miércoles, 4 de marzo de 2026

Descuidando el mandamiento de Dios, vosotros observáis la tradición de los hombres (3/3)

¿No es revelador que tanto Lutero como Lefebvre compartan la misma actitud de ruptura frente al Papa, uno en nombre de la Biblia y el otro en nombre de la Tradición? ¿Qué sucede cuando la conciencia individual se erige en juez supremo y se rechaza la mediación eclesial? ¿No es acaso el cartesianismo, con su rechazo de toda autoridad externa, el camino que conduce a la disolución de la fe cristiana? ¿Cómo puede sobrevivir la fe si se desprecia la voz viva de la Tradición y se confunde con tradiciones humanas falibles? Esta última parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a preguntarnos si la Iglesia puede ser reducida a opiniones personales, y si el rechazo de la Tradición no termina por arrastrar consigo el rechazo de la misma Escritura y del Magisterio. [En la imagen: una fotografía del obispo Marcel Lefebvre].

Descuidando el mandamiento de Dios,
vosotros observáis la tradición de los hombres (3/3)

(Traducción al español de la tercera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicada ayer 4 de marzo de 2026 en su blog. Versión original en italiano:

El rechazo luterano de la Sagrada Tradición

La Revelación divina de las verdades cristianas está contenida tanto en la Escritura como en la Tradición. Esta es una verdad de hecho y de fe de la cual, por desgracia, se apartó Lutero, sosteniendo que todas las verdades necesarias para la salvación están ya suficientemente contenidas en la sola Escritura, excluyendo que otras verdades puedan estar contenidas en la Tradición, la cual él consideraba un simple producto humano, falible, confuso y arbitrario, ni más ni menos como Jesús consideraba las tradiciones farisaicas, sin comprender la divinidad de la Sagrada Tradición y la necesidad, por tanto, de acoger también los datos que están contenidos en ella, mientras rechazaba el deber de todo buen católico de adherirse a la interpretación que el Magisterio da tanto de la Escritura como de la Tradición.
Lutero considera correctamente la Escritura como Revelación divina, y tiene razón cuando dice que ella contiene aquella Palabra de Dios que constituye el objeto de la fe cristiana. Su error fue perder de vista que la Biblia le había sido entregada por la Iglesia, que había sido escrita por la Iglesia, que si él mismo poseía la fe era porque había creído en la Iglesia, que él mismo podía interpretarla y comprenderla viviendo en la Iglesia y escuchando a la Iglesia.
Por esto, el apego de Lutero a la Biblia, contra la Iglesia, independientemente de la interpretación de la Iglesia y fuera de la Iglesia, es cosa insensata, tiene algo de malsano, de supersticioso e idolátrico. En definitiva, Lutero, quitando al texto sagrado su alma eclesial, mediadora de la verdad divina, separando el texto sagrado de su relación con la Tradición y de su comunión con la Iglesia, pretendiendo leerlo e interpretarlo por cuenta propia, sin la comunión con la Iglesia, pretendiendo ser iluminado por el Espíritu Santo mejor que el Papa, transforma la Biblia y rebaja toda la Revelación divina al nivel de un simple libro como cualquier otro, escrito por simples hombres, libro que Lutero juzga ser Palabra de Dios no porque lo haya recibido con fe de la Iglesia en comunión con la Iglesia, sino porque lo decide él, porque lo sabe por sí mismo, directamente de Dios, sin mediación humana ni de la Iglesia ni de la Tradición, creyendo estar inspirado directamente por el Espíritu Santo.
Pero hay que notar que esta actitud rebelde —aunque pueda parecer sorprendente— está presente también en los lefebvrianos en el momento en que rechazan la comunión con el Papa. Solo cambia la referencia: Lutero se rebela contra el Papa en nombre de la Biblia; los lefebvrianos se rebelan contra el Papa en nombre de la Tradición. Pero la soberbia y la presunción son las mismas.
Lutero expresó todo su espíritu y su método de acercamiento a la Escritura en la famosa declaración que hizo en la Dieta de Worms en 1521 ¹. A la pregunta del notario portavoz del Emperador Carlos V sobre si Lutero se quería retractar de los errores contenidos en sus libros, Lutero respondió:
“Puesto que vuestra Majestad sacratísima y vuestras señorías me piden una respuesta simple, la daré sin cuernos ni dientes en esta forma: mientras no me convenzan con testimonios de las Escrituras o con razones evidentes —pues no creo en el Papa ni en los Concilios solos, que según consta erraron muchas veces y se contradijeron entre sí—, convencido como estoy por las Escrituras que he aducido y siendo mi conciencia prisionera de la Palabra de Dios, no puedo ni debo retractar nada, ya que no es prudente ni está en mi mano actuar contra la conciencia. ¡Dios me ayude! Amén.”
Considerando objetivamente esta respuesta de Lutero, ella contiene muchos errores y falsedades. Ante todo, es erróneo creer que la refutación de los errores en la fe deba hacerse recurriendo únicamente a la Escritura, pues es necesario apelar también a la Tradición. En segundo lugar, Lutero dio prueba de una descarada rebelión contra la autoridad del Magisterio de la Iglesia. En tercer lugar, acusa falsamente al Magisterio de haber cometido errores doctrinales. En cuarto lugar, es falso que las Escrituras justifiquen la rebelión de Lutero. En quinto lugar, con el recurso a su conciencia Lutero muestra tener un concepto subjetivista de la conciencia, que permanecerá como un punto cardinal del cristianismo luterano, el cual hallará en el egocentrismo cartesiano un poderoso aliado filosófico, que dará lugar al idealismo alemán del siglo XIX.
El principio de que no se debe actuar contra la conciencia en sí mismo es correcto. Pero no es pensable que Lutero, doctor en teología y personaje eminente de la Orden Agustiniana, fuese tan ignorante como para actuar de buena fe. Al apelar a la conciencia, Lutero muestra por tanto no ser sincero, sacando un pretexto para hacer su voluntad en lugar de la de Dios.
Podemos decir también que Lutero se remite a un falso concepto de conciencia de origen ockhamista, que ciertamente jugó también en los precedentes movimientos heréticos de los valdenses, de los wycliffianos y de los husitas, esto es, la conciencia individual como juez inapelable de la verdad, bajo el pretexto de que —como dice también San Buenaventura— la conciencia es la voz de Dios en nuestro corazón.
Ockham, en cambio, perdiendo de vista la fundamentación real y objetiva del universal, y considerando como real solo lo singular, y por tanto la conciencia singular, es llevado lógicamente a ver el yo singular como la medida de la verdad y a considerar como principio de verdad no el valor universal y trascendente, el “Tú” que está delante de mí (ob-jectum) y por tanto Dios mismo, sino el propio yo, la propia “conciencia”.
Por esto, en la visión luterana la conciencia no acepta ser corregida desde fuera, porque en definitiva fuera de la conciencia no hay nada. Y nos encontramos ya de un salto en el concepto idealista y husserliano de la conciencia y de la subjetividad ².
Ciertamente, cabe preguntarse qué valor moral pudo tener esta intimación hecha a Lutero por un representante del Emperador en materia eclesiástica, como es una causa de herejía en un congreso organizado por el Emperador y bajo la autoridad del Emperador.
¿No habría sido mejor que el Papa hubiese convocado un Concilio de los Obispos alemanes? ¿O que ellos mismos, por iniciativa propia, se hubiesen reunido para tratar un asunto de tanta importancia? ¿Cómo es que los Obispos alemanes no pensaron ellos mismos en convocar un Concilio en Alemania? Por desgracia, al primer surgir y difundirse del luteranismo los Obispos se mostraron escandalosamente ausentes. A defender la fe y las almas de la herejía fueron ante todo los dominicos, con numerosos actos de heroísmo, que a veces los condujeron al martirio.
Hay que observar además que en la Dieta de Worms el tono altanero y humillante del representante del Emperador hacia Lutero, aunque las infracciones canónicas que le reprochó eran verdaderísimas, no era el mejor para tocar la conciencia de Lutero, ya de por sí arrogante y temerario. Tampoco estaba claro qué quería ser aquel procedimiento contra Lutero: ¿una causa civil o una causa eclesiástica? Se hizo confusión de competencias: la materia era de tipo eclesiástico; el juicio se quiso confiar a un funcionario público.
¿Qué sanciones se podían pedir a un tribunal de este tipo? Lutero ya había sido juzgado por el Papa y excomulgado como hereje. Correspondía a la autoridad eclesiástica dar curso a las sanciones penales entonces en vigor contra los herejes, y sabemos cuán severa era entonces la Iglesia. Según el sistema medieval aún vigente, ella se servía del brazo secular para castigar a los herejes. Carlos V se comprometió entonces a hacer ejecutar las penas canónicas ya previstas por las leyes de la Iglesia. Promulgó un edicto por el cual Lutero quedaba proscrito de todos los territorios del Imperio. El decreto fue oficialmente suscrito por todos los Estados alemanes ³.
Pero, como es sabido, Lutero por una parte, salvo el celo de algún Obispo contrario a él, fue sustancialmente dejado hacer por el Episcopado alemán, y por otra parte tuvo el apoyo y la protección clandestinos de algunos Príncipes del Imperio que se habían convertido en sus seguidores o que esperaban que la rebelión de Lutero fortaleciera su poder. Así, desde entonces se hizo imposible por parte de Roma proceder contra Lutero según el derecho penal eclesiástico de la época.
Ciertamente, como es sabido, la Iglesia mediante el Santo Oficio y el apoyo de los soberanos católicos habría procedido contra los luteranos allí donde le era posible, sobre todo en Italia y España, mientras que en los territorios europeos conquistados por el luteranismo, es decir, los Estados del Centro-Norte de Europa, la cosa ya no fue posible. Así hemos llegado a la situación de hoy, por la cual con el Concilio Vaticano II la Iglesia decidió iniciar un diálogo de reconciliación con las Iglesias protestantes con la esperanza de que pueda ser restituida aquella comunión entre cristianos bajo la guía del Papa, que existía antes de que los luteranos se separaran de Roma, sin olvidar tampoco la esperanza de recomponer el cisma de Oriente.
Después de que Lutero fue escondido por sus amigos y puesto en un lugar secreto seguro, el Emperador no pudo hacer nada contra él, de modo que debemos decir que en definitiva Lutero, con el apoyo de sus protectores, se burló del Emperador, y de modo semejante el Papa, privado de la ayuda de Carlos V y de los Obispos alemanes, se encontró en la imposibilidad de dar curso a las penas canónicas consiguientes al decreto de excomunión.
Se verificó así ante toda la cristiandad, por este episodio tan poco honroso, un temible descenso de prestigio tanto de la autoridad civil, no a la altura de afrontar un problema religioso y espiritual tan serio y complejo, como de la autoridad religiosa, ausente precisamente en el momento en que más se necesitaba su luz y su prudente intervención.
Es interesante notar cómo Lutero, que rechazó la Tradición, tuvo sin darse cuenta el sentido de la Tradición viviente en el momento en que pretendía luchar por la pureza de la Palabra de Dios, la cual, ¿qué es en el fondo, sino el objeto del tradere, y qué es la Palabra objeto de la predicación sino el traditum?
También Lutero, por tanto, de modo semejante a Lefebvre, se equivocó acerca de la esencia de la Tradición: Lutero creyendo que era solo un agregado de cosas humanas falibles, como las viejas tradiciones farisaicas contra las cuales se enfrenta Cristo; Lefebvre, confundiendo la Sagrada Tradición como tal con aquella fase de desarrollo que había alcanzado con Pío XII, y por tanto rechazando las doctrinas nuevas del Concilio como testimonio de la Tradición.
Lutero, en cambio, rechaza la existencia misma de una Sagrada Tradición escrita o no escrita, que transmita verdades de fe no contenidas en la Escritura, y por consecuencia rechaza la infalibilidad del Papa en la interpretación de los contenidos de esta Tradición. Los luteranos no niegan la existencia de tradiciones, pero colocan entre estas tradiciones humanas aquella que la Iglesia católica llama Sagrada Tradición como fuente de Revelación, reservándose juzgarlas a la luz de su propia interpretación de la Escritura, que varía además según los diferentes exegetas o biblistas.
La convicción de Lutero de poder comunicarse directamente con Dios sin la mediación de la Iglesia visible, intérprete de la Escritura y de la Tradición, nace de una extremización inmanentista y egocéntrica del interiorismo agustiniano. Son famosas las expresiones de Agustín ⁴ que podrían llevar a pensar que él, en su ardiente deseo de una comunión personal e íntima con Dios, no tuviese en cuenta la mediación humana y social, cosa que no corresponde en absoluto a una auténtica interpretación de la espiritualidad agustiniana, pues Agustín, si es maestro en esta aspiración a la unión personal con Dios, lo es igualmente, como Obispo, en la comunión eclesial, además de tener clarísimo el riesgo del amor propio ⁵ bajo el pretexto del recurso a la conciencia. Agustín sabe perfectamente que el Magisterio de la Iglesia es intérprete infalible tanto de la Escritura como de la Tradición.
Lutero, en cambio, por desgracia, dejó que su agustinismo fuese contaminado por el individualismo anárquico ockhamista, de modo que su interiorismo entró en conflicto con la autoridad y la tradición de la Iglesia, mientras al mismo tiempo él, convencido de ser un reformador, se hizo promotor de una comunidad cristiana en conflicto con aquella de la cual se separaba, y que consideraba corrompida por haber traicionado la Palabra de Dios.
Así nació la comunidad luterana, que sin embargo muy pronto, a pesar de sus Profesiones de fe, reveló la tendencia a la autodivisión y su incapacidad de poseer un principio de unidad, a causa del principio individualista de matriz ockhamista. Ciertamente, como sabemos, estas comunidades o Iglesias luteranas, siempre agitadas por conflictos internos, han perseverado en la historia hasta llegar hoy a formar la Federación Luterana Mundial, que además mantiene relaciones con la Iglesia católica. Es evidente que también esta federación tiene una tradición. Pero es igualmente evidente que se trata de una tradición meramente humana, precisamente aquella que Lutero quería rechazar al arremeter contra la Tradición divina de la Iglesia católica.
Es impresionante el éxito que Lutero ha logrado obtener en todo el mundo en estos cinco siglos. Los apologetas católicos y los Papas no han conseguido, sino en mínima medida, convencer a los luteranos de su error y persuadirlos de alcanzar la plena comunión con la Iglesia católica, de la cual se han separado. Ellos, en cambio, se han organizado a escala mundial con sus propias comunidades, símbolos de fe ⁶, instituciones jurídicas y sociales, ritos, misiones, obras educativas, escuelas catequéticas y de teología, centros culturales y de espiritualidad. Recordemos, sin embargo, que Cristo quiso un solo redil con un solo pastor y nos dijo también cómo esto puede y debe realizarse.
Los primeros pasos reformadores de Lutero causaron buena impresión incluso entre hombres piadosos, porque él denunciaba escándalos y abusos de poder y de injusticias efectivamente cometidas por los Obispos e incluso por parte de Roma.
Ya sus primeros escritos, cargados de acusaciones y llenos de una indignación que parecía profética, tuvieron inmediata y enorme difusión en toda Alemania, porque correspondían a un estado de ánimo de exasperación, de amargura y de rencor difundido hacia la autoridad eclesiástica, a menudo más apegada a las mundanidades, al dinero y al poder que al servicio de las almas y de la Palabra de Dios.
Así nació una doble violenta reacción: la de los fieles ligados al sistema vigente y la de aquellos ya influenciados por las precedentes herejías husita y valdense. Se formaron dos partidos igualmente extremistas: uno que veía en Lutero solo el bien y otro que veía solo el mal. Habría sido necesario, en cambio, un grupo de católicos sabios e imparciales, capaces de discernir entre lo bueno y lo malo, como intentamos hacer hoy con el ecumenismo.
Pero, por desgracia, estos jueces sabios y honestos faltaron, aunque ciertamente fueron más numerosos entre los críticos de Lutero, como algunos teólogos y algunos Obispos. El mismo León X condenó correctamente sus herejías, pero no supo reconocer los aspectos buenos. Lo hizo el Papa Francisco con algunas de sus declaraciones espontáneas, que a algunos parecieron escandalosas, pero que ciertamente deben referirse a los aspectos positivos ⁷. Gravísimo error sería, como creen los modernistas, pensar que el Concilio de Trento se equivocó al condenar los errores de Lutero y que solo hoy podemos saber lo que él quería decir.
Podemos, en cambio, preguntarnos: si las Iglesias protestantes consideran a Cristo su pastor, ¿cómo es que se mantienen separadas de aquel redil que está guiado por los Vicarios de Cristo, los Romanos Pontífices? Si este es el redil de Cristo, ¿qué sentido tienen sus pastores, sus rediles? ¿Con qué coherencia se dicen cristianos permaneciendo fuera del redil de Cristo?
Recordemos además que el ecumenismo iniciado por el Concilio los interpela sobre estos puntos. Ciertamente ha puesto más en evidencia las verdades de fe comunes, ha suavizado las polémicas, ha promovido una reconciliación y un perdón recíprocos entre católicos y protestantes, una mejor comprensión mutua, la eliminación de falsas interpretaciones, equívocos y malentendidos, ha promovido el diálogo y el intercambio de ideas, oraciones y obras caritativas comunes, pero con todo ello estamos aún muy lejos del objetivo que se propuso el Concilio.
A pesar de las directivas conciliares, la Iglesia no ha logrado hasta ahora organizar una pastoral para los hermanos separados capaz de animarlos a entrar en la Iglesia. Y esto porque nosotros, los católicos, no conseguimos hacer comprender a nuestros hermanos separados qué alegría es vivir en la Iglesia y qué desgracia es vivir fuera de ella.
Hasta ahora la Iglesia no ha encontrado el modo de persuadir a los hermanos separados de unirse a la Iglesia católica, y existe incluso un falso ecumenismo ambiguo, evasivo e inconcluyente, el cual, callando los errores protestantes, evitando corregirlos y haciendo pasar por católico lo que es protestante, obtiene el efecto contrario al del verdadero ecumenismo, es decir, hace que los protestantes permanezcan protestantes convencidos de tener razón, mientras ciertos católicos, creyendo que es la Iglesia la que se equivoca, se convierten de hecho en protestantes conservando de católico solo el nombre.

La advertencia a Lutero del Concilio de Trento

El Concilio de Trento hizo presente a los luteranos que «la verdad salutífera y la disciplina están contenidas en los libros escritos y en las tradiciones no escritas, las cuales, recibidas por los apóstoles de la misma boca de Cristo y por los mismos Apóstoles bajo dictado del Espíritu Santo, casi transmitidas de mano en mano, han llegado hasta nosotros» (Denz. 1501).
El Concilio, como siempre han explicado los apologetas católicos, quiere decir que las verdades salutíferas no se encuentran solo en la Escritura, sino que también las hay en la Tradición. Parte de ellas están en la Escritura y parte en la Tradición, de modo que quien quiera conocerlas todas debe informarse tanto en la Escritura como en la Tradición, siguiendo la interpretación que da de ellas el Magisterio de la Iglesia.
La distinción entre «escrito» y «no escrito» no debe entenderse en sentido material, ya que existen también tradiciones escritas, sino en sentido formal, es decir, en referencia a diferentes datos doctrinales contenidos en la Biblia y en la Tradición. Lo cual significa que no es que en la Biblia y en la Tradición estén las mismas verdades con la sola diferencia de que las primeras son escritas y las segundas orales, puesto que existe también una Tradición puesta por escrito, sino que se trata de verdades distintas en la Biblia y en la Tradición.
Aquí está la advertencia que el Concilio de Trento hace a Lutero. No es cuestión de escrito o no escrito —aquí hay que decir que el Concilio es poco claro—; es cuestión de contenidos doctrinales presentes en la Biblia y ausentes en la Tradición y viceversa, salvo que por «Tradición» se entienda —cosa legítima— la predicación oral de la Palabra de Dios. Entonces todas las verdades salutíferas, incluso las bíblicas, están en la Tradición. Pero en tal caso tendríamos la sorpresa de coincidir con Lutero, el cual, si apelaba a la Escritura, en sustancia confiaba la transmisión del Evangelio a la predicación. Pero el Concilio de Trento entendía por Tradición lo que he dicho arriba; de otro modo, ¿por qué motivo habría intervenido contra Lutero? ¿Para quién hace esa distinción entre verdad escrita y tradición no escrita?
No es, por tanto, correcta la interpretación dada por Geiselmann, según la cual el Concilio es solo aparentemente contrario al principio luterano del sola Scriptura, porque de todos modos también el Concilio sostendría que en la Escritura están todas las verdades salutíferas ⁸. Se limitaría a decir que la Iglesia obtiene su certeza sobre todas las cosas reveladas también de la Tradición, sin afirmar que se trata de verdades distintas y complementarias.
Hay que decir, en cambio, que el decreto tridentino está claramente contra Lutero —así lo han entendido siempre también los luteranos—, porque Lutero sostenía efectivamente que las verdades salutíferas están todas y solo en la Escritura, negando valor salutífero a la Tradición, que para él era impostura y abuso de autoridad.
Está claro, por otra parte, que Lutero no rechazó cualquier tradición, porque solo un demente podría vivir aislado, fuera del contacto con una tradición, pero tuvo la insensatez de abandonar irrazonablemente aquella preciosa, aunque necesitada de reforma, tradición católica que lo había engendrado en el seno de la Iglesia y lo había instruido hasta su desdichada decisión de separarse de ella, ¿para hacer qué? No para abandonar cualquier tradición, sino para unirse a precedentes movimientos heréticos como los ockhamistas, los valdenses, los wycliffistas, los husitas y los begardos, que utilizaban la Biblia para atacar a la Iglesia y, como él, sostenían que cualquier fiel singular podía ser inspirado por el Espíritu Santo en desprecio de cualquier Sagrada Tradición, del Papa, de los Concilios y del Magisterio de la Iglesia.
Por desgracia, los luteranos en estos cinco siglos no se han corregido de su error, por lo cual el Concilio Vaticano II se vio obligado a repetir la misma advertencia, donde, después de haber dicho que tanto la Escritura como la Tradición «brotan de la misma fuente divina y en cierto modo forman una sola cosa y tienden al mismo fin, sucede así que la Iglesia obtiene su certeza sobre todas las cosas reveladas no de la sola Sagrada Escritura» (Dei Verbum, n. 9) ⁹.
Entretanto, no hay muchas palabras que gastar para documentar con cuánto empeño los apologetas católicos y los Santos han intentado persuadir a los luteranos de desistir de su error. En el curso de estos siglos ha resultado evidentísimo que ellos rechazaban aquellas verdades de fe que no están explícitas en el texto sagrado, como por ejemplo el bautismo de los niños, el sacramento de la unción de los enfermos, las indulgencias, el purgatorio y algunos dogmas marianos.
Si existiera un sola Scriptura de tipo católico, como parece creer Congar, ¿con qué autoridad enseña la Iglesia todas las cosas mencionadas como verdades de fe? ¿No volvería a aparecer la opinión de Lutero? ¿Entonces la Iglesia habría reconocido que Lutero tenía razón? ¿Entonces contra quién se dirigen Trento y el Vaticano II cuando dicen que no basta la Escritura?
Lo que más bien podríamos preguntarnos es qué es lo que retiene a estos hermanos nuestros en tan obstinada oposición a aquellas verdades, mientras nos duele constatar cómo el rechazo de las verdades de la Tradición arrastra consigo el rechazo del Magisterio de la Iglesia, lo cual, como demuestran los hechos, ha causado en el pensamiento protestante ulteriores errores, hasta alejarlo en ciertos casos tanto de sus raíces cristianas, que ha llegado a las formas más anticristianas de idealismo, panteísmo, gnosticismo, agnosticismo y existencialismo.
En efecto, ser luterano no significa tanto asumir y repetir todas las convicciones de Lutero acerca de los contenidos de la Revelación, cuanto más bien asumir su mismo método de acercamiento a la Escritura, interpretando los textos en base a simples convicciones o criterios personales independientemente de cualquier otra interpretación que no concuerde con el propio parecer.
De Lutero permanecen vinculantes para el luterano solo sus tres principios: sola Scriptura, sola fides, sola gratia. Todo lo demás lo tratan sintiéndose completamente libres de seguir o no seguir a Lutero. Así como Lutero se sustrajo a la obediencia al Magisterio para seguir su propia opinión, así los luteranos son luteranos precisamente en el momento en que, para seguir su propia opinión, rechazan en algún punto a Lutero. Existe ciertamente una tradición luterana, pero ella deja siempre libre en algún aspecto al luterano de pensar como prefiera, con tal de que se salven los tres principios que he dicho, rechazando los cuales ya no puede considerarse luterano.
Observemos además que tanto la intención de Lutero como la de Lefebvre no fue la de proponer un mejor conocimiento de la Tradición, como habría hecho el Concilio Vaticano II, sino la pretensión de reconducir a la Iglesia a reencontrar la verdadera Tradición, que para Lutero se resumía en la viva predicación de la Palabra, mientras que para Lefebvre era la Sagrada Tradición por él malinterpretada, tradición que de todos modos ellos consideraban traicionada, deformada o perdida por la Iglesia.

El cartesiano no sabe apreciar la tradición

Como conclusión de este artículo, quiero hacer presente la importancia de la gnoseología cartesiana como factor de destrucción del concepto mismo de tradición. La tradición, en efecto, se hace posible y concebible solo en una gnoseología para la cual la razón no pretende sacar todo de sí misma, sino que, presuponiendo la existencia externa de la otra persona que habla, se pone a la escucha de lo que dice y testimonia, y lo acepta, lo toma por verdadero no porque pueda demostrarlo racionalmente, sino en virtud de su credibilidad. Por esto debemos decir que el cartesianismo excluye el concepto de tradición, porque más en lo profundo hace imposible la fe, aquella fe que conduce a aceptar el dato tradicional transmitido por el testigo de la tradición.
El concepto de tradición, en efecto, supone la existencia y la credibilidad de un grupo de transmisores de esta tradición, a los cuales es necesario dar confianza para poder recibir los contenidos de la tradición. Ahora bien, la gnoseología cartesiana está basada en el uso exclusivo de la razón, por lo cual el saber queda limitado solo a lo que se puede demostrar racionalmente. Ahora bien, el contenido de fe presentado por la Tradición no puede ser demostrado racionalmente, sino que debe ser acogido con confianza y aceptado como verdadero por la palabra y en base al testimonio de los depositarios de la Tradición, es decir, los Obispos sucesores de los Apóstoles bajo la guía del Papa. De aquí se entiende bien que la asunción de la concepción cartesiana del conocimiento impide el acceso a la fe católica mediada por la Tradición.
El cartesiano no escucha a ningún maestro fuera de sí mismo. No confía en nadie fuera de sí mismo. El cartesianismo, como demuestra la historia, no favorece en absoluto los saberes tradicionales ni los testimonios históricos, sino que, al contrario, provoca la ignorancia de la historia y los trastornos culturales y sociales, y en consecuencia lleva a la disolución de la fe cristiana.

Fin de la Tercera Parte (3/3)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 24 de febrero de 2026

Notas

¹ Texto reportado por Ricardo Garcia-Villoslada, Martin Lutero il frate assetato di Dio, Istituto Propaganda Libraria, Milano 1976, vol. I, p.770.
² Sobre el problema de la conciencia, véase Conciencia. Storia e percorsi di un concetto, bajo la dirección de Luca Gabbi y Vittor Ugo Petruio, Donzelli Editore, Roma, 2000.
³ Ricardo García Villoslada, op.cit., p.787.
⁴ «Deum et animam scire cupio - nihil ne plus? - Nihil omnino», Soliloqui, I, 2 7; «noverim me, noverim Te». Soliloqui, II, 1,1; «Cuius philosophiae duplex quaestio est: una de anima, altera de Deo», De ordine, II, 18,47.
⁵ Es conocida la fórmula agustiniana para expresar las dos posibles actitudes del hombre hacia Dios: «amor sui usque ad contemptum Dei» y «amor Dei usque ad contemptum sui» (La ciudad de Dios, l. XIX, c.28), que corresponden a las palabras de Cristo según las cuales quien pierde su alma por Él, la encuentra y quien busca su alma, la pierde.
⁶ Ya en 1530 apareció la Confesión de Augusta. Ver Mario Bendiscioli, La Confessione Augustana del 1530, Carlo Marzorati Editore, Como 1943.
⁷ Como cuando el Papa, el 26 de junio de 2016, dijo que Lutero fue un «reformador, que tenía buena intención y que ofreció una medicina». Es evidente que el Papa se refiere a los aspectos positivos. Ambigua, en cambio, y sustancialmente falsa es la tesis de Kasper, según la cual «el reconocimiento de que la justicia de Dios no es una justicia que castiga al pecador, sino que lo justifica, es el gran descubrimiento protestante de Martín Lutero, un descubrimiento que lo liberó también a él del miedo al pecado y de los tormentos de la conciencia» (Misericordia. Concetto fondamentale del Vangelo - Chiave della vita cristiana, Queriniana, Brescia 2013, p.121). El miedo al pecado que merece castigo es un incentivo para no pecar, y para arrepentirse de los propios pecados y hacer la debida penitencia, lo cual da a la conciencia, obtiene la divina misericordia y la verdadera paz de la conciencia. Creer, con el pretexto de la misericordia, que Dios no castiga a los malvados impenitentes es una gran impostura y una gran hipocresía.
⁸ La tesis de Geiselmann es referida por Congar, el cual por tanto en su libro La Tradizione e le tradizioni, Edizioni Paoline, Roma 1965, pp.322-324, se equivoca al defender a Geiselmann. En efecto, no es creíble que después de 500 años de críticas de doctos teólogos católicos sobre este punto gravísimo de doctrina, solo hoy nos demos cuenta de que en el fondo la Iglesia dice lo mismo que Lutero. ¿Y por qué motivo el Concilio Vaticano II volvió todavía sobre ese punto? ¿Porque tampoco él entendió a Lutero? ¿Geiselmann entendió la doctrina de Trento sobre la Tradición mejor que lo que la misma Iglesia ha querido decir sobre ella en estos 500 años?
⁹ Ratzinger y Rahner, en su libro Revelación y tradición (Morcelliana, Brescia 1970), presentan la posición luterana en oposición a la católica no como un error que debe corregirse, sino como un partido que se opone a otro partido, que sería el católico, de modo que el problema sería simplemente ponerse de acuerdo convergiendo en un punto común a mitad de camino. Pero un problema tan serio no se resuelve dando un golpe al aro y otro al barril. Si queremos verdaderamente el bien de nuestros hermanos protestantes, hay que comprender cuáles obstáculos los frenan para escuchar a la Iglesia y remover esos obstáculos.

_________________________

Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Quaestio: Negligentes mandatum Dei propter observationem traditionis hominum

Articulus tertius

Utrum sola Scriptura sufficiat ad totam Revelationem tradendam,
vel requiratur Traditio viva Ecclesiae

Ad hoc sic procediturVidetur quod sola Scriptura sufficiat ad totam Revelationem tradendam.
1. Quia in Sacra Scriptura inveniuntur omnia data necessaria ad salutem.
2. Praeterea, Traditio nihil addit, cum sit mera praedicatio oralis eorum quae iam in Scriptura continentur.
3. Item, Scriptura, propter suam firmitatem et certitudinem, est securior quam verbum oraliter transmissum, quod potest dare occasionem erroris.
4. Denique, Traditio confunditur cum traditionibus humanis mutabilibus et caducis, sicut culturalibus vel liturgicis.

Sed contra est quod Concilium Tridentinum docet veritates salutiferas et disciplinam contineri tam in libris scriptis quam in traditionibus non scriptis, receptis ab Apostolis ex ipsa Christi ore et transmissis ab eis sub ductu Spiritus Sancti. Et Concilium Vaticanum II affirmat Ecclesiam certitudinem haurire de omnibus rebus revelatis non ex sola Scriptura, sed etiam ex Traditione.

Respondeo dicendum quod Revelatio divina non continetur integre in Scriptura, sed etiam in Traditione viva Ecclesiae. Christus doctrinam suam Apostolis tradidit ut oraliter transmitterent, et illi, sub ductu Petri et Successorum eius, constituti sunt custodes et interpretes Evangelii. Evangelistae partem tantum doctrinae scripto consignaverunt, alias veritates praedicationi orali reliquerunt, quae pertinent ad patrimonium Traditionis. Reicere Traditionem est reicere mediationem ecclesialem et Magisterium, quod ducit ad errores doctrinales et ad dissolutionem fidei. Sic ostenditur in casu Lutheri, qui, separans Scripturam a Traditione et a communione Ecclesiae, Revelationem ad librum humanum redegit; idem accidit in Lefebvrianismo, qui nomine Traditionis communionem cum Papa recusat. Cartesianismus autem, excludens credibilitatem testimonii, fidem impossibilem reddit et ipsum conceptum traditionis destruit.

Ad primum dicendum quod Scriptura continet partem Revelationis, non tamen totam; Traditio vero tradit veritates non scriptas.
Ad secundum dicendum quod Traditio non est mera praedicatio oralis, sed patrimonium divinum quod includit veritates dogmatizatas et ab Ecclesia definitas.
Ad tertium dicendum quod Scriptura habet firmitatem, sed Traditio viva, Spiritu Sancto adiuta, infallibiliter conservat depositum revelatum.
Ad quartum dicendum quod traditiones humanae distinguendae sunt a Sacra Traditione; confusio earum est error qui obscurat veram Traditionem divinam. 
   
JG

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