sábado, 18 de abril de 2026

La prohibición del placer

¿Es la moral católica realmente enemiga del placer, como tantas veces se la acusa desde los epicúreos hasta Freud y Nietzsche? ¿No será más bien que el cristianismo distingue entre el placer ordenado y el desordenado, reconociendo su dignidad cuando está unido al amor y a la verdad? ¿Qué significa que el Vaticano II y la teología del cuerpo de Juan Pablo II hayan renovado la visión de la sexualidad, superando dualismos rigoristas y mostrando la unidad de alma y cuerpo? ¿No es acaso el hedonismo contemporáneo una caricatura que olvida el valor superior de la renuncia y del sacrificio? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli invita a repensar si la Iglesia prohíbe el placer o si, por el contrario, lo sitúa en su verdadero lugar dentro de la vocación humana y cristiana. [En la imagen: fragmento de "La cesta de manzanas", óleo sobre lienzo, pintado entre 1890 y 1894, obra de Paul Cézanne, conservado en el Art Institute of Chicago, USA].

La prohibición del placer

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 25 de enero de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-proibizione-del-piacere-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Es conocida la recurrente acusación contra la moral católica, sobre todo la sexual, desde los albores del cristianismo, impulsada por los epicúreos, pasando a través del neopaganismo renacentista, hasta llegar a Lutero, luego a los libertinos de los siglos XVII y XVIII, luego a los románticos, hasta terminar por arribar a Freud y Nietzsche, por no hablar del agresivo hedonismo contemporáneo, acusándola de ser una moral sexofóbica que reprime el placer y con ello, así se piensa, la vida y el amor, cerrando al hombre con sombría severidad el camino hacia la felicidad y el ejercicio de libertad.
Poniendo en juego tantos valores por todos comprensibles y apreciados, el hedonismo de siempre tiene buen juego sobre todo en los jóvenes y en los enamorados, haciendo muy difícil para la Iglesia, especialmente en la actualidad, atraer a los jóvenes hacia el ideal cristiano. Esto también está señalado, así lo creemos, por la gran dificultad que encuentra la Iglesia para suscitar vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, debido también a la frecuente falta de comprensión y colaboración por parte de las familias, de los ambientes políticos e incluso de la propia escuela, apoyados a su vez por una poderosa y seductora propaganda de los medios de comunicación a favor del hedonismo sexual.
Y como si eso no bastase, en el mismo campo católico no faltan moralistas que se muestran muy complacientes frente al hedonismo, por no decir que lo teorizan explícitamente, como recuerdo sucedió en los años 1980s en Holanda donde había incluso Dominicos que sostuvieron que el principio de la moral es el placer, haciendo recordar el famoso retrato del epicureísmo hecho por Dante: "s’ei piace, ei lice".
La hostilidad hacia la ética cristiana y en particular hacia la ética sexual encuentra ulterior alimento entre los hedonistas y los epicúreos (véase por ejemplo Nietzsche, siempre de actualidad especialmente entre los jóvenes) en el hecho de que el cristianismo parece exaltar e incentivar el sufrimiento, con su doctrina del "amor por la cruz". Aquí también existe un enorme equívoco, que lamentablemente viene acentuado por la concepción dolorista de la Redención, hoy lamentablemente también muy difundida entre los católicos, después de haber nacido del clima protestante, según la cual en Cristo sufre no solo el hombre sino también Dios mismo, de tal modo que el sufrimiento deviene un atributo divino. Con ideas de este género, se debería sufrir también en el cielo.
Al respecto debemos recordar que esta idea dolorista, que lamentablemente seduce a muchos con una falsa idea de la "compasión" que Dios Padre tiene por el Hijo y por nosotros, idea nacida ya en los primeros siglos del cristianismo, ya fue inmediatamente condenada por la Iglesia como herejía y se la conoce con el nombre de "teopasquismo" o "patripasianismo" (sufrimiento de Dios Padre).
Es necesario recordar aquí un punto que los moralistas católicos han repetido mil veces, a saber, que el cristianismo no ama el sufrimiento por sí mismo, sino en cuanto precio a pagar por la conquista de más altos ideales (he aquí la renuncia, el esfuerzo y el sacrificio) y sobre todo como participación voluntaria, por amor, en la Cruz redentora del Señor, precisamente con vistas a la liberación del pecado y del mismo sufrimiento.
No se puede negar que también sobre este terreno el Concilio Vaticano II y la renovada concepción de la sexualidad humana que no surgió a nivel del Magisterio de la Iglesia sino hasta Juan Pablo II, han dado una contribución importante para eliminar equívocos, malentendidos y prejuicios contra la ética sexual católica, corrigiendo una visión precedente de tipo dualista y rigorista, que había tenido éxito durante largos siglos, ligada sobre todo al monaquismo origenista, cuyos extremismos, por lo demás, habían sido condenados por el propio Magisterio, y clarificando a la luz de una mejor interpretación de la Sagrada Escritura y de una mejor antropología libre del platonismo y de las influencias cátaras o indias, la verdadera dignidad del placer en general y del placer sexual en particular, en conjunción con la distinción deseada por Dios mismo entre hombre y mujer en relación al sacramento de matrimonio y a la reciprocidad entre los dos sexos no sólo para la edificación de la familia, sino también de la sociedad y de la Iglesia, así como en clave edénica e incluso en perspectiva escatológica (catequesis de Juan Pablo II sobre la "teología del cuerpo").
Obviamente, no se trata en absoluto, como quisieran hacernos creer ciertos moralistas modernistas o ciertos psicólogos condescendientes, de una asunción acrítica del epicureísmo o del freudismo, sino sobre todo de una posición que podría rastrearse hacia atrás -si se desea permanecer en términos de la antropología filosófica- no tanto al dualismo platónico, cuanto a la visión unitaria sustancialista "hilemórfica" -composición de alma y cuerpo- de origen aristotélico, en la versión cristianizada de santo Tomás de Aquino y su escuela hasta Jacques Maritain y los tomistas contemporáneos.
No cabe duda que permanece y debe permanecer la idea tradicional, bien fundada, según la cual el placer físico y también espiritual no siempre son necesariamente buenos y honestos desde el punto de vista moral y por lo tanto de la verdadera felicidad humana, sino que también pueden ser desordenados, deshonestos y por tanto moralmente ilícitos y prohibidos, cuando no emanan de actos humanos conformes a la ley moral y al verdadero fin del hombre, natural o sobrenatural.
No cabe duda, por el contrario, que permanece válida también la idea tradicional, sin duda bien fundada, del valor de la renuncia y del sacrificio, cuando se trata de salvar un bien o un valor superior, sobre todo aquellos que pertenecen a una sana vida espiritual y religiosa.
Esto supone, naturalmente, una antropología que otorgue el primado al espíritu sobre la materia y por tanto sobre el sexo, por lo cual, dada la circunstancia de un conflicto entre estos dos planos, no debería haber duda de la necesidad de sacrificar el valor inferior en bien del superior. Sin embargo, a esto se opone una cierta antropología, lamentablemente también infiltrada en los ambientes católicos, la cual, apoyándose en una falsa interpretación del concepto bíblico "unitario" del hombre, niega como "dualista" la distinción entre alma y cuerpo, reduciendo aquella a este, por lo que el discurso de la renuncia y el sacrificio pierde su sentido y se cae inevitablemente en el hedonismo y en el desenfreno sexual, de los cual hoy conocemos mil formas, más o menos graves o escandalosas.
Sin embargo, aquello que hoy en día, en medio de este caos, se comprende mejor -y esto es providencial precisamente para salir de la crisis- es que el placer físico, al menos desde el punto de vista psicológico, de por sí no es un mal, sino que es creado por Dios como quietud del apetito en el bien poseído. El placer, en cambio, como hemos dicho, deviene un mal moral sólo cuando no resulta de un acto moralmente honesto.
Esto significa entonces que lo honesto no se identifica sic et simpliciter con lo deleitable, sino que es un bien en sí mismo fundado en la búsqueda de los verdaderos fines del hombre y sobre la obediencia a las leyes cuya práctica permite el logro de aquellos fines, incluso si, dada la situación de fragilidad del hombre (lo que el apóstol san Pablo llama conflicto entre la "carne" y el "espíritu"), en caso de absoluto conflicto, es necesario, como se ha dicho, saber renunciar al valor inferior para no se perder el valor superior.
Pero la perspectiva educativa y moral surgida de la renovación impulsada por el Concilio Vaticano II apunta sobre todo a la consecución de la síntesis de espíritu y sexo, correspondiente al plan original y escatológico de la creación y aplicación de la nueva visión escatológica, encarnacionista y conciliadora que hace de inspiración de fondo de las doctrinas y de las indicaciones pastorales del Vaticano II.
Ha habido quienes han pensado que en esto hay ingenuidad y excesivo optimismo, casi como para olvidar las desgraciadas consecuencias del pecado original y la permanente necesidad de la ascética y de una vida austera. No es así. Para un católico sería temerario juzgar así las altas enseñanzas del Concilio Vaticano II y de la moral que de ellas emana, haciéndose pasar por maestro que juzga al alumno, aunque sea invocando la "Tradición".
Que quede claro que está a mil millas de distancia para un católico olvidar el valor sagrado y permanente de la Tradición. Pero precisamente por eso se debe decir con clara letras que también el Vaticano II, y más que nunca el Vaticano II, es testimonio infalible y confiable de la Tradición, pero una Tradición viva y viviente, que no ha considerado gravamen el estadio precedente, sino que lo ha desarrollado aclarando y explicitando, en la plena continuidad de los valores inmutables y perennes de la fe católica.

P Giovanni Cavalcoli OP
Bologna, 25 de enero de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum Christianismus prohibeat voluptatem

Ad hoc sic procediturVidetur quod Christianismus prohibeat voluptatem.
1. Quia ab Epicureis usque ad Freud et Nietzsche accusatur moralis catholica sexophobica esse, voluptatem reprimere atque inde vitam et amorem, claudens homini viam ad felicitatem et libertatem. Haec accusatio hodie corroboratur per propagandam hedonismi quae praesertim iuvenes allicit et difficiliorem reddit attractionem ad idealem christianum, etiam vocationes sacerdotales et religiosas impediens.
2. Praeterea Christianismus videtur exaltare dolorem per doctrinam amoris crucis, unde colligitur voluptatem malum esse et etiam in caelo patiendum. Haec visio doloristica, quae dolori Deum ipsum attribuit, in christianis ambitus divulgata est et videtur confirmare Ecclesiam voluptatem contemnere.
3. Item traditio monastica rigorista et dualistica, a Platonismo et Origenismo influentia, per saecula transmisit visionem negativam de voluptate, roborans opinionem quod Ecclesia eam prohibeat. Insistentia in renuntiatione et sacrificio videretur indicare voluptatem semper inferiorem et suspectam.

Sed contra est quod Magisterium Ecclesiae, praesertim in Concilio Vaticano II et in catechesibus de theologia corporis a sancto Ioanne Paulo II, docuit voluptatem, etiam sexualem, dignitatem habere cum vero amore et sacramento matrimonii coniungitur. Praeterea sanctus Thomas affirmat voluptatem esse quietem appetitus in bono possesso, et ideo non est mala per se. Apostolus Paulus commemorat conflictum inter carnem et spiritum, ostendens quod problema non est ipsa voluptas sed eius inordinatio.

Respondeo dicendum quod Christianismus non prohibet voluptatem per se, sed eam ordinat secundum veritatem et ultimum finem hominis. Voluptas a Deo creata est ut quies appetitus in bono adepto. Fit autem malum morale solum cum non provenit ex actu honesto. Ideo Ecclesia docet voluptatem corporalem et spiritualem bonam et dignam esse, dummodo conformis sit legi morali et vero fini hominis, naturali vel supernaturali.
Hedonismus hodiernus, qui voluptatem absolutizat, obliviscitur valoris superioris renuntiationis et sacrificii, necessariorum cum conflictus inter carnem et spiritum exsistit. Moralis catholica, longe ab sexophobia, quaerit synthesis spiritus et corporis, secundum visionem hylemorphicam a sancto Thoma christianizatam et a Concilio Vaticano II continuatam. Traditio viva Ecclesiae non abolevit valorem sacrificii, sed eum integravit in anthropologia pleniori, ubi voluptas locum legitimum habet in vocatione humana et christiana.
Meminisse oportet Christianismum dolorem non amare propter se, sed ut pretium bonorum superiorum et ut participationem voluntariam in cruce redemptoria. Visio doloristica quae dolori attribuit Patrem Deum damnata est ut haeresis. Concilium Vaticanum II et Ioannes Paulus II ostenderunt voluptatem sexualem, cum amore et matrimonio coniunctam, partem esse consilii divini et etiam dimensionem escatologicam habere. Sic superatur visio rigoristica et affirmatur dignitas voluptatis in vita christiana.
Conclusio: Christianismus non prohibet voluptatem, sed eam ordinat secundum veritatem et ultimum finem hominis. Voluptas bona est cum actus conformes legi morali comitatur, sed fit inordinata cum a virtute separatur. Ecclesia, in continua sua Traditione viva, docet voluptatem dignitatem habere in vita christiana, dummodo subdatur amori et veritati.

Ad primum dicendum quod accusatio sexophobiae est aequivoca: Ecclesia voluptatem non reprimit, sed ordinat. Hedonismus libertatem cum licentia confundit, dum ethica christiana veram felicitatem quaerit.
Ad secundum dicendum quod Christianismus dolorem non amat propter se, sed ut pretium bonorum superiorum et ut participationem voluntariam in cruce redemptoria. Visio doloristica quae dolori Deum attribuit damnata est ut error.  
Ad tertium dicendum quod excessus rigoristici a Magisterio correcti sunt. Concilium Vaticanum II et Ioannes Paulus II ostenderunt voluptatem sexualem, cum amore et matrimonio coniunctam, partem esse consilii divini et etiam dimensionem escatologicam habere.
   
JG

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