¿Es el Papado hoy fuerza o debilidad? ¿No se ha convertido, desde Pablo VI, en un Papado crucificado, acosado tanto por los modernistas que actúan como Iglesia paralela, como por los lefebvrianos y filolefebvrianos que, bajo apariencia de tradición, se aferran a un pasado muerto y se vuelven pasadistas? ¿Acaso la colegialidad conciliar, mal interpretada, no ha dejado al Papa aislado en la defensa de la fe, mientras unos obispos favorecen la herejía y ciertos grupos “tradicionalistas” lo desprecian por no ajustarse a sus esquemas rígidos? ¿No es paradójico que el poder inmediato de los prelados modernistas pese más que la autoridad del Vicario de Cristo, y que obedecer al Papa sea más riesgoso que desobedecerlo, mientras los pasadistas lo acusan de traición? ¿No será que la verdadera fuerza del Papado consiste precisamente en la cruz, en la fidelidad que nunca cede a la herejía ni al sectarismo, y que exige una renovada comunión entre el Papa y los obispos para custodiar la unidad de la Iglesia? [En la imagen: fragmento de "Crucifixión de San Pedro", óleo sobre lienzo, 1601, obra de Caravaggio, conservado en la Basílica de Santa María del Popolo, Roma, Italia].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 21 de abril de 2026
Fuerza y debilidad del Papado
Fuerza y debilidad del Papado
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana, el 30 de marzo de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/forza-e-debolezza-del-papato-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
Actualmente parece cada vez más claro para quienes no viven en la superficie de la vida eclesial, sino que quieren estar dentro de la Iglesia o, como decía santa Teresa del Niño Jesús, "en el corazón de la Iglesia", "in medio Ecclesiae", como nos decía santo Domingo de Guzmán, que sobre todo en estos últimos decenios, se ha consolidado un episcopado, que impone un modelo de Iglesia inspirado en Rahner (aunque no solo en Rahner), de marca modernista-protestante-masónica, la Iglesia desde abajo, la Iglesia pueblo de Dios, la Iglesia neumática sin dogmas y sin jerarquía, Iglesia confundida con el mundo y, por lo tanto, mundanizada ¹, Iglesia "trascendental" y "atemática" de cristianos anónimos.
Se trata de una Iglesia en la Iglesia, donde esta es la que es gobernada por el Papa y por los obispos fieles al Papa, en la línea de la Escritura, de la Tradición, de los Padres, de los Concilios, de Agustín, de Tomás hasta la Iglesia del Concilio Vaticano II ², que sin embargo los rahnerianos interpretan para su propio uso y consumo.
De hecho, estos obispos recientes han sido formados por docentes rahnerianos no suficientemente corregidos por los obispos anteriores, quienes ya eran en su momento demasiado indulgentes con Rahner. Por lo tanto, si en los primeros años del postconcilio teníamos como máximo solo teólogos rahnerianos culpablemente tolerados por sus obispos, ahora tenemos obispos rahnerianos, que son los antiguos seminaristas que en el pasado fueron formados por docentes rahnerianos. Una situación gangrenosa y peligrosísima. Rahner se ha convertido en un "clásico" como si fuera un Padre de la Iglesia o un nuevo santo Tomás de Aquino.
Se ha producido, por tanto, un salto cualitativo: si en la época de los teólogos rahnerianos, ellos influían sólo en los ambientes de la escuela, ahora que tenemos obispos, prelados y superiores rahnerianos, los rahnerianos han adquirido un verdadero y propio poder, si es verdad como es verdad que el poder de gobierno no corresponde a los teólogos sino a los obispos.
Sucede así en estas condiciones que el esencial aporte del Papado, bien lejos de sostener a Rahner, llega con mucha dificultad, escasa, precaria y arriesgadamente a las diversas áreas de la Iglesia, como el aire en una tráquea asmática o como el corazón en un sistema circulatorio afectado por el colesterol, y por lo tanto solo llega a algunos ambientes restringidos de la Iglesia, donde el Papa es respetado y obedecido y tiene una verdadera influencia también disciplinaria.
Pero la mayoría de los ambientes eclesiales, la formación del clero, el clima de las parroquias, la liturgia, los medios de comunicación, los institutos religiosos, los movimientos laicales, están bajo el control del episcopado rahneriano, rebelde o al menos indiferente al Papa y por lo tanto, de un episcopado que se ha hecho guía de una Iglesia que se ha constituido por cuenta propia, independientemente del Papa (si no propiamente contra el Papa), en la línea de la teología y de la eclesiología de Rahner y de los rahnerianos. Todo esto es fruto de una malentendida interpretación e implementación de la autonomía de la Iglesia local, así como de las conferencias episcopales nacionales y de los sínodos mundiales.
Donde manda este episcopado es muy difícil y arriesgado obedecer al Papa, porque este episcopado exige obediencia absoluta y teniendo el poder en la mano, puede acosar, difamar y perseguir a los católicos ³, ya se trate de jóvenes, como de ancianos, laicos, docentes, religiosos, sacerdotes, seminaristas ⁴, todo aquel que quiera ser integralmente fiel a Roma, de un modo u otro, se pone rumbo de colisión con los obispos y los superiores modernistas.
El poder de estos prelados, siendo inmediatamente y espacialmente cercano, cuenta más que el del Papa, es más temible que el de éste. Desobedecer al Papa en muchos ambientes no lleva a ninguna consecuencia, de hecho se obtiene éxito y se pasa por moderno y avanzado, pero desobedecer a los prelados modernistas se paga caro y puede comprometer o bloquear la misma carrera o actividad eclesiástica o sacerdotal, por mucho que se pueda ser teólogos o docentes estimados y de larga experiencia.
De esta manera el Papado, con los pocos colaboradores fieles que le quedan entre los obispos y todos los buenos católicos, es una especie de estado mayor de un ejército donde, sin embargo, el ejército se ha constituido líderes por propia cuenta, que no siguen en absoluto las directivas del estado mayor, sino que van por su cuenta, con su propia política eclesiástica, su teología y su pastoral, que no refleja la verdadera concepción católica, sino aquella concepción herética antes mencionada.
Y el papado tiene las manos atadas, no puede hacer casi nada desde el punto de vista del gobierno, del control de la doctrina y de los nombramientos eclesiásticos. Estos últimos son en su mayoría impuestos u obtenidos a través de engaños por parte de los modernistas, por lo que el Papa debe, como suele decirse, "poner buena cara a malos naipes", se encuentra lidiando con "colaboradores" falsos o fingidos que no son en absoluto encubierta o abiertamente verdaderos colaboradores, sino que reman contra él si no de manera abierta y descarada, sea como sea ciertamente de modo real y como un gusano que corroe diariamente el sistema del Papado.
El Papa está así sometido a un goteo cotidiano, a una vida agotadora difícilmente soportable ⁵, si no fuera por el hecho de que en las últimas décadas hemos tenido Papas santos que han sabido ofrecer su vida por la Iglesia en unión con la cruz de Cristo. Con todo esto queda claro que el Papa tiene sus buenos colaboradores, presentes gracias a Dios en todos los sectores de la Iglesia en todo el mundo, pero en escasísimo número, y todo lo que pueden hacer, además de sufrir junto al Vicario de Cristo, es la proclamación de la sana doctrina, por otra parte, sistemática e inmediatamente criticada, incomprendida, ridiculizada y cuestionada por los poderosos medios propagandísticos de los modernistas. Por lo tanto, es posible saber, en principio, lo que piensa el Magisterio, pero es muy difícil ponerlo en práctica a causa de los obstáculos, de las amenazas, de las seducciones y persecuciones provenientes del poder modernista.
Esta situación de debilidad e impotencia surge con el papado de Paulo VI y se continúa hasta el día de hoy. Ella ciertamente está en el origen de la dimisión de Benedicto XVI ⁶. El Papado con Pablo VI no es ya Cristo que guía a las multitudes ⁷, que realiza prodigios, que corrige a los discípulos, que echa fuera los demonios, que amenaza a los fariseos, a los sumos sacerdotes y a los doctores de la ley, sino que es Cristo sufriente, "crucificado y abandonado", no escuchado, desobedecido, desafiado, befado, marginado, angustiado.
La fuerza del Papado postconciliar es la fuerza de Cristo crucificado, es el poder de la cruz. El Papa debe estar continuamente en la cruz, hasta el final. Algunos han acusado a Benedicto XVI de haber abandonado la cruz. ¿Pero quién nos dice que no tiene ahora una más pesada, humillado como está para ser injustamente puesto en comparación con el nuevo Pontífice, como si el Papa actual lo estuviera haciendo bien y no el anterior? Increíbles chapucerías.
Los modernistas los estudian a todos para conquistarse el nuevo Papa, pero no lo conseguirán. Ciertamente tendrá, como todos, sus defectos humanos, pero no se engañen de que pierda el carisma de la infalibilidad, aún cuando se lo ponga a prueba y en la ocasión propicia. Quizás ellos se sientan cerca de haber puesto a un rahneriano en el trono de Pedro. Pero se verán desilusionados. La herejía puede llegar muy a lo alto, puede llegar incluso entre los Cardenales -y lo hemos visto-, pero no puede llegar al Papa.
Ningún Papa se ha doblegado ante la herejía, por mucho que haya sido rodeado, adulado, hecho sufrir y amenazado ⁸. En los primeros siglos tenemos Papas mártires y ¿quién nos dice que la serie se ha acabado? El Papa cede o se doblega a todo pero no a la herejía. Quizás Benedicto ha estado bajo fuertes presiones para ceder ante los rahnerianos. Probablemente la encíclica sobre la fe que tenía la intención de preparar hubiera molestado o fastidiado a muchos.
Excelente es el retrato de este Papado que se refleja en los sufrimientos de la Iglesia en el libro Getsemaní ⁹ del gran cardenal Giuseppe Siri. Él dio en el blanco atacando a Rahner, estuvo menos feliz en la crítica a De Lubac, y completamente fuera de foco con Maritain, hombre de santa vida y eminente tomista abierto con discreción a los valores del pensamiento moderno, en perfecta línea con la figura del teólogo promovida por el Concilio Vaticano II, alabado y recomendado por Paulo VI y por el beato Juan Pablo II.
No se entiende por qué el ilustre Cardenal se la agarra con él, cuando habría podido sentirse libre de embarazo como para elegir entre los atormentadores de la Iglesia ¹⁰: desde Schillebeeckx, Hulsbosch y Schoonenberg hasta los teólogos de la liberación, Gutiérrez, Girardi, Sobrino, Boff y Assman, desde moralistas existencialistas como Molinaro, Rossi, Valsecchi y Mongillo, hasta idealistas como Bontadini y Severino, desde heideggerianos como Marranzini y Sartori hasta neo-hegelianos como Küng, Kasper y Forte. De tal modo, su polémica pierde fuerza y mordiente, y presta el flanco a la crítica modernista que lo acusaba de conservadurismo, ignorando el excepcional temperamento especulativo del docto Cardenal.
La debilidad del Papado que se ha manifestado al iniciar el período postconciliar depende, en mi opinión, de un defecto en las disposiciones pastorales del Concilio concernientes a lo que debería ser la colaboración entre el Papa y los obispos en la tutela de la rectitud de la fe y en la corrección de los herejes. En modo sorprendente -y esto ha sido notado por estudiosos serios- el Concilio Vaticano II, contrariamente a toda la tradición de los Concilios ecuménicos, no hace mención de herejías o doctrinas contrarias a la fe. Habla sí genéricamente de graves errores, como el ateísmo, el materialismo, el antropocentrismo, el secularismo, el cientificismo, el liberalismo, el naturalismo, pero se trata de condenas genéricas y descontadas, más referidas a errores del pasado que a precisos fenómenos eclesiológicos del presente.
Obviamente, sin negar la preeminente responsabilidad de Roma en la represión de la herejía, el Concilio promueve una actividad autónoma de los obispos individuales o de las conferencias episcopales en la defensa de la fe. En particular, como sabemos, el Concilio Vaticano II promueve y desarrolla la doctrina de la colegialidad episcopal, en sí misma de gran importancia, la cual sin embargo debe ser bien entendida.
Algunos la han entendido no como se la pretendía, es decir, como promoción de la comunión fraterna de los obispos entre sí y con el Papa y bajo el Papa, sino como acentuación de la autonomía del cuerpo episcopal respecto al Papa, ciertamente no para terminar en el conciliarismo, que habría sido una herejía, pero dando lugar a esta interpretación, ciertamente errónea pero posible. Los modernistas han aprovechado exageradamente esta autonomía, provocando graves daños a la unidad de la fe en la Iglesia y estimulando la ambición de los obispos.
Recientemente el historiador modernista Melloni, de la así llamada "escuela de Bolonia", se manifestó insatisfecho con el grado de "colegialidad" alcanzado, y auspiciaba que sea más acentuado: por lo tanto, se trata en su caso de un agravamiento del mal más que su mitigación o corrección. Melloni propone una línea que es exactamente la opuesta respecto a aquella que se debe seguir.
En los años '80 en Roma tuve una conversación con el cardenal Pietro Parente, ilustre cristólogo y ex-Secretario del Santo Oficio, quien me decía con preocupación que estaba casi arrepentido de haber sido promotor en el Concilio de la doctrina de la colegialidad, a la vista de la interpretación conciliarista a la cual iba a estar sometida.
Con estas disposiciones poco prudentes por no decir equivocadas del Concilio ha sucedido que el peso gravísimo de la condena de la herejía y de la corrección de los herejes ha terminado recayendo casi exclusivamente en Roma, mientras que generalmente los obispos han descuidado este su grave deber por no decir que han favorecido encubiertamente y algunas veces abiertamente a los herejes, con la excusa del diálogo, de la misericordia, de la libertad y cosas por el estilo, que a menudo han devenido etiquetas que esconden comportamientos erróneos.
El nombre elegido por el nuevo Romano Pontífice -Francisco- es ciertamente bello y ha conmovido a todo el mundo por su referencia a los grandes temas de la espiritualidad franciscana, con particular referencia a la justicia social, a los pobres, a los simples, a los humildes, a los oprimidos, a los perseguidos y a los sufrientes.
Sin embargo, me quedan algunas perplejidades o algunos temores, que pienso que serán disipados por el futuro comportamiento del Papa. Se trata de esto: la espiritualidad franciscana es evidentemente y ante todo, propia del fraile franciscano y, por lo tanto, insiste sobre las virtudes típicas del religioso: la pobreza, la mansedumbre, la humildad, la docilidad, la paciencia, la penitencia, la dulzura, la misericordia.
Sin embargo, en esta espiritualidad no aparece evidente otro esencial aspecto de la conducta cristiana, sobre todo aquella que corresponde a los superiores: la vigilancia contra el enemigo, la fuerza para descubrirlo, para combatirlo y para vencerlo, el hacer sentir a los rebeldes la fuerza del la ley, la energía para disciplinar y saber mantener unido al rebaño de Cristo y defenderlo de los lobos, la autoridad que, cuando sea necesario, pueda inspirar temor en los rebeldes y en los arrogantes, la fuerza para defender a los débiles contra los opresores, todo esto ciertamente en la máxima caridad, pero precisamente la caridad misma pide, como enseña el Evangelio y testimonian los Santos, el saber intervenir con fuerza cuando sea necesario.
Todas estas dotes se adecuan en modo particular al Papa y han sido características de todos los grandes y santos Pontífices de la historia. Ciertamente el Papa debería poder disponer de este poder, pero si no lo tiene, ¿qué le queda? El del sufrir en la cruz.
¿Por qué tantos Papas con el nombre de León, Gregorio, Pío, Inocencio, Juan, Pablo? Pero evidentemente porque recordaban a los san León Magno, los san Gregorio Magno, los san Pio V o a san Pio X y así sucesivamente, sin olvidar a los Papas mártires. Hoy los modernistas han logrado crear en el imaginario popular cierta antipatía por estos nombres, pero de manera totalmente errónea. En un tiempo el pueblo cristiano los veneraba, y acogía estos nombres con alegría y esperanza, nombres que evocaban las glorias pasadas y no faltaban resultados positivos. Por supuesto, habíamos tenido Papas franciscanos, pero han hecho de Papas y dejaron de ser frailes. Esto sea dicho con todo respeto por los frailes -yo soy un fraile dominico- pero no debemos confundir los roles en la Iglesia. Los frailes dominicos que se han convertido en Papas, han hecho de Papas.
Este nuevo Papa es, entonces, Jesuita, y también esta cualidad suya ciertamente nos hace esperar junto con el queridísimo nombre de Francisco, de hecho quisiéramos esperar una síntesis entre la energía y la doctrina del Jesuita por una parte y la mansedumbre y humildad franciscana por la otra. En cualquier caso, el gran problema pastoral de hoy es una renovada colaboración entre el Papa y el episcopado. En esto, indudablemente es útil la aplicación de las directivas conciliares, sin embargo adecuadamente corregidas en sus defectos y no empeoradas como quisieran los modernistas, pensando así en hacer avanzar a la Iglesia y en cambio la hacen retroceder.
En particular, es necesario que los obispos, sin abandonar en absoluto la bella figura del pastor evangélico delineada por el Concilio, retomen en mano su oficio de maestros y custodios de la fe, evitando dejar solo al Papa en esta gravísima tarea que le corresponde a todo el Magisterio de la Iglesia. Obviamente, el cuerpo episcopal es infalible en esto, pero lo es sólo a condición de que cumpla su propio deber en comunión con el Papa, que no es un obispo como los demás en pie de igualdad con los demás, sino que es el Sucesor de Pedro a quien Cristo ha dicho pasce oves meas y confirma fratres tuos.
El Papa no es obispo de Roma a la par del obispo de Milán o de New York, sino que es obispo de esa diócesis que, como dice san Ireneo, tiene la tarea y el carisma infalible e indefectible de presidir sobre todas las demás Iglesias en la caridad. Como ha profetizado el Vate latino: "Tu regere imperio populos, Romane, memento / hæ tibi erunt artes, pacique imponere morem, / parcere subiectis et debellare superbos".
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 30 de marzo de 2013
Notas
¹ Según el teólogo dominico modernista Albert Nolan, en la línea de Gutiérrez, no existe otro mundo además de este, sino sólo este mundo, por el cual la Iglesia debe hacernos felices en este mundo.
² La "Iglesia del Denzinger", "piramidal y aristocrática", como dicen sarcásticamente los modernistas, mientras que la suya es la "Iglesia del Espíritu Santo" o la Iglesia popular de los liberacionistas de América Latina. El cardenal Martini llegó a decir que para salvarse no es necesaria la Iglesia, sino que basta el Espíritu Santo, como si el Espíritu Santo no obrara en la Iglesia y por medio de la Iglesia.
³ Famoso fue en su momento el proceso intentado por el arzobispo de Milán al valiente publicista católico Vittorio Messori, por no mencionar otros casos similares.
⁴ Algunos excelentes seminaristas se comunican conmigo secretamente para no ser descubiertos por sus superiores.
⁵ ¿Cómo juzgar la inefable hipocresía de los modernistas que hablan de un Papado autoritario e impositivo?
⁶ Ridículo es el comentario de un modernista sobre la dimisión del Papa: ve en ello el gesto de un hombre "no apegado al poder".
⁷ Las convocatorias multitudinarias del Beato Juan Pablo II fueron fuegos de artificio o el grito ahogado de las masas católicas atónitas, confundidas, desconcertadas y escandalizadas por sus pastores.
⁸ Para citar un ejemplo relativamente reciente: pensemos en la heroica resistencia de Pío VI, prisionero de Napoleón. Los ejemplos dados por Küng en su famoso libro ¿Infalible? acerca de los Papas supuestamente caídos en la herejía, son falsos. Es cierto, sin embargo, que esto puede suceder como doctores privados o bien si no tienen plena posesión de sus facultades mentales. Tengamos también presente que el propio Küng no cree en la inmutabilidad y, por lo tanto, en la verdad absoluta de los dogmas.
⁹ Edizioni della Fraternità della SS.Vergine , Roma 1980.
¹⁰ Bastaba que Siri recurriera a la importante reseña de Fabro, L’avventura della teologia progressista, Rusconi Editore, Milano 1974 o al libro del cardenal Parente, La crisi della verità e il Concilio Vaticano II, Istituto Padano di Arti Grafiche, Rovigo 1983.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum Papatus hodie sit fortitudo vel infirmitas
Ad secundum sic proceditur. Videtur quod Papatus sit infirmus.
1. Quia episcopatus modernistarum potestatem immediatam et proximam acquisivit, suam theologiam et pastoralem contra traditionem imponens, ita ut Papae oboedire difficile et periculosum sit, dum eum non oboedire nullas fert consequentias. Sic potestas praelatorum modernistarum plus valet quam auctoritas Papae.
2. Praeterea Papatus impotens apparet in regimine et in nominationibus, circumdatus falsis vel adversis collaborantibus, quotidiano detrimento subiectus, ita ut videatur inefficax ad Ecclesiam recte gubernandam. Proclamatio sanae doctrinae systematico modo ridiculizatur et impugnatur a potentibus instrumentis modernistarum.
3. Item quidam tenent collegialitatem conciliarum auctoritatem Papae debilitasse, episcopis nimiam autonomiam relinquendo et dispersionem doctrinalem fovendo. Concilium, haereses expresse non damnans, Papam solum reliquit in munere fidei custodiendae.
4. Denique lefebvriani, sub specie traditionis, Papam proditionis accusant et eum reiciunt, dicentes eius missionem deflexisse. Sic Papatus infirmus videtur tam a modernistis quam a pasadistis oppressus.
Sed contra est quod Apostolus Paulus docet nos habere thesaurum in vasis fictilibus (2 Cor 4,7), ostendens divinum per humanum communicari. Petrus monet confirmare fratres (Lc 22,32). Irenaeus affirmat Ecclesiam Romanam charisma indefectibile habere praesidendi in caritate. Magisterium docet Papam Spiritu Sancto adiuvari in sua missione doctrinali nec posse haeresi cedere. Traditio Pontificum martyrum ostendit fortitudinem Papatus esse fortitudinem crucis.
Respondeo dicendum quod Papatus, licet debilitatus in regimine propter pressionem episcoporum modernistarum et hostilitatem lefebvrianorum, tamen manet fortis in essentialibus: in fidelitate fidei et in infallibilitate doctrinali. Vera fortitudo Papatus postconciliaris est fortitudo Christi crucifixi, qui nec haeresi nec sectarismo cedit. Papa persecutionem, marginem et detrimenta pati potest, sed Vicarius Christi et fundamentum unitatis manet. Paradoxum fiduciae in eo qui humanitus infirmus apparet solum solvitur distinguendo thesaurum a vase fictili. Hodiernus problemata pastoralia exigunt renovatam cooperationem inter Papam et episcopos, qui officium suum magistrorum et fidei custodum resumere debent in communione cum Successore Petri. Nomen et spiritualitas Papae hodierni virtutes franciscanas humilitatis et mansuetudinis evocant, sed cum energia et vigilantia pontificiae missionis coniungi debent, ut gregem Christi contra lupos defendat.
Conclusio: Papatus infirmus est in humanis, a modernistis et lefebvrianis oppressus, sed fortis in divinis, quia cruci et infallibilitati fidelis manet. Vera fidelitas consistit in Papae sustentatione cum reverentia et fiducia, eius missionem insubstituibilem ut Successorem Petri et Vicarium Christi semper agnoscendo.
Ad primum dicendum quod potestas immediata episcoporum modernistarum auctoritatem Papae non tollit, quamvis eam difficiliorem reddat. Fidelitas Papae criterium catholicitatis manet.
Ad secundum dicendum quod impotentia in regimine missionem divinam non aufert. Papa, etiam limitatus, sanam doctrinam proclamat et pro Ecclesia crucem patitur.
Ad tertium dicendum quod collegialitas, recte intellecta, est communio sub Papa, non autonomia contra eum. Interpretatio erronea modernistarum doctrinam concilii non infirmat.
Ad quartum dicendum quod lefebvriani, Papam reicientes, a vera traditione recedunt. Fortitudo Papatus non est in satisfaciendo eorum exigentiis pasadisticis, sed in fide custodienda in continua vivente cum Ecclesia. JG
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