jueves, 11 de junio de 2026

Los recursos de la Iglesia

La Iglesia, ¿es realmente invencible frente a las crisis internas y externas? ¿Qué significa que, aun compuesta de pecadores, no pueda jamás cambiar su esencia ni ser deformada? ¿Cómo entender que los modernistas junto a sus primo-hermanos los pasadistas lefebvrianos, con su falso ídolo del mundo moderno los primeros, y los segundos con su herética acusación de modernismo al Magisterio, han abierto las ventanas a un huracán que amenaza con devastar la viña del Señor? ¿No es acaso urgente recuperar la fidelidad al Magisterio vivo, frente a obispos y teólogos que se desvían y confunden al pueblo de Dios? ¿Estamos ante la apostasía final anunciada por Cristo y san Pablo, o más bien a las puertas de un nuevo Pentecostés prometido por san Juan XXIII? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli invita a mirar de frente las sombras y las luces de la Iglesia, a reconocer sus recursos divinos que la hacen indestructible, y a confiar en la fuerza del Espíritu Santo que, a través de la cruz, prepara la verdadera renovación. [En la imagen: fragmento de "La disputa del Sacramento", pintura al fresco, entre 1509 y 1510, obra de Rafael Sanzio, conservada en los Museos del Vaticano, en la Stanza della Segnatura].

Los recursos de la Iglesia

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el día 7 de septiembre de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/le-risorse-della-chiesa-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

La Iglesia Católica, en su aspecto humano, por voluntad de Cristo y con la fuerza del Espíritu Santo, es constitucionalmente una sociedad bien ordenada, organizada jerárquicamente, con una cabeza, que es Cristo, representada en la tierra por el Sumo Pontífice, y un cuerpo, que es el conjunto de los miembros, que son los fieles, aquello que hoy se suele llamar el "pueblo de Dios", que lleva a cumplimiento el ordenamiento y el destino de ese pueblo judío, que Dios, según la narración bíblica, en un tiempo se eligió como objeto de un especial cuidado de su misericordia y como mandado a la humanidad para enseñarles a conocer al Señor.
Pero la Iglesia no es sólo una sociedad mundial viviente visiblemente sobre esta tierra, con una propia organización social, religiosa, cultural, jurídica, territorial, pastoral, educativa y administrativa, no privada de fuertes implicaciones o reflejos políticos en el contexto de las naciones y de los estados. Ella es también y más profundamente la comunidad de todos los discípulos de Cristo, lo sean conscientemente y explícitamente, por tanto visiblemente, o lo sean inconscientemente e implícitamente, y por tanto invisiblemente.
De aquí un carácter invisible de la Iglesia en esta tierra. En efecto, puede haber quienes le pertenecen visiblemente ("con el cuerpo"), pero sin que su corazón esté con ella, como en cambio puede haber quienes le pertenecen realmente ("con el alma"), pero sin saberlo. Sobre todo están los que de verdad y sinceramente le pertenecen en esta tierra, y debemos pensar que sea la mayoría, pero siempre imperfectamente o defectuosamente y en una condición de pecadores, incluso los más santos.
El fin de la Iglesia, por voluntad de su Fundador Jesucristo, es el de formar un pueblo santo según la voluntad de Dios Padre por medio de Cristo y del Espíritu Santo, y de conducir a la humanidad a la salvación eterna en el paraíso del cielo, instruyéndola con el Evangelio, santificándola con los sacramentos, gobernándola, bajo la guía del Papa junto con la jerarquía apostólica (obispos, presbíteros y diáconos) y los dones carismáticos del Espíritu Santo, que Él distribuye cuanto y como quiere a cualquier miembro del pueblo de Dios, hombre o mujer, para la edificación de la Iglesia.
Sobre esta tierra la Iglesia está orientada hacia su fin sobrenatural, que es la vida eterna en la visión beatífica del Rostro Trinitario de Dios en el cielo, por lo cual desde el momento de su fundación hace dos mil años, el cielo ha comenzado a poblarse de miembros de la Iglesia -las almas bienaventuradas-, las cuales, después de haberse purificado de sus pecados y habiendo ejercitado las buenas obras, han merecido recibir el premio celestial, viven en la Jerusalén del cielo, y ahora gozan para siempre todos juntos y con Cristo y María Santísima, en compañía de los santos ángeles, la alegría de la patria celestial.
Sin embargo, puesto que la salvación pasa a través de la Iglesia, debemos pensar que ella acoge en su abrazo materno, también a todas las almas que han vivido antes de su fundación y que, en todo caso, sin culpa suya, no han podido conocer a la Iglesia visible aunque viviendo en la honestidad de conciencia.
En cuanto a la Iglesia celestial o triunfante, ella es llamada así porque está constituida por "aquellos que han lavado sus vestidos en la sangre del Cordero" (Ap 7,14) y han vencido "al mundo, a la carne y a Satanás". A la inversa, la Iglesia de la tierra es llamada peregrina y militante: peregrina porque es un peregrinar hacia el santuario del cielo, militante porque todavía está sujeta a los peligros de la vida presente, y comprometida en la "buena batalla" contra el mal, el pecado, los vicios, la muerte, la injusticia y el poder de las tinieblas.
La Iglesia terrena está en camino en el esfuerzo, en la lucha, en las pruebas, en el sufrimiento. Sus miembros están todos sujetos a la muerte, que debe prepararlos para entrar en la Iglesia del cielo. Ella cultiva esta bendita esperanza, goza ya desde ahora de las consolaciones del Espíritu Santo y pregusta la alegría de la patria celestial.
La Iglesia celestial reposa de las fatigas terrenas y goza de los frutos de su obra en una vida nueva y, en la luz y por mandato del Padre, ejercita una actividad nueva y todavía más benéfica de intercesión en dependencia de Cristo a la diestra del Padre, a favor de los hermanos que permanecen entre los riesgos y los peligros del mundo.
Cristo ha donado a la Iglesia, a través del colegio apostólico bajo la guía de Pedro, un sapientísimo programa de acción, una especie de estatuto muy preciso y medios igualmente ciertos y definidos para el regular y fructuoso cumplimiento de su deber con miras a la consecución del fin, de modo que la Iglesia, por voluntad de Cristo, tiene una estructura y un rostro muy precisos, inmutables, indeformables e incorruptibles, pero no rígidos y al mismo tiempo abiertos, dúctiles y adaptables a las diversas circunstancias; lo que le permite mantener su identidad sustancial en el curso de la historia, adquiriendo o dejando caer aspectos contingentes y accidentales, y desarrollarse y progresar continuamente como se da para el caso de todo sano organismo viviente.
Ella progresa en la continuidad, se mejora siempre más a sí misma aumentando el conocimiento de la Verdad y creciendo en la santidad, enriqueciéndose en el curso de los siglos de siempre nuevos hijos santos, y difundiendo cada vez más el Evangelio sobre la tierra, de modo que ella, en el curso de la historia, aumenta la luz y hace retroceder las tinieblas, mientras que, gracias sobre todo a la obra del laicado, incrementa la civilización y aleja la barbarie, hace triunfar la justicia sobre la injusticia, hace crecer las virtudes y corrige los vicios, unifica a la humanidad en la concordia y en la paz, hace al hombre felíz liberándolo de toda forma de mal y de miseria del cuerpo y del espíritu.
Existe, sin embargo, otro aspecto esencial de la Iglesia terrena, sobre el cual no podemos en absoluto callar, aunque siempre crea malestar, escándalo y dificultad, y es el hecho de que la Iglesia, aunque santa, está compuesta de pecadores y a veces de tales pecadores, que parece que, sobre todo si están constituidos en autoridad, ponen en peligro la existencia misma de la Iglesia a causa de los errores que difunden y, por tanto, por el daño que le hacen. Ellos desfiguran o manchan el rostro de la Iglesia haciéndola repugnante a los honestos, creando en sus orejas una mala fama, frenándola en sus actividades tal vez pensando que son "reformadores".
En esto la Iglesia se asemeja todavía al pueblo de la Antigua Alianza, pueblo santo, elegido por Dios, pero a menudo reprochado por los profetas por su infidelidad, hasta el punto de que se creó la crisis gravísima con la venida del Mesías, por la cual Él "vino entre los suyos y los suyos no lo recibieron".
Así la dirección del pueblo de Dios, ahora la Iglesia, que de por sí muy bien podría haber quedado en manos de este pueblo, a causa de su incredulidad, ha pasado de hecho a los gohím, a los "gentiles", es decir a los paganos que han acogido a Cristo, los cristianos, mientras que éstos han aparecido como minim, es decir, los herejes a los ojos de aquellos judíos que no han acogido a Cristo, creyendo con ello mantener las tradiciones judías.
¡Y eso hasta el día de hoy! Pero en la Parusía, como profetiza san Pablo (Rom 9-11), Israel se convertirá a Cristo. Por lo tanto, ese "ecumenismo" que sostiene que no se debe predicar a Cristo a los Judíos es una gran necedad y desobediencia a la Palabra de Dios.
Recurrente en la historia es el surgir, ya sea desde lo externo o desde lo interno de la Iglesia, de proyectos de sociedad o de humanidad, los cuales, tomando como pretexto males reales o presuntos existentes en la Iglesia o causados por la Iglesia, con criterios de juicio y la propuesta de medios extraños a la doctrina y a la praxis de la Iglesia, tienen o la audacia de amenazar o de prever su supresión o su extinción o la pretensión de corregirla en base a estos criterios o de reformarla o de enseñarle desde fuera cuál es su salvación o cuál es su verdadera esencia o cuáles son sus deberes o en el peor de los casos están convencidos de que ya la Iglesia es una realidad obsoleta y superada por la historia, que ha hecho mucho daño a la humanidad y que ya está en camino a una extinción irreversible.
Entre ellos no faltan los sedicentes "católicos" que arruinan la Iglesia desde dentro (no sabemos si de buena o mala fe). Es así como Paulo VI, refiriéndose al renacido modernismo postconciliar, habló de "autodemolición" de la Iglesia por parte de sí misma o de la penetración del "humo de Satanás por alguna fisura" en lo interno de la Iglesia o del "magisterio paralelo" de teólogos rebeldes al Magisterio oficial de los obispos y del Papa.
Cristo ha querido a su Iglesia tal que el colegio de los obispos unidos al Papa en el campo de la enseñanza y de la interpretación de la Palabra de Dios, el "Magisterio vivo", como lo llama el Concilio Vaticano II, es decir, la predicación colectiva oral, que es la verdadera Tradición, fuera infalible, en cuanto es asistida por el Espíritu Santo, mientras que la dirección disciplinar-pastoral, basada en la simple prudencia humana, fuera falible, aunque por norma merecedora de gran respeto y sincera obediencia.
Por eso la Iglesia en el curso de la historia puede equivocarse, cambiar, suprimir o innovar en el campo de la pastoral o del derecho, pero no puede nunca contradecirse, cambiar o corregirse en el campo de la doctrina de la fe. El único cambio no concierne a los contenidos, sino al progreso en el conocimiento de la misma verdad.
Así, mientras continuamente se acrecienta y progresa el conocimiento que la Iglesia tiene de las verdades inmutables de la divina Revelación, sobre todo en la solemne definición de los dogmas, eodem sensu eademque sententia, como dice san Vicente de Lérins, en la Iglesia surge continuamente la necesidad o la oportunidad de reformar o cambiar usos, leyes e instituciones, corregir o renovar costumbres, eliminar abusos o injusticias, a causa del evolucionar de los tiempos o del cambiar de las circunstancias y sobre todo a causa de la fragilidad o pecaminosidad humana de sus miembros, incluso los más santos, que la componen en esta tierra.
Sin embargo, si la Iglesia está sometida en la historia a períodos de crisis, a divisiones internas, relajamientos, decadencias o debilitamientos ocasionados por las tentaciones o por los ataques de enemigos externos e internos, ella siempre y en todo caso recaba de su interior, en virtud de su santidad y de la asistencia que le viene de Cristo y del Espíritu Santo, la luz y la fuerza para recobrarse, corregirse, reformarse, recobrar fuerzas, siempre sostenida y confortada por los consuelos del Espíritu Santo y por la conciencia de su perteneciente al Esposo divino.
Así, la Iglesia es la única formación humana colectiva, la única organización social-jurídica en toda la humanidad, en tener asegurada por Dios una íntima e indestructible fuerza divina, la de la gracia de Cristo y la guía del Espíritu Santo, que la hace resistente e invencible no obstante los ataques más feroces y más astutos a los cuales se ve sometida por parte de los poderes del mundo y por Satanás: como le ha prometido Cristo, portae inferi non praevalebunt.
Quien permanece en la Iglesia, quizás incluso inconscientemente e implícitamente, se salva; quien se le opone o la desobedece, quizás incluso desde dentro, cualquiera que sea su estado, oficio, ministerio o grado de su autoridad, está perdido. El Papa mismo, como bien sabemos, si no obedece a la ley de Cristo, puede ser condenado, como también nos enseña Dante.
No existen, no pueden existir en la historia, pueblos, reinos, naciones, estados, imperios, dinastías, civilizaciones, por vastos, duraderos y poderosos, que no conozcan, tras el ápice de su poder, una declinación irreversible, exactamente, salvadas las proporciones, a como sucede en el arco de la vida de los individuos, salvo las instituciones o las tradiciones que se alimentan de la vida de la Iglesia o están ligadas a la Iglesia, pero entonces es la Iglesia misma la que las alimenta, las sostiene y las defiende de las fuerzas enemigas y corruptoras.
La Iglesia, a causa de su aspecto humano falible, puede cada tanto y debe ser reformada, pero no puede ser deformada, no puede no sólo en el sentido de que no debe, sino precisamente como imposibilidad de hecho. Lutero la quería reformar, pero en realidad la ha deformado, aunque algunas de sus instancias (por ejemplo la Misa en lengua vernácula y la abolición de la pena de muerte para los herejes) fueron válidas, tanto que han sido instancias recogidas más tarde y sobre todo por el Concilio Vaticano II, por ejemplo en el decreto sobre el ecumenismo.
El Concilio de Trento, por su parte, ha eliminado las manchas o garabatos de Lutero y en ello la Iglesia se ha devuelto su verdadero rostro, saliendo más hermosa y más fuerte que antes. Todo Concilio hace a la Iglesia cada vez más bella según aquella identidad que le ha dado Cristo, eliminando aquellos rasgos que no corresponden a su verdadero rostro. También el Concilio Vaticano II ha desarrollado esta función, aunque no todos la hayan entendido, mientras que otros la han malinterpretado.
Es lamentable, por ejemplo, que un estudioso tan serio, docto, ilustre y amante de la Iglesia como Romano Amerio, haya escrito hace casi una treintena de años una obra empeñosa y documentadísima ¹, llena de sabias consideraciones y nobles sentimientos, para expresar el temor de que la Iglesia con el Concilio Vaticano II haya "cambiado su esencia", algo en realidad inconcebible e impensable para un verdadero católico, como él era y quería ser al fin y al cabo. Sin embargo, por sus aspectos válidos, y son muchos, esta obra es siempre útil y actual y ha sido más que oportuna su reciente reedición.
En ella, Amerio describe detalladamente y abundantemente el resurgir del modernismo -los "neoterici", como él los llama- en el postconcilio, pero sin embargo ha sido incapaz de demostrar la indefendible y temeraria suposición de que la Iglesia habría "cambiado su esencia" y que por lo tanto el "neoterismo" debería ser imputado a errores doctrinales del Concilio.
Es necesario decir entonces que hoy existen fuerzas en lo interno de la Iglesia -lo hemos observado muchas veces en precedentes artículos en este sitio- las cuales, influidas por ideologías anticristianas, y desde lo alto de posiciones de poder, intentan imponer a la Iglesia un rostro que no es el suyo, por lo cual están realizando una obra devastadora, que podría ser bien descripta en estos términos del salmista, quien así se lamenta ante Yahvé: "¿Por qué has derribado sus cercos para que puedan saquearla todos los que pasan? Los jabalíes del bosque la devastan y se la comen los animales del campo" (Sal 79,13-14).
Lo que en particular se hace cada vez más evidente sin que por ahora se note un cambio de rumbo, y que produce un daño enorme a la Iglesia, es el hecho de que los niveles intermedios entre el vértice y la base de la Iglesia, entre la Santa Sede y la masa de los comunes fieles, sobre todo el episcopado, los superiores de los institutos religiosos y el grupo de los teólogos, no desarrollan convenientemente su función mediadora entre las dos instancias, las cuales, sobre todo la Santa Sede, conservan los valores esenciales de la Iglesia, aunque hay que decir que muchos fieles son seducidos por los modernistas, mientras que algunos son desviados por formas de tradicionalismo anticonciliar o preconciliar ².
Muchos no entienden o no se dan cuenta de lo que está sucediendo y viven despreocupados, muchos desgraciadamente son indiferentes, viviendo superficialmente el día a día, muchos son los inciertos, los oscilantes, los indignados, los que por los malos ejemplos que vienen de arriba, o por los escándalos vistos o sufridos o porque están confundidos por maestros de la duda o porque constatan herejes que no son castigados, corren el riesgo de perder la fe o de pasar a otras religiones. Ciertamente, para los modernistas esto no es un gran mal, de hecho según ellos es un signo de "libertad", pero aquí, naturalmente, los modernistas no cuentan.
Sin embargo, gracias a Dios, sucede a menudo también que se encuentran laicos, profesionales, hombres de cultura, docentes, humilde gente del pueblo, obreros, campesinos, amas de casa, desocupados, jóvenes, ancianos, pobre gente pero fieles e iluminados por el Espíritu Santo, los cuales muestran más sensus Ecclesiae y amor por el Papa, por la Tradición y por la Palabra de Dios, que ciertos obispos o guías o teólogos de fama que no están a la altura de su tarea, no discutimos aquí por qué motivo.
Muchos honestos, si no saben dar una respuesta, advierten un malestar, una perturbación, sienten confusamente que en la posición ideológica o en la conducta de aquel tal o de aquel otro sacerdote u obispo o teólogo alguna cosa no anda bien, por lo cual es muy importante iluminar y confortar a estas personas.
Estos niveles intermedios de la jerarquía pretenden obediencia, tal vez invocando para la ocasión el ejemplo de Cristo o de los Santos, pero a su vez no obedecen al Papa y al Magisterio, y el problema es que el pobre pueblo de Dios, si no los obedece a ellos, sufre abusos, hostigamientos y persecuciones, mientras que los que no obedecen al Papa, siguen tranquilos e impunes, honrados por el nutrido ejército de los modernistas y de los herejes.
Existe, sin embargo, un modelo de Iglesia, ligado sobre todo a la teología de la liberación, que, con el pretexto de la igualdad y de la fraternidad cristiana bajo un único Maestro, rechaza aquello que viene llamado con desprecio la "estructura piramidal" de la Iglesia, es decir, prácticamente la jerarquía y por tanto al límite la misma superioridad del sacerdocio sobre el laicado, aparentando una fingida actitud de mansedumbre y humildad, pero he aquí que en cuanto consiguen un puesto, se vuelven feroces contra aquellos pobrecitos que en nombre de la "jerarquía" modestamente se oponen a sus abusos.
El Concilio, por su parte, como se sabe, ha querido una Iglesia más abierta a los valores del mundo contemporáneo, sin por ello aprobar obviamente el mundo moderno in toto, pero lamentablemente los modernistas, que hoy pesan en el destino de la Iglesia, han entendido esta apertura en un modo insensato y descriteriado, han hecho un ídolo del mundo moderno, un poco como quien, con el pretexto de cambiar de aire o dejar entrar aire fresco, abriera todas las ventanas a la llegada de un huracán o cuando se propaga una contaminación atmosférica.
Esta acción insensata y demoledora, falsamente innovadora de los modernistas, tendrá que terminar y terminará, aunque no sepamos cómo y qué precio tendremos que pagar o si tendremos que descender aún más. Debemos esperar por su conversión y orar por esta intención. Pero, ciertamente, la liberación y el retorno de la paz y de la normalidad no podrán tener lugar en definitiva más que por el poder del Espíritu Santo, aceptando serenamente el misterio de la Cruz, en plena comunión con la Iglesia sufriente.
De hecho, actualmente la comunión con el Papa y con los obispos a él fieles es escasa ³ y parece estar en disminución, a menos que esto quiera decir que se está acercando esa apostasía final que está prevista por Cristo, por san Pablo y por el Apocalipsis, como efecto de la obra del Anticristo y como pródromo del fin del mundo.
Este Papa ⁴, como Cristo, se está ganando el favor de las masas fieles, de los pobres y de los que sufren, pero pronto deberá afrontar a los escribas y a los fariseos, los cuales lo están adulando con la esperanza de hacerlo caer en la trampa, pero él tiene los ojos bastante abiertos para reconocer en ellos su falsedad. ¿Qué sucederá? ¿Lo que le sucedió a Benedicto XVI? No queremos pensarlo.
En cambio, nosotros confiamos en la fuerza de este Papa encomendándolo a la Virgen, de la cual es tan devoto. A menudo él habla del demonio, dando a entender la dureza de la batalla contra el mal. Sin embargo, preferimos pensar que antes del evento catastrófico y apocalíptico resolutivo de la historia de la Iglesia terrena, deba finalmente verificarse ese "nuevo Pentecostés" que fue auspiciado por el Beato Papa Juan XXIII como verdadera realización del Concilio.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 7 de septiembre de 2013

Notas

¹ Iota Unum. Studio delle variazioni della Chiesa Cattolica nel secolo XX, Milano-Napoli, R. Ricciardi, 1985; luego Torino, Lindau, 2009; Verona, Fede & Cultura, 2009.
² Posteriormente el padre Cavalcoli ha venido acuñando el término de "pasadismo" y "pasadistas", para referirse a los exponentes de ese tradicionalismo enfermo, dependiente de las ideas de los cismáticos lefebvrianos. No hay duda que en la Iglesia hay de hecho y de derecho un sano tradicionalismo, sensible a esa función de conservación de la Verdad inmutable que debe ir unida a la función de progreso en su conocimiento. JG
³ No nos dejemos impresionar demasiado por los dos millones de jóvenes que han acogido al Papa en Río de Janeiro.
En este artículo de septiembre de 2013, el padre Cavalcoli se está refiriendo aquí al papa Francisco. JG

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum Ecclesia possit amittere suam essentiam et deformari

Ad hoc sic procediturVidetur quod Ecclesia possit amittere suam essentiam et deformari.
1. Ecclesia enim ex peccatoribus constat, etiam in hierarchia, qui possunt eius vultum deformare et scandala seminare, usque ad periculum ipsius existentiae. Ergo videtur quod possit amittere essentiam.
2. Praeterea, consilia externa et interna eam corrigere, reformare vel etiam supprimere intendunt, asserentes eam iam esse obsoletam et nocivam humanitati. Ergo videtur quod Ecclesia possit deformari.
3. Item, quidam studiosi tenuerunt quod cum Concilio Vaticano II Ecclesia mutaverit suam essentiam, quod indicat eam posse doctrinae suae contradicere.
4. Denique diminutio communionis cum Papa et diffusio modernismi videntur ostendere Ecclesiam in itinere ad ultimam apostasiam.

Sed contra est quod Dominus dicit: portae inferi non praevalebunt. Apostolus docet invisibilia Dei per ea quae facta sunt intellecta conspiciuntur (Rom 1,20). Sanctus Vincentius Lirinensis affirmat profectum fidei fieri debere eodem sensu eademque sententia. Concilium Vaticanum II Magisterium vivum infallibile appellat, quatenus Spiritu Sancto assistitur.

Respondeo dicendum quod Ecclesia non potest amittere suam essentiam nec deformari, quia sustentatur gratia Christi et assistentia Spiritus Sancti. Quamvis ex peccatoribus constet et in crises incidat, semper lumen et virtutem recipit ad se reformandam et purificandam. Potest errare in pastorali vel disciplinari, sed numquam in doctrina fidei. Unicus mutatio possibilis est profectus in cognitione eiusdem veritatis. Sic, etsi Lutherus eam reformare voluit et re vera deformavit, Ecclesia respondit Concilio Tridentino, quo suum verum vultum recuperavit. Item Concilium Vaticanum II hanc functionem exercuit, quamvis nonnulli male intellexerint vel male interpretati sint.
Praeterea Ecclesia est sola institutio humana quae vim divinam indestructibilem possidet, quae eam invincibilem reddit contra impetus mundi et Satanae. Qui in ea manet salvatur; qui ei resistit, etiam ab intus, perditur. Quamvis aliqui gradus intermedii hierarchiae munus suum non expleant et populum confundant, Ecclesia in Sancta Sede et in Magisterio fideli valores essentiales servat. Actio modernistarum demolitoria cessabit, et sperandum est novum Pentecosten ut veram Concilii realizationem.  

Ad primum dicendum quod peccatores possunt vultum Ecclesiae deformare, sed non eius essentiam destruere, quae sancta manet per Christum.
Ad secundum dicendum quod consilia externa vel interna quae eam supprimere intendunt frustrantur, quia Ecclesia invincibilis est promissione Christi.
Ad tertium dicendum quod mutatio essentiae inconcipibilis est, nam Ecclesia in cognitione veritatis proficit, sed in doctrina non contradicit.
Ad quartum dicendum quod diminutio communionis et diffusio modernismi sunt probationes dolorosae, sed Ecclesiam non destruunt, quae fidelis manet et renovationem a Spiritu Sancto exspectat. 
   
JG

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