¿Es posible hablar del sacrificio de Cristo sin caer en un lenguaje que el hombre moderno juzga inaceptable? ¿No será que la cruz, lejos de ser un mero símbolo, encierra en sí misma la lógica divina de justicia y misericordia? ¿Qué sentido tienen las metáforas bíblicas de deuda, rescate, satisfacción y liberación, y cómo deben ser entendidas para no reducir la obra de Cristo a un simple contrato humano? ¿No es más bien la cruz el altar donde Cristo, Sumo Sacerdote, se ofrece en obediencia al Padre y reconcilia al hombre con Dios? En este artículo el padre Giovanni Cavalcoli examina las palabras de Joseph Ratzinger y muestra que la pasión redentora de Cristo, aunque expresada en diversos esquemas metafóricos, es en realidad el sacrificio sacerdotal que nos libera del pecado y nos conduce a la vida eterna. [En la imagen: fragmento de "Cristo de San Juan de la Cruz", óleo sobre lienzo, 1951, obra de Salvador Dalí, de la colección del Kelvingrove Art Gallery and Museum, Glasgow, Reino Unido].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 1 de abril de 2026
Opiniones de Joseph Ratzinger (papa emérito) acerca del valor del sacrificio de Cristo
Opiniones de Joseph Ratzinger acerca del valor del sacrificio de Cristo
(Traducción del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su blog el 20 de junio de 2022. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/opinioni-di-joseph-ratzinger-circa-il.html)
El sacrificio de Cristo, como nos enseña la Sagrada Escritura
y explica la doctrina de la Iglesia
El mismo lector que me ha propuesto comentar el pensamiento de Alberto Maggi y de Carlo Molari acerca del significado del sacrificio redentor de Cristo, ahora me ha propuesto comentar las palabras pronunciadas por Benedicto XVI en una entrevista de 2016 ¹ con el jesuita Jean Servais. Esta es la pregunta que Servais le hace al Papa emérito:
"Cuando Anselmo dice que Cristo debía morir en la cruz para reparar la ofensa infinita que había sido hecha a Dios y así restaurar el orden infringido, usa un lenguaje difícilmente aceptable por el hombre moderno (cf. Gaudium et Spes IV 215.ss.) [...] ¿Cómo es posible hablar de la justicia de Dios sin correr el riesgo de romper la certeza, ya establecida entre los fieles, de que el Dios de los cristianos es un Dios 'rico en misericordia' (Ef 2,4)?".
Respondo diciendo que antes de examinar la respuesta de Ratzinger, hago una premisa metodológica, haciendo presente que el pensamiento cristológico de Benedicto XVI, desde que ha dado la dimisión a la actividad pastoral petrina, en cuanto es acreditada, evidentemente ya no goza de la infalibilidad pontificia, que ha pasado en cambio al papa Francisco.
Es decir, Benedicto siguió siendo Papa, pero sólo en el ser, no en el obrar como Papa. Por eso él es ahora ciertamente un privilegiado colaborador del papa Francisco, dotado de una experiencia pastoral de la cual sólo él puede presumir en toda la Iglesia, después de la del Papa reinante, habiendo desarrollado el oficio petrino; pero ahora, desde que ha dado la dimisión al ministerium petrino, su autoridad doctrinal ha descendido de nivel, y está por debajo de la del Papa; es ciertamente una autoridad elevada, pero falible como la de cualquier otro fiel, aunque Ratzinger sea uno de los más grandes teólogos de la Iglesia de hoy, piensen lo que piensen sus detractores modernistas.
Hecha esta premisa, estimo oportuno comenzar por dar yo primero una respuesta a Servais, basándome en lo que es posible recabar del Magisterio de la Iglesia y, en particular modo, del Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 613-618). Después de lo cual pasaremos a examinar las palabras de Ratzinger.
Digo, por lo tanto, que si el hombre moderno encuentra difícilmente aceptable el lenguaje de san Anselmo con el cual expresa el significado del sacrificio de Cristo, es necesario que haga un esfuerzo, que será para él muy provechoso, por comprender el lenguaje de san Anselmo, es decir, lo que él ha entendido decir, y el valor de lo que dice, porque la doctrina anselmiana, con buena paz de los modernistas, ha sido sustancialmente asumida por el dogma eclesial que ha pasado luego a la doctrina de la redención.
Por tanto, no se trata de cambiar el lenguaje y los contenidos de la doctrina anselmiana para contentar al así llamado "hombre moderno", como si éste fuera el criterio de la verdad de fe, mentalidad, ésta, típicamente modernista. En efecto, el criterio de la verdad cristiana no es la modernidad, sino la doctrina de la Iglesia. Ciertamente es necesario ser modernos, pero basándonos en la moderna doctrina de la Iglesia, que en este punto, por lo demás, no ha cambiado nada de la doctrina tradicional, como aparece evidente de la comparación de la doctrina del Catecismo de la Iglesia Católica con la del Concilio de Trento.
Tengamos presente que la obra salvífica de Cristo implica un aspecto humano -su pasión y muerte-, cosas que están al alcance de nuestra razón; y un aspecto divino -la justicia y la misericordia divinas-, las cosas que superan la comprensión de nuestra razón y permanecen misteriosas para nosotros, parecen paradójicas y pueden parecer escandalosas. Por eso san Pablo habla del "escándalo de la cruz" (1 Cor 1,23).
En efecto, un Mesías que se deja crucificar como condenado a muerte, abandonado por los suyos y derrotado por los poderosos, aparece como un impostor y un personaje escandaloso. Por otra parte, la perspectiva de que el sufrimiento pueda conducir a la eliminación del sufrimiento o que la muerte pueda producir vida, parece una tontería. Que un hombre mortal como nosotros pueda hacerse resurgir a sí mismo de la muerte, ser el salvador del mundo, eliminar del mundo ese mal que parece inextirpable, obtener de su muerte la bienaventuranza para toda la humanidad, aparece a la razón un pensamiento loco y una cosa del todo imposible.
Tengamos presente también que el plan de la salvación ideado por el Padre y realizado por el Hijo, al haber sido un plan de amor concebido libremente desde la eternidad, habría podido ser también diferente de cómo es de hecho y como de hecho se ha llevado a cabo históricamente, y como, de hecho, es vinculante para nosotros a los fines de nuestra salvación.
Indudablemente, el plan que de hecho Padre e Hijo de común acuerdo han querido, tiene su propia lógica interna. No en vano el Hijo es el Logos del Padre, lógica que también puede ser percibida por nuestra razón, pero sólo en el presupuesto del plan ya elegido y decidido por el Padre, que también podría haber sido otro.
Aquí encontramos el límite del razonar de san Anselmo sobre el Misterio de la obra de Cristo. Parece que Anselmo, entusiasmado por la posibilidad por él descubierta de eliminar el aparente carácter paradójico de la cruz y de vincular este Misterio con nuestra razón y nuestra lógica, no se percató de que Dios, en su libertad de decisión, si hubiera querido, habría podido elegir otro plan y salvarnos también de otro modo. Por ejemplo, en lugar de exigir la reparación o expiación de los pecados, podría habernos sobreseidos y perdonados a todos de modo incondicionado, no permitiendo la perdición de nadie, por obstinado que fuera el pecador.
Es la tesis de los modernos buenistas, perdonistas y misericordistas, que niegan que Dios castigue el pecado con el sufrimiento, la muerte y el infierno, porque esto contradiría la bondad divina y sería una crueldad, y afirman que Dios ejerce con todos solamente la ternura y la misericordia, que no cancela el pecado, sino que sólo lo cubre, sin que sea necesaria penitencia, porque la concupiscencia es invencible y nadie está en mala fe y el pecado no es signo de malicia, sino de fragilidad, y la fragilidad debe ser compasionada, acompañada y aceptado y no reprendida o condenada.
Dios no envía ningún sufrimiento ni ninguna desgracia. No hace morir a nadie. Es el hombre que con su pecado se atrae el sufrimiento y la muerte. Si la naturaleza envía calamidades es porque se venga de los daños que le hace el hombre. Dios no tiene nada que ver con los males que nos llegan de la naturaleza. Esos males no son castigo por nuestros pecados porque también golpean a los inocentes. No hay explicación para el sufrimiento de los inocentes.
Para el buenista, el pecador no es un malvado, sino simplemente un diferente, un diverso, y hacia la diversidad es necesario tener respeto porque la vida es bella porque es variada. Cada uno es libre de decidir lo que le para él es su bien, o sea lo que le conviene.
Pero en realidad todo esto no corresponde en absoluto a la enseñanza de la Escritura y a los datos de la fe católica, sino que más bien refleja las herejías de Lutero, empeorándolas, porque al menos Lutero aceptaba el sacrificio redentor y expiatorio de Cristo y la existencia. de los condenados en el infierno.
Ya he respondido a estas tesis buenistas en los artículos que vengo publicando desde 2016, fecha en la que fui dado de baja de Radio María como teólogo de Radio María, por haber sostenido que el precedente terremoto de Umbría podía considerarse un castigo divino para los numerosos sodomitas que allí vivían ². Por eso no voy a volver a eso. Lo que ahora me parece importante es afirmar y recordar la doctrina católica de la relación entre justicia y misericordia en Dios en relación con el significado de la muerte y el sacrificio de Cristo.
Anselmo interpreta y explica la obra salvífica de Cristo haciendo uso de la categoría lógica de la necesidad, categoría que funciona muy bien, pero sólo bajo el presupuesto, por cuanto parece, de que el plan divino de hecho existente, sea el único posible; cosa que en cambio no es así, porque en realidad Dios habría podido haber escogido otro. Tal vez Anselmo no ha pensado en esto. Por eso parece afirmarse en él un sutil racionalismo, que parece querer decir que las cosas ha sucedido así y no podían suceder de otra manera, aunque obviamente él está convencido de que se trata de un misterio de fe.
Por otra parte, se podría en cambio tomar en consideración la concepción islámica de la salvación, que nosotros los cristianos juzgamos falsa no porque en línea de principio Dios no hubiera podido salvarnos de esa manera, incluso sin la encarnación del Hijo, sino porque de hecho Dios ha querido la Encarnación.
O bien el Padre hubiera podido enviar un Mesías como el que muchos esperaban en Israel, malinterpretando las profecías, un Mesías que en el curso de su vida terrenal liberara a Israel de sus enemigos e instaurara por la fuerza el reino de Israel sobre todos los pueblos, sin que él debiera sufrir y ser condenado por las autoridades, premiando a los justos y castigando a los malvados.
Anselmo parte de la premisa de que la Encarnación es efecto de la libre elección divina, al observar que, una vez elegida esta vía, Dios no podía no mandar al Hijo a hacer lo que ha hecho, en la suposición de exigir una justa reparación por la culpa cometida por el hombre y de querer hacer por misericordia al hombre hijo de Dios en Cristo. En cambio, quien habría de querer hacer de la Encarnación y de la Redención actos necesarios de la esencia divina será Hegel ³, para quien Dios es por esencia inmanente al mundo y tiene en su esencia la negación de sí y el retorno de la esencia a sí misma mediante la negación de la negación. En Hegel, por tanto, lo negativo, la muerte, no se sustrae a lo positivo, la vida, que convierte un negativo en positivo, transforma la muerte en la vida y el sufrimiento en la alegría; sino que es el mismo negativo el que, negándose a sí mismo, produce lo positivo.
Queda, pues, que en Hegel la muerte de Cristo produce la vida, pero no porque Cristo es la vida, sino porque la muerte de por sí, negándose a sí misma, produce la vida como negación de la vida. Así para Hegel la autonegación es necesaria para la afirmación y el retorno de la afirmación. Sin embargo, él es incapaz de concebir un Dios que sea sólo afirmación. Hegel tiene necesidad de un Dios que diga sí y no al mismo tiempo.
También debe considerarse que la obra divina de la salvación es narrada por la Escritura según una doble modalidad expresiva, lingüística y conceptual, que está adaptada a nuestra capacidad de entender y de expresarnos, capacidad por su propia naturaleza limitada; por lo cual la obra divina, que trasciende los límites de nuestra capacidad de comprensión y de expresión, nos es presentada por la Escritura en categorías y palabras, que no pueden tener la pretención de hacernos comprender todo y de expresarlo perfectamente, sino dejando al Misterio revelado un margen de sustancial incomprensibilidad e inexpresabilidad, que se adecua precisamente a aquello que es una verdad de fe.
Por tanto, siendo la obra de la salvación un misterio divino, debemos ser conscientes de que nuestros conceptos humanos, incluso los más elevados, no son suficientes para comprender su sublimidad, aunque se usen analógicamente. Por eso la Escritura, al narrarnos este altísimo misterio de justicia y de misericordia divinas, acompaña al concepto, más adaptado al aspecto humano del misterio, a la metáfora o a la comparación, más adecuados, en su pobreza expresiva, para expresar el misterio, de modo que con términos tan pobres no tenemos la presunción de poder englobar el misterio dentro de los límites de nuestra razón. Sin embargo, también es necesario evitar la tentación contraria de reducir la obra de Cristo a términos puramente humanos, como un hecho a nuestro alcance, olvidando el razonar por analogía y achatándolo todo al nivel de la univocidad.
Y por eso la obra de Cristo es presentada por la Escritura según diferentes esquemas o modelos interpretativos, que se complementan entre sí, y que deben ser recibidos todos con religiosa atención, aunque nos den la impresión de ser groseros y vulgares. Pero no nos corresponde a nosotros juzgar, porque si Dios ha elegido esas comparaciones y esas metáforas, quiere decir que son adecuadas para expresar lo que Él entiende. Lo que podemos y debemos racionalmente demostrar es que Dios no nos dice cosas absurdas o escandalosas, sino cosas misteriosas, cuya sabiduría y utilidad moral están muy por encima de cuanto nosotros podemos imaginar para la salvación del hombre.
Los cuatro modelos
La Escritura nos presenta, por tanto, la obra salvífica del Señor fundamentalmente bajo cuatro esquemas interpretativos o modalidades de realización: el de un sacrificio expiatorio o propiciatorio (esquema sacrificial), el del pago de una deuda (esquema comercial), el de la reparación de una ofensa (esquema jurídico) y el de una guerra de liberación (esquema liberacionista).
Bajo la segunda modalidad, Jesús es presentado como un rico comprador o mercader ⁴, que nos ha comprado o rescatado al precio de su sangre. El término redención, de re-d-emptio significa volver a comprar. Jesús como Dios nos ha adquirido al crearnos; y pagando al Padre la deuda de nuestros pecados, es decir, tomando sobre sí nuestros sufrimientos, nos ha adquirido por segunda vez.
Él mismo ha entendido la ofrenda de su vida al Padre como el pago de un rescate. En Mt 20,28 encontramos este término lytron, que quiere decir rescate. Pablo afirma que en la sangre de Cristo tenemos el rescate, la apolitrosis, que san Jerónimo traduce como redemptio, la remisión de los pecados (cf. Col 1,14). La Carta a los Hebreos dice que la muerte de Cristo "ha intervenido para la redención (apolytrosis, redemptio) de las culpas" (Hb 9,15). San Pablo dice que Cristo nos ha comprado (agorazo, emo) "a caro precio" (timé, pretio magno). Hay que señalar que timé también quiere decir resarcimiento, compensación, satisfacción.
San Pedro (1 Pe 1,8) y el Apocalipsis (5,9) dicen que hemos sido redimidos por la sangre de Cristo: por tanto, la sangre de Cristo ha sido como una suma de dinero con la cual Cristo ha pagado al Padre nuestras deudas, ha dado satisfacción al Padre, nos ha comprado para Él, ha pagado en nuestro lugar una deuda que nosotros no podíamos pagar, mereciendo nuestra salvación.
Según la segunda modalidad, Jesús es el sacerdote de la Nueva Alianza, que, en obediencia al Padre, se ofrece a sí mismo como víctima de expiación en el altar de la cruz para la remisión de los pecados.
En efecto, la Carta a los Hebreos nos dice que el Padre "ha preparado un cuerpo" (Hb 10,6) para el Hijo. Y el Hijo responde: "He aquí que yo vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad". ¿Qué ha querido el Padre? Evidentemente el sacrificio del Hijo. Jesús, por tanto, obedece al Padre que quiere que él ofrezca su vida para nuestra salvación. Y continúa la Carta: "es precisamente por esa voluntad que nosotros hemos sido santificados, por medio de la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez y para siempre" (v.10).
La Carta a los Hebreos entiende la ofrenda que Cristo hace de su propio cuerpo como ofrenda cultual, sacrificial, victimal y expiatoria de sí mismo como sacerdote de la nueva Alianza. Este concepto se encuentra en la primera Carta de san Juan, donde se dice que el Padre ha enviado a su Hijo como "víctima de expiación (ilasmós) por nuestros pecados" (1 Jn 4,10; 2,2), mientras san Pablo afirma que Dios ha propuesto a Cristo como "víctima expiatoria (propitiationem, ilasterion) en su sangre" (Rm 3,25).
Ya el profeta Isaías había hablado de un Siervo de Yahvé, que salva al pueblo ofreciéndose a sí mismo en expiación (cf. Is 53,10). De tal modo, encontramos en las propias palabras de Cristo que el celebrante pronuncia en el momento de la Consagración la declaración explícita hecha por Cristo en la Última Cena, al instituir la Eucaristía y por tanto el Rito de la Misa: "Esto es mi cuerpo".
Según la tercera modalidad, Jesús aparece como un hombre justo, generoso y desinteresado obrador de justicia y de paz, el cual, si bien inocente, acepta pasar por culpable cargándose la pena a nosotros debida por nuestros pecados. Los paga él, da satisfacción al Padre, repara por la ofensa que le han causado nuestros pecados y obtiene del Padre el perdón de nuestros pecados, reconciliándonos entre nosotros y con el Padre (Is 53; Rom 5,11; 2 Cor 5,18; Ef 2,14.16; Col 1,20).
Según la cuarta modalidad, Jesús es el fuerte conductor y libertador, que con el poder de la Cruz nos guía en la buena batalla contra el pecado, la carne, el mundo y Satanás (Ap 14,14-15; 19,11-16); 20,9), nos libra del poder del pecado, de la muerte del demonio y nos guía a la libertad y a la bienaventuranza (Rm 6,22; 8,21; 2 Cor 1,10; 1 Tes 1,10; 2 Tim 4,18; 1 Pe 1,18; Ap 1,5).
Ahora bien, el razonamiento de san Anselmo sigue fielmente el desarrollo de estas ideas. Sin embargo, es necesario observar que la Escritura nos presenta la obra de Cristo en una forma metafórica como si Dios fuera una persona humana ofendida, enojada y despojada de lo que le pertenece, por lo cual debe ser aplacado, resarcido y propiciado con ofrendas, pago de la deuda y una obra de satisfacción.
Santo Tomás de Aquino resume todos los aspectos de la pasión redentora de Cristo en esta admirable síntesis: "La pasión de Cristo, en cuanto está relacionada con su divinidad, actúa por modo de eficiencia; en cuanto en cambio está realaciona con la voluntad del alma de Cristo, actúa a modo de mérito; en cambio, según que es considerada en la misma carne de Cristo, actúa a modo de satisfacción, en cuanto que por ella somos liberados del reato de la pena; en cambio a modo de redención, en cuanto que por ella somos liberados de la esclavitud de la culpa; a modo en cambio de sacrificio, en cuanto que por ella somos reconciliados con Dios" ⁵.
Ahora bien, todo esto debe ser aceptado porque entra en el dogma de la redención ⁶, pero debe ser entendido rectamente para no hacer de Dios un pobre hombre como nosotros, maltratado por nosotros, y hacer de nosotros personas magnánimas, capaces de actuar sobre Dios, apaciguarlo, cambiarlo o darle algo que le falta.
Por tanto, queriendo expresar en sentido propio la obra de Cristo, en el respeto por la infinita dignidad de Dios y teniendo en cuenta los límites del poder del hombre, debemos decir que Cristo no ha cambiado nada en Dios, no lo ha resarcido, no le ha dado nada que ya no tuviera, no ha pagado una deuda, no le ha dado satisfacción, como si Dios fuera un acreedor o un maltratado como pudiéramos ser nosotros. Sino que la obra de Cristo es para beneficio del hombre, es para el bien del hombre. En realidad, Dios podría muy bien vivir sin nosotros. El pecado no lo ha privado de nada, sino que solo ha perjudicado al hombre.
Cristo por tanto propiamente es el Salvador y Liberador del hombre y esto como Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza en su sangre; los títulos de redentor, satisfactor, expiador son verdaderos, irrenunciables y dogmáticos, porque se fundan en la Palabra de Dios, pero son secundarios y metafóricos.
Lo que Cristo sustancialmente y propiamente ha hecho es haber sido Sacerdote ⁷, es decir, Mediador de paz entre Dios y el hombre, Mediador perfecto porque hombre-Dios, elevando al hombre a Dios y atrayendo de Dios sobre el hombre la divina misericordia, ofreciéndose a sí mismo en el altar de la cruz como víctima de expiación, y ofreciendo en la Última Cena su propio cuerpo y su propia sangre en alimento de la vida eterna.
Por lo tanto, lo que Cristo ha hecho propiamente es haber dado de tal modo gloria a Dios y haber obedecido a Dios haciendo resurgir al hombre de la muerte a la vida; lo que ha hecho es haberle enseñado el camino de la verdad y de la salvación; lo que ha hecho es haberlo convertido de injusto en justo, haberle dado la gracia del perdón, haberlo purificado y liberado del pecado, del sufrimiento y de la esclavitud de Satanás, haberlo reconciliado con Dios y haberlo conducido al paraíso del cielo.
Esto es lo que propiamente Cristo ha hecho, y que sin embargo el dogma expresa usando esos cuatro esquemas metafóricos, que sin embargo deben ser venerados y usados como Palabra de Dios, pero rectamente entendidos en el sentido que he dicho, para no resolver la obra divina de la salvación en una especie de contratación comercial o de negociación o de arreglo jurídico, como podría ocurrir entre dos personas humanas cualesquiera. ⁸
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 19 de junio de 2022
Notas
¹ En realidad la entrevista es del 2015, pero fue publicada en los primeros meses de 2016. Se trata de una extensa entrevista al entonces Papa emérito Benedicto XVI sobre los temas de la fe y de la misericordia se encuentra en el libro "Per mezzo della fede. Dottrina della giustificazione ed esperienza di Dio nella predicazione della Chiesa e negli Esercizi Spirituali" (editorial San Paolo, 2016), editado por el jesuita Daniele Libanori. Recoge las actas de un congreso que tuvo lugar en Roma en el mes de octubre de 2015. El autor de la entrevista es el teólogo jesuita padre Jacques Servais, quien fuera alumno de Hans Urs von Balthasar. Dicha entrevista fue leída en el Congreso, por el entonces prefecto de la Casa Pontificia y secretario particular de Benedicto XVI, monseñor Georg Gänswein. Vale tener presente que el texto del reportaje, traducido del alemán al italiano por el padre Servais, fue revisado por el entonces Pontífice emérito, antes de ser publicado en marzo de 2016 por diversos medios, entre ellos el propio L'Osservatore Romano: QUO 2016 063 1703 00004-05 (fondazioneratzinger.va). (J.G.)
² Un cofrade mío, tal vez pensando ponerme en aprietos, me preguntó: ¿y cómo es que Dios no ha mandado el terremoto a Milán o a Roma, donde se supone que hay muchos más sodomitas? Dios tiene medidas, tiempos y modos de castigar, que no coinciden con los nuestros.
³ Cf. Emilio Brito, La christologie de Hegel. Verbum Crucis, Beauchesne, Paris 1983.
⁴ Cf. la antífona gregoriana O mirabile commercium.
⁵ Sum.Theol., III, q.48, a.6, 3m.
⁶ Cf. mi libro Il mistero della Redenzione, Edizioni ESD, Bologna 2004.
⁷ Cf. sobre el sacerdocio Cristo, véase: Sum.Theol., III, q.22; C.-V.Héris, Il mistero di Cristo, Morcelliana, Brescia 1938.
⁸ El presente artículo del padre Cavalcoli, originalmente fue anunciado como una primera parte de un artículo de dos partes. En la segunda parte, precisamente, se haría una crítica a las expresiones de Ratzinger en la entrevista, acerca del sacrificio de Cristo. Sin embargo, esa segunda parte -que yo sepa- no llegó a publicarse. (J.G.)
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum crux Christi sit proprie sacrificium sacerdotale expiatorium et satisfactorius,
vel solum testimonium gratuiti amoris
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod crux Christi non sit proprie sacrificium sacerdotale expiatorium et satisfactorius, sed solum testimonium gratuiti amoris.
1. Quia sermo de satisfactione et reparatione difficulter accipitur a homine moderno et videtur esse inconciliabilis cum misericordia divina.
2. Praeterea, dicitur quod Deus potuit aliter salvare, sine necessitate expiationis vel sacrificii, et ideo crux non est necessaria, sed contingens.
3. Item, affirmatur metaphoras biblicas de debito, redemptione et satisfactione esse anthropomorphicas et relinquendas, quia Deus non indiget compensatione nec placatione.
Sed contra est quod Apostolus docet Christum obtulisse seipsum hostiam expiatoriam in sanguine suo. Isaias annuntiat Servum Domini qui se obtulit in expiationem pro peccatis populi. Ad Hebraeos dicitur Christum semel oblatum esse ad sanctificandos nos per corpus suum. Concilium Tridentinum definit Christum pro nobis satisfecisse, debitum peccati solvendo et nos cum Patre reconciliando. Thomas docet passionem Christi operari per modum meriti, satisfactionis, redemptionis et sacrificii, et per eam nos reconciliari Deo.
Respondeo dicendum quod crux Christi est proprie sacrificium sacerdotale Novae Testamenti, in quo Christus, Patri obediens, vitam suam obtulit in expiationem peccatorum nostrorum. Amor gratuitus Dei est fons salutis, sed hic amor impletur in opere sacerdotali Filii, qui se tradidit hostiam in altari crucis.
Scriptura proponit opus salutare Christi sub variis schematibus: sacrificium expiatorium, solutio debiti, reparatio offensae et liberatio ab hoste. Haec omnia vera sunt et dogmatica, sed intelligenda sunt ut metaphorae quae analogice exprimunt mysterium redemptionis. Non significant quod Deus aliquid amiserit aut compensatione indigeat sicut creditor humanus, sed ostendunt quomodo Christus hominem a peccato liberavit, cum Deo reconciliavit et ad vitam aeternam perduxit.
Sacrificium Christi recte intelligendum est: nihil in Deo mutavit, nec eum resarcivit nec aliquid ei addidit quod deesset, sed hominem transformavit, ad gratiam et vitam aeternam elevando. Tituli redemptoris, satisfactoris et expiatoris veri sunt, necessarii et dogmatici, quia in Verbo Dei fundantur, sed sunt secundarii et metaphorici. Quod Christus proprie fecit est Sacerdos esse, Mediator perfectus inter Deum et hominem, corpus et sanguinem suum in sacrificium et in cibum vitae aeternae offerens.
Ita impletur quod traditio docet: passio Christi, secundum quod refertur ad divinitatem eius, operatur per modum efficientiae; secundum quod refertur ad voluntatem humanam, operatur per modum meriti; secundum quod consideratur in carne eius, operatur per modum satisfactionis; per modum redemptionis liberat nos a servitute peccati; per modum sacrificii reconciliat nos Deo.
Ad primum ergo dicendum quod sermo de satisfactione et reparatione, licet difficilis homini moderno, est verus et dogmaticus, quia exprimit iustitiam et misericordiam Dei in opere Christi.
Ad secundum dicendum quod Deus, in sua libertate, potuit aliter salvare, sed de facto voluit nos salvare per crucem, et hic consilium est necessarium ad salutem nostram.
Ad tertium dicendum quod metaphorae biblicae non sunt relinquendae, sed recte interpretandae: non significant quod Deus compensatione indigeat, sed ostendunt quomodo Christus hominem cum Deo reconciliavit et poenam in vitam convertit.
JG
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