domingo, 29 de marzo de 2026

El sacrificio de Jesús según Alberto Maggi

En este nuevo artículo se abre un debate decisivo: ¿qué significa realmente el sacrificio de Cristo y cómo debe ser entendido frente a interpretaciones que lo reducen a intereses económicos o a metáforas psicológicas? ¿Es la cruz un simple asesinato por codicia, o es la entrega voluntaria del Hijo al Padre para la remisión de los pecados? ¿Puede la redención ser explicada como un mecanismo de equilibrio entre dar y tener, o es más bien fruto del amor gratuito y misericordioso de Dios? ¿No es blasfemo pensar que el Padre haya asesinado al Hijo, cuando en realidad lo ha entregado para nuestra salvación? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli desmonta las lecturas reductivas, reafirma el dogma de la Redención y nos invita a contemplar en la Eucaristía el verdadero sacrificio vicario de Cristo, fuente de perdón, reconciliación y vida eterna. [En la imagen: fragmento de “Crucifixión”, óleo sobre tabla de Juan de Flandes, de principios del siglo XVI, Museo del Prado, Madrid].

El sacrificio de Jesús según Alberto Maggi

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli pubicado el 1° de junio de 2022 en su propio blog. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-sacrificio-di-gesu-secondo-alberto.html)

Un lector me ha propuesto una interpretación del Sacrificio de Cristo elaborada por el conocido teólogo Alberto Maggi.
Lo he examinado detenidamente y siendo cristólogo también yo, habiendo enseñado esta materia en la Facultad de Teologia de Bologna y habiendo escrito algunos libros sobre el tema, aunque apreciando algunos aspectos positivos, debo decir que he notado algunas cosas que contrastan con la doctrina de la fe, tal como está expuesta en el Catecismo de la Iglesia Católica (nn.213-618). ¹
Escribe Alberto Maggi:
1. "Jesucristo ha muerto por nuestros pecados. Esta es la respuesta que se da normalmente a cuantos preguntan por qué el Hijo de Dios ha terminado sus días en la forma más infame para un judío, el patíbulo de la cruz, la muerte de los maldecidos por Dios (Gal 3,13)".
Alberto Maggi parte con el pie equivocado. En efecto, la fórmula correcta es la siguiente, como resulta de las palabras de la Consagración. Cristo ha muerto no "por los pecados", lo que parece ser una exhortación a pecar, como dice Lutero "pecca fortiter et crede firmius", sino que ha muerto para la remisión de los pecados, es decir, para que nosotros fuéramos liberados de la culpa, perdonados por el Padre y reconstituidos en gracia.
Por cuanto respecta al pasaje de san Pablo, debería ser evidente que el apóstol, citando el dicho "maldito quien pende del madero", no pretende en absoluto decir que Cristo haya sido maldecido por Dios, porque esto sería una horrible blasfemia. En cambio, Pablo cita ese pasaje para hacernos entender que la muerte de Cristo ha sido terriblemente malinterpretada por aquellos que no han sabido ver en su crucifixión no un castigo divino, sino ese gesto de supremo amor y de total entrega por el cual el Hijo de Dios inocente ha asumido sobre sí, como está dicho en Isaías cap.53, el castigo del pecado sin haber pecado y al hacerlo así, como dice el Concilio de Trento satisfecit pro nobis (Denz. 1529), es decir, ha pagado por nosotros el débito o deuda del pecado aplacando la ira divina y reconciliándonos con el Padre misericordioso, el Cual gratuitamente en Cristo nos libera del pecado. Este es el dogma del Sacrificio de Cristo.
2. "Jesús ha muerto por nuestros pecados. No sólo por los nuestros, sino también por aquellos hombres y mujeres que lo han precedido y por lo tanto no lo han conocido, e incluso por toda la humanidad que vendrá. Si es así, es inevitable que mirando al crucificado, con ese cuerpo que ha sido torturado, herido, regado por el sudor, escupidas y coágulos de sangre, esos clavos que traspasan su carne, esas espinas clavadas en la cabeza de Jesús, cualquiera que se siente culpable… ¡el Hijo de Dios ha terminado en el patíbulo por nuestros pecados! Sentimientos de culpa que corren el riesgo de infiltrarse como un tóxico en lo profundo de la psique humana, volviéndose irreversibles hasta el punto de condicionar para siempre la existencia del individuo, como bien saben los psicólogos y psiquiatras, a los que no les falta el trabajo con personas religiosas devastadas por escrúpulos y perturbaciones".
Es necesario por otra parte señalar que el fiel que mira al Crucificado indudablemente advierte el peso de la culpa. Sin embargo, sabiendo que Jesús con su sacrificio le ofrece la posibilidad de liberarse de la culpa, uniéndose con amor y corazón arrepentido al sacrificio de Cristo, se une precisamente a este sacrificio de modo tal que se beneficia de la gracia redentora que emana del Hijo de Dios y así, investido de esta gracia, obtiene del Padre ese perdón que el Hijo ha obtenido gracias a su cruz.
Siendo así las cosas, es importante no exagerar el propio sentimiento de culpa, porque es suficiente este acto de arrepentimiento, de amor y de confianza en la misericordia del Padre, que se revela a través del sacrificio de Cristo, para ser liberados de la culpa y encontrar la alegría y la paz de redescubrir la benevolencia y la gracia del Padre.
También cabe señalar que el fenómeno de los sentimientos de culpa que se infiltran en lo profundo de la psique y la comprometen de modo irreversible, este fenómeno no tiene nada que ver con la verdadera conciencia de haber cometido una culpa contra la voluntad de Dios, es decir, un pecado. En efecto, en el primer caso tenemos simplemente una herida psíquica, que puede ser abordada y tratada también con un cierto éxito por el psicoanálisis, pero que lamentablemente a veces se mantiene incurable. En cambio, en el segundo caso nos encontramos ante un acto de la voluntad pecadora, la cual tiene siempre la facultad de convertirse y hacerse buena  arrepintiéndose del pecado cometido y haciendo penitencia.
Por cuanto respecta a la herida psíquica, ella no es culpable, sino que es un simple hecho patológico, que indudablemente causa sufrimiento, pero que puede ser soportada en descuento de los propios pecados y en unión precisamente al Sacrificio de Cristo, el cual no nos libera del sufrimiento en esta vida y sin embargo lo alivia y le da un valor redentor.
3. "Sin embargo, basta leer los Evangelios para ver que las cosas son diferentes. Jesús ha sido asesinado por los intereses de la casta sacerdotal en el poder, aterrorizados ante la idea de perder el dominio sobre el pueblo, y sobre todo de ver desvanecerse las riquezas acumuladas a costa de la ingenuidad de la gente.
La muerte de Jesús no se debe solo a un problema teológico, sino económico. Cristo no era un peligro para la teología (en el judaísmo había muchas corrientes espirituales que competían entre sí, pero eran toleradas por las autoridades), sino para la economía. El delito por el cual Jesús será eliminado es el haber presentado a un Dios completamente diferente de aquel impuesto por los líderes religiosos, un Padre que a sus hijos no pide, nunca, sino que da, siempre. La pujante economía del templo de Jerusalén, que lo convertía en el banco más seguro de todo el Medio Oriente, se regía sobre los impuestos, sobre las ofrendas y, sobre todo, sobre los rituales, para obtener -a cambio de un pago- el perdón de Dios. Había todo un comercio de animales, de pieles, de ofrendas en dinero, frutas, grano, todo por el honor de Dios y los bolsillos nunca saciados de los sacerdotes, 'perros voraces que no se sacian' (Is 56,11)".
Por cuanto a la delicadísima cuestión de quién ha querido la muerte de Jesús, el Nuevo Testamento nos hace comprender claramente que en la muerte de Jesús han concurrido dos voluntades completamente opuestas: la voluntad del Padre, voluntad misericordiosa y salvadora, la cual ha querido el sacrificio del Hijo, como se desprende claramente del diálogo entre el Padre y el Hijo en la Carta a los Hebreos, donde el Hijo dice al Padre: "Me has preparado un cuerpo" (Heb 10,5). Y por eso Jesús en Getsemaní, como hombre, aunque angustiado, ha dicho al Padre que prefería cumplir la voluntad divina, voluntad que es idéntica en el Padre y en el Hijo, antes que su propia voluntad humana.
La otra voluntad, en cambio, ha sido la voluntad malvada de los Sumos Sacerdotes, que han considerado a Jesús como un blasfemo (Mt 26,66). Mientras que los asesinos de Jesús han querido su muerte en cuanto muerte, el Padre celestial ha querido que su Hijo donara su propia vida por nuestra salvación, lo que ha conllevado que Jesús aceptara subir a la cruz.
En el drama de la cruz, por una parte hay una única voluntad divina, que es la voluntad del Padre y del Hijo, en cuanto Dios, y por otra parte hay dos voluntades, a saber, la voluntad del Padre y la voluntad humana del Hijo.
Que luego los Sumos Sacerdotes estuvieran extremadamente irritados porque Jesús les quitara a ellos los fieles para conducirlos a Sí, y que este hecho constituyera un perjuicio económico para los sacerdotes, esto es ciertamente plausible. Sin embargo, si queremos ceñirnos a aquello que explícitamente narra el Evangelio, se mantiene siempre que el motivo de la condena a Jesús no ha sido un reato de carácter económico, sino un delito de carácter religioso.
Al mismo tiempo, no está prohibido considerar que  en esta condena exista la hipocresía, es decir, que los sacerdotes no estaban realmente interesados ​​en el culto divino, sino en los beneficios económicos.
4. "Cuando los escribas, las máximas autoridades teológicas del país, consideradas el magisterio infalible de la Ley, ven a Jesús perdonar los pecados a un paralítico, inmediatamente sentencian: "¡Este blasfema!" (Mt 9,3). Y los blasfemos debían ser muertos inmediatamente (Lev 24,11-14). La indignación de los escribas puede parecer una defensa de la ortodoxia, en realidad está dirigida a salvaguardar la economía. Para el perdón de los pecados, en efecto, el pecador debía ir al templo y ofrecer lo que prescribía la escala de faltas, según la entidad del pecado, enumerando detalladamente cuántas cabras, gallinas, palomas u otras cosas ofrecer en reparación de la ofensa al Señor. Y Jesús en cambio perdona, libremente, sin invitar al perdonado a subir al templo para llevar su ofrenda".
Por cuanto respecta al poder divino de perdonar los pecados, que Jesús se atribuye, los sacerdotes se escandalizan porque saben bien que sólo Dios puede remitir los pecados, pero se desquitan con Jesús porque no creen en su divinidad. Esta es la narración del Evangelio.
Que luego detrás de este escándalo xista la hipocresía, en el sentido de que estos sacerdotes estuvieran más preocupados por los perjuicios económicos que por el poder divino de perdonar los pecados, esto también es muy probable. Sin embargo, no estamos autorizados a generalizar, sino que debemos admitir al menos la posibilidad de que alguno de ellos estuviera sinceramente escandalizado, prescindiendo de los intereses económicos, y por tanto lo hiciera en buena fe.
5. "Perdonad y seréis perdonados (Lc 6,37) es en efecto el impactante anuncio de Jesús: apenas dos palabras que, sin embargo, corren el riesgo de desestabilizar toda la economía de Jerusalén. Para obtener el perdón de Dios ya no hay necesidad de ir al templo, de llevar ofrendas, de pasar por ritos de purificación, nada de todo eso. No, basta perdonar y se es inmediatamente perdonado... Y la alarma crece, los sumos sacerdotes y los escribas, los fariseos y los saduceos, están todos inquietos, sienten que la tierra se desmorona bajo sus pies, hasta que, en un dramático reunión del Sanedrín, el máximo órgano jurídico del país, el sumo sacerdote Caifás toma la decisión. Hay que matar a Jesús, y no sólo a él, sino también a todos los discípulos porque no sólo es peligroso el Nazareno, sino su doctrina, y mientras haya un solo seguidor capaz de propagarla, las autoridades no dormirán tranquilas ('Si dejemos que continúe así, todos creerán en él…', Jn 11,47). Y Caifás, para convencer al Sanedrín de la urgencia de eliminar a Jesús, no se refiere a temas teológicos, espirituales, no, el sumo sacerdote conoce bien a los suyos, portanto brutalmente saca a relucir lo más cercano al corazón de ellos, el propio interés: 'ustedes no entienden nada! ¿No se dan cuenta de que les conviene que un solo hombre muera por el pueblo...' (Jn 11,50). Jesús no ha muerto por nuestros pecados y menos porque esa fuera la voluntad de Dios, sino por la codicia de la institución religiosa, capaz de eliminar a cualquiera que se interpusiera en el camino de sus intereses, aunque fuera el Hijo de Dios: 'Este es el heredero. Vamos, matémoslo y tendremos su herencia' (Mt 21,38). El verdadero enemigo de Dios no es el pecado, que el Señor en su misericordia siempre logra cancelar, sino el interés, la conveniencia, la avidez, que hace a los hombres completamente refractarios a la acción divina".
Por cuanto respecta a la obligación que Jesús impone de perdonar las ofensas, aquí también indudablemente se puede imaginar que la reacción negativa por parte de los sacerdotes esté motivada por el temor al perjuicio económico. Sin embargo, reitero la narración evangélica antes mencionada, que motiva la condena a muerte de Jesús por su supuesta blasfemia.
También reitero que la muerte de Jesús ha sido ciertamente deseada por sus enemigos, pero siempre debe recordarse que, según el dogma de la redención, recabado de la claridad de las Palabras del Señor y de los datos del Nuevo Testamento, el sacrificio de Cristo ha sido querido por el Padre en reparación y expiación de nuestros pecados, como resulta clarísimamente de las palabras mismas de la consagración eucarística.
Además, es necesario reafirmar que, por una parte, Cristo ha querido su propio sacrificio obedeciendo como hombre al Padre, pero por otra parte, que esta voluntad de Cristo era la misma idéntica voluntad del Padre, porque es la voluntad de la naturaleza divina, que en la Santísima Trinidad es una sola, precisamente la voluntad de Dios. Jesús expresa tanto su voluntad divina como humana cuando dice: "Por eso el Padre me ama: porque yo ofrezco mi vida, para luego retomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que la ofrezco por mí mismo, ya que tengo el poder de ofrecerla y el poder de volverla a tomar. Este mandato he recibido de mi Padre" (Jn 10,17-18).
Quien negara estos datos, negaría automáticamente el valor de la Misa, del sacerdocio y de la Redención: una posición aún más herética que la de Lutero, el cual, si bien negaba el valor de la Misa y del sacerdocio, se abstenía bien de negar el valor del sacrificio de Cristo, que para él constituía toda su esperanza de salvación y era la expresión suprema de la misericordia de Dios.
6. "Esta reconstrucción atribuye correctamente la muerte de Jesús a la maldad humana y no a la necesidad de expiar el pecado original, como ha sostenido una tradición teológica, que abreva su agudeza en el Cur Deus homo de san Anselmo de Aosta. A decir verdad, incluso Joseph Ratzinger ha definido esta tradición teológica de muy cruda y ha sostenido que Jesús se encarna por amor, no para hacerse matar.
Como acabamos de señalar, en este campo la conciencia cristiana en general sigue estando marcada en gran medida por una idea tosca y salvaje de la teología de expiación que se remonta a Anselmo de Canterbury, de la cual hemos esbozado las grandes líneas en un contexto anterior. Para muchos cristianos, y especialmente para los que conocen la fe sólo desde lejos, las cosas son como si se viera la cruz insertada en un mecanismo, constituido por el derecho ofendido y reparado. Sería la forma en que la justicia de Dios, infinitamente herida, sería nuevamente aplacada por una infinita expiación. De modo que la historia de la cruz se presenta al hombre como la expresión de una actitud, que se basa en un exacto equilibrio entre el dar y el tener; pero al mismo tiempo, se tiene la sensación de que este equilibrio se base sobre un pedestal ficticio. En consecuencia, se da secretamente con la mano izquierda, que luego se quita solemnemente con la derecha. Con el resultado de que la 'infinita expiación' con la que Dios parece regirse, se presenta bajo una luz doblemente siniestra. De muchos libros de devoción, se infiltra así en la conciencia precisamente la idea de que la fe cristiana en la cruz imagine a un Dios, cuya despiadada justicia haya exigido un sacrificio humano, la inmolación de su propio Hijo. Por lo cual se vuelve con terror la espalda a una justicia cuya tenebrosa ira hace poco fiable el mensaje del amor".
Por cuanto respecta a la cuestión de la metáfora económica, no hay duda de que ella corresponde al lenguaje del Nuevo Testamento. La Escritura ve el pecado como una deuda a pagar, como enseña Jesús en el Padre Nuestro. Esta deuda puede ser remitida, pero es necesario que Cristo resarza al Padre por la pérdida sufrida, la cual consiste en el hecho de que el hombre con su pecado se ha sustraido de la sujeción a Dios y se ha pasado a la parte del diablo.
¿Qué es lo que hace Jesús? La Escritura, manteniéndose en esta metáfora económica, dice que hemos sido comprados por Él, Creador y Redentor, a un alto precio. ¿Cuál es este precio? Es la sangre de Cristo. ¿Qué significa esto? Que Cristo nos ha adquirido con su sangre y nos ha "re-comprado" (redimido), en el sentido de que, en cuanto Dios, después de habernos adquirido con la creación, nos ha adquirido por segunda vez con la redención.
El Padre, por su parte, ha decidido que el hombre pecador le restituyera el honor que le es debido y que por tanto el hombre pudiera ser capaz de hacerlo. Por su amor, ha querido entonces que su Hijo, capaz de darle adecuado honor, se inmolara como víctima inocente en nuestro lugar y para nuestro beneficio (pro nobis), para que así nosotros, participando en su pasión, pudiéramos adquirir el mérito de extinguir el mérito del pecado, en el momento en el cual la deuda nos es perdonada gracias a la sangre de Cristo.
No hay ninguna crueldad en el Padre por haber querido la inmolación del Hijo, sino inmenso amor por el Hijo al confiarle el oficio de Salvador y de Redentor e incluso inmenso amor por el hombre al hacerlo capaz de expiar en Cristo el pecado y adquirir la salvación.
Por cuanto respecta al pasaje de Ratzinger, es necesario decir que está tomado de un libro publicado en Italia en 1968, cuando Ratzinger aún estaba ligado a Rahner. Pero muy pronto tomaría las distancias y en 1981 habría de lanzar a Rahner la acusación de ser un hegeliano. El Ratzinger autorizado es aquel que, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, habría de colaborar en la redacción del Catecismo de la Iglesia Católica, donde está expuesto el dogma de la Redención en los nn. 613-618, retomando la teoría de san Anselmo, cuyo defecto es sólo el hecho de que él parece sostener que Dios sólo podía hacer lo que ha hecho, cuando en realidad también hubiera podido salvarnos de otros modos.
7. "Pero entonces, ¿por qué se habla de sacrificio? Porque en los pueblos antiguos era costumbre sacrificar a la divinidad y así, al final, ha sido interpretada la historia humana de Jesús. Sin embargo, también existen algunos textos de distinto signo. Por ejemplo en Hechos san Pedro dice a los judíos: Vosotros lo habéis matado, Dios lo ha resucitado".
¿Por qué se habla de sacrificio? Porque encontramos esta palabra en la fórmula de la Consagración Eucarística.
Cuando Oseas dice que Dios no quiere sacrificios (Os 6,6) se refiere a los sacrificios de los animales, pero no al sacrificio del Hijo, que es el tema fundamental del Nuevo Testamento y está prefigurado por el cap. 53 de Isaías.
En cuanto a las palabras de Pedro, ellas no excluyen el sacrificio de Cristo, porque el sacrificio ha sido querido por el Padre, mientras que el asesinato ha sido querido por los hombres. El creer, como hacen algunos, que el sacrificio de Cristo conlleve que el Padre lo ha asesinado, no corresponde a la voluntad del Padre, sino que es una blasfemia.
Debemos decir, con san Juan, no que el Padre ha matado al Hijo, sino que lo ha entregado para nuestra salvación, porque el Hijo ha dado su vida, pero no la ha perdido, porque Él, como Dios, la posee en Sí Mismo, y como la ha dado, así la ha vuelto a tomar.
8. "Si entendemos el término sacrificio tal como lo proponemos nosotros, entonces Jesús ha muerto por nuestros pecados en el sentido de que ha anunciado el evangelio, ha indicado el camino de la redención y no se ha sustraído al peligro de ser asesinado (lo hizo sólo al comienzo de predicación). Luego, después de la resurrección, recomendó a los apóstoles que continuaran su obra, advirtiéndoles que serían perseguidos y, tal vez, asesinados".
Las obras de Cristo arriba enumeradas ciertamente contribuyen a procurarnos la salvación, pero no constituyen el momento decisivo que es en cambio el momento de la Cruz, porque es en ese momento que Cristo, ofreciéndose al Padre para la remisión de los pecados, vence al pecado, a la muerte y a satanás.
La eficacia del Sacrificio de Jesús le viene del hecho de que es Dios, la Segunda Persona divina de la Santísima Trinidad, porque si hubiera sido un simple hombre su sacrificio no habría tenido el poder de salvar a la entera humanidad.
9. "Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a los pecadores (Mt 9, 13)".
Estas palabras de Jesús no se refieren a su Sacrificio, sino a los sacrificios de la Antigua Alianza. En efecto, su Sacrificio es exactamente el efecto de la misericordia del Padre hacia nosotros, porque, como dice santo Tomás, el hecho mismo de que nosotros podamos expiar en Cristo por nuestros pecados es efecto de la divina misericordia.
También la misericordia hacia el prójimo se hace posible por la misericordia que el Padre nos ha mostrado, haciéndonos capaces en Cristo de expiar nuestros pecados, porque es el hombre inocente y libre de pecado quien puede ejercer eficazmente la misericordia hacia sus hermanos.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 1° de junio de 2022

Notas

¹ El artículo de Maggi al que aquí parece hacerse referencia puede hallarse en este enlace: https://www.illibraio.it/news/dautore/gesu-cristo-morto-nostri-peccati-503487/?fbclid=IwAR1Lw98bxxKTTrWph2UEq4KSTT5Jg9hCj_wbcAwrHoWEpR0bBoWavVsD7Gg (JG).

_________________________

Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum sacrificium Christi sit verum sacrificium redemptivum a Patre volitum,
vel simplex effectus humanorum commodorum

Ad hoc sic procediturVidetur quod sacrificium Christi non sit verum sacrificium redemptivum.
1. Quia Iesus occisus fuisse dicitur propter avaritiam sacerdotum et causas oeconomicas ad templum pertinentes.
2. Praeterea, dicitur quod idea expiationis exhibet Deum tamquam iudicem crudelem exigentem immolationem proprii Filii, quod videtur esse contrarium misericordiae divinae.
3. Item, quidam tenent quod Iesus non mortuus est ad remissionem peccatorum, sed simpliciter quia evangelium annuntiavit nec periculum occidendi vitavit.

Sed contra est quod propheta Isaias annuntiat servum Dei se obtulisse in expiationem et multos iustificasse. Iesus ipse declarat se vitam suam dare in redemptionem pro multis et sanguinem suum effundi in remissionem peccatorum. Apostolus Paulus docet nos pretio magno esse emptos et crucem esse virtutem Dei in his qui salvi fiunt. Concilium Tridentinum definit Christum pro nobis satisfecisse, debitum peccati solvendo et nos cum Patre reconciliando.

Respondeo dicendum quod sacrificium Christi est verum sacrificium vicarium et redemptivum, a Patre volitum et a Filio libere acceptum. Non est in Patre crudelitas, sed immensus amor, qui Filio officium Salvatoris et Redemptoris commisit et hominem fecit capacem expiare in Christo peccatum et salutem adipisci. Sacrificium Christi non est divinum homicidium, sed voluntaria Filii oblatio, qui vitam in seipso possidet et eam offert ut postea resumere possit.
Metaphora oeconomica debiti respondet Scripturae: peccatum est debitum solvendum, et Christus nos sanguine suo acquisivit, redimens. Pater voluit ut Filius innocens et dignus honorem reddere se immolaret pro nobis, ut nos, passioni eius communicantes, a culpa liberaremur. Efficacia sacrificii provenit ex hoc quod Christus est Deus; si homo tantum fuisset, sacrificium eius non potuisset totam humanitatem salvare.
Opera Christi, sicut evangelium annuntiare et peccata remittere, certe conferunt ad salutem, sed momentum decisivum est crux, ubi vincit peccatum, mortem et Satanam. Sacrificium Christi est summa expressio misericordiae Patris, quia nos reddit capaces expiare peccata nostra in Ipso et misericordiam fratribus exercere. Crux non est mera liberatio politica nec effectus humanorum commodorum, sed mysterium amoris immodici et principium resurrectionis.

Ad primum ergo dicendum quod, etsi sacerdotes commodis oeconomicis moti fuerint, causa ultima crucis est voluntas Patris, qui expiationem peccatorum voluit. Hypocrisis humana consilium divinum non tollit.
Ad secundum dicendum quod in Patre nulla est crudelitas, sed amor. Expiatio non est postulatio iudicis immitis, sed gratuitus misericordiae donus. Pater non occidit Filium, sed eum tradidit ad nostram salutem.
Ad tertium dicendum quod Iesus non solum mortuus est quia evangelium annuntiavit, sed quia vitam suam Patri obtulit ad remissionem peccatorum, et in hoc consistit vera Redemptio.
   
JG

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.