jueves, 16 de abril de 2026

El Siervo de Dios padre Tomas Tyn y el papa Francisco

Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli pone en diálogo dos voces: el papa Francisco y el Siervo de Dios padre Tomas Tyn, ambos centrados en el misterio de la gracia. ¿Es la salvación un don absolutamente gratuito que nos alcanza incluso en el pecado? ¿Cómo se conjugan la misericordia divina y el mérito humano en el camino hacia el paraíso del cielo? ¿No será que la gracia, aunque finita en su participación, contiene virtualmente la misma infinita eternidad divina? ¿Qué riesgos entraña borrar los límites entre naturaleza y gracia, como hacen ciertas teologías modernas? ¿Acaso no es urgente redescubrir la gracia como semilla de gloria, anticipo de la vida eterna y fundamento de nuestra esperanza? [En la imagen: fragmento de "Divina Misericordia", óleo sobre lienzo, pintado en 1934 por Eugeniusz Kazimirowski bajo la dirección de Santa Faustina Kowalska, restaurado y conservado en el Santuario de la Divina Misericordia, en Vilnius].

El Siervo de Dios padre Tomas Tyn y el papa Francisco

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su blog el 16 de enero de 2021. Artículo original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-servo-di-dio-padre-tomas-tyn-e-papa.html)

He pensado en presentar estos dos pasajes a los lectores, tomado uno de un discurso del papa Francisco y el otro de una lección del Siervo de Dios padre Tomas Tyn, OP.
El tema presente en ambos pasajes es el gran misterio de la gracia, que es la causa de nuestra salvación, salvación que, como dice el Papa, es gratuita.
El padre Tomás retoma este discurso de la gracia haciendo referencia a la situación del pecador, que la ha perdido. Y sin embargo el Siervo de Dios, con profunda fineza, cree poder decir que la misericordia de Dios, en el querer darnos la gracia, es tanta que Él escucha también la llamada angustiada del pecador privado de la gracia y, aunque este pecador todavía se encuentra en conflicto con Dios, Dios escucha su llamado angustiado y viene a su encuentro con la gracia.
Y, en el momento en que el pecador arrepentido recibe la gracia, puede comenzar a merecer una gracia posterior y así se inicia un proceso espiritual por el cual, si el pecador es perseverante, los méritos se alternan con las gracias en un crecimiento continuo de la gracia, hasta llegar incluso, si Dios lo concede, a la perseverancia final.
Ha dicho el papa Francisco, en la Biblioteca del Palazzo Apostolico, antes del rezo del Angelus, el Domingo 10 de enero de 2021: “Después de este gesto de compasión de Jesús, sucede algo extraordinario, los cielos se abren y se desvela finalmente la Trinidad. El Espíritu Santo desciende en forma de paloma (cf. Mc 1,10) y el Padre dice a Jesús: ‘Tú eres mi Hijo muy querido’ (v. 11). Dios se manifiesta cuando aparece la misericordia. No olvidar esto: Dios se manifiesta cuando aparece la misericordia, porque ese es su rostro. Jesús se hace siervo de los pecadores y es proclamado Hijo; baja sobre nosotros y el Espíritu desciende sobre Él. Amor llama amor. Vale también para nosotros: en cada gesto de servicio, en cada obra de misericordia que realizamos Dios se manifiesta, Dios pone su mirada en el mundo. Esto vale para nosotros.
Pero, antes de que hagamos cualquier cosa, nuestra vida está marcada por la misericordia que se ha fijado sobre nosotros. Hemos sido salvados gratuitamente. La salvación es gratis. Es el gesto gratuito de misericordia de Dios con nosotros. Sacramentalmente esto se hace el día de nuestro Bautismo; pero también aquellos que no están bautizados reciben la misericordia de Dios siempre, porque Dios está allí, espera, espera que se abran las puertas de los corazones. Se acerca, me permito decir, nos acaricia con su misericordia.
La Virgen, a la que ahora rezamos, nos ayude a custodiar nuestra identidad, es decir la identidad de ser 'misericordiados', que está en la base de la fe y de la vida”.
Dice el Siervo de Dios padre Tomas Tyn, OP, en sus "Lecciones sobre la Gracia", Lección número 14: Se trata verdaderamente de un llamado a la pura misericordia. Y, sin embargo, en la oración, incluso del pecador que hace el bien, existe este llamado a la divina misericordia. Por consiguiente, una buena obra, una buena palabra, un buen pensamiento, nunca se desperdician, incluso en estado de pecado, tienen siempre al menos este valor de impetración.
Esto es lo que hemos intentado aclarar. El mérito verdadero y propio se realiza sólo en estas condiciones y es que se trata de una obra buena, de una obra gratuita y de una obra sobrenaturalmente elevada, es decir, que procede de la gracia divina. Y también hemos citado precisamente el hecho de la condignidad del mérito. He visto que esto ha dejado alguna vacilación en algunos. Quizás sea bueno remediarlo.
La condignidad del mérito. Quien está en gracia de Dios, merece verdaderamente de condigno. Es necesario intentar comprender esto. Efectivamente es un problema teológico, yo entiendo que cueste aceptarlo, porque de hecho permanece siempre una infinita distancia, por así decir, una infinita inferioridad, un abismo precisamente de inferioridad de nuestro actuar, incluso sobrenaturalmente elevado, respecto a la visión beatífica. Es infinitamente menor nuestro actuar.
Sin embargo, piensa siempre también en el misterio de la gracia, no solo a la luz de lo que ya hemos dicho con anterioridad, tratando de definir la gracia. Ardua empresa, si las hay. Recuerda bien que la gracia no se deja atrapar en una definición. Sin embargo, nos fundamos en la Escritura y hemos dicho con san Pedro que la gracia de Cristo nos hace consortes divinae naturae.
Es decir, se verifica aquel misterio que toda buena y seria teología católica, que no haya renunciado ni a la fe ni a la razón, debe mantener, y es este justo equilibrio entre la naturaleza creada y la gracia. De ahí su finitud ontológica. La gracia es verdaderamente una entidad finita. Y en este sentido efectivamente no existe ni siquiera igualdad entre la gracia y Dios en Sí mismo, porque es Dios en su esencia, mientras que la gracia es Dios en su participación y la participación es finita. Pero lo que es participado, por medio de la gracia, es efectivamente Dios increado en Sí.
Por consiguiente, reasumo entonces ese acuerdo de la gracia santificante habitual, que es esencial. Es decir, la gracia habitual es un accidens in anima, es una realidad ontológicamente finita, incluso accidental, y pertenece a la cualidad, es decir, la primera especie de la cualidad; es un hábito entitativo sobrenatural. En el fondo, la definición filosóficamente más rigurosa de la gracia es precisamente esta: hábito de entidad sobrenatural.
Ahora bien, en cuanto hábito entitativo, la gracia es algo ontológicamente finito, pero en cuanto sobrenatural expresa en sí, en su finita participación, una naturaleza participada, que es infinita, una naturaleza que es increada, una naturaleza que es divina, porque, no me cansaré de repetirlo, lo sobrenatural en todas sus dimensiones es Dios. Dios es lo sobrenatural, siempre ¹. También la gracia es Dios. Es Dios participado en el alma, pero es de todos modos Dios.
Por lo tanto, precisamente, es por esto que entre la naturaleza y la sobrenaturaleza existe una distinción profundísima, así como existe una distinción entre lo creado y lo increado, entre lo mundano y lo divino, entre lo inmanente y lo trascendente.
He aquí por qué es tan peligrosa, y peligrosísima, en las teologías neotéricas, esta tendencia a anular casi los confines o límites entre la naturaleza y la gracia. Se trata de un proton pseudos que cada se verifica en la historia de la filosofía. Ya los pelagianos han intentado en suma hacer la gracia de algún modo debida a la naturaleza.
¡Pero no! Realmente hay un abismo. En la misma estructura ontológica de la gracia está el hecho de que ella está siempre por sobre toda naturaleza creada e incluso creable. Es decir, la gracia está por encima de los ángeles. No sé si expreso la idea. Es, sin embargo, creada en cuanto a su modo de ser. Es increada en su esencia. Entiéndase.
Digo: entiéndase, porque es difícil entender. Nadie lo comprende en el fondo, pero por cuanto se logre aferrar este misterio, se puede decir así: se trata de una accidental participación de algo que, en su esencia, es Dios mismo, es la Santísima Trinidad.
En este sentido, todo hombre que actúa en gracia de Dios, dado que actiones sunt suppositorum, siendo cualificado, por así decir, por esta divina trinitaria participación, da una impronta sobrenatural también a su actuar. Así, Dios ve en nuestras obras la infinita virtualidad de su santa gracia.
Verdaderamente es necesario así pensar en la gracia como semen gloriae. En este sentido, que la gracia ciertamente no es la gloria, la gloria es más que la gracia. Pero la gracia tiene derecho a devenir gloria en el momento de la recompensa, es decir, en el momento de la muerte. De modo que, en pocas palabras, la gracia contiene virtualmente, como se dice en términos filosóficos exactos, la recompensa eterna. Por consiguiente existe una equivalencia no actual, sino virtual. He aquí por qué se habla de una justicia solo proporcional, no justicia igualitaria, no conmutativa.
Esto por cuanto concierne a la constitución del mérito condigno. En este sentido, se puede decir precisamente que Dios, cuando recompensa, en el momento en el cual obviamente se llega al tiempo de la remuneración, Dios no está obligado a darnos la vida eterna en todo momento, sino precisamente cuando llega el tiempo de la paga, por así decir, aquella que nos viene recordada por el Evangelio: los viñadores contratados en cualquier hora de la jornada reciben el dinero pactado al final de la jornada, es decir, al final de la vida. Es clara la referencia alegórica.
Y por consiguiente, cuando nos presentamos al Señor, ahora no la  recuerdo con exactitud, está aquella oración que dice algo así como: Señor, haz que nos podamos presentar a Ti llenos de buenas obras. Esta plenitud de buenas obras son precisamente los méritos, en los cuales el Señor, más allá de la mezquindad que es verdaderamente tal de nuestra pobreza humana, contempla, sin embargo, esa impronta de gracia, que todo agente en gracia habitual da también a su acción.
Del agente esta dignidad de participación divina pasa a la acción. Y es eso lo que Dios recompensa. En el fondo, el Señor, recompensando nuestras deudas, recompensa entonces radicalmente sus dones. Todo es gracia en el mérito.
Otra estupenda imagen evangélica que puede ayudarnos un poco en la comprensión del misterio de esta equivalencia virtual, repito equivalencia virtual, es aquel bellísimo dicho de Jesús, cuando precisamente dice que los que creen en Él serán como una fuente de agua, que sale, brota, chorrea, para la vida eterna.
Este agua que brota y chorrea para la vida eterna es precisamente la gracia de Dios, que es casi, de hecho sin ese casi, una anticipación temporal de la eternidad. En la vida del tiempo se anticipa ya la vida de la patria celestial. Es esta precisamente la anticipación virtual de lo que los santos gozan actualmente por toda la eternidad.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 16 de enero de 2021

Notas

¹ Podríamos decir: lo sobrenatural absoluto o por excelencia.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum gratia, donum gratuitum Dei, possit a peccatore recipi
et constitui fundamentum meriti de condigno

Ad hoc sic procediturVidetur quod gratia, donum gratuitum Dei, non possit a peccatore recipi et constitui fundamentum meriti de condigno.
1. Quia peccator, gratia privatus, opera supernaturalia efficere non potest. Si gratia est necessaria ad meritum, tunc peccator nullum processum salutis incipere potest. Praeterea infinita distantia inter actum humanum et visionem beatificam facit impossibile ut homo possit mereri de condigno.
2. Praeterea misericordia Dei eum audire non potest dum in conflictu cum Ipso manet. Contradictorium esset quod Deus responderet ei qui voluntati eius adhuc resistit. Si gratia est participatio divini, non potest simul existere cum statu peccati.
3. Item, gratia, cum sit participatio divini, non potest esse finita nec accidentalis. Si ipsa est Deus, non potest esse habitus creatus in anima. Ergo non potest esse aequilibrium inter naturam et gratiam, et omnis bona operatio peccatoris caret valore supernaturali.

Sed contra est quod Sacra Scriptura docet nos gratis salvatos esse et gratiam Christi nos facere consortes divinae naturae (2 Pet 1,4). Papa Franciscus affirmat Deum manifestari cum misericordia apparet, et Servus Dei Thomas Tyn commemorat etiam orationem peccatoris valere ad impetrationem. Sanctus Augustinus docet gratiam praecedere omne meritum, et sanctus Thomas affirmat gratiam habitualem esse accidens in anima, habitum entitativum supernaturalem.
Respondeo dicendum quod gratia est donum gratuitum Dei, quod potest attingere etiam peccatorem in conflictu cum Ipso. Deus audit clamorem eius anxium et occurrit ei cum gratia. In momento quo peccator poenitens gratiam recipit, incipit novas gratias mereri, et processus spiritualis incipit, in quo merita alternantur cum gratiis in continuo augmento usque ad perseverantiam finalem.
Gratia est habitus entitativus supernaturalis, accidens in anima, finitus secundum participationem, sed increatus secundum essentiam, quia quod participatur est ipse Deus. Ergo exstat profunda distinctio inter naturam et gratiam, inter creatum et increatum, inter mundanum et divinum. Gratia est semen gloriae, temporalis anticipatio aeternitatis, quae virtualiter continet praemium aeternum.
Ita meritum de condigno fundatur in gratia habituali: Deus remunerat opera nostra quia in eis contemplatur impressam gratiam suam. Totum est gratia in merito. Dominus, remunerando opera nostra, remunerat propria dona sua. Imago evangelica aquae salientis in vitam aeternam ostendit gratiam esse anticipationem gloriae, virtualem aequivalentiam praemii aeterni.
Conclusio: Gratia est gratuita, attingit etiam peccatorem, et constituit fundamentum meriti de condigno. Est participatio finita divini, semen gloriae, anticipatio aeternitatis, et per eam homo potest ad gloriam aeternam elevari.  

Ad primum dicendum quod peccator sine gratia mereri non potest, sed potest eam impetrare per orationem et per opera bona, quae semper habent valorem supplicationis. Semel recepta gratia, incipit verum meritum, quamvis semper inferius gloriae.
Ad secundum dicendum quod Deus, in misericordia sua, audit etiam peccatorem in conflictu cum Ipso, quia misericordia eius maior est quam peccatum. Gratia gratuita est ipsa responsio divina ad illum clamorem anxium.
Ad tertium dicendum quod gratia est finita secundum participationem, sed increata secundum essentiam. Est habitus entitativus supernaturalis, accidentalis in anima, sed qui vitam divinam communicat. Ergo exstat aequilibrium inter naturam et gratiam, sine confusione nec commixtione, et omnis bona operatio in gratia habituali imprimitur supernaturaliter.
   
JG

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