¿Es la modernidad un criterio absoluto de verdad o un ídolo que sustituye a la realidad misma? ¿No se convierte el pensamiento en presunción cuando pretende disolver el ser en el sujeto, olvidando la trascendencia divina? ¿Qué ocurre cuando la revelación se reduce a pura experiencia subjetiva o a hermenéutica sin objeto real, dejando de lado la "res extra animam" de santo Tomás de Aquino? ¿No es acaso un signo de humildad aceptar la verdad como adecuación a lo real, mientras que el idealismo y el subjetivismo son síntomas de orgullo? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli invita a preguntarse si la fe puede subsistir sin el realismo crítico, o si, al rechazarlo, se derrumba todo el saber cristiano. [En la imagen: fragmento de "La Muerte de Sócrates", óleo sobre lienzo, de 1787, obra de Jacques-Louis David, de la colección del Museo Metropolitano de Arte de New York].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
domingo, 19 de abril de 2026
Verdad y modernidad
Verdad y Modernidad
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 22 de agosto de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/verita-e-modernita-di-pgiovanni-cavalcoliop/)
A los modernistas no les importa la verdad, sino la modernidad, y por lo demás una modernidad mal entendida. De hecho, es cierto que lo moderno puede ser mejor que lo antiguo, pero también puede ser cierto lo inverso. La concepción moderna de la mujer, que la ve con la misma dignidad que el varón y no un ser inferior, es ciertamente mejor que la concepción del pasado. Pero, por otro lado, no hay duda de que las guerras modernas son mucho más terribles que las guerras del pasado.
Los modernistas, en cambio, toman lo moderno como regla absoluta de la verdad, como una especie de ídolo sagrado, solo para concebir la verdad en continua evolución, de modo que su "absoluto" es el absoluto de un día, el mismo absoluto evoluciona, ya que para ellos lo verdadero de hoy es lo falso de ayer y viceversa, según el conocido principio de la veritas filia temporis. O como decía Montaigne: "La verdad de este lado de los Alpes es falsa al otro lado de los Alpes".
"Moderno" de por sí no es una categoría de valor, sino simplemente una categoría temporal. "Moderno" puede suponer progreso pero también retroceso. Lo moderno, lo nuevo, no es necesariamente lo verdadero y lo bueno, sino que puede ser también lo falso y lo malo. Por lo tanto, el criterio para la distinción entre lo verdadero y lo falso no es lo moderno ni lo nuevo como tal, sino que es un punto de referencia universal e inmutable por encima del tiempo. O bien, en otras palabras, la verdad no es adecuación a lo moderno o a lo presente, sino a lo real, que puede ser antiguo o moderno, pero que al fin de cuentas y en todo caso está más allá del tiempo, como es por ejemplo la doctrina de Cristo, de Aquel que ha dicho: "Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán", Aquel cuyas palabras, como reconoce san Pedro ante el divino Maestro, son "palabras de vida eterna".
Obviamente, las realidades cambiantes tienen una verdad cambiante; pero creer que también el dogma católico, que tiene por objeto verdades divinas y eternas, puede cambiar o puede resolverse o mejor disolverse en una multiplicidad dispersa de contingentes "modelos representativos" relativos a la variación de las culturas (como algunos teólogos creen hoy) quiere decir olvidar que la verdad (como relación verdadera ser-pensar) es una sola y, por lo tanto, olvidar la coherencia del pensamiento, que no admite que una cosa sea y no sea simultáneamente "por la contradicción que no lo consiente", para decirlo con el gran Poeta.
Los modernistas se complacen también en la definición de la verdad dada por Maurice Blondel, quien pretende sustituir la adaequatio intellectus et rei por una adaequatio mentis et vitae, es decir, la propia vida, y por tanto con la consecuencia de que el yo ya no se adecua a lo real sino a sí mismo, por lo que el yo llega a situarse en el centro de lo real como regla de lo real.
De ahí se deriva otro aspecto de la concepción modernista de la verdad, a saber, su historicismo, ya que, como ya lo denunciaba el papa san Pío X en la encíclica Pascendi, el modernismo sostiene que ella es tan cambiante como es cambiante el hombre. Esto supone una vez más el rechazo de la idea de verdad como adecuación del pensamiento a lo real, adecuación que, para que exista la relación de verdad, no puede no ser inmutable, aunque si la cosa a la cual se refiere es cambiante o ya no existe: Bruto y César ya no existen, pero seguirá siendo verdadero para siempre que Bruto asesinó a César. Por eso, el papa san Pío X acusa a los modernistas de corromper la "inmutable concepción de la verdad".
A esto, como si esta secuencia de errores no fuera suficiente, podemos agregar la posición de algunos teólogos de hoy, los cuales rechazan el concepto realista de verdad para sustituirlo con aquel aparentemente fascinante de "revelación", siguiendo en esto la concepción de Heidegger, el cual quisiera referirse al sentido etimológico griego de la palabra "verdad", que es alétheia = no latencia. La verdad se configura así como aparecer del ser o, en la visión fenomenológica más avanzada, como simple aparecer, como simple "fenómeno", y todavía estamos, con esta segunda concepción, en la doctrina condenada por Pío X siempre en la Pascendi.
Por otra parte, mientras la concepción de lo verdadero como puro aparecer es inaceptable, la idea de la verdad como aparecer de lo real al sujeto no debe ser rechazada, incluso si aquí el aparecer no debe entenderse como apariencia o impresión, sino como manifestación y aparición: es la así llamada verdad "ontológica", verdad de lo real como adecuado a un ideal. En tal sentido nosotros decimos, por ejemplo, "¡esto es verdadero vino!", "¡este es un verdadero artista!". Sin embargo, la verdad entendida en tal sentido no excluye en absoluto sino que involucra la verdad entendida como adecuación de nuestro pensamiento o de nuestro juicio a la realidad de las cosas en sí mismas -la verdad "gnoseológica"-, ya que es sólo si nuestro pensamiento es verdadero, puede descubrir la verdad de lo real.
Que entonces la verdad para el creyente sea la divina Revelación, esto es evidente. Pero esta no es la definición de la verdad. Aquí por "verdad" se entiende la verdad de la divina Revelación; o bien se entiende "Revelación" como contenido de la Revelación, para decir que él es verdadero.
Por el contrario, los nuevos modernistas, creyendo, como he dicho, ser "modernos" y quizás incluso "postconciliares" (este es el lado cómico de la comedia, que sin embargo corre el riesgo de terminar en tragedia), rechazan la verdad gnoseológica, que consideran "superada" (la consideran "medieval"), y pretenden concebirla sólo como "revelación", es decir, como acto revelador, que luego en teología se traduce en la convicción de recibir a priori, directamente e incluso quizás "atemáticamente" de Dios la verdad revelada, sin necesidad de ninguna adecuación de su pensamiento a la realidad empírico-racional, y ciertamente sin ninguna mediación o presuposición del ejercicio de la razón y por lo tanto sin que sea necesario el previo conocimiento de la verdad natural, acerca de la cual son escépticos y relativistas, convencidos en esto de exaltar la verdad de la fe.
El resultado de todas estas teorías es siempre el mismo: la mente humana lo logra todo: los fenómenos, la historia, sí misma, la propia experiencia, el subconsciente, el espíritu, lo absoluto, excepto lo que aseguraría a ella estar en lo verdadero, o sea, la percepción de las cosas, el alcance de lo real o aquello que santo Tomás de Aquino llamó res extra animam.
Todo este escepticismo, sin embargo, no les impide a los neo-modernistas el sentirse modestamente teofanías del Absoluto. De hecho, casi como si estuvieran en posesión innata de la misma ciencia divina, ellos, con el pretexto de evitar el "extrincesismo", que no es más que la obligada distinción entre lo natural y lo sobrenatural, pretenden estar dispensados del ejercicio de la razón de los comunes mortales, creen que se están saltando el plano natural para encontrarse -bienaventurados ellos- originariamente, inmediatamente y aprioricamente en el plano de lo sobrenatural o como ellos dicen, de la "fe" o "Misterio", que luego no tiene nada que ver con la concepción de la fe y de lo sobrenatural definidos por el Concilio Vaticano I.
¿Pero que pasa entonces? Que esta "fe" viene a sustituir a la razón: no admitiendo un preliminar y originario acto de la razón fundada en la experiencia sensible, entienden la fe como recepción originaria de la verdad revelada, una especie de "trascendental", para usar su propia expresión, por la cual con un solo salto, garantizado por la autoconciencia de cartesiana memoria y del fideísmo luterano, ellos se encuentran inmediatamente en el cielo, impregnados e iluminados por la verdad divina, por la única verdad que ellos admiten (¡qué místicos!).
Al mismo tiempo, la razón devenida "fe" o la fe identificada -lo admitan, o no lo admitan- con la razón, esta "razón" confundida con la fe sobrepasa evidentemente los límites legítimos de la razón, por lo que caen en el gnosticismo o en el racionalismo absoluto como le sucedió a Hegel.
Pero esta es una forma de intolerable presunción, por la cual el pensamiento pretende resolver el ser en el pensamiento (idealismo), como el polvo de naranja más fino se disuelve en el agua para hacer la naranjada o bien el sujeto pretende resolver en sí mismo la verdad del divino Objeto (subjetivismo) para "beber el mar", si queremos usar una expresión de Nietzsche. En ambos casos desaparece la trascendencia divina y aparece una "inmanencia" que en realidad es la presunción del hombre que se sustituye a Dios o "se traga a Dios", como ha dicho uno de estos teólogos.
Así, toda esta exaltación de la "revelación", de la "fe" y de lo "sobrenatural" en realidad se reduce a ser una forma de racionalismo y de naturalismo, ya que la verdad natural y la razón, arrojadas por la puerta, retornan por la ventana bajo la apariencia engañosa y pretenciosa de una "revelación", que en realidad no es otra que su subjetivista interpretación del dato revelado enseñado por la Iglesia sobre la base de la Escritura y la Tradición.
De hecho, otro aspecto de la concepción neo-modernista de la verdad consiste en sustituir el conocimiento por la interpretación (la famosa "hermenéutica"), olvidando que el objeto de la interpretación no es la realidad, sino lo que otros piensan de la realidad. Todo se resuelve entonces en saber no cómo son las cosas (que sería el conocimiento de la verdad), sino qué piensan los demás sobre las cosas, asumiendo que creen en las cosas, pero, casualmente, siempre van en busca de autores que rechazan el realismo o, si son realistas, lo aprovechan para afirmar su subjetivismo.
¿Qué dice Cristo en cambio? “El que es de la verdad, escucha mis palabras” (Jn 18,37), como diciendo: si no aceptamos el concepto natural de la verdad como una adecuación empírico-racional a lo real, en vano podremos entender lo que Cristo nos enseña. Es inútil e ilusorio hablar de una verdad revelada o como revelación si no presuponemos la verdad empírico-racional, o sea aquella verdad que nosotros captamos naturalmente conformando nuestro juicio al dato objetivo. "El que no es fiel en lo poco, no podrá ser fiel en lo mucho".
La verdad cristiana es más que nunca adecuación de nuestro pensamiento al ser, en tal caso al Ser divino. En tal sentido, san Pablo habla de una "obediencia a la verdad" (Gal 5,7) y por eso concibe su apostolado como un esfuerzo por hacer que la inteligencia de cada uno "esté sujeta a la obediencia a Cristo" (2 Cor 10,5). Para obedecer es necesario ser humildes. Por eso, el realismo es signo de humildad, que, como es sabido, es la virtud cristiana fundamental, que conduce a la caridad, que es el "vínculo de la perfección". Por otro lado, las otras concepciones de la verdad son signos de orgullo o al menos de necedad.
Por tanto, si el concepto de verdad no se acepta como adecuación a lo real -el así llamado "realismo"- se derrumba todo el saber cristiano. Y el correctivo del realismo "ingenuo", como observa sabiamente Maritain, no es el idealismo o el fenomenismo, sino el realismo crítico, del cual los tomistas del siglo pasado nos han dado ensayos de primer orden, todos merecedores de volver a ser estudiados, aún cuando sean "preconciliares". ¹
Por lo demás, incluso los escépticos y los idealistas no pueden prescindir de ese concepto de verdad, que es del todo espontáneo y universal y, por tanto, inextirpable, por mucho que luchen por quererlo sustituir con absurdas alternativas. De hecho, aun en el momento en que ellos osen negarlo, están obligados a utilizarlo, ya que tendrán que afirmar implícitamente, lo quieran o no lo quieran, que su alardeada negación de la adecuación a lo real es "adecuada a la realidad", es decir, es verdad.
Así que bien podríamos abrazar el realismo con franqueza y rechazar de una vez por todas la concepción idealista y subjetivista de la verdad, ciertamente característica del pensamiento moderno, pero en su peor forma y anticristiana.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 22 de agosto de 2011
Notas
¹ Piénsese en Garrigou-Lagrange, de Tonquédec, Ramirez, Simon, Gilson, Gardeil, Roland-Gosselin, Toccafondi, Gredt, Alberto Galli, Lobato, Perini, el mismo Maritain, solo por para nombrar unos pocos. Hoy tenemos como discípulo de tantos Maestros, al Siervo de Dios padre Tomas Tyn (1950-1990).
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum veritas dependeat a modernitate
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod veritas dependeat a modernitate.
1. Quia moderna superior videtur antiquo. Hodierna conceptio dignitatis mulieris, quae eam aequalem viro agnoscit, certe melior est quam praeterita visio. Ergo modernum esset criterium veritatis. Praeterea modernistae tenent quod verum hodie est falsum heri, secundum principium veritas filia temporis, et quod veritas evolvitur cum historia.
2. Praeterea quidam theologi hodierni conceptum realisticum veritatis reiciunt et eum substituunt revelatione intellecta ut purum apparere, Heideggerum sequentes. Sic veritas concipitur ut phaenomenon mutabile, quod videtur magis congruum experientiae humanae quam rigiditas adaequationis intellectus ad rem.
3. Item neo‑modernistae fidem cum ratione identificant, praetendentes se immediate a Deo veritatem revelatam recipere sine mediatione rationis nec cognitionis naturalis. Sic veritas concipitur ut actus revelationis subiectivus, quod videtur sublimius quam veritas empirico‑rationalis.
4. Denique hermeneutica moderna cognitionem interpretatione substituit, ita ut veritas iam non sit adaequatio ad rem, sed quid alii de re putent. Hoc videtur magis flexibile et apertum quam realismus classicus.
Sed contra est quod Christus dicit: Qui est ex veritate audit verba mea (Io 18,37). Apostolus Paulus loquitur de obedientia veritati (Gal 5,7) et de necessitate ut intelligentia subdatur Christo (2 Cor 10,5). Papa sanctus Pius X in encyclica Pascendi accusavit modernistas de corrumpenda immutabili conceptione veritatis. Sanctus Thomas veritatem definivit ut adaequatio intellectus et rei.
Respondeo dicendum quod veritas non dependet a moderno nec a subiectivo, sed ab adaequatione intellectus ad rem. Modernum potest esse melius vel peius antiquo, sed non est criterium veritatis. Veritas una est et manet ultra tempus, sicut verba Christi quae non transibunt. Conceptio modernistica, quae veritatem cum evolutione historica vel cum revelatione intellecta ut phaenomenum subiectivum identificat, obliviscitur quod veritas revelata praesupponit veritatem naturalem et rationalem. Fides rationem non substituit, sed eam perficit. Realismus est signum humilitatis, subiectivismus autem signum superbiae.
Veritas christiana esse magis quam umquam adaequationem intellectus nostri ad ens, ultimo ad Ens divinum. Ideo Paulus apostolatum suum concipit ut conatum subiciendi intelligentiam Christo. Realismus criticus, a thomistis defensatus, est correctivum realismi ingenui et via tuta contra idealismum et subiectivismum modernos. Etiam sceptici et idealistae hoc conceptu carere non possunt, nam dum eum negant, implicite utuntur.
Conclusio: Veritas christiana est adaequatio intellectus ad ens, ultimo ad Ens divinum. Non dependet a modernitate nec a subiectivitate, sed manet immutabilis. Realismus criticus est via tuta contra idealismum et subiectivismum modernos, et constituit signum humilitatis quod ducit ad caritatem, vinculum perfectionis.
Ad primum dicendum quod modernum non est categoria valoris, sed temporalis. Potest esse progressus vel regressus. Veritas non metitur per modernum, sed per rem.
Ad secundum dicendum quod revelatio est quidem fons veritatis, sed non substituit definitionem veritatis ut adaequatio intellectus ad rem. Conceptio phaenomenologica a Magisterio damnata veritatem gnoseologicam supplere non potest.
Ad tertium dicendum quod fides rationem nec cognitionem naturalem tollit. Identificatio fidei et rationis ducit ad gnosticismum vel ad rationalismum absolutum. Veritas revelata praesupponit veritatem empirico‑rationalem, et sine ea comprehendi non potest.
Ad quartum dicendum quod interpretatio cognitionem non substituit. Obiectum interpretationis non est ipsa res, sed quid alii de ea putent. Ergo, si adaequatio ad ens relinquitur, fundamentum scientiae christianae amittitur. JG
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