viernes, 1 de mayo de 2026

Curso de Escatología. Capítulo 4: La bienaventuranza después de la muerte

¿Qué destino aguarda al hombre después de la muerte: disolverse en la nada o alcanzar la visión del Dios vivo? ¿Qué sentido tiene reducir la eternidad a un juego de categorías temporales, como hacen los materialistas y ciertos teólogos modernos, cuando la fe proclama la duración eviterna del alma? ¿No es más razonable reconocer que la bienaventuranza consiste en la unión del intelecto y de la voluntad con la Verdad absoluta y el Bien supremo? ¿Qué consecuencias trae negar la libertad última del hombre en el instante de la muerte, cuando puede aceptar o rechazar la misericordia divina? El cuarto capítulo de este breve curso de escatología del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a redescubrir la visión beatífica como don de la gracia y mérito del hombre, plenitud que abarca alma y cuerpo, y que sólo se alcanza pasando por el misterio de la cruz. [En la imagen: fragmento medio de "El Juicio Final", óleo sobre lienzo, 1611-1614, obra de Francisco Pacheco, perteneciente a la colección del Museo Goya de Castres].

Curso de Escatología
Capítulo 4: La bienaventuranza después de la muerte

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 20 de septiembre de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/corso-di-escatologia-di-p-giovanni-cavalcoli-op-quarto-capitolo-la-beatitudine-dopo-la-morte/)

Prosiguiendo nuestro pequeño curso de escatología, llegamos a una doctrina que puede dejarnos incrédulos y que de hecho en la historia del pensamiento humano ha sido objeto de claras y variadas negaciones, como por ejemplo por parte de la tradición materialista. Pero al mismo tiempo, la doctrina de la inmortalidad del alma y de la posibilidad de una eterna bienaventuranza después de la muerte tiene también en su haber una historia igualmente documentada y tal vez más consistente, no solo en el judaísmo y en el cristianismo, sino también en otras religiones, ya sean tradicionales o modernas, tanto evolucionadas como primitivas, en Occidente como en Oriente. Se trata de la doctrina que sostiene la superioridad del espíritu sobre la materia, así como la perennidad del espíritu y la contingencia de la materia.
Junto a la concepción materialista también ha existido, ya desde la antigüedad, tanto en Oriente como en Occidente, una concepción monista-panteísta, la cual sostiene que las almas no son más que chispas de un único Fuego eterno y divino, las cuales, emanadas de este Fuego, luego vuelven a caer en él para fundirse con él. Por lo tanto, no existe una verdadera distinción entre el alma (atman) y Dios (Brahman), de modo que el alma no es sino un "momento" o "modalidad" del Absoluto, una manifestación ("teofanía") divina, un hacerse "finito" de Dios en el espacio-tiempo. En esta visión, existe una bienaventuranza eterna después de la muerte, pero ella consiste en la bienaventuranza del único Fuego divino en el cual las almas van "beatíficamente" a disolverse. Los partidarios de esta doctrina en Occidente han sido Spinoza y Hegel.
Por otra parte, hoy en día hay teólogos considerados "católicos", como Karl Rahner, el cual no está lejos de Hegel, que sostiene que no tiene ningún sentido hablar de una supervivencia o de una permanencia del alma "después" de la muerte, con el pretexto de que, siendo el alma espiritual y siendo el espíritu eterno y estando por encima del tiempo, no tiene sentido hablar de un alma separada del cuerpo que continúe en el existir "después" de la muerte, ya que el antes y el después conciernen al tiempo, mientras que el espíritu está en un por encima del tiempo. Curiosa defensa del espiritualismo que acaba yendo de la mano con la negación materialista de la inmortalidad del alma. Tanto el materialismo como el panteísmo, con motivos opuestos, niegan la verdadera dignidad del alma y de la persona humana.
Así, para Rahner, como ya habíamos visto acerca de la cuestión de la resurrección del cuerpo, el cuerpo no resucita después de la muerte, sino en la muerte, con lo cual, por otra parte, alma y cuerpo se disuelven para retornar inmediatamente a la vida en la muerte misma. Dejamos a los numerosos admiradores de Rahner imaginar o explicar cómo sea posible o concebible tal cosa. Esto nos dice hasta qué punto de sujeción acrítica puede llegar la admiración por un teólogo, aunque ciertamente no carezca de calidad.
Tenemos aquí, en el famoso teólogo alemán, un nudo de desagradables y desafortunados equívocos que es necesario disipar. Ante todo, cuando se habla, en la teología católica tradicional, de "después de la muerte" (post mortem), ese "después", como ya he dicho en una lección precedente, no debe ser entendido en un sentido temporal, sino como una duración "eviterna" o, para usar un término académico, "aiónica" o "eónica" (del griego aión, del cual se deriva el término "eon", latín aevum, en español e italiano evo, hebreo olam), que es la duración propia de las sustancias espirituales finitas (almas y ángeles). Esto no impide que el alma separada, viviente en una dimensión ultraterrena, tenga una relación con la temporalidad de este mundo.
De hecho, nosotros en esta tierra podemos medir muy bien con la categoría de la temporalidad la duración aiónica de las almas vivientes en el más allá. Si, por ejemplo, santa Teresa del Niño Jesús murió en 1897, muy bien podemos decir que lleva 104 años en el cielo. Por ello, en la práctica de las indulgencias se establecen duraciones temporales, que, sin embargo, no deben entenderse en modo unívoco a la duración de las almas en el purgatorio, sino simplemente análogo, lo que sin embargo no nos impide en absoluto concebir duraciones más o menos largas de permanencia en el purgatorio. De hecho, las oraciones o las Santas Misas pueden acortar las penas del purgatorio o incluso eliminarlas por completo.
En segundo lugar, Rahner se hace fuerte del hecho de que para la antropología bíblica el hombre es una unidad de alma y cuerpo. De ahí su teoría de que esta dualidad es inescindible: o está entera o cae entera. Sin embargo, permanece el hecho de que Rahner, con esta teoría que debe ser cuidadosamente precisada -cosa que Rahner no hace-, se opone a la evidencia del hecho de la muerte, en el cual se tiene, en cambio, una separación del alma del cuerpo.
Rahner, por lo tanto, confunde la unión de derecho del alma con el cuerpo con una inexistente unión de hecho, que viene a ser demostrada en la muerte. Entonces Rahner se ve constreñido a inventar otro cuerpo, distinto del cadáver que yace en el sepulcro, para justificar su teoría de la resurrección "en la muerte", enredándose en una serie de graves inconvenientes que no es el caso enumerar aquí y que lo llevan fuera de la ortodoxia católica.
En base a las precedentes consideraciones, es del todo legítimo y necesario mantener la afirmación de la tradicional y gravísima cuestión del destino del hombre después de la muerte, mientras que hablar, como lo hace Rahner, de una eternidad en la misma muerte, tiene todo el aspecto de una visión morbosa y absurda de una coexistencia de la muerte con la vida, que hace venir a la mente ciertas antiguas concepciones cíclicas (muerte-vida) gnósticas o el tenebroso esoterismo de la masonería. La propia esvástica nazi era precisamente el símbolo de esta unión indisoluble (la cruz en "rueda") de la vida con la muerte, contrariamente a la visión cristiana que aspira a una vida inmortal.
Por lo tanto, debemos decir con toda franqueza, siguiendo la divina enseñanza de nuestra fe, que el cristiano espera después de la muerte y para la eternidad vivir una vida bienaventurada -aquello que tradicionalmente se llama el "paraíso" o el "cielo"-, que consiste, como ha definido dogmáticamente el papa Benedicto XII en 1336, en la visión intelectual inmediata e intuitiva, "facial", según el "cara a cara" de memoria bíblica, de la "esencia divina" del Dios trinitario o, como se expresa la misma Biblia, el "rostro" de Dios.
Se trata de la llamada "visión beatífica", accesible al alma ya inmediatamente después de la muerte, si ella está debidamente purificada de todo rastro de pecado; de lo contrario, siempre según la fe católica, ella deberá transcurrir una cierta duración de eviternidad en un lugar ultraterreno de purificación, llamado "purgatorio", antes de ser admitida a la visión de Dios.
La consecución de la visión beatífica es un don de la gracia ¹ y en particular un don de la perseverancia final, pero también al mismo tiempo libre elección del hombre en el instante de la muerte ², cuando se presenta ante el juicio divino, ya que, en vigor de su libre albedrío, el hombre, por un acto de implacable orgullo, tiene también la posibilidad de rechazar este último ofrecimiento que Dios le hace de su misericordia, por lo cual es justamente castigado con una pena eterna, tradicionalmente llamada pena del infierno.
Obviamente, mientras que el libre consentimiento al divino ofrecimiento es efecto de la gracia y mérito del hombre, el rechazo es exclusivamente culpa del hombre, dado que Dios da a todos la posibilidad de salvarse, solo que lo deseen. Por eso, la Iglesia ha condenado como horrible blasfemia pensar, como algunos se han atrevido hacer, que Dios no predestina sólo al cielo sino también al infierno.
Por tanto, el paraíso es al mismo tiempo don gratuito de la gracia y mérito del hombre. La aparente contradicción entre estos dos hechos, contradicción en la cual se implicó Lutero negando el mérito en nombre de la gracia (sola gratia), se resuelve teniendo en cuenta que, como enseña el Concilio de Trento, el mismo mérito sobrenatural, necesario para obtener el cielo, es don de la gracia. En cambio, sería vano esperar la bienaventuranza eterna sobre la base de méritos simplemente humanos, porque no existe proporción entre lo que el hombre puede merecer con sus simples fuerzas naturales y el bien sobrenatural de la visión beatífica, para obtener el cual es necesario sí el mérito, pero sostenido por la vida de la gracia divina.
¿Por qué la bienaventuranza del hombre consiste en la visión de Dios? Porque el efecto de una causa encuentra su perfección en su conjunción con la causa. Ahora bien, la existencia del hombre es un efecto del poder creador divino. Y, por lo tanto, el hombre encuentra su máxima felicidad en unirse perfectamente a Dios, causa primera, bien supremo, infinito y eterno. Y tal conjunción se produce con las potencias del espíritu, el intelecto y la voluntad, porque Dios es purísimo espíritu.
La voluntad aspira al bien que es concebido por el intelecto. Sumo deseo de estos es la contemplación de la verdad absoluta. Ahora bien, Dios es precisamente la Verdad absoluta. Por eso el intelecto, al ver a Dios +es sumamente bienaventurado. Pero para la plena bienaventuranza no basta el acto del intelecto, es necesaria la voluntad, la cual, en el amor y en la fruición, se une realmente al bien deseado y disfruta de su posesión. En efecto, se puede decir con san Buenaventura que, si la bienaventuranza es un goce y éste, como acto del afecto, depende de la voluntad, la bienaventuranza consiste sobre todo en la conjunción de la voluntad con Dios o al menos, para permanecer más cerca de la visión tomista, que la voluntad es el cumplimiento de la bienaventuranza, cuya sustancia está ya en el acto de la visión beatífica.
Debe tenerse presente que la bienaventuranza se alcanza después de la muerte no porque, como pensaba Platón, el cuerpo sea un obstáculo para la consecución de la bienaventuranza, por lo que para alcanzarla, habría que "liberarse" del cuerpo, sino porque en la vida presente, si bien es posible unirse inmediatamente a Dios a través de la caridad, el intelecto no puede ver inmediatamente la esencia divina, sino que conoce a Dios sólo mediante las criaturas (el propio yo, el mundo, la Iglesia, el libro de la Sagrada Escritura). Pero aquí abajo el cuerpo es necesario para alcanzar aquella vida de gracia que a partir de ahora une el alma a Dios, aunque sea de manera imperfecta.
La felicidad del hombre, sin embargo, no implica solo el alma, sino que también requiere el cuerpo, porque la naturaleza humana es un compuesto de alma y cuerpo. Por eso, después de la muerte, el alma separada del cuerpo puede gozar de la eterna bienaventuranza, pero solo desde un punto de vista objetivo (que luego es el más importante), pero no desde un punto de vista subjetivo. O, en otras palabras: el objeto de la bienaventuranza, Dios, es ciertamente entendido por el intelecto y por la voluntad, que constituye la sustancia de la bienaventuranza; sin embargo, el sujeto que goza, que es el hombre, no está completo en cuanto alma separada, porque le falta el cuerpo. Entonces, la plenitud no sólo objetiva, sino también subjetiva, de la bienaventuranza, viene dada por el hecho de que también el cuerpo, a su modo, participa en la unión del alma con Dios.
El hecho de que la bienaventuranza se obtenga sólo después de la muerte nos recuerda el misterio de la cruz, es decir, que la cruz de Cristo y nuestra participación en su cruz son los medios necesarios para obtener la salvación y, por tanto, la visión beatífica. Por eso, si el Reino de Dios comienza ya desde aquí abajo, como hemos visto en las lecciones precedentes, sin embargo, como Cristo nos enseña, es solo aceptando nuestra cruz cotidiana que podemos tener cierta esperanza de entrar al cielo.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 19 de septiembre de 2011

Notas

¹ Gracia que es ofrecida a todos, incluso a los niños que mueren sin el bautismo, los cuales, como deja entender el Catecismo de la Iglesia Católica, se salvan por esta sola gracia, aunque la Iglesia continúa recomendando el bautismo para los niños.
² Aquí nos referimos a todos los hombres de buena voluntad, pertenecientes a cualquier religión o incluso no religiosos, siempre que crean al menos implícitamente en Dios (Vaticano II) y que sin culpa propia no conocen el Evangelio (Beato Pío IX).

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum beatitudo hominis post mortem consistat in visione Dei

Ad hoc sic procediturVidetur quod beatitudo hominis post mortem non consistat in visione Dei.
1. Quia quidam tenent animam non subsistere ut personam distinctam, sed dissolvi in Absoluto, sicut scintillam quae redit ad Ignem divinum. Hoc videtur validum, quia affirmat aeternitatem spiritus et vitat separationem inter Deum et creaturam, proponens felicitatem ut participationem unitatis divinae.
2. Praeterea quidam theologi moderni tenent nullum sensum esse loqui de “post mortem”, quia spiritus est supra tempus. Hoc videtur fundatum, quia videtur congruum naturae spirituali animae et vitat contradictiones inter aeternitatem et temporalitatem.
3. Item quidam affirmant hominem esse unitatem inseparabilem animae et corporis, ita ut anima separata subsistere non possit. Hoc videtur convincens, quia anthropologia biblica loquitur de unitate integra et mors esset, secundum eos, contradictio huius unitatis.
4. Denique quidam putant felicitatem consistere in meritis humanis sine gratia, quia homo per se potest perfectionem attingere. Hoc videtur solidum, quia agnoscit libertatem et conatum humanum et videtur conferre dignitatem actioni morali.

Sed contra est quod papa Benedictus XII anno 1336 definivit dogma visionis beatificae immediatae, “facie ad faciem”, essentiae divinae. Concilium Tridentinum docet meritum supernaturale esse donum gratiae. Apostolus dicit: “Nunc videmus per speculum in aenigmate, tunc autem facie ad faciem” (1 Cor 13,12). Sanctus Bonaventura affirmat beatitudinem consistere in gaudio voluntatis Deo unitae.

Respondeo dicendum quod beatitudo hominis post mortem consistit in visione Dei. Anima, a corpore separata, si purificata est, statim admittitur ad visionem beatificam, quae est donum gratiae et meritum hominis. Si purificatio requiritur, per purgatorium in aeviternitate transit. Visio beatifica consistit in unione intellectus et voluntatis cum Deo, Veritate absoluta et Summo Bono. Intellectus contemplatur essentiam divinam, voluntas in amore et fruitione unitur, et sic felicitas perfecta attingitur. Tamen plenitudo subjectiva beatitudinis requirit etiam corpus, quia homo est compositum animae et corporis; unde resurrectio finalis perficiat unionem hominis cum Deo. Beatitudo non attingitur meritis humanis naturalibus, sed meritis supernaturalibus gratia sustentatis. Reiectio misericordiae in momento mortis ad damnationem aeternam recte ducit. Crux Christi et nostra participatio in ea sunt media necessaria ad salutem et visionem beatificam obtinendam. Sic vitatur dissolutio pantheistica et negatio materialistica, et affirmatur dignitas personalis animae et spes christiana in vita immortali.
In summa, beatitudo hominis post mortem consistit in visione Dei, dono gratiae et merito hominis, perfecta in unione animae et corporis in resurrectione.

Ad primum dicendum quod anima non dissolvitur in Deo, sed distincta et subsistens manet, et felicitas eius consistit in unione personali cum Deo, sicut fides catholica docet.
Ad secundum dicendum quod “post mortem” non temporaliter intelligitur, sed ut duratio aeviterna propria substantiarum spiritualium, quod aeternitati Dei non contradicit.
Ad tertium dicendum quod unitas animae et corporis est de iure, sed de facto in morte separantur, et anima subsistit in exspectatione resurrectionis, sicut ipsa experientia mortis ostendit.
Ad quartum dicendum quod merita humana naturalia non sufficiunt ad visionem beatificam obtinendam, sed necessarium est meritum supernaturale, donum gratiae, sicut Concilium Tridentinum docet, et ideo beatitudo est simul donum gratuitum et meritum hominis.
   
JG

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