristiana, que ha sido querido por el Concilio, más allá de resistencias anacrónicas anti-conciliares y en la libertad de las regurgitaciones modernistas, que falsamente se refieren al Concilio.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 13 de octubre de 2013
Notas
¹ A este respecto, me permito referirme a mi libro La questione dell’eresia oggi, Edizioni Vivere In, Monopoli (Bari) 2008.
² Cf. Summa Theologiae, I-II, q.19. aa.5-6.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum modus affrontandi modernismum per dialogum respondeat vero spiritui Ecclesiae
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod non.
1. Quia modernismus a sancto Pio X damnatus est ut summa omnium haeresum, et ideo non potest esse obiectum dialogi, sed solius reprobationis. Si cum eo dialogetur, periculum est ne relativizetur damnatio et debilitata fiat claritas doctrinalis.
2. Praeterea, quia dialogus cum modernistis posset dare impressionem legitimationis errorum eorum et confundere fideles, fovendo falsum oecumenismum in quo catholici in lutheranos vel progressistas convertuntur.
3. Item, quia modernismus sub formis occultis et seductivis se praebet, sicut subiectivismus Cartesianus conscientiae, et dialogare cum eo esset se exponere insidiis eius, debilitando notionem boni communis et fovendo individualismum.
4. Denique, quia Pontifices priores vitaverunt vocabulum modernismi, malentes loqui de cultura moderna, quod indicat dialogum cum modernismo esse imprudentem et pastoraliter periculosum.
Sed contra est quod Dominus dixit: arundinem quassatam non confringet et linum fumigans non exstinguet (Is 42,3; Mt 12,20). Apostolus Paulus docet conscientiam, etsi errantem, si bona fide sit, posse sequi (Rom 2,15). Thomas Aquinas affirmat conscientiam bona fide obligare, etsi obiective sit erronea. Concilium Vaticanum II hortatur Ecclesiam ad dialogum cum cultura moderna et cum non credentibus, et Pontifex commemorat dialogum subordinationem exigere veritati revelatae et saluti animarum.
Respondeo dicendum quod modus affrontandi modernismum per dialogum respondet vero spiritui Ecclesiae, dummodo distinguatur inter reverentiam personarum et damnationem erroris. Pontifex proponit conversionem pastoralem quae damnationem sancti Pii X non negat, sed invitat ad detegendum quid in modernismo veri sit, tamquam conatus, licet frustratus, assumendi aspectus validos mundi moderni.
Dialogus non significat indiscriminatam acceptationem, sed criticum discretionem. Pontifex, cum evangelica simplicitate, cartas suas aperit et invitat nos ad quaestionem sereniter tractandam, colligendo positiva etiam in phaenomenis aberrantibus, sed sine concessione in punctis fidei. Sicut in theologia liberationis agnitum est quid validum esset, sine oblivione damnationis, ita etiam in modernismo potest dialogari ad eruendum quid Evangelio congruat.
Quoad conscientiam, Pontifex affirmat quod unusquisque debet sequi propriam ideam boni, sed refertur ad conscientiam bona fide, quae, etsi erronea, innocens manet. Non est subiectivismus Cartesianus, sed autonomia limitata et christiana, a Creatore concessa. Sic servatur pluralitas legitima conceptionum practicorum boni, sine negatione universalitatis metaphysicae Boni supremi.
Ergo dialogus cum modernismo, hoc sensu intellectus, est conformis spiritui Ecclesiae, quia quaerit eruere verum, corrigere falsum et ducere ad unitatem in veritate et caritate.
Ad primum dicendum quod damnatio sancti Pii X manet, sed non excludit agnoscere quid veri in errore reperiatur, sicut traditio Ecclesiae docet.
Ad secundum dicendum quod dialogus non legitimat errorem, sed eum detegit et corrigit, ostendens simul reverentiam personarum.
Ad tertium dicendum quod subiectivismus conscientiae est insidiosus, sed Pontifex clare distinguit inter illum et conscientiam bona fide, quae sequenda est.
Ad quartum dicendum quod vitatio vocabuli modernismi fuit strategia pastoralis, sed Pontifex hodiernus statuit directe eum affrontare, sine negatione damnationis, et cum vi dialogi evangelici.
JG
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