¿Hasta dónde llega la infalibilidad del Papa y dónde comienza su voz como simple teólogo? ¿No será que muchos fieles, ya sea por fanatismo acrítico o por sospecha desconfiada, confunden las palabras de Pedro con las opiniones de Simón? ¿No es un riesgo tanto absolutizar frases ocasionales del Papa como reducir la autoridad pontificia a rarísimas definiciones solemnes, debilitando así el magisterio ordinario para eximirnos de vincularnos a su docencia? ¿Acaso tanto los modernistas rahnerianos, negando la inmutabilidad de la verdad, como los pasadistas lefebvrianos, obstinados en sus errores, no convierten en dogmas sus propias interpretaciones contingentes, mientras desprecian la enseñanza auténtica del Papa como maestro de la fe? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a discernir con rigor entre ciencia y opinión, entre el carisma infalible de Pedro y las reflexiones privadas del hombre, para reconocer en la voz del Papa la fuerza de la verdad revelada y evitar tanto el fanatismo como el relativismo que hoy desgarran a la Iglesia. [En la imagen: una fotografía de la tumba de San Pedro, en las grutas vaticanas].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 22 de abril de 2026
Los precisos límites de la infalibilidad: el Papa como doctor privado
Los precisos límites de la infalibilidad:
el Papa como doctor privado
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos, el día 25 de noviembre de 2014. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/i-precisi-confini-della-infallibilita-il-sommo-pontefice-come-dottore-privato/)
Sobre la importancia y el sentido que se debe dar a las intervenciones, a las enseñanzas, a las afirmaciones y declaraciones del papa Francisco, se dan hoy notables disensos en campo católico o entre los mismos no católicos, intervenciones del Papa que, como se sabe, son frecuentísimas y muy diversificadas en la forma y en el contenido, dirigidas al público y a los individuos y grupos particulares más diversos, católicos y no-católicos, haciendo uso de los más diversos medios de comunicación, frutos de las modernas tecnologías, inusuales e insólitas en comparación con los usos y costumbres de los Papas precedentes.
Muchos entusiastas del papa Francisco, toman todo lo que dice con fanatismo o falsa adhesión, sin examen o escrutinio crítico, solo para hacer lo que a ellos les gusta o instrumentalizando cuanto él dice ad usum delphini, sobre todo si contenta y satisface sus deseos y sus ambiciones. Otros, apegados al estilo de los Papas precedentes, lo siguen o, se podría decir, le siguen la pista todos los días, paso a paso, con ojo vigilante y apuntando el fusil, sospechando que es un Papa inválido, para atraparlo en fallo a la primera de cambio con alguna palabra insólita, creyendo ver en ella con aguda interpretación oscuros complots masónicos o secretas herejías luteranas, que en cualquier caso son ideas que se ven afectadas por ese Concilio criptoherético tal como dicen ellos que ha sido el Concilio Vaticano II. Ellos ignoran que, como mencionaré más adelante, el Papa no enseña la verdad de fe, es decir, como se dice, no es "infalible", sólo cuando proclama o define solemnemente un nuevo dogma, ya sea por sí mismo o por medio de un Concilio, sino que es infalible, aún cuando sea en grados inferiores y menos autorizados, todas las veces que él nos instruye como maestro de la fe.
La condición esencial para el valor de estos niveles inferiores es que el Papa enseñe la Palabra de Dios, la doctrina y el misterio de Cristo y de la Iglesia, el dato revelado (Escritura y Tradición), los sacramentos, las virtudes cristianas, el camino del Evangelio y de la salvación, las verdades o los dogmas de la fe, los artículos del Credo, no importando que se exprese cómo se quiera expresar. Y no importan tampoco las circunstancias, las modalidades y los medios de estas comunicaciones, desde la encíclica, a la carta pastoral, al motu proprio, a la audiencia general, a la homilía de la Misa, al discurso, a la entrevista periodística o a la llamada telefónica. Lo importante es que se trate de estas materias, directamente o indirectamente, explícitamente o implícitamente.
Un problema delicado -y es el tema de este artículo- está dado por las condiciones por las cuales el Papa puede entrar en el sector doctrinal sin ser infalible. Es entonces el caso en el cual el Papa se expresa como doctor privado o como simple teólogo. Aquí él no puede valerse del carisma de Pedro, sino que lo que dice depende solo de su sabiduría humana, aunque fundada en la fe. En este campo él puede formular opiniones o alcanzar certezas científicas, pero también puede cometer errores, por supuesto, teológicamente, pero no en la fe, porque está protegido por el carisma de Pedro.
En el pasado, los Papas no nos han dejado documentos que no fueran expresión del carisma de Pedro. Si antes de subir al solio pontificio con el nombre de Pío II, Eneas Silvio Piccolomini, como otros Papas, habían publicado sus escritos, una vez elegidos Papas su enseñanza no fue generalmente sino expresión de su oficio de Sucesores de Pedro y maestros de la fe. Ellos quisieron cancelar el aspecto humano de su pensamiento y no ser más que intermediarios de la enseñanza del Evangelio.
Este encerrar toda la propia actividad de pensamiento y de enseñanza en los límites de la oficialidad estaba probablemente motivado en los Papas del pasado por el temor de que la manifestación de sus ideas personales pudiera ser confundida por enseñanza pontificia, cosa que en verdad puede efectivamente ocurrir en los creyentes no suficientemente preparados a distinguir pensamiento teológico y enseñanza de fe, precisamente como ocurre con el papa Francisco.
De modo diverso en cambio, con el siglo pasado, y precisamente con san Juan Pablo II, comenzó la costumbre del Papa que no se limita a su oficio pontificio, sino que también produce obras literarias o teológicas desde un punto de vista meramente humano. Desde este punto de vista, es notable la trilogía cristológica de Benedicto XVI, acerca de la cual él mismo invitó a los estudiosos a discutir con él. Signo evidente de que él con estos escritos no pretendía presentarse como doctor universal e infalible de la fe, sino simplemente y también modestamente, como teólogo entre los teólogos, aunque él sea un muy gran teólogo.
Creo que este cambio en la actividad intelectual de los Papas ha sido motivado por el hecho de que hoy la formación cultural católica está más capacitada que en el pasado para aclarar al común de los fieles la diferencia entre el Papa como Papa y el Papa como doctor privado, por lo que el Papa actual, con la variedad y el aspecto insólito de sus numerosas y frecuentes intervenciones, pone seriamente a prueba a quienes quisiera distinguir en él a Simón -es decir, a Jorge Mario Bergoglio- que manifiesta sus propias ideas a veces discutibles, de Pedro, maestro infalible de la fe.
Hoy parece más que nunca urgente el problema de cómo podemos distinguir en modo cierto, adecuado y claro la enseñanza de un Papa como Papa de un discurso suyo o escrito teológico o literario ocasional, improvisado o extemporáneo. La distinción es muy importante, pues es evidente que mientras la palabra de Pedro es vinculante y siempre verdadera, cuanto en cambio piensa o dice Simón, o sea el hombre Bergoglio, aunque siempre digno de respeto, no está dicho que sea siempre indiscutible, unívoco y necesario para salvación. Al respecto, podemos responder ante todo que el mismo papa Francisco suele tener cuidado de hacernos entender esto manifestando sus intenciones y según las circunstancias. Dado que su oficio ordinario es el oficio petrino, ordinariamente debemos pensar que cuanto él expresa sea manifestación de tal oficio, sobre todo si se trata de aquellas materias de fe a las cuales he mencionado anteriormente. Pero el nivel de autoridad de su enseñanza lo podemos deducir también de sus propios contenidos y del modo de expresarlos. De hecho, existen doctrinas notoriamente teológicas y no magisteriales, doctrinas que, si las encontramos en la boca o en los escritos del Papa, será evidente que expresan su pensamiento simplemente como doctor privado.
Pongamos por ejemplo que el Papa le diese a María el título de "corredentora" o que sostuviera con san Agustín que los condenados son más numerosos que los bienaventurados o que la Sábana Santa es verdaderamente la impresión del cuerpo de Cristo o que la Virgen se aparece realmente en Medjugorje o que Judas está en el infierno o que en la resurrección existirán los animales o que los ángeles han sido sometidos por Dios al principio del mundo a una prueba de fidelidad o que el paso de los judíos por el Mar Rojo haya sido simplemente un fenómeno milagroso de marea favorable o que Adán y Eva expulsados del paraíso terrenal tuvieran un aspecto simiesco o que también los embriones son bautizados por Cristo o que haya habido cosas que Cristo no sabía o que el Anticristo es un persona individual o que los dos "testigos" de los que habla el Apocalipsis son los santos Pedro y Pablo, y cosas por el estilo. Todas estas hipótesis son indudablemente compatibles con los datos de la fe. Se trata ciertamente de doctrinas respetables y probables, pero que, sin embargo, no corresponden en sí mismas a las verdaderas y propias verdades de fe, en cuanto no es posible encontrarlas directamente ni en la Escritura ni en la Tradición. Las fuentes de la Revelación podrían respaldarlas pero también no respaldarlas. Por el momento no es posible saberlo con certeza y por eso el Magisterio pontificio como tal no se pronuncia.
Estas doctrinas, sin embargo, gracias a una ulterior profundización teológica, podrían algún día adquirir un tal grado de probabilidad, como para convertirse en certeza. Por ello, es del todo lícito sostenerlas con la debida modestia, y es igualmente lícito disentir de ellas con la debida prudencia, a la espera de una eventual aclaración. En tal caso, el debate y la confrontación entre las opuestas opiniones, llevado a cabo en el respeto recíproco y con métodos científicos, ayuda a descubrir la verdad, que sin embargo acaso nunca se descubrirá hasta la parusía.
En efecto, puede suceder que una tesis teológica bien demostrada sea tan bien recibida por la Iglesia, como para que sea elevada al grado de dogma de fe definido, como ha sucedido con la tesis tomista del alma única forma corporis en el Concilio de Viennes de 1312 o de la inmortalidad del alma en el V Concilio Lateranense de 1513.
Nada ni nadie, por lo tanto, impide que el Papa, como doctor privado, se involucre en esta búsqueda e investigación teológica y participe en la discusión con los otros teólogos en un pie de igualdad y bajo su propio riesgo y peligro, avanzando en su propio modo de ver las cosas y dejándose contestar y rebatir en el caso que sus argumentos se revelaran incorrectos o discutibles.
Puede suceder, por otra parte, que su opinión se vuelva particularmente autorizada y persuasiva entre los teólogos, pero sigue siendo opinión; por lo tanto, aunque expresada por el Papa, no puede de ninguna manera elevarse al nivel de enseñanza pontificia oficial e infalible, se trate de dogma definido o no definido.
Cabe señalar que a lo largo de la historia los fieles siempre han estado sometidos a un doble riesgo frente a las ideas expresadas por el Papa. O el de subestimarlas y de disminuir o restringir su autoridad, bajo diversos pretextos, o por el contrario el riesgo de ese fanatismo y de esa sujeción supina, indiscreta, poco iluminada e incluso interesada, que toma como indiscutibles también las posturas del Papa como doctor privado.
Entre los primeros, en tiempos recientes, están aquellos que restringen las notas de la infalibilidad del magisterio pontificio a las especialísimas y rarísimas condiciones establecidas por el Concilio Vaticano I, para sentirse autorizados a negar la infalibilidad y, por tanto, al menos para sospechar de falsas o de falsificables las doctrinas del Concilio Vaticano II, que según ellos serían sólo "pastorales", así como todas las enseñanzas e intervenciones de los Papas postconciliares en cualquier nivel o en cualquier forma, claramente no marcadas por esas características.
Creen ellos en la inmutabilidad del dogma; pero en cuanto a la infalibilidad del Papa y del Concilio, rechazan la ya citada Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe, agregada a la Carta apostólica Ad tuendam fidem de san Juan Pablo II, de 1998, en la cual se enseña, precisando la doctrina del Vaticano I, que el Magisterio de la Iglesia (Papa o Concilio), por debajo de la infalibilidad excepcional y solemnemente definida, se expresa según otros dos grados inferiores de autoridad, acerca de los cuales el católico tiene la certeza de que la Iglesia dice la verdad auténticamente, definitivamente, irreformablemente e inmutablemente. Ahora bien, el nivel de autoridad de las doctrinas conciliares y de la enseñanza de los Papas subsecuentes hasta el actual, pertenece a uno de estos dos niveles.
Otros, en cambio -y es un caso de nuestro tiempo-, infectados por gnoseologías relativistas, subjetivistas o evolucionistas, no creen en la infalibilidad del Papa, por lo cual, si les parece que el Papa se pone en contraste o en ruptura con doctrinas precedentemente definidas o tradicionales, y lo nuevo, tal como ellos lo entienden, es de su agrado, no tienen escrúpulos en exaltar a un papa Francisco, que finalmente se ha actualizado, un Papa "revolucionario", que finalmente ha abrazado la "modernidad", un Papa que sabe "dialogar" con todos.
A partir de estos hechos comprendemos lo fácil que es para los fieles y es posible que también lo sea para un teólogo imprudente, se trate de un tradicionalista o de un progresista, juzgar no en base a criterios objetivos, sino a sus propios gustos, por lo cual se niega la infalibilidad o la verdad a las doctrinas pontificias que no agradan, aunque sean absolutamente verdaderas; y por el contrario se consideran indiscutibles o "avanzadas" o incluso "revolucionarias" ideas del Papa, malentendidas y mal digeridas, que el Papa ha expresado tal vez en passant y sin la intención de enseñar verdades de fe o sólo para expresar una opinión o una personal impresión.
Estos (el lector ya habrá entendido que son los modernistas) en realidad, imbuidos de historicismo, no creen en la infalibilidad pontificia, porque no creen en la inmutabilidad de la verdad. Pero esto no les impide absolutizar como si fueran dogmas ciertas afirmaciones del Papa puramente contingentes y ocasionales, interpretadas por otra parte como si el Papa diera espacio a las ideas modernistas.
En efecto, el historicista, como el hegeliano, cree a su manera en lo absoluto, salvo que para él lo absoluto no trasciende la historia en una inmutabilidad metafísica, sino que no es otra cosa que la absolutización del evento histórico presente que le interesa. Así, por ejemplo, para la Escuela de Bolonia, las doctrinas del Concilio no hacen referencia a nada inmutable y supra-histórico, sino que representan el evento epocal, revolucionario, escatológico y profético del tiempo presente. En tal sentido, para el historicista, el Absoluto mismo deviene con el devenir histórico. Nada queda, nada permanece, sino que todo evoluciona en la historia, como historia y como Absoluto en la historia. No hay historia sin Absoluto, pero tampoco Absoluto sin historia.
Los modernistas no tienen ningún respeto por el Papa como maestro de la fe, por lo cual tienden a resolver todas sus enseñanzas en simples opiniones teológicas, que ellos por lo tanto se permiten a veces acoger, a veces cuestionar, como a ellos les plazca, como si las enseñanzas del Papa fueran las opiniones de cualquier otro teólogo. Y esto se debe a que, como ya hacía notar agudamente san Pío X en Pascendi Dominici gregis, ellos son "fenomenistas", que sustituyen el ser por el aparecer, lo que es por lo que aparece. Para ellos, por lo tanto, no se dan certezas objetivas, universales e inmutables, sino que todo es opinable, mutable o dependiente de los tiempos, de los lugares y de los puntos de vista.
Los modernistas fingen ser discípulos y admiradores del Papa por alguna frase o gesto suyo que parecería salirles al encuentro. Y, lamentablemente, el Papa no parece actualmente hacer mucho para disipar esta interpretación y tomar distancia de estos falsos amigos. Pero el equívoco no puede durar indefinidamente. Pronto el Papa, cansado de sus enfoques cada vez más indiscretos, hablará con voz franca y clara. Es de temer que al llegarse a este punto su falsa admiración se convierta en odio. Por lo demás, este cambio radical estará en consonancia con sus propios camaleónicos principios morales. Y soy de la idea de que el Papa podría correr peligro para su misma vida. Así, al parecer, lograron hacer morir de dolor al papa Juan Pablo I.
Si se trata en cambio de otros temas, de carácter práctico o moral, comenzando por los actos más importantes del gobierno papal, y siguiendo por las directivas litúrgicas, o por las disposiciones pastorales, o jurídicas, o administrativas o disciplinarias, aquí el Papa es falible y puede, en efecto, faltar a la virtud, a la valentía, a la caridad y a la prudencia. Pero es siempre un deber, si se lo considera útil o necesario, hacer una crítica educada, modesta y respetuosa, como de hijos hacia el padre.
Observemos en este punto que, como se desprende también de los doctor estudios de monseñor Antonio Livi, a los cuales remito, la teología es una ciencia que, como tal, va acompañada de la opinión. Por eso, el Papa como doctor privado, puede llegar a conclusiones teológicas científicas, es decir, acertadas y demostradas, así como puede limitarse al campo de lo opinable, de lo probable, de lo hipotético, de lo incierto.
La ciencia nos brinda la evidencia mediata, reconducible a principios primeros de razón, de sentido común o de fe; nos muestra irrefutablemente aquello que es verdad. La opinión, en cambio, sin poderse referir a esos principios, sino basada sólo sobre la apariencia (δόξα, doxa), avanza argumentos probables o, como dice Aristóteles, "dialécticos", vale decir, argumentos que es necesario verificar con ulteriores investigaciones. En efecto, esos argumentos de la opinión solo tienen la apariencia de lo verdadero y por lo tanto la opinión llega a conclusiones no ciertas, sino solo probables.
La ciencia es la aparición o la manifestación (ϕαινόμενον fainómenon) mediata de la verdad. La opinión (δόξα) en cambio nos da lo que parece verdadero (videtur). Tras una mayor indagación, se puede descubrir o bien que es verdadero o bien que es falso. La opinión se detiene en la apariencia. Sólo la ciencia nos hace distinguir con certeza lo verdadero de lo falso.
La ciencia es una, porque una cosa es o no es; no pueden coexistir dos ciencias contrapuestas acerca de la misma cosa. Las opiniones, en cambio, son muchas y pueden legítimamente coexistir y oponerse entre sí, por de dos opiniones opuestas se supone que no se sabe cuál es la verdadera, sino que ambas tienen la apariencia de la verdad.
De los principios de fe es posible recabar en teología la opinión o la ciencia: la opinión, si el teólogo no alcanza a hacer una deducción rigurosa; la conclusión científica, en cambio, si alcanza a hacer tal deducción. Un Papa puede ser teólogo en uno como en otro sentido. La infalibilidad de su carisma de maestro de la fe no le ayuda para nada en estas indagaciones y en estas conclusiones, que son remitidas en cambio totalmente a su sabiduría humana, a su preparación científica y al rigor lógico de su método.
El papa Francisco no es un teólogo académico, como lo ha sido Benedicto XVI, que nos ha dejado como teólogo privado preciosos libros de cristología, a los cuales ya he mencionado. El papa Francisco, en cambio, es un teólogo kerigmático, un incansable predicador de ese Dios Encarnado, Jesucristo y de su Espíritu, que alimenta su vida intelectual, su corazón, su pasión de apóstol y de pastor, trabajando por la salvación de todos los hombres. Me recuerda al Fundador de mi Orden, santo Domingo de Guzmán, de quien se decía que "hablaba o a Dios o de Dios".
También para el papa Francisco, como para los Papas precedentes, es necesario saber discernir el momento de su enfoque personal a Cristo, su sensibilidad teológica, su devoción privada, su punto de vista humano particular -que podremos también aceptar o no aceptar, podremos discutir o profundizar libremente, a nuestra elección- del maestro de la fe, del pastor y doctor universal de la Iglesia, del Vicario de Cristo, el Sucesor de Pedro, el Testigo de la Palabra de Dios, de la Escritura y de la Tradición, quien infaliblemente asistido por el Espíritu Santo, predica oficialmente y públicamente por mandato de Cristo llamando a todos los hombres a la salvación.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 23 de noviembre de 2014
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum Papa semper sit infallibilis in suis doctrinis
Ad secundum sic proceditur. Videtur quod Papa semper sit infallibilis in suis doctrinis.
1. Quia Papa est Vicarius Christi et magister universalis Ecclesiae, et ideo omnis eius sermo infallibilis censeri debet. Sic quaelibet eius affirmatio, etiam in colloquiis vel orationibus occasionalibus, vim obligandi et definitivam haberet.
2. Praeterea alii contrarium tenent: quod Papa infallibilis est solummodo in rarissimis definitionibus sollemnibus novorum dogmatum, sicut Concilium Vaticanum I statuit, et quod cetera omnia possunt esse fallibilia. Sic doctrinae Vaticani II et Pontificum posteriorum meram pastoralem rationem haberent et non definitivam.
3. Item quidam existimant frequentes et variae Papae hodierni interventionis, in homiliis, sermonibus vel gestibus, esse signum quod eius doctrina caret auctoritate et quod agitur de simplicibus opinionibus humanis, non de magisterio authentico.
4. Denique modernistae, immutabilitatem veritatis negantes, omnem doctrinam pontificiam ad opinionem theologicam reducunt, et quasdam sententias contingentes quasi dogmata absolutizant, eas secundum proprios sensus interpretantes, sic auctoritatem Papae debilitantes.
Sed contra est quod Christus dixit Petro: confirma fratres tuos (Lc 22,32). Item sanctus Irenaeus docet Ecclesiam Romanam charisma indefectibile habere praesidendi in caritate. Magisterium affirmat Papam, Spiritu Sancto adiutum, esse magistrum fidei, cuius doctrina, variis gradibus, authentica et definitiva est.
Respondeo dicendum quod Papa infallibilis est, quando ut magister fidei docet, verbum Dei tradens, doctrinam Christi, sacramenta, virtutes et veritates revelatas, sive in definitionibus sollemnibus sive in gradibus inferioribus auctoritatis. Potest tamen etiam uti se exprimere ut doctor privatus, opinans ut theologus, et in hoc ambitu eius affirmationes non sunt obligantes nec irreformabiles. Sic potest hypotheses proponere vel doctrinas probabiles sustinere, fidei compatibiles et reverendas, sed non ut dogmata definita. In hoc campo eius sermo pendet ex sapientia humana et praeparatione theologica, et cum reverentia ac prudentia disputari potest. Distinctio inter Petrum et Simonem, inter officium petrinum et opinionem personalem, est essentialis ad vitandum tam fanaticum acriorem quam iniustam suspicionem. Vera fidelitas consistit in certitudine recipienda doctrinae Papae ut magistri fidei et in libertate discernendi eius opiniones ut doctoris privati. Papa hodiernus, stilo kerigmatico et pastorali, magnos praedicatores recordat qui semper de Deo loquebantur, sed exigit a fidelibus clarum discretionem inter devotionem personalem et magisterium universale.
Conclusio: Papa infallibilis est in suo munere magistri fidei, sed potest se exprimere ut doctor privatus in campo opinionis theologicae. Populus Dei clare distinguere debet inter utrumque gradum, certitudine recipiens quod ad magisterium pertinet et cum reverentia disputans quod ad opinionem pertinet, ut vitetur tam fanaticus quam relativismus.
Ad primum dicendum quod non omnis sermo Papae est infallibilis, sed solum cum ut magister fidei docet. Confundere eius opiniones privatas cum magisterio ad fanatismum ducit.
Ad secundum dicendum quod infallibilitas non limitatur ad definitiones sollemnes, sed se extendit ad alios gradus doctrinae authenticae, sicut Congregatio pro Doctrina Fidei in Ad tuendam fidem declaravit.
Ad tertium dicendum quod frequentes Papae interventionis possunt esse expressio officii petrini si de rebus fidei agitur, vel eius cogitationis personalis si theologicae vel litterariae sunt. Discretio necessaria est.
Ad quartum dicendum quod modernistae, immutabilitatem veritatis negantes, doctrinam authenticam Papae despiciunt et sententias contingentes absolutizant. Hoc contradicit doctrinae catholicae de infallibilitate et de permanenti veritate revelata. JG
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