viernes, 6 de marzo de 2026

Santo Tomás nos habla del mal (1/3)

El padre Giovanni Cavalcoli nos introduce en uno de los problemas más universales y urgentes: el del mal, su esencia, sus formas y sus remedios. ¿No es acaso el mal una experiencia inevitable de cada día, que nadie quiere como tal y sin embargo todos padecen? El docto teólogo dominico recuerda que incluso el malvado busca un bien aparente en lo que objetivamente es mal, y que la cuestión exige una indagación metafísica profunda para no quedar indefensos ante sus formas más sutiles y peligrosas. ¿Puede el hombre eliminar el mal por sí mismo, o necesita la intervención de Dios? ¿No es el sacrificio de Cristo —víctima y oferente a la vez— la respuesta definitiva que ilumina lo que todas las religiones buscan? Minimizar el mal, confundiéndolo con ilusión o apariencia, ¿no es acaso el error más grave? Esta primera parte del artículo abre el camino a una reflexión que no se agota en definiciones, sino que toca la raíz de nuestra vida y nuestra esperanza. [En la imagen: fragmento de "Tomás de Aquino", miniatura tomada del manuscrito de la Summa theologiae, de inicios del siglo XIV, conservado en la Biblioteca Municipal de Troyes].

Santo Tomás nos habla del mal

Primera parte

(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicada en su blog el 5 de marzo de 2026: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/san-tommaso-ci-parla-del-male-prima.html, que reproduce la introducción al tomo 6 de Las Quaestiones Disputatae de Tomás de Aquino, ESD, 2002, que corresponde a la cuestión De malo 1-6. Los temas tratados son: 1. el mal en general, 2. los pecados, 3. la causa del pecado, 4. el pecado original, 5. la pena del pecado original, y 6. la elección humana. Texto latino crítico de la Edición Leonina. Traducción italiana a cargo de Roberto Coggi. Véase: https://www.edizionistudiodomenicano.it/prodotto/le-questioni-disputate-7/)

He pensado que sería un servicio útil para los lectores publicar una introducción mía a un Tratado de Santo Tomás sobre el tema del mal.
El lector, que tendrá la posibilidad de leer el texto del Aquinate, podrá sacar de él gran fruto espiritual.
Aquí me limito a presentar mi introducción, que de algún modo resume los temas tratados por Santo Tomás.
La traducción al italiano es obra del padre Roberto Coggi, que fue mi docente de teología en el Estudio Dominicano de Bolonia.

Introducción

Anotaciones sobre el tratado tomista

Una cuestión siempre actual

El problema del mal, de su esencia, de sus formas y de sus remedios, es un problema de siempre, de todos los días, de todas las civilizaciones y de todos los tiempos. Podrán existir opiniones diversas al establecer qué cosa es el mal y qué cosa no lo es; se podrá juzgar el mal como una simple apariencia, un error de juicio; se podrán tener frente a él las actitudes más diversas; pero el problema del mal, en sí mismo, es universal e ineludible. Existe así una noción espontánea y universal del mal, pero también se dan concepciones erróneas y a veces fascinantemente seductoras, aunque falsas. Aclarar qué cosa es el mal es una cuestión vital que interesa a todos, y aún más importante es preguntarse si existe el modo de eliminar el mal, aunque algunos se resignen, lo juzguen inevitable o incluso lógico y necesario. Pero nadie quiere el mal como tal: también el malvado, también quien tiene intenciones malas, no hace sino considerar subjetivamente bien lo que objetivamente es mal; incluso en lo que es mal se aferra a un aspecto positivo, quizá sólo accidental o aparente.
La cuestión del mal compromete seriamente la inteligencia humana y la obliga a sutiles indagaciones metafísicas: quien no llega a este nivel tiene del mal una noción superficial e insuficiente, que lo hará particularmente indefenso frente a sus formas más sutiles y peligrosas. No es tiempo perdido, para quien puede o debe, dedicarse a esas indagaciones metafísicas: ello le hará bien a él y también a aquellos a quienes pueda comunicar el resultado de tales indagaciones. Por desgracia, el pensamiento filosófico moderno nos dice poco sobre la noción profunda, metafísica del mal; y esto se explica bien por la antipatía que los modernos sienten hacia las indagaciones metafísicas. Sobre este punto tenemos análisis más profundos en los antiguos, análisis que, dada la perennidad de las nociones metafísicas, son útiles también hoy. Los modernos, en cambio, expertos en las ciencias empíricas y positivas, nos dan una infinidad de informaciones sobre las formas concretas del mal, que por otra parte parecen aumentar con el paso del tiempo: basta pensar en la patología médica, en los males de la sociedad, en los males de la política, de la economía, de la cultura, del arte, de la literatura, del deporte...
Las religiones nos son de gran ayuda para aclarar qué cosa es el mal y cómo eliminarlo, y este discurso vale en particular para el cristianismo. La religión sabe que el mal el hombre no puede eliminarlo por sí solo, sino únicamente con la intervención de la divinidad: de aquí el culto religioso, orientado a ofrecer a la divinidad algo —el sacrificio—, para que ella sea benévola hacia el hombre y le conceda la liberación del mal. El cristianismo entra en este esquema: quien ofrece el sacrificio a Dios es Cristo, el cual, sin embargo —y esto diferencia al cristianismo de las demás religiones—, es al mismo tiempo la víctima del sacrificio ofrecido a Dios Padre para la salvación del hombre.
Santo Tomás no nos ha dejado una exposición completa sobre el problema del mal, que él afronta como agudo metafísico y teólogo, cual era. La quaestio disputata que nos disponemos a presentar es indudablemente amplia, pero, como veremos, no presenta en absoluto toda la doctrina tomista sobre el mal, y tiene una orientación más metafísica que teológica: nos ofrece, sobre el tema, más lo que nos dice la razón que lo que nos dice la fe cristiana. He considerado entonces oportuno, más adelante, presentar brevemente los puntos doctrinales que quedan excluidos de la exposición, para que el lector pueda tener, aunque sea de manera sucinta, una visión completa —con las debidas referencias— de la doctrina tomista sobre este tema complejo y difícil, pero extremadamente importante para nuestra vida. Equivocarse sobre el tema del mal es verdaderamente... un mal.

Estructura, ocasión, fecha y lugar de la exposición

Santo Tomás es un espíritu sistemático y muy ordenado. Pero no se puede decir que la cuestión que presentamos tenga plenamente estos caracteres de sistematicidad. Por eso algunos críticos han pensado que el Aquinate no la compuso “a escritorio”, como si debiera preparar un curso escolar oficial; esta obra probablemente debería más bien incluirse en el género de las llamadas “quaestiones quodlibetales” —de las cuales tenemos una recopilación formal—, las cuales, como sugiere la palabra, eran cuestiones que se planteaban al docente por los estudiantes o por las circunstancias —cuestiones de actualidad—, y que daban al maestro la posibilidad de dar prueba de su preparación, de su actualización cultural y de su sensibilidad para los problemas de su tiempo.
Así, por ejemplo, la cuestión 6 trata del libre albedrío, tema que podría parecer incluso ajeno a la temática, aunque Tomás enseña cómo el libre albedrío es aquella facultad que hace posible a la criatura racional cometer el mal. De todos modos, algunos piensan que esta cuestión fue posteriormente insertada entre las demás por los editores, por el nexo que podía tener con el problema del mal, mientras otros hacen referencia al decreto del obispo de París de 1270, en el cual se condenó una tesis que negaba el libre albedrío. Ellos consideran posible que Tomás haya elaborado la cuestión con ocasión de ese decreto.
En un próximo párrafo presentaré los puntos principales tratados por Tomás no según el orden material del texto, sino según el que me parece poder ser un orden sistemático. La exposición, de hecho, comprende dieciséis cuestiones, de las cuales la primera trata del mal en general. El artículo 5 de esta cuestión distingue el mal de la pena —el dolor, el sufrimiento— del mal de la culpa —el pecado. Pero en el desarrollo de la exposición Tomás deja de lado el mal de la pena y habla solo del pecado: el pecado en general (q. 2), la causa del pecado (q. 3), el pecado original (q. 4) y su castigo (q. 5), el pecado venial y el pecado mortal (q. 7, a. 1). Pero luego, en el resto de la cuestión 7, trata solo del pecado venial. En las cuestiones de la octava a la decimoquinta trata de los vicios capitales sin explicar antes qué relación existe entre el pecado y el vicio, cosa que en cambio hace en la Summa Theologiae (I-II, q. 71).
También respecto a la última cuestión, la decimosexta, se plantea un problema análogo al de la sexta: en efecto, Tomás trata de los demonios, que evidentemente quedaban fuera del tema del mal como tal. Sin embargo, dado que, como explica Tomás en la Summa Theologiae (I, q. 63 y I-II, q. 80), el pecado del ángel constituye el origen primero del mal, también esta cuestión, desde este punto de vista, puede tener relación con la cuestión del mal. El demonio tienta al hombre al mal desde fuera: es un incentivo externo. Pero para Tomás existen también incentivos internos, aquellos que, en conjunto, llama “fomes peccati” o “concupiscencia”. De ellos trata en la q. 3, y también en la Summa Theologiae: a) ignorancia (I-II, q. 76); b) fragilidad (I-II, q. 77); c) malicia (I-II, q. 78).
En cuanto a la fecha de la composición, existe incertidumbre entre los estudiosos: el período más probable va de 1266 a 1272. Y puesto que en este período Tomás, desde París, regresa a Italia, no se sabe con certeza tampoco dónde fue compuesta la obra. Más probablemente, piensa Weisheipl ¹, en Roma durante el año académico 1266-67.
La última cuestión, en el artículo 5, parece demostrar que Tomás se encontraba en Italia, pues hace referencia, como a cosa pasada, a cierta opinión ya descartada por los maestros “tunc Parisiis legentibus” ².

¿Filosofía o teología?

Como ya he señalado al inicio, este tratado tomista establece sus conclusiones más sobre fundamentos filosóficos que sobre los datos de la revelación cristiana. Sin embargo, la presencia de estos datos nos hace comprender que Tomás no pretende hacer una obra de filosofía, sino más bien de teología. Con todo, quedan fuera de este tratado nociones importantes relativas al mal, que son proporcionadas por la fe cristiana, como la concepción del sufrimiento en Cristo como expiación de los pecados y camino para llegar a la vida eterna (cf. S. Th., III, qq. 46-50), la pena del infierno (Suppl., qq. 97-99) y del purgatorio (si se excluye la q. 7, a. 11; cf. el final del Suppl.), los sufrimientos que precederán al fin del mundo (Suppl., qq. 73-74) y los medios penales que tienen como fin la liberación del mal, como la contrición (S. Th., Suppl., qq. 1-5), la virtud de la penitencia (S. Th., III, q. 85), el sacramento de la penitencia (Suppl., qq. 6-11) y la satisfacción sacramental (S. Th., Suppl., qq. 12-14).
Pero también desde el punto de vista filosófico la concepción cristiana del mal ha dado aportes importantes —y Tomás no deja de tenerlos en cuenta en este tratado— como la idea de que el mal no es una sustancia, sino —como enseña san Agustín— un “no-ser” (q. 1, a. 1), es “privatio boni” (q. 1, a. 2); que todo ente en sí mismo es bueno (S. Th., I, q. 5, a. 1), por lo cual no existen entes o sustancias en sí mismas malas. El mal existe, pero como privación de un bien debido o necesario; toda cosa, toda realidad en sí misma es bien y buena y como tal causada y creada por Dios sumo bien (S. Th., I, q. 6, a. 2), el cual por tanto no puede ser causa del mal (q. 3, a. 1).
El primer principio del mal, como ya hemos señalado, es la voluntad libre del ángel caído, el demonio, que a su vez empujó al hombre al mal y con ello a toda la humanidad (pecado original). No hay nada bueno que no provenga de Dios, directa o indirectamente, porque Dios es creador de todas las cosas (S. Th., I, qq. 44-45). No existe, por tanto, un principio absoluto del mal, un “dios del mal”, origen de todo mal (S. Th., I, q. 49, a. 3). Esto significa que no puede existir un mal absoluto e infinito, como existe un bien absoluto e infinito: el mal es causado por el bien (S. Th., I, q. 49, a. 1) y existe solo en el bien: el bien es el sujeto del mal (q. 1, a. 2).
El mal no corrompe totalmente a su sujeto (S. Th., I, q. 48, a. 4); si lo hiciera, desaparecería como mal, porque ya no tendría el sujeto en el cual subsistir. En efecto, el mal no subsiste por sí mismo, como el bien, sino que existe solo en el bien, privándolo de algo que necesita para su perfección. El bien, por tanto, puede existir sin el mal —el bien perfecto—; pero el mal no puede existir sin el bien. El mal es en sí accidental, no sustancial. No existe un mal “perfecto” como puede existir un bien perfecto, porque la perfección requiere una cantidad determinada de componentes o de elementos; mientras que para que exista el mal basta cualquier carencia, sin una cantidad precisa. De aquí el lema escolástico: “bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu”.
Es evidente que aquí estamos ante una visión sustancialmente optimista de las cosas, que sin embargo no ignora la gravedad y la potencia del mal, que se revela sobre todo en el pecado y en la muerte, y en el poder de Satanás. Algunos han visto en la concepción del mal como “no-ser” o como “privación” algo insuficiente para designar la “realidad” del mal.
Y sin embargo Tomás se mantiene justamente firme en este punto capital, porque, considerando el mal como ser o como realidad ontológica, lo transformaríamos automáticamente en bien: por tanto, son precisamente estos críticos los que terminan subestimando el mal, transformándolo incluso en un bien. Minimizaron el mal, como veremos, aquellos que lo consideran solo una “apariencia” o una “ilusión”, como los panteístas y los monistas. Pero no es ciertamente esta la posición del Aquinate: el mal existe y causa daños incalculables; pero causa daño precisamente en virtud de ser carencia, defecto, privación, falta de un bien que debería estar y no está.

Temas fundamentales

Como he dicho anteriormente, Tomás en esta obra no es plenamente sistemático, porque probablemente ella, más que ser fruto de un plan previamente establecido y organizado, nace sobre todo de las circunstancias o de las cuestiones que se le presentaban de vez en cuando; y así como Tomás, en cuanto docente o investigador, amaba organizar lógicamente sus tratados antes de exponerlos, del mismo modo, como santo que era, estaba siempre disponible para quienquiera le propusiera la exposición de algún argumento, o le pidiera la respuesta a alguna cuestión, o lo estimulase a intervenir para difundir y defender la verdad.
Queriendo, pues, proponer una sucesión lógica de los argumentos de este tratado, creo que podría sintetizarse así.
Encontramos ante todo tres partes: A. la esencia del mal; B. las causas del mal; C. los incentivos al mal.

La primera parte toca los siguientes puntos:
1. Noción metafísica del mal: q. 1, aa. 1-3. Pasajes paralelos: I Sent., d. 46, q. 3; II Sent., d. 34, qq. 1-2; S. Th., I, q. 48, aa. 1-4; Contra Gentes, III, caps. 4-15; Comp. de Teol., c. 115.
2. Mal de la pena —que podemos llamar también mal pasivo, padecido, sufrido—: dolor (dolor) y tristeza (tristitia): el primero es el sufrimiento físico; la segunda es el sufrimiento psicoespiritual, llamado también “moral” (S. Th., I-II, qq. 35-38; 87). Bajo la categoría de tristitia podríamos colocar otras formas de sufrimiento estudiadas a fondo por los modernos, como: el miedo, la ira, el remordimiento, el tedio, la angustia, la desesperación y similares. Mal de la culpa —que podemos llamar también mal activo, hecho, cometido—: el pecado (S. Th., I-II, qq. 71-74; 24; 34; 39). Mal de la pena y mal de la culpa son tratados en la q. 1, aa. 4-5.
3. Pecado venial y pecado mortal: q. 2, a. 8; q. 7, a. 1. Pasajes paralelos: S. Th., I-II, qq. 88-89.

La segunda parte trata los siguientes temas:
1. Dios no es causa del mal: q. 3, aa. 1-2. Pasajes paralelos: S. Th., I, q. 19, a. 9; q. 22, a. 2, ad 2; q. 23, a. 3; q. 49, a. 2; q. 104, a. 3; I-II, q. 79; I Sent., d. 40, q. 4; Contra Gentes, III, c. 162; Comp. de Teol., cc. 141-142.
2. El origen primero del mal es el pecado del ángel: q. 3, aa. 3-5. Pasajes paralelos: S. Th., I, qq. 63-66.
3. La condición de la existencia del mal en el hombre: el libre albedrío: q. 6. Pasajes paralelos: De Ver., q. 22, a. 6; q. 15; q. 24; S. Th., I, q. 83; I-II, q. 13, a. 6.
4. La causa propia del pecado: la voluntad: q. 2, aa. 1-3. Pasajes paralelos: S. Th., I-II, q. 74, aa. 1-2; q. 75, a. 2; q. 78.
5. El origen primero humano del mal: el pecado original: q. 4. Pasajes paralelos: S. Th., I-II, qq. 81-83.

La tercera parte trata de los incentivos al pecado.
Los incentivos al pecado pueden ser actuales o habituales. Los actuales pueden ser internos o externos. Los principales incentivos internos ya los hemos visto: la ignorancia, la fragilidad y la malicia. Los incentivos externos son de dos tipos: la tentación diabólica y las seducciones del mundo.
El primer tema es tratado en la q. 16, pero de modo bastante indirecto. En esta cuestión Tomás se detiene más bien a hablar del pecado del ángel y de los poderes y actividades del demonio. El tema es tratado expresamente en la S. Th.: I, q. 114 e I-II, q. 80. Tomás, en cambio, en esta cuestión no trata del segundo tema; lo aborda en la S. Th., II-II, q. 43 (“de scandalo”).
En cuanto a los incentivos habituales, ellos están constituidos por los vicios, y por eso Tomás, en las qq. 8-15, habla de los vicios capitales: la vanagloria, la envidia, la acedia, la ira, la avaricia, la gula, la lujuria. Los pasajes paralelos se encuentran fácilmente en la Summa Theologiae, que añade a estos otros vicios, aunque en torno a los vicios capitales se reúnen todos los demás, y por eso precisamente se llaman “capitales”. Renunciamos a presentar una justificación sistemática de tal primado —aunque sería interesante— porque nos llevaría demasiado lejos, y esta Presentación, en vez de ser una Introducción, se convertiría en otro tratado.

Integraciones al tratado

Como ya he dicho, este tratado tomista no expone toda la doctrina de Tomás sobre el amplio y complejo problema del mal. Para quien quisiera tener, al menos de manera indicativa o sintética, una visión de conjunto del pensamiento del Aquinate sobre el tema, he pensado entonces en presentar aquí brevemente los elementos faltantes, que obviamente no pueden ser más que simples referencias. Recogiendo los hilos de lo que ya he dicho parcialmente, podemos así sintetizar los elementos faltantes:
El mal pasivo. En el mal pasivo el sujeto sufre la acción de un agente contrario a la inclinación o a la voluntad del sujeto. Esta acción puede tener su fundamento o en las fuerzas de la naturaleza o en las disposiciones del derecho. En el primer caso tenemos la pena que se podría llamar “desintegrativa”, en cuanto el mal es causado por agentes internos o externos al sujeto, que tienden a desagregarlo y, en el límite, a destruirlo. Si el mal golpea a un sujeto inorgánico, tenemos la corrupción. De ella trata Tomás en el comentario a la obra aristotélica De generatione et corruptione. Si el sujeto es un viviente, el mal consiste en la enfermedad y, en el límite, en la muerte. De la muerte Tomás habla sobre todo en los siguientes lugares: q. 5, a. 5; S. Th., I, q. 97, a. 1; I-II, q. 85, a. 6; II-II, q. 164, a. 1; III, q. 50.
A propósito de la muerte, Tomás distingue la muerte de los vivientes infra-humanos (animales y plantas) y la muerte del hombre. A juicio del Aquinate, la primera muerte no solo es del todo natural, sino que, considerada en relación con el orden del universo, es incluso un bien en virtud de la “ley de la naturaleza”: mors tua, vita mea. Se podría preguntar, al respecto, si aquí la visión de Tomás no sea un poco demasiado terrena y no tenga suficientemente en cuenta las profecías de Isaías (cf. 11, 6 y 65, 25) y de Pablo (cf. Ef 1, 10 y Rm 8, 22) relativas a la inmortalidad del mundo escatológico, aunque obviamente en la vida presente no podemos imaginar cómo serán las dos formas de vida.
Por cuanto respecta a la muerte del hombre, Tomás considera que ella, por un lado, es natural y, por otro, contra natura. Es natural en relación con los componentes químicos del cuerpo humano: ellos, de por sí, no están hechos para componer un todo, sino que más bien existe en ellos una tendencia a repelerse recíprocamente. En relación, en cambio, con el alma, por su naturaleza inmortal, se debe decir que el alma desea naturalmente que el compuesto (de alma y cuerpo) no muera; por esto, si la disolución de la materia corporal, según el punto de vista precedente, es natural y por tanto no es un mal, el hombre siente naturalmente la perspectiva de la muerte como algo contra natura, y más aún como el sumo mal (de pena). Por esto el hombre normal experimenta frente a la muerte una repugnancia instintiva, radical e incoercible, que ciertamente puede ser atenuada por la esperanza cristiana, pero no del todo extinguida, como lo demuestra el mismo ejemplo de Cristo.
Por cuanto respecta al dolor (cf. los remisiones ya hechas ³), Tomás lo ve como una pasión, y por tanto un movimiento del ánimo que supone la percepción del mal. El dolor, entonces, se encuentra solo en los vivientes cognoscentes (animales y hombre). La causa del dolor es un factor físico. En cambio, la tristeza es exclusiva del hombre, porque supone la percepción de un mal inteligible y de una causa psicoespiritual del mal (cf. también aquí las remisiones ya hechas ⁴).
La pena que tiene fundamento en el derecho es la punición o castigo, consecuencia del pecado o del delito ⁵. Ella puede referirse a la vida presente o a la vida del más allá. En la vida presente existen las penas aflictivas, que provienen o de la desgracia o de los hombres o que nos procuramos nosotros mismos con nuestras malas acciones. De estas habla Tomás ocasionalmente o de propósito en muchos lugares de sus obras, que no es posible citar aquí. O bien existen también las penas judiciales, fundadas en el código de derecho penal, destinadas a castigar a los malhechores. También de estas penas hay referencias dispersas en las obras del Aquinate. En cuanto a las penas de la vida futura, ellas pueden ser o el infierno (Suppl., q. 69, a. 2) o el purgatorio (IV Sent., d. 21, q. 1, a. 1, q. 1a 1).
Una materia estrechamente ligada a la del mal es evidentemente la de los remedios al mal, aunque se trate de un tema distinto y no estrictamente pertinente. Pero ¿tiene sentido hablar del mal sin hablar de los remedios? Después de todo, qué cosa es el mal lo sabemos ya por nosotros mismos y por inevitable y frecuente experiencia personal, sea del mal de la pena o del mal de la culpa. Lo que en cambio nos interesa sobre todo en este tema, y lo que más ardientemente deseamos conocer, son los remedios al mal. Obviamente Tomás, como metafísico, moralista y teólogo, también en lo que respecta a los remedios al mal se mantiene solo en el plano de los principios, sin descender a los detalles, que son infinitos, y que son objeto de las diversas ciencias prácticas dedicadas al cuidado de los distintos males: desde la medicina, a la moral, a las ciencias de la educación, de la pastoral, de la guía de las almas, hasta las ciencias psiquiátricas.
Si el cristianismo arroja una poderosa luz sobre la esencia del mal, sobre la naturaleza de sus formas principales y de sus causas profundas, sobre todo en relación con Dios, sin por ello eliminar el misterio, que toca la libertad de la criatura y la libertad de Dios —y ya con esto la sabiduría cristiana presta un preciosísimo servicio al hombre, dado que la sola verdad sobre esta oscura materia nos consuela, y de todos modos es indispensable para afrontar el problema de la cura o de la liberación—, sin embargo, de mucho mayor y decisivo consuelo para el hombre oprimido por tantos males y consciente de su impotencia es el conocimiento que Cristo nos da de los medios —y son numerosos y poderosos— para soportar primero y para vencer después para siempre toda forma de mal y llegar así a una vida eterna y bienaventurada, para siempre libre de toda forma de mal de pena o de culpa, propia o ajena.
Y es en el tratar esta sublime y difícil materia donde Tomás muestra lo mejor de su sabiduría y, diría incluso, de su santidad: porque ¿qué es en el fondo la santidad cristiana sino el profundo y experimentado conocimiento y práctica de aquellos medios sobrenaturales que Cristo nos ofrece para vencer todo mal, y sobre todo el del pecado y de la muerte?
El discurso aquí se haría amplísimo, pero bastará, en esta Introducción, enumerar sucintamente una serie de temas con sus referencias tomistas, para dar al lector que lo desee la posibilidad de ampliar la mirada también a estos temas luminosos que disipan las tinieblas del mal, a estos temas amables y consoladores que nos dan la fuerza de combatir y vencer todo mal.
Y los temas son estos: los remedios al mal según la doctrina cristiana explicada por Tomás: 1. La instrucción: lo primero que hay que hacer es saber qué cosa es el mal y cómo se lo vence (De Ver., q. 21). 2. La corrección (S. Th., II-II, q. 33). 3. El culto divino (S. Th., II-II, qq. 81-91). 4. La contrición (Suppl., qq. 1-5). 5. La virtud de la penitencia (S. Th., III, q. 85). 6. La justificación (De Ver., q. 28). 7. El sacramento de la penitencia (S. Th., III, qq. 84-90). 8. La satisfacción (Suppl., qq. 12-15). 9. La redención (S. Th., III, q. 48). 10. La Santa Misa (S. Th., III, q. 83). 11. La resurrección de Cristo (S. Th., III, q. 53). 12. Los sacramentos (S. Th., IIIa parte). 13. La parusía de Cristo (Suppl., qq. 88-90). 14. La resurrección de los muertos (Suppl., qq. 76-87).

Fin de la Primera Parte (1/3)

P. Giovanni Cavalcoli 
Fontanellato, 28 de febrero de 2026

Notas

¹ J. A. Weisheipl, Tommaso d'Aquino - Vita, pensiero, opere, Ed. Jaka Book, Milano 1987, pp. 216, 259, 362.
² El texto crítico de la quaestio se encuentra en la Edición Leonina editada por los PP Dominicos, t. 23. Tal texto ha sido preparado por P.-M. Gils, mientras que L.-J. Bataillon trata de la autenticidad y de la fecha de composición. Un texto crítico se puede encontrar también en la Edición Marietti (Torino-Roma 1965) de las Quaestiones Disputatae, vol. II, a cargo de P. Bazzi, M. Pession y A. Guarienti. Cf. además: P. Mandonnet, Chronologie. Questions disputées de saint Thomas d'Aquin, en "Revue Thomiste", 23 (1928), pp. 267 ss.; O. Lottin, La date de la question disputée "De Malo" de saint Thomas d'Aquin, en "Revue néo-scolastique", 34 (1932), pp. 353-372. Existen, además, ediciones recientes del De malo, con amplias introducciones: Saint Thpmas D'Aquin, Questions disputée sur le Mal, a cargo de L. Elders, Nouvelles Editions Latines, Paris 1992; Tommaso D'Aquino, Il male e la libertà (dalle questioni disputate sul male), a cargo de U. Galeazzi, B.U.R., Milano 1996. En esta introducción, Galeazzi defiende persuasivamente el pensamiento de Tomás contra las críticas planteadas por A. Poma en Dall'antologia all’etica: Leibniz contro Eckhart, en AA. Vv., Philosophie de la religion entre étique et antologie, CEDAM, Padova 1996, y por D. Sacchi, en Libertà del volere o libertà della persona?, en La libertà del bene, obra dirigida por C. Vigna, Ed. Vita e Pensiero, Milano 1998. Cf. además: Tommaso D'Aquino, I vizi capitali, a cargo de U. Galeazzi, B.U.R., Mi­lano 1996; ID., Il Male, con texto latino, a cargo de F. Fiorentino, Ed. Rusconi, Milano 1999.
³ Cf. S. Th., I-II, qq. 35-39.
 Ibid.
⁵ Cf. q. 7, a. 10; S. Th., I-Il, q. 87; Contra Gentes, III, c. 140; II Sent., d. 32, q. I, a.l.

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