El sacrificio expiatorio, ¿es una noción arcaica y superada, o el corazón mismo del cristianismo? ¿Podemos hablar de misericordia sin justicia, de perdón sin reparación, de salvación sin cruz? ¿No es ilusorio pensar que Dios perdona inmotivadamente, sin exigir expiación, cuando la Escritura nos muestra al Hijo entregado como víctima inocente para reconciliarnos con el Padre? ¿Qué sentido tienen entonces el sufrimiento, la muerte y la Misa, si se niega el valor expiatorio de la cruz? En esta primera parte de su artículo, el padre Giovanni Cavalcoli nos invita a redescubrir el verdadero porqué de la expiación: no como un contrato humano ni como una metáfora vacía, sino como el misterio de amor y justicia en el que Cristo satisface por nosotros, nos libera del pecado y nos devuelve la paz con Dios. [En la imagen: fragmento de "Gólgota", óleo sobre lienzo, 1900, obra de Edvard Munch, conservado en el Museo Munch, Oslo, Noruega].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 30 de marzo de 2026
El sacrificio expiatorio (1/3)
El sacrificio expiatorio (1/3)
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli cuya primera parte se publicó el 6 de junio de 2022. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-sacrificio-espiatorio-prima-parte-13.html)
Una noción que está en el corazón del cristianismo
En la Sagrada Escritura encontramos un concepto de sacrificio cultual que se asemeja al de la antigua religión romana y que se encuentra de algún modo en todas las religiones, porque caracteriza y funda la religión como tal. Sin sacrificio expiatorio no existe religión. Por lo tanto, se trata de un importante tema del actual diálogo interreligioso.
En ambos casos, de hecho, tanto del cristianismo como de las otras religiones y en particular de la antigua religión romana, el sacrificio es la ofrenda a Dios de una víctima o el cumplimiento de una acción reparadora a fin de "expiar" el pecado ¹, o sea de compensar a Dios por la ofensa que se le ha causado, para aplacar la ira divina y obtener su perdón, y con él la reconciliación y la paz.
De hecho, el término latino ex-piatio, correspondiente al hebreo kippur, es conexo con el término pius, pietas, que es la virtud de religión, por la cual se rinde culto y honor a Dios y se cumple lo que es justo delante de él para obtener su favor y su perdón.
La expiación ya en la religión romana es un acto con el cual el transgresor, especialmente el sacerdote, que padece la pena del pecado, se purifica y purifica a los fieles de las culpas cometidas, ofreciendo a la divinidad un don o una víctima a ella agradable (el sacrificio) a fin de aplacar a la divinidad, por lo cual ella ya no imputa sino que cancela las culpas cometidas. Ocurre la reconciliación del hombre con Dios.
Esta operación sagrada se llama sacri-ficium, el hacer algo sagrado, llamado así porque se ofrece a la divinidad. De hecho, lo sacrum es lo que se refiere a la divinidad, se trate de una acción, de una palabra, de un objeto, de una persona, de un lugar, de un tiempo, de un edificio.
El sacramentum es el signo sensible de lo sacro, que consagra o hace sacro o transmite lo sacro o expresa lo sacro o conduce a lo sacro o protege lo sacro. El cristianismo utilizará luego este término para designar precisamente los sacramentos. El sacramento cristiano produce lo sagrado, es decir, la gracia que él significa en el signo sagrado.
Ya en la religión romana, el hombre piadoso aceptaba voluntaria y gustosamente el sufrimiento, la desgracia y la misma muerte en expiación de sus propias culpas. Esta acción pía es al mismo tiempo una acción sacra, es un sacrificium. Y la virtud que corresponde a esta acción es la pietas, la virtud de religión. Cristo supone o asume esta noción natural del sacrificio expiatorio, y la eleva al orden sobrenatural mediante el sacrificio de Sí mismo para la remisión de los pecados, obra divina que sólo Dios puede cumplir.
En el antiguo Israel, el sacrificio puede implicar tanto el matar como el no matar a la víctima. El matar significa que el posesor de la víctima se priva de ella, para donarla a Dios. Pero también está presente el sacrificio incruento de dones u ofrendas o prácticas rituales, porque nos damos cuenta también del hecho de que es incongruente ofrecer a Dios la vida de sus propias criaturas asesinadas.
Jesús concibe el sacrificio cultual como ofrenda no sólo de la víctima muerta, sino también de la misma muerte expiatoria del sacerdote, en cuanto que, como sabemos, en el sacrificio cristiano la víctima es el mismo sacerdote, que se ofrece como víctima. Sin embargo, no es el sacerdote quien mata a la víctima, porque de lo contrario debería matarse a sí mismo, lo que evidentemente es inconcebible ². Sino que la víctima es muerta por otros no para sacrificarla, sino por odio contra la víctima misma, en cuyo caso Cristo acepta la muerte no en cuanto delito inconmensurable cometido contra él, sino en cuanto exigida por el sacrificio querido por el Padre. Por otra parte, hay que considerar que sólo en el cristianismo la víctima, aunque muerta, resucita, por lo cual se ofrece una víctima viva.
En la Escritura, la obra benéfica de Cristo a nuestro favor también se indica mediante otras categorías, además de la del sacrificio expiatorio:
1. La del rescate o pago al Padre en lugar nuestro de la deuda, contraída con el Padre a causa del pecado, ya que nosotros no podemos recompensar al Padre por el hurto sufrido, en cuanto nosotros, con nuestra desobediencia, hemos permitido a Satanás posesionarse de nosotros, que en cambio somos propiedad del Padre.
2. El de la re-compra (red-emptio), que implica evidentemente dos adquisiciones: la primera es el hecho de que Cristo nos ha adquirido para el Padre con la creación; la segunda adquisición es la redención, con la cual Cristo nos ha adquirido por segunda vez arrancándonos del poder de Satanás y ofreciendo su propia sangre al Padre como precio de nuestro rescate, para resarcirlo del hurto sufrido.
3. La liberación. Cristo nos libera de la esclavitud de Satanás y nos restituye a nuestro legítimo Señor, que es el Padre.
4. La purificación. Sobre el presupuesto de comparar el pecado a una inmundicia, Cristo quita la mancha del pecado, nos lava y nos purifica con su sangre.
5. La salvación. Cristo es comparado a un médico y nosotros a enfermos graves, si no propiamente muertos, por lo menos a la gracia. Cristo, por tanto, nos sana y nos resucita de la muerte del pecado. Su muerte quita nuestra muerte. Es aquí donde, si no comprendemos correctamente este principio aparentemente paradójico, juega el equívoco hegeliano de lo negativo productor de lo positivo, de la muerte producctora de la vida.
Ahora bien, en este artículo nos detenemos sólo en el aspecto de la expiación, que es el esquema más típicamente religioso, respecto a los otros, tomados de otros géneros de actividades humanas, como la economía, el ejercicio de la libertad, la higiene y el cuidado de la salud.
El significado cristiano de la muerte
El sacrificio expiatorio implica el matar a la víctima. En el sacrificio cristiano la víctima es el mismo sacerdote oferente: Jesucristo. Para comprender entonces el significado del sacrificio de Cristo, es necesario exponer el significado religioso de la muerte de Cristo. Él, de hecho, no ha sido muerto por sus asesinos como víctima de expiación, sino enodio a su testimonio como Hijo de Dios y como sedicioso contra el dominio romano.
¿Cómo sabemos, entonces, que Jesús mismo, al aceptar la cruz, se ha ofrecido como víctima de expiación? Nos lo dice san Juan (1 Jn 2,2). Cristo ha muerto en obediencia a la voluntad del Padre, el cual, como explica la Carta a los Hebreos, citando algunos versículos del Salmo 40, ha "preparado un cuerpo" (10,5) para el Hijo. Y la Carta explica: "Es por esa voluntad que nosotros hemos sido santificados, por medio de la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez y para siempre" (v.10).
Y el mismo Jesús explica el significado de su muerte: "El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20,28).
Es necesario entonces ver cuál es el significado de la muerte para la Sagrada Escritura. Ella nos dice ante todo que la muerte es la pena del pecado. Dios, si hubiera querido, no sólo habría podido no exigir expiación de la culpa del pecado original, sino también quitarnos la pena y por tanto devolvernos inmediatamente la inmortalidad que habíamos perdido. Él ciertamente nos perdona, pero conjuntamente y como condición -nos dice la Biblia- quiere que se le restituya justicia, quiere ser compensado por la ofensa sufrida, quiere que la culpa sea expiada, dando a la pena, o sea a la muerte, una función expiatoria.
No se debe confundir aquello que de hecho Dios ha querido con aquello que podría haber querido. Aquellos que sostienen que Dios nos ha perdonado incondicionalmente, sin exigir expiación, están confundiendo con la voluntad de Dios lo que Dios hubiera podido querer, pero de hecho no ha querido.
Sin embargo el Padre, sabiendo bien que nosotros, por nuestra miseria, no éramos capaces de expiar suficientemente, es decir, de pagar la inmensa deuda del pecado, de reparar por nosotros solos el daño que nos habíamos procurado, ha tenido misericordia, pero al mismo tiempo ha requerido justicia. Él ha querido entonces que el Hijo, Él solo en cuanto Dios capaz de volver a darnos la vida, tomando sobre sí como hombre la pena del pecado, es decir, la muerte, hiciera expiatoria a la pena y desde allí, es decir, desde la muerte, de donde había venido la perdición, viniera la salvación.
Así se da que la realidad del plan divino de la salvación es que Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, para obtenernos la remisión de los pecados, sumo sacerdote de la Nueva Alianza en su sangre, se ofrece a sí mismo en la cruz al Padre por voluntad del Padre como inmaculada víctima de expiación y satisface por nosotros y en nuestro lugar al Padre por la ofensa por nosotros a Él causada por el pecado, obteniéndonos perdón y salvación.
Jesucristo con su obra redentora y expiatoria mediante su muerte vence a la muerte y nos da vida. La negación de la vida, hecha propia por el Dios de la vida, pierde su negatividad, adquiere un poder vivificante y se convierte en causa de vida. El sufrimiento, la pena del pecado, de por sí estéril e improductivo, se convierte, gracias a la cruz expiatoria de Cristo, en fuente de alegría y de obras buenas.
En la visión bíblica, el sacrificio expiatorio de Cristo da satisfacción al Padre por la ofensa del pecado, obtiene la benevolencia del Padre, y nos merece la salvación procurándonos la posibilidad de merecerla al participar en su gracia y en sus méritos, porque habiéndose Cristo ofrecido por nuestra salvación en obediencia a la voluntad del Padre, el mérito que Él como hombre se ha adquirido ante el Padre tiene un valor infinito y enteramente digno ("de condigno").
Sin embargo, si nosotros realmente queremos salvarnos, no debemos detenernos en la consideración de que Cristo ha muerto por nuestra salvación. No debemos detenernos y decir que Cristo nos ha salvado, que estamos salvados y que por lo tanto no se necesitan obras buenas para ser salvos. No se trata simplemente de subirse al auto de Cristo para hacernos transportar por Él en un cómodo viaje maquinal. Para nada, en absoluto. Tenemos nuestra parte que hacer, y muy fatigosa, sin la cual no podemos ser salvos. De hecho, la salvación es objeto de la esperanza; no es una posesión presente. Si queremos efectivamente salvarnos debemos trabajar por nuestra salvación con la ayuda de la gracia y movidos por la gracia.
Si no hacemos nuestra la cruz de Cristo, el hecho de que Él murió por nosotros no nos juega para nada, sino que nos deja en nuestros pecados. Sí, nosotros estamos salvados, pero al mismo tiempo debemos salvarnos. Por tanto, si queremos efectivamente salvarnos, debemos, como Él expresamente nos manda, unirnos a su sacrificio sobre todo en la Santa Misa y uniendo nuestros sufrimientos a los suyos, hasta nuestra propia muerte.
Este es el significado y el valor de la muerte cristiana, de modo que para salvarnos no basta el puro y simple morir, como cree Rahner, como si la muerte fuera de por sí productora de vida, como si tuviera en sí misma un poder salvífico, para ser una especie de "cumplimiento" o de liberación. Esta es la ilusión del suicida, no de la persona psíquicamente normal y mucho menos del cristiano.
En cambio, debemos decir claramente contra cualquier morbosidad tanatófila que la muerte en sí misma es un mal repugnante, es pura destrucción y cesación de la vida. Si el cristiano aprecia la muerte como camino de salvación, no la aprecia en cuanto muerte; en cuanto muerte le hace repugnancia, sino que la aprecia sólo porque ha sido asumida por Cristo para nuestra salvación.
Por tanto, si la muerte debe devenir el camino a la vida, es necesario que la muerte sea vivida no regocijándose en la misma muerte ni alabando a la muerte, sino que debemos nosotros, advirtiéndola con natural repugnancia en toda su terribilidad y su odiosidad, nos resignamos a ella y la soportamos, pero al mismo tiempo la acogemos, "hermana muerte", por amor y con amor a Dios, al prójimo y a nosotros mismos con espíritu de sobrenatural obediencia al Padre, en unión al Dios de la Vida, porque es la vida que quita la muerte. La muerte como tal sólo puede seguir siendo muerte, sino que es la Vida que la elimina y hace resurgir la vida.
Quien nos hace enamorarnos de la muerte como tal, considerándola productiva prescindiendo de la cruz expiatoria de Cristo no es Dios sino el demonio ³. ¿Cómo ha ocurrido venirle a la mente a Hegel considerar lo negativo como principio de lo positivo, la muerte como causa de la vida, el no-ser como principio del ser, lo falso como principio de la verdad, el mal como principio del bien?
No pudo habersido otro que un espíritu de negación, el espíritu del "no", el "espíritu de contradicción" ⁴, como dicen algunas mamás de sus hijos, el espíritu de la desobediencia y de la soberbia, que hemos oído hablar a nuestros progenitores en el Edén. ¿Y cuál es este espíritu? Es el demonio, homicida y mentiroso desde el inicio. Desafortunadamente, este es el "Espíritu" en la visión de Hegel. Si él identifica el Espíritu con Dios, en realidad él confunde a Dios con el demonio.
Está claro que la vida niega la muerte. Pero el error gravísimo de Hegel ha sido el de creer que la muerte da la vida, hasta el punto de negar la posibilidad de una vida que no muere, incluso en Dios. De modo que el duelo entre la vida y la muerte nunca tiene final y la vida nunca vence definitivamente. Pero así tenemos un círculo maldito, el "eterno retorno de lo igual", para decirlo con Nietzsche, (la "dialéctica") se repite sin cesar.
¿Pero, cómo Hegel ha podido cometer semejante error? Porque demasiado fascinado por el poder del pensamiento, ha confundido la lógica con la realidad, de modo que, si es cierto que en lógica los contrarios (por ejemplo, vida y muerte) se reclaman entre sí, ¡no así en la realidad! Sino que en la realidad existe una Vida absoluta e inmortal, libre de la muerte, que es Dios. En cambio, Hegel, lamentablemente, concibiendo el ser como ser-no-ser, pone los contrarios (vida y muerte) ¡incluso en Dios! ¿Quién podría haberle sugerido una semejante blasfemia, sino el demonio, que quiere ser adorado como Señor de la muerte?
Por lo tanto, si queremos hablar cristianamente de la muerte, no podemos en absoluto prescindir de la obra del diablo. El hecho de que Rahner pretenda hablar de la muerte cristiana sin mencionar jamás ni mínimamente la obra del demonio, desvirtúa en raíz todas sus disquisiciones gnóstico-hegelianas.
Siendo así las cosas, debemos decir entonces que nosotros, participando de los méritos de condigno, es decir, dignísimos y proporcionadísimos, de Cristo, llegamos realmente a merecer, por dignación del Padre, nuestra salvación, aunque sólo de congruo, es decir, porque el Padre se contenta con lo poco o poquísimo que podemos hacer, que de por sí sería del todo insuficiente para el pago de la deuda, si no estuviera avalado por el mérito de Cristo, mérito que añade lo que falta a nuestras pobres obras. Sin embargo, el Padre, mirando al Hijo crucificado, las toma por buenas y las acepta, para que gracias a ellas resucitemos en el bautismo de la muerte a la vida, nos procuremos y merezcamos nuestra salvación y nuestra liberación del pecado, del demonio y de la muerte.
En este punto, como veremos, aparece claro el enfoque sustancial hegeliano y anticristiano que Rahner ha dado a la concepción de la muerte de Cristo y de la muerte en general. Está claro entonces que la negación rahneriana del valor expiatorio del sacrificio de Cristo trae consigo el colapso del valor expiatorio de la Santa Misa y de nuestros sacrificios en Cristo.
Por otra parte, según la auténtica enseñanza cristiana, nosotros, para poder pagar nuestros pecados y salvarnos, estamos llamados a llevar nuestra cruz cotidiana con Cristo y a morir con Él haciendo nuestros sus sentimientos y sus intenciones, es decir, dando a nuestra muerte ese valor expiatorio que Él ha querido dar a la suya a nuestro favor.
De este modo, el sacrificio de la Misa es el acto con el cual in persona Christi el sacerdote actualiza incruentamente el sacrificio expiatorio de Cristo, para que nosotros, pueblo de Dios, juntamente con el sacerdote, nos ofrezcamos a nosotros mismos en Cristo al Padre en expiación por nuestros pecados, aplacamos la ira divina, alejamos el justo castigo, con nuestra muerte en Cristo vencemos la muerte, y obtenemos del Padre el perdón y la paz.
El por qué de la expiación
La noción de la expiación supone la sujeción a un castigo por parte de la divinidad por una culpa cometida. La práctica expiatoria, que puede ser una práctica penitencial o la ofrenda del sacrificio cultual, tiene la función de extinguir la culpa y de obtener el perdón divino. En el cristianismo, gracias al sacrificio expiatorio de Cristo, la misma muerte, asumida por el fiel con esta intención expiatoria, le procura el perdón divino y la salvación.
En la Escritura, en efecto, Dios es presentado como enojado con la humanidad pecadora y exigente de reparación por la ofensa sufrida, según el modelo de un señor que ha sido ofendido por el súbdito, el cual señor está dispuesto a reconciliarse con el súbdito, a condición de que éste repare al mal cometido.
Es claro que el pecado no puede privar a Dios de nada, para que Él pueda exigir que le sea restituido, y sin embargo, con excelente sentido pastoral y conocimiento de la psicología humana, la Biblia lo interpreta como expresión de la ira de ese Dios a quien hemos desobedecido, y a todos los males que aquejan nuestra existencia, desde las enfermedades, a las desgracias, a nuestros conflictos interiores, a la hostilidad de nuestros enemigos hasta la hostilidad de la naturaleza y hasta la misma muerte, como la realización de aquellos castigos que Dios había amenazado a nuestros progenitores, si hubieran desobedecido el mandato divino.
Es claro que el concepto de ira divina es una simple metáfora, ya que Dios, purísimo Espíritu, no tiene pasiones y de parte suya, siendo bondad infinita, no tiene ninguna hostilidad hacia nosotros, ni ninguna voluntad de dañarnos o de hacernos sufrir Sin embargo, es comprensible que la Biblia presente nuestra relación práctica con Dios como una relación interpersonal a semejanza entonces a cuanto sucede entre nosotros los hombres cuando surgen conflictos entre nosotros y uno ofende al otro.
Por tanto, la imagen del Dios airado es eficaz para entender el motivo de los males involuntarios que nos afligen y hacernos comprender que ellos no son tanto señal de que Él esté contra nosotros, sino de que somos nosotros los que estamos contra Él y somos nosotros los que tenemos necesidad de reparar por el mal que nos hemos hecho a nosotros mismos antes que a Él.
Él, en efecto, que nos ha creado, nos ama inmensamente y no tiene nada contra nosotros. Si nos reprocha y nos castiga, lo hace por puro amor, a fin de que nos convirtamos y seamos como debemos ser. Si la Biblia dice que Dios manda desventuras, quiere decir -y lo explica- que ellas son los males que nosotros mismos nos hemos procurado con nuestros pecados y nuestras necedades.
Somos nosotros los que nos hemos puesto contra Él y si lo sentimos contrario y airado, esto no debe suscitar en nosotros irritación o desesperación, sino que debemos entender que nos hace bien porque recordamos que Él ha sido justo al castigarnos y que podamos arrepentirnos y reparar el mal hecho y volver en paz con Él. Y si nos sentimos inocentes y a pesar de ello maltratados por Él, no es que Él sea injusto, sino que quiere decir que estamos llamados a unirnos a la cruz de Cristo, el Inocente por excelencia, para expiar con Él los pecados del mundo.
Pero Rahner sostiene que Dios no tiene necesidad de ser compensado de nada, que no pide ninguna expiación, ningún rescate o ninguna reparación, ninguna restitución o ningún resarcimiento, casi como si fuera un comerciante despojado de sus bienes, o un sujeto susceptible, deseoso de recibir satisfacción por la afrenta sufrida.
El mismo sufrimiento y la muerte para él no son el castigo infligido por un señor airado, al cual se ha desobedecido, sino la condición "existencial" propia de la criatura contingente y corruptible. Nuestras penas no vienen de Dios, sino de la naturaleza, de nosotros mismos y de los otros. Del demonio no habla en absoluto.
Dios es sólo bondad y ternura. Es lógico que con este modo de interpretar los males de la vida se elimine la explicación que da la Escritura, que se refiere al pecado original. Y de hecho Rahner, que es sostenedor del poligenismo, considera como una fábula el relato del pecado original.
Rahner, por tanto, no da ninguna importancia a las expresiones bíblicas que hablan de castigos divinos y de sacrificios expiatorios por los pecados: las considera signos de una religiosidad primitiva, superada, pagana y contractualista. Para él, la sustancia siempre actual de la enseñanza bíblica está en el decirnos, como él se expresa, que Dios "perdona a todos inmotivadamente" sin pedir otra cosa que creer en este perdón ⁵.
Pero si, si a causa de un malentendido buenista de su misericordia nos ponemos en mente que Él de cualquier modo perdona inmotivadamente y sigue siendo dulce y benévolo, no obstante nuestro apego al pecado, perdemos de vista dos cosas necesarias para la salvación: primero, no damos a nuestros pecados la importancia que merecen y que nos permite poder quitarlos y, segundo, ya no sabemos el porqué de los males que nos afligen, perdiendo por tanto ese impagable motivo de consuelo y confortación en el sufrimiento, que sólo la Palabra de la Escritura, acogida en la fe, puede darnos.
Venimos así a ser iguales en la ignorancia a todos aquellos que no conocen el Evangelio y ya no somos capaces de ofrecer al mundo que se interroga angustiado por el por qué del sufrimiento y de las injusticias, esa respuesta iluminadora y decisiva que sólo el Evangelio puede dar para otorgar la paz aun en el peor de los sufrimientos. No somos ya la luz del mundo, sino que estamos sumergidos en sus mismas tinieblas.
Y si nos obstinamos en creer que en todo caso Dios hace misericordia a todos, con todo el continuar de las desgracias y de los males cotidianos, nos sentiremos estafados por los predicadores de una misericordia semejante, ya que la misericordia alivia la desgracia y no la envía, tendremos la impresión de un Dios que se burla de nosotros o terminaremos burlándonos de nosotros mismos. De modo que no hay salida de este impasse, si no es recuperar el sentido cristiano del sufrimiento, la distinción en Dios entre justicia y misericordia, el concepto de ira divina y de la expiación de los pecados.
Pero por otra parte, también hay que recordar siempre que el concepto de misericordia, que si de por sí entre nosotros los seres humanos implica sufrimiento para el misericordioso, es un concepto metafórico si se aplica a Dios. Misericordia divina, explica santo Tomás, quiere decir simplemente que Dios, no queriendo la miseria del mísero, se la quita; no quiere el pecado y lo quita. Pero las metáforas son muy útiles, como nos enseña el mismo lenguaje bíblico asumido posteriormente por el dogma católico, para expresar de manera adecuada a la comprensión sobre todo de los simples, cuál es la conducta de Dios hacia nosotros y cuál debe ser la nuestra hacia él.
Asimismo, también el propio concepto del redimir (red-emptio) es una metáfora -el hebreo tiene goél, que quiere decir "vengador"-, donde bajo la imagen de la transacción económica o comercial o del secuestro de persona, se representa a Cristo como si fuera un rico adquirente, que nos "compra de nuevo al precio de su sangre", después de habernos adquirido como su propiedad al crearnos al principio del mundo, y que nos restituye al legítimo propietario, el Padre, resarciéndolo con su sangre de la pérdida sufrida por el hecho de que nos habíamos vendido al demonio.
Estas metáforas deben ser mantenidas, de lo contrario ya no podemos comprender el significado y el valor de qué, por qué y cómo Cristo ha actuado y padecido por nosotros. Por eso el concepto de la satisfacción vicaria ("satisfecit pro nobis") ha entrado en el dogma de la Redención en el Concilio de Trento (Denz. 1529), además con resonancia ecuménica, porque incluso Lutero estaba de acuerdo en este punto, mientras que Rahner va a pescar en las aguas turbias del hegelianismo para sacar a la luz un concepto dialéctico de Redención, de tipo gnóstico y herético ⁶.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 1° de noviembre de 2021
Notas
¹ Véase por ejemplo en la entrada EXPIO del diccionario Georges-Calonghi: expiatum est, quidquid ex foedere rupto, irarum in nos caelestium fuit, Tito Livio; expiare filium pecunia publica, Tito Livio; expiare solemnes religiones, espiar crímenes contra la religión, Cicerón.
² El sacrificio podría tener a primera vista la apariencia del suicidio. Por ejemplo, se dice de Cristo: ¿por qué se ha expuesto a ser apresado? ¿No podía sustraerse a sus enemigos? ¿Huir a un país lejano? Es evidente que materialmente no se ha suicidado, como han hecho un Sócrates o un Catón o un Jan Palach o ciertos monjes budistas o los kamikazes japoneses, sino que lo mataron. Y, sin embargo, ¿no es moralmente lo mismo que matarse a sí mismo, dejar que otros lo maten, cuando podría haberse salvado huyendo? Ahora bien, es necesario tener presente que el suicidio es otra cosa, aún cuando el fin sea noble como en el caso de los personajes antes mencionados. Una cosa es no defenderse, y otra cosa es suicidarse. En el primer caso, el que mata es el asesino. Pero en el segundo caso el asesino es el mismo que se mata. Ahora bien, para que un acto humano esté en armonía con un fin justo (por ejemplo, la libertad de la patria), el acto también debe ser justo. No se puede pecar en nombre o en defensa de la patria o de la libertad. El pecado por este motivo, al menos, hace dudosa la intención del suicida o empaña la pureza del ideal por el que se mata.
³ Cf. mi opúsculo La proposta del demonio, Edizioni Chorabooks, Hong Kong 2021.
⁴ Un espíritu que, como auspician Chiara Giaccardi y Mauro Bagatti, exige no el tercero excluido, sino el tercero incluido: una mediación entre el sí y el no, y por tanto al servicio a dos señores (cf. La scommessa cattolica, Il Mulino, Bologna 2019). Surge la apología de la ambigüedad, de la doblez, del oportunismo y de la hipocresía. Es el "catolicismo" de los astutos, de los ambiciosos, de los deshonestos, de los impostores, de los especuladores.
⁵ Esta interpretación de la redención y de la justificación está aún más alejada del cristianismo y más vecina al hegelianismo que la de Lutero y está en la línea del protestantismo liberal de Schleiermacher y de Bultmann. También para Hegel el concepto de expiación, propio de la religión, pertenece a una forma antropomórfica e inadecuada de concebir la reconciliación del hombre con Dios, la cual no sucede en el horizonte del sufrimiento físico, sino en el horizonte del pensamiento y gracias al "poder del intelecto", es decir del "concepto" y en modo dialéctico (cf. Fenomenologia dello Spirito, La Nuova Italia, Firenze 1988, vol. I, op.cit. p.25).
⁶ Corso fondamentale sulla fede, Edizioni Paoline, Roma 1978, pp.364-367 y p.382.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum sacrificium Christi sit verum sacrificium expiatorium a Patre volitum,
vel mera constructio humana sine valore redemptivo
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod sacrificium Christi non sit verum sacrificium expiatorium.
1. Quia Deus nullam necessitatem haberet compensandi aliquid, et loqui de ira divina videretur esse metaphora primitiva et obsoleta.
2. Praeterea, dicitur quod passio et mors non sunt poena divina, sed conditio existentialis creaturae contingentis et corruptibilis, ita quod nulla esset necessitas expiationis.
3. Item, quidam tenent quod Christus non mortuus est ad satisfaciendum pro peccatis nostris, sed simpliciter ut testimonium amoris, sine vero valore expiatorio.
Sed contra est quod Isaias annuntiat servum Dei se obtulisse in expiationem et multos iustificasse. Ioannes docet Christum esse victimam propitiationis pro peccatis nostris. Paulus affirmat nos pretio magno esse emptos et Christum se tradidisse pro nobis. Concilium Tridentinum definit Christum pro nobis satisfecisse, debitum peccati solvendo et nos cum Patre reconciliando. Thomas explicat misericordiam divinam consistere in removenda miseria miseri, et ideo expiatio est effectus misericordiae.
Respondeo dicendum quod sacrificium Christi est verum sacrificium expiatorium, a Patre volitum et a Filio libere acceptum. Notio expiationis supponit subiectionem ad poenam pro culpa commissa, et in christianismo ipsa mors, a Christo assumpta et a fideli cum Christo unito, fit via remissionis et salutis. Deus quidem nos amat et nullam hostilitatem adversus nos habet, sed in sua iustitia vult ut culpa expietur et reparetur. Ideo Filius, assumens poenam peccati, mortem expiatricem efficit et inde nobis salutem confert.
Sacrificium Christi satisfacit Patri pro offensa peccati, benevolentiam eius obtinet et nobis salutem meretur, quia meritum quod Christus ut homo apud Patrem acquisivit est infinitum et omnino dignum. Crux non est simplex homicidium humanum nec mera metaphora, sed mysterium amoris et iustitiae, in quo Christus vincit peccatum, mortem et diabolum. Expiatio est necessaria ad intellegendum sensum passionis et mortis, quae per se sunt malum, sed a Christo assumptae fiunt fons vitae.
Scriptura utitur metaphoris sicut debitum, redemptio, emptionis iteratio et satisfactio, quae servandae sunt quia apte exprimunt mysterium salutis. Christus nos sanguine suo acquisivit, nos redemit a potestate Satanae et Patri restituit. Negare has metaphoras, sicut quidam faciunt, ducit ad amissionem sensus christiani passionis et ad obscurationem valoris expiatorii crucis et Missae.
Conceptus irae divinae non significat passionem in Deo, sed est metaphora pedagogica quae nos adiuvat ad cognoscendam gravitatem peccati et necessitatem reparationis. Passio et mors, a Christo assumptae, fiunt fons gaudii et bonorum operum. Misericordia divina iustitiam non tollit, sed eam implet in Christo, qui pro nobis satisfacit et viam reconciliationis aperit.
Ad primum ergo dicendum quod Deus nihil indiget a nobis, sed in sua pedagogia vult ut gravitatem peccati et necessitatem reparationis cognoscamus. Ira divina est metaphora quae iustitiam et amorem eius exprimit.
Ad secundum dicendum quod passio et mors non sunt mera conditio existentialis, sed poena peccati, quam Christus assumpsit ut expiatricem et redemptivam faceret.
Ad tertium dicendum quod Christus non solum mortuus est ut testimonium amoris, sed vitam suam Patri obtulit in sacrificio expiatorio, satisfaciens pro peccatis nostris et nobis remissionem et salutem conferens.
JG
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.