¿No es cierto que la cristiandad medieval, con sus luces y sombras, conserva un valor permanente que hoy necesitamos recuperar? ¿No deberíamos preguntarnos si la unidad de fe que sostuvo a Europa durante siglos no fue un milagro histórico que contrasta con la fragmentación actual? En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli examina la grandeza y la crisis de la Edad Media, desde la escolástica de santo Tomás de Aquino y del Beato Juan Duns Scoto hasta la decadencia nominalista de Guillermo de Ockham y la ruptura luterana. ¿No es acaso el desprecio moderno por la tradición y la fascinación por el poder técnico un signo de haber olvidado la sabiduría religiosa medieval? ¿No urge hoy, a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, recuperar las raíces cristianas de Europa y el ejemplo de los medievales para configurar una nueva evangelización capaz de enfrentar el nihilismo contemporáneo y el desafío del Islam?. [En la imagen: fragmento de "La coronación de Carlomagno", pintura al fresco, de 1516-1517, obra de los artistas del taller de Rafael Sanzio, en especial Gianfrancesco Penni, conservada en los Museos Vaticanos].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 4 de marzo de 2026
El valor permanente de la Cristiandad medieval
El valor permanente de la Cristiandad medieval
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado en Riscossa Cristiana el 16 de Junio de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/il-valore-permanente-della-cristianita-medievale-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
En la historia aparecen fenómenos de masas que nos presentan, bajo una forma caduca y defectuosa, valores morales universales y permanentes, que por lo tanto siguen siendo siempre modelos colectivos de comportamiento para todos los tiempos y todos los lugares, debidamente liberados de las contingencias históricas superadas y de sus defectos.
Pensemos en el ejemplo de las grandes personalidades, de los héroes, de los maestros y de los santos: ellos van más allá de su tiempo y, si son liberados de los lazos que ellos tienen con su tiempo, también pueden ser modelos para hoy. Algo similar ocurre con los períodos históricos y con las civilizaciones del pasado.
Se sabe cuánta admiración tenía el romanticismo alemán por lo griego, cuánta admiración había nutrido el fascismo por la romanidad, cuánta admiración tenía la cultura francesa napoleónica por la antigua civilización egipcia, etc.
El catolicismo ha nutrido, desde el siglo XIX hasta la época del Concilio Vaticano II, una fuerte admiración por la cristiandad medieval2, precisamente en el momento en que el mundo católico, en parte detrás del impulso del mismo Concilio, comenzó a mirar como a modelo a la propia catolicidad moderna con la mirada puesta también en otras confesiones cristianas, en otras religiones y en otras culturas.
Este enfoque de por sí no es incorrecto y ciertamente ha sido sugerido por el Concilio. Pero también se ha exagerado, cayendo en una forma de neo-modernismo, que ha llevado al desprecio no sólo del cristianismo medieval sino incluso de la propia Iglesia del preconcilio.
Pensemos por ejemplo en el repudio de la así llamada "era constantiniana", que ha sido el estandarte de la Escuela de Bolonia de Giuseppe Alberigo y de la escuela de Giuseppe Dossetti, en nombre de una Iglesia del Espíritu Santo refractaria al papado y a la dogmática post-tridentina, más similar a Iglesia Ortodoxa que a la Católica.
También encontramos algunas ideas similares en la perspectiva de Maritain de un "nuevo cristianismo profano-cristiano" inspirado en el "humanismo de la Encarnación", expuesto en su famoso libro Humanismo integral. Pero en Maritain el aprecio por la teología escolástica y la fidelidad absoluta al Magisterio de la Iglesia de todos los siglos está fuera de toda discusión.
Las posiciones de Alberigo y Dossetti se asemejan a la de Maritain por cuanto respecta al pasaje histórico de la religión de Estado, característica de la "era constantiniana" y del gobierno político católico vigente en el Medioevo a la libertad religiosa y al pluralismo en política promovidos por el Concilio Vaticano II.
En cambio, la posición de Maritain difiere de la de Alberigo y Dossetti en lo que se refiere a la relación de la cristiandad medieval con el catolicismo moderno, en cuanto, mientras que para Maritain la Edad Media sigue siendo, con las debidas adaptaciones, un esencial punto de referencia para el "proyecto histórico concreto de un nueva cristiandad", según la expresión del propio Maritain, en cuanto verdadera realización del Evangelio, para los otros dos autores la idea de cristiandad ha terminado y debe ser sustituida en cuanto la modernidad ha sustituido la cristiandad medieval no en continuidad con ella sino en forma revolucionaria ², que respondería a las auténticas y originarias exigencias del Evangelio y de la moción del Espíritu Santo.
La posición de Alberigo y Dossetti se acerca a la luterana del pretendido retorno al puro Evangelio liberado de la desviación operada por la Iglesia medieval, mientras que Maritain ve entre Medioevo y modernidad una continuidad en el progreso, tomando como criterio de discernimiento de la nueva cristiandad no la modernidad de modo indiscriminado, ni un evangelismo arcaico que descuide los desarrollos de la dogmática medieval y en particular el esencial aporte de santo Tomás, sino operando una distinción en la modernidad entre lo que se concilia y lo que no se concilia con el Evangelio y con el Magisterio de la Iglesia, asumiendo lo primero y rechazando lo segundo.
Decididamente estoy a favor de Maritain, porque él es más respetuoso de la continuidad de la tradición dogmática de la Iglesia, sin por esto descuidar el aporte de novedades que se ha verificado en la Iglesia a partir del final del Medioevo hasta nuestros días, especialmente en el Concilio Vaticano II.
Por lo tanto, el concepto de cristiandad no está en absoluto superado, sino que sigue siendo actualmente una categoría socio-histórica esencial para designar las diversas estructuras o configuraciones colectivas del modo de ser de la Iglesia y de los católicos en los diversos climas histórico-culturales-geográficos del progreso de la humanidad. Se trata, por consiguiente, de una idea en perfecta línea con el concepto de inculturación nacido de las doctrinas del Concilio.
Una realización social del cristianismo del pasado, una pasada "civilización católica", una pasada "civiltà cattolica", sólo para retomar el título de una famosa revista de los Jesuitas, puede ser para nosotros los católicos modelo para hoy, en cuanto encontramos en ella algo bueno que hemos perdido y que es necesario recuperar.
El valor incalculable, lo que tiene de milagroso y que caracterizó la cristiandad europea medieval, como todos saben, pero pocos lo pensamos, ha sido la unidad de la fe católica o al menos de la fe cristiana, si queremos abrazar también a los disidentes del Oriente, los así llamados "Ortodoxos", término que en su significado etimológico (vale decir, de recta fe) se adecúa más a los católicos que a ellos.
Esto hacía que de hecho el Papa y el Emperador gobernaran juntos la entera Europa, unidos tanto desde el punto de vista de la fe como desde el punto de vista de los principios y de las leyes fundamentales del bien común temporal, inspirados en la fe católica. Por eso el Papa era el guía espiritual de Europa y como tal, como lo espiritual guía lo temporal, acompañaba al Emperador y a sus súbditos, dedicados al bien temporal, hacia la plena realización del Reino de Dios: "non eripit terrena, qui regna dat caelestia", como canta un antiguo himno litúrgico. Todos juntos, le daban a Dios aquello que es de Dios y al César aquello que es del César.
Ciertamente, existían los cismáticos del Oriente, pero su separación era nada comparada con la descomunal tragedia que comenzaría con Lutero en el siglo XVI, la así llamada "Reforma", que separó airadamente enteros pueblos y naciones de Roma, que no fue en absoluto un volver a dar forma, como la palabra significaría, sino una remoción de la forma, una deformación, algo hasta entonces completamente inaudito e impensable, que contenía en sí mismo, más allá de algún aspecto positivo, un germen de disolución, que gradualmente iría dando sus frutos en los siglos siguientes hasta llegar a la situación actual.
De modo similar, un miembro amputado del cuerpo durante algún tiempo conserva su forma, pero luego la va perdiendo cada vez más a medida que avanza el proceso de descomposición, aunque en lo que respecta a los fenómenos del espíritu, como es el caso del protestantismo, existen de hecho reinicios y renacimientos, por los cuales ciertos elementos válidos se conservan e incluso pueden progresar.
A nosotros hoy, habituados ya desde hace siglos a las divisiones religiosas, nos cuesta mucho imaginar el horror, el escándalo y la indignación que sufrieron las naciones que permanecieron con Roma frente a esa enorme e impresionante defección: los protestantes, convencidos de haber encontrado el Evangelio originario, los católicos decididos a conservarlo como es y a protegerlo de la deformación protestante.
De ahí la reacción durísima de las guerras de religión, libradas por ambas partes con extrema crueldad, por la convicción de combatir no por intereses terrenos sino por un sagrado deber ante Dios, por la salvación de la propia alma y de la misma cristiandad.
De hecho, el luteranismo está animado de un falso interiorismo y una desmesurada necesidad de libertad, que en realidad es un replegamiento de la conciencia sobre sí misma que ya no implica una adaequatio intellectus ad Deum et Ecclesiam, sino, como extrema consecuencia, una arrogante absolutización del propio yo confundido con Dios, por lo que se verifica el famoso amor sui usque ad contemptum Dei, del cual habla san Agustín, en lugar del amor Dei usque ad contemptum sui, que caracteriza la verdadera religiosidad cristiana.
Sabemos que entre las instancias reformadoras de Lutero se han dado algunas que posteriormente la Iglesia Católica ha aceptado. Sin embargo es necesario decir que en su historia la "reforma luterana" aparece como un edificio bello en sus inicios porque todavía se parecía a aquella casa de Dios que es la Iglesia Católica, pero que más tarde, abandonada a sí misma o a los ladrones o al arbitrio de administradores incompetentes y presuntuosos, quedó privada de un cuidado sabio y perseverante de parte de los habitantes.
Lutero habla mucho del "Espíritu Santo", con quien siempre él se encuentra en directa comunicación, pero en realidad el alma protestante, henchida de sí misma, como lo demostrará la historia de sus frutos a lo largo de los siglos, acabará por separarse progresivamente de un verdadero contacto con el Espíritu Santo, el Huésped del alma, por lo cual esta morada abandonada a sí misma seguirá el infausto destino de las casas deshabitadas y abandonadas: hoy se derrumba una cornisa, mañana un revoque o un yeso, luego se cae una ventana, se perfora el piso, posteriormente se derrumba el techo y al final quedan los cuatro muros derruidos, listos para ser derribados por los vientos y las tormentas o por los vecinos del lugar.
El luteranismo, que comenzó con un fervor espiritual aparentemente superior al del catolicismo, en virtud del principio de disolución antes mencionado, como han puesto en claro los historiadores del cristianismo, ha generado de por sí una serie de monstruos: el fideísmo irracionalista, la falsa mística, el racionalismo iluminista, el fanatismo y las bizarras extravagancias de las sectas, el ontologismo, el individualismo liberal, el idealismo alemán, el panteísmo, el marxismo, el espiritismo, el superhomismo nietzcheano, el nazismo, hasta llegar al nihilismo contemporáneo y la desaparición total de la religión, del sentido de lo sagrado y de la moral cristiana por un puro y simple retorno del crudo paganismo todavía más atrasado y bárbaro (auto-definiéndose como "progresista") que el de los tiempos de Platón y de Aristóteles y de la sabiduría de la antigua Roma.
Naturalmente, se ha mantenido un luteranismo fiel a Lutero y con éste es posible y necesario un diálogo ecuménico con la Iglesia católica ³. Pero es evidente que todos aquellos venenos, que son el fruto de la soberbia luterana, deben ser eliminados sin incertidumbre y con decisión y quienes los asuman con la ilusión de poder "dialogar" quedan irremediablemente envenenados y envenenan a los demás.
Pero la crisis de la cristiandad medieval, como es sabido, ya había comenzado dos siglos antes de Lutero, con la decadencia de la Escolástica, la corrupción del clero y del papado, que derivó en el cisma de Occidente y continuó con la mundanidad del papado renacentista, hecho que justifica de algún modo y en parte la rebelión luterana, como anteriormente había suscitado la desafortunada reacción de Savonarola, un hombre verdaderamente santo y honesto, un verdadero amante de la sana doctrina y de la Iglesia.
Personaje clave en esta compleja y triste historia, Venerabilis Inceptor, como ha sido llamado, inceptor de la modernidad para sus admiradores, inceptor de las desgracias para quienes tienen los ojos abiertos, fue Guillermo de Ockham en el siglo XIV, excomulgado por la Iglesia; pero de poco sirvió tal sabia advertencia.
El punto de inflexión iniciado por Ockham en la teología europea y consecuentemente, en las costumbres, en la política, en la organización de los Estados, en la historia misma de la cristiandad, giro que condujo a su colapso, podría resumirse en un simple principio de carácter gnoseológico, una cierta concepción del conocimiento.
De hecho, de la corrupción del intelecto depende la desviación de la voluntad y, por lo tanto, en definitiva, el buen o mal destino del hombre: parecería tratarse aquí de una sutileza, pero en cambio fue un hecho de importancia epocal. ¿De qué se trata? De la orientación de fondo de la inteligencia, que no está ya orientada al ente, sino a los nombres que designan al ente. De aquí el famoso "nominalismo" occamista, conocido incluso por los alumnos de la secundaria.
Desde aquí vemos inmediatamente la inmensa banalización de la labor del conocimiento operada por Ockham. Ciertamente, Ockham todavía habla de "metafísica", pero la vacía por completo de su significado realista y universal. Es con Ockham que comienza verdaderamente la famosa decadencia de la Escolástica, la cual ya no mira a las cosas y al ser objetivo, sino que se pierde en interminables disquisiciones y distinciones inútiles sobre palabras, significados, ideas y conceptos.
Correcto era el dicho de Ockham "entia non sunt multiplicanda sine necessitate", pero la famosa "navaja de Ockham", bajo el pretexto de eliminar las distinciones inútiles, suprimió las distinciones reales que tan queridas eran por los Grandes de la Escolástica y no pudieron evitar menos de caer en las puras distinciones de palabras. La filosofía fue sustituida por el vocabulario.
La instancia de Ockham no era mala: el existente real, decía él, es el individual concreto. Y es verdad. ¿Pero cuál era el error capital de este franciscano inglés? La negación de la esencia específica y universal de las cosas reales, esencia de la cual el individual existente es la individualización, esencia que es propiamente objeto del intelecto, mientras que la singularidad empírica y las cualidades sensibles son sólo el objeto del sentido o como mucho de la descripción histórica.
A partir de aquí podemos comprender las gravísimas consecuencias sobre el plano de la moral de este empobrecimiento del poder del intelecto, hecho además de modo astuto, presuntuoso y pedante, consecuencias que no tardarán en hacerse sentir a partir de la historia de la cultura inglesa ⁴, para luego invadir en los siglos siguientes todo el Occidente: conocimiento reducido a experiencia sensible y en busca de lo útil, la moral envenenada por el individualismo, por el subjetivismo, por el hedonismo, por el liberalismo y por el egoísmo, la negación de la metafísica y de la teología especulativa, el colapso del sentido de la universalidad e inmutabilidad del cristianismo y de la Iglesia, la manía de lo "moderno", el desprecio de la tradición, la exageración del progresismo, de la libertad, del pluralismo, el triunfo del evolucionismo, del historicismo, del relativismo conceptual , moral y dogmático. Y estamos ya en la era moderna.
Entonces, en conclusión, hay una degradación del saber del verdadero conocimiento metafísico del ente universal a la experiencia del ente singular sensible, a los simples datos empíricos que son ciertamente preciosos, sobre todo en términos de saber experimental, pero que deben ser trascendidos para alcanzar los más altos valores del camino, del hombre, de la moral, de la teología, de la religión y por tanto de la fe.
Los ojos primeramente vueltos al cielo comienzan a volverse a la tierra y a su propio yo, ciertamente para obtener buenos resultados, pero con el grave riesgo de olvidar el valor de toda la obra realizada como advierte el Salmo: "Si el Señor no edifica la casa, en vano se cansan los constructores".
En la gran Escolástica precedente a Ockham, por ejemplo en santo Tomás de Aquino y en el beato Duns Escoto, la metafísica tiene por objeto el ens ut ens, aunque hay una diferencia entre los dos: Tomás centra más su atención en el esse y en la distinción real, mientras que Scoto más sobre la essentia y la distinción formal; Tomás más sobre el intelecto, Scoto más sobre la voluntad. Pero ambos mantienen alto el nivel de la inteligencia, cosa que está en la base de la alta sabiduría filosófica y de la sublime espiritualidad que han producido los santos del Medioevo.
Ciertamente, el hombre medieval conserva rasgos de rudeza e incluso de crueldad de la antigua barbarie, pero es sustancialmente un creyente y se preocupa por ello. La herejía le causa horror y es un fenómeno rarísimo. Es quizás un gran pecador, pero se redime con un sincero y severo arrepentimiento.
El arte sacro del Medioevo es proverbial: es increíble lo que los medievales han logrado hacer con los pobres medios que tenían en su tiempo. ¿Qué no habrían hecho hoy con los medios inmensamente más avanzados a nuestra disposición?
Lo mismo puede decirse de las comunicaciones culturales, sobre todo en lo que respecta a las condiciones de fondo de la vida basadas en el común Credo cristiano compartido con seguridad por todos, por lo cual se realizaba una comunicación en la común fe católica, de la cual nosotros hoy no tenemos idea.
Lo mismo vale para los medios de la técnica. Con los medios técnicos de comunicación y de transporte que tenemos hoy, avanzadísimos y eficientísimos, somos incapaces de lograr un porcentaje mínimo de la comunicación o comunión espiritual que realizaban entre sí los hombres del Medioevo. Hoy tenemos al párroco de una parroquia que cree cosas diferentes a las del párroco de otra parroquia.
Entonces, sin embargo, de España a Rusia, de Noruega a Sicilia, el mismo Credo, las mismas verdades de fe eran custodiadas en todas partes, incluso sin especiales conocimientos teológicos, como la pupila de los propios ojos bajo la guía del Papa, como fundamento no solo de la propia vida personal o espiritual, sino de toda la vida social, pública, política y cultural.
Mucho se ha hablado del surgimiento de las naciones con el fin del Medioevo: en realidad incluso los medievales tenían una concepción exacta y precisa del pluralismo y no lo convertían en un pretexto como nosotros para la anarquía y el individualismo, sino que conocían bien los límites que no necesitaban sobrepasar para no caer en la herejía y en el desorden social.
Con todo, es evidente que la Iglesia desde el Medioevo hasta nuestros días ha avanzado y ciertamente ha dado un buen salto con el Concilio Vaticano II, aunque ¡lástima! a menudo se ha malinterpretado, es decir, en ruptura con la Iglesia del Medioevo. Desde entonces a hoy, la humanidad occidental ha procedido por un doble camino: uno, de decadencia, por el cual se ha llegado al ateísmo, al inmoralismo y al nihilismo de nuestros días, pero también un camino de indudable progreso por el cual la Iglesia, según la promesa de su Señor, ciertamente avanzó en los siglos siguientes en el conocimiento de la Palabra de Dios y en el camino de la santidad.
Una espina en el costado de la cristiandad medieval y aún más allá hasta hoy siempre ha sido la confrontación con el Islam. Es un misterio cómo durante quince siglos Dios ha permitido la existencia de una formación religiosa tan temible y agresiva, extendida sobre un inmenso territorio, fuerte en un sinnúmero de fieles y todavía en crecimiento, incluso capaz de penetrar astutamente en el mundo cristiano no tanto con la fuerza de las armas como con la seducción de las ideas.
Es difícil comprender cómo es posible que durante tantos siglos haya podido ejercer tal atracción un hombre como Mahoma, hombre indudablemente piadoso, como reconoce el propio Concilio Vaticano II, pero también hombre violento, sensual y belicoso, dotado de grandes dotes organizativas y de mando, pero que, cuando se le parangona con la personalidad infinitamente superior de Jesucristo, no resiste absolutamente ninguna comparación.
Consideremos por otra parte los inmensos frutos producidos por el cristianismo en dos mil años de historia en todos los campos de la vida humana, en las ciencias, en las artes, en las costumbres, en la cultura y en la sociedad, frutos de los cuales se sirve ampliamente incluso el mundo islámico, inmensamente inferior también en este campo, y nuestra pregunta se vuelve mucho más apremiante.
Ciertamente, el Medioevo reaccionó al Islam sobre todo con la guerra, aunque se trataba de una guerra defensiva, mientras que escasas e ineficaces han sido las misiones, también debido a la obstinación y torpeza fanática de la fe islámica. Sin embargo, debemos esperar que la Iglesia nacida del Concilio Vaticano II pueda obtener mejores resultados por esta atención a los aspectos positivos del Islam, atención de la que en verdad se carecía en la cristiandad medieval.
Un aspecto del Medioevo cristiano que, en cambio, nos asombra a nosotros los modernos, habituados desde finales de la Edad Media al avance cada vez más rápido del progreso científico y tecnológico, es la desatención de los medievales a esta dimensión de la actividad humana que, por cierto, es claramente ordenada por Dios en el Génesis: "Dominad la tierra".
Durante milenios, las condiciones materiales del hombre han sido poco más o menos las mismas, hasta el momento del surgimiento de una deliberada y metódica voluntad de progreso científico y tecnológico, cuyos primeros albores se tuvieron ya en los maestros parisinos y oxonienses del siglo XIV, como Roger Bacon y Roberto Grosseteste, seguidos después por investigadores cada vez más geniales o emprendedores, sobre todo a partir del Humanismo y luego con Descartes y Galileo.
Pero en verdad, los principios de este vertiginoso y riquísimo progreso el Medioevo los poseía ya en la sabiduría griega de Pitágoras y Aristóteles, pero hoy nos cuesta entender por qué durante tanto tiempo no se pensó en hacer fructificar estos principios. Quizás aquí debamos encontrar un límite de la espiritualidad medieval, no consciente como hoy somos, a la luz de la misma Palabra de Dios, del hecho de que el Reino de Dios está ciertamente en su plenitud futura más allá de esta vida mortal, pero que sin embargo puede y debe comenzar ya en esta tierra.
En cambio, la cristiandad medieval parece estar más que bajo la órbita de la antropología aristotélica, por otra parte cristianizada por el Aquinate, bajo un sutil influjo del dualismo y del rigorismo platónico que propone una salvación del alma no sobre la base o en concomitancia de la salud del cuerpo y por tanto del dominio sobre lo creado, sino en cierto modo subestimando el servicio que el mundo mismo habría podido prestar al progreso hacia el Reino de los cielos. Esto de alguna manera ya había sido intuido por la antigua sabiduría romana con su famoso lema "mens sana in corpore sano".
Sin embargo, sucedió que, cuando con el Humanismo, el Renacimiento y el inicio de la era moderna de la ciencia y de la tecnología, el hombre ha tomado conciencia de su poder sobre lo creado, él se enamoró narcisistamente de tal poder suyo y ha terminado por olvidar a ese Dios que lo ha creado, y de tal modo la modernidad ha abandonado neciamente la alta sabiduría religiosa medieval, que hoy necesita urgentemente recuperar precisamente para salvar las conquistas del hombre y la existencia del hombre sobre la tierra, como advierte el propio Concilio Vaticano II.
Con el surgimiento del luteranismo, la Europa cristiana se ha encontrado trágicamente destrozada en sí misma. Esto ha puesto fin a la unidad de fe de la cristiandad europea, pero al mismo tiempo Dios, gracias a los descubrimientos geográficos, abrió a la Iglesia nuevos e inmensos campos de evangelización. De ahí la expansión del cristianismo en vastísimos territorios que nunca jamás habían oído hablar de Cristo.
La necesidad que se plantea hoy con la exhortación hecha por los Papas a la nueva evangelización, a la inculturación de la fe y a la recuperación de las raíces cristianas de Europa, es la de tomar ejemplo de la fe de los medievales para vivirla en aquellas modalidades que se han creado en los siglos siguientes hasta hoy, para que la Iglesia, sobre todo a la luz del Concilio Vaticano II, pueda avanzar ulteriormente en la historia hasta el encuentro final con Cristo que viene.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 16 de junio de 2013
Notas
¹ Sigue siendo clásica, entre muchas otras, en este clima de redescubrimiento de la espiritualidad medieval, la importante obra de Etienne Gilson, El espíritu de la filosofía medieval.
² Piénsese en la reforma cartesiana, en la filosofía kantiana y de la Ilustración, así como en la Revolución Francesa.
³ Un importante acuerdo a este respecto es la Declaración Conjunta entre la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial sobre el delicado tema de la Justificación, declaración estipulada en años anteriores.
⁴ Las modernas "filosofías del lenguaje" o el "positivismo lógico" anglosajones están en esta línea; lo que no significa que hayan hecho valiosas contribuciones a la formalización del lenguaje y de la lógica y, por tanto, al progreso de la ciencia y de la tecnología. Piénsese en todo el campo de la informática y de la estadística.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum christianitas mediaevalis valorem permanentem pro Ecclesia hodierna conservet
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod christianitas mediaevalis non conservet valorem permanentem pro Ecclesia hodierna.
1. Quia fuit forma caduca et defectuosa civilitatis, superata a modernitate et a doctrina Concilii Vaticani II.
2. Praeterea, videri posset quod unitas mediaevalis fuerit illusoria, cum cismata et corruptiones exstiterint, et tandem Reformatio protestantica ostenderit illam christianitatem destinatum habuisse ad ruinam.
3. Item, constat quod Aetas Media neglexit progressum scientiae et technicae, unde patet quod eius exemplar mundo hodierno servire non potest.
4. Denique, conflictus cum Islam et duritia bellorum religionis ostendunt christianitatem mediaevalem magis fuisse impedimentum quam exemplar evangelizationis.
Sed contra dicit Dominus in Evangelio: Caelum et terra transibunt, verba autem mea non transibunt. Et sanctus Augustinus docet: Quod verum est, etiamsi tempus transeat, permanet. Praeterea, Concilium Vaticanum II commemorat Ecclesiam progredi in intellectu fidei et morum, semper tamen in continuatione cum Traditione.
Respondeo dicendum quod christianitas mediaevalis, licet notata defectibus historicis, valorem permanentem conservat, quia in ea exemplari modo facta est unitas fidei et communio inter spirituale et temporale sub ductu Papae et potestatis saecularis. Fuit exemplar inculturationis fidei, in quo philosophia et theologia scholastica altum gradum intelligentiae sustulerunt et sublimem spiritualitatem produxerunt.
Crisis posterior, a nominalismo Ockham incohata et in Reformatione lutherana consummata, introduxit principium dissolutionis quod ad individualismum, relativismum et tandem ad nihilismum hodiernum duxit. Tamen Concilium Vaticanum II, in continuatione cum Traditione, novas directivas pastorales et doctrinales obtulit, quibus possumus recuperare essentialia christianitatis mediaevalis et ea cum exigentiis modernis coniungere.
Quapropter hodie urgente est exemplum fidei mediaevalium sumere, ut eam vivamus in modis hodiernis, in nova evangelizatione et inculturatione fidei, quo Ecclesia progredi possit ad occursum finalem cum Christo.
Ad primum dicendum quod caducitas formarum historicorum non tollit valorem permanentem principiorum universalium quae in eis incarnata sunt.
Ad secundum dicendum quod cismata et corruptiones fuerunt accidentia, dum unitas fidei fuit nota essentialis et mirabilis christianitatis mediaevalis.
Ad tertium dicendum quod indubitatus neglectus progressus technici tempore Medio Aevo fuit limitatio illius formae christianitatis, sed non minuit valorem spiritualem et doctrinalem, qui hodie cum progressibus modernis coniungi potest.
Ad quartum dicendum quod conflictus cum Islam magna ex parte defensivus fuit, et hodie Ecclesia, ad lumen Concilii, illum terminum superare potest per dialogum et evangelizationem, sine amissione firmitatis in veritate.
JG
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