lunes, 2 de marzo de 2026

La pastoral del Concilio Vaticano II: progresos y retrocesos

¿No es cierto que el Concilio Vaticano II, al renovar la pastoral, abrió un camino de diálogo y misericordia que transformó profundamente la relación de la Iglesia con el mundo moderno? Si bien esa ruptura con métodos antiguos fue necesaria, ¿no deberíamos preguntarnos sin embargo si a veces no ha sido demasiado ingenua y optimista? En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli examina los frutos y las sombras de la pastoral conciliar, mostrando cómo la inculturación y la apertura a los valores comunes han dado vida a una evangelización más cercana, pero también han dejado espacio a interpretaciones modernistas que debilitaron la identidad católica. ¿No es urgente recuperar con equilibrio algunos elementos tradicionales olvidados, para conjugar la fidelidad al Evangelio con la novedad del Concilio? ¿No es acaso la tarea de hoy configurar una pastoral que, inspirada en Cristo buen pastor, sepa corregir excesos y robustecer la Iglesia como verdadero signo de Cristo en el corazón del mundo?. [En la imagen: ].

La pastoral del Concilio Vaticano II: progresos y retrocesos

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 24 de febrero. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-pastorale-del-concilio-vaticano-ii-progressi-e-regressi-di-pgiovanni-cavalcoliop/)

De todos es sabido que el Concilio Vaticano II ha introducido en la Iglesia una profunda renovación de la pastoral, es decir, del método de guiar al pueblo santo de Dios y, más en general, del modo de anunciar y difundir el Evangelio en el mundo de hoy. Es de tal manera evidente y omnipresente esta impostación pastoral en los documentos conciliares, que algunos estudiosos, exagerando y cayendo en una visión parcial, han llegado incluso a sostener que el Concilio Vaticano II ha sido un Concilio solo y puramente pastoral, desprovisto de novedades doctrinales, por lo cual la doctrina infalible del Concilio sería solamente la simple repetición o confirmación de dogmas precedentemente definidos.
Por el contrario, las doctrinas nuevas son vistas con desconfianza, porque no se las considera en continuidad con el Magisterio precedente. Pero ahora no quiero detenerme sobre esta cuestión, que ya he tratado en otras ocasiones, cuando me he sumado en cambio al parecer de aquellos eruditos, por lo demás apoyados sobre las mismas declaraciones y enseñanzas de los Papas del postconcilio, según los cuales el Concilio Vaticano II no ha sido sólo pastoral, sino también doctrinal y no solo eso, sino que ha hecho también avanzar la doctrina de la fe en la modalidad de la enseñanza "ordinaria", aunque esté ausente la forma "extraordinaria", o sea aquella propia de las definiciones dogmáticas explícitas y solemnes.
Sino que aquí quiero detenerme sólo en la cuestión de las novedades pastorales del Concilio. También en ese ámbito se han producido cambios, pero, a diferencia de los cambios doctrinales, que se han producido -y no podía ser de otro modo- en continuidad con la tradición, digan lo que digan los lefebvrianos, en cambio podemos tranquilamente decir que en el ámbito de su línea pastoral, el Concilio Vaticano II, en ciertos aspectos, ha roto con el pasado, y podemos decir que también lo ha hecho bien ¹. Y, sin embargo, también podríamos preguntarnos: ¿no se ha roto también un poco demasiado? He aquí el tema de este artículo.
En efecto, en este ámbito de la enseñanza pastoral, el Magisterio de la Iglesia no es infalible, a diferencia de las enseñanzas doctrinales-dogmáticas ordinarias o extraordinarias, declaradas o no declaradas, definidas o no definidas, siempre que se trate de materia de fe o próxima a la fe, donde la Iglesia es, en cambio, infalible, es decir, no puede equivocarse.
A nadie se le ha escapado la novedad de la impostación pastoral del Concilio Vaticano II, tanto es así que algunos estudiosos, exagerando, han hablado incluso de "revolución" o de "subversión", parangonando la historia del Concilio con la historia de la Revolución Francesa. Algunos, incapaces de apreciar el progreso, y apegados de modo poco iluminado a la tradición, se han escandalizado viendo en las enseñanzas del Concilio una especie de criptomodernismo, de ahí su rechazo a las novedades conciliares ²; otros, influenciados por una concepción modernista del progreso, leyendo siempre en el Concilio una ruptura con el pasado, se han complacido con él, como si la Iglesia en el Concilio, después de dos mil años de malentendidos, se hubiera dejado finalmente iluminar por la luz del Evangelio y, por lo tanto, la Iglesia no hubiera nacido con Jesucristo, sino que hubiera nacido recién y sólo en 1962 ³.
Por el contrario, es necesario decir claramente que la acción pastoral de la Iglesia, en su esencia fundamental, no cambia a lo largo de los siglos, porque toma su inspiración del ejemplo divino y permanente de Cristo buen pastor. Sin embargo, es cierto que en el transcurso de la historia el conocimiento del modelo ofrecido por Cristo progresa continuamente tanto gracias al desarrollo dogmático como a través de ciertos errores que vienen involuntariamente cometidos, como sería la aplicación de métodos pastorales que, por la prueba de los hechos o tras largo andar, se revelan inadecuados o incluso equivocados y contrarios al verdadero espíritu del Evangelio. Se aplica aquí en cierto modo el proverbio "cometiendo errores se aprende". Basta pensar en la famosísima historia de la Inquisición o en la historia del poder temporal de los Papas o en la historia de las Cruzadas, aunque quizás existan hoy quien deseara una nueva batalla de Lepanto ⁴.
Ahora bien, el Vaticano II, como es sabido, bajo la inspiración del famoso discurso de apertura del Beato ⁵ papa Juan XXIII, ha promovido una renovación de la acción pastoral y evangelizadora de la Iglesia enfocada y marcada por dos principios fundamentales: primero, la comunicación del Evangelio a los hombres de nuestro tiempo con un lenguaje y modos expresivos adaptados y comprensibles, mediante la utilización de las diferentes culturas a las cuales viene dirigido el mensaje (inculturación). En segundo lugar, una modalidad pastoral y evangelizadora dirigida sobre todo a la puesta en relieve de los valores y de las verdades que la Iglesia tiene en común con el mundo moderno, haciendo prevalecer una actitud de diálogo y de misericordia respecto a la de la severidad y de la condena.
Estas dos direcciones han impregnado e inspirado todos los documentos del Concilio, generando un cambio profundo en la actitud de la Iglesia hacia el mundo moderno, y haciendo del Vaticano II verdaderamente un unicum del todo original respecto a la historia precedente de los Concilios, que siempre se concluían con el famoso anathema sit.
Estas direcciones o planteamientos, como ha sido señalado varias veces en estos últimos decenios, han remediado una cierta costumbre moral farisaica, uniformista y rigorista, una actitud de la Iglesia de excesiva separación de los acontecimientos de la historia moderna, de ignorancia frente a los problemas y a los valores de nuestro tiempo y de excesivas y no siempre calibradas polémicas contra los errores modernos, así como de un estancamiento escolástico de la investigación y de la libertad en el campo de la teología.
Esta grandiosa y providencial renovación pastoral ha aportado copiosos frutos en todo el mundo, pero, tratándose de disposiciones acerca de las cuales la Iglesia no es infalible, no debería sorprendernos si, a razón vista, debiéramos notar algún defecto o alguna directiva menos oportuna o no del todo prudente. Y de hecho, después de más de cuarenta años de aplicación de las directivas conciliares sobre pastoral, los observadores serios y equilibrados de la situación eclesial contemporánea están obligados a reconocer por los resultados obtenidos que no todo en aquellas directivas era completamente sabio y pastoralmente eficaz.
Se trata del hecho de que el Concilio, reaccionando oportunamente -como dijo el mismo papa Juan en el mencionado discurso- a un largo pasado en el cual la Iglesia había practicado una excesiva severidad contra sus hijos y una exagerada oposición al mundo moderno, pretendía corregir esta tendencia moviéndose decididamente al lado opuesto de la misericordia, del diálogo, de la comprensión y de la asunción de los valores presentes en las culturas, en las religiones y en general en los hombres de buena voluntad del mundo de hoy, en la esperanza de volverse más atrayente y de poder difundir mejor el mensaje de la salvación.
Ciertamente, el Concilio no olvidaba la condena de los errores, ni la necesidad de aquella "buena batalla" ⁶ que nos lleva a oponernos a las fuerzas del mal, y tampoco olvidaba las exigencias del ascetismo y del rigor moral. Sin embargo -y de esto nos hemos dado cuenta en los decenios siguientes- el enfoque pastoral del Concilio estuvo teñido aquí y allá por actitudes un poco ingenuas, un poco demasiado indulgentes, optimistas y, a veces, incluso demasiado genéricas y superficiales en el evidenciar y en la puesta en guardia contra males, vicios y errores que siempre están presentes también en los hombres y en las sociedades de nuestro tiempo.
Se agrega además el hecho de que desde el inmediato postconcilio hace pie y se afianza con una fuerza impresionante, toda una corriente autodenominada y así llamada "progresista" -sería mejor decir "modernista"- la cual, presentándose como intérprete del "espíritu" del Concilio, acentuó aún más, en lugar de -como se debería haber hecho- corregir este defecto, provocando en la costumbre eclesial un debilitamiento de las defensas inmunitarias, formas de sincretismo y relativismo y una tendencia moral al laxismo, al subjetivismo, al secularismo y al hedonismo (pensemos en la famosa "protesta" de los años 1970s) cuyos frutos amargos hoy estamos experimentando cada vez más en todos los ambientes de la vida eclesial, en el clero y en el laicado, desde la teología a la cultura, desde la familia a la sociedad, desde las comunidades religiosas a las asociaciones laicales.
Un grave fenómeno que se ha sumado ha sido aquel nefasto equívoco, lamentablemente promovido por teólogos que habían trabajado como peritos en el Concilio Vaticano II, como por ejemplo Karl Rahner, Edward Schillebeeckx y Hans Küng, equívoco por el cual, con el pretexto de cambiar lenguaje y modos expresivos, se ha terminado por cambiar conceptos y doctrinas dogmáticas, que por el contrario se habría debido preservar religiosamente y, más bien defender y ulteriormente explicar o explicitar más, como por lo demás lo había hecho el propio Concilio, cuando en cambio el papa Juan, siempre refiriéndome al mencionado discurso, había dicho clarísimamente que el Concilio habría debido simplemente explicar y expresar en modo nuevo ese mismo patrimonio de verdades de fe inmutables e inviolables que se deberían transmitir inalteradas a las generaciones del presente y del futuro.
Una tarea eclesial que hoy parece, por lo tanto, cada vez más urgente, es la de corregir esta tendencia no sólo improductiva sino dañina, no ciertamente retornando sic et simpliciter a los métodos del preconcilio, como quisiera un tradicionalismo miope y atrasado, sino recuperando sin embargo con moderación algunos elementos esenciales y tradicionales hoy olvidados de la acción pastoral en sabia conjunción con las nuevas directrices conciliares, para así configurar un programa y un método de evangelización y de formación cristiana en continuidad con los grandes maestros y pastores del pasado que han sabido, con la ayuda del Espíritu Santo, hacer crecer, difundir, defender y robustecer el cuerpo eclesial, convirtiéndolo en verdadero signo de Cristo en el corazón del mundo.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 23 de febrero de 2011

Notas

¹ El padre Cavalcoli usa la expresión "ha roto con el pasado". Para interpretarla debidamente, nótese que la hermenéutica de "la continuidad en la reforma" (o en el progreso), sin ruptura, que ha sido enseñada por el papa Benedicto XVI para la recta interpretación de los documentos del Concilio Vaticano II, se aplica estrictamente al ámbito de lo doctrinal, pero no al ámbito de lo pastoral, donde es posible e incluso necesario que la Iglesia eventualmente rompa con el pasado. (JG)
² Se está hablando, obviamente, de los lefebvrianos y de otras comunidades pseudo-tradicionalistas que frecuentemente han terminado por separarse de la obediencia a la Sede Apostólica, vale decir, han terminado en situación cismática. (JG)
³ Se está hablando, naturalmente, de las corrientes neo-modernistas, que constituyen el principal problema general en la actualidad, pues el modernismo, en diverso grado, ha llegado a impregnar todos los sectores de la Iglesia, incluso sus vértices directivos. (JG)
⁴ Y también sin ese "quizás", como se observa en ciertas minúsculas corrientes restauracionistas de la llamada "contrarrevolución" o "fundamentalismo". (JG)
⁵ En el tiempo en que el padre Cavalcoli escribió su artículo, aún Juan XXIII no había sido canonizado santo, lo cual ocurrió tres años después, el 27 de abril de 2014, por el papa Francisco. (JG).
⁶ Existe al respecto un opúsculo del padre Cavalcoli, "La buena batalla", cuya primera edición es de 1986, y que ofrecemos en versión digital PDF para descarga libre y gratuita: aquí. (JG)

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum renovatio pastoralis Concilii Vaticani II fuerit plene conformis spiritui Evangelii

Ad hoc sic procediturVidetur quod renovatio pastoralis Concilii non fuerit plene conformis spiritui Evangelii.
1. Quia rupit cum praeterito et deseruit modos traditionales qui vitam Ecclesiae per saecula sustinuerant.
2. Praeterea, quidam dicunt Concilium, dum dialogum et misericordiam extulit, incidisse in habitus ingenuos et nimis indulgentes, defensionem Ecclesiae contra errorem debilitando.
3. Item, videri posset quod pastoralis conciliaris, dum valores communes cum mundo moderno in lucem profert, favisset syncretismo, relativismo et laxismo morali.
4. Denique, cum fructus amaros cursus progressistae in vita ecclesiali manifesti sint, videretur quod pastoralis conciliaris fuerit nociva et contraria vero spiritui Evangelii.

Sed contra est quod Concilium Vaticanum II, ex oratione Ioannis XXIII inspiratum, voluit renovare actionem pastoralem Ecclesiae ad Evangelium communicandum sermone intellegibili et per inculturationem, atque ad valores communes cum mundo moderno extollendos in habitu dialogi et misericordiae. Ergo intentio eius fuit conformis Evangelio et exemplo Christi Boni Pastoris.

Respondeo dicendum quod actio pastoralis Ecclesiae, in sua essentia fundamentali, semper inspiratur a Christo Bono Pastore, licet modi eius mutentur et perficiantur per tempora. Concilium Vaticanum II, contra praeteritum nimiae severitatis et oppositionis ad mundum modernum reagendo, promovit pastoralem magis apertam, misericordem et dialogantem, quae copiosos fructus attulit in evangelizatione et in relatione cum culturis hodiernis.
Tamen, cum in ambitu pastorali Ecclesia non sit infallibilis, non mirum est si aliquae directivae minus opportunae vel prudentes apparuerint. Nam indoles concilii aliquatenus tincta fuit habitibus ingenuis et nimis optimistis, atque a falsis progressistis, id est modernistis, male interpretata, qui defectus potius auxerunt, doctrinam et mores debilitando.
Quapropter hodie urgens est has inclinationes nocivas corrigere, non simpliciter ad modos praeconciliarios revertendo, sed moderata recuperatione elementorum traditionalium oblitorum et coniunctione cum directivis conciliaribus sanum progressum ostendentibus, ut formetur programma evangelizationis et institutionis christianae in continuatione cum magnis pastoribus praeteriti et cum Traditione viva Ecclesiae.

Ad primum dicendum quod ruptura pastoralis cum quibusdam modis antiquis necessaria et provida fuit, licet aequilibrari debeat cum elementis traditionalibus quae servanda sunt.
Ad secundum dicendum quod, revera, nec Papa nec Patres concilii sunt infallibiles in ambitu pastorali-gubernativo-disciplinari, sicut sunt in doctrinali. Ergo in campo pastorali potest esse disensus reverens circa directivas Concilii, quae aliquatenus ingenuis habitibus et defectuosis interpretationibus tinctae fuerunt, praesertim cum modernistae eas ad intolerabile extremum perduxerint.
Ad tertium dicendum quod syncretismus et relativismus non ex Concilio proveniunt, quod in doctrinali infallibile est, sed ex modernistis qui sensum documentorum et spiritum eius falsaverunt.
Ad quartum dicendum quod fructus amaros non ex ipsa pastorali conciliaris proveniunt, quae sane progressivam habuit impostationem, sed ex mala applicatione et interpretationibus falsis, quae sub specie progressismi, re vera modernismi, apparuerunt, et quae corrigenda sunt per sapientem coniunctionem traditionis et novitatis.

JG

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