miércoles, 10 de junio de 2026

El padre Morselli comenta a Mons. Athanasius Schneider. Un comentario mío al comentario (1/2)

Un obispo que se presenta como "defensor de la Tradición", pero que en realidad confunde el Magisterio del Papa con las maniobras del modernismo, merece ser desenmascarado. La comunión con Roma no se negocia: aceptar las doctrinas del Concilio Vaticano II es condición indispensable, porque son verdaderas y definitivas, aunque no sean dogmas de primer grado. Rechazarlas es colocarse en la frontera de la herejía. La Fraternidad San Pío X, nacida para contestar el Concilio, no puede pretender legitimidad en sus ordenaciones episcopales. El Papa no puede conceder autorización a quienes acusan de modernismo al Concilio y de filoprotestantismo a la reforma litúrgica. La falsa devoción al Vicario de Cristo se desenmascara cuando se ponen en evidencia los errores contra la fe explícitos e implícitos en las declaraciones de obispos filolefebvrianos como es el caso de mons. Athanasius Schneider.

Don Morselli comenta a Mons. Schneider
Un comentario mío al comentario

Primera Parte (1/2)

(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicada en su blog el 10 de junio de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/don-morselli-commenta-mons-schneider-un.html)

Don Alfredo Morselli ha comentado una reciente declaración de Mons. Schneider relativa a la próxima ordenación episcopal programada por la FSSPX.
Considerando la importancia del evento, he pensado comentar a mi vez:
A) tanto las palabras de Mons. Schneider (Primera Parte)
B) como las observaciones de Don Morselli (Segunda Parte).

A) Del texto de Mons. Schneider ¹

1«El primer error consiste en tratar un concilio pastoral —en este caso, el Concilio Vaticano II— como si fuera enteramente dogmático, y presumir que todas sus declaraciones deben ser consideradas como propuestas definitivas y vinculantes para todos los católicos. Quienes lo hacen pasan por alto que Pablo VI mismo afirmó: “Hay quienes preguntan qué autoridad, qué calificación teológica el Concilio quiso dar a sus enseñanzas, sabiendo que evitó emitir definiciones dogmáticas solemnes que comprometieran la infalibilidad del Magisterio eclesiástico. La respuesta la conoce quien recuerda la declaración conciliar del 6 de marzo de 1964, repetida el 16 de noviembre de 1964: dado el carácter pastoral del Concilio, evitó pronunciar, de manera extraordinaria, dogmas dotados de la nota de infalibilidad.” (Audiencia General, 12 de enero de 1966). Esto se aplica también a las dos constituciones “dogmáticas” del Concilio, Dei Verbum y Lumen gentium, puesto que el adjetivo “dogmático” posee un significado más amplio y no se limita a los dogmas entendidos como enseñanzas dotadas de infalibilidad.»

Hago la observación que las palabras de San Pablo VI deben interpretarse a la luz de lo que dijo Benedicto XVI a los lefebvrianos, cuando les advirtió que si querían estar en plena comunión con la Iglesia, debían aceptar las doctrinas del Concilio Vaticano II, mientras que la parte pastoral podía ser discutida.
Estas doctrinas ponen en juego la comunión con la Iglesia, de modo que si no son aceptadas se cae en el cisma. ¿De qué doctrinas se trata? De doctrinas propias del Concilio contenidas sobre todo en las Constituciones dogmáticas.
San Pablo VI, al decir que estas doctrinas no comprometen la infalibilidad doctrinal de la Iglesia, no quiso decir que puedan ser erróneas o que mañana puedan ser abandonadas o cambiadas, porque ya León X recordaba a Lutero, el cual sostenía que los Concilios pueden equivocarse, que en las doctrinas de los Concilios no está contenido ningún error (Denz. 1479).
Es verdad que San Pablo VI quiso decir que el Concilio no definió nuevos dogmas. Sin embargo, como se deduce de la Constitución apostólica Ad Tuendam Fidem de San Juan Pablo II de 1998, el Magisterio de la Iglesia enseña la verdad de fe no solo en el primer grado de autoridad, relativo al dogma definido, sino también en otros dos grados inferiores. Por esto las doctrinas del Concilio se pueden considerar o al nivel del segundo grado o al nivel del tercero.
Quien rechazara la doctrina en estos grados inferiores no sería formalmente hereje, como cuando se rechaza la doctrina de primer grado, pero sería de todos modos próximo a la herejía o caería en un error contrario a la doctrina de la Iglesia.
Los lefebvrianos, rechazando como modernistas estas doctrinas del Concilio, demuestran desobedecer a la doctrina de la Iglesia y por esto se encuentran en el error, si no propiamente en proximidad de la herejía.
Estando así las cosas, es evidente que los lefebvrianos no están en comunión con la Iglesia y con el Papa. De aquí la imposibilidad del Papa de conceder la autorización para la ordenación de los obispos.

2. «No se puede absolutizar toda forma histórica concreta de gobierno de la Iglesia, porque hacerlo eliminaría la necesaria distinción entre, por un lado, las verdades de fe inmutables y perdurables (Depositum Fidei) y, por otro, los diversos modos por los cuales esas verdades son transmitidas (por ejemplo, una declaración pastoral, una declaración doctrinal no definitiva o una definición ex cathedra), cada uno de los cuales posee un grado distinto de autoridad y fuerza vinculante.»

Hago la observación que, en base a la Ad Tuendam Fidem, también las doctrinas de segundo y tercer grado, tratando igualmente de materia de fe, son definitivas en el sentido de que no pueden ser cambiadas ni abrogadas, sino que son siempre verdaderas.
Lo que en la enseñanza de un Concilio puede cambiar o ser modificado son solo las disposiciones pastorales o disciplinarias o de ley positiva, cosas ligadas al cambio de las circunstancias, de modo que, cambiadas estas, pueden cambiar también aquellas o ser abolidas o sustituidas por otras mejores.

3. «… ¿Por qué la aceptación incondicional de los textos del Vaticano II se presenta como una conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede, mientras que no existe un requisito comparable respecto a las enseñanzas pastorales, disciplinarias o no definitivas de los veinte Concilios Ecuménicos precedentes?»

Hago la observación que la Iglesia justamente, como dijo Benedicto XVI, exige la aceptación incondicional de las doctrinas del Concilio, porque son absolutamente verdaderas, aunque no se trate de definiciones dogmáticas, es decir, de doctrinas de primer grado.
En cuanto a las enseñanzas pastorales de un Concilio, no se trata de doctrinas infalibles, sino de aplicaciones contingentes y circunstanciadas de principios de fe y de moral en sí mismos inmutables. Por esto tales directivas pueden ser cambiadas o también corregidas.
Se supone que se trata de directivas prácticas prudentes, pero, en principio, pueden ser erróneas. Por esto, en general, es bueno obedecer, salvo problemas insuperables de conciencia.

4. «Entre las enseñanzas no definitivas del Vaticano II hay varias —particularmente las que conciernen a la libertad religiosa, el ecumenismo, el diálogo interreligioso y la colegialidad— cuyas formulaciones son ambiguas y difíciles de reconciliar con doctrinas enseñadas de manera constante por el Magisterio desde la época de los Padres de la Iglesia hasta el período inmediatamente precedente al Concilio.»

Hago la observación que las enseñanzas de los decretos Dignitatis Humanae, Unitatis Redintegratio y Nostra Aetate contienen doctrinas expresamente referidas a la divina Revelación, que por tanto no pueden ser discutidas ni erróneas y son definitivas.
Rechazar estas doctrinas, tal como son interpretadas por el Magisterio sucesivo, significa poner en peligro la propia fe. Tales doctrinas no están en contraste con el Magisterio precedente, sino que al contrario son una explicitación del mismo.

5. «Existe también la cuestión de las deficiencias rituales y doctrinales del Novus Ordo Missae. Tales preocupaciones ya no pueden ser descartadas sin más, como lo demuestra, por ejemplo, el testimonio del Archimandrita Boniface Luykx en su libro A Wider View of Vatican II: Memories and Analysis of a Council Consultor (Angelico Press, Brooklyn, NY, 2025). Los defectos del Novus Ordo Missae siguen siendo objeto de seria discusión y no pueden simplemente pasarse por alto. Sin embargo, la Santa Sede pide a la FSSPX aceptar no solo la validez, sino también la legitimidad y bondad de la reforma litúrgica en el Novus Ordo Missae.»

Hago la observación que hablar de “carencias doctrinales del Novus Ordo” es un grave error, porque el Novus Ordo no es otra cosa que la Misa de siempre y nos recuerda que lex orandi es lex credendi. Lo que puede ser discutible en el Novus Ordo son las partes ceremoniales y las modalidades rituales, cosas que no están necesariamente conectadas con la esencia de la Misa, sino que dependen de la prudencia litúrgica de la autoridad de la Iglesia, prudencia que no es infalible, pero puede ser corregida en circunstancias oportunas por la misma autoridad de la Iglesia.
¿El Novus Ordo contiene defectos? Si por defectos entendemos ciertas malas traducciones o ciertos errores teológicos, también yo me he dado cuenta de que, por desgracia, en las oraciones del Novus Ordo los hay. Sin embargo, el mismo celebrante que se da cuenta puede corregirlos perfectamente sin preocuparse del desagrado de los modernistas, que de algún modo se han infiltrado y han provocado estos defectos. Pero no se debe hacer de estos defectos una cuestión de principio, como hacen los lefebvrianos que incluso acusan al Novus Ordo de ser filoprotestante. Esto implicaría que el Novus Ordo es herético, cosa absolutamente inadmisible, porque la Iglesia no puede equivocarse en la doctrina de la Misa, cualquiera que sea su rito o su reforma.

6. «… La resolución de la cuestión de la FSSPX se ve obstaculizada no solo por una falta de voluntad de afrontar, con honestidad intelectual, las cuestiones doctrinales subyacentes y de reconocer la existencia de ambigüedades doctrinales que requieren corrección, sino también por una mentalidad malsana que se ha desarrollado en la Iglesia durante los últimos siglos: a saber, la primacía del legalismo o positivismo jurídico, junto con un excesivo papal-centrismo que se acerca a una cuasi-divinización tanto del oficio como de la persona del Papa. …»

Hago la observación que, como se nota en el desarrollo de estas palabras, Mons. Schneider querría acusar de legalismo el derecho del Papa de autorizar una ordenación episcopal. Pero esto no es en absoluto legalismo, porque justamente se trata de un derecho por el hecho de que el obispo es el pastor de una diócesis y, por tanto, es lógico que el Papa dé la autorización enviando al obispo a apacentar un determinado rebaño o, en otras palabras, a gobernar una determinada diócesis.
Mons. Schneider hace una comparación entre las disposiciones al respecto del viejo Código y las del nuevo. Yo creo que lo importante que debe tenerse presente respecto a la cuestión de la autorización papal es la distinción fundamental entre lo que es el oficio del Papa, el cual, como Vicario de Cristo, envía a los obispos a gobernar una comunidad, y el poder jurisdiccional del Papa, regulado por el Derecho Canónico, poder jurisdiccional que expresa y concreta en el curso de la historia y en las diversas circunstancias su fundamental poder de enviar a los obispos a gobernar una determinada comunidad. Esta es la cosa esencial que debe tenerse presente para comprender por qué un obispo no puede ser ordenado sin la autorización del Papa.
Poner de relieve en este sentido, como hace Mons. Schneider, la diferencia entre el viejo y el nuevo Código no es de ninguna utilidad para ver con claridad este argumento que toca el gobierno de la Iglesia.
La comunión con el Papa requiere que el mismo Papa autorice la consagración, de modo que, si esta se hace sin dicha autorización, se trata de un acto evidentemente cismático. Por desgracia, en los lefebvrianos se añade la agravante de que acusan de filoprotestantismo a la reforma litúrgica conciliar, lo cual constituye un motivo válido por el cual el Papa no puede conceder la autorización.

7. «… Es inconfundiblemente evidente que quienes han tenido poder administrativo en la Santa Sede durante las últimas décadas, y aún lo tienen hoy, exigen de la FSSPX como conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede la aceptación del clima de facto de ambigüedad doctrinal y litúrgica y de relativismo, que ha alcanzado su punto máximo con el actual proceso sinodal, extremadamente confuso, en toda la Iglesia. …»

Hago la observación que “el clima de facto de ambigüedad doctrinal y litúrgica y relativismo” es la característica propia del actual modernismo.  
Mons. Schneider parece confundir las ideas de los modernistas con lo que hoy el Papa pide como condición doctrinal a quienes desean ser consagrados obispos. Tal confusión es profundamente ofensiva para el Santo Padre y tiene toda la apariencia de ser deshonesta. En efecto, ¿cómo es posible confundir la sabiduría de la guía doctrinal del Papa con las perversiones de los modernistas?

8. «Desde el Concilio, con algunas de las mencionadas enseñanzas ambiguas, está en curso un proceso para establecer, con la autoridad del Romano Pontífice, una llamada “Iglesia del Vaticano II” o la “Iglesia conciliar”. Esta tendencia, en nuestros días bajo el nuevo nombre de “Iglesia sinodal”, básicamente pretende ser una religión relativista adaptada al mundo. Los intentos de disfrazar esta nueva tendencia hacia una forma ambigua, relativista y mundana de la Iglesia católica mediante una hermenéutica de la continuidad son deshonestos y poco convincentes.»

Hago la obvservación que nuevamente Mons. Schneider confunde la maniobra modernista, probablemente influenciada por la masonería, con un supuesto magisterio modernista del mismo Papa. Estamos de nuevo ante una gravísima ofensa al Vicario de Cristo.
¿Cómo es posible que un obispo haga semejante confusión? ¿No se da cuenta de que la enseñanza eclesiológica del Papa, inspirada en la eclesiología del Concilio, es doctrina católica vinculante? ¿No comprende que la eclesiología del Concilio es exactamente el antídoto de la eclesiología modernista?

9. «La Santa Sede está requiriendo que la FSSPX acepte doctrinas formuladas de manera ambigua y no definitivas como *conditio sine qua non* para la plena comunión con la Santa Sede y para recibir la regularización canónica. Estas incluyen enseñanzas relativas a… Estas incluyen, por ejemplo, ciertas declaraciones…»

Hago la observación que ya Benedicto XVI había advertido a los lefebvrianos que la conditio sine qua non para estar en plena comunión con la Iglesia es la aceptación de las nuevas doctrinas del Concilio. Por lo demás, la advertencia es del todo comprensible, porque estas nuevas doctrinas, como por ejemplo las contenidas en la Unitatis Redintegratio, en la Dignitatis Humanae y en la Nostra Aetate, aunque no sean dogmas definidos, sin embargo son definitivas en cuanto, tocando materia de fe, son absolutamente verdaderas, de modo que es imposible que un día puedan revelarse falsas o ser cambiadas o ser abrogadas.
Tales doctrinas, como explicó siempre Benedicto XVI, no constituyen una ruptura con la Tradición, sino una profundización de la misma, de modo que estamos ante un progreso en la continuidad.

10. «Si se examina con honestidad intelectual la extraordinaria crisis que ha afligido a la Iglesia desde el Concilio —junto con las ambigüedades y el relativismo doctrinal, litúrgico y pastoral que la han acompañado— entonces la existencia y la actividad de la FSSPX pueden ser vistas, desde una perspectiva a largo plazo y a la luz de la historia bimilenaria de la Iglesia, como una obra de la divina providencia y como una fuente de ayuda…»

Hago la observación que no se puede negar que la obra de Mons. Lefebvre haya sido en cierta medida providencial con su llamado a la inmutabilidad del depósito revelado y de la Sagrada Tradición. Sin embargo, hay que decir con franqueza que por desgracia él interpretó la Tradición sin apreciar su profundización y clarificación que fue realizada por el Concilio.
Esta incomprensión o incluso oposición al Concilio no se puede ciertamente considerar un impulso del Espíritu Santo, sino más bien fue un freno al crecimiento de la Iglesia y es todavía una prueba dolorosa para toda la Iglesia, la cual ve en estos hijos suyos unos ánimos indóciles, independientemente de cuáles puedan ser sus buenas intenciones de conservar el patrimonio de la Sagrada Tradición.
Es necesario que la Iglesia entera mire con particular atención a estos hermanos y que con amor materno, bajo la guía del Espíritu, los ayude a realizar con ella una plena comunión.

11. «Al leer los recientes documentos emitidos por el Superior General de la FSSPX, Padre Davide Pagliarani, particularmente la Declaración de fe católica y su Mensaje a la Sociedad y a sus fieles (adjuntos abajo), no se puede dejar de notar un espíritu plenamente católico, impregnado de una verdadera fe en el primado papal y de una filial devoción hacia la persona del Sumo Pontífice.»

Observo que la Declaración de Don Pagliarani expresa indudablemente lo que en principio es la devoción del católico al Papa. Pero luego carece de coherencia, porque, al momento de demostrar concretamente tal sujeción al Vicario de Cristo, da por desgracia una prueba de independencia, que no es propia del espíritu católico. En efecto, se trata siempre de la posición de la Fraternidad respecto al Concilio acusado de modernismo.
Esta falsa acusación inevitablemente se revierte en una ofensa al Papa, que ha aprobado las doctrinas del Concilio. Por esto, lamentablemente, si Don Pagliarani expone rectamente lo que es el deber del católico hacia el Papa, en la práctica, con el proyecto de las ordenaciones episcopales, da prueba concreta de no poner en práctica aquella devoción que él sostiene tener.

12. «El problema que enfrenta la FSSPX no es difícil de comprender. La Santa Sede requiere que la FSSPX acepte, sin objeción sustancial, ciertas enseñanzas objetivamente ambiguas y no definitivas del Concilio Vaticano II, declaraciones ambiguas del magisterio papal posconciliar y defectos doctrinales y rituales objetivos en el Novus Ordo. … La FSSPX considera que una de sus razones esenciales de existencia es llamar, con parrhesía, a un retorno a la absoluta claridad y pureza de la doctrina que la Iglesia siempre ha buscado preservar a lo largo de los siglos. En el pasado, los Romanos Pontífices soportaron persecución, … La unidad no es, en sí misma, el criterio último de la verdad. La historia de la Iglesia conoce numerosas situaciones en las que existieron tensiones entre la tradición y el ejercicio actual de la autoridad eclesiástica.»

Observo que, si en el Concilio hay proposiciones que pueden prestarse a equívoco o parecen ambiguas, estas proposiciones desde hace sesenta años han sido objeto de recta interpretación por parte de los Papas, del Catecismo y de todos aquellos teólogos que, en fidelidad al Magisterio, han mostrado el sentido auténtico de estas enseñanzas. Y entre estos teólogos considero justo incluir también el resultado de las investigaciones realizadas por el suscrito.  
Lo importante es evitar la interpretación de los modernistas, que falsean el sentido del Concilio poniéndolo contra la Tradición.

13. «El mismo hecho de que ciertas enseñanzas del Concilio Vaticano II, junto con la reforma litúrgica, hayan dado lugar —y continúen dando lugar, tanto en teoría como en la práctica— a un debilitamiento de la claridad doctrinal obliga al Papa… A este respecto, el siguiente principio, que ha guiado desde hace tiempo a los Romanos Pontífices, sigue siendo más relevante que nunca: “La ambigüedad nunca puede ser tolerada en un Sínodo (Concilio), cuya principal gloria consiste sobre todo en enseñar la verdad con claridad y excluir todo peligro de error” (Pío VI, Auctorem fidei).»

Hago la observación que las palabras de Pío VI son de gran sabiduría y deben ser suscritas con total adhesión. Esto no quita que la debilidad humana y la naturaleza misma imperfecta de un lenguaje que resiente las consecuencias del pecado original deje una huella incluso en los mismos dogmas de la Iglesia. Esta cosa, sin embargo, no debe desanimarnos. El Espíritu Santo no deja de iluminarnos a todos si tenemos la verdadera voluntad de comprender lo que la Iglesia nos enseña y de servirnos de sus instrumentos humanos ordinarios, por medio de los cuales el Espíritu Santo nos comunica con claridad y certeza las verdades.

14. «La tragedia de la situación presente es que la Santa Sede requiere que la FSSPX acepte el estado existente de ambigüedad doctrinal y litúrgica como *conditio sine qua non* para la plena comunión y la regularización canónica. … En cierto sentido, la FSSPX está desempeñando hoy un papel similar, instando sin cesar a la Santa Sede a poner fin a la situación de ambigüedad e incertidumbre doctrinal y litúrgica. … En última instancia, se debería estar agradecido a la FSSPX por este papel, y ciertamente los futuros Papas lo estarán.»

Los lefebvrianos han interpretado las doctrinas del Concilio como si el Concilio hubiera ido contra la Tradición o contra los documentos del Magisterio precedente, cayendo así en la herejía.  
Un diagnóstico semejante debería poner en alerta al buen católico. Si le parece encontrar en un Concilio, aprobado por el Papa, herejías, debería preguntarse: ¿es el Concilio el que se equivoca o soy yo el que lo interpreto mal?  

15. «La Santa Sede debería dar la debida consideración a la Declaración de la fe católica y al Mensaje a los fieles emitidos por el Superior General de la FSSPX, y debería reconocer estos documentos y actos como suficientes, y como satisfaciendo las condiciones mínimas, para la comunión eclesial. Una excomunión en el momento presente abriría una nueva herida innecesaria y evitable en el Cuerpo Místico de Cristo.»

Por desgracia, la Declaración de Don Pagliarani no es suficiente para demostrar su comunión con el Papa. En efecto, ¿cómo pueden estar en comunión con el Papa unos obispos que no aceptan las nuevas doctrinas del Concilio?

16. «A la luz de estos documentos y actos de la FSSPX, el Papa, con su corazón paternal, podría hacer una excepción y permitir las consagraciones episcopales mediante un gesto pastoral verdaderamente generoso. … Si este año el Papa pronunciara una excomunión, un nuevo anatema, sobre los obispos consagrantes y consagrados, pasaría a la historia de la Iglesia como un error de excesiva severidad pastoral. Las generaciones futuras y los futuros Papas llegarían a lamentarlo. ¿Por qué debería hacer hoy el Papa lo que las generaciones futuras podrían lamentar mañana? ¿No deberíamos aprender de la historia? ¿No está llamado el Papa, como Sumo Pontífice, sobre todo a ser constructor de puentes?»

Por desgracia, la Fraternidad nunca ha estado en comunión con la Iglesia y no ha nacido en comunión con la Iglesia, porque fue fundada expresamente para contestar las nuevas doctrinas del Concilio.
Por esto yo considero que el Papa, cuando tenga lugar la ordenación, no emitirá ningún decreto de excomunión, porque la Fraternidad, como dijo Benedicto XVI hablando de ella, de hecho no está en plena comunión con el Papa, porque no acepta las nuevas doctrinas del Concilio.

Fin de la Primera Parte (1/2)

Padre Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 8 de junio de 2026

Notas

¹ Nota del traductor: Aquí y en los demás textos de la entrevista a mons. Schneider, el padre Cavalcoli utiliza la traducción brindada por Google Traductor del inglés al italiano, pero yo, en todos los casos, he vertido personalmente al español de modo directo desde la versión original en inglés. JG
   
JG

2 comentarios:

  1. El día de ayer, en el blog del padre Giovanni Cavalcoli, inserté el siguiente mensaje:

    Stimato padre Giovanni,
    lei mi dà una grandissima gioia con questo articolo, poiché con coraggio affronta un vescovo che da anni, da decenni, manifesta un chiaro filolefebvrismo.
    E un vescovo che non viene rimosso dalle sue funzioni nonostante dichiarazioni chiaramente sospette di eresia.
    Come lei vede, Roma oggi non solo omette sanzioni disciplinari ai vescovi modernisti, ma anche ai vescovi passatisti, entrambi gruppi criptoscismatici e sospetti di eresie.
    Se lei mi chiede la mia opinione, dalle stesse dichiarazioni di Schneider, egli non è più un vescovo filolefebvriano, ma chiaramente lefebvriano. E questo io l’ho avvertito da anni. Mi rallegro che oggi lei abbia rilevato ciò che ha rilevato nel suo articolo.

    A continuación, inserto la respuesta del padre Cavalcoli.

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    1. P. Giovanni Cavalcoli11 de junio de 2026 a las 7:03

      Caro Julio,
      erano alcuni anni che sentivo i discorsi di Mons. Schneider. Avevo notato una certa tendenza preconciliare, ma leggendo queste ultime dichiarazioni mi sono accorto che ha le stesse posizioni di Lefebvre.
      Mi meraviglia quindi, come dice lei, che la Santa Sede non sia intervenuta. Il mio forte timore è che nel Collegio Cardinalizio non ci siano soltanto dei filomodernisti, ma anche dei filolefevriani. Io credo che il Papa, che sente molto l’esigenza dell’unità, dovrebbe radunare i Cardinali e avviare una discussione franca e fraterna, perché non è tollerabile che ci siano delle divisioni così profonde all’interno del Collegio Cardinalizio.

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