¿Es Descartes realmente el padre de la filosofía moderna o más bien el sembrador de un germen de disolución que aún hoy contamina el pensamiento europeo? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo el cogito cartesiano, al sustituir la certeza sensible por una certeza divina impropia del hombre, abre el camino al idealismo y al ateísmo. ¿No es acaso un falso problema el “puente” entre pensamiento y realidad, cuando el conocimiento humano comienza en las cosas y no en las ideas? ¿No conduce la exaltación del yo absoluto a la negación de Dios trascendente y creador? ¿No es urgente liberarse de la “alma atea” del cartesianismo para recuperar la auténtica sabiduría de la razón y de la fe? [En la imagen: fragmento de "Retrato de René Descartes", óleo sobre lienzo, 1649, obra de Frans Hals, conservado en el Museo del Louvre, París].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 9 de junio de 2026
La sabiduría de Descartes
La sabiduría de Descartes
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado en Riscossa Cristiana el 26 de mayo de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-saggezza-di-cartesio-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
Los seguidores de Descartes, como es bien sabido, consideran con orgullo mal disimulado a su maestro como el fundador de la "filosofía moderna" y desde lo alto de ésta para ellos definitiva cátedra de la verdad, seguros de que "no se puede volver atrás", juzgan con suficiencia toda la precedente historia de la filosofía anterior a Descartes, como historia de la incerteza y de la simple opinión, por no decir del error, sobre todo por cuanto respecta a los fundamentos y al método del filosofar.
Ésta había sido, por lo demás, la pretensión explícita de Descartes, quien, como es bien sabido, al relatar cómo había llegado él a esta refundación de la filosofía, más allá de ciertas expresiones suyas aparentemente modestas, esconde evidentemente una ilimitada presunción, como si la verdad de la razón naciera con él después de siglos y milenios de vanos intentos y penosos o ilusorios resultados.
Para desmentir esta ridícula pretensión, no tan ridícula como para considerar las tragedias a las cuales habría de dar lugar en los siglos siguientes, bastaría la consideración de la historia del cristianismo en sus raíces hebreas, o si queremos, la misma historia de otras grandes religiones tradicionales; bastaría el inmortal patrimonio de la Grecia de Platón y de Aristóteles, una historia que ciertamente no ha esperado a que apareciera Descartes, que incluso se consideraba "católico", para dar prueba a la humanidad de una eminente y universal sabiduría precisamente en el campo de la verdad sobre la realidad, sobre el hombre, sobre la moral, sobre Dios y sobre el mundo.
¿De dónde ha partido la refundación de la filosofía operada por Descartes? De la duda acerca de la veracidad del sentido. ¿Veo un vaso sobre la mesa? ¿Estoy seguro de que se trate de un vaso? ¿Estoy seguro de poder decir con certeza que la esencia de esta cosa en sí que se encuentra sobre la mesa es un vaso? ¿Estoy cierto de que la sensación visual que me lleva a decir "veo un vaso" corresponde efectivamente a algo existente ahí fuera de mí? Me parece, con mi sensación visual -con mi "idea del color", dirá Descartes- alcanzar, asir, captar, percibir una cosa real aquí frente a mí y fuera de mí. ¿Pero puedo estar seguro y cierto?
Descartes está convencido de que los sentidos engañan con el famoso sofisma banal del palo en el agua que parece roto, pero que en realidad no está roto. Inmediatamente me gustaría decirle a Descartes: ¡por tanto tú captas la verdad sensible, ya que sabes que en realidad el palo no está roto! ¿Y cómo te das cuenta de la ilusión o del error, si no es porque tienes la posibilidad de controlar la verdad? Y entonces, la existencia del error de los sentidos ¿no presupone la posibilidad de que en línea de principio los sentidos sean verdaderos? ¿No quiere decir esto, entonces, que el error no es constitutivo de la sensación sino simplemente accidental y corregible?
Es bien sabido de dónde Descartes cree encontrar el principio de la certeza: en la conciencia de pensar, el famoso cogito: "Pienso, luego existo". La certeza fundamental es la existencia de mi yo. ¿Por qué esta sustitución de la veracidad del sentido por la autoconciencia? Es difícil saber cuáles han sido las intenciones profundas de Descartes. El hecho es que, como han señalado algunos agudos estudiosos, Descartes ha sustituido aquello que es el principio normal de la certeza humana y racional, esto es, la consecución de la certeza racional partiendo de la certeza sensible, por una certeza espiritual inmediata, originaria y reflexiva del propio acto de pensamiento, que en realidad no es propia del hombre sino de Dios. Sólo Dios, en efecto, como ya había demostrado santo Tomás de Aquino en base a la enseñanza de la Biblia, es acto de autoconciencia espiritual originario e inmediato del propio acto del pensar coincidente con el propio ser y el propio actuar ¹.
Descartes no ha dejado transparentar en absoluto esta gravísima decisión suya, de la cual no sabemos en qué medida se ha dado cuenta, decisión de sustituir la certeza humana con la certeza divina, y en efecto, apenas establecido su cogito, inmediatamente se ha dado premura para interesarse por la cuestión de la existencia de Dios, aportando algunas "pruebas", las cuales, sin embargo, como han mostrado los críticos, al estar basadas en el cogito y no en la percepción de las cosas o de la propia existencia humana física, sino en el propio yo como simple res cogitans, son simples círculos viciosos, pues para Descartes la idea de Dios es innata y ya implícitamente contenida en el cogito, y esta "idea" conlleva ya por sí la afirmación de la existencia de Dios por el hecho de que en Dios, y aquí ciertamente Descartes tiene razón, esencia y ser coinciden.
También para Tomás, en Dios esencia y ser se identifican (Él, como dice el Aquinate, es el ipsum Esse per se subsistens), pero Tomás, sobre la base de la enseñanza bíblica, sabe muy bien que la existencia de Dios no se prueba en base a nuestra idea de Dios, sino partiendo de la experiencia de las cosas y de la propia persona física y aplicando el principio de causalidad. Al fin de cuentas, es solo Dios que sabe de existir simplemente reflexionando sobre la idea que Él tiene de Sí mismo. Y estamos de nuevo como al principio.
Finalmente, Descartes se plantea la cuestión de la existencia de las cosas en sí mismas, externas a mí, independientes del pensamiento o de la idea que de ellas poseo: el problema es, para Descartes, si yo con mis ideas puedo llegar a las cosas y representarlas verazmente.
Descartes, como se sabe, duda de ello. Sin embargo, pretende resolver esta duda y cree proporcionarnos un método nuevo para alcanzar la certeza, un método diferente y opuesto a aquel que supone la veracidad del sentido. Como hemos visto, el sentido engaña, dice Descartes. Sin embargo, él no pretende renunciar a la convicción acerca de la existencia de un mundo externo y a la posibilidad de conocerlo tal cual es, es decir, la posibilidad de que nuestra idea de lo real corresponda a lo real. Descartes parte del idealismo, pero él quisiera redescubrir el realismo. ¿Puede hacerlo? De ninguna manera. ¿Por qué?
Porque, también por cuanto respecta a la verdad sobre las cosas externas y sobre el propio yo empírico, Descartes cree que esa verdad no surge de la experiencia sensible con estas realidades materiales. Esta convicción común, según él, es una ingenua ilusión. Según él, esta convicción, que aparece algo más que evidente, certeza espontánea e inmediata, como un principio originario de certeza, debe ser en cambio demostrada.
¿Y cómo? De nuevo partiendo del cogito, en el cual, según Descartes, está contenida la certeza inmediata, aunque implícita, de la existencia de Dios, de ese Dios que nos asegura que cuando nosotros tenemos la sensación de ver realmente un vaso, el caso es que esta sensación no nos engaña, sino que nos pone verdaderamente en contacto cognoscitivo con la esencia y la existencia del vaso.
Por lo tanto Descartes hace un giro enorme y artificioso, que conduce siempre al mismo resultado, invirtiendo el orden normal del conocimiento humano: en lugar de partir de las cosas sensibles en el espacio-tiempo, para llegar al espíritu, a la autoconciencia y a Dios, Descartes parte del espíritu, de la autoconciencia y de Dios como condiciones de posibilidad para realizar la experiencia de las cosas y del propio yo corpóreo.
Obviamente esto sucede no sólo en el sentido de que él vea a Dios como ontológicamente anterior a todo el universo, verdad, esta, sacrosanta: sino que, para Descartes, es la idea humana innata de Dios la que está al inicio, es decir, a priori, como se dirá a continuación, del conocimiento de todo el resto: y esto es completamente contrario a cómo efectivamente se desarrolla el conocimiento humano, que no parte de Dios para llegar a las cosas, sino que parte de las cosas para llegar a Dios.
Otra vez un procedimiento cognoscitivo que no es el humano, sino el divino: sólo la mente divina posee la idea originaria y arquetípica de las cosas, como ya había mostrado san Agustín, en tanto que es creadora de las cosas y, en base a esta idea, conoce las cosas, por lo cual sólo en Dios el intelecto pasa de la idea de la cosa sensible al conocimiento de la cosa sensible.
El intelecto humano, en cambio, como ya había establecido con claridad la gnoseología tomista, percibe inicialmente las cosas con los sentidos y sólo subsecuentemente, de esta experiencia, recaba la idea de la cosa, idea que, por otra parte, si conforme a la cosa, será verdadera; si en cambio difiere, será falsa, pero no que se deba prejuiciosamente dudar de la veracidad de la idea o de la sensación, esto es, de su posible correspondencia con la cosa externa, concibiendo como hace Descartes, la idea y no la cosa como objeto inmediato del intelecto, preguntándose luego -cosa insoluble- cómo pasar luego de la idea a la cosa, lo que ha sido llamado el problema del "puente" entre pensamiento y realidad: un falso problema, en cuanto que, como explica santo Tomás, el dato inicial del humano conocer no es el hecho de que tengamos ideas, el dato inicial es que conozcamos las cosas materiales, comprendido nuestro cuerpo ² (quidditas rei sensibilis).
La existencia de la idea o concepto, en cuanto representación mental de lo real, ya fue establecida por Aristóteles, precisamente por el hecho de que conocemos las cosas o de que ellas están inmaterialmente en nosotros, como dice el Estagirita: "no es la piedra la que está en alma, sino la imagen de la piedra".
Siendo así las cosas, aparece evidente cómo la refundación del realismo sobre bases idealistas implementada por Descartes es una operación postiza, falsa, que nunca ha convencido a los verdaderos realistas. En realidad, el cogito cartesiano contiene un potencial disruptivo, tal como para excluir el realismo, sustituyendo en definitiva el saber divino con el saber humano.
De ahí la inutilidad de un Dios que explique la existencia de esas cosas, de ese mundo y de ese yo corpóreo cuya existencia aparece ya suficientemente justificada por un "Yo" -Yo absoluto, como dirá Fichte-, el cual se pone a sí mismo y poniéndose a sí mismo, pone también el "no-yo", es decir, el mundo en lo interno mismo del Yo, de modo que todo está en el yo y nada está fuera del yo.
El pensamiento es intrascendible y nada está fuera o por encima del pensamiento. El ser está reducido al ser-pensado. El ser es el producto del mismo Yo. En este punto está claro que la tesis de un Dios trascendente y creador es del todo inútil: basta para todo el Yo, ese yo que no es otra cosa que la esencia primera, profunda y última del hombre.
Por eso, con aguda observación, el padre Tomás Tyn habla del "alma atea" del cartesianismo. Ciertamente, se trata de las últimas consecuencias, a las cuales el mismo Descartes probablemente no quería llegar y de las cuales, no obstante su necesidad de racionalidad deductiva, no se dio cuenta. Pero las ideas de todas maneras siguen su curso en virtud de la lógica que las conecta, independientemente de las intenciones de quien las ha lanzado a la historia.
Naturalmente, la personalidad de Descartes no se resuelve en el haber introducido en la historia del pensamiento este principio disolvente, que dará sus últimos frutos concretos sólo en las terribles tragedias del siglo XX. No es difícil, más bien es obligado y necesario, reconocer al gran filósofo la fuerte instancia del valor de la conciencia, del yo, de la persona, de la razón, de la ciencia, de la libertad, temas que indudablemente son muy caros al pensamiento moderno, aunque lamentablemente no siempre desarrollado en la línea correcta porque están empañados por un espíritu revolucionario y subversivo reconocible en la reforma cartesiana.
Algo similar, en el campo propio de la teología y de la fe, había sucedido un siglo antes con Lutero, también él lamentablemente desviado a causa de un falso concepto de conciencia, el cual, combinado con la visión cartesiana, conducirá a la formación y a la evolución del idealismo alemán que terminará en un panteísmo, del cual, por reacción, surgirá el ateísmo marxista.
La tarea para el hoy es entonces la de liberarse finalmente de los gérmenes de muerte introducidos por Descartes en la historia del pensamiento europeo, recuperando la instancia auténtica del valor del espíritu, de la persona, de la razón, de la conciencia, de la libertad, de la filosofía y de la teología, a la luz de esa sana razón y de esa fe sobrenatural que nos han dejado en herencia nuestros Padres para profundizar y desarrollar para los siglos venideros.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 25 de mayo de 2012
Notas
¹ Cf. Tomas Tyn OP, "L’intelletto divino" (http://www.arpato.org/testi/studi/Intelletto_Divino.pdf).
² Una de las primeras experiencias que hace el neonato es exactamente el descubrimiento de su propio cuerpo, que él trata de distinguir de otras cosas. El problema de las ideas vendrá sólo subsecuentemente. que ni siquiera notan su presencia, encomendando importantes oficios eclesiásticos a personas que deberían ser excomulgadas.
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum cartesianismus inducat principium dissolvens contra realismus
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod non inducat.
1. Descartes, philosophiam modernam super cogito fundans, novum vigorem conscientiae, rationi et libertati dedit, quae bona sunt essentialia cogitationi hodiernae. Videtur igitur eius reformatio positiva et fecunda.
2. Praeterea cogito certitudinem immediatam et indubitatam praestat: cogito, ergo sum. Haec certitudo videtur firmior quam perceptio sensitiva, quae fallere potest, sicut patet in exemplo baculi in aqua. Videtur igitur quod cartesianismus cognitionem humanam confirmet.
3. Item, idea innata Dei in cogito efficit ut perceptiones nostrae sensitivae non fallant, quia Deus, verax existens, efficit correspondentiam inter ideas nostras et res. Videtur igitur quod cartesianismus realismus non destruat, sed potius in Deo fundet.
4. Denique historia ostendit cartesianismum scientiam modernam et progressum cogitationis promovisse. Videtur igitur quod non sit principium dissolvens, sed fecundum.
Sed contra est quod Apostolus dicit: invisibilia Dei per ea quae facta sunt intellecta conspiciuntur (Rom 1,20). Et sanctus Thomas docet quod datum initiale cognitionis humanae est quidditas rei sensibilis, non idea innata. Aristoteles ait: non est lapis in anima, sed species lapidis. Sanctus Pius X modernismum tamquam omnium haeresum synopsim damnavit, et Paulus VI monuit contra magisterium parallelum quod episcopos per theologos et exegetas substituere intendit.
Respondeo dicendum quod cartesianismus inducit principium dissolvens contra realismus, quia substituit ordinem naturalem cognitionis humanae, qui a rebus sensibilibus ad Deum pervenit, ordine divino homini improprio, qui a conscientia et ab idea innata Dei ad res pervenit. Sic cogito continet potentiam disruptivam quae realismus excludit et tandem reducit ens ad ens cogitatum, inutiliter faciens doctrinam Dei transcendentis et creatoris. Inde dicitur anima atheistica cartesianismi. Quamvis Descartes ad has consequentias pervenire noluerit, tamen ideae eius cursum logicum secutae sunt usque ad idealismum Germanicum, pantheismum et atheismum marxisticum.
Praeterea gnoseologia thomistica docet intellectum humanum primo per sensus res percipere et postea abstrahere ideam. Existentia ideae iustificatur quia res cognoscimus, non quia innatam ideam earum habeamus. Ideo refoundationem realismi super bases idealisticas esse falsam operationem. Cogitatio cartesianica, absolutizando ego, Deum excludit et ens ad ens cogitatum reducit, quod viam aperit ad tragoedias saeculi XX. Attamen iustum est agnoscere quod Descartes valores introduxit sicut conscientiam, personam, rationem et libertatem, licet spiritu revolutionario et sovversivo obumbratos. Hodie opus est liberari a seminibus mortis a cartesianismo introductis et recuperare authenticam instantiam valoris spiritus, personae, rationis et fidei, sub luce sanae philosophiae et theologiae a Patribus traditae.
Ad primum dicendum quod valores conscientiae et libertatis certe magni sunt, sed fundari debent in veritate obiectiva rerum, non in ego absoluto se ipsum ponente.
Ad secundum dicendum quod certitudo cogiti est immediata, sed homini impropria, quia solus Deus possidet originariam sui ipsius conscientiam. Homo certitudinem consequitur a perceptione sensibili.
Ad tertium dicendum quod idea innata Dei non est fundamentum realismi, quia existentia Dei probatur per res creatas et per principium causalitatis, non per ideam in cogito contentam.
Ad quartum dicendum quod, etsi cartesianismus scientiam promovit, hoc fecit introducendo germen dissolutionis in philosophia et theologia, quod superari debet recuperando sanam rationem et fidem supernaturalem a Patribus transmissam.
JG
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