¿Es realmente el lefebvrismo el mayor problema de la Iglesia? El padre Giovanni Cavalcoli sostiene que la raíz más profunda de las divisiones actuales no está en esa pequeña minoría, aún con sus actitudes cismáticas autoexcluyentes de la comunión eclesial y sus errores sospechosos de herejías, sino en el rahnerismo, que ha adquirido un prestigio inmerecido y ha sembrado confusión doctrinal desde el Concilio. Mientras los lefebvrianos acusan al Vaticano II de traicionar la Tradición, los rahnerianos lo interpretan como ruptura modernista, y ambos extremos se enfrentan desde hace sesenta años. La primera entrada de este nuevo ensayo del docto teólogo italiano ilumina el verdadero desafío: recuperar la autoridad del Papa frente a teólogos y grupos de poder que pretenden sustituirlo, y mostrar que tradición y progreso deben caminar juntos, sin excluirse. Una reflexión que abre el debate sobre cómo sanar las heridas de la Iglesia y restituir la claridad de la fe.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 13 de marzo de 2026
El problema serio no son los lefebvrianos, sino Rahner (1/5)
El problema serio no son los lefebvrianos, sino Rahner
Cómo resolver las divisiones en la Iglesia?
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, cuya primera parte ha sido publicada en su blog el 13 de marzo de 2026. Versión original en lengua italiana: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-problema-serio-non-sono-i-lefevriani.html)
Primera Parte (1/5)
La devasta el jabalí del bosque
Y se alimenta de ella el animal salvaje
Sal 80,14
Introducción
El encuentro de Don Pagliarani con el Card. Fernández
Los contactos recientemente mantenidos entre Don Pagliarani, Superior de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, y el cardenal Fernández hacían esperar una continuación del diálogo, sobre todo porque estaban emergiendo los motivos de fondo de la separación de los lefebvrianos de la plena comunión con la Iglesia: su rechazo a aceptar las nuevas doctrinas del Concilio Vaticano II a causa de un falso concepto de la Tradición y una falsa interpretación de sus decretos conciliares. Se añade, como es sabido, su rechazo del novus ordo Missae, falsamente acusado por ellos de haber falseado la esencia de la Misa en sentido luterano.
El diálogo se interrumpió porque los lefebvrianos no quieren corregir sus errores e insisten en acusar de herejía al Magisterio de la Iglesia. Ciertamente sus obispos son sucesores de los Apóstoles, pero ¿qué sentido tiene su ministerio ejercido sin la comunión con el Papa? El obispo, por voluntad de Cristo, está constituido para gobernar una comunidad local, porción de Iglesia y por tanto de territorio, que es la diócesis.
Los obispos tienen la tarea de dividirse entre sí el territorio. Pero ¿qué sentido tiene un obispo que se limita a guiar prioratos y capellanías, como si fuese simplemente el superior de un instituto religioso? ¿Y cómo puede un simple sacerdote como Don Pagliarani ser superior de una Fraternidad de la cual forman parte obispos? ¿No debería ser el obispo quien guía a los sacerdotes? ¿Cómo entienden los lefebvrianos la jerarquía eclesiástica? ¿No es el Papa quien guía a los obispos y el obispo quien guía a los sacerdotes?
Corresponde al Papa regular la distribución territorial de los obispos para que todo el territorio esté cubierto. Los obispos son enviados por el Papa para cubrir el territorio y el Papa es el referente último en la tierra de los obispos para la unidad y la organización territorial de la Iglesia. ¿Puede gobernar el Papa sin los obispos y los obispos sin el Papa?
Una pregunta semejante podríamos dirigirla a los ortodoxos, aunque ellos desde hace muchos siglos han organizado una Iglesia que, carente en algunos aspectos esenciales, retoma bajo otros aspectos los rasgos de la Iglesia católica. Con ellos la Iglesia católica, como sabemos, practica un diálogo ecuménico desde la conclusión del Concilio.
A diferencia de los ortodoxos, que no reconocen el primado del Romano Pontífice, los lefebvrianos lo reconocen en teoría, pero no sabemos con cuánta sinceridad, dado que en la práctica rechazan la autoridad de los pontífices posteriores a Pío XII.
Observo además —y este es un punto sobre el cual conviene detenerse— que los lefebvrianos ciertamente deben corregir sus errores y su conducta hacia el Papa. Pero ¿no será que Roma, precisamente con el fin de sanar el cisma y dar testimonio de imparcialidad y de justicia, debería dedicar mayor atención y mayores energías a eliminar un factor más grave de división eclesial, resolviendo un problema mucho más serio, cuya solución, no digo que resolvería del todo la cuestión lefebvriana, pero sí obtendría muchísimo y casi de modo decisivo para su solución, y una paz en la Iglesia, que hoy está dramáticamente ausente por el exasperante conflicto entre pasadistas y modernistas, que se arrastra desde hace sesenta años?
¿Y cuál es este problema? Es el problema del rahnerismo, rahnerismo que se ha adquirido en la Iglesia un prestigio que no merece, y que, sin que muchos se den cuenta, es la verdadera causa profunda de los actuales conflictos intraeclesiales, de la disminución de las vocaciones y de la práctica de los sacramentos, del cierre de casas religiosas, de la difusión de las herejías, de la ausencia de conversiones al catolicismo, de la protestantización de los católicos, de la inercia de las misiones, de la caída de la fe y de la decadencia de las costumbres.
La cuestión de la excomunión
Benedicto XVI levantó la excomunión a los cuatro obispos lefebvrianos. Pero esto, por desgracia, no sirvió para que los lefebvrianos corrigieran sus errores. De modo semejante, la recíproca abolición de la excomunión entre San Pablo VI y el Patriarca Atenágoras no tuvo el efecto de conducir a los ortodoxos al reconocimiento del Filioque y del primado del Romano Pontífice.
Esto no impide la continuación de los diálogos ecuménicos con los ortodoxos. Así, el deseo que formulo es que pueda proseguir el diálogo entre Roma y los lefebvrianos. Como los ortodoxos, por ahora, no quieren reconocer el primado jurisdiccional del Papa, así también los lefebvrianos.
A los obispos de unos y de otros Roma les ha levantado la excomunión. Ha sido un poco extraño que los Papas hayan levantado la excomunión a los ortodoxos y hayan excomulgado, aunque solo temporalmente, a los lefebvrianos, cuando unos y otros continúan igualmente rechazando la obediencia al Papa.
Por otra parte, como he dicho, la excomunión ferendae sententiae es un procedimiento administrativo a discreción de la autoridad, independiente de la condición real del cismático o del hereje, que puede ser legalmente excomulgable sin estar excomulgado.
El deber del buen católico es guardarse de aquellos que de hecho no están en comunión con la Iglesia y fingen obedecer al Papa, estén o no jurídicamente excomulgados, salvo que se trate de lata sententia, ya sea que gobiernen una diócesis, ya sea que administren los sacramentos o ya sea que enseñen en una Facultad pontificia, apreciando al mismo tiempo sus aspectos positivos.
Añadamos que el verdadero y supremo arte del buen pastor, cuando existen problemas que afectan a la unidad de la Iglesia o fieles que rechazan la comunión eclesial en la obediencia al Papa o pretenden ser ellos y no el Papa el principio de la unidad de la Iglesia, no consiste solamente en el uso o no uso de la excomunión, la cual, en definitiva, no es otra cosa que el registro jurídico de una falta de comunión eclesial visible.
En efecto, el Papa que excomulga a un fiel rebelde no lo expulsa propiamente de la Iglesia, como la palabra «excomunión» podría hacer pensar. El Papa tiene poder sobre la Iglesia terrena, no sobre la celestial; por lo cual puede, a lo sumo, expulsarlo de la comunión visible, pero no de la Iglesia como tal, cuerpo místico de Cristo, de la cual el cismático puede separarse solo si él mismo lo quiere.
El imponer o no imponer una excomunión es un simple acto jurídico disciplinar a discreción del prelado, y bajo su responsabilidad, con juicio de fuero externo, independiente del estado interior efectivo del fiel, que es lo que cuenta ante Dios, fiel que de hecho puede estar en comunión o no en comunión, teniendo presente que una excomunión puede ser también injusta y, por tanto, nula.
Así existen fieles que, por sus herejías o por su desobediencia, de hecho no están en comunión y, conforme al derecho estricto, podrían ser excomulgados. Pero un pastor prudente puede en ciertos casos juzgar, a su discreción y por graves motivos, que no conviene excomulgarlos, siempre por el bien de la Iglesia y de los mismos herejes o cismáticos.
Por otra parte, existen diversos grados de pertenencia a la Iglesia y, por tanto, de carencia de comunión eclesial. La condición mínima, por debajo de la cual uno está totalmente fuera de la Iglesia, es aquella en la que falta totalmente la buena voluntad, es decir, la de quien no busca a Dios ni siquiera implícitamente, según lo enseña el Concilio en Lumen Gentium n. 16.
Recordemos además la excomunión lata sententia, que es la que afecta al cismático o al hereje no a consecuencia de un juicio de la autoridad (excomunión ferendae sententiae), sino por el hecho mismo de cometer un determinado acto, por ejemplo negar una verdad de fe definida por la Iglesia, en los cánones del Concilio de Trento, sancionados con el famoso anathema sit. Pero también en este caso, el hereje o el cismático que conserva otras verdades de fe no está totalmente excluido de la Iglesia visible y puede ser interlocutor de un diálogo ecuménico, destinatario de una llamada paterna, objeto de una corrección fraterna o de un llamado a la conversión.
El verdadero significado del Concilio Vaticano II
La cuestión lefebvriana está estrechamente ligada al esclarecimiento de qué fue el Concilio, qué quiso hacer y cómo lo hizo. Es cierto que tuvo como objetivo proponer a los hombres de hoy el Evangelio mejor conocido en un lenguaje atractivo y comprensible para ellos. Pero algo que raramente se pone de relieve es el motivo por el cual los Padres del Concilio quisieron comenzar a elaborar los documentos partiendo de la liturgia. Pocos se preguntan el porqué de esta elección, y solo comprendiendo esto se entiende qué sentido y qué finalidad tuvo el Concilio ¹.
Los Padres quisieron decir que toda la obra de la evangelización y de la profundización teológica de la divina Revelación debe partir de la Misa y debe conducir a la Misa, como anticipación de la vida eterna. De aquí vemos cómo la comprensión de la esencia de la Misa y, por tanto, del sacerdocio y del valor expiatorio y satisfactorio del Sacrificio de Cristo son presupuestos esenciales para saber qué hizo y qué quiso hacer el Concilio. De aquí vemos la estrecha relación con el Concilio de Trento, el cual precisamente definió el significado del Sacrificio de Cristo, del sacrificio de la Misa y del sacerdote como aquel que ofrece el sacrificio.
Por este motivo, las primeras declaraciones doctrinales del Concilio se refieren a la esencia de la liturgia y, dadas por supuestas las doctrinas del Concilio de Trento sobre el Sacrificio redentor de Cristo, sobre el sacerdocio de Cristo y, por tanto, sobre el sacerdocio católico, así como sobre la esencia del sacrificio eucarístico, el Concilio Vaticano II reafirma todas estas verdades con las siguientes palabras:
«La liturgia, mediante la cual, especialmente en el divino sacrificio de la Eucaristía, se realiza la obra de nuestra redención, contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la genuina naturaleza de la verdadera Iglesia, que tiene la característica de ser al mismo tiempo humana y divina» (n.2).
«Con razón, por tanto, la liturgia es considerada como el ejercicio del oficio sacerdotal de Jesucristo: en ella, con signos sensibles, se significa y, de modo propio para cada uno, se realiza la santificación del hombre, y se ejerce por el cuerpo místico de Jesucristo, es decir, por la Cabeza y sus miembros, el culto público integral» (n.7).
El Concilio precisa luego que la liturgia contribuye, junto con otras acciones, a que los fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la genuina naturaleza de la verdadera Iglesia. Se trata, como se explica en el n.9, de la actividad evangelizadora y de la acción pastoral, cuya responsabilidad, junto con la actividad litúrgica y la administración de los sacramentos, corresponde al diácono, al sacerdote y al obispo, bajo la guía del Papa.
Ciertamente, la Iglesia del Vaticano II adoptó un enfoque del dato revelado y un método pastoral distintos respecto al pasado, en el diálogo con los protestantes, que por desgracia continúan deformando el significado del misterio de la Redención, el valor de los sacramentos, del sacerdocio y de la Misa.
En efecto, mientras el Concilio de Trento se preocupó de corregir los errores de Lutero y reservó poquísimo espacio al reconocimiento de los puntos válidos de su reforma, el Vaticano II, sin desmentir en absoluto la condena tridentina de los errores luteranos y, por tanto, presuponiéndola como dada, quiso poner en mayor relieve los aspectos positivos de la teología de Lutero.
De aquí surgió una concepción del sacrificio de Cristo que subraya más la finalidad de la misericordia y del perdón, una presentación de la Misa en la que se pone en mayor relieve el memorial de la Última Cena y, por tanto, el aspecto convivencial como profecía del banquete escatológico, y una concepción del sacerdote que acentúa más el deber de la predicación.
El sacerdote ofrece a Dios el pan y el vino, pero para dar de comer el cuerpo del Señor y de beber su sangre. El altar sigue siendo altar, pero se convierte en mesa. Los fieles tienen ciertamente una relación personal con Cristo, pero al mismo tiempo comunitaria y vivida en común. Todos se ponen en adoración, pero para obtener en abundancia los dones del Espíritu. Todos anticipan la visión celestial, pero para obtener nueva fuerza para continuar el camino y crecer en la caridad.
Sin embargo, desgraciadamente en el Concilio hubo una pequeña minoría que no logró comprender estas reformas y a la cual ellas aparecieron como una peligrosa concesión a los protestantes, mientras que, por otra parte, los rahnerianos organizaron con impresionante rapidez y despliegue de medios publicitarios una presentación del mensaje conciliar como si efectivamente acogiera las ideas de Lutero, desmintiendo los juicios que sobre él había dado el Tridentino: una maniobra abominable, propia de los modernistas, para quienes el dogma no es inmutable, sino que evoluciona según las ideas del tiempo.
Como sabemos bien, estas dos corrientes de los lefebvrianos y de los rahnerianos se enfrentan desde hace sesenta años y aún hoy no han llegado a un acuerdo, porque cada una cree representar, contra el Magisterio de la Iglesia, la verdadera realidad de la Iglesia: los rahnerianos, la Iglesia moderna; los lefebvrianos, la Iglesia de la Tradición, sin comprender —como lo repiten los Papas desde hace sesenta años— que tradición y progreso deben ir juntos y no deben excluirse recíprocamente.
El hecho de constituirse un grupo de fieles como área o ambiente cultural dentro de la Iglesia es, en sí mismo, algo del todo natural, como sucede también en la sociedad civil. El defecto de lefebvrianos y rahnerianos es entender el catolicismo no en sintonía con el modo de entenderlo del Catecismo de la Iglesia Católica, sino del Catecismo de San Pío X o del Concilio de Trento para los lefebvrianos, y del Catecismo holandés o del Curso fundamental sobre la fe de Rahner para los rahnerianos y los modernistas.
Lefebvrianos y rahnerianos, por más antitéticas que sean sus ideas, no viven su realidad social considerándose superados por el área más amplia de la catolicidad bajo la guía del Papa, sino que se sustituyen al Papa en la función de guía de la Iglesia y relegan al Papa a su representante en la conducción de la Iglesia, convencidos de ser guiados directamente por Cristo y por el Espíritu Santo: los modernistas por la Escritura, los lefebvrianos por la Tradición.
Ahora bien, los Papas del postconcilio se han esforzado intensamente por remediar el cisma de los lefebvrianos, pero han encontrado gran dificultad en resolver el problema del rahnerismo, tanto por el poder que había adquirido en la Iglesia como por el hecho de que, habiendo Rahner dado efectivamente un aporte al Concilio, temieron que una condena de sus errores —por lo demás no nuevos en la historia de la teología— pudiera dañar la buena fama del Concilio.
Sin embargo, la verdadera y gran cuestión de hoy no son los lefebvrianos, una pequeñísima minoría, por lo demás no privada de algunas razones, sino los rahnerianos que, sin negar sus méritos, han formado en la Iglesia una especie de lobby o grupo de poder que se sustituye, en cierto modo, por el prestigio que se ha adquirido, a la función pastoral que corresponde a los obispos, los cuales en muchos casos callan o se limitan a tomar nota de las iniciativas de este grupo.
El hecho de que los obispos no corrijan o no sepan corregir y refutar los errores induce a muchos fieles a creer que tienen razón los modernistas. Y está surgiendo un modelo de Iglesia, semejante a la comunidad protestante, donde la guía intelectual y moral no corresponde a los obispos, sino a los teólogos, a los exegetas y a los moralistas.
El problema principal entonces para la Iglesia de hoy es cómo suprimir estos abusos de poder que desalientan y ponen en crisis la fe de los católicos y cómo retomar con eficacia su autoridad ante los fieles, de modo que se muestre a ellos y al mundo que solo al Papa, por mandato de Cristo, corresponde la guía de la Iglesia y no a cualquier grupo privado, sobre todo si tiene tendencias heréticas.
El retorno del modernismo, después del Concilio, claramente debido a Rahner, fue advertido inmediatamente en 1966 por el cardenal Ottaviani, entonces pro-prefecto de la CDF, quien escribió una iluminada Carta a los Obispos ², advirtiéndoles con puntual precisión de los errores modernistas que estaban regresando bajo el pretexto de la reforma conciliar, mientras que, con una oportuna referencia a la Tradición, disipaba las preocupaciones de aquellos que tenían la impresión de que las doctrinas del Concilio estaban en contraste con la Tradición.
La gran cuestión que afrontar
La gran tarea de la Iglesia de hoy es, por tanto, mantener las propuestas reformadoras válidas de la teología rahneriana, poniendo en evidencia al mismo tiempo el alma panteísta del rahnerismo, corregir los errores salvando los aspectos positivos, que han entrado, gracias a su contribución, en los documentos del Concilio y constituyen efectivamente las directrices obligatorias para el progreso actual de la Iglesia.
¿Cómo explicar el enorme éxito de Rahner? Por el hecho de que parece ser el mejor intérprete y pasa por ser el mayor inspirador de la reforma conciliar, y porque en su inmensa producción nos ofrece efectivamente muchas propuestas válidas de renovación eclesial, teológica, moral y espiritual.
La producción rahneriana, en su prodigiosa imponencia, evidentemente apoyada, propagada y financiada por un poderoso ambiente de teólogos, obispos permisivos y complacientes de cuño modernista, no desagradables al poder político, a los ambientes del gnosticismo y del esoterismo, al mundo protestante y a la masonería, independiente del Magisterio de la Iglesia, aunque interno a la Iglesia, toca casi todos los grandes temas de la teología, de la dogmática, de la moral y de la espiritualidad católicas.
En ello habla indudablemente como buen católico. Sin embargo, esta actitud de respeto por las verdades de fe, por el Magisterio de la Iglesia, por las instituciones eclesiásticas, por la Escritura, por la Tradición y por el tomismo, si observamos con atención, es en muchos casos solo aparente. En realidad, oculta un cuadro de fondo sustancialmente inspirado en una metafísica, una gnoseología, una antropología y una cristología viciadas y falseadas por una concepción hegeliana.
El ecumenismo de Rahner, por un lado, ha producido buenos frutos, pero por otro lado guiña a Lutero y denigra a los católicos, de modo que está sucediendo que, en vez de ser los luteranos quienes se acercan a Roma, son los católicos quienes, sin darse cuenta, se convierten en luteranos. El Papa Francisco ciertamente ha encontrado simpatías entre los luteranos, pero solo porque se ha abstenido de recordarles sus errores. Ciertamente ya no existe en ellos aquel odio contra el Papado que tenía Lutero, y esto es ya un buen signo; sin embargo, la confusión que crean los modernistas no está ciertamente hecha para convertir a los protestantes.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 13 de marzo de 2026
Notas
¹ Una buena síntesis de lo que ha sido y de lo que ha querido ser el Concilio y de lo que ha sucedido en el inmediato postconcilio es dada por el breve relato del Card. Pietro Parente, ilustre cristólogo de los tiempos del Concilio: La crisi della verità e il Concilio Vaticano II, Istituto Padano di Arti Grafiche, Rovigo1983.
² El texto se puede encontrar en la Documenta inde a Concilio Vaticano secundo expleta (1966-1985), editada por la CDF, Libreria Editrice Vaticana, 1985, pp. 8-10. CDF - Carta circular a los Presidentes de las Conferencias Episcopales sobre algunas sentencias y errores sobrevenidos en la interpretación de los decretos del Concilio Vaticano II - 1966:
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Quaestio: De causa principali divisionum hodiernarum in Ecclesia
Articulus primus
Utrum principale Ecclesiae problema sint lefebvriani
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod principale Ecclesiae problema hodie sint lefebvriani.
1. Quia doctrinas Concilii Vaticani II respuunt, novum ordinem Missae negant et Magisterium Ecclesiae haereseos accusant.
2. Praeterea, eorum Episcopi ministerium exercent sine communione cum Papa, quod constitutioni hierarchicae Ecclesiae contradicit.
3. Item, eorum structura parallela similis est orthodoxis, qui primatum Romani Pontificis non agnoscunt.
Sed contra, docet Concilium Vaticanum II: “Liturgia, per quam, praesertim in divino Eucharistiae sacrificio, opus nostrae redemptionis exercetur, summopere confert ut fideles in vita sua exprimant et aliis manifestent mysterium Christi et genuinam naturam verae Ecclesiae, quae simul est humana et divina” (Sacrosanctum Concilium, 2). Ergo divisio gravissima non provenit ex parva minoritate, sed ex confusione doctrinali quae hanc naturam Ecclesiae obscurat.
Respondeo dicendum quod, quamvis lefebvriani errores suos et habitum erga Papam corrigere debeant, non constituunt nucleum crisis praesentis. Gravius problema est rahnerismus, qui immeritum sibi comparavit praestigium et vera est causa conflictuum intraecclesialium, diminutionis vocationum, decadenciae sacramentalis praxis, diffusionis haereseon et protestantizationis catholicorum. Sub specie reverentiae erga fidem et Traditionem, concipitur ex mente hegeliana quae vitiat metaphysicam et christologiam, atque constituit quasi coetum potentiae qui munus pastorale Episcoporum substituit, auctoritatem Papae debilitans et exemplar Ecclesiae efformans simile communitati protestanticae.
Ad primum dicendum quod recusatio Concilii a lefebvrianis est gravis et etiam suspecta de haeresi, sed limitata in effectu.
Ad secundum dicendum quod eorum ministerium sine communione cum Papa caret sensu, sed non explicat generalem Ecclesiae crisi.
Ad tertium dicendum quod comparatio lefebvrianorum cum orthodoxis ostendit similitudines, sed non attingit magnitudinem problematis quod hodie totam Ecclesiam afficit.
JG
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Como es sabido, las reflexiones publicadas por el padre Giovanni Cavalcoli son muy provechosas no sólo por sí mismas, sino también por las respuestas que generosamente ofrece el docto teólogo dominico a las intervenciones de sus lectores. Por eso, no dudo en incluir aquí las más importantes de ellas, donde se advierte también su sabiduría teológica y moral. Traduzco literalmente las intervenciones de los lectores (a veces sintetizadas) y las respuestas del padre Cavalcoli (éstas siempre íntegras).
ResponderEliminarBuenos días, Padre. Gracias por este nuevo enfoque sobre la cuestión de la Tradición. Sin embargo, encuentro las analogías entre cismas y posiciones internas en la Iglesia un poco injustas. Los ortodoxos no solo rechazan la autoridad del Papa, sino también un dogma de fe, cosa que no ocurre con los lefebvrianos, quienes más bien defienden la naturaleza inmutable del dogma. La comparación con los rahnerianos es probablemente correcta, aunque algo exagerada: en primer lugar, ya hemos ido más allá de Rahner, aunque él sembró las semillas (y se pueden ver desviaciones incluso antes), ahora ese pensamiento se ha radicalizado aún más y, como usted dijo, ha habido una ocupación de estilo gramsciano de los resortes del poder eclesiástico. Los lefebvrianos, por otro lado, han producido buenos frutos: sus seminarios están llenos hasta el punto de tener que rechazar candidaturas, en sus iglesias se ven muchos jóvenes, familias numerosas y decoro, cosa que lamentablemente no puedo decir de las iglesias del Novus Ordo. No sé si usted, Padre, ha recorrido Italia para asistir a las misas. Yo lo he hecho y créame que es desconcertante. Además, casi no se ven hombres y la edad media es de setenta años. Más allá de lo que podamos pensar desde un punto de vista magisterial, los números hablan claro. Estas son reflexiones que deberían hacerse con mucha seriedad. Identificar el problema únicamente con el rahnerismo es, en mi humildísima opinión, incompleto. Me duele muchísimo decir estas cosas, créame, y especialmente a usted, por quien tengo incondicional estima. Solo podemos esperar que el Espíritu Santo guíe a ambas facciones hacia la razón y la caridad.
ResponderEliminarEstimado Alessandro,
Eliminarno hay duda de que el cisma oriental es mucho más grave que el lefebvriano. En efecto, mientras los Orientales se separaron en 1054, los lefebvrianos se separaron en el inmediato postconcilio.
Sé bien que los lefebvrianos, aparte de sus defectos, producen buenos frutos. Por otra parte, tampoco se pueden negar los buenos frutos de la reforma litúrgica, más fuera de Europa que en Europa. En efecto, un aspecto positivo de la Misa del Novus Ordo es que está abierta a las diversas culturas. Así, por ejemplo, tenemos en África el gran éxito de la Misa del Novus Ordo, porque es capaz de acoger la cultura africana, cosa que no está prevista en la Misa del Vetus Ordo.
Además, sé también que el fenómeno del modernismo es muy complejo, porque resulta de la acumulación de muchos influjos provenientes no solo de la filosofía moderna, sino también de la antigua, y no únicamente de Occidente, sino también de Oriente.
Después de cincuenta años de estudios, reafirmo mi convicción, compartida por otros estudiosos, de que Rahner es el personaje más significativo del modernismo.
Es muy importante, en todo caso, recoger lo positivo dondequiera que se encuentre, precisamente porque es escaso.
Por nuestra parte, sintámonos en el deber de dar buen ejemplo, acompañado de una gran confianza en la Providencia, y recemos por este Papa para que pueda obrar eficazmente, según aquellos auspicios que he formulado en mi artículo.
Entiendo bien lo que quiere decir, Padre; el mismo Lefebvre ya había sembrado esos frutos en África antes del Concilio Vaticano II. Y sin embargo le aseguro que personalmente he visto la Misa Tridentina celebrada en Filipinas y he sido testigo de una devoción increíble. El humus cultural del Vaticano II se ha apagado ya; los años sesenta habían prefigurado un camino que luego se reveló fallido. Hablo a nivel social y antropológico, no eclesiástico: la Iglesia hizo concesiones al mundo, prudentes sí, pero a los modernistas nunca les bastan. Ven la reducción de vocaciones, la descristianización de Europa y dicen: no estamos lo suficientemente al paso con los tiempos, hay que hacer más para que la Iglesia sea más abierta o, como se suele decir hoy, inclusiva. Hago una analogía con la familia: en el período en que se promulgó la Sacrosanctum Concilium, los jóvenes sostenían que el padre era demasiado severo, y entonces se reformuló la idea de la paternidad. Hoy vemos los frutos de esta horizontalidad del proceso educativo; incluso escucho a chicos que se quejan de que los padres no son lo bastante severos. ¿Comprende lo que quiero decir? Buen día, Padre, estoy seguro de que un día todas estas disputas se disolverán; mientras tanto, recemos.
EliminarEstimado Alessandro,
Eliminaren lo que respecta a la comparación entre el Vetus Ordo y el Novus Ordo, para estar en plena comunión con la Iglesia es necesario acoger con confianza las disposiciones pontificias actuales. Como los mismos Papas repiten desde hace decenios, el desorden litúrgico no depende de que la reforma conciliar sea equivocada, sino de la falsificación que de ella han hecho los modernistas.
En cuanto a la admisión en la Iglesia de quienes quieren entrar o al juicio sobre quienes están dentro, efectivamente se ha difundido una actitud de facilidad que no tiene en cuenta las condiciones esenciales de pertenencia a la Iglesia. También se encuentran en la Iglesia aquellos que, diría Cristo, no tienen el vestido nupcial para participar en el banquete.
Es necesario recuperar una mayor atención a los requisitos indispensables de pertenencia; de lo contrario, como dice el Salmo 80, la viña del Señor viene a ser devastada por el animal salvaje y por el jabalí del bosque. Sin duda hay que tener misericordia y comprensión hacia los débiles, pero es necesario procurar que tampoco los pequeños sean escandalizados.
¿Cómo se sale de esto?... sencillo: al margen de la FSSPX, se sale desmontando completamente el Concilio Vaticano II, que fue enteramente modernista y herético (véase: https://www.youtube.com/watch?v=WfXuK1bgOA0&t=1848s). Pero esto lo podrá hacer solo un Papa; no es pensable convocar un Concilio Vaticano III. Esto sucederá cuando la Providencia lo permita. Antes, sin embargo, tendremos que tocar fondo, invadidos por los islámicos protegidos por la Nostra Aetate de los herejes conciliares.
ResponderEliminarQuerido Pier Luigi, su discurso me hace comprender que usted no ha entendido el programa de reforma del Concilio. Lo estoy explicando ampliamente en el artículo que estoy publicando por entregas. También el Santo Padre actualmente está ofreciendo estas explicaciones.
EliminarRecuerde que los Concilios Ecuménicos son asambleas eclesiales asistidas por el Espíritu Santo. Ciertamente Cristo no ordenó explícitamente convocarlos. La decisión provino de la misma Iglesia desde los comienzos. En efecto, el primer Concilio fue el de Jerusalén, cuando aún vivían los Apóstoles. La necesidad de reuniones periódicas en una sociedad está dictada por el buen sentido. Tratándose de la Iglesia, encargada por Cristo de ser maestra de la verdad y de las buenas costumbres, nosotros los católicos sabemos que cada Concilio nos indica el camino que debemos seguir en nuestro tiempo. Puede contener directrices pastorales discutibles, pero la doctrina siempre nos explica la verdad del Evangelio.
Como digo en mi artículo, ciertamente hoy la Iglesia se encuentra afligida por muchos males, pero es profundamente injusto atribuir su origen al Concilio. Como estoy explicando en mi artículo con muchos argumentos, estos males nacen de una mala interpretación del Concilio y en parte precisamente de aquellos —y estos son los lefebvrianos— que no han sabido apreciar su valor. No quisiera que también usted se encontrara entre estos últimos.
Así el Instituto Mater Boni Consilii, que mantiene una posición diferente de la FSSPX: https://www.sodalitium.biz/comunicato-riflessioni-sul-motu-summorum-pontificum-2/
Eliminar“(...) La situación de la Iglesia después del Motu Proprio: esperanzas y temores.
No nos corresponde juzgar las intenciones subjetivas de Benedicto XVI al promulgar el Motu Proprio, aunque él mismo las haya manifestado al menos en parte, aduciendo no el motivo de la defensa de la fe, sino el motivo ecuménico de esta disposición, llegando incluso a criticar a la misma Iglesia y a sus ‘predecesores’ de manera inaceptable: ‘Mirando al pasado, a las divisiones que a lo largo de los siglos han desgarrado el Cuerpo de Cristo, se tiene continuamente la impresión de que, en momentos críticos en los que la división estaba naciendo, no se hizo lo suficiente por parte de los responsables de la Iglesia para reconquistar la conciliación y la unidad; se tiene la impresión de que las omisiones en la Iglesia han tenido su parte de culpa en el hecho de que estas divisiones hayan podido consolidarse’.
Podemos preguntarnos, sin embargo, si –más allá de las intenciones– el Motu Proprio es un paso adelante en la solución de la crisis que atravesamos o si, por el contrario, se trata de un grave peligro. Puesto que pasamos del campo de los principios al de los hechos contingentes, es más fácil equivocarse. Veamos juntos los que me parecen motivos de esperanza o de temor para el futuro, teniendo presente que las puertas del infierno no triunfarán sobre la Iglesia de Cristo.
No faltan motivos de satisfacción, como han señalado incluso los comentaristas más críticos del Motu Proprio. El más importante me parece el fracaso –ya oficialmente reconocido– del intento de suprimir para siempre el Misal Romano y el Sacrificio de la Misa. En su carta a los obispos, Benedicto XVI afirma que, con la introducción del nuevo Misal, el antiguo ‘nunca fue jurídicamente abrogado y, en consecuencia, en línea de principio, permaneció siempre permitido’. Con estas palabras Benedicto XVI desautoriza no solo al artífice de la reforma litúrgica, Mons. Annibale Bugnini, que sostuvo exactamente lo contrario (cf. A. Bugnini, La riforma liturgica 1948-1975, CLV Edizioni Liturgiche, Roma, 1983, pp. 297-299), sino al mismo Pablo VI, que en ocasión del Consistorio del 24 de mayo de 1976 declaró expresamente: ‘Es en nombre de la Tradición que pedimos a todos nuestros hijos, a todas las comunidades católicas, que celebren con dignidad y fervor la Liturgia renovada. La adopción del nuevo Ordo Missae no está ciertamente dejada al arbitrio de los sacerdotes o de los fieles: y la Instrucción del 14 de junio de 1971 ha previsto la celebración de la Misa en la antigua forma, con la autorización del ordinario, solo para sacerdotes ancianos o enfermos, que ofrecen el Divino Sacrificio sine populo. El nuevo Ordo ha sido promulgado para sustituir al antiguo, después de madura deliberación, en respuesta a las instancias del Concilio Vaticano II. No de modo diverso nuestro santo Predecesor Pío V había hecho obligatorio el Misal reformado bajo su autoridad, en consecuencia del Concilio de Trento. La misma disponibilidad exigimos, con la misma autoridad suprema que nos viene de Cristo Jesús, para todas las demás reformas litúrgicas, disciplinarias, pastorales, maduradas en estos años en aplicación de los decretos conciliares’.
Quien fue testigo de aquellos días recuerda con tristeza el caso de sacerdotes que hasta entonces habían celebrado con el rito ‘antiguo’ y que lo abandonaron por obediencia a Pablo VI, y de otros que, continuando a celebrar con el Missale Romanum, sufrieron toda clase de persecuciones. Hoy podemos decir que el intento de Pablo VI de destruir totalmente y prohibir la celebración de la Misa ha fracasado, incluso oficialmente. Esta evidente contradicción (para quien tiene memoria) entre Pablo y Benedicto no puede sino sembrar división en el campo de quienes sostienen el Concilio y sus reformas. Ejemplar, a este respecto, la declaración hecha al diario Repubblica por el obispo de Sora, Aquino y Pontecorvo, miembro de la comisión litúrgica de la conferencia episcopal italiana: ‘No consigo contener las lágrimas –dijo– estoy viviendo el momento más triste de mi vida de obispo y de hombre. Es un día de luto no solo para mí, sino para los muchos que han vivido y trabajado por el Concilio Vaticano II. Ha sido cancelada una reforma por la cual trabajaron tantos, al precio de grandes sacrificios, animados solo por el deseo de renovar la Iglesia’.
EliminarDesde este punto de vista, el Motu Proprio es un punto a nuestro favor, ya que demostrará abundantemente el espíritu de desobediencia de los más convencidos partidarios del Vaticano II. Con el Motu Proprio, además, los bautizados tendrán alguna posibilidad más de ver nuevamente, o por primera vez, la liturgia de la Iglesia y de habituarse de nuevo a ella: un paso gradual pero humanamente necesario para salir de la enfermedad espiritual que nos ha golpeado desde hace cuarenta años.
Estos beneficios serán, sin embargo, vanificados si los católicos que hasta ahora han permanecido fieles a la doctrina y a la liturgia católica aceptan, con el Motu Proprio, la ‘validez y santidad’ del nuevo misal y la doctrina del Vaticano II. En este caso, el Motu Proprio, lejos de ser un paso (o un salto) hacia la curación, será –como objetivamente es– un engaño fatal para reabsorber a los católicos refractarios a la reforma neomodernista. Tenemos ante los ojos los repetidos ejemplos de quienes ya, en los años y decenios pasados, aceptaron un compromiso entre la verdad y el error: la fe o es íntegra, o no es.
El Motu Proprio, finalmente, preconiza una contaminación entre los dos ritos, según la intención manifestada varias veces por el cardenal Ratzinger de llegar, en un futuro, a un único rito romano fruto de la evolución del romano y del reformado. En efecto, aunque el Motu Proprio afirma repetidamente que el Misal ‘antiguo’ y el de Pablo VI pueden coexistir como dos formas (extraordinaria y ordinaria) del rito romano, se percibe en realidad que los dos rituales no pueden coexistir, pues uno nació para suplantar al otro. El único modo de salvar la Reforma sería entonces realizar una ‘reforma de la reforma’, que tendría sin embargo el efecto de destruir –si alguna vez fuera posible– la milenaria liturgia romana que ni siquiera Pablo VI logró extirpar. Ya el misal ‘liberado’ por el Motu Proprio es el reformado por Juan XXIII; ya Benedicto XVI quiere alterarlo ulteriormente con la inserción del vernáculo, de nuevos prefacios, de nuevas misas propias: muy pronto el abrazo del Motu Proprio se revelará más peligroso para la Misa que el persecutorio discurso del 24 de mayo de 1976, pues correrá el riesgo de desaparecer por alteración y no más por supresión.
La última conclusión será, por tanto, la de no cambiar mínimamente nuestra actitud de intransigente oposición a todas las doctrinas y reformas modernistas. Nuestra intransigencia no busca obtener honores o reconocimientos; ella busca, y tenemos el deber de hacerlo, obtener una íntegra profesión de fe y una santa administración de los sacramentos, sin ningún compromiso con el error, para la gloria de Dios, la salvación de las almas y el triunfo de la Iglesia.
Querido padre Giovanni, todo lo que antecede es monstruoso. Lean atentamente y en su totalidad el texto en el enlace anterior. San Pío V, en el Concilio de Trento, amenazó con anatema a quienes quisieran modificar el rito por él codificado en el mismo Concilio, es decir, la Misa tridentina. Pues bien, “san” Pablo VI no solo lo modificó, sino que incluso sustituyó heréticamente el antiguo rito con el pseudo-rito modernista y ecuménico nuevo, declarando querer imponerlo con la misma autoridad ejercida nada menos que por el propio San Pío V en su tiempo, en la disposición categórica de mantener el rito antiguo. La de Pablo VI fue pura locura. Más aún, una lúcida determinación modernista.
EliminarMirando atrás, parece imposible que casi todos los cardenales hayan avalado la siniestra maniobra de “poner de lado” el Rito Romano Antiguo, que, visto hoy, ha sido la mayor catástrofe que podía suceder al mundo. Nada de “primavera de la Iglesia”. Y sin embargo ocurrió. Nosotros los hombres somos débiles, pusilánimes y traidores. Grande es la misericordia de Dios, que todavía no nos ha borrado por nuestra ignominia. Pablo VI dijo luego que “el humo de Satanás” había entrado en la Iglesia… pero no dijo que había sido él quien lo había hecho entrar. Cosa capaz de hacer temblar las venas y los pulsos.
Hoy vemos que en el mundo material no puede haber paz mientras siga existiendo el abominable crimen del aborto, y del aborto institucionalizado. De igual modo, en el mundo espiritual no podrá jamás haber paz mientras no sean removidos no solo el *Novus Ordo*, sino todos los abominables frutos del Concilio Vaticano II. Obviamente los dos mundos están estrechamente entrelazados; más aún, el primero depende del segundo.
Será necesario un tiempo desconocido; entretanto, en espera del Día del Juicio, es mejor que cada uno elija de qué lado estar. Mientras tanto, serán los islámicos quienes se encargarán de aclararnos las ideas.
Querido Pier Luigi, he visitado el sitio de ese instituto y me he dado cuenta de que su posición está aún más en contraste con la Iglesia que la de los lefebvrianos, ya que estos al menos reconocen la legitimidad del actual Pontífice, mientras que aquel instituto, siguiendo la tesis del padre Michel Guérard des Lauriers, sostiene que la sede de Pedro está vacante.
EliminarGiovanni Cavalcoli, bravísimo, ha entendido al vuelo. Es más, el Instituto Mater Boni Consilii critica a monseñor Lefebvre y a los lefebvrianos, porque han tenido posiciones vacilantes respecto al Vaticano. Donde usted dice “sostienen que la sede de Pedro está vacante”, la tesis de Cassiciacum hace la distinción entre papa materialiter y formaliter. La cuestión está explicada con bastante profundidad aquí: https://www.sodalitium.biz/wp-content/uploads/2025/08/soda-76it.pdf, en el editorial y en el artículo de don Piergiorgio Coradello.
EliminarQuerido Pier Luigi, llevo decenios demostrando en mis publicaciones que la actual invasión del modernismo no es efecto del Concilio, sino de su falsificación, sobre todo por obra de los rahnerianos. Si usted, por tanto, desea sinceramente que la Iglesia sea liberada del modernismo, el único camino es aplicar de manera sincera y correcta las reformas conciliares. Pero, sobre todo, se trata —como dijo Benedicto XVI— de aceptar las nuevas doctrinas que nos indican cómo refutar el modernismo. En cuanto a la pastoral, el Papa dijo que puede ser discutida. En efecto, aquí existe una tendencia buenista, que favorece el laxismo y el indiferentismo religioso, y que debe ser corregida, recuperando una cierta severidad unida a la misericordia.
EliminarQuerido padre, respetuosamente disiento. Sobre la base de los textos enlazados antes, el Concilio debe simplemente ser cancelado. Pero antes debemos tocar fondo; aún no hemos llegado.
EliminarQuerido Pier Luigi, llevo sesenta años recogiendo noticias sobre el Concilio, ya sea de fuentes oficiales, de teólogos fieles a la Iglesia o de informaciones relativas a los acontecimientos eclesiales, habiendo trabajado además ocho años en la Secretaría de Estado con San Juan Pablo II. Por eso, permítame dudar de la fiabilidad de la fuente que usted me cita.
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