lunes, 30 de marzo de 2026

El sacrificio expiatorio (2/3)

¿Qué significa realmente la muerte para el cristiano? ¿Es un acto de libertad y autorrealización, como sostiene Rahner, o más bien un padecer que sólo en Cristo adquiere valor expiatorio y redentor? ¿No es ilusorio pensar que la muerte por sí misma genera vida, siguiendo el esquema hegeliano, cuando en cambio la Escritura nos enseña que la vida vence a la muerte únicamente en la cruz de Cristo? ¿Qué consecuencias tiene negar el valor expiatorio de la muerte de Cristo para la fe en la redención y para la celebración de la Misa? En esta segunda parte de su artículo, el padre Giovanni Cavalcoli desenmascara la concepción rahneriana de la muerte, mostrando sus raíces gnóstico-hegelianas y recordándonos que sólo la muerte asumida por Cristo, y unida a la nuestra, puede ser camino de salvación y reconciliación con Dios. [En la imagen: fragmento de "Jesús en Getsemaní", obra de Harry Anderson].

El sacrificio expiatorio (2/3)

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli cuya segunda parte se publicó el 7 de junio de 2022. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-sacrificio-espiatorio-seconda-parte.html)

La concepción rahneriana de la muerte

En su libro Sobre la teología de la muerte ¹, Rahner define la muerte de modo claramente dialéctico como momento de la máxima pasividad y de la máxima actividad: en el momento en el cual parecemos derrotados, vencemos; en el momento en el cual todo está perdido, todo está ganado; en el momento de la máxima dependencia, he aquí el triunfo de la libertad; en el momento, como dice Hegel, de la "máxima devastación", todo es conquistado y recuperado.
Rahner dice: "Dado que la muerte es por naturaleza la consumación de la vida temporal de la persona humana, no se aviene con la idea de un acontecimiento que, aún siendo un hecho evidentemente pasivo, sólo pasivamente se acepte: con la idea de un hecho biológico al que el hombre se enfrenta impersonalmente, de un modo siempre inconsciente y extrínseco. En el acto mismo de la muerte ha de poder intervenir lo que hace al hombre precisamente hombre" [como podría ser el dar un valor expiatorio a la muerte].
"El hombre es espíritu y materia, persona y naturaleza; tiene libertad y al mismo tiempo un dinamismo vital independiente del libre albedrío. En la esencia misma del hombre hay una verdadera dialéctica, aneja a esta composición plural y antitética de realidades. Lo más lógico es esperar que esta complejidad se refleje en la muerte. La muerte es el término de todo el hombre, es decir, el todo humano llega en cierto modo al final de aquella temporalidad que es característica de la vida humana y termina justamente en la muerte. Este término ha de afectar al todo humano, al cuerpo y al alma del hombre. Al alma, naturalmente, no en el sentido de que deje de existir, sino en el sentido antes mencionado de que en la muerte, ella" [= la totalidad del hombre] "alcanza el cumplimiento de su personal autoconsumación y esto no solo por lo que tiene la muerte de acontecimiento pasivo procedente de la vida biológica, sino por la acción libre del alma".
"La muerte debe ser, por tanto, estas dos cosas:" [primera] "el término del hombre, como persona espiritual que decide libremente de su propia suerte, ha de ser consumación activa desde dentro, situarse activamente en su perfección o imperfección, dar el postrer testimonio, que resulta y como resume en general toda su propia vida y", [segunda] "total posesión de sí mismo por parte de la persona, que importa la realización definitiva del sentido de sí mismo y la libre decisión de la realidad personal"  ².
Es evidente cómo aquí Rahner carga al significado de la muerte con un valor superior, completivo y perfectivo, que absolutamente de por sí no le pertenece, siendo de por sí la muerte nada más que la consecuencia del disociarse del alma del cuerpo, que el alma cesa de animar. Por lo cual, mientras el alma sobrevive, el cuerpo se disuelve en el material que lo componía.
Y, en cambio, Rahner presenta subrepticiamente como filosófico ese significado completivo de la muerte, que en cambio deriva de hecho del cristianismo y sólo del cristianismo, un sentido de fe que no se puede derivar en absoluto de un simple análisis filosófico del morir como tal.
Sólo que aquí Rahner no pretende hablar del significado cristiano de la muerte, sino simplemente de la muerte. Es evidente entonces cómo él, con ese método gnóstico que ya está presente en Hegel y en Heidegger, sustrae a la revelación cristiana el significado de la muerte y la convierte en una categoría simplemente de lo humano.
Todo aquello que Rahner dice arriba ciertamente tiene una resonancia cristiana, ya que la misma liturgia nos dice que "Cristo al morir ha vencido a la muerte"; y sin embargo, si observamos con atención, nos daremos cuenta de que aquí Rahner no está hablando de la muerte de Cristo y de nuestra muerte en Él, sino que está hablando de la muerte como tal, la cual todavía no es por eso mismo la muerte cristiana.
En efecto, el morir cristiano no es el simple morir ut sic. También el pecador impenitente muere, pero su morir es muy diferente del morir del justo y las consecuencias son muy diferentes. Por tanto, en el morir cristiano, en la muerte de Cristo, hay algo más que no está contenido en el simple morir físico, sino que es algo que nos es revelado en la fe, y es el valor expiatorio del morir, es decir, el morir en descuento de nuestros pecados, fundándonos en la muerte de Cristo, muerto para la remisión de los pecados.
Esta es la muerte que da la vida, pero para el cristiano no la da en cuanto muerte. La muerte produce sólo la muerte, pero, en cuanto es la muerte de aquel hombre, el cual puede expiar eficazmente, porque es también Dios, el cual sólo en cuanto tal puede dar eficacia salvífica a la expiación; por tanto, un hombre, Cristo, el cual, en cuanto Dios y siempre en cuanto Dios, puede hacer resucitar al hombre de la muerte y hacerlo partícipe de esa vida eterna que Dios posee por esencia.
Ahora bien, esta intención expiatoria es precisamente la que niega Rahner, sosteniendo que para tener la vida eterna basta con morir y querer morir, porque la muerte ya de por sí obtiene la vida. Es lo que Hegel llama el "poder inmenso de lo negativo"  ³ o el hecho de que "lo accidental gane a lo sustancial"  ⁴.
Entonces se sigue que Rahner, al explicar la cruz de Cristo, evacua la cruz de Cristo; precisamente él, que en tantas ocasiones exalta el misterio también hasta el exceso, aquí, donde debería mostrar que lo respeta, lo sustituye con una mentalidad puramente dialéctica inspirada en Hegel con la mediación de Heidegger.
Entonces, para Rahner, la cruz expiatoria de Cristo a los fines de la salvación y de la conquista de la vida, es superflua, ya que la vida proviene de la muerte misma. No se necesita la vida, sino que basta la muerte para garantizar la vida. Según el esquema hegeliano, es lo negativo mismo, que, negándose a sí mismo, restablece lo positivo. La cristología de Rahner es una cristología que prescinde de la cruz de Cristo, porque la dialéctica hegeliana basta para obtener la superación de la muerte.
Así Rahner rechaza el dato revelado de la expiación considerándolo un mito primitivo y superado, para explicar el dogma de la redención no en base a la muerte de Cristo, sino simplemente en base a la muerte como tal, que él entiende además hegelianamente como principio de la vida, por lo tanto en modo absurdo y erróneo.
Rahner así no entiende que para comprender el significado de la muerte de Cristo no basta una pura y simple reflexión filosófica sobre el significado de la muerte, sobre todo si se lo malinterpreta en sentido hegeliano, sino que es necesario comprender el sentido que Cristo mismo ha dado a su muerte en la interpretación del dogma eclesial, en particular del tridentino.
Sucede así que toda el misterioso y sublime acontecimiento de justicia y de misericordia de nuestra redención, privado de su aspecto propio, como resulta de las palabras y de la pasión de Cristo, así como de la explicitación proveniente del Concilio de Trento, se resuelve en un mecanismo dialéctico y, además, de la peor especie, ya que si todavía fuera la dialéctica anselmiana, que salvaguarda nuestro acto de fe, mientras en cambio la dialéctica hegeliana priva a Dios de la libertad de la voluntad y reduce la acción divina a la conclusión de un silogismo, del cual luego Hegel quisiera mostrarnos la necesidad.
Rahner tiene una linda charla sobre la libertad divina y nuestra libertad frente a la muerte, pero en el momento en el cual para él la vida es puesta por la muerte como tal, está claro que para él no es necesario poner la muerte en relación con ninguna voluntad humana o divina que sea, sino que basta la muerte misma, como "definitividad de la libertad" nueva diosa de la teología rahneriana, como el Odín de la mitología germánica, para asegurar la vida. Una vida además que no es sin muerte, porque vida y muerte se reclaman, como es exigido por la dialéctica hegeliana: la vida en la muerte y la muerte en la vida. La muerte no está excluida de lo divino, sino que es un ingrediente de la misma divinidad. Se admite, sí, el poder divino sobre la muerte, pero al mismo tiempo se da a la muerte un poder divino. Está implícito aquí un doble principio metafísico equivocado, según el cual no es el bien que quita el mal, sino que es el mal el que se quita a sí mismo deviniendo bien y que el mal es necesario al bien para ser bien.
Ahora bien, sobre el importantísimo tema del valor expiatorio de la muerte de Cristo y, en consecuencia, del valor expiatorio del sacrificio de la Misa y, en general, del sufrimiento, Rahner tiene una posición que contrasta con la enseñanza de la fe católica, planteando la idea de que el atribuir a la muerte de Cristo un valor expiatorio respondería a una vieja concepción de su sacrificio, ya no actual, y propone como alternativa ideas morbosas completamente inaceptables, que él toma de Heidegger, influido a su vez por Hegel, el cual a mi modo de ver formaliza filosóficamente la concepción de la muerte que encontramos en la antigua mitología pagana alemana.
La vía rahneriana para explicar la Redención, de hecho, parece tener un referente o presupuesto pagano en la antigua mitología germánica de la divinización y exaltación de la muerte, no entendida como irremediable destrucción, sino, diríamos hoy con Hegel, en modo "dialéctico", es decir, como muerte que produce la vida, lo que implica a la inversa, sin embargo, una vida que tiende hacia la muerte y aspira a la muerte. Un "ser-para-la-muerte", vendría de hecho a decirse con Heidegger.
La misma vida divina es aquí concebida no como paz, perfección, belleza y armonía, característica de la divinidad greco-romana, sino como desproporción, choque, conflicto, tormento y angustia. ¿La cusaniana coincidentia oppositorum sugiere acaso la idea de un Dios pacífico y sereno? Recordamos la inquietud religiosa luterana. Böhme, místico luterano del siglo XVII, hablará de lo divino como "tormento".
Recordemos el Sturm und Drang del romanticismo alemán. La necesidad de armonía de Hölderlin y de Goethe no encuentra paz en el mundo griego. Nietzsche irá a pescar en la religión griega, no al solar, límpido y completo Apolo, sino al subterráneo, oscuro, sensual, turbio Dioniso, probable infiltración oriental en la religión romana, justamente mal visto por las autoridades como suscitador de transgresión, de exceso, de violencia y de desorden.

La muerte de Cristo según Rahner

Leyendo este pasaje de Rahner tomado del Curso fundamental sobre la fe, el lector podrá verificar la fundamentación de la crítica que hago a Rahner acerca de su concepción del significado de la muerte de Cristo.
"Si decimos que el 'sacrificio' debe entenderse como libre acto de obediencia de Jesús, que Dios, por su propia iniciativa libre con la que posibilita esta acción de obediencia, da al mundo la posibilidad de satisfacer a la justa santidad de Dios, y que la gracia dada por Cristo es precisamente la condición para redimirse a sí mismo, aprehendiendo con libertad la salvación de Dios; entonces sin duda queda dicho algo que es cierto, pero al mismo tiempo no sólo queda aclarada sino también criticada la idea del sacrificio expiatorio".
"Bajo el perfil histórico no consta con certeza si el mismo Jesús prepascual predijo ya su muerte (partiendo del siervo paciente y expiatorio de Dios en el Deutero-Isaías y del justo inocente, que padece y expía, presente en la teología judía posterior) como sacrificio expiatorio; y además todavía no esta claro qué debería significar esto exactamente…"  ⁵
"Una teología de la muerte puede unir más de cerca el suceso de la muerte de Jesús y la constitución fundamental de la existencia humana. La muerte es la acción una, que penetra la vida entera, en la que el hombre como ser libre dispone de sí mismo como un todo, y por cierto de manera que esa disposición es (o debe ser) la aceptación del hecho de que estamos dispuestos absolutamente por otro en una impotencia radical, que aparece y es padecida en la muerte".
"Pero si la aceptación libre y voluntaria de la impotencia radical por parte del ser libre, que dispone y quiere disponer de sí mismo, no ha de ser la aceptación de lo absurdo, la cual con el mismo 'derecho' podría entonces rechazarse con protesta; en tal caso, esta aceptación implica en el hombre -que en lo más profundo no afirma ideas y normas abstractas, sino que, en su historicidad (ya dada o futura), afirma una realidad como fundamento de su existencia- la esperanza y el presentimiento o la afirmación de una muerte (ya dada o esperada del futuro) en la que se supere la dialéctica -permanente para nosotros- entre acción y padecimiento impotente. Y esto sólo es posible si dicha dialéctica real queda 'superada' por el hecho de ser ella misma la realidad de aquel que constituye el fundamento último de tal dualidad".  ⁶
Observamos, también en base a cuanto he citado del otro libro de Rahner, Sentido teológico de la muerte, que el concepto rahneriano de la muerte expuesto aquí, sobre todo la muerte como "acto del hombre", que en la muerte la totalidad del hombre "alcanza el cumplimiento de su autogeneración personal" y que la muerte es una "activa consumación desde dentro, un situarse activamente en su perfección e imperfección, dar el postrer testimonio, que resulta y como resume en general toda su propia vida, total posesión de sí mismo por parte de la persona"  ⁷, estas afirmaciones son totalmente erróneas.
La muerte no es en absoluto un acto, una tensión hacia el cumplimiento, una autogeneración, una plena autorrealización, una activa autoconsumación, una toma de posesión total, una lucha por la realización. Estas son puras y simples fantasías, son declaraciones delirantes, que ensalzan una especie de idolatría de la muerte, un culto morboso a la muerte, y una apología del masoquismo y del suicidio. Sin embargo, están en consonancia con el concepto hegeliano y heideggeriano de la muerte, como podremos comprobar en los pasajes que citaré de los dos filósofos.
Para permanecer adherentes a la realidad y no jugar con las ideas, en un asunto tan serio, delicado e importante para nuestra existencia y para el sentido de nuestra vida, digamos en tanto que la muerte no es para nada una actuar, sino un padecer; no es una acción, sino una pasión. El morir no tiene nada que ver con no se sabe qué "cumplimiento" del actuar voluntario.
Bien lejos de ser el "momento definitivo de la libertad", la muerte es la conclusión final de un lento pero inexorable proceso de decadencia, desvitalización, disgregación, desorganización y, además de corrupción, de acentuación de defectos, antinomias, desproporciones ⁸ y desequilibrios ya innatos al momento mismo del nacer y querríamos decir del ser concebido del sujeto: los signos de las consecuencias del pecado original, tendencias anti-vitales que permanecen a lo largo de toda la vida del sujeto y se refuerzan en el período del envejecimiento, hasta ser casi insoportables para el alma, la cual, encontrándose incapaz de vitalizar ulteriormente el cuerpo, lo abandona. Este es el momento de la muerte. ¡Otra que el perfeccionamiento y la cumbre de la libertad!
Una muerte, ciertamente, puede ser deseada y aquí tenemos la posibilidad del sacrificio o del martirio por una parte o del suicidio o del masoquismo por la otra, según que queramos o no queramos ordenar nuestra vida a Dios, a nuestro bien y al bien del prójimo.
Pero también existe la muerte no deseada, imprevista e inesperada. Y aquí la voluntad no entra para nada. Todo depende de si estamos listos para morir y para presentarnos ante Dios.Y también existe la muerte odiada y rechazada y aquí no existe ningún cumplimiento ni perfeccionamiento, sino sólo fracaso y desesperación.
Hay quien se rebela contra la muerte y no la acepta en absoluto. Hay quien no puede soportar la vida o no sabe apreciarla, no puede soportar la vergüenza, la derrota, la deshonra, la esclavitud, el fracaso, la desilusión o el sufrimiento, y se suicida. Hay quien se suicida simplemente para afirmar su libertad. Hay quien tienen un gusto morboso por la muerte. Y es normal que la naturaleza instintivamente tenga horror o tenga miedo a la muerte. Hay quien neciamente descuida su salud arriesgándose a morir, o dando la misma importancia al vivir que al morir; hay quien no se preocupa por mantenerse dignamente en vida abandonándose al libertinaje, que le arruina su salud y lo lleva a la muerte.
Pero también existe quien se consume y no presta atención a fatigas por el bien del prójimo, poniendo a veces en riesgo su propia vida. Hay quien acepta la muerte para no ir en contra de su conciencia, quien sacrifican su vida para proteger o salvar a los otros o para hacer entender que obedecer a Dios es cosa más importante que la vida misma.
¡Qué abisales diferencias de actitudes ante la muerte! Por lo tanto, el morir no debe ser confundido con un acto de la voluntad. El morir es un hecho material y ontológico objetivo, frente al cual la voluntad puede y debe tomar posición, puede ser virtuosa o viciosa, salvo que se trate de muerte súbita e imprevista, frente a la cual el sujeto no tiene tiempo para decidir.
De esto Rahner no dice nada. De hecho, su definición de la muerte y de su significado, en su abstracto y falso optimista fijismo, no tiene en cuenta este amplio abanico de posibilidades. El único caso tomado en consideración y elevado irrazonablemente al rango de paradigma absoluto, es el ofrecido por el hegelianismo, que interpreta el morir, cualquier morir, en modo rígidamente mecánico y dialéctico, como polo negativo de la dialéctica de la vida.
Pero la muerte no corresponde en absoluto a un clímax, a una cumbre de tipo moral, sino que por el contrario se trata del cumplimiento de la corrupción y de la disolución del sujeto, aun cuando es cierto que se supone y se espera que ella sea precedida por un camino de progreso moral. Pero este no es siempre el caso, dada la variedad y contradictoriedad de las elecciones y de los eventos humanos.
En efecto, la muerte como tal marca sólo el momento del inicio de la desintegración de la persona o de la fractura de la unidad de la persona bajo el impulso o presión de un doble movimiento ontológico: el alma ha perdido la fuerza de dominar el cuerpo, porque ha llegado a un tal decrecimiento de su fuerza animadora, que ya no es capaz de animar y gobernar las fuerzas corpóreas que se han vuelto cada vez menos gobernables por la llegada de factores o fuerzas contrarias incompatibles con la animación. Esto sucede no solo por causas traumáticas o patológicas, sino también, aunque de manera más lenta, pero inexorablemente, en el proceso normal del envejecimiento.
El momento de la muerte llega cuando el alma, ya incapaz de gobernar un cuerpo ingobernable, lo abandona y permite que sobrevengan en su lugar para guiar el material corporeo aquellas fuerzas químico-físicas que han contribuido a la constitución y a la vida del cuerpo. Hasta entonces sujetas por el alma a sí misma para la organización del sujeto, ahora recobran su autonomía según las leyes químico-físicas de su naturaleza.
Además, para Rahner, que también aquí se muestra ignaro de la enseñanza bíblica, no es necesario entender la muerte como expiación del pecado, porque según él, la muerte hegelianamente tiene en sí misma el principio de su remoción, salvo para seguir siendo un ingrediente de la vida.
La muerte, para adquirir valor positivo, no tiene necesidad de una intervención desde lo externo, es decir, hacerla expiatoria, inocua y benéfica, porque ella ya provee de por sí para quitarse a sí misma y generar o regenerar la vida. Y esto es así porque según Hegel no es el bien el que quita el mal, sino que el mal se quita a sí mismo y restablece el bien. Pero esto involucra otro principio, que el bien no puede existir sin el mal.
Rahner llega a decir que no hay necesidad de eliminar el pecado, porque el pecado se elimina a sí mismo en cuanto acción "imperfecta" y, por lo tanto, "fallida" ⁹. Desgraciadamente, ciertas empresas criminales o ciertas difusiones de herejías tienen muy buen éxito y ciertas acciones escandalosas tienen un éxito enorme. Y se necesita lo bello y lo bueno, cuando se lo encuentra, para remediarlas, sin olvidar la ofrenda de sacrificios expiatorios.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 1° de noviembre de 2021

Notas

¹ Morcelliana, Brescia 1972. El título mismo del libro es infelíz: casi parece que la muerte sea un atributo divino. Y de hecho, como veremos, es precisamente a esto lo que tiende la siniestra concepción rahneriana de la muerte, sobre la base del dialectismo hegeliano. El título podría haber sido: La concepción cristiana de la muerte. En edición española: Sentido teológico de la muerte (editorial Herder, Barcelona, 1969).
² Teologia della morte, op.cit., p.30. En la citada versión española, pp. 33-34.
³ Fenomenologia della Spirito, op.cit., p.26.
⁴ Ibid.
⁵ Cf. Corso fondamentale sulla fede, Edizioni Paoline 1978, pp. 364-365. En la versión española: Curso fundamental sobre la fe, Editorial Herder, Barcelona 1998, pp. 331-332.
⁶ Op.cit., p.382. Versión española: op.cit., p.347.
⁷ Sentido teológico de la muerte, op.cit., p.30. Versión española: p.34.
⁸ Por ejemplo, la fealdad, que conlleva desarmonía y desproporción, que es propiedad de ciertos individuos desde el nacimiento, aunque es compatible con la salud y con una larga vida, es indudablemente una señal y un evidente presario de muerte, porque ¿qué es más feo que el cadáver? Ciertamente s mejor una persona fea pero buena que una persona hermosa pero mala. Santa Catalina de Siena era fea. Lucrecia Borgia era bellísima. Pero lo que he dicho sigue estando en pie. ¿Y por qué se representa a la Virgen como una mujer hermosísima? Recordemos también que el Salmista dice de Cristo: "Tú eres el más bello de los hijos de los hombres" (Sal 45,3).
⁹ Cf. mi libro Karl Rahner. Il Concilio tradito, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2009, p.234.

_________________________

Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum mors in se ipsa sit principium vitae et actus libertatis,
vel solum in Christo obtineat valorem expiatorium et redemptivum

Ad hoc sic procediturVidetur quod mors in se ipsa sit principium vitae et actus libertatis.
1. Quia dicitur sufficere mori et velle mori ad obtinendam vitam aeternam, secundum dialecticam hegelianam potestatis negativi.
2. Praeterea, asseritur quod mors est actus libertatis et consummatio activa personae, ita ut sit perfectio et autorealizatio.
3. Item, quidam tenent crucem Christi non esse necessariam ad redemptionem, quia mors ipsa sufficeret ad generandam vitam.

Sed contra est quod Ioannes docet Christum esse victimam propitiationis pro peccatis nostris. Paulus affirmat Christum se tradidisse pro nobis et sanguinem eius nos redimere. Isaias annuntiat servum Dei se obtulisse in expiationem et multos iustificasse. Concilium Tridentinum definit Christum pro nobis satisfecisse, debitum peccati solvendo et nos cum Patre reconciliando. Thomas explicat misericordiam divinam consistere in removenda miseria miseri, et ideo expiatio est effectus misericordiae.

Respondeo dicendum quod mors in se ipsa non est actus libertatis nec principium vitae, sed passio et consequentia peccati originalis. Mors est corruptio et dissolutio subiecti, defectus et separatio animae a corpore. Non est perfectio nec consummatio activa, sed dolorosa passio quae miseriam humanam manifestat. Solum in Christo, qui mortem ut poenam peccati assumpsit et Patri obtulit, mors obtinet valorem expiatorium et redemptivum.
Christus non est mortuus ut simplex sediciosus aut hostiae odio, sed crucem in oboedientia Patri accepit, poenam in fontem salutis convertens. Mors Christi est sacrificium vicarium, in quo ipse pro nobis satisfacit et nobis remissionem et reconciliationem confert. Crux non est superflua, sicut quidam dicunt, sed necessaria ad vincendum peccatum, mortem et diabolum.
Mors humana sine Christo est pura destructio et defectus. Sed unita cruci Christi fit via vitae, quia ipse, ut Deus, vitam in seipso possidet et eam reddere potest. Scriptura docet mortem esse poenam peccati, sed a Christo assumptam in fontem gaudii et bonorum operum transformari. Negare hunc valorem expiatorium ducit ad idolatriam mortis, eam tamquam principium autonomum vitae considerans, quod est error gnosticus et hegelianus.
Varietas dispositionum humanarum circa mortem ostendit eam non esse actum unicum libertatis, sed factum materiale et ontologicum, coram quo voluntas potest virtuosam vel vitiosam positionem assumere. Martyrium, sacrificium pro proximo et oboedienter accepta mors in unione cum Christo sunt exempla quomodo mors valorem positivum obtinere possit. Sed hoc non provenit ex ipsa morte, sed ex gratia Christi eam assumptis et transformantis.

Ad primum ergo dicendum quod mors non est principium vitae, sed poena peccati. Vita aeterna provenit ex Christo mortem vincente, non ex ipsa morte.  
Ad secundum dicendum quod mors non est actus libertatis nec consummatio activa, sed passio et corruptio. Solum unita Christo potest ut sacrificium expiatorium suscipi.
Ad tertium dicendum quod crux Christi est necessaria ad redemptionem, quia solum in ea mors fit fons vitae et reconciliationis cum Deo. 

J.G.

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