La segunda parte de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos enfrenta a un dilema decisivo: ¿puede la Escritura contener por sí sola toda la Revelación, o es necesario reconocer la voz viva de la Tradición? ¿No es acaso un error reducir la Palabra de Dios a letra muerta, olvidando que Cristo confió su enseñanza a hombres vivos y no a páginas escritas? ¿Qué sucede cuando se confunden las tradiciones humanas con la Tradición divina, como hicieron los fariseos y como repiten ciertos movimientos actuales, como el de los lefebvrianos, imitando en esto a los fariseos del tiempo de Jesús? ¿No es más bien el Magisterio, asistido por el Espíritu Santo, el garante de que la verdad revelada se conserve sin deformaciones? Este debate nos obliga a mirar de frente la raíz de las herejías modernas y a preguntarnos si despreciar la Tradición no equivale, en última instancia, a despreciar también la Escritura. [En la imagen: el Cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio de la Fe, y el padre Davide Pagliarani, de la FSSPX, tras la reunión del 12 de febrero en Roma].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 3 de marzo de 2026
Descuidando el mandamiento de Dios, vosotros observáis la tradición de los hombres (2/3)
Descuidando el mandamiento de Dios,
vosotros observáis la tradición de los hombres (2/3)
(Traducción al español de la segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicada hoy mismo en su blog. Versión original en italiano:
La Sagrada Tradición ¹
Aquello que la Iglesia católica llama «Sagrada Tradición» es una doctrina divina, revelada, que contiene verdades salidas de la boca de Cristo, que Él llama sus «palabras» o su «doctrina», verdades suprarracionales y sobrenaturales, relativas al misterio de Dios y a su plan de salvación del hombre, verdades que no son experimentables, comprensibles ni demostrables por la simple razón, como sucede en las tradiciones humanas históricas, científicas, filosóficas o morales.
Ella es llamada también Tradición Apostólica, porque es la doctrina divina revelada por Él, que Cristo confió a los Apóstoles para custodiarla, interpretarla, explicarla, predicarla a todo el mundo hasta el fin del mundo. De esta doctrina, las verdades principales los Apóstoles pensaron inmediatamente en hacerlas transmitir por escrito mediante los Evangelistas y mediante san Pablo y san Judas.
Muy pronto surgieron los Padres Apostólicos, que con el primer Papa san Pedro y sus Sucesores hasta hoy nos han comunicado el tesoro de la Tradición junto con el Nuevo Testamento, otro contenedor divino del dato revelado, que se añade y completa al Antiguo Testamento y supera las tradiciones veterotestamentarias hebreas.
Además de la doctrina bíblica, también la doctrina contenida en la Tradición puede ser siempre mejor investigada, explicitada, interpretada y conocida, explicada, interpretada y desarrollada, como enseña el Concilio Vaticano II en la Dei Verbum (n. 8), pero no ciertamente cambiada, perfeccionada o corregida, dada su absoluta perfección y plenitud divinas. No puede ser ni cambiada, ni acrecentada, ni enriquecida, ni perfeccionada, ni integrada, ni aumentada. No solo no hay nada que quitar, sino tampoco nada que añadir. ¿Qué se puede quitar, cambiar o añadir a la palabra de Dios?
También la redacción de la Escritura se debe en parte a la puesta por escrito de tradiciones precedentes. Ella transmite datos de fe tradicionales. El hagiógrafo en más de una ocasión utilizó material tradicional. La redacción del relato de la creación del hombre, nos dicen los exégetas, se debe a la puesta por escrito de tres tradiciones distintas.
En la historia de la Iglesia nacen, evolucionan y se extinguen o mueren tradiciones litúrgicas, lingüísticas, comportamentales, doctrinales, literarias, ligadas a la evolución de las ideas, de las opiniones, de las leyes positivas, de las costumbres, de los hábitos, de la mentalidad, de las ciencias y de las artes.
Son estas las tradiciones eclesiásticas, que deben distinguirse cuidadosamente de la Sagrada Tradición. Aquí es donde Lutero se equivocó, confundiendo la Sagrada Tradición, Palabra de Dios, con estas tradiciones quizá aprobadas o toleradas por la Iglesia, pero en el fondo solo humanas, mudables y caducas, y a veces no exentas de defectos y errores humanos. Tales tradiciones, mientras estén vivas, sean útiles y permanezcan a la altura de los tiempos, pueden recibir una aprobación eclesiástica, pero nunca aquella que hace referencia a la verdadera y propia Palabra de Dios. Son tradiciones de este tipo, elevadas al absoluto, las de los fariseos reprochados por Cristo. Los lefebvrianos, desgraciadamente, sufren de esta mentalidad farisaica, por la cual no logran ver la inmutable Tradición en el fondo de las formas o formulaciones nuevas que la Iglesia decreta para responder a las necesidades de los tiempos explicitando sus virtualidades.
La conservación de la Sagrada Tradición presenta una dificultad que no está presente en las simples tradiciones humanas. Tal dificultad se debe al hecho de que, mientras las tradiciones humanas son suficientemente mantenidas en vigor por la simple diligencia u operosidad humana, ni por otra parte se pretende en este trabajo la infalibilidad, la conservación, la custodia y la transmisión del depósito revelado, el funcionamiento, en suma, de la tradición divina, no puede ser asegurado por las simples fuerzas humanas, afectadas como están por aquella falibilidad que todos conocemos, y requieren un cuidado de tal perfección que no puede ser garantizado sin un especial auxilio de la gracia. De aquí resulta evidente que la conservación de una tradición tan sublime y sobrehumana no puede ser sino efecto de una especial asistencia divina, que sostiene a los custodios, depositarios y transmisores de tal tradición.
El origen de la Revelación
Los datos de la divina Revelación se encuentran indudablemente en la Escritura y en la Tradición. Pero estas no son dos fuentes de la revelación sino por su derivación de una única fuente, que son los labios mismos de nuestro divino Salvador. La fuente única originaria es aquella palabra que Jesús nunca puso por escrito y que tampoco nunca ordenó —que se sepa— poner por escrito ², sino simplemente predicar.
Para explicar este comportamiento de Cristo, observemos y recordemos que la potencia comunicativa de la palabra es superior a la de lo escrito. La palabra sale del hablante de modo más directo y expresivo que lo escrito. La palabra es expresión inmediata del espíritu del hablante. Lo escrito es una cosa material hecha de signos gráficos, ciertamente expresivos de conceptos. Pero ¿estamos siempre seguros de comprender las intenciones del Autor? En cambio, en el diálogo con el Autor siempre es posible interpelar y obtener explicaciones de lo que quiere decir o aclaraciones sobre lo que ha dicho. Podemos dirigirle preguntas. A un libro no podemos dirigirle preguntas. Un escrito ciertamente podemos investigarlo y preguntarnos qué quiere decir. Pero la respuesta está solo bajo nuestra responsabilidad. En cambio, si tenemos al Autor delante, él mismo puede decirnos qué quería decir.
Ciertamente, de la Escritura y de la Tradición nosotros obtenemos el dato revelado. Pero permanece siempre el hecho de que el método mejor para saber qué quiso decir Cristo es el de interrogar al Magisterio de la Iglesia, constituido por hombres vivientes, accesibles, sucesores de aquel círculo de discípulos —los Apóstoles— que lo conocieron personalmente y con Él vivieron, enviados y autorizados por Cristo mismo a ser anunciadores e intérpretes de su Evangelio.
Distinción entre Sagrada Escritura y Tradición
La Sagrada Escritura y la Tradición nos transmiten ambas los contenidos de la Revelación dividiéndoselos entre sí: en parte se encuentran en la Escritura y en parte están en la Tradición. Limitarse a decir, por tanto, como hace el Catecismo de la Iglesia Católica, que se trata de «modos de transmitir la misma Palabra de Dios» (n. 81), no aclara suficientemente la distinción hecha en su momento por el Concilio de Trento y por el Vaticano II, y hablar solo de escrito y de oral no basta, porque, como ya he dicho, también la Sagrada Tradición fue en el pasado puesta por escrito, mientras permanece aquella que hoy es anunciada en viva voz por el Magisterio de la Iglesia.
En efecto, los Concilios de Trento y Vaticano II hacen comprender que la totalidad de las verdades de fe se da solo por la suma de las contenidas en la Biblia con las que se encuentran en la Tradición; de otro modo, si, como creen los luteranos, todos los contenidos de fe estuvieran ya en la sola Biblia, aquellos Concilios no habrían hecho un llamado a la Tradición.
Si lo hicieron no fue solo para recordarnos que existe también una Tradición oral, que no es otra cosa que la predicación y la transmisión de la Palabra. Esto, en el límite, lo reconocía también Lutero, al cual justamente le importaba sobremanera la predicación de la Palabra. Si aquellos dos Concilios hicieron un llamado a la Tradición, lo hicieron para reprochar a los luteranos el descuidar aquellas verdades de fe que están contenidas solo en la Tradición, para decirnos que la Biblia no contiene todas las verdades de fe, sino que también las hay en la Tradición. Y de hecho, casualmente, las herejías de Lutero comportan precisamente la negación de aquellas verdades que se encuentran en la Tradición.
La distinción entre Escritura y Tradición no está, por tanto, suficientemente fundada si nos limitamos a decir que la Escritura es el dato revelado puesto por escrito y la Tradición es el dato revelado predicado oralmente, porque existe, como he dicho, también una parte de Tradición que la Iglesia ha explicitado, puesto por escrito e incluso dogmatizado, como por ejemplo el canon de los libros de la Escritura, la autoridad del Romano Pontífice, la esencia de la Iglesia, la definición de la esencia de la Revelación, el concepto de Dios, la definición de la creación, la definición de la naturaleza humana, la relación entre fe y razón, la distinción entre la gracia y el libre albedrío, la definición del pecado original, los siete dones del Espíritu Santo, la resurrección del hombre y de la mujer, la relación entre la justicia y la misericordia, el misterio de la Encarnación, la función de sustitución vicaria de Cristo en la obra de la Redención, la definición del dogma de la Redención, el purgatorio, la visión beatífica, el número siete para los sacramentos y la definición de cada sacramento, el concepto de sacramento, los tres grados del sacramento del Orden, la definición de la esencia de la Misa, la transubstanciación, la exclusión de la mujer del sacerdocio, el dogma trinitario, la Inmaculada Concepción, la Maternidad de María, su Asunción al cielo.
La distinción está en el hecho de que en la Escritura no se encuentran ni implícitamente ni en absoluto ciertos datos que, sin embargo, son objeto de la Revelación. Los Autores del Nuevo Testamento no pensaron en poner por escrito todas las palabras o las cosas enseñadas por Cristo, sino solo algunas que consideraron más urgentes o importantes, dejando a la predicación y por tanto a la tradición oral las demás. Pero con el paso del tiempo también estas verdades que se predicaban comenzaron a ser puestas por escrito. Además, Cristo, como es sabido, envió al Espíritu Santo con la tarea de guiar a la Iglesia a lo largo de los siglos hasta el fin del mundo hacia la plena comprensión de su doctrina.
Aún hoy existen datos de la Tradición que no han sido puestos por escrito. Son aquellos datos que escuchamos proclamar de viva voz por el Papa y por el Colegio Episcopal, verdades que ellos nos presentan como verdades de fe y que eventualmente escuchamos por primera vez, pero que son una explicitación de verdades tradicionales ya anunciadas por la Iglesia. Por ejemplo, cuando escuchamos del Papa Francisco que las diversas religiones pueden ser asimiladas a las diversas lenguas o que nosotros católicos y los musulmanes somos hermanos en la fe en Dios, o de san Juan Pablo II que la desnudez edénica representa la justicia originaria, ningún Papa había dicho estas cosas; y sin embargo, si reflexionamos, ellas se pueden derivar de la Tradición o de la Escritura.
El rechazo luterano de los datos de la Tradición depende del rechazo de la autoridad doctrinal de la Iglesia, porque es ella la que nos aclara cuáles son las verdades contenidas en la Tradición. Y así, de modo semejante, la pretensión de Lutero de interpretar infaliblemente él en lugar del Papa el sentido de la Escritura es consecuencia del rechazo de la autoridad del Papa. Pero ¿por qué esta rebelión contra el Papa? Porque el Papa León no solo no había aceptado la interpretación que Lutero había dado de la doctrina paulina de la justificación, sino que además la había condenado.
Ahora bien, Lutero creía haber descubierto una verdad fundamental en la que nadie hasta entonces había pensado; estaba convencido de haber encontrado luz, paz, consolación, seguridad y esperanza para sí y para todo creyente en su famosa visión de Cristo que había tenido ³, visión que luego vinculó con su igualmente famosa interpretación del pasaje de Rm 3,21-22.
Por esto, al ver al Papa contrario a estas sus ideas, a las cuales se aferraba incondicionalmente, sintió hervir en él una ira tal que lo impulsó a lanzarse con odio inextinguible no solo contra el Papa León, sino después contra el papado como tal y, por tanto, contra el Magisterio de la Iglesia y, en consecuencia, contra la Tradición, que es interpretada como dato revelado por el Magisterio de la Iglesia: en suma, una especie de tremendo proceso en cadena, después del cual, al final, ¿qué quedaba del cristianismo? Bien poco. Esto, sin embargo, no quitó que Lutero haya propuesto reformas de tipo litúrgico, pastoral y disciplinar, que serían acogidas por el Concilio Vaticano II.
Sin embargo, es a partir de este poco de carácter dogmático que quedó, que habría sido posible iniciar con el Concilio Vaticano II el movimiento ecuménico, el cual, sin embargo, podrá dar frutos solo si los hermanos luteranos, como ordena la Unitatis redintegratio, colman las lagunas y superan los obstáculos que todavía les impiden alcanzar la plena comunión con Roma.
Añadamos finalmente que en la concepción luterana de la justificación, donde la referencia a la interpretación tradicional está del todo ausente ⁴, no tenemos el reflejo de una gnoseología realista y del verdadero realismo bíblico, sino que tenemos un trasfondo ockhamista, del cual por otra parte Lutero no hacía misterio, un trasfondo por el cual no es el universal objetivo el que es signo de la cosa, ni el significado del nombre, sino que la cosa es significada solo por el término, de modo tal que una cosa puede ser llamada con ese término dado, aunque en la realidad nada o ninguna esencia universal real corresponda a ese término.
Así se hizo posible la concepción luterana de la justificación ⁵, con aquel típico aspecto de hipocresía que la caracteriza, donde el justo es justo no en realidad sino solo en apariencia, porque Dios, un Dios mentiroso, declara justo al culpable que de todos modos permanece culpable. Esta es una aplicación de la lógica de Ockham, del cual Lutero era seguidor, lógica por la cual el nombre de la cosa no significa la esencia universal de la cosa, universal que no tiene ningún fundamento real, sino que significa un grupo o conjunto o colección de cosas singulares semejantes entre sí, de modo que no es el nombre el que depende de la esencia de la cosa, sino que es la esencia de la cosa la que depende del nombre de la cosa, nombre que imponemos a la cosa. Por esto, si Dios declara justo al pecador, el pecador es justo, aunque en realidad permanezca pecador ⁶.
La Escritura no contiene todo el dato de la Revelación
Como es sabido, Cristo dio a los apóstoles el mandato de predicar a todo el mundo hasta el fin de los siglos todo lo que les había enseñado. No les dio la orden de poner por escrito su doctrina. Existían, sin embargo, ya escritos del Antiguo Testamento, y Cristo, fundando su Iglesia sobre el fundamento de los apóstoles, los nombró, bajo la guía de Pedro y de sus Sucesores, custodios, intérpretes, comentaristas y difusores tanto del Evangelio como de los escritos del Antiguo Testamento, el cual profetizaba y anunciaba la venida del Mesías Salvador.
Muy pronto, sin embargo, los apóstoles se dieron cuenta de la utilidad de poner por escrito las palabras del Señor por las evidentes ventajas que tal operación aporta en orden a la conservación de las doctrinas. Entonces no existían aparatos de grabación como hoy, por lo cual era de gran utilidad, por no decir necesidad —como de hecho lo es aún hoy— que la palabra fuese fijada en lo escrito.
La palabra escrita podía ser objeto de atento estudio y prolongada atención, que podía alimentar la meditación y la contemplación, y al mismo tiempo servir como expresión permanente de las amonestaciones, memorias, pactos, testamentos, exhortaciones, avisos, decisiones, sentencias, mandatos y leyes de la moral y de la conducta humana.
Sin embargo, los Evangelistas, al momento de poner por escrito la doctrina de Cristo, de concierto con la Iglesia, decidieron narrar de la vida de Jesús y exponer de su doctrina solo una selección de episodios o de cosas que consideraron particularmente importantes y que habían notado y que estaban particularmente en el corazón de Jesús, el cual, por su parte, había asegurado haber dicho a los apóstoles todo lo que el Padre le había encargado de decir.
Jesús, por tanto, no añadió nada más a lo que dijo a los Apóstoles. Ellos, por su parte, se encontraron en la necesidad de sistematizar y poner en orden lo que Jesús les había enseñado, el cual, aunque al enseñarles su doctrina había seguido un cierto orden didáctico y anagógico, sin embargo muchas de sus enseñanzas tenían un carácter espontáneo y ocasional y era necesario coordinarlas entre sí. Esta obra fue iniciada por los Apóstoles bajo la presidencia de Pedro y continuada por las generaciones sucesivas hasta los siglos III y IV, cuando comenzaron a surgir los primeros Catecismos, como por ejemplo las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén ⁷.
Las cosas que Jesús había dicho y que en un primer momento los Apóstoles no registraron en el Nuevo Testamento, por el momento se limitaron a predicarlas y a veces también a conservarlas en la memoria. Pero evidentemente, con el paso del tiempo, comprendieron bien que era necesario poner por escrito también aquellas. De todos modos, está claro que desde entonces hasta hoy existe una predicación del dato tradicional hecha por la Iglesia a viva voz. Es aquella que el Concilio llama «Tradición viva» ⁸, que no es otra cosa que el Magisterio viviente. Estas enseñanzas que los Autores del Nuevo Testamento consideraron oportuno por el momento no insertar en él, pero que sin embargo formaban parte del dato revelado, fueron a constituir el patrimonio de la Sagrada Tradición.
Con los Padres de la Iglesia y los primeros Concilios, la doctrina de la fe comienza a recibir una cierta sistematización y se forman los primeros Símbolos de la Fe y los primeros Catecismos. Nacen los primeros tratados monográficos, por ejemplo sobre la Santísima Trinidad. Nacen las primeras refutaciones de las herejías.
Observemos aún que el traditum, el contenido de la Tradición, está ante todo en lo hablado más que en lo escrito, sea la Escritura sea la Sagrada Tradición puesta por escrito. Es esta Tradición la que san Juan Pablo II llamó «Tradición viva» en un discurso dirigido a Mons. Lefebvre, en el cual le reprochaba por carecer de este concepto de Tradición ⁹.
Observemos finalmente que el concepto de tradición supone una gnoseología realista, que admita la existencia de una realidad extramental, objetiva, independiente del pensador humano. En efecto, está claro que en una gnoseología idealista como la de Descartes, para la cual es el yo el que decide sobre la esencia de la realidad, hablar de tradición, es decir, de transmitir a otros algo que hemos encontrado ya existente y que no hemos decidido o hecho nosotros, no tiene sentido. Si en un clima cartesiano se puede hablar de tradición, la tradición para el cartesiano es aquello que el yo decide ser tradicional según el cambio de sus deseos y el cambio de los tiempos.
Una última observación. Está claro que todas las verdades reveladas forman un único cuerpo de doctrina que contiene todos los artículos de fe, por lo cual cada artículo está en relación con todos los demás. Y es también claro que de los artículos originarios, por deducción o explicitación se pueden obtener, gracias a la meditación y a la investigación teológica y exegética, desarrollos y conclusiones que, si son aprobados por la Iglesia, se convierten en dogmas.
En este sentido se puede decir que las verdades que se derivan de la Escritura son las mismas que se pueden derivar de la Tradición y viceversa. Pero esto no quita que las unas no sean explícitamente o formalmente las otras. Lo son solo virtualmente o potencialmente. Es lo que se llama el virtualiter revelatum.
Por esto se puede decir que Lutero, despreciando la Tradición, dio prueba de despreciar también la Escritura. Y despreciando el Magisterio de la Iglesia, dio prueba de despreciar a una y a otra. Por esto, a pesar de la posibilidad de la mencionada deducción o explicitación, se debe siempre decir que, al menos formalmente, aquellas verdades que están en la Escritura son distintas de las que se encuentran en la Tradición, por lo cual la totalidad de las verdades reveladas resulta de la suma de unas y otras.
Fin de la Segunda Parte (2/3)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 24 de febrero de 2026
Notas
¹ Algunas exposiciones de la esencia de la Sagrada Tradición: Reginaldus-Maria Schultes, De Ecclesia Catholica, Lethielleux, Paris 1931, pp.566-595; Arialdo Beni-Settimio Cipriani, La vera Chiesa. Le fonti della rivelazione, Libreria Editrice Fiorentina, Firenze, 1958; J.V.de Groot, Summa apologetica de Ecclesia Catholica ad mentem S.Thomae Aquinatis, Ratisbonae 1906, pp.625-655.
² En el Antiguo Testamento sucede que Dios ordena al profeta escribir. Lo escrito tiene la ventaja de su fijeza y una inequívoca, controlable y verificable precisión. La palabra, quizá acompañada del gesto y de las expresiones del rostro, puede ser más expresiva y más fácilmente interpretada pidiendo explicaciones al hablante, mientras que en lo escrito la interpretación depende solo de la acribia del lector y de su capacidad crítica. La transmisión de lo escrito es segura: si está bien conservado, es siempre el mismo. La transmisión de la palabra es menos segura, porque pueden ocurrir malentendidos y equívocos.
³ Se trata de la famosa Turmerlebnis «experiencia de la torre», ocurrida, después de indecibles angustias, aproximadamente en 1515, en la cual Lutero, según narra, tuvo la visión de Cristo que le aseguraba como verdad de fe que se salvaría a la sola condición de que creyese firmemente ser salvado. Esta es la sola fides luterana. El sola Scriptura surge posteriormente, como confirmación categorial o conceptual de lo que Rahner llamaría experiencia trascendental. El sola gratia es la gracia de esta sola fides. Para Lutero ciertamente la fe supone una experiencia eclesial, pero solo como presupuesto material, no como mediadora de la Palabra de Dios, porque para Lutero la fe nace de un encuentro directo con Cristo sin la mediación del Magisterio de la Iglesia, falible y a veces incluso engañoso.
⁴ Ya en la tradición exegética de los Padres se sabía que en aquel pasaje con el término «justicia» Pablo entiende «misericordia». Pero en otros pasajes él distingue con claridad justicia y misericordia.
⁵ La Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, a cargo del Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos de 1999, como ya he dicho en mis escritos, reconoce el valor de las buenas obras, la existencia del libre albedrío, los aspectos buenos de la naturaleza humana, pero no corrige la tesis según la cual el pecado no es quitado sino que permanece (peccatum permanens) y el pecador se salva igualmente.
⁶ Sobre la teología de Ockham, que de esta lógica desciende, véase Pierre Alféri, Guillaume d’Ockham. Le singulier, Les Éditions de Minuit, París 1989, pp. 429-454.
⁷ Berthold Altaner, Patrología, Casa Editrice Marietti, Turín 1968, p. 321.
⁸ Mons. Brunero Gherardini parece estar molesto con esta expresión y sospechar un trasfondo vitalista o existencialista en su libro dedicado a la Tradición, por lo demás muy informado y bien hecho, si no fuera por el tono demasiado crítico hacia el Concilio. Véase nota siguiente.
⁹ Esta expresión del Papa se deriva de lo que el mismo Concilio dice sobre la naturaleza de la Tradición, como veremos más adelante. Aquí bastará notar, como he dicho en la nota precedente, que esta expresión incomodó a Mons. Brunero Gherardini, autor de un notable tratado sobre este tema: La Tradizione, vita e giovinezza della Chiesa (Casa Mariana Editrice, Frigento, 2010). Él, como he dicho en la nota precedente, ve, al parecer, en esta expresión un trasfondo vitalista, existencialista o modernista. Pero basta aclarar qué es exactamente lo que el Concilio entiende para disipar temores o sospechas, que no se pueden tener hacia un Concilio en esta materia, que es materia de fe.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Quaestio: Negligentes mandatum Dei propter observationem traditionis hominum
Articulus secundus
Utrum Sacra Scriptura sola sufficiat ad totam Revelationem tradendam,
vel requiratur Traditio viva Ecclesiae
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod Sacra Scriptura sola sufficiat ad totam Revelationem tradendam et non requiratur Traditio viva Ecclesiae.
1. Quia non pauci affirmant in Sacra Scriptura inveniri omnia data Revelationis.
2. Praeterea, videtur quod Traditio nihil addat, cum sit sola praedicatio oralis eorum quae iam in Scriptura continentur.
3. Praeterea, videtur quod Scriptura, propter suam firmitatem et certitudinem, sit securior quam verbum oraliter transmissum, quod potest dare occasionem erroris vel ambiguitatis.
4. Denique, videtur quod Traditio sit confusio traditionum humanarum, sicut liturgicarum vel culturalium, quae mutantur et evanescunt.
Sed contra, constat quod Christus Apostolis mandatum dedit praedicandi universo mundo usque ad finem saeculorum omnia quae eis docuerat, nec eis praecepit doctrinam suam scribere. Concilium Vaticanum II docet Traditionem vivam esse ipsum Magisterium, et totum veritatum fidei corpus dari solum ex coniunctione eorum quae in Scriptura et in Traditione continentur.
Respondeo dicendum quod Sacra Scriptura non continet totum datum Revelationis. Christus doctrinam suam Apostolis tradidit ut oraliter transmitterent, et illi, sub ductu Petri et Successorum eius, constituti sunt custodes, interpretes et diffusores Evangelii et Scripturae Veteris Testamenti. Evangelistae, dum doctrinam Christi scribere coeperunt, narraverunt tantum quaedam selecta facta et documenta, alia vero reliquerunt praedicationi orali. Quae veritates, licet non in Novo Testamento scriptae, pertinent tamen ad patrimonium Sacrae Traditionis.
Traditio viva manifestatur in voce Papae et Collegii Episcopalis, qui veritates fidei proclamant quae primo audiri possunt, sed sunt explicitationes veritatum traditarum ab Ecclesia. Cum Patribus et primis Conciliis, doctrina fidei coepit ordinari et formari primi Symboli et Catechismi, atque nati sunt tractatus de Trinitate et refutationes haeresum. Traditio viva est igitur Magisterium Spiritu Sancto adiutum, quod infallibiliter conservat depositum revelatum.
Praeterea, ipse conceptus traditionis supponit gnoseologiam realisticam, quae admittit existentiam realitatis obiectivae extra mentem humanam. In gnoseologia idealistica, sicut cartesianica, traditio sensum non habet, quia ad id quod ego decernit reducitur. Unde contemnere Traditionem est etiam Scripturam contemnere, et Magisterium contemnere est utramque contemnere. Totum veritatum revelatarum corpus provenit ex coniunctione eorum quae in Scriptura et Traditione continentur, licet quaedam ex aliis solum virtualiter vel potentialiter deriventur.
Ad primum dicendum quod Scriptura continet partem Revelationis, non tamen totam; Traditio vero tradit veritates quae non sunt scriptae.
Ad secundum dicendum quod Traditio non est mera praedicatio oralis, sed patrimonium divinum quod includit veritates dogmatizatas et ab Ecclesia definitas, sicut canon librorum, auctoritas Romani Pontificis, transsubstantiatio et Immaculata Conceptio.
Ad tertium dicendum quod Scriptura habet firmitatem, sed Traditio viva, Spiritu Sancto adiuta, infallibiliter conservat depositum revelatum, quod humana diligentia sola praestare non potest.
Ad quartum dicendum quod traditiones humanae distinguendae sunt a Sacra Traditione; confusio earum, sicut apud Pharisaeos et Lefebvrianos, est error qui obscurat veram Traditionem divinam. JG
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