sábado, 18 de abril de 2026

La Masonería y la Iglesia

Se trata de un conflicto histórico que no se ha apagado, aunque sus formas hayan cambiado. ¿Puede un católico colaborar con masones en proyectos culturales o sociales sin comprometer su fe? ¿No es inquietante que la Masonería, nacida como gremio de constructores, se haya convertido en símbolo de una humanidad emancipada de la revelación divina? ¿Qué significa que hoy se reconozcan en ella valores como la razón, la justicia y la libertad, pero al mismo tiempo se rechace toda religión revelada como fanatismo? ¿No fueron proféticas las severas condenas pontificias del siglo XVIII, si se consideran los estragos de las revoluciones inspiradas en la impiedad masónica? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli invita a pensar si el diálogo iniciado por el Vaticano II puede convivir con la advertencia constante: la Masonería sigue siendo enemiga de la Iglesia. [En la imagen: fragmento de "El triunfo de la Iglesia sobre la Furia, la Discordia y el Odio", óleo sobre tabla, de alrededor de 1625, obra de Peter Paul Rubens, de la colección del Museo Nacional del Prado, Madrid].

La Masonería y la Iglesia

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado en el blog Riscossa Cristiana en el mes de mayo de 2010. Versión original en italiano: https://riscossacristianaaggiornamentinews.blogspot.com/2010/05/la-massoneria-e-la-chiesa.html)

Un conflicto histórico

Para alguien que conozca aunque más no sea sino superficialmente la historia de la Iglesia, es bien conocido el amargo conflicto que, a partir del siglo XVIII, surgió entre la Iglesia y la Masonería. Existe una serie de documentos pontificios, a partir de aquél de Clemente XII de 1738 -impresionante es la encíclica Humanum Genus de León XIII de 1884- que condenan la Masonería en términos durísimos.
A partir de aquel período, sin embargo, las intervenciones pontificias disminuyeron y sin embargo en el Código de Derecho Canónico de 1917, bajo el papa Benedicto XV, se impuso la excomunión a aquellos católicos que dan su nombre a la Masonería (canon 2335). El actual Código de 1983 ya no menciona a la Masonería, sino que se limita a hablar de "asociaciones que conspiran contra la Iglesia", ni habla de "excomunión", sino de "justa pena" (canon 1374).
Dado que la indeterminación y la aparente mitigación de la severidad del nuevo Código diera ocasión a algunos para pensar que la Iglesia había suprimido la condena de la Masonería o que la Masonería ya no formaba parte de las asociaciones que "conspiran contra la Iglesia", el 26 de septiembre de 1983 la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una declaración en la cual se dice que "no ha cambiado el juicio negativo de la Iglesia respecto de las asociaciones masónicas, porque sus principios siempre han sido considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia; en consecuencia, la afiliación a las mismas sigue prohibida por la Iglesia. Los fieles que pertenezcan a asociaciones masónicas se hallan en estado de pecado grave y no pueden acercarse a la Santa Comunión".
De cualquier modo, no se puede dudar de que la llegada del Concilio Vaticano II ha modificado también las relaciones de la Iglesia con la Masonería. Veamos en este ensayo qué ha cambiado y qué se ha mantenido.
Podemos decir inmediatamente que, como resulta del documento de la Congregación de la Doctrina de la Fe de 1983, se mantiene el contraste de fondo: la Masonería es enemiga de la Iglesia. Por el contrario, en el clima de diálogo entre creyentes y no creyentes iniciado por el Concilio sobre la base de la razón y la ética natural comunes a todos los hombres, en estas últimas décadas ha disminuido la conflictividad y la tensión entre las personas (católicos y masones) y las singulares realidades asociativas (asociaciones católicas y asociaciones masónicas), y han aumentado las posibilidades y oportunidades de diálogo y colaboración en el campo de objetivos prácticos en los campos jurídico, social, económico, político y cultural.
Para dar un ejemplo entre muchos, el ex rector de la Universidad de Bologna, Fabio Roversi Monaco, conocido masón, mantuvo en su tiempo relaciones de colaboración con el Centro Santo Domingo, un centro cultural dirigido por los Dominicos de Bologna.
Pero una cosa es una colaboración ocasional en el campo de objetivos honestos para el bien privado o para el bien común; y otra cosa distinta es una verdadera y propia afiliación a la Masonería. Lo primero es deseable, cuando al católico le es posible sin contaminar su consciencia de católico; por el contrario es sólo lo segundo lo que sigue prohibida por la Iglesia, la cual efectivamente ya no habla de "excomunión". Sin embargo, el estado de "pecado grave" y la exclusión de la Sagrada Comunión ciertamente equivalen a una excomunión, aún cuando esto no ocurra en un plano formal y explícito.
De hecho, si nos preguntamos en qué puede consistir ese "pecado grave" que equivale a "mortal", podemos pensar que se trata de un pecado contra la Iglesia -lo cual equivale al pecado del cisma-, recordando la nota constante hecha por la Iglesia hacia la Masonería de "conspirar" contra la Iglesia o de ser enemiga de la Iglesia. Pero, ¿por qué la Masonería es enemiga de la Iglesia? Lo veremos más adelante.
Por ahora recordemos sólo muy brevísimamente cómo nació la Masonería, aunque la literatura en este campo es sumamente abundante. Ya ha sido establecido que, como resulta claramente del título "constructores libres", se trata de la evolución, que tuvo lugar en los siglos VI y VII de los trabajadores medievales implicados en la construcción de catedrales en Europa.
Con la crisis protestante, por una parte disminuyó, debido al declive del culto divino, la necesidad de construir estos edificios, mientras que por otra parte el laicado comenzó a volverse independiente de las Jerarquías eclesiásticas, también como respuesta al estado de sometimiento en el que antes se encontraba, en relación con condiciones laborales a menudo opresivas. Así se fue formando una clase social que, a la vez que abandonaba la fe en el dogma católico, aspiraba a progresar desde el punto de vista social y cultural.
Así fue como la asociación de constructores libres fue perdiendo progresivamente su referencia al arte de la albañilería o construcción, mientras que esta asociación comenzó a recibir en su seno también a personas que no se dedicaban a la construcción sino que mas bien estaban ávidas de elevación social y cultural.
Y así fue entonces como la Masonería comenzó a convertirse en símbolo de un arte de la construcción entendido en el sentido de la edificación de una nueva humanidad libre de los vínculos con la Iglesia y con una concepción de la vida, como lo era la católica, basada sobre la fe en una divina revelación, vale decir en una dogmática y una moral infaliblemente custodiada y enseñada al mundo por la Iglesia Católica.
Originariamente la Masonería no era anticristiana, pero ciertamente era anti-católica. De hecho, el acta de su fundación, las famosas Constituciones londinenses de 1727, fueron redactadas por un sacerdote anglicano, James Anderson y en ellas se excluye explícitamente que el masón pueda ser ateo.
Así fue como la Masonería asumió un carácter hostil hacia la Iglesia católica y al Estado en los Estados que eran católicos, pero no en los Estados que eran protestantes, donde ella no asumió carácter secreto, sino que operó a la luz del sol y logró públicos reconocimientos y estima pública, como sucedió por ejemplo en la fundación de los mismos Estados Unidos de América, donde la Masonería es una normal asociación de derecho público.
En efecto, con el surgimiento de la organización moderna del Estado, respetuoso del pluralismo y de la libertad religiosa, la Masonería ha comenzado a revelar con mayor claridad su -cómo decirlo- duplicidad o ambivalencia, que constituye, desde un punto de vista católico, una cuestión no fácil de resolver, si el católico no pudiera valerse del juicio de la Iglesia sobre la misma Masonería.
Lo que quiero decir es que hoy más de una vez aparece cómo la Masonería a nivel humano no está privada de valores (la razón, la ciencia, los derechos del hombre, la justicia, la democracia, el pluralismo, la libertad religiosa). Pero lo que en ella sigue siendo inaceptable para la Iglesia es el fundamental principio masónico por el cual cualquier religión basada en una divina revelación es considerada como fanatismo y mitología.
Al respecto, es necesario añadir otra observación que de alguna manera explica esta hostilidad de la Masonería hacia los dogmas del catolicismo. La Masonería comenzó a formarse en el clima lacerante y escandaloso de las guerras de religión y su intento no estuvo privado de un aspecto de nobleza: encontrar el modo de pacificar las almas ligándolas a la aceptación de valores comunes, que ya no eran los del catolicismo.
Así fue como comenzó a surgir la idea de una comunidad estatal ya no fundada en una "religión de estado" (la católica o la protestante), sino en principios comunes de razón y de justicia natural. Estos fueron los inicios de los modernos Estados democráticos fundados en la libertad religiosa, reconocida oficialmente por el Concilio Vaticano II.
El error de la Masonería fue en cambio la pretensión de ubicarse en un nivel de juicio superior al catolicismo (de ahí la recuperación de las antiguas gnosis paganas, esotéricas, antropocéntricas, teosóficas o panteístas que se habría producido desde el siglo XVIII hasta la actualidad) fenómeno que habría terminado por corromper los mismos principios de honestidad constitucional en la Masonería, ya que quien quiere reemplazar a Dios no promueve al hombre sino que lo destruye.
Es en este nivel que la Masonería se opone no sólo a la Iglesia, sino a la propia civilización y a las buenas hábitos costumbres públicas y privadas, como señalaba desde el siglo XVIII el magisterio pontificio con acentos de severidad aparentemente exagerada por entonces; pero en realidad resultaron proféticos, si se considera los daños provocados por la impiedad masónica en algunas revoluciones como la francesa y la rusa.
En sucesivos artículos hablaremos de los cambios iniciados por el Concilio Vaticano II y por el postconcilio.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, mayo de 2010

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum Masoneria sit inimica Ecclesiae

Ad hoc sic procediturVidetur quod Masoneria non sit inimica Ecclesiae.
1. Quia Concilium Vaticanum II aperuit climatam dialogi inter credentes et non credentes, et in hoc contextu Masoneria communicat valores communes sicut iustitiam, democratiam et libertatem religiosam. Ergo non videtur esse inimica Ecclesiae.
2. Praeterea Masoneria non est necessario antichristiana, nam in suis initiis exclusit atheismum et quaesivit pacem inter religiones tempore bellorum confessionum. Ergo non potest reputari inimica Ecclesiae.
3. Item hodie exstant cooperationes practicae inter masones et catholicos in campis culturalibus, socialibus et politicis, quod ostendit Masoneriam non conspirare contra Ecclesiam, sed posse cooperari ad bonum commune.

Sed contra est quod Congregatio pro Doctrina Fidei anno 1983 declaravit non mutatum esse iudicium negativum Ecclesiae de societatibus masonum, quia eorum principia semper habita sunt inconciliabilia cum doctrina Ecclesiae. Fideles qui ad eas pertinent sunt in statu peccati gravis et non possunt accedere ad Sacram Communionem. Praeterea Leo XIII in encyclica Humanum Genus damnavit Masoneriam ut inimicam Ecclesiae et promotricem doctrinarum contra revelationem.

Respondeo dicendum quod Masoneria, etsi aliquos valores humanos communicare videatur, sicut rationem, scientiam, iura hominis et iustitiam, tamen essentialiter manet inconciliabilis cum Ecclesia, quia respuit omnem religionem in revelatione divina fundatam, eam existimans fanaticam et mythologicam. Hoc principium masonum etiam ipsos valores quos tueri praetendit corrumpit, nam qui Deum substituere vult non promovet hominem sed destruit.
Clima dialogi a Concilio Vaticano II inceptum permisit conflictus minui et cooperationes fovere, sed hoc non tollit contrarietatem fundamentalem. Adscriptio Masoneriae adhuc prohibetur, et status peccati gravis substantia aequivalet excommunicationi. Hostilitas masonica erga dogmata catholica explicatur ex origine in bellis religionum et ex praetensione condendi novam humanitatem a revelatione liberatam. Ex saeculo XVIII magisterium pontificium severitate hanc impietatem denuntiavit, quae se manifestavit in revolutionibus sicut Gallica et Russica.
Itaque, etsi Masoneria apparere possit vultu humano et culturaliter pretioso, eius principium fundamentale repulsionis revelationis eam reddit inimicam Ecclesiae et verae civilitatis. Ecclesia, ratione prophetica, condemnationem servavit et admonet quod adscriptio Masoneriae est peccatum grave.
Conclusio: Masoneria est inimica Ecclesiae, quia eius principia sunt inconciliabilia cum doctrina catholica. Etsi valores humanos aliquos communicare possit et cooperationes practicas fovere, eius repulsa revelationis divinae eam reddit periculum spirituale. Ideo Ecclesia condemnationem suam servat et monet quod adscriptio Masoneriae est peccatum grave.  

Ad primum dicendum quod dialogus et valores communes non tollunt inconciliabilitatem essentialem, nam Masoneria revelationem divinam, fundamentum Ecclesiae, respuit. Dialogus pastoralis non est acceptatio doctrinalis.
Ad secundum dicendum quod, etsi in initiis non fuerit antichristiana, ex saeculo XVIII indolem hostilitatis erga Ecclesiam catholicam assumpsit et inimica fidei facta est. Exclusio atheismi non tollit oppositionem ad revelationem.
Ad tertium dicendum quod cooperationes practicae non significant adscriptionem nec principiorum acceptationem. Ecclesia distinguit inter cooperationem in bonis communibus et pertinere ad societates fidei inconciliabiles.
   
JG

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