sábado, 14 de marzo de 2026

La "interpretación herética" del Concilio Vaticano II

¿Puede hablarse de una "interpretación herética" del Concilio Vaticano II? ¿No es decisivo distinguir entre el legítimo amor a la Tradición y el falso tradicionalismo que acusa al Concilio de traición? ¿No es igualmente urgente separar el auténtico progresismo evangélico del neo-modernismo que falsea la enseñanza conciliar? En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli comenta una intervención del cardenal Müller en sus primeros tiempos como Prefecto del Dicasterio para la Promoción de la Fe, y muestra cómo tanto lefebvrianos como modernistas incurren en herejía al rechazar las doctrinas del Concilio. ¿No es hora de que la Iglesia aclare definitivamente dónde está el error y libere al Concilio de interpretaciones desviadas? Una reflexión que interpela a todo católico a vivir con confianza en la obra del Espíritu Santo y en la presencia de Cristo que guía a su Iglesia..

La "interpretación herética" del Concilio Vaticano II

(Traducción a lengua española del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado en el blog Riscossa Cristiana el 8 de enero de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/l-interpretazione-eretica-del-concilio-vaticano-ii-di-pgiovanni-cavalcoliop/)

El L'Osservatore Romano del 29 de noviembre de 2012 contiene un artículo del nuevo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, mons. Gerhard Ludwig Müller, titulado "Realmente ha sucedido algo grande" (“Davvero è accaduto qualcosa di grande”), en el que el articulista se refiere a la siempre debatida cuestión acerca de la recta interpretación del Concilio, y trae a escena expresiones hasta ahora inéditas de parte de la Santa Sede y de los Pontífices post-conciliares, pero expresiones de capital importancia, y que arrojan aún más luz sobre esta antigua, controvertida, delicadísima y compleja cuestión.
De hecho, por primera vez se habla de "interpretación herética del Concilio" en clara referencia a la exégesis de la "ruptura", por la que se acusa tanto a los "tradicionalistas" como a los "progresistas". ¿Y por qué herética? Porque mientras que los primeros caen indebidamente detrás de las enseñanzas del Concilio, los segundos "quieren dejar el Concilio atrás, como si fuera solo una etapa a abandonar, para llegar a otra Iglesia".
Ahora bien, está claro que este "retroceso" y "avance" no deben entenderse absolutamente con mentalidad historicista, como si la fe estuviera sujeta a cambios con el paso del tiempo. Se trata en cambio, como debería ser evidente para todos, aún cuando el autor del artículo no se extienda sobre ello, del deber de todo católico de aceptar el Magisterio de su propio tiempo sin resistencia pasadista o huidas hacia adelante falsamente proféticas.
Está claro que aquí los "tradicionalistas" no son aquellos que legítimamente ¹, y en plena comunión con la Iglesia y en el respeto al Concilio, aman evidenciar los perennes valores de la Sagrada Tradición con particular referencia a la Santa Misa Tridentina, notoriamente liberada por el Sumo Pontífice, sino que se trata de aquellos tradicionalistas que, en nombre de su propio arbitrario inmediato contacto con la Tradición, erigiéndose como jueces del Magisterio, pretenden encontrar en el Concilio Vaticano II traiciones o desviaciones del dogma o acentos modernistas o compromisos con los errores del mundo moderno.
En cuanto a lo que el articulista llama "progresistas", es igualmente evidente que él se refiere no simplemente a aquellos católicos que encuentran en el Concilio Vaticano II un desarrollo de la Tradición en la continuidad con su significado perenne e inmutable ²; ni por lo tanto se refiere a aquellos católicos que ven en las enseñanzas del Concilio el rostro de una nueva Iglesia en línea con la del pasado, ni se refiere a aquellos católicos amantes del progreso doctrinal, dogmático, espiritual y moral y que encuentran en las enseñanzas del Concilio las sabias e infalibles indicaciones para tal progreso.
Es evidente, de hecho, que este "progresismo" no es en absoluto herético, sino que es totalmente legítimo, obediente, evangélico, loable y beneficioso, y es el perentoriamente indicado y ordenado por el propio Concilio Vaticano II como modo necesario para vivir hoy en la comunión con la Iglesia el camino de la salvación.
Herético en cambio, como es bien sabido, es el modernismo, el cual desafortunadamente durante mucho tiempo ha aumentado en dimensiones impresionantes, aunque en nuevas formas, como falsa interpretación del Concilio presentándolo precisamente como si fuese modernista, dando así pretexto a los falsos tradicionalistas para oponerse al Concilio. Esta importantísima intervención de monseñor Gerhard Müller pone a la luz algunas cosas que deben suscitar en todo buen católico la máxima atención.
Primera. Las posiciones de mons. Lefèbvre y de sus seguidores no son simplemente "cismáticas", como por mucho tiempo se ha creído y la misma Santa Sede ha dicho, sino que son también y sobre todo heréticas. Y esto porque toda la cuestión no es la del lenguaje no siempre claro del Concilio, la de la recuperación de la Tradición o de las cosas silenciadas o abandonadas por el Concilio, de las famosas ordenaciones ilícitas de algunos obispos, a quienes, además, como se sabe, les ha sido levantada la excomunión, ni es mucho menos la cuestión de la Misa Tridentina, hoy más que nunca oficialmente aprobada y promovida por el mismo pontífice (que luego los obispos se avengan, es otro cantar).
¿Y por qué esas posiciones son heréticas? Porque mons. Lefébvre hizo acusaciones doctrinales gravísimas al Concilio, negando su infalibilidad bajo pretexto de que no contiene dogmas definidos, es decir, acusándolo de liberalismo, naturalismo, indiferentismo, iluminismo, antropocentrismo, todo lo cual de ser cierto, convertiría en herético al mismo Concilio. Pero acusar de herejía las doctrinas dogmáticas de un Concilio es dar prueba de ser, a su vez, hereje.
De ahí la nota severísima de mons. Müller, la cual después de todo no hace nada más que aclarar lo que el Papa había dicho recientemente a los lefebvrianos, es decir, no enseñar que en el Concilio existen "errores" y que si quieren estar en plena comunión con la Iglesia debe aceptar las "doctrinas" del Concilio, doctrinas que, dado que suscitan la cuestión de la herejía, deben ser evidentemente doctrinas de fe, incluso si no se trata de fe explícita y solemnemente definida.
Si en las tratativas de la Santa Sede con la Fraternidad san Pío X, la misma Santa Sede ha admitido que existen partes discutibles del Concilio, esto evidentemente no se refiere a doctrinas, sino a esa parte pastoral, la cual no estando garantizada por la infalibilidad, ciertamente puede contener cosas menos prudentes o que mañana puedan ser cambiadas o incluso abolirse.
Pero incluso en cuanto a aquellos que Müller llama "progresistas", tenemos novedades importantes. También se les llama por primera vez "herejes". Evidentemente, repito, no se trata simplemente de los católicos amantes del progreso, dado que algunos estudiosos han definido correctamente al mismo Concilio Vaticano II como Concilio progresista, tanto es su carácter de "aggiornamento", renovador, reformador, inclinado hacia el futuro del mundo y hacia la misma escatología.
Se trata en realidad de neomodernismo, el cual ciertamente es una herejía, aunque indudablemente existen muchas formas de modernismo, no todas de la misma gravedad o de la misma evidencia. En muchos casos tenemos de ella simples trazas o rastros y ciertamente en personas de buena fe. Pero no faltan casos graves, generalizados, fascinantes e insidiosos, como por ejemplo el rahnerismo.
Por consiguiente, las cosas se están aclarando y debemos agradecer a mons. Müller por esta valiente y clarificadora intervención. Ahora bien, sin embargo, es necesario entrar más en los detalles de la cuestión. Es necesario que la Santa Sede, reconociendo los méritos y las justas exigencias de todos, aclare los puntos donde se encuentra la herejía, tanto en lo que respecta a los lefebvrianos como en lo que respecta a los modernistas. Es necesario de una buena vez que sea eliminado el mal, para hacer resplandecer el Concilio en su verdadera luz y liberar a las almas del error y la injusticia, tranquilizar a los escandalizados y frenar a los impostores.
Para los lefebvrianos no será demasiado difícil, dada la escasez de su número y algunos signos de buena voluntad que ellos están dando. Más difícil será corregir a los modernistas, caídos en errores mucho más graves y arraigados, y llenos de arrogancia por el poder que han logrado conquistar y su convicción de ser la vanguardia de la Iglesia. Pero debemos saber resistir a sus insidias, seducciones y amenazas y tener una confianza absoluta y perseverante en la obra del Espíritu Santo y en la presencia de Cristo que llama a la puerta de nuestros corazones.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 8 de enero de 2013

Notas

¹ Por ejemplo, el Siervo de Dios padre Tomas Tyn, OP [1950-1990], quien se consideraba a sí mismo "tradicionalista", pero estaba en comunión plena y ejemplar con la Iglesia y con el Concilio Vaticano II.
² Un ejemplo de este progresismo saludable es el de Jacques Maritain, en su famoso libro Le paysan de la Garonne.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum interpretatio rupturarum Concilii Vaticani II sit haeretica vel non

Ad hoc sic procediturVidetur quod interpretatio rupturarum Concilii Vaticani II, tam a modernistis quam a lefebvrianis postulata, non sit haeretica.
1. Quia Concilium dogmata explicita et sollemnia non definivit, et ideo legitimum videretur eius doctrinas discutere.
2. Praeterea, quidam affirmant Concilium errores liberalismi, naturalismi vel anthropocentrismi continere, quod criticas lefebvrianorum iustificaret.
3. Item, progressismus qui Concilium transcendere nititur ad novam Ecclesiam, videretur esse forma valida aggiornamenti, in continuatione missionis evangelizatoriae.
4. Denique, cum Sancta Sedes admiserit quasdam partes pastorales Concilii esse discutibiles, videretur quod etiam doctrinae possent revisioni subici.

Sed contra dicit Codex Iuris Canonici, can. 751, quod haeresis est pertinax, post receptum baptismum, error circa veritatem divinam et catholicam, vel pertinax dubitatio de eadem. Ergo accusare doctrinas Concilii oecumenici de errore doctrinali, quae ad fidem Ecclesiae pertinent, haereticum est.

Respondeo dicendum quod interpretatio rupturarum Concilii Vaticani II est haeretica, quia tam regressus falsorum traditionalistarum quam progressus falsorum modernistarum negant continuationem fidei et auctoritatem Magisterii. Lefebvriani, dum Concilium erroribus doctrinalibus accusant, eius infallibilitatem negant et in haeresim cadunt. Modernistae vero, dum Concilium tamquam modernisticum vel tamquam gradum superandum exhibent, eius doctrinam falsificant et similiter haeretici fiunt.
Necesse est distinguere inter doctrinas Concilii, quae ad fidem pertinent et infallibiles sunt, et partes pastorales, quae discutibiles vel mutabiles esse possunt. Progressismus authenticus est legitimus et evangelicus, quia progressionem Traditionis in continuatione cum eius significatione perenni quaerit. Modernismus autem haereticus est, quia errores graves et seductivos inducit, sicut rahnerismus, qui fideles confundit.
Ideo Sancta Sedes debet accurate declarare ubi haeresis reperiatur, tam apud lefebvrianos quam apud modernistas, ut Concilium a falsis interpretationibus liberetur et animae protegantur. Correctio lefebvrianorum possibilis est propter eorum numerum exiguum et signa bonae voluntatis; difficilius autem erit modernistas corrigere, propter potentiam et arrogantiam. Sed Ecclesia confidit in opere Spiritus Sancti et in praesentia Christi, qui ad corda nostra pulsans populum suum dirigit.

Ad primum dicendum quod, etsi Concilium dogmata sollemnia non definivit, eius doctrinae ad fidem pertinent et obedientia recipiendae sunt.
Ad secundum dicendum quod accusare Concilium erroribus doctrinalibus est signum haeresis, quia auctoritatem Magisterii negat.
Ad tertium dicendum quod verus progressus est progressio Traditionis in continuatione, non ruptura ad novam Ecclesiam.
Ad quartum dicendum quod partes pastorales quidem discutibiles sunt, sed doctrinae Concilii infallibiles sunt nec negari nec revisi possunt.
   
JG

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