viernes, 17 de abril de 2026

Herejía y pedofilia

El padre Giovanni Cavalcoli nos enfrenta a una reflexión incómoda y necesaria: ¿qué relación existe entre la pérdida del amor a la verdad y el escándalo de la pedofilia en la Iglesia? ¿No será que detrás de los pecados carnales se esconde un mal más profundo, el de las herejías toleradas y difundidas? ¿Por qué se insiste en la moral práctica pero se calla sobre los grandes misterios de la fe? ¿No es más grave pecar contra Dios en la falsedad doctrinal que contra el prójimo en la debilidad de la carne? Este artículo nos provoca a preguntarnos si la raíz de las crisis actuales no está en el abandono de la verdad, y si la mayor caridad no consiste en liberar a las almas del error con valentía evangélica. [En la imagen: fragmento de "La Fama y la Verdad vencedoras de la Herejía", pluma y aguada, siglo XVII, obra de Giulio Carpioni, de la colección del Museo Nacional del Prado, Madrid].

Herejía y Pedofilia

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 31 de marzo de 2010. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/eresia-e-pedofilia-di-p-giovanni-cavalcoli/)

Santo Tomás de Aquino afirma que ningún hombre puede prescindir de algún disfrute; por lo cual, cuando no sabe o no quiere disfrutar de los placeres del espíritu y de la virtud, el ser humano se vuelve hacia los placeres de la carne. Si se pierde el gusto por la verdad, fácilmente el alma es atraída por otras atracciones degradantes o vergonzosas. Es necesario un amor fortísimo por la verdad, para no ceder a la presión de las malas pasiones, que impulsan al hombre hacia el pecado, ya se trate de los pecados espirituales o de los pecados carnales.
Uno de los fenómenos más graves de la vida católica de nuestros días, en los laicos como en el clero, es un extendido escepticismo o agnosticismo frente a la verdad, y me refiero en modo particular a la verdad de las proposiciones de fe, sobre las cuales con frecuencia se hace difícil entender que deben ser verdaderamente el fundamento de la conducta moral del cristiano. O bien sucede que de ciertas verdades puramente dogmáticas no se advierte su reflejo en la vida moral.
A menudo, cuando se habla de fe, no se hace referencia a dogmas, sino que se habla de una cierta "experiencia" llamada eventualmente "existencial" o como "encuentro personal", de tipo histórico o concreto, donde el aspecto inteligible desaparece, para dar espacio a una no mejor determinada emotividad, la cual careciendo de contenidos conceptuales, corre el riesgo de pescar en aguas turbulentas y de favorecer sentimientos que en realidad son pecaminosos.
Por otra parte, existe en los Pastores una cierta tendencia a insistir, sí, en las verdades morales, con la consecuente condena de los comportamientos contrarios, pero por otra parte existe un silencio casi total acerca de las verdades especulativas, objeto de pura contemplación, como por ejemplo, la visión beatífica, los atributos divinos, el Misterio Trinitario, la Persona de Cristo en Sí misma y las obras cumplidas por Dios en la historia de la salvación.
Es necesario recuperar la conciencia de que nuestra conducta moral depende de nuestras ideas. Es cierto que podemos tener ideas correctas y conducta equivocada; pero será difícil que con ideas equivocadas podamos tener una conducta correcta. La cuestión de la pedofilia es ciertamente gravísima y escandalosa, sobre todo en los sacerdotes; sin embargo, preguntémonos: ¿qué es lo que ha sucedido en el alma de estos ministros del Señor? ¿Por que han sucumbido? ¿Han recibido una buena formación teológica y espiritual? ¿Su Obispo ha intervenido prontamente para corregir los errores teológicos presentes en su Diócesis? ¿Ha promovido y defendido la posición de esos pocos sacerdotes que hoy, con coraje y en el sufrimiento, tratan de cumplir con su deber apoyando y defendiendo al Papa y al Magisterio de la Iglesia?
Como se ve, el mal de la pedofilia es el signo inquietante de un malestar mucho más profundo existente en la Iglesia desde hace décadas y que la ve desgarrada por fortísimas contradicciones en el campo que toca a la misma doctrina de la fe. Estas cosas los últimos Papas las han denunciado muchas veces.
En otras palabras, es necesario que nos decidamos a reconocer que en la Iglesia existen muchas herejías. Es necesario recuperar esta palabra, herejías, con franqueza, competencia, y también -y que esto quede bien claro- con caridad, de hecho sobre todo con caridad. Pero ésta última no es tal si no se basa sobre la verdad y si el apóstol de la verdad no se preocupa con todos los medios a su alcance, al costo de la propia vida, de liberar a las almas del error y de la herejía, los cuales, según las palabras de san Pablo, siempre están presentes en la Iglesia y permitidos por Dios para fortalecer, por contraste, la fe misma de los fieles.
Recientemente, Hans Küng ha planteado la idea de que el fenómeno de la pedofilia es una especie de sustituto en aquellos sacerdotes para los cuales el celibato es una carga, de ahí su conclusión de que es bueno abolir el celibato. Personalmente soy de la opinión que es posible que en un mañana la Iglesia católica admita un sacerdocio conyugado. Sin embargo, la argumentación de Küng me parece que tiene la impronta de una profunda hipocresía. De hecho, me gustaría decirle a Küng: antes de dar consejos al Papa, pon una mano sobre tu conciencia, y pregúntate si Dios no te pide en primer lugar que te corrijas de tus propias herejías, y que retornes arrepentido al seno de la Santa Madre Iglesia, la cual ciertamente te recibirá. Deberías darte cuenta de que son tus propias herejías, con la soberbia, la desobediencia y el escepticismo que ellas conllevan, las que han sido y siguen siendo la causa profunda de aquella aversión por la Verdad que -de ello estoy convencido- ha atraído a muchos pobres sacerdotes a aflojar su compromiso espiritual para ceder a las debilidades de la carne.
Retornando a hablar del Aquinate, el Doctor Común de la Iglesia nos recuerda que los pecados carnales ciertamente nos embrutecen y pueden llegar a ser muy graves, sin embargo, generalmente son pecados de debilidad más que de malicia, porque aquí la voluntad de algún modo cede a la pasión, por lo cual la culpa disminuye. Los pecados más graves, siempre según santo Tomás, son los espirituales, en los que existe verdadera deliberación y conciencia, y por lo tanto mala voluntad: la falsedad en las cosas de Dios -he aquí la herejía-, que nace de la soberbia y de la impiedad, el orgullo, el egocentrismo, la auto-referencialidad, la ambición, la envidia, la hipocresía, el odio deliberado y prolongado, la calumnia, la prepotencia, el ansia por el poder, la negativa a perdonar y a pedir perdón. Estos se pueden llamar pecados diabólicos, y de hecho la Escritura llama a las herejías "doctrinas diabólicas".
Ciertamente, en el actual clima de extendida ignorancia, muchos son herejes sin darse cuenta, y por eso es bueno usar hacia ellos comprensión y tolerancia. Pero esto no quita que la herejía en sí misma sea un pecado más grave que la pedofilia, así como es más grave pecar contra Dios que contra el prójimo. Y recordemos que en el Derecho Canónico la herejía todavía aparece como delito que merece una justa sanción penal.
Conclusión: en base a lo que ha sido dicho, yo sugeriría sobre todo a nuestros Pastores dos cosas. Primera: vuelvan a dar al pecado de herejía la importancia que merece, y que siempre ha sido dada por los pastores de la Iglesia a lo largo de toda la historia del Cristianismo. Segunda: continúen ciertamente trabajando por la buena formación moral del clero, pero antes que nada preocúpense, comenzando por los seminaristas, de que los sacerdotes o futuros sacerdotes sean grandes amantes de la verdad y sepan rechazar con firmeza evangélica los errores contrarios. Es en efecto, solamente sobre la base de la verdad que puede nacer aquella caridad que nos lleva a purificarnos de nuestros pecados y a conquistar la santidad.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 31 de marzo de 2010

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum haeresis sit gravior quam peccatum paedophiliae in Ecclesia

Ad hoc sic procediturVidetur quod peccatum haeresis non sit gravius quam paedophilia in Ecclesia.
1. Quia paedophilia est peccatum gravissimum contra innocentiam et dignitatem humanam, praesertim scandalosum in sacerdotibus. Hoc crimen destruit fiduciam in Ecclesia et graviter vulnerat victimas, unde videtur esse gravius quam quilibet error doctrinalis.
2. Praeterea haeresis saepe est inconscia, ex ignorantia vel defectu formationis proveniens, dum paedophilia est actus deliberatus contra proximum. Ergo paedophilia, cum sit voluntaria et nociva, est gravior.
3. Item peccata carnalia manifestissime obscurant et degradant vitam Ecclesiae, publicum scandalum et universalem dedecus parientes. Haeresis autem latere potest nec semper percipitur. Ergo peccata carnalia sunt graviora.

Sed contra est quod Apostolus docet haereses esse doctrinas daemoniorum (1 Tim 4,1). Sanctus Thomas affirmat peccata spiritualia esse graviora quam carnalia, quia oriuntur ex mala voluntate et falsitate in rebus divinis. Ius Canonicum adhuc censet haeresim delictum esse quod iusta poena puniendum est. Summi Pontifices recentes saepius denuntiaverunt doctrinalem corruptionem radicem esse corruptionis moralis.

Respondeo dicendum quod paedophilia quidem est peccatum gravissimum et scandalosum, sed in radice est peccatum infirmitatis, ubi voluntas passioni cedit. Haeresis autem est peccatum spirituale, ex superbia, inobedientia et falsitate ortum, et ideo gravius, quia directe opponitur veritati Dei. Amoris veritatis amissio ad corruptionem moralem ducit, et scepticismus circa dogmata aperit ianuam peccatis carnalibus.
Malum paedophiliae est signum morbi profundioris: diffusionis haeresum in Ecclesia, toleratarum vel neglectarum, quae formationem theologicam et spiritualem cleri debilitaverunt. Cum fides substituitur vaga experientia emotiva, fundamentum doctrinale vitae moralis evanescit. Caritas vera sine veritate exsistere non potest, et apostolus veritatis debet liberare animas ab errore, etiam pretio vitae suae. Ideo necesse est ut pastores haeresim iterum aestiment ut gravissimum peccatum, et curent ut sacerdotes sint magni amatores veritatis, firmiter errores evangelica constantia reicientes.
In summa, haeresis est malum gravius quam paedophilia, quia veritatem Dei destruit et radicem vitae spiritualis corrumpit. Paedophilia est signum huius mali profundioris, et remedium est amor veritatis recuperandus atque sacerdotes formandi qui errores contrarios fortiter reiciant.

Ad primum dicendum quod paedophilia est gravissima, sed haeresis est gravior quia veritatem Dei destruit et radicem vitae spiritualis corrumpit. Scandalum morale est effectus crisis doctrinalis.
Ad secundum dicendum quod ignorantia culpam minuere potest, sed haeresis per se est peccatum gravius quam paedophilia, quia est peccatum contra Deum magis quam contra proximum. Praeterea multae haereses ex superbia et mala voluntate oriuntur, non solum ex ignorantia.
Ad tertium dicendum quod scandalum publicum peccatorum carnalium est magnum, sed haeresis est gravior quia doctrinam corrumpit et multos ad perditionem trahit. Peccata carnalia sunt ex infirmitate; spiritualia vero ex malitia.
   
JG

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