Continuamos con la publicación completa del libro del padre Giovanni Cavalcoli: "La herejía del buenismo. El buenismo y sus remedios", publicado en 2016 por las Ediciones Chora Books. Lo vamos publicando gradualmente, en sus diversos capítulos, una sección por semana, hasta completar su texto. Agradecemos al Maestro Aurelio Porfiri, quien nos ha permitido esta publicación, con la cual los lectores de habla hispana podrán acceder a una profunda e integral exposición de uno de los errores que más está intoxicando la fe cristiana en nuestros días. [En la imagen: fragmento de la ilustración de la carátula de la edición original en italiano de este opúsculo del padre Giovanni Cavalcoli].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 10 de junio de 2026
La herejía del buenismo (Tercera Parte, nn. 5-8)
La herejía del buenismo
El buenismo y sus remedios
Chora Books
Hong Kong 2016
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ISBN: 9789887726050
III. La severidad como modalidad de la justicia
5. La justa ira como expresión de la fortaleza
Santo Tomás demuestra que un uso moderado, motivado y razonable de la ira, aquella que podemos llamar “justa ira”, entra en la virtud de la justicia, llamada precisamente “vindicativa” o “penal” y es también más específicamente un aspecto de la fortaleza.
Dice de hecho S. Tomás: “Dado que la fortaleza tiene dos actos, es decir el soportar y el agredir, no asume la ira para soportar, pues basta la sola razón para el cumplimiento de este acto, sino para el acto de agredir. Por esto asume más la ira que las otras pasiones, porque a la ira le corresponde arrojarse contra una cosa que entristece, y así coopera directamente con la fortaleza agrediendo. En cambio la tristeza, según su esencia, sucumbe a lo nocivo, pero accidentalmente coadyuva en el agredir, o en cuanto la tristeza es causa de ira, o en cuanto uno se expone al peligro para huir de la tristeza”. ¹
El airarse, por lo tanto, o el agredir o la venganza, para el Aquinate, no son de por sí pecados contra la caridad y el Evangelio, como muchos creen, sino que, en las debidas condiciones que ahora explicaremos, pueden ser actos de virtud.
Indudablemente, hoy por hoy la palabra “venganza” tiene mala fama, porque se la asocia al odio, al rencor, a la intemperancia, a la pasionalidad, a la violencia y, por tanto, a la injusticia. Sobre todo a muchos les parece estar en contraste con las grandes virtudes de la caridad, de la mansedumbre, de la misericordia y del perdón. Pero no es así. En este artículo intentaremos aclarar cómo son realmente las cosas desde el punto de vista cristiano, tomando como guía a Santo Tomás de Aquino.
Él no tiene problema en hablar de vindicta y vindicatio ², pero se nota que es plenamente consciente de la delicadeza del tema y del riesgo de perder el debido equilibrio. Pero Tomás, como sabemos, es maestro de un pensamiento equilibrado y también esta vez no nos defrauda.
Recurramos a un ejemplo. Como sabemos, los fármacos son de por sí venenos, los cuales, sin embargo, usados en las debidas dosis y en ciertas condiciones, hacen bien. Así es para aquellas virtudes, que de varias maneras tienen que ver con el mal de pena y el sufrimiento.
Este mal, como todo mal, naturalmente nos repugna. Y, sin embargo, la sabiduría moral, sobre todo cristiana, nos enseña a utilizar estos males para nuestro bien y el bien ajeno. El vengar o vengarse es una de estas delicadas operaciones, como por ejemplo la autodefensa, la insurrección ³, el uso de las armas, el sacrificio, la expiación, la paciencia, la renuncia, las cuales, si son bien conducidas, transforman en beneficio el veneno.
La moderación de la ira, como demuestra santo Tomás, es uno de los aspectos de la virtud de la fortaleza. “A la ira le corresponde lanzarse contra algo que entristece, y así ella coopera directamente con la fortaleza agrediendo” ⁴. La ira introduce por tanto el concepto de la venganza.
Dice santo Tomás: “El movimiento de la ira surge a causa de alguna tristeza infligida, con la presencia del deseo y de la esperanza de vengarse” ⁵. “Quienquiera que se aira, quiere vengarse de alguien. Y así el movimiento de la ira tiende a dos cosas, es decir, a la misma venganza, que él apetece y espera como un cierto bien, por lo cual se deleita en ella; y también tiende hacia aquello de lo cual quiere vengarse, como cosa contraria y nociva, que tiene razón de mal” ⁶.
A menudo en la vida se presentan ocasiones en las cuales es necesario o puede ser oportuno hacer uso moderado de la ira, ya sea para conservar, recuperar o defender nuestros intereses o los intereses de los demás o derechos, o incluso para salvar nuestra vida o la de otros. La justa ira puede tener finalidades personales, sociales, morales y espirituales. Y en todo caso tiene siempre por fin el restablecimiento, con la persuasión o con la coerción, del orden violado por la agresión injusta.
Si, por ejemplo, un ladrón intenta arrancarme la cartera, puedo a mi vez, si me resulta, arrancársela de las manos. Si soy públicamente difamado, puedo demostrar públicamente mi inocencia y avergonzar públicamente al difamador.
No hay que dejarse sorprender por la ira, porque en este caso la razón difícilmente logra controlarla. Sin embargo, ella no debe ser siempre reprimida; sobre todo no debe ser reprimida de modo violento, como sucede con todas las pasiones, porque ello provoca trastornos psíquicos, como demuestra la psiquiatría.
Pero también es erróneo dejar desahogar o dar libre curso a las pasiones, creyendo así que se es espontáneo y libre y que su moderación es imposible. Esta conducta no procura ninguna libertad, sino que hace cada vez más esclavos de las pasiones. El laxismo permisivista freudiano, negador del libre albedrío, no es menos peligroso para la salud psíquica y para la virtud moral que el rigorismo voluntarista estoico y jansenista. El freudismo genera personas embrutecidas como bestias. El rigorismo genera escrupulosos, que caen en las neurosis maníaco-depresivas.
Igualmente nefasta es aquella concepción de las pasiones, de marca idealista, que, dejando de lado con suficiencia la naturaleza “animal”, excluye su ejercicio del interés moral, que queda artificialmente encerrado en el horizonte insondable e insindacable de una así llamada “opción fundamental” subjetiva, atemática, incontrolable e inverificable, cómodo pretexto para hacerse pasar como místicos, mientras al mismo tiempo se descuida la observancia de los preceptos morales y el dominio de las pasiones, relegados a la incertidumbre y opinabilidad de lo “categorial” empírico y vulgar.
Por tanto, airarse no es siempre y en todo caso pecado, como algunos creen. Es pecado si uno se aira por envidia o por odio o por impiedad o, en todo caso, por mal ánimo. No es pecado si uno se aíra contra el mal, contra los escándalos y los pecados que son cometidos. La ira, por otra parte, es ciertamente pecado, si no está moderada por la razón, si faltan motivos justos para airarse, si ella es excesiva, o también demasiado escasa ⁷, o si está al margen de las debidas circunstancias.
6. La delicada cuestión de la venganza
La palabra “venganza” se encuentra aún en el Diccionario de Teología Moral dirigido por el Card. Francesco Roberti ⁸, definida en estos términos: “la venganza, en sentido general, significa toda retribución del mal perpetrado con la inflicción de una pena. Cuando esto se hace por motivos buenos y justos, para mantener el orden jurídico-social o la corrección del malhechor, por personas competentes según las leyes, se tiene la vindicatio, que es acto de justicia”.
La denuncia de la injusticia puede ser hecha con ira e invocar venganza. El perdón es posible y puede ser un deber solo hacia quien se arrepiente y repara. Dice Tomás: “El movimiento de la virtud apetitiva puede ser racional de dos modos. De un modo, cuando es la razón la que ordena, y así la voluntad es racional, y se llama apetito racional. De otro modo, si acompaña la denuncia de la razón; y así la ira es racional, cuando denuncia la injuria” ⁹.
Se sobreentiende, como veremos también en santo Tomás, la posibilidad de una venganza injusta, cruel o ilegítima. Pero Tomás no considera para nada que la venganza sea de por sí cosa mala, de evitar o de reprobar en todo caso, como muchos hoy erróneamente creen, porque parten de una idea de la venganza como desahogo rabioso o revancha del odio. De ese modo ellos no se ocupan de que se haga justicia a quienes padecen injusticia.
No comprenden que la venganza, ciertamente, en quien ha padecido injusticia, puede ir acompañada de ira, que es una pasión, pero que puede y debe ser moderada por la razón, y sobre todo guiada por la justicia, por el derecho y por la ley. Además de ello, la ira ni siquiera es necesaria. Por ejemplo, el juez puede perfectamente hacer justicia sin estar movido por ninguna ira. Más aún, si ella no existe, es mejor.
La justa venganza, observa el Aquinate, que puede ir acompañada de una justa indignación o una justa ira, comporta el hecho de que “el hombre rechaza aquello que lo daña por el hecho de defenderse contra las injurias, para que no le sean lanzadas en el futuro, o bien de aquellas ya recibidas se venga (ulciscitur) no con la intención de hacer daño, sino con el propósito de anular el daño” ¹⁰.
El problema de la venganza reside, de hecho, en el riesgo de que la ira se vuelva excesiva y se transforme en odio, lo cual transformaría un acto bueno en un pecado. Dice Tomás: “La ira debe ser mantenida bajo control, porque puede crecer y prolongarse en el tiempo más de lo debido, corriendo el riesgo de convertirse en odio”. Observa, en efecto, el Aquinate lo que puede suceder: “Se comienza deseando un mal al prójimo según cierta medida, lo cual hace la venganza razonable; pero luego, continuando la ira, se llega al punto de que se desea el mal del prójimo de modo absoluto, y ello comporta la razón del odio” ¹¹, es decir, es pecado.
La venganza puede ser excesiva o demasiado débil. Vicio por exceso, observa santo Tomás, es “el pecado de crueldad o de sevicia, que excede la medida al castigar" ¹²: la demasiada severidad. Pero también se puede dar el vicio contrario, por defecto, “cuando uno es demasiado blando al castigar” ¹³, la pena demasiado suave. La pena excesiva tiende a desanimar o provoca hipocresía o reacciones de orgullo; la pena demasiado suave no corrige, sino que incentiva el pecado.
La primera raíz de la justa venganza, observa santo Tomás, es la caridad, que debe ser el alma de todas las virtudes. La venganza no está justificada por no sabríamos qué rencoroso livor o despecho contra los pecadores o simplemente contra quien piensa de manera diferente, sino precisamente exactamente por la caridad.
En efecto, el amor por el bien, propio de la caridad, no puede no tener como equivalente el odio por el mal, y precisamente el odio al pecado, pecado que precisamente la venganza se propone condenar y castigar. Ciertamente éste es eliminado sólo por la misericordia divina, pero si el pecador no se arrepiente, no queda más que la justa venganza.
De hecho, como explica santo Tomás, el amor produce el celo y el celo produce la venganza: “el celo, en cuanto comporta el fervor del amor, importa la primera raíz de la venganza, en cuanto uno venga las ofensas hechas a Dios o al prójimo, ofensas que en virtud de la caridad reputa como hechas a él” ¹⁴.
La venganza final y decisiva, para la Biblia, corresponde a Dios: “Mía será la venganza y el castigo” (Dt 32,35); “A mí la venganza (ekdíkesis)” (Rm 12,19).
La bien conocida “ira divina”, como hace notar santo Tomás, no tiene nada que ver con un hecho emotivo, dado que Dios es purísimo Espíritu: “la ira no se predica de Dios como si fuera una pasión del ánimo, sino según el juicio de la justicia, en cuanto Él quiere hacer venganza del pecado” ¹⁵.
Santo Tomás sostiene la superioridad de la fortaleza sobre la templanza ¹⁶; es decir, demuestra que es más difícil vencer el miedo que el placer, porque la grandeza de una virtud se mide o por la grandeza del mal que hay que vencer o por la grandeza del bien al cual es necesario renunciar. Ahora bien, mientras la templanza exige vencer la mala tendencia al placer, la fortaleza exige vencer el temor de afrontar el sufrimiento.
En la primera se debe estar dispuesto a renunciar al placer; en la segunda se debe ser capaz de renunciar a la vida. Ahora bien, está claro que la vida es un bien mayor que el placer. Y Tomás cita a Cicerón: “No es conveniente que quien no está subyugado por el temor, sea luego subyugado por la codicia, y quien se muestra invicto ante el trabajo, quede luego vencido por el placer” ¹⁷.
7. La justa ira comporta una moderada agresividad
Dice santo Tomás: “El apetito sensible”, que tenemos en común con los animales, “se divide en dos potencias, la irascible y la concupiscible”. Hoy los psicólogos llaman “agresividad” a la irascible y “afectividad” a la concupiscible. “Para evidenciar esto, —continúa santo Tomás— es necesario considerar que en las cosas naturales corruptibles se requiere una inclinación a conseguir lo que es conveniente y a huir de lo que es nocivo, pero también a resistir las fuerzas corruptoras y contrarias, que obstaculizan las cosas convenientes y producen daño”. Ahora bien, la irascibilidad es esa energía “por la cual el animal” (y por tanto también el hombre) “resiste a las fuerzas enemigas, que se oponen a las convenientes y ocasionan daño” ¹⁸.
La ira desempeña una función esencial, aunque solo en circunstancias adecuadas, en la predicación del Evangelio, en la refutación de los errores, en la condena de los vicios, en la corrección y amonestación de los pecadores. Ella puede llegar también al severo reproche, a la dura invectiva, a la amenaza del castigo eterno, como vemos en los profetas. Sus invectivas irritan a los pecadores, aunque los profetas hablen por el bien de los pecadores. Pero los pecadores pueden reaccionar matando al profeta. Así se hacen mártires.
Dice Santo Tomás: “La esencia de la fortaleza consiste en la firmeza con la cual uno no cede a las fuerzas que contrastan o se oponen su bien” ¹⁹. “A la virtud de la fortaleza pertenece remover el impedimento por el cual la voluntad se aparta de seguir la razón. Ahora bien, que alguien sea apartado por algo difícil, concierne a la razón del temor, que implica retroceder ante un mal que presenta dificultad. Y por tanto la fortaleza concierne principalmente a los temores de las cosas difíciles, que pueden hacer retroceder a voluntad de seguir la razón. Ahora bien, es necesario no solo tolerar con firmeza la presencia de las cosas difíciles, frenando el temor, sino también agredir con moderación, es decir, cuando hay necesidad de eliminarlas, para tener seguridad en el futuro” ²⁰.
La justa ira puede, por tanto, comportar una cierta agresividad, que no es falta de caridad, sino, al contrario, es esa energía de caridad que sirve para sacudir la conciencia del sopor del pecado. Se trata de agredir el pecado, no al pecador. Dice santo Tomás: “el hecho mismo de que en el pecador odiamos la culpa y el defecto del bien, concierne al amor por el hermano; es por el mismo motivo, de hecho, que queremos el bien de alguien y odiamos su mal” ²¹.
Si luego el pecador se irrita o se ofende, está claro que no tiene derecho, pero esta reacción suya está dictada solo por el orgullo y por su corazón endurecido. El pecador puede reaccionar matando al profeta. Así, como ya he dicho, se hacen mártires. El martirio es a la vez expresión máxima de caridad, por la cual el mártir da su propia vida por Cristo, y de fortaleza, que revela su acto más noble no en la agresión, sino en la soportación de la muerte, con tal de no traicionar a Cristo.
En general, como dice santo Tomás, “la esencia de la fortaleza consiste en la firmeza con la cual uno no cede a las fuerzas que contrastan con su bien” ²². Esta firmeza se puede llevar a cabo en la fuerza de la agresión al mal y al pecado o en la fuerza de la soportación del mal. En este segundo caso, tenemos el martirio, el cual, como dice santo Tomás, “consiste en la debida soportación de los tormentos injustamente infligidos; pero el hombre no debe dar ocasión al otro de actuar injustamente, pero si el otro actúa injustamente, debe moderadamente tolerar” ²³.
8. El combate cristiano
El actuar cristiano posee intrínsecamente un aspecto combativo, agonístico y polémico. Como dice Cristo “los violentos (biastái) se apoderan del reino de los cielos” (Mt 11,12). Obviamente son palabras que deben entenderse correctamente, y no predican ninguna práctica de la violencia, y sin embargo implican un esfuerzo, una lucha, una batalla. Pensemos en la fuerte polémica de Cristo contra los fariseos y los doctores de la ley.
Es una lucha contra el mal, contra el pecado y contra Satanás, como dice san Pablo: “Nuestra batalla no es contra criaturas hechas de sangre y de carne, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en las regiones celestiales” (Ef 6,12).
Es una lucha para domar las propias malas pasiones y corregir las propias malas inclinaciones. No está excluido el conflicto bélico y el uso de la fuerza. Por esto san Pablo se enorgullece: “He combatido la buena batalla” (2 Tm 4,7), y exhorta al discípulo Timoteo: “Combate la buena batalla de la fe” (1 Tm 6,12).
Santo Tomás dedica incluso una cuestión entera de la Summa Theologiae a la “guerra justa” (bellum iustum) ²⁴ y muestra aprecio por el heroísmo militar de quien muere en combate, calificando tal gesto como signo de gran fortaleza ²⁵, mientras al mismo tiempo considera ilícito al sacerdote prestar el servicio militar ²⁶, tratándose de obra de este mundo, mientras el sacerdote es ministro de Cristo, cuyo reino no es de este mundo (cf. Jn 18,36).
Aquí tiene su parte la justa ira y la justa reivindicación. El amor cristiano por el enemigo no excluye tampoco la licitud, en ciertas condiciones, de mover guerra ²⁷ a fuerzas enemigas. Naturalmente, el combatiente no estará movido por odio o espíritu de prepotencia, que estaría en abierto contraste con el amor por el enemigo, sino más bien por el sagrado deber de justicia, con el fin de defender a los oprimidos, el bien común o la patria de un injusto agresor o de un poder opresor.
Aquí vemos cómo la ira puede ser expresión de la fortaleza al servicio de la justicia y pueda comportar una justa venganza, sin desviarse en el odio, en el rencor o en la injusta venganza.
Lo cual quiere decir, por paradójico que la cosa pueda parecer, que al fin y al cabo, también en la raíz de la guerra justa está la caridad, el amor de Dios y del prójimo, que mandan la defensa o la liberación de la patria y de los oprimidos.
Israel tenía bien claro que Dios no puede querer el odio hacia el enemigo; y sin embargo, Dios puede mandar combatir, con una justa ira, por el bien de la patria. De aquí la guerra entendida como deber mandado por Dios: “Combatiremos como el Señor nos ha ordenado” (Dt 1,41). De aquí la seguridad de Moisés dada a su pueblo: “El Señor camina con vosotros para combatir por vosotros” (Ex 14,14). Asegura al fiel el sabio Sirácida: "Combate hasta la muerte por la verdad y el Señor Dios combatirá por tí" (Sir 4,28).
Notas
¹ Summa Theologiae, II-II, q.123, a.10.
² Él dedica incluso una quaestio entera de la Summa Theologiae (II-II, q.108) al tema de la vindicatio.
³ Se entiende contra un régimen tiránico.
⁴ Summa Theologiae, I-II, q.46, a.1.
⁵ Summa Theologiae, I-II, q.46, a.2.
⁶ Está claro que sería insuficiente airarse por un acto de terrorismo islámico que ha hecho masacre de una comunidad cristiana así como uno se podría airar por la pérdida del portafolio conteniendo 200e.
⁷ Editrice Studium, Roma 1961.
⁸ Summa Theologiae, I-II, q.46, a.4
⁹ Summa Theologiae, II-II, q.108, a.2.
¹⁰ Summa Theologiae II-II, q.34, a.6.
¹¹ Summa Theologiae II-II, q.108, a.2, 3m.
¹² Summa Theologiae II-II, q.108, a.2, 3m.
¹³ Summa Theologiae II-II, q.108, a.2, 2m.
¹⁴ Summa Theologiae I-II, q.47, a.1.
¹⁵ Summa Theologiae I-II, q.61, a.4.
¹⁶ De Officiis, cap.20.
¹⁷ Summa Theologiae I, q.81, a.2.
¹⁸ Summa Theologiae I, q.81, a.2, 1m.
¹⁹ Summa Theologiae II-II, q.123, a.3.
²⁰ Summa Theologiae II-II, q.34, a.3.
²¹ Summa Theologiae II-II, q.34, a.2, 1m.
²² Summa Theologiae II-II, q.124, a.1.
²³ Summa Theologiae II-II, q.40.
²⁴ Summa Theologiae II-II, q.123, a.5.
²⁵ Summa Theologiae II-II, q.40, a.2.
²⁶ Hoy en día es frecuente la condena absoluta de la guerra, porque ya desde el vamos "guerra" se entiende odio, violencia, masacre, robo y destrucción. Por otra parte, es necesario admitir, en ciertos casos, un uso legítimo de la fuerza y un deber en ello. En este sentido, con santo Tomás, hablamos de una "guerra justa". ¿O preferimos decir que el Arma de los Carabineros es una organización criminal?
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