La paz escatológica cristiana no es un sueño ingenuo ni un proyecto racionalista, sino el fruto de la victoria de Cristo sobre el Dragón y sus aliados. La Iglesia, la Mujer apocalíptica, combate hasta el fin contra los poderes mundanos inspirados por Satanás, mientras la Escritura revela que la raíz de las guerras está en la rebelión de los ángeles y en la oposición entre el Dios de Israel y los ídolos de las gentes. La historia de la Iglesia se abre con el encadenamiento de Satanás y se cerrará con su derrota definitiva, en medio de signos que anuncian la parusía. La paz final será patrimonio exclusivo de los elegidos, mientras los réprobos quedarán excluidos. La venida de Cristo tendrá función recapituladora y purificadora, inaugurando la Jerusalén celestial, donde no habrá más guerra ni engaño, sino justicia y gloria eterna. [En la imagen: fragmento de "Los siete ángeles del Apocalipsis", detalle central en el fresco "El Juicio Final" de Miguel Ángel Buonarroti, ubicado en la pared del altar de la Capilla Sixtina en la Ciudad del Vaticano, pintado entre 1536 y 1541].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 10 de junio de 2026
Justos e impíos. La perspectiva escatológica cristiana de la paz (2/2)
Justos e impíos
La perspectiva escatológica cristiana de la paz
Segunda Parte (2/2)
(Traducción al español de la segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicada en su blog el 9 de junio de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/giusti-ed-empi-la-prospettiva_0298824651.html)
¿Qué entendemos con la palabra «guerra»?
El Papa se propone indicar los caminos de la paz a la humanidad de hoy, dividida por doctrinas y fuerzas contrastantes, luchas de poder, aspiraciones al dominio y desenfrenados egoísmos, insistiendo en la necesidad de utilizar con sabiduría, prudencia, paciencia y perseverancia los métodos del diálogo, de la persuasión, de la argumentación, de la diplomacia, del testimonio, en suma todas las formas y los recursos del modo pacífico de resolver contrastes y controversias.
Partiendo de un concepto de guerra entendida como conflicto de egoísmos y desahogo de crueldad, el Papa obviamente condena de modo absoluto la guerra como inmoral, enemiga de la paz y de la justicia. Si guerrear es pecado, no tendría sentido hablar de un pecado justo.
Tomada la palabra en este sentido, es claro que toda guerra es injusticia y debe proscribirse. Sin embargo, queda el grave problema moral para los Estados del uso lícito de las fuerzas armadas contra otro Estado. El Papa alude al derecho de la legítima defensa. Pero podríamos preguntarnos si no existe también el derecho-deber a una legítima intervención. Es el término que San Juan Pablo II usó para sostener la legitimidad de la intervención de la OTAN en Bosnia después del derrumbe del régimen comunista, cuyos restos estaban perpetrando matanzas entre la población. Creo por tanto que existe también en ciertos casos un derecho-deber a una legítima agresión. Si, por ejemplo, un Estado ha prometido solidaridad a otro Estado que es agredido o padece bajo una tiranía, ¿no tendrá el deber de intervenir? Si un territorio perteneciente a un Estado ha caído en posesión de otro, el cual oprime a los ciudadanos de ese territorio, ¿no tendrá la madre patria el deber de intervenir?
Sería necesario, en mi opinión, precisamente con el fin de obtener la paz en el mundo, que el Sumo Pontífice se detuviera a ilustrar la posible licitud de la guerra tradicional, sostenida siempre por la teología moral católica. Por esto, si es deslealtad manifiesta recurrir a la voluntad de Dios para motivar guerras injustas, la ética natural y la misma ética bíblica nos enseñan que Dios, liberador de los oprimidos y vengador de quien ha padecido injusticia, bendice ciertamente aquellas armas que devuelven al derecho el honor que le es debido y a la justicia permiten el cumplimiento de sus exigencias.
Tratando además de la gravísima cuestión de la paz y de la guerra a la luz de la fe, no podemos ignorar cómo la Escritura considera a la humanidad dividida entre justos e impíos. En la viña del Señor está el trigo y la cizaña. San Juan habla de «hijos de Dios» y de «hijos del diablo» (1 Jn 3,10). Cristo habla de las ovejas y de los cabritos, de los peces buenos y de los malos. Es claro, sin embargo, que queda el problema de juzgar en los casos concretos, ya que hay quien parece malvado, pero en realidad es piadoso; hay quien parece piadoso, pero en realidad es impío.
Aquí aparece en toda su delicadeza el problema de la hipocresía, de la ficción y de la doblez, fuertemente señalado por Cristo. Pero aquí encontramos la raíz espiritual de las guerras, según el dicho popular «mata más la lengua que la espada». La primera guerra es la de las palabras. Luego se pasa a los hechos. La dialéctica hegeliana es fomentadora de guerra. La ética de Santo Tomás es constructora de paz.
La raíz profunda de las guerras no son los intereses económicos, sino la concepción opuesta de la divinidad. El choque de fondo en las guerras es el choque entre el Dios de Israel y los ídolos de las gentes. ¿Quién está dispuesto a matar y a dejarse matar en batalla, si no es un insensato total, no lo hace por un motivo que esté por debajo del valor de la vida. Por esto en la guerra hay cobardía y crueldad, pero hay también sacrificio y heroísmo.
La mira de fondo del documento pontificio es la de dar indicaciones a la humanidad sobre el método a seguir para la edificación de la paz en el mundo y la eliminación de la guerra sirviéndose de aquel maravilloso y podríamos decir prodigioso instrumento de la técnica que es precisamente la IA.
Hoy la Iglesia, la apocalíptica Mujer que combate contra el Dragón, mensajera y testigo de la paz mesiánica, don de su Señor y Esposo Jesucristo, y fruto del Espíritu Santo, se encuentra más que nunca agredida por los grandes poderes mundanos, inspirados por Satanás, los cuales no quieren la Señoría de Cristo, sino que cada uno querría imponerse sobre la entera humanidad para dominarla según sus propios deseos. Se realizan más que nunca las palabras del Salmo 2:
«¿Por qué conspiran las gentes y por qué en vano traman los pueblos? Se levantan los reyes de la tierra y los príncipes conspiran juntos contra el Señor y contra su Mesías: “rompamos sus cadenas, arrojemos lejos sus lazos”. Se ríe de ellos el que habita los cielos, el Señor los escarnece desde lo alto. Él les habla con ira, los espanta en su indignación; “Yo lo he constituido mi soberano sobre Sión, mi monte santo”» (vv.1-6).
Modernistas, pasadistas, judíos, musulmanes, protestantes, anglicanos, ortodoxos, masones, panteístas, gnósticos, pelagianos, comunistas, hinduistas están todos unidos en rechazar al Papa, Vicario de Cristo, Pastor de la Iglesia católica, victoriosa con Cristo sobre el mundo, enviada por Cristo a predicar al mundo la conversión y el bautismo para la remisión de los pecados, a anunciar al mundo la paz escatológica y mesiánica y la próxima venida de Cristo juez misericordioso de vivos y muertos.
Juan pone en particular relieve que Cristo en el curso de la historia tiene enemigos implacables. A él se debe la acuñación del nombre «anticristo», que usa varias veces en sus dos primeras Cartas. Este anticristo puede ser comparado con el «hombre inicuo», del cual habla San Pablo en la Segunda Carta a los Tesalonicenses (2,3).
La guerra de los ángeles
Para obtener la paz es necesario comprender por qué ha surgido la guerra o cuáles han sido sus orígenes. La Escritura arroja sobre ello una luz decisiva: Dios había creado un mundo en paz, armonioso y sereno, en la convivencia de los hombres con los ángeles bajo su gobierno sabio y amoroso.
Sin embargo, cuando, después de haber creado a los ángeles, los sometió a una prueba de fidelidad, algunos la superaron y fueron para siempre confirmados en la gloria de la visión beatífica de Dios, prontos ministros y ejecutores de sus mandatos; otros, en cambio, se rebelaron y se negaron a servirlo, y más aún, se pusieron en un estado de implacable hostilidad contra Dios por la eternidad. Si esto se quiere llamar guerra, hay que decir entonces que para la fe cristiana las guerras cesarán en la tierra de los resucitados, pero no en el infierno.
Narra en efecto la Escritura: «Estalló una guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles combatían contra el dragón. El dragón combatía junto con sus ángeles, pero no prevalecieron y no hubo ya lugar para ellos en el cielo. El gran dragón, la serpiente antigua, aquel que llamamos el diablo y Satanás, que seduce a toda la tierra, fue precipitado sobre la tierra y con él fueron precipitados también sus ángeles» (Ap 12,7-9).
En este punto el dragón entabla una lucha contra la «Mujer», es decir la Iglesia, que durará hasta el fin del mundo, hasta que Cristo, con los elegidos, vuelva a derrotar definitivamente las fuerzas de Satanás, como está previsto en el capítulo 20 del Apocalipsis.
El Apocalipsis precisa en los vv.11-16 del capítulo 19 los términos de esta lucha de Satanás contra la Iglesia. Ella está defendida por un misterioso y terrible Jinete llamado «Fiel» y «Veraz», que «combate con justicia; su nombre es el Verbo de Dios». El Jinete es seguido por los «ejércitos del cielo» (v.14). «De su boca sale una espada afilada para herir con ella a las gentes. Él las gobernará con cetro de hierro y pisará en el lagar el vino del furor de la ira del Dios omnipotente. Un nombre lleva escrito en el manto y en el muslo: Rey de reyes y Señor de señores» (vv.15-16). ¿Quién es este Jinete?
El Apocalipsis prosigue: «Vi entonces a la bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos reunidos contra el que estaba sentado sobre el caballo y contra su ejército. Pero la bestia fue capturada y con ella el falso profeta que en su presencia había obrado aquellos prodigios con los cuales había seducido a cuantos habían recibido la marca de la bestia y habían adorado su estatua. Ambos fueron arrojados vivos al estanque de fuego ardiente de azufre. Todos los demás fueron muertos por la espada que salía de la boca del Jinete» (vv.19-21).
San Pablo profetiza la futura batalla escatológica de Cristo, dirigida en modo particular contra un misterioso «hombre inicuo, hijo de la perdición, aquel que se opone y se eleva sobre todo ser que es llamado Dios o es objeto de culto, hasta sentarse en el templo de Dios, presentándose a sí mismo como Dios» (2 Tes 2,3-4).
Sería necesario, en mi opinión, precisamente con el fin de obtener la paz en el mundo, que el Sumo Pontífice se detuviera a ilustrar la posible licitud de la guerra tradicional, sostenida siempre por la teología moral católica (véase: Santo Tomás, Summa Teologiae, II-II, q.40). Por esto, si es deslealtad manifiesta recurrir a la voluntad de Dios para motivar guerras injustas, la ética natural y la misma ética bíblica nos enseñan que Dios, liberador de los oprimidos y vengador de quien ha padecido injusticia, bendice ciertamente aquellas armas que devuelven al derecho el honor que le es debido y a la justicia permiten el cumplimiento de sus exigencias.
San Pablo habla luego de un misterioso personaje que detiene (katékhon) la manifestación del hombre inicuo. Cuando este personaje sea quitado de en medio, entonces «será revelado el impío y el Señor Jesús lo destruirá con el soplo de su boca y lo aniquilará con la manifestación de su venida, el inicuo, cuya venida sucederá en la potencia de Satanás, con toda clase de portentos, de signos y de prodigios mentirosos y con toda suerte de engaño impío para aquellos que van a la ruina, porque no han acogido el amor por la verdad para ser salvos. Y por esto Dios les envía una potencia de engaño para que crean en la mentira y así sean condenados todos aquellos que no han creído en la verdad, sino que han consentido en la iniquidad» (vv.6-12).
¿Cuál podría ser esta fuerza que impide el furor de Satanás? ¿Cuál es el obstáculo más fuerte a la acción seductora y engañadora de Satanás? Es el Papa, el Vicario de Cristo. Pues bien, es posible entonces que Cristo tenga en programa intervenir personalmente en defensa de la Iglesia –y esta sería la Parusía– aquel día en que haya una situación eclesial tan desastrosa y un Papa tan vacilante, que la intervención personal del Señor se muestre como la única que puede desbloquear la situación. Pero, por otra parte, podemos también pensar que, siendo el Papa el pastor de la Iglesia, Dios le dará la luz necesaria para que podamos estar preparados al arribo inminente de Cristo. Esto no excluye, sin embargo, el elemento sorpresa en el detalle del cual también Cristo habla.
Inicio y conclusión de la historia de la Iglesia
El Apocalipsis presenta el inicio de la historia de la Iglesia con la potente intervención de un ángel –ciertamente imagen de Cristo– «que descendía del cielo con la llave del abismo y una gran cadena en la mano. Aprehendió al dragón, la serpiente antigua –es decir el diablo y Satanás– y lo encadenó por mil años; lo arrojó al abismo. Allí lo encerró y selló la puerta sobre él, para que no sedujera más a las naciones, hasta el cumplimiento de los mil años. Después de estos deberá ser soltado por un poco de tiempo» (c.20,1-3).
El encadenamiento de Satanás significa que con la fundación de la Iglesia el demonio ya no logra perturbar y engañar a la humanidad como antes. Pero no quiere decir que no continúe combatiendo contra la Iglesia.
El Apocalipsis habla luego de dos resurrecciones: la primera, que es la del Bautismo (20,5), por la cual aquellos que dan la vida por Cristo reinan con Él por mil años, es decir, viven por toda la duración de la historia de la Iglesia. Otros en cambio vuelven a la vida, es decir, son bautizados solo al cumplimiento de los mil años, al término de la historia de la Iglesia (v.5). A esta resurrección sigue la segunda, que es la futura resurrección gloriosa, que seguirá a la parusía de Cristo juez de vivos y muertos (vv.11-14).
Al término de los «mil años», es decir de la duración de la historia de la Iglesia, «Satanás será liberado de su prisión», en la cual es tenido a raya durante este tiempo (c.20, vv.2-3). Él «saldrá para seducir a las naciones en los cuatro puntos de la tierra, Gog y Magog, reunidos para la guerra: su número será como la arena del mar. Marcharon sobre toda la superficie de la tierra, y cercaron el campamento de los santos y la ciudad elegida. Pero un fuego descendió del cielo y los devoró. Y el diablo, que los había seducido, fue arrojado al estanque de fuego y azufre, donde están también la bestia y el falso profeta; serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (20,7-10).
Sin saber nada de conflictos atómicos, San Pedro describe con sorprendente realismo exactamente lo que sucedería en caso de conflicto nuclear. Por tanto, parece que el mundo terminará destruido por una conflagración nuclear mundial, cosa a la cual estamos muy cercanos, si nuestros gobernantes no se ponen de acuerdo para la abolición de las armas nucleares. No se necesitan muchas razones para hacernos comprender la inmoralidad de este tipo de guerra.
El riesgo que corremos de un posible conflicto atómico no debe poner en discusión la obra de la edificación de la paz, según lo que abundantemente nos indica la encíclica del Papa. Este imperativo permanece absoluto, sea que tengamos razón de hipotetizar la próxima venida del fin del mundo y el retorno de Cristo, según los signos indicados por Cristo mismo y por San Pablo, sea que no la tengamos. El hecho de que Cristo nos dé signos de su inminente parusía con el símbolo de las hojas que representan el inminente verano, nos induce a hacer previsiones. Pero esto debe hacerse con modestia y prudencia, porque al mismo tiempo Cristo nos advierte que solo el Padre conoce el día y la hora, por lo cual nos ordena mantenernos siempre preparados en la vigilancia, advirtiéndonos que vendrá en la hora que no imaginamos (cf. Mt 24,44).
En cada momento de la historia la Iglesia está llamada a interrogarse si están presentes los signos de la parusía. Pero se podría observar que casi todos los signos presentados por Jesús no tienen aquel carácter de extraordinariedad que a primera vista podríamos estar inclinados a imaginar para una semejante circunstancia. Se trata en cambio en su mayor parte de hechos y cosas que se repiten más o menos intensamente durante todo el curso de la historia de la Iglesia. El Señor probablemente quiere hacernos comprender que cada momento de la historia puede ser un signo de su venida.
Son dignos de nota algunos puntos de las palabras de Cristo, que encontramos también en San Pablo. Ante todo la aparición del máximo de la impiedad, que Cristo designa como «la abominación de la desolación en el lugar santo», mientras San Pablo habla más ampliamente del «hombre inicuo, el hijo de la perdición, aquel que se opone y se eleva sobre todo ser que es llamado Dios o es objeto de culto, hasta sentarse en el templo de Dios, presentándose a sí mismo como Dios» (2 Tes 2,3-4).
Aquí no es difícil reconocer el panteísmo hegeliano de la identidad del pensamiento con el ser, y por tanto de la naturaleza humana con la naturaleza divina, una concepción que hoy revive en el transteísmo y en el transhumanismo, que toman ocasión para su impiedad de ilusorias esperanzas puestas en la IA, como si de ella el hombre pudiera esperar una superación de los límites humanos y una autoexaltación prometeica en el plano de lo divino.
En segundo lugar deben acompañarse las palabras de Cristo «el amor de muchos se enfriará» (Mt 24,12) con las de San Pablo sobre la «apostasía» (2 Tes 2,3). Es innegable desde hace decenios el fenómeno de la apostasía, sin con esto querer juzgar acerca de la situación de las conciencias, conocida solo por Dios, y sin querer negar las mejoras y los progresos producidos por el Concilio Vaticano II.
En tercer lugar es importante tener presente que la perspectiva cristiana escatológica de la paz no es la humanidad pacificada imaginada por la masonería o por el buenismo rahneriano o por el misericordismo origeniano. En la perspectiva cristiana la paz escatológica es patrimonio y posesión sólo de los elegidos. Mientras en la vida de aquí abajo las guerras son inevitables a causa de las consecuencias del pecado original y pueden ser incluso necesarias para el logro de la paz, la guerra estará para siempre ausente en el mundo de los resucitados, es decir de aquellos que aquí Cristo llama los «elegidos» (Mt 24,22.31). Por tanto, si hay elegidos, esto quiere decir que hay excluidos, es decir los impíos. Por esto, como dice la Escritura, no hay paz para los impíos.
En cuarto lugar, los trastornos cósmicos, como ya he dicho, pueden significar la conclusión catastrófica de una historia de la naturaleza dañada y herida por el pecado original y convertida en enemiga del hombre y rebelde contra el hombre. La Venida de Cristo tendrá una función recapituladora, restauradora, pacificadora, ordenadora, correctiva, refundadora, purificadora, liberadora, reparadora, promotora y elevadora, apta para quitar los últimos residuos del pecado y de sus consecuencias, hacer justicia dando a cada uno lo suyo, e inaugurar en plenitud la Jerusalén celestial.
Fin de la Segunda Parte (2/2)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 31 de mayo de 2026
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum pax eschatologica christiana sit donum divinum electis reservatum
et fructus victoriae Christi super malum
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod non sit.
1. Papa docet pacem posse aedificari per dialogum, per diplomatiam et per usum rationis. Si haec media sufficiunt ad concordiam universalem assecurandam, non oporteret loqui de pace electis reservata neque de victoria eschatologica super malum.
2. Praeterea, dicitur pacem eschatologicam consistere in humanitate reconciliata, sicut visiones rationalisticae vel massonicae tenent, quae rationem divinam reputant et pacem sine reprobis exspectant. Si ratio omnibus communis est, excludere aliquos esset negare naturam humanam.
3. Item, asseritur Christum, cum sit misericors, non posse aliquem excludere a pace finali, quia hoc contrarium esset infinitae bonitati eius. Ergo pax eschatologica totam humanitatem indiscrete complecti deberet.
Sed contra dicit Christus: Quoniam abundabit iniquitas, refrigescet caritas multorum (Mt 24,12). Et alibi: Erunt electi, et per consequens exclusi (Mt 24,22.31). Apostolus loquitur de apostasia et de homine iniquo qui adversatur Deo et sedet in templo Dei tamquam Deus (2 Tes 2,3-4). Apocalypsis docet draconem et socios eius in stagnum ignis mittendos et solos electos in Ierusalem caelestem intraturos (Ap 20,7-10; 21,27). Magisterium commemorat nihilismum, ex contradictione in principium erectam, unum ex gravissimis malis temporis nostri esse.
Respondeo dicendum quod pax eschatologica christiana non est humanitas pacificata secundum rationis propositos, sed patrimonium exclusivum electorum. Scriptura ostendit radicem bellorum esse rebellionem angelorum et oppositionem inter Deum Israel et idola gentium. Ecclesia, mulier apocalyptica, contra draconem pugnat usque ad finem mundi, et Christus, princeps pacis, in parusia revertetur ad Satanam et socios eius definitive superandos. Historia Ecclesiae aperitur vinculo draconis et claudetur ultima eius ruina.
Pax eschatologica est simul donum et acquisitio: dum in vita terrena bella sunt inevitabilia propter peccatum originale et etiam necessaria ad pacem obtinendam, in mundo resurgentium bellum omnino abesse debebit. Adventus Christi habebit munus recapitulandi, restaurandi et purificandi, Ierusalem caelestem inaugurandi. Ibi non erit amplius dolus neque violentia, sed iustitia et gloria sempiterna. Ergo pax eschatologica est donum Patris in Spiritu Sancto, sed etiam fructus victoriae Christi et perseverantiae fidelium. Reprobos excludit, quia non est pax impiis.
Ad primum dicendum quod, licet dialogus et diplomatia concordiam temporalem foveant, non sufficiunt ad pacem definitivam, quae requirit victoriam super malum et fidelitatem erga Christum.
Ad secundum dicendum quod, licet ratio humana pacta promoveat, pacem eschatologicam dare non potest, quia haec est donum divinum et fructus Redemptionis.
Ad tertium dicendum quod, licet Christus pacem omnibus offerat, non omnes illam accipiunt, et ideo reprobi ex culpa sua excluduntur, a iustis in iudicio universali separati.
JG
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