sábado, 28 de marzo de 2026

La muerte que quita la muerte: el misterio del sacrificio de Cristo

La dialéctica hegeliana, con su fascinante juego de afirmación y negación, ¿puede realmente explicar el misterio de la cruz? ¿Es el mal un paso necesario hacia el bien, o más bien una herida que debe ser sanada y eliminada? ¿No es blasfemo pensar que la salvación del hombre sea la conclusión de un silogismo, cuando en realidad es fruto del amor gratuito del Padre y del sacrificio del Hijo? ¿Qué significa que la muerte de Cristo sea una muerte que mata la muerte y devuelve la vida? En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli desenmascara las ilusiones del buenismo y del logicismo hegeliano, recuerda que el pecado no se supera sino que se anula, y nos invita a redescubrir que la verdadera victoria sobre el mal no es efecto de la dialéctica, sino del amor divino que transforma el sufrimiento en expiación y nos abre el camino hacia el hombre nuevo. [En la imagen: fragmento de "Cristo crucificado", óleo sobre lienzo, de alrededor de 1667, obra de Bartolomé Esteban Murillo, conservado en la colección del Museo Nacional del Prado, Madrid, España].

La muerte que quita la muerte
El misterio del sacrificio de Cristo

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el 13 de marzo de 2021. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-morte-che-toglie-la-morte-il-mistero.html)

¡Oh muerte, yo seré tu muerte!
(Oseas 13,14)

La parte de verdad de la dialéctica hegeliana

La dialéctica hegeliana tiene una parte de verdad tanto desde el punto de vista lógico, como en su aplicación a la realidad: desde el punto de vista lógico es cierto que la afirmación absoluta requiere la negación de la negación y desde el punto de vista de la realidad es cierto que la afirmación de la vida requiere la supresión del enemigo de la vida y que para afirmar el bien es necesario eliminar el mal.
Desde el punto de vista de la dinámica de la realidad y de la acción moral, Hegel tiene también razón al decir que la negación de la negación, o sea el castigo del delito, que ha sido negación práctica de lo justo, restablece la justicia violada y reconduce coercitivamente el delincuente al interior del orden, más allá del cual ha ido con la violencia (trans-gredido, trans-gressus).
Y luego Hegel observa con fineza que con este acto "el delincuente viene a ser honrado como ser racional" ¹, porque es darle lo correspondiente a aquello que él mismo ha querido hacer. El castigar, de hecho, supone el respeto de la persona como sujeto libre y responsable: no se castiga a los neonatos, a los dementes, a las máquinas o a los animales.
Hegel muestra así tener un concepto correcto de la justicia punitiva divina y humana, como por lo demás lo tenía Lutero, quien distinguía bien el infierno, donde ponía al Papa, del paraíso del cielo, donde habría ido él, y estaba bastante lejos de imaginar que todos se salvan, como han fantaseado Von Balthasar y Rahner.
"La coerción -dice Hegel ²- se elimina con la coerción", mientras que al mismo tiempo él distingue la coerción como sanción penal de la violencia como negación de la libertad y, por esto mismo, de la justicia. El castigo no violenta la voluntad del castigado, porque, como observa Hegel correctamente ³, la voluntad en cuanto libre, no puede ser violentada, sino que el castigo no es más que una "retribución", por la cual la justicia "hace al delincuente aquello mismo que él ha hecho" ⁴, como dice el Salmo: "su violencia cae sobre su cabeza" (Sal 7,17). Es cierto que el malhechor no quiere ser castigado y, sin embargo, quiere lo que amerita castigo. ¿No lo sabías antes? Después no te quejes.
Por cuanto luego respecta a la misericordia divina, debemos recordar contra Lutero que ella no es Dios finge no ver o absolver al culpable, sino que es un acto de amor preveniente divino, con el cual Dios, que conoce muy bien y reprueba el pecado del pecador, lo purifica de la culpa con la sangre de Cristo, induciéndolo al arrepentimiento, a la conversión y a la expiación del pecado.
Sobre este punto, lamentablemente, Hegel, en cambio, se ve afectado del misericordismo luterano, que supone la reducción del actuar al padecer, por lo que el pecado no es visto como un acto voluntario y responsable merecedor de castigo, sino que es debilidad o fragilidad merecedoras de compasión.
Sucede entonces, en la visión hegeliana, como en Lutero, según el cual Dios perdona, pero entendiendo el perdón divino no como la cancelación de una culpa, sino como "superación" (Überwindung) del pecado, que por tanto queda como factor dialéctico constructivo de la síntesis concreta de positivo y negativo, que es el bueno-malo del actuar humano, justus simul et peccator.
Recordemos que para Hegel no existe bien sin mal, no hay vida sin muerte y viceversa. Ésta es la famosa circularidad de la dialéctica hegeliana, asumida por la masonería esotérica ("keine Leben ohne Tod, keine Tod ohne Leben", no hay vida sin muerte, no hay muerte sin vida).

La historia humana no sucede por necesidad lógica sino por efecto de la voluntad

El error de fondo de Hegel, como todos saben, ha sido el de reducir la realidad a la lógica. ¿Qué cosa ha sucedido? Han surgido dos gravísimos inconvenientes. Primero, que la existencia y la supresión del mal no dependen de la voluntad, sino que son una necesidad lógica. Por consiguiente la existencia del mal deviene metafísicamente necesaria: el mal deviene bueno o se identifica con el bien o el bien y el mal, la vida y la muerte, son inseparables. El conflicto no se resuelve, sino que es absolutizado. Es la famosa circularidad hegeliana, representada por la esvástica. Y, segundo, que la muerte y el mal se han vuelto insuprimibles, han sido absolutizados.
En realidad, la negación de la afirmación es necesaria en la lógica para reafirmar y confirmar, negando la negación, la afirmación inicial (tesis), al eliminar la negación (antítesis). Por ejemplo, si yo quiero afirmar que el alma es inmortal, para hacer una buena demostración, debo poder negar aquello que niega la inmortalidad. Debo mostrar que no es mortal. Se necesita una argumentada negación, que luego viene a ser negada o desmentida para demostrar la veracidad de la afirmación.
De hecho, en lógica es imposible tener fundadamente  y apodícticamente un concepto o una definición sin oponerse a su opuesto. En esto Hegel tiene razón. Por ejemplo, no se puede tener el concepto del ser sin el del no-ser, el concepto de lo verdadero sin el de lo falso, el concepto del bien sin el del mal, el concepto de la vida sin el de la muerte, porque se iluminan y se definen recíprocamente.
Por eso Hegel tiene razón cuando dice que para afirmar la verdad es necesario mirar a la cara a lo falso; para afirmar la vida no debemos temer a la muerte, al mortuum, como él dice sugestivamente, sino que es necesario mirar a la cara a la muerte. El simple escape de lo falso o del mal, porque tenemos miedo o nos disgusta, no es el método correcto.
El soldado que, aun sabiendo que podrá vencer, se niega a combatir por la salvación de la Patria, porque teme que lo maten, es un bellaco, es decir, un vil cobarde. El pacifista que, con el pretexto de respetar el quinto mandamiento, no defiende al débil del opresor, es un vil cobarde. El obispo que, con el pretexto de la divina misericordia, no castiga sino que adula al hereje, es un vil cobarde. Todos ellos, si no son juzgados por la justicia humana, serán golpeados por los rayos de la ira divina.
En cambio, nos dice Hegel, es necesario saber encontrar el bien incluso donde existe el mal, encontrar algo incluso donde parece que no encontremos nada, encontrar lo verdadero también donde existe lo falso; es necesario conocer la esencia tanto de lo uno como de su opuesto y saber demostrar por medio de la negación que los sabemos desenmascarar y vencer o superar. Es el mismo método de santo Tomás de Aquino.
Observamos, por otra parte, con una interpretación benévola de Hegel, que la verdadera victoria no es destruir al enemigo, sino someterlo. Así, Cristo no anula al demonio, sino que se lo subyuga. Es el pecado lo que debe ser anulado. Lo que quiere decir que es necesario distinguir el pecado del pecador. Sin embargo, si el malvado no debe ser anulado, el pecado debe ser anulado.
Pero en este punto nos despegamos del luterano Hegel, quien se deja influenciar por el concepto luterano de peccatum permanens, del pecado "cubierto" y no anulado, utilizando su lógica de la contradicción y una vez más cambiando lo existencial por lo conceptual. Es cierto que el concepto del pecado sirve para hacerse el concepto de la justicia; pero eso no quiere decir que uno pueda ser justo en el momento en el cual peca. Puede permanecer la inclinación a pecar (concupiscentia), pero no el acto del pecado.
El error de Hegel es, por lo tanto, el de emparejar contradictoriamente afirmación y negación, y provocar, por consiguiente, desde el punto de vista moral, el vicio de la duplicidad y de la hipocresía. Y por otra parte, su equivocación es también creer que incluso en la realidad, cualquier realidad, también Dios, no pueda existir nada sin su opuesto.
La pura identidad para él es una simple vacía abstracción que no refleja lo verdadero, porque para él, como para Heráclito, el ser es devenir, el ser cambia, y él no explica el devenir como Aristóteles como el paso de la potencia al acto, que mantiene la identidad analógica del ser, sino que lo explica con la famosa contradicción del ser-no-ser.

El fundamento metafísico del logicismo hegeliano

En efecto, como es bien sabido, Hegel parte de una concepción del ser no como ser analógico como en santo Tomás, ni como ser unívoco como en el beato Duns Escoto, sino como ser equívoco, porque él parte de un concepto de tal modo abstracto del ser, que el ser aparece como vacío de cualquier contenido, de modo que le parece coincidir con la nada. El término "ser" es equívoco, porque puede significar A y no A. Por ejemplo, el término "hombre" puede significar "hombre" y "no-hombre".
El ser para Hegel es uno y todo a un tiempo, aquello que él llama totalidad (Totalität). Es unívoco y equívoco al mismo tiempo. Unívoco porque es uno; equívoco porque es unidad de ser y nada. Es uno porque no es analógico, sino que es identidad y síntesis del ser y no ser, de Dios y mundo, del ser y pensamiento, de ser y devenir, de finito e infinito, de uno y de múltiple.
El ser es el Absoluto, que lo contiene todo en sí. Y el Absoluto es la totalidad de todo, unidad sintética y dialéctica de los opuestos. Nada existe fuera del Absoluto. Por eso el sistema de Hegel ha sido definido con varios apelativos, cada uno de los cuales designa un aspecto del sistema: monismo, idealismo panteísta, panlogismo, historicismo absoluto, pantragismo.
Para Hegel, Dios no es creador del mundo de la nada, porque el mundo es la concretización, la determinación, la finitización y la historización de Dios. Famosa es la frase de Hegel: "sin el mundo Dios no es Dios". El hombre deviene Dios y Dios deviene hombre. Dios es a un tiempo eternidad e historia. Es quietud e inquietud. Es autoconciencia y silogismo. Es espíritu y naturaleza. Es sujeto y objeto.
Así, el ser, para Hegel, es todo y lo contrario de todo. De aquí él deduce que el ser tiene inescindiblemente en sí mismo también su propia negación, el no-ser o nada. Y esto valdría para todo ente, incluso para Dios. Pero a esto se suma con coherencia su gnoseología idealista, para la cual el ser y el concepto de ser son la misma cosa. Por eso, para él, así como es imposible formar el concepto del ser sin el concepto del no-ser, así el ser, cualquier ser, comprendido Dios, es ser que por esencia se autoniega en la nada, aunque permaneciendo ser.
El enfoque idealista lleva a Hegel a su bien conocida y declarada identificación de la metafísica con la lógica. Por lo cual, el objeto de la metafísica, que sería el ente real existente, id cuius actus est esse, para decirlo con santo Tomás, se resuelve en el ente pensado en cuanto pensado, en el cogitatum, para decirlo con Husserl, o sea en el ente de razón o ente ideal. Por eso, mientras el objeto de la metafísica es el existente en la realidad externa, el objeto de la lógica es el concepto del ente inmanente a la razón.
De aquí viene que mientras el ente metafísico es analógico, es decir, uno y múltiple, es trascendental y está más allá de todos los géneros, superando infinitamente la limitada capacidad de la razón, y elevándose como puro acto de ser hasta el ipsum Esse per se subsistens, el ente de la lógica es un ente uno, abstracto y unívoco, genérico, simplicísimo y universalísimo, comprensible por la razón, sobre el tipo del ente del beato Duns Scoto, por debajo del cual tenemos las diferencias, primera entre todas la distinción entre ser y no ser. Por debajo de la categoría de ser, la primera división es aquella entre finito (mundo) e infinito (Dios).
En tal modo, sin embargo, se corre el riesgo de concebir el ser divino como si fuera una diferencia del género "ser" y que, por consiguiente, la esencia divina devenga un contenido interno de nuestra razón. Duns Escoto se salva diciendo que Dios es infinito, mientras nosotros somos finitos, superando la lógica y recuperando así el ente real de la realidad externa. Pero Hegel pone lo finito y lo infinito como diferencias del ente lógico-racional y cae en el racionalismo panteísta. Sin embargo, para ser coherentes hasta el fondo con el concepto escotista del ser, se termina con Hegel.
Otra diferencia entre el ente metafísico y el ente lógico es que mientras el ente metafísico excluye lo contradictorio, en base al principio de identidad, porque es ente y no es no-ente (nada), el ente lógico es a un tiempo ente y no ente, porque lo uno y lo otro son pensados como entes de razón sobre el modelo del ente (ad instar entis). Por eso lo que es contradictorio en metafísica no es contradictorio en lógica. En efecto, mientras la metafísica, tratando del solo existente, no da espacio al no-ser, la lógica da espacio también al no-ser.
En este punto se comprende por qué la metafísica de Hegel identifica el pensamiento con el ser, el ser con el no-ser, el ser racional con el ser trascendente, el mundo con Dios, y por lo tanto es una metafísica racionalista, monista, unívoca, idealista, panteísta y autocontradictoria.
Ahora bien, es necesario observar que es cierto que la nada existe, pero como ente de razón, concebido a modo de ente (ad instar entis). Solo que para Hegel, ignorante de la distinción entre el ente de razón y el ente real, la nada es pura y simplemente ser. Punto y basta. Pero así Hegel no se da cuenta, como han hecho notar algunos críticos, que aparece en el fondo de su pensamiento el espectro siniestro y perturbador del nihilismo, ya que, si la nada es ser, ¿cómo el no será nada?

La metafísica de Hegel termina en una ética voluntarista

Pero Hegel sigue directo por su camino sacando las consecuencias, que se vuelven aterradoras en teología. Así, por ejemplo, si Dios dice "prohíbo el adulterio", este mandamiento se podría entenderse tanto en el sentido de que Dios prohíbe el adulterio, como en el sentido de que lo permite. Una lógica de este género, si así la queremos llamar, se encuentra ya en Guillermo de Ockham, con el pretexto de que Dios es libre de hacer y de ordenar y negar aquello que quiere.
Y de hecho, también el pensamiento hegeliano tiene una impronta sustancialmente voluntarista, en base a su axioma de que "la voluntad se quiere a sí misma". Y de hecho, ¿de dónde le viene al Dios hegeliano del sí y del no, que pueda cambiar las cartas sobre la mesa cuando y como quiera, sin tener que rendir cuentas ante nadie, de dónde le viene sino del voluntarismo? Después de todo, ¿qué es la dialéctica hegeliana sino el marco conceptual del ser y del obrar de este Dios que es y no es, y que puede afirmar y negar simultáneamente lo mismo?
Dicho esto, sin embargo, no podemos dejar de reconocer en la dialéctica hegeliana, que por lo demás Hegel quiere elaborar para explicar el misterio de la Redención ⁵, algunos elementos importantes de verdad, que ahora queremos destacar. Sin embargo, es cierto, por ejemplo, como dice Hegel, que la verdad absoluta y salvífica aparece cuando todo parece falso, la salvación aparece cuando nos parece que estamos perdidos o ya no podemos más, la vida triunfa cuando existe "el imperio de las tinieblas" (Lc 22,53) y así sucesivamente.
Pero la explicación que él da de esta aparente paradoja no es satisfactoria, pues sostiene que lo negativo, alcanzado o llevado al extremo o al máximo, tiene en sí la fuerza y la necesidad lógica para convertir lo negativo en positivo. El fomentar la contradicción y el conflicto obtendría aquello que después el hegeliano Marx llamará "salto cualitativo", es decir, el pasaje a la liberación del hombre.
Ahora bien, este procedimiento puede valer en el conceptualizar, para evidenciar un contraste de conceptos, pero es insensato y desastroso en la realidad, ante todo porque implica un absurdo: el mal, el pecado y el sufrimiento por sí no pueden producir ningún bien, ninguna salvación. Si el sufrimiento produce salvación es sólo porque, asumido por Dios en Cristo, que es la Vida, puede expiar por nosotros ("satisfacción vicaria") el pecado y obtener la misericordia del Padre.
En otras palabras, la potencia salvífica del sufrimiento, es decir, de este "negativo" existencial, es claro que no proviene del sufrimiento como tal ni de una necesidad lógica -aquí está el error de Hegel-, menos que menos proviene del pecado; en cambio, proviene de un acto de libre y gratuito amor divino que transforma el sufrimiento en expiación y medio de salvación. El pretender que la salvación del hombre sea la conclusión de un silogismo, es cosa blasfema y ridícula, que nos dice hasta dónde puede llegar la soberbia de un filósofo por lo demás genial.
Ciertamente también en el devenir de la realidad existe la síntesis que resulta del retorno de la realidad inicial y originaria. Pero esta síntesis no radica en el acoplamiento absurdo y desleal de la tesis con la antítesis (del sí con el no) como en cambio sucede legítimamente en lógica, sino en la superación y en la victoria de la tesis sobre la antítesis, la cual no es anulada, sino conservada.
Sin embargo, existe una antítesis que desaparece y otra que permanece. Aquí es donde Hegel confunde. De hecho, él tiene la pretensión de que la síntesis opera al mismo tiempo una remoción (Aufhebung), una superación (Überwindung), una elevación (Erhebung) y una conservación (Aufbewahrung).
En particular, el error de Hegel es el confundir el quitar con el superar. El pecado no debe ser superado (véase Lutero), sino simplemente eliminado. No se desciende a pactos con el mal. Es solo la justicia la que debe ser superada en una justicia mejor. Este es el verdadero progreso, muy diferente del bárbaro subversivismo y del insensato rechazo modernista de la Tradición.
Es por esto que el doblejueguista, el piadoso e impío Hegel ha parecido ser el maestro tanto de revolucionarios como de conservadores, y se sabe que después de su muerte se formaron las dos corrientes contrapuestas enemigas-amigas de la "derecha" y de la "izquierda" hegelianas. Lamentablemente, esta maldita división se ha reproducido hoy, desde hace 60 años, en el contraste entre modernistas y tradicionalistas. De hecho, tanto la derecha como la izquierda hoy en la Iglesia, tienen frente al papa Francisco básicamente y en el fondo la misma actitud: no la obediencia sino rebelión, hábilmente y pérfidamente escondida en los modernistas; abierta y desembozada en los tradicionalistas.
La solución de este dramático contraste radica en la afirmación de una auténtica posición católica, que, en la obediencia sincera y no fingida o utilitarista al Papa, no es ni ruptura con la Tradición ni conservadurismo preconciliar, sino, como se expresara Benedicto XVI con una óptima fórmula, es "progreso en la continuidad", por lo cual el misterio de la Cruz no es ni simple liberación política ni sacrificio doloroso, sino expiación vicaria, amor excesivo y principio de resurrección.
En la visión cristiana, la antítesis que desaparece es el pecado; aquella que, en cambio, tiene su propia subsistencia insuprimible, es un verdadero sujeto malvado, sea el demonio o sea el alma condenada. En cambio, en la dialéctica hegeliana la negación o antítesis, siendo puramente y solamente lógica, es una simple abstracción, es un ente de razón; por lo cual carece de la escisión ontológica de acción y pasión, que se encuentra en la criatura real; por consiguiente no existe la distinción, entre el pecado, como acto o mal de culpa y el sufrimiento, como padecimiento o mal de pena, propios de la negación real, o más bien del negador, o sea el pecador que se opone a Dios, que comete el pecado y padecr la pena del pecado.
Por lo demás, también en campo lógico la reafirmación de la tesis no debe ser hecha con la síntesis de afirmación y negación, como ha hecho Hegel, sino con la simple negación de la negación, que conduce a la afirmación absoluta, libre de la negación y ya no en compañía de la negación. De otro modo, la contradicción, en lugar de ser eliminada, se mantiene y el conflicto no se resuelve. Es cierto que Hegel habla de "superación" de la negación. Pero esto no basta, si ella queda, aunque sea por debajo de la afirmación, en cuanto conjunción del sí con el no, que el Evangelio prohíbe.
El vicio de fondo de la dialéctica hegeliana, no desprovista de lados buenos, como hemos visto, es la metafísica de Hegel, en la cual no hay una neta oposición entre el ser y el no-ser o la nada, sino que el ser es no-ser y el no-ser es ser. Por eso la justicia permanece con el pecado y el pecado es camino a la justicia. En el fondo, es la metafísica la que subyace implícitamente a la ética luterana.

La salvación no es efecto de la dialéctica, sino del amor

Las cosas son muy diferentes en la realidad y en el verdadero plan divino de la salvación. En realidad, lo bueno y lo justo podrían muy bien existir solos sin la compañía atormentadora del mal y de lo malvado. Si el pecado original no hubiera existido, el hombre a esta hora estaría libre del mal y todos los hombres serían buenos. La ilusión del buenismo es precisamente la de olvidar las consecuencias del pecado original y creer que todos los hombres son buenos.
Esto quiere decir que el mal ha entrado en el mundo no por necesidad lógica sino por la voluntad de la criatura. Mientras que desde el punto de vista lógico es imposible el concepto del bien sin el concepto del mal, desde el punto de vista de la realidad el bien y lo bueno pueden existir perfectamente sin el mal y el malvado.
Del mismo modo, es necesaria una voluntad, en este caso la de Dios, para quitar al hombre el mal del pecado y del sufrimiento y restituirlo al bien. Y aquí entra en función el sacrificio de Cristo, que utiliza el sufrimiento y la muerte, castigo del pecado, precisamente para vencer la muerte y el sufrimiento. Por eso, la reconstitución del bien no es en absoluto, como creía Hegel, el efecto de una necesidad lógica, sino que es el efecto del amor y de la misericordia del Padre por medio del sacrificio del Hijo.
Desde el punto de vista correcto, es el malvado quien permanece en la condición de vencido y sometido al justo: pero el mal debe ser puramente y simplemente suprimido y anulado con el resultado de la pura y simple existencia del bien y del bueno, aunque en el proceso moral (no lógico), que se concluye con el triunfo del bien y del justo, es bueno lo que ha sido el mal y el malvado.
Si decimos que este triunfo final del bien sobre el mal, del justo sobre el malvado es un acontecimiento de la libertad y por lo tanto un hecho real y ontológico y no una conclusión lógica, como quisiera Hegel, esto no quiere decir que sea algo ilógico o que está contra la lógica, o más allá de ella. Está dictado y querido por la razón, no sin embargo en su función lógica, sino en su función práctica. Ahora bien, la lógica y la moral están perfectamente de acuerdo, pero no deben ser confundidas.
No debe reducirse la moral a la lógica, como hace Hegel. Actuar bien es conforme a la lógica, pero no es una operación simplemente lógica, no es un silogismo, aunque sea la puesta en práctica de un silogismo práctico. Actuar mal va contra la lógica no en el sentido de violar el principio de no contradicción, porque lamentablemente el pecado existe, mientras que la contradicción no puede existir. Y también en esto Hegel se equivoca, siempre por su reducción de lo real a lo conceptual, por lo cual identifica lo contradictorio con lo contrario.
La existencia del mal y del pecado justifica la prohibición de cometer el pecado, por ejemplo: no matar. Pero, ¿qué significa no matar? No matar a quien no mata, es decir, no matar al inocente. En efecto, como ya no estamos en el Edén, sino que nos encontramos en esta vida mortal, donde existen el pecado y las consecuencias del pecado, he aquí que la moral no puede imponer sólo mandatos positivos, sino que está obligada, si quiere asegurar el bien, a imponer incluso preceptos negativos.
Queriendo expresarnos según categorías lógicas, como haría Hegel, debemos decir que para vivir virtuosamente no basta la simple afirmación, sino que, como existe la negación, es decir, el mal, si queremos conservar la vida, es necesario negar la negación, o sea, para expresarnos en términos ontológicos, es necesario matar lo que mata la vida.
He aquí el sentido de todas las prácticas que en esta vida obstaculizan o impiden en los modo más diversos la vida física y espiritual, la personal y la social: las prácticas ascéticas, la mortificación, la renuncia, la huida del mundo, los consejos evangélicos, las vigilias, los ayunos, el sacrificio, la expiación, la severidad, la justa ira, la cirugía, las clínicas psiquiátricas, las casas de reposo para ancianos, el sistema judicial, las fuerzas armadas, la legítima defensa, las sanciones penales, la pena de muerte, el encarcelamiento.

No estamos en el Edén y, sin embargo, caminamos hacia el hombre nuevo

Sería muy bello si pudiéramos vivir todos en paz los unos con los otros, felices y tranquilos, en la serena fruición de las recíprocas diversidades, en un eterno afable diálogo de todos con todos, como hermanos, en el amor recíproco, sin privilegios ni desigualdades, en un actuar libre, espontáneo y creativo, sin obligaciones, controles, constreñimientos, vigilancias, castigos, ayunos, vigilias, sacrificios, expiaciones, renuncias o amenazas o represiones, en un continuo progreso moral, gracias a los efectos de un agradable sistema educativo y recreativo, caracterizado por un solícito acompañamiento por parte de los formadores y de su asistencia amorosa, un programa exclusivamente promotor de obras buenas sin condenas ni castigos, o bien, si no somos capaces de buenas obras, en la certeza de estar de todos modos justificados por la gracia, sin sufrir castigos y sin prohibiciones, con un Dios sumamente tierno y dulcísimo, un Dios que es sólo aprobación, comprensión, misericordia y compasión, un Dios permisivo, que promete salvación a todos, mediante la persuasión y sin ninguna imposición o mandamiento perentorio.
Es cierto, sin embargo, que a medida que la vida cristiana se fortalece en el mundo, devienen siempre menos necesarios el ascetismo, la mortificación, la severidad, la coerción, el uso de la fuerza, la austeridad, la abstinencia y la renuncia. "Si tu ojo te escandaliza -dice el Señor (Mc 9,47)- quítalo", como para decir: si no te escandaliza, puedes conservarlo, ya que Dios lo ha creado para gozar de lo bello.
Por lo tanto, los métodos represivos y ascéticos desarrollan ciertamente una función importante y también necesaria en las persistentes condiciones de fragilidad, de miseria, de concupiscencia y de contraste entre la carne y el espíritu propias de la actual naturaleza caída. Pero está claro que en la medida en que ya desde ahora, en virtud de la gracia de la redención, el "hombre nuevo" sustituye al "hombre viejo" y el hombre espiritual al carnal, y aparecen las primicias de la futura resurrección, las muletas, las prótesis, las armas, las cárceles, las penas de muerte y diversas creaciones y expedientes que utilizamos para defendernos del pecado, de los agresores y de las tentaciones, resultan cada vez menos urgentes, como el enyesado al brazo ya no le es necesario cuando el miembro está curado.
Sin embargo, en este camino paulatino de sustitución, es necesario proceder sí con decisión y confianza, pero también con cautela, realismo y equilibrio, sin utopías y sin pesimismos, dualismos y excesivos temores, para evitar por una parte el laxismo, el hedonismo y la molicie con el pretexto del "hombre nuevo" sobre el ejemplo de Lutero que abolió los votos religiosos o de los comunistas que quieren abolir la propiedad privada o de los nudistas que creen haber retornado al Edén o de los pacifistas que quieren abolir el servicio militar y la pena de muerte.
Si se puede avanzar, es necesario avanzar. Se prueba y si el experimento falla, se retrocede y se esperan tiempos mejores. No debemos ser imprudentes, pero tampoco temerosos y demasiado amantes de la seguridad, de lo contrario se pierden las buenas ocasiones.
El buenismo, por su parte, para poder de algún modo funcionar y dar la ilusión de poder evitar el ascetismo y el sacrificio, recurre a los miserables expedientes de rebajar el ideal cristiano de perfección al nivel de una banal y escuálida terrenidad o de ignorar las consecuencias del pecado original o hacer de cuenta de no ver el mal o hacer acepción de personas o evitar hacer justicia.
No es el pecado lo que quita el pecado, sino que es la muerte de Cristo inocente lo que quita el pecado y la muerte. No se remedia el mal con el mal, sino con el bien. Es necesario que la negación sea un bien, que puede ser un mal de pena, puede ser la misma muerte, pero, siendo una muerte expiativa o sacrificial como la de Cristo, es una muerte salvífica, una muerte que mata la muerte y devuelve la vida.
Ex morte vita. Hegel hablaba del "inmenso poder de lo negativo", que negándose a sí mismo obtiene lo positivo. Para Hegel, esto no es otra cosa más que un necesario proceso lógico. La negación de la negación reconstituye la afirmación. Esto puede valer en la lógica, pero no en la vida.
La vida puede ser restituida al hombre sólo por la voluntad humana unida a la divina y por el poder infinito del Dios de la vida, actuando en Cristo, el cual toma sobre Sí el sufrimiento del merecido castigo del hombre y le da a este, mal de pena, en virtud de su divinidad, el poder de cancelar el pecado, mal de culpa, y de restaurar la vida.
El negativo hegeliano no distingue entre mal de pena y de culpa. De ahí la idea hegeliana de la guerra como factor necesario de progreso y de la conflictividad como elemento normal de la convivencia humana. Y en cambio, como se ha dicho, no es el pecado el que restablece la justicia, sino que es el mal de pena, el sufrimiento, que, hecho propio por Cristo, quita la culpa y expía la pena, obteniéndonos un vida bienaventurada y sin sufrimiento.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 7 de marzo de 2021

Notas

¹ Lineamenti di filosofia del diritto, Editori Laterza, Bari 1990, p.90.
² Ibid., p.85.
³ Ibid. 
Ibid., p.91.
⁵ Véase, por ejemplo, Emilio Brito, La christologie de Hegel. Verbum Crucis, Beauchesne, Paris 1983; Hans Küng, Incarnazione di Dio, Queriniana, Brescia 1972; y mi libro Il mistero della redenzione, Edizioni ESD, Bologna 2004, c.VI.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum salus sit effectus dialecticae vel amoris divini manifestati in sacrificio Christi  

Ad hoc sic procediturVidetur quod salus sit effectus dialecticae.
1. Quia Hegel tenet quod negativum ad extremum deductum convertitur in positivum, quod veritas apparet cum omnia videntur falsa, et quod vita triumphat cum mors dominatur.
2. Praeterea, dicitur bonum et malum esse inseparabilia, vitam non existere sine morte, et iustitiam non posse affirmari sine peccato, quod ostenderet malum esse necessarium ad bonum.
3. Item, quidam affirmant peccatum non esse tollendum, sed superandum, et contradictionem inter affirmationem et negationem manere debere tamquam motorem progressus, quod implicaret sacrificium Christi non esse expiationem vicariam, sed simplicem superationem dialecticam.

Sed contra est quod propheta Osee annuntiat: o mors, ero mors tua; et Isaias proclamat servum Dei portasse dolores nostros et obtulisse se in expiationem, multos iustificans. Iesus ipse declarat se venisse ut vitam suam daret in redemptionem pro multis et quod sanguis eius effunditur in remissionem peccatorum. Apostolus Paulus docet crucem esse virtutem Dei in his qui salvi fiunt.

Respondeo dicendum quod salus non est effectus necessitatis logicae, sed fructus gratuiti amoris Patris per sacrificium redemptivum Christi. Malum, peccatum et passio per se nullum bonum nec ullam salutem efficiunt. Si passio salutem parit, hoc est solum quia a Christo assumpta potest expiare pro nobis peccatum et misericordiam Patris obtinere. Potentia salutifera passionis non provenit ex necessitate dialectica, sed ex libero et gratuito actu amoris divini, qui passionem in expiationem et medium salutis transformat.
Peccatum non est superandum, sed simpliciter tollendum. Cum malo pactum non fit. Solum iustitia potest superari in iustitia meliori. Mysterium crucis non est mera liberatio politica nec dolorosum sacrificium, sed expiatio vicaria, amor immodicus et principium resurrectionis. Antithesis quae evanescit est peccatum; quae manet est malus subiectus, sive daemon sive anima damnata. Sacrificium Christi utitur passione et morte, poena peccati, ad vincendam mortem et passionem. Non est peccatum quod tollit peccatum, sed mors Christi innocens quae tollit peccatum et mortem. Haec est mors salutifera, mors quae mortem occidit et vitam reddit.
Dialectica hegeliana potest in plano conceptuali adhiberi ad contraria ostendenda, sed in re est insensata, quia confundit ens cum non-ente et malum convertit in viam necessariam ad bonum. Vera victoria non est peccatorem destruere, sed subicere; peccatum autem est abolendum. Salus non est conclusio syllogismi, sed eventus libertatis et amoris. Crux est necessaria ad cognoscendam divinitatem Christi, et virtute crucis suae Christus homines elevat ad caelum. Vita christiana, gratia roborata, nos ducit ad hominem novum, in quo exercitia ascetica et poenae minus necessariae fiunt, quia iam anticipatur futura resurrectio.

Ad primum ergo dicendum quod veritas absoluta non apparet ex necessitate logica, sed ex amore divino qui passionem in redemptionem transformat. Dialectica potest in logica valere, sed non in vita.
Ad secundum dicendum quod bonum potest existere sine malo, sicut fuisset si peccatum originale non exstitisset. Malum non est necessarium ad bonum, sed introductum est per voluntatem creaturae.
Ad tertium dicendum quod peccatum non superatur, sed tollitur. Contradictio non est motor progressus, sed impedimentum. Salus provenit ex sacrificio Christi, qui culpam expiat et vitam reddit. 
   
JG

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